Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
Saltar al contenido

La palabra verdadera del evangelio

Colosenses 1:3-8

Para quienes no han conocido el evangelio, el cristianismo es simplemente una opción más. Pero para nosotros que hemos creído, Cristo es el único camino posible. Pablo presenta el evangelio como la palabra verdadera: una palabra que produce fe, amor y esperanza, que crece y lleva fruto, y que requiere buenos instrumentos.

Predicado1 de septiembre de 2024
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

En el libro de Colosenses. Ahí donde están, les pido que abran sus Biblias en el libro de Colosenses. Pero antes, permítanme compartir dos anuncios. El primero es dar gracias al Señor por una librería móvil que viene aquí a PezMundial. ¿Saben qué viene? A traernos una gran cantidad de libros que usted podría seleccionar y comprar. Entonces reserve un dinerito, porque dos domingos de este mes tendremos libros disponibles para que usted pueda comprar.

Vaya guardando ahí, traiga sus mil quinientos pesos para que compre uno para usted, le compre uno a su niño, compre una Biblia, regale una Biblia; hay Biblias a diferentes precios. Estará aquí mismo en la recepción de la iglesia. Vengan dispuestos y venga a adquirir algún libro. Lea un libro, regale un libro, sobre todo la palabra del Señor.

La lectura de la carta a los colosenses

Ahora sí, pueden abrir sus Biblias en la carta de Pablo a los colosenses, en el capítulo 1, y se ponen sobre sus pies para leer la Escritura. Quisiera desde esta porción de la palabra mostrar la palabra verdadera del evangelio. Estaré exponiendo del 3 al 8, pero para dar el contexto lo leo desde el primer versículo.

Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a los santos y fieles hermanos en Cristo que están en Colosas: Gracia y paz sean a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

— Colosenses 1:1-2

Lo que viene a continuación es una oración larga, varios versículos hasta llegar a un punto final donde hay preciosas verdades. Dice así:

Siempre orando por vosotros, damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, habiendo oído de vuestra fe en Cristo Jesús, y del amor que tenéis a todos los santos, a causa de la esperanza que os está guardada en los cielos, de la cual ya habéis oído por la palabra verdadera del evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo, y lleva fruto y crece también en vosotros, desde el día que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en verdad; como lo habéis aprendido de Epafras, nuestro consiervo amado, que es un fiel ministro de Cristo para vosotros, quien también nos ha declarado vuestro amor en el Espíritu.

— Colosenses 1:3-8

Y ahí está el punto. Pueden sentarse, mis hermanos.

Hay muchas maneras de hablar del evangelio. La misma gran verdad se puede predicar de maneras muy distintas. A veces se enfatiza una parte del evangelio, después se vuelve a enfatizar otra parte, pero es el mismo evangelio. En esta ocasión el apóstol Pablo está preso en Roma. Recuerden que el domingo pasado dejamos a Pablo llegando a Roma; estando preso escribió unas cuantas cartas que se conocen como las cartas desde la prisión, entre ellas esta. Figúrese usted que cuando Pablo le está escribiendo a la iglesia en Colosas, él está en cadenas y tiene al lado suyo a una persona que lo está custodiando. Y allí, en custodia, escribió unas cuantas cartas, y en ellas algo que resalta es que son cartas muy cristológicas, como Colosenses y la carta a los Efesios, y no tienden a ser muy largas.

Una palabra verdadera entre muchas opciones

Llama la atención: Pablo está preso, y si tú estuvieras preso, ¿de qué quisieras hablar? Tú quisieras hablar del evangelio del Señor Jesucristo. En cada una de estas cartas se destacan elementos del evangelio. En esta se presenta a Cristo glorioso y el evangelio se presenta como una palabra verdadera.

He visto que las personas buscan algo que sea real, algo que funcione, algo que no decepcione. No sé si han visto los videos que surgen en internet de alguien que hace algo impresionante en poco tiempo; ahora hay quien también hace reacciones a esos videos haciendo la receta, y dice si funciona o no funciona. A menudo la gente llega a Cristo después de una larga e infructuosa búsqueda de respuesta, significado, propósito, dirección y satisfacción. Para quienes aún no han conocido el evangelio, el cristianismo es simplemente una opción más entre las muchas que la gente utiliza para enfrentar las dificultades de la vida.

Ellos no ven lo singular que hay en el evangelio; sin embargo, para nosotros que hemos creído, Cristo es el único camino posible para reconciliarnos con Dios y la solución a la raíz del problema humano. Cualquier situación que usted me pida que explique, yo voy a tratar de explicarla a la luz del evangelio. ¿Por qué hay hambre? ¿Por qué hay violencia? ¿Por qué hay destrucción? ¿Por qué los seres humanos nos morimos? ¿Por qué no vivimos quinientos años? Y a cada una de esas preguntas, sin aparentes respuestas, hay una sola respuesta, y esa respuesta es Cristo. Ahora, no es una respuesta sencilla, no es una respuesta simple. Y la alternativa a todas las otras posibilidades que no funcionan es la predicación del evangelio.

El evangelio que necesito hoy más que nunca

De hecho, en el mismo libro de Colosenses el apóstol Pablo le dice a la iglesia que eviten las filosofías de este mundo, las sutilezas, las cosas que no funcionan, y que se aferren a la palabra verdadera del evangelio. Quisiera mostrarle hoy que el evangelio, cuando es respondido por los hombres, es un motivo de acción de gracias; que el evangelio es una palabra que crece; y que el evangelio requiere buenos instrumentos.

