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Mensaje

La palabra verdadera del evangelio

Colosenses 1:3-8

Para quienes no han conocido el evangelio, el cristianismo es simplemente una opción más. Pero para nosotros que hemos creído, Cristo es el único camino posible. Pablo presenta el evangelio como la palabra verdadera: una palabra que produce fe, amor y esperanza, que crece y lleva fruto, y que requiere buenos instrumentos.

Transcripción automática

El apóstol Pablo está preso en Roma. Cuando escribió a la iglesia en Colosas, él estaba en cadenas, con alguien custodiándole. Y allí, en custodia, escribió unas cuantas cartas que se conocen como las cartas desde la prisión. Algo que resalta en estas cartas es que son muy cristológicas, como Colosenses y Efesios, y no tienden a ser muy largas. Si tú estuvieras preso, ¿de qué quisieras hablar? Quisieras hablar del evangelio del Señor Jesucristo. En esta carta se presenta a Cristo glorioso y el evangelio se presenta como una palabra verdadera.

Siempre orando por vosotros, damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, habiendo oído de vuestra fe en Cristo Jesús, y del amor que tenéis a todos los santos, a causa de la esperanza que os está guardada en los cielos, de la cual ya habéis oído por la palabra verdadera del evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo, y lleva fruto y crece también en vosotros, desde el día que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en verdad, como lo habéis aprendido de Epafras, nuestro consiervo amado, que es un fiel ministro de Cristo para vosotros, quien también nos ha declarado vuestro amor en el Espíritu.

— Colosenses 1:3-8

He visto que las personas buscan algo que sea real, algo que funcione, algo que no decepcione. A menudo, la gente llega a Cristo después de una larga e infructuosa búsqueda de respuestas, significado, propósito, dirección y satisfacción. Para quienes aún no han conocido el evangelio, el cristianismo es simplemente una opción más entre las muchas que la gente utiliza para enfrentar las dificultades de la vida. Sin embargo, para nosotros que hemos creído, Cristo es el único camino posible para reconciliarnos con Dios y la solución a la raíz del problema humano.

El evangelio no es una lista de tareas

Cada vez que uno predica el evangelio se piensa que se está predicando para no creyentes. Yo estoy persuadido de que necesito tanto el evangelio como lo necesita una persona que está en el paso cero de la vida cristiana. El evangelio no es una verdad que en algún momento conocí y que me trajo a Cristo. El evangelio es una verdad que me trajo a Cristo, me mantiene en Cristo y me conducirá hasta Cristo. Hoy yo necesito el evangelio más que nunca.

Sucede en los caminos del Señor que a medida que uno avanza, cada vez Dios se ve más santo. Él no es más santo de lo que anteriormente era, pero nuestra percepción de Dios crece. Y mientras más vivimos, más decepcionados estamos de nosotros mismos, de nuestra incapacidad para cumplir con la justicia de Dios. Es esperable que un creyente maduro necesite el evangelio más que antes. Un entendimiento limitado del evangelio y un conocimiento de un Dios muy grande produce desesperación. Pero mientras más grande se vea tu Dios, más grande debería verse el evangelio, de forma tal que traigas satisfacción a Él y paz en tu corazón.

Aquí hay una iglesia que ha respondido a la verdad del evangelio. En toda esta porción de la Escritura, la tonalidad es que Pablo está orando por la iglesia para que obtenga aquellas cosas que ya Cristo ganó a favor de ella. Él no les está diciendo a los colosenses: aquí hay una lista de tareas. Está diciendo: todo esto fue lo que Cristo ya hizo por ustedes. ¿Qué necesitamos? Necesitamos más que nunca el evangelio. El evangelio no son tareas pendientes. Es reflexionar, gozarse, comprender todo lo que Cristo en la cruz ya logró a favor de su pueblo.

La respuesta al evangelio: fe que salva

¿Cuál fue la respuesta de los colosenses al evangelio? Lo primero que tuvieron fue fe en Cristo Jesús. No es solamente fe, sino fe en el objeto correcto. Yo no hablo de la fe en el sentido genérico, este sentido de credulidad donde las personas creen en cualquier remedio. Un creyente tiene fe en el objeto correcto que hace que esa fe produzca un motivo de acción de gracias. El único objeto que produce una fe digna de aplaudir es Jesucristo.

Lo que creemos cuando ponemos nuestra confianza en el evangelio no es solo que Jesús existió. Creemos que Él fue prometido en la antigüedad, que fue encarnado, que fue clavado en una cruz, que de los muertos fue resucitado, que fue glorificado, que se mandó a que su nombre sea predicado y que vendrá otra vez. Ese es el evangelio. La gente no es salvada porque crea que existió Jesús; es salvada porque cree que Jesús es el Mesías prometido, que murió por sus pecados, que fue recibido en gloria y que vendrá otra vez.