Cada vez que uno predica el evangelio se piensa que se está predicando para no creyentes. Yo estoy persuadido de que yo necesito tanto el evangelio como lo necesita una persona que en este momento está en el paso cero de la vida cristiana. El evangelio no es una verdad que en algún momento yo conocí y que me trajo a Cristo. El evangelio es una verdad que me trajo a Cristo, me mantiene en Cristo y me conducirá hasta Cristo. El evangelio no es algo que tú utilizas y desechas; el evangelio es algo en lo cual tú vives todos los días. Y hoy yo necesito el evangelio más que nunca.

Sucede en los caminos del Señor que, a medida que uno avanza, cada vez Dios se ve más santo. Él no es más santo de lo que anteriormente era, pero nuestra percepción de Dios crece, y mientras más caminamos, más grande se ve Dios. Y mientras más vivimos, más decepcionados estamos de nosotros mismos: de nuestra incapacidad para cumplir con la justicia de Dios, de nuestra incapacidad para actuar como conviene, de los méritos que podamos tener y traer a Él. De forma tal que es esperable que un creyente maduro necesite el evangelio más que antes.

Si usted realmente está creciendo en su conocimiento de Dios, usted necesita crecer en su entendimiento del evangelio, pues si no, se vuelve insoportable. Un entendimiento limitado del evangelio junto a un conocimiento de un Dios muy grande produce desesperación. Mientras más grande se vea tu Dios, más grande debería verse el evangelio, de forma tal que traiga satisfacción y paz a tu corazón.

Aquí hay una iglesia que ha respondido a la verdad del evangelio, y esta respuesta ha sido resumida por el apóstol Pablo a favor de todos nosotros. Él lo resumió como un motivo de acción de gracias. Tomen en cuenta que esto es una sola oración; parece que estoy exponiendo muchos versículos, eso lo hizo el traductor, pero esto, si usted lo busca, es una sola oración.

La primera respuesta: fe en Cristo Jesús

Comienza en el versículo 3 y termina en el versículo 8, y en esta larga oración se presenta el evangelio, la acción de gracias sobre el evangelio, la dinámica de cómo crece el evangelio y al mismo tiempo los instrumentos que requiere el evangelio. Comienzo mostrando la respuesta al evangelio como un motivo de acción de gracias. Él muestra aquí la respuesta que los colosenses tuvieron a la verdad del evangelio.

¿Y cuál fue la respuesta? La primera cosa que ellos tuvieron fue fe en Cristo Jesús: «habiendo oído de vuestra fe en Cristo Jesús». No es solamente fe, sino fe en el objeto correcto. Haber escuchado el evangelio produjo que ellos tuvieran fe en Cristo Jesús. Yo no hablo de la fe en el sentido genérico. De hecho, mientras más conozco a Cristo, más me desencanto con la fe genérica. ¿Qué es la fe genérica? Ese sentido de credulidad: personas que creen en cualquier remedio, gente que se va detrás de cualquier idea. Un creyente no es eso. Un creyente no tiene fe a secas; un creyente tiene fe en el objeto correcto, y eso hace que esa fe produzca un motivo de acción de gracias.

Y el único objeto que produce una fe por la cual hay que dar gracias es Jesucristo. Cuando tú pones tu fe en Cristo, eso es algo digno de ser aplaudido. Pablo no está diciendo: «yo me gozo de que ustedes sean gente muy creyente». No. Muy creyentes eran los atenienses. Él se goza en que esta gente tenga una fe genuina puesta en Cristo Jesús. Mi alegría no está en que la gente crea; mi alegría está en que la gente crea en el único que hace que esa fe realmente valga la pena. Es fe en Jesús como el Cristo. Todas estas son palabras que la gente piensa que están puestas ahí por ponerlas. No: Cristo significa libertador, Cristo significa Mesías, Cristo significa el esperado.

O sea, que una persona que ha puesto su fe en Jesús no solamente cree que Jesús existió. Lo que creemos cuando ponemos nuestra confianza en el evangelio no es solo que Él existió; es que creemos el evangelio. Que Él en la antigüedad fue prometido —ya se lo he dicho dos veces en el culto de hoy, con esta tres—, eventualmente fue encarnado, después fue clavado en una cruz, de los muertos fue resucitado, después fue glorificado, mandó a que su nombre sea predicado, y vendrá otra vez. Ese es el evangelio. Y cuando usted cree esas cosas, entonces usted llega a ser salvo. La gente no es salvada porque crea que existió Jesús.

La gente es salvada porque cree que Jesús es el Mesías prometido, que murió por sus pecados, que fue recibido en gloria por el Padre y que vendrá otra vez. Ese es el evangelio. Yo tengo un interés en la historia, pero asumo que la historia no salva. Que alguien esté de acuerdo conmigo en que existió Jesús no le trae salvación a su alma. Donde se marca la diferencia es preguntarle: ¿tú crees que Él está vivo? Yo me río de mí mismo, porque digo la verdad: ser un creyente está muy cerca de ser un esquizofrénico. Nosotros creemos en cosas que son locuras. Cualquiera cree que Jesús existió, pero yo no creo solo que Él existió; yo creo que Él está aquí.

¿Se entiende la diferencia que esto tiene? Esto no es un curso de historia; esto es fe, fe que salva. Es creer que Él está vivo y que en este momento está sentado a la diestra del Padre. Y esas preciosas verdades son las verdades que salvan. No son cosas históricas, no son datos anecdóticos. «¡Ah, mira, que yo leí historia y ahora creo que Jesús existió!» Bienvenido, usted está de acuerdo con la generalidad del ser humano. Pero para que usted pase de la generalidad del ser humano a la minoría, usted no solamente cree que Jesús existió. ¿Usted cree que Jesús fue levantado de entre los muertos, que está sentado a la diestra del Padre y que en este momento vive en medio de la alabanza de su pueblo?

El evangelio: la buena noticia de una guerra

Lo primero que produjo en ellos el evangelio fue fe, y esa es la fe que salva. El término evangelio es un término militar; viene del mundo de las guerras. Evangelio era una buena noticia que traía una persona en medio de un conflicto bélico. En las ciudades antiguas vivían en guerra una con la otra, y el pueblo no participaba necesariamente en la guerra, pero había personas que luchaban en nombre del pueblo. Y cuando estaban luchando en nombre del pueblo, tú no sabías objetivamente si tu ciudad, si tu pueblo, perdió o ganó. Pero venía un hombre, me lo imagino a caballo, a todo galope, gritando: «¡Ganamos, ganamos!». Y cuando le dice «ganamos», lo que le está diciendo a la ciudad es: estamos seguros, estamos seguros.

No vamos a ser destruidos. En el mundo antiguo, primero se perdía la guerra y después se perdía la ciudad. Y cuando se perdía la guerra, entonces venía el enemigo, invadía tu ciudad y te tomaba como despojo. Lo que te está diciendo es: no te van a matar, hay esperanza, no vamos a ser destruidos. Evangelio es la buena noticia. Hay gente que ve el evangelio y piensa que es una buena noticia cualquiera. Pero es verdad que no te van a arrancar la cabeza: había una guerra cósmica, histórica; el hombre estaba en guerra con Dios y Dios iba a venir tarde o temprano a destruirte. Y el Dios que te iba a destruir en este momento te ha dado la paz.

Y tienes esperanza. Y cuando tú crees estas cosas, tú estás seguro. Y tú dices: «Wow, he salvado mi vida, he salvado mi ciudad, he salvado mi casa. Realmente no nos van a tomar por despojo». Evangelio, la buena noticia, es que en esta guerra que el hombre tenía con Dios, Dios ha tenido de nosotros misericordia. Una noticia para ser celebrada. El evangelio no es solamente un asunto emotivo, un asunto emocional; esto es un asunto real. La guerra ya se perdió o se ganó, y de acuerdo al resultado que tú escuches será tu historia. Cuando el evangelio se predica, lo que te están diciendo es: «¡Ey, ey, ey! ¡Hay esperanza! ¡Hay salvación!». ¿Saben lo mejor? Que perdimos la batalla, pero nuestro enemigo, que era Dios, fue misericordioso.

Y en vez de darnos lo que nos correspondía, lo que nos dio fue misericordia. Y nosotros, que no teníamos cómo luchar contra Dios ni ganar esa batalla, ese pleito cósmico, Él ganó. Y después que ganó, Él redimió, Él perdonó. Y en vez de destruirnos, Él decidió salvarnos. Wow, hermano. Yo creo que si usted viviera en una ciudad asediada, y alguien estaba peleando en nombre de usted, y sobre todo si usted perdió la batalla, usted quisiera que alguien venga y diga: «¡Evangelio, buena noticia! Ya no hay temor, hay esperanza, hay salud, hay salvación». Eso es lo que es el evangelio en la vida de nosotros. Una persona no sabe que está en enemistad contra Dios, pero nuestros pecados nos han separado de Él.

Y como nuestros pecados nos separaron de Dios, lo que se esperaba es que tarde o temprano nuestro enemigo, que era Él, vendría contra nosotros. Y ahora nuestro enemigo nos trata como amigos, y más que como amigos, nos trata como hijos. Uff, hermano, ¿cómo no vamos a proclamar el evangelio? ¿Cómo no nos vamos a alegrar de que las personas que estaban en peligro escuchen el evangelio? Ahora Pablo les está diciendo: siempre damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, habiendo oído de vuestra fe en Cristo Jesús. Yo sé que ustedes se salvaron, sé el peligro que estaban corriendo, sé la salvación que han obtenido, y por eso yo me gozo con ustedes.

Yo creo que la respuesta de cualquier persona al evangelio debe ser un motivo de acción de gracias para la iglesia. ¿Por qué? Porque esto produce fe, la fe que salva. Después dice en el versículo 4: «habiendo oído de vuestra fe en Cristo Jesús», pero después, «y del amor que tenéis a todos los santos». ¿Qué es lo que hace el evangelio? ¿Cuál es la respuesta del hombre al evangelio? Lo primero es fe en Jesús, una fe que salva. Hay cantidad de gente que cree que son cristianos porque tienen fe. Tú no eres cristiano porque tienes fe; tú eres cristiano porque tienes fe en el objeto correcto, y el objeto correcto es Cristo. Pero la fe es lo primero. Hay más.