El término «evangelio» es un término militar. Viene del mundo de las guerras. Evangelio era una buena noticia que traía una persona en medio de un conflicto bélico. En las ciudades antiguas, el pueblo no participaba necesariamente en la guerra, pero había personas que luchaban en su nombre. Y venía un hombre gritando: ¡ganamos! Lo que le estaba diciendo a la ciudad es: estamos seguros, no vamos a ser destruidos. Lo que te está diciendo el evangelio es que había una guerra cósmica, que el hombre estaba en guerra con Dios, y que Dios ha tenido de nosotros misericordia. Es una noticia para ser celebrada. Nosotros no teníamos cómo ganar esa batalla, Él ganó, y después de ganar, redimió y perdonó. En vez de destruirnos, dejó salvarnos.

Amor a todos los santos y esperanza eterna

Cuando uno viene a Cristo, una de las primeras cosas que nota es que esta cosa tiene sentido —se llama fe—. Y lo segundo es un amor que ha sido derramado en nuestros corazones, que nos une con el pueblo grande del Señor. Y tú que anteriormente eras indiferente a la familia de Dios, en este momento llegas a tener afinidad con la iglesia. Los colosenses se volvieron gente expansiva en su afecto. Amor a todos los santos demuestra que no era amor por afinidad o por costumbre, sino un amor derramado en sus corazones. Es una identidad, una familiaridad, una carga nueva y singular. Donde quiera que hay dos verdaderos creyentes que se encuentran, hay una familiaridad espiritual, un sentido de pertenencia que es obra del Espíritu Santo.

Todo esto lo corona con esperanza. Dice el versículo 5: «A causa de la esperanza que os está guardada en los cielos.» Un creyente tiene fe que salva, amor derramado y también esperanza. Te das cuenta que naciste de nuevo porque dejas de esperar tanto en esta tierra y comienzas a esperarlo todo para la eternidad. Cuando ya el mundo no te satisface ni te va a dar satisfacción permanente, te das cuenta de que naciste de nuevo. La fe mira hacia el pasado, el amor mira al presente y la esperanza mira al futuro. Un creyente vive así. El cristiano es la única persona con una visión positiva del futuro. ¿Qué espera alguien que no espera en Cristo? El no creyente teme al futuro, ignora el futuro, lamenta no poder llegar al futuro. No tiene esperanza.

Esta triada —fe, amor y esperanza— está en casi todas las cartas de Pablo. Y de algún modo resumen lo que es la vida cristiana. Tú no haces esto para ser salvo; haces esto porque eres salvo. Este no es el camino de la salvación; el camino de la salvación es Cristo. Esta es la consecuencia de la salvación. Pero no prediquemos el resultado, prediquemos a Cristo. Tú no necesitas el bizcocho, necesitas la receta. Lo que salva es el evangelio, no la respuesta, no la consecuencia.

Una palabra que crece y trastorna

Pablo dice en el versículo 6 que el evangelio «ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo, y lleva fruto y crece.» El evangelio es una fuerza incontenible; eso no se detiene. Tiene una vocación de avance universal que va llegando hacia todo el mundo. Recuerden que el que está escribiendo esto es aquel que quería detener el evangelio. Cuando la predicación llegó a Damasco, Saulo pensó: si esto llega a Damasco, se va a repartir hasta los confines de la tierra, y pidió cartas para perseguir la iglesia. Y allá, de camino a Damasco, el Señor le interrumpió. El que anteriormente detenía la Palabra, ahora se goza porque la Palabra corra y lleve su fruto.

Que esto se haya mantenido generando interés creciente por miles de años no es común. Los fenómenos crecen, se establecen y decrecen. ¿Y qué ha pasado con la predicación del evangelio? Siempre en alta. No ha habido un año que digamos que fue un año malo para la predicación del evangelio. Cristo no ha pasado de moda en dos mil años de historia. Que la misma verdad haga sentido para tantas personalidades distintas, culturas y edades es impresionante. No ha habido que adaptar el evangelio para que haga sentido para diferentes etnias ni diferentes personalidades. Cristo es universalmente recibido. Concédannos eso: no ha habido otra cosa que tenga un interés universal tan grande.

Hubo un alboroto en Tesalónica y la gente dijo: «Estos que trastornan el mundo entero también han venido hasta acá.» El trastorno es real. El evangelio lo cambia todo: las formas de vida, las prácticas comunitarias, las prioridades. Te desarma desde adentro para afuera. Nacer de nuevo es un trastorno, porque llega en forma imprevista y hace grandes reclamaciones en el ser humano. Nadie está listo para recibir el evangelio. Hay cosas que es mejor recibirlas de repente.

Oísteis y conocisteis el evangelio

El texto dice: «Desde el día que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en verdad.» Son dos términos distintos. Una cosa es oír el evangelio y otra es conocer el evangelio. Hay gente que ha oído el evangelio pero aún no lo ha conocido. Estaba ayer en la barbería y le pregunté a Felipe: ¿cuándo fue la primera vez que escuchaste el evangelio? Me describió que a los 11 años un amigo le habló del evangelio. Él le dijo que no podía ser cristiano porque le gustaba demasiado la salsa. Su amigo le respondió: «¿Y tú te atreves a perder tu alma por amor a la salsa?» Eso se le quedó. A los 14 años, una señora le dijo: «Tú tienes un alma que salvar.» Después alguien le invitó a un estudio bíblico, un pastor le regaló una Biblia, y él sentía que la Biblia le llamaba. Al final, un domingo hicieron el llamado y se convirtió.

Él escuchó el evangelio consistentemente durante muchos años, pero en un momento no solamente escuchó sino que conoció el evangelio. Son dos cosas distintas. Después dice Pablo que este evangelio ha llevado su fruto y crece: cada vez se vuelve más interesante, más apasionante, más impresionante. Nuestra salvación es un hecho concreto, pero nuestro entendimiento del evangelio admite grados. Tú eres en este momento completamente salvado, pero tu entendimiento de tu salvación va a hacer que año tras año vuelvas a decir: ¡wow! La cruz es un misterio porque hay capas sobre capas. Y mientras más creces en los caminos del Señor, más entiendes lo que pasó. Si no tienes tanta satisfacción como deberías, quizás no estás entendiendo tanto como deberías. Vuelve a estudiar el evangelio, vuelve a predicártelo.

El evangelio requiere buenos instrumentos

Dice el versículo 7: «Como lo habéis aprendido de Epafras, nuestro consiervo amado, que es un fiel ministro de Cristo para vosotros.» Dios en su soberanía ha establecido salvarnos por Cristo utilizando instrumentos humanos. Epafras es un instrumento utilizado por el Señor para la salvación de los hombres. Lo primero que me llama la atención de él es que era replicable: la gente aprendió de él. No todo creyente va a ser un pastor ni un gran maestro, pero todo creyente debe ser lo mínimo: replicable. Replicable es que cuando alguien vea el evangelio en ti, no vea las consecuencias, sino que pueda ver a Cristo.

Para ser replicable hay que ser explícitamente cristiano. Cuando dices «yo predico con mi testimonio», normalmente la gente lo que hace es llamar la atención hacia ti: él es muy bueno, muy correcto. Pero el evangelio ha de ser proclamado, predicado, no solamente vivido. A nosotros nos mandaron a predicar el evangelio. Mi comportamiento te puede atraer a Cristo, pero lo que te va a salvar es que yo te predique el evangelio. Para predicar el evangelio necesito poder articularlo. A veces de manera más burda, a veces de manera más completa, pero un creyente articula el evangelio. Él sabe cómo fue salvado y sabe mostrar la puerta. ¿Quién es la puerta? Cristo. Por ahí es que se entra.

Un fiel ministro de Cristo

Pablo le llama a Epafras «consiervo amado» y «fiel ministro de Cristo». Ministro es servidor. Un servidor de Cristo lo menos que debe entregar es la encomienda. ¿Y cuál es la encomienda? Ir por todo el mundo predicando el evangelio. Manténgase en su industria. Si usted está en la industria del evangelio, predique el evangelio. Lo mínimo que hace un fiel ministro de Cristo es entregar el mensaje. Desde Cristo nosotros podemos llegar a las otras cosas, pero el centro es Cristo.

Fomenta conversaciones, haz las preguntas correctas. Mis dos caballitos de batalla son estas dos preguntas: ¿cómo oíste por primera vez el evangelio? Y ¿cómo conociste al Señor? Cuando pregunto eso con un interés genuino, la gente tiene toda mi atención. Y si alguien me dice que de verdad conoció a Cristo, para mí esa persona es una celebridad. No hay una cosa más atractiva que una conversación donde alguien habla de cómo fue salvado. Son preguntas que salvan: te salvan a ti y salvan también a los otros.

¿Qué te recomiendo? Repasa el evangelio, aprende versículos claves, recuerda la obra de Cristo completa, úsalo como un marcador para cuando alguien te haga preguntas de la vida cristiana. Lo mínimo que deberás recordar es que Cristo fue prometido en el tiempo antiguo, que se hizo hombre, caminó a una cruz y murió por nuestros pecados, que fue levantado entre los muertos con poder, glorificado a la presencia del Padre, que nos mandó a predicar este evangelio hasta los confines de la tierra, y que volverá otra vez y reinará para siempre. Repítete eso muchas veces hasta que te dé satisfacción y traiga salvación.