La segunda respuesta: amor a todos los santos

Cuando yo vine a Cristo llegué a tener fe. Yo realmente llegué a creer, y fue satisfactorio para mí, que Él fue el Mesías prometido, que murió en una cruz en mi lugar, que fue levantado de los muertos, que subió glorificado al Padre. Yo creí todo eso. Y tú me dices: si tú lo creíste así, ¿qué fue lo que tuviste? Eso es lo misterioso del evangelio: que esto no es filosofía. El Señor abrió mi entendimiento. Y también puede abrir el tuyo. Y Cristo dejó de ser para mí un personaje histórico, se convirtió en un personaje real. Tan real que siento en este momento que Él está aquí. La diferencia, hermano, entre un esquizofrénico y un cristiano es el evangelio.

Porque si tú no creyeras estas cosas, realmente eres un desconectado. Nosotros lo hablamos al aire: ¿qué fue lo que sentimos hoy cuando estábamos adorando? Fue su presencia, fue un estremecimiento. ¿Qué fue? Que Él está en medio de su pueblo, hermano. El evangelio produjo fe y produjo amor. Y ese amor no es un amor normal. Ese amor no es un amor romántico. Ese amor no es un amor de conocimiento. No dice: «y produjo amor entre ustedes». Interesante el término. Escuchen el fraseo: amor a todos los santos. Cuando uno viene a Cristo, una de las primeras cosas que uno nota es que esta cosa tiene sentido; eso se llama fe. Y lo segundo que uno nota es un amor que ha sido derramado en nuestros corazones.

Tú, que eras un desconectado, un individualista, que vivías para ti solo, en este momento llegas a tener carga por el pueblo del Señor, y su sangre te pesa. Un sentido de identidad que nos es instalado, de forma tal que su Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que nosotros somos suyos. Y si somos suyos, somos también nuestros. Y la iglesia cristiana tiene un amor que no es un amor normal; es un amor que es la respuesta al evangelio. ¿Cuál fue la respuesta de ellos? Que tuvieron no solamente amor entre ellos, sino amor a todos los santos. Los colosenses se volvieron gente expansiva en su afecto. No es que se volvieron humanistas: se volvieron cristianos.

Un cristiano no es un humanista. Yo puedo tener cariño a todo ser humano, pero no un cariño como el que te tengo a ti. Porque el cariño que yo te tengo a ti es un cariño que es mi respuesta al evangelio. El Señor instala eso en nosotros. El pueblo del Señor llega a dolerte. Por eso a mí me parece muy extraño que alguien me diga que nació de nuevo y no tenga deseo de estar en medio de la alabanza del pueblo de Dios. ¿Realmente tú fuiste salvado y respondiste al evangelio y tú no quieres estar en medio del pueblo del Señor? No tienes cariño por tus hermanos.

Tú realmente recibiste la fe, ¿pero no el amor? Es como que tú me digas que no crees en las firmes y preciosas promesas que tiene el Señor, que no tienes esperanza. Un creyente verdadero tiene fe, un creyente verdadero tiene amor y un creyente verdadero tiene esperanza. Esta es nuestra respuesta al evangelio, y no es algo que producimos nosotros, es algo que lo hace el Señor. Todo esto termina en el versículo 8 diciendo: «quien también nos ha declarado vuestro amor», y después de todo eso pone una E mayúscula y dice: «en el Espíritu». Es el Señor el que está haciendo esto en el creyente. Aquí está una de las evidencias más visibles de salvación: amor por los santos.

Uno no es salvado porque le tenga cariño a la gente, vamos a dejar esto claro. Porque hay gente que tiene cariño y está muerta en sus delitos y pecados. Hay gente que le tiene cariño a la iglesia porque ellos pensaban que nosotros éramos gente rara, y al estar entre nosotros dicen: «pero no son tan raros, son gente como yo, que cantan, que predican; yo hasta los quiero un chin». Eso no salva. Lo que salva es el evangelio. Esto es la respuesta al evangelio, esa es la consecuencia. Y el hecho de que sea «a todos los santos» demuestra que no era amor por afinidad o por costumbre, sino un amor que había sido derramado en sus corazones. Es una identidad, es una identificación, es una familiaridad, es una carga nueva y es una carga singular. Tú no tienes que conocer a la gente por su nombre para darte cuenta de que tiene el Espíritu de Dios.

Vino alguien estos días aquí, una persona que está gestionando la propiedad que está debajo de nosotros; es uno de los propietarios. Yo lo había sabido hace muchos años, porque cambiamos palabras, que es creyente, y vino hoy de nuevo y pasó por aquí: «wow, es una iglesia». Y yo le pregunté: «¿y cómo conociste a Cristo?». Y la persona me habló del Señor y yo me entusiasmé. Y ella me decía: «wow, es que yo siento al Señor». Sí, sí. Yo no tengo que conocer tu nombre, tú no tienes que conocer el mío. Dondequiera que hay dos verdaderos creyentes que se encuentran, hay una familiaridad espiritual, hay una identidad espiritual, hay un sentido de pertenencia y correspondencia que es espiritual. Y cuando digo que es espiritual, no hablo en el sentido místico; hablo de que el Espíritu Santo hace todo eso en nosotros, de forma tal que sabemos que somos suyos.

Eso lo pone Él en uno desde chiquito. No recuerdo la fecha ni el momento, pero yo recuerdo la temporada donde el pueblo del Señor comenzó a cargarme en el corazón. Yo sentía hacia ese pueblo una afinidad. Yo decía: esta es mi gente. Yo no siempre fui un creyente firme, concreto; no, no, hermano. Me tienen que taparle los ojos y los oídos a Maribel, porque ella piensa que yo siempre fui un creyente estándar que vino a Cristo. Pero ese no era mi caso, hermano. Yo vivía en una dualidad: yo era el perfecto cristiano en la iglesia y el perfecto impío fuera. Pero algo que pasó es que, aun en mi mundanalidad, cuando yo estaba en medio de la iglesia había algo que me decía: este es mi pueblo.

Y yo podía participar en los pecados de mis amigos, pero cuando intentaban ofender al pueblo del Señor, había algo en mí que era como que me mentaran a mi mamá. Ese es mi pueblo. Recuerdo a Moisés cuando mató al egipcio: esa es mi gente. La sangre de Cristo también pesa. Uno llega a decir: este es mi pueblo, esta es mi gente. Yo todavía no estoy caminando como debo caminar, todavía no he decidido por Cristo, pero este pueblo me está pesando en el corazón. Y frecuentemente esa es una de las primeras evidencias de que estamos siendo salvados. Lo sabemos porque hay un amor nuevo.

La tercera respuesta: la esperanza guardada en los cielos

Y todo esto lo corona con esperanza. Dice el versículo 5: «a causa de la esperanza que os está guardada en los cielos». Un creyente tiene fe que salva, un creyente tiene amor derramado y un creyente también tiene esperanza. Ahora parece que todo el mundo es cristiano; por dondequiera que uno se mueve todo el mundo es cristiano. Ahora, ¿cómo un tipo de cristiano sin esperanza? Es un cristiano terrenal, es un cristiano temporal, es un cristiano mundano.

Pareciera que todo el mundo es cristiano porque todo el mundo dice tener fe y todo el mundo dice tener amor; pero un creyente no solamente tiene fe y tiene amor, un creyente también tiene esperanza, y esa esperanza también es un asunto espiritual, porque la hace el Espíritu Santo. Un creyente no solamente está esperando en las temporalidades, y si tú eres un creyente de temporalidades, probablemente todavía no has conocido el evangelio. Pues una parte del evangelio es que Cristo fue prometido, que Cristo fue encarnado, que Cristo fue clavado en una cruz, que Cristo fue crucificado, que Cristo ha sido glorificado. Pero la parte siguiente del evangelio es que Cristo vendrá otra vez.

Nosotros tenemos preciosas promesas que son eternas. Tú te das cuenta de que naciste de nuevo porque dejas de esperar tanto en esta tierra y comienzas a esperarlo todo para la eternidad. Cuando ya sabes que el mundo no te satisface ni te va a dar satisfacción permanente, tú te das cuenta de que naciste de nuevo. Cuando tú llegas a participar del mundo por convicción, por compromiso, porque el Señor te mandó, porque esto es lo que hay, tú te das cuenta de que naciste de nuevo, porque ya toda tu esperanza está en las promesas eternas del Señor. Tú te das cuenta de que naciste de nuevo porque esperas más del otro lado que lo que esperas de este.

Y si tú todavía estás esperando más de este lado que del otro, probablemente no has conocido el evangelio. Pues el evangelio pone en nuestra perspectiva un futuro de gloria, un futuro glorioso en promesas que son para nosotros. Aquel que se llama cristiano pero no ha nacido de nuevo, esa promesa no le satisface. A la gente le encanta hablar de doctrina, le encanta hablar de vida cristiana. «Vamos a hablar también de las promesas.» «No, eso no me interesa tanto; el aquí y el ahora.» No ha nacido de nuevo. Porque si naciste de nuevo, tú esperas grandes cosas desde aquí y hasta la eternidad. La esperanza en los colosenses era una esperanza grande; esto no era solamente una cosa chiquita.

Nuestra salvación no es solamente para el aquí y el ahora; nuestra salvación es desde aquí y hasta la eternidad. Ninguna de estas cosas son cosas humanas. La fe mira hacia el pasado, el amor mira al presente y la esperanza mira al futuro, y un creyente vive así. Por eso me llama la atención la cantidad de gente que se llama cristiana y no piensa nada en un futuro glorioso con el Señor. De hecho, el cielo ha perdido interés. ¿Qué tanto hablan del cielo? «Vamos a hablar de aquí y ahora, ahora, ahora.» Yo me digo a mí mismo: ay, parece que no nació de nuevo. No tengo capacidad de negar la fe de nadie, ni de negar el amor derramado de nadie.

Pero un creyente no solamente tiene fe y tiene amor; también tiene esperanza. ¿Estamos dispuestos a gozarnos por los próximos quinientos años, dos mil años? Tú ya aborreces un poco esta tierra, estás desencantado. Si ahora es que tú le estás cogiendo el gusto a este mundo, quizás no has nacido de nuevo. El cristiano es la única persona con una visión positiva del futuro. ¿Qué espera alguien que no espera en Cristo? El no creyente teme al futuro, ignora el futuro, lamenta no poder llegar al futuro, porque él no tiene esperanza. Yo tengo esperanza. ¿Qué espero? Un futuro glorioso en el Señor. El incrédulo no espera nada del futuro; el aquí y el ahora. Y del pasado tampoco le importa mucho.

Él quiere vivir el presente intensamente. El creyente tiene gran parte de su gozo puesto del otro lado de la línea. Y él se mira a sí mismo y dice: ahora mismo estamos aquí, pero de aquí a poco esto desapareció; nada de esto existe, estamos en la presencia del Señor, un futuro glorioso. Ese futuro glorioso lo esperamos nosotros. Esta tríada —fe, amor y esperanza— está en casi todas las cartas de Pablo, y de algún modo resume lo que es la vida cristiana. Tú no haces esto para ser salvo; tú haces esto porque eres salvo. Este no es el camino de la salvación, el camino de la salvación es Cristo. Esta es la consecuencia de la salvación. Cuando hemos sido salvados tenemos fe real, cuando hemos sido salvados tenemos un amor genuino, cuando hemos sido salvados tenemos una esperanza que es gloriosa.

Predicamos a Cristo, no las consecuencias del evangelio

Pero no prediquemos el resultado: predicamos a Cristo. Tengo que explicarle a la iglesia, hermano, que los resultados de mi salvación no van a salvar a otro ser humano. Que alguien vea mi gozo: mi gozo no salva. Que alguien vea mi esperanza: mi esperanza no salva. Tú no necesitas el bizcocho, tú necesitas la receta. Tú necesitas mezclar los ingredientes y hacer lo que yo hice, que es poner la fe en Cristo Jesús, y ahí eres salvado. Lo que salva es el evangelio, no la respuesta, no la consecuencia. Porque ahora lo que se estila es predicar las consecuencias del evangelio: «que vean nuestra iglesia, que vean nuestro amor, que vean nuestro cariño». La gente no entiende eso. «Vamos a ser cariñosos, vamos a hacer asistencia, vamos a darle un abrazo a todo el mundo.» Los abrazos no salvan.

No hay otro nombre dado a los hombres en el cual podamos ser salvos: Jesucristo. La fe predicada históricamente tampoco salva. Dando cursos de doctrina nadie va a ser salvo. De hecho, hay cantidad de catedráticos; el mundo de la traducción bíblica está lleno de personas que no han nacido de nuevo, que son autoridades académicas de las Sagradas Escrituras. Estudiando académicamente nadie va a ser salvo. La gente es salva porque conoce al Señor Jesucristo, y cuando conozca al Señor Jesucristo la venda le será quitada de sus ojos. Hay hermanos míos que creen que predicando doctrinas secundarias, terciarias, poniendo dos ángeles a pararse en el filo de una aguja, la gente va a ser salva.

La gente será salva por algo que es muy sencillo, que es locura para los que se pierden, y es predicar el nombre de Jesucristo. Persuadir a la gente retóricamente de mis promesas tampoco la salva. Que la gente sepa que yo voy para el cielo no hace que vayan conmigo. Yo me gozo en los funerales y hasta me da un poco de risa, porque cuando la gente se muere, a los familiares se les mete una confianza en las promesas del pueblo del Señor impresionante. Cuando un incrédulo muere, comienzan a decir cosas grandilocuentes, «que descansó», y yo me aguanto, pero pienso para dentro de mí. Hermano, por favor entienda que yo no soy un desconectado que vaya a un funeral a decirle a la gente: «no, no está descansando nada».

Yo guardo silencio. Pero cuando escucho «descansó»… De verdad. «Ahora él está en un lugar mejor.» Yo creo que el lugar donde él estaba antes era mejor que el que está ahora mismo. «No, que él estaba aquí cogiendo mucha lucha, con dolor, con una enfermedad.» No hay dolor, no hay lucha, no hay enfermedad que sea más fuerte que tener la conciencia de una eternidad completa fuera de la presencia de Dios. Él no estaba tan mal. «Nos volveremos a ver.» Bueno, eso sería probable. Yo creo que ustedes se van a volver a ver; el que no quiere volver a verlos soy yo. Porque yo sé para dónde están caminando, y yo sé que yo camino por el camino estrecho.

Sí, eso es verdad: se volverán a ver. Quizás no en el lugar que ustedes están pensando, pero se volverán a ver. Las esperanzas del cristiano solamente le dan esperanza a otro que también tiene la misma esperanza. No le prestamos nuestra promesa al mundo. De hecho, la gente habla del cielo, habla de Dios. ¿Por qué tú hablas de esa cosa? Si tú no crees en mi fe, si tú no crees realmente en el centro de mis convicciones, que es el evangelio, ¿por qué crees en lo secundario del evangelio, por qué crees en las consecuencias del evangelio? Si no vas a creer el evangelio, créelo central.

Este sentido de acción de gracias también llama la atención. ¿Y por qué Pablo da gracias por ello? Bueno, porque si tú naciste de nuevo, esas cosas te dan gozo, te dan satisfacción. Que haya gente tan lejos de uno hablando como tú hablas, eso es algo que da paz. Parece que no estamos locos, otros también lo vieron. Wow, allá también está siendo predicado el mismo evangelio con el que nosotros fuimos salvados. ¡Gloria al Señor, qué bueno! Cada testimonio de salvación es una nueva evidencia de que Dios realmente está vivo, de que Cristo está en medio de nosotros, de que Él está salvando. Y así como los colosenses tenían amor por todos los santos, también Pablo: él dice, eso que está sucediendo allá, yo me gozo desde aquí.

Una palabra que crece y lleva fruto

He estado mostrando que la respuesta al evangelio —la respuesta en fe, la respuesta en amor, la respuesta en esperanza— es motivo de gozo, motivo de alegría. Ahora él dice en el versículo 6 que es una palabra que crece:

…que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo, y lleva fruto y crece también en vosotros, desde el día que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en verdad.

— Colosenses 1:6

El evangelio es una fuerza incontenible, eso no se detiene. El evangelio no es algo que se puede poner en pausa. El Señor está salvando y esto está produciendo su fruto. Quisiera mostrar ahora el evangelio como algo dinámico, como algo que crece y da su fruto. Aquí se ve el evangelio como algo que tiene una intención, una vocación de avance universal, que va llegando hacia todo el mundo. Todo va hacia adelante, hacia adelante. Es el plan de salvación: la gente necesita escuchar a Cristo, y Él va a hacer todo lo posible porque la gente escuche a Cristo. Recuerden que el que está escribiendo esto es aquel que quería detener el evangelio. Cuando el evangelio llegó a Damasco, Saulo pensó: si esto llega a Damasco, esto se va a regar.

Esto va a llegar a los confines de la tierra, y pidió cartas para perseguir a la iglesia en Damasco. Y allá, de camino a Damasco, el Señor le interrumpió. Y el que anteriormente estaba buscando detener el avance del evangelio ahora dice que «ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo, y lleva su fruto». Él está ahora gozándose. El que anteriormente detenía la palabra, ahora se goza de que la palabra ruede, de que la palabra corra y lleve su fruto. ¡Cuánto motivo de gozo, hermano, la expansión geográfica! Usted ve el libro de los Hechos: hasta los confines de la tierra.

El evangelio de ciudad en ciudad, de persona a persona, desde los gobernantes hasta el pueblo llano, todo el mundo respondiendo y escuchando el evangelio. Esa expansión geográfica emociona. Que la misma verdad haga sentido para tantas personalidades distintas, culturas y edades, es impresionante. Esto en este momento a los coreanos les está haciendo sentido, y también a los latinos les hace sentido, y a los nórdicos también les hace sentido la misma verdad del evangelio. ¡Wow! Qué impresionante. Concédannos eso a los cristianos, por lo menos eso: que no ha habido otra cosa que tenga un interés universal tan grande como esto. La gente sale a buscar los ritmos musicales y dice: vamos a buscar cuál es el ritmo musical universal.

¿Saben lo que pasa? Que cada país entiende que su música es la música universal. Tú ves la campaña de que el merengue es bailado en todas partes del mundo. Eso no es verdad, hay lugares donde esa música no hace sentido. Y el corrido, el regional mexicano, tampoco hace sentido en todas partes. Y el folclore argentino se lo van a comer ellos con yuca, con el perdón de todos ellos, pero para Latinoamérica no hace mucho sentido. Si el predicador siempre mete la pata, hermano, qué lío; se tiene un país completo en contra. Por favor, consideren que estoy comparando todo esto con Cristo. No hay nada que tenga un interés tan universal, un interés tan mayúsculo, como Cristo.

Esto le hace sentido al argentino, le hace sentido al dominicano, le hace sentido al cubano, le hace sentido al nórdico. Cristo es universalmente recibido. Consideren eso: que no ha habido que adaptar el evangelio para que haga sentido a diferentes etnias; que no ha habido que adaptar el evangelio para que haga sentido a diferentes personalidades; que no ha habido que adaptar a Cristo para que Cristo haga sentido a todas las edades. Yo he dedicado mi vida a predicar el evangelio porque esto tiene un interés universal. No hay un lugar donde tú digas: «ay, ahí no lo necesitan». De verdad que no hay. Todo el mundo necesita a Cristo. Y esto ha llegado a todo el mundo, hasta vosotros.

También dice la palabra: a los que estaban lejos y a los que estaban cerca. Que esto se haya mantenido generando interés creciente por miles de años no es común. Los fenómenos crecen, se establecen y decrecen. ¿Y qué ha pasado con la predicación del evangelio? En alta, siempre. No ha habido un año del que digamos que fue un año malo para la predicación del evangelio. No, no, no. Las cosas pasan de moda; Cristo no ha pasado de moda en dos mil años de historia, hermano. Todavía Cristo será predicado. Y cómo trastorna la ciudad. Hubo un alboroto en una ciudad del mundo antiguo que se llamaba Tesalónica; Pablo llegó a Tesalónica y esta gente se regó allí. Dijeron: no, aquí no, aquí no.

Y fueron delante de las autoridades y les dijeron: «estos que trastornan el mundo entero también han venido hasta acá». El trastorno es real. El evangelio lo cambia todo: cambia las formas de vida, cambia las prácticas comunitarias, cambia las prioridades. Esto te desalma, te desalma desde adentro hacia afuera. Y la gente dice: «es que ahora yo tengo una nueva vida». Es verdad. Si alguien te conoció antes… cuando tú pones tu confianza en el evangelio, el evangelio te desalma y te alma de nuevo. Esto es algo que trastorna al mundo e impresiona a la gente. El testimonio personal de cada uno de nosotros es un testimonio del avance. Dice: «ha llegado hasta vosotros». Te pregunto, hermano: ¿el evangelio llegó a ti? ¿Te trastornó?

Si te cambió de dentro hacia fuera, cambió tus prioridades, cambió tu personalidad, cambió tu manera de ver la vida, de aproximarte al futuro, de mirar la historia, de mirar las situaciones, de mirar el mundo, cambió tu cosmovisión, entonces tú naciste de nuevo. Nacer de nuevo es un trastorno. Es un trastorno porque esto llega en forma imprevista y hace grandes reclamaciones al ser humano. Nadie está listo para recibir el evangelio. «No, yo me voy a poner para eso.» ¿Cuándo tú te vas a poner para algo que es tan grande? ¿Y tú crees que puedes ponerte para eso? Mira la cantidad de decisiones grandes y pequeñas que tiene que tomar un creyente a favor de su causa, a favor de su fe.

Nadie es talito para eso. «Mira, esto es lo que hay que entregar.» ¿Qué es lo que hay que entregar? Todo. Negarte a ti mismo, tomar una cruz y seguirle. ¿Quién es talito para eso? No, hay cosas que son tan trascendentales que si tú no las recibes de un golpe, así, ¡pa!, nadie las hace. Como de repente. Juliet cumplió diez años —ella me prohibió hablar de ella, hermano—. Hace diez años yo estaba con Caro en un centro médico, estábamos haciendo unos estudios, y nos llamó su médico y nos dijo: «miren, pasen por aquí para traerme los estudios». Y fuimos a llevar los estudios, y cuando fuimos a llevarlos, dejaron a Caro interna y ahí parió.

Y después he estado atando cabos, y alguien me confirmó estos días que él realmente sabía que ese día iba a atender a mi esposa. Y nos dijo como que pasáramos por ahí a traer unos estudios, pero ya él le había dicho a alguien: «ella no sabe que hoy va». Y yo como que: no, yo no estoy listo para esto. Y como que no soy yo el que va a parir. Uno no está preparado, pero yo ahora, mirando en retrospectiva, fue mejor. Porque si a ti te dicen «mira, va a ser mañana», tú comienzas a cavilar; y en cambio entramos y salió, parió, aquí está la muchacha, y llevan diez años de eso.

Si a ti te dicen que tú vas a ser alcanzado por Cristo con salvación de aquí a un mes, lo primero que tú deberías hacer es salir corriendo. «Pastor, ¿cómo que salir corriendo?» ¿Tú sabes lo que es enfrentarte con el Dios vivo estando muerto en tus delitos y pecados? ¿Quién está listo para un encuentro con Dios? Es como un examen que tú estás postergando: tú sabes que tienes que tomar la prueba, pero nadie está listo. Y yo entiendo al hombre cuando está huyendo de Dios. Se le va a predicar el evangelio y la gente no quiere que se le predique el evangelio, porque si tú tienes un encuentro con el Dios vivo, tú vas a ver cuál es tu verdadera condición.

Hay cosas que es mejor recibirlas de repente. Yo no conozco a nadie que planificara su salvación. A ti te alcanzan como ¡pa!, y tú: «¿qué fue?». Y comienzan grandes reclamos, grandes reclamos, y tú dices: «pero esto va como muy rápido». Un reclamo de sujeción: tú estabas suelto, ahora Él es tu Señor, sujétate a Él. «Me está agarrando muy duro.» No es que te está agarrando muy duro, es que tú estás acostumbrado a andar suelto. Estás sintiendo ahora la poderosa mano de Dios sobre tu vida. Eso es el evangelio: tú sientes una mano que te está agarrando. Uy, hermano, hay que aprender de nuevo: aprender a caminar, aprender a comer, aprender a pensar, a proyectarse la vida.

Al principio tú te acostumbras a hacer los cálculos con el método antiguo. Cuando la iglesia se iba a mudar a este edificio, vinieron varios ingenieros a hacer cálculos. Hubo que derribar varios muros, paredes, reforzar la estructura. Y vino un ingeniero de la vieja guardia, como dicen, y él dijo: «mira, esto se construyó en tal año aproximadamente, y los cálculos utilizados fueron los cálculos antiguos». Y él ahora, utilizando los cálculos antiguos, calculó lo que era la resistencia de los materiales nuevos. Estoy explicando eso de manera muy burda, hermano, pero yo vi que él estaba convalidando dos sistemas: el sistema de construcción anterior y el sistema de construcción nuevo.

En esa traducción vive un nuevo cristiano. Es como que tú tienes que pensar en inglés. ¿Sabes lo duro que es interactuar en una lengua que tú no conoces, en la que tú no naciste? Miren, cada vez que yo salía, años atrás, del país a participar en conferencias, con una gente que era sumamente veloz cuando hablaba su lengua… porque no era que yo hablaba en inglés, es que ellos me hablaban en un inglés como el español que hablamos nosotros. Yo salía cansado, hermano. Y un creyente, en los primeros días de su salvación, está cansado, está agotado. Tú lo ves que siente que no tiene fuerza.

Lo que pasa es que él todavía no está pensando en inglés, él está traduciendo. Llega un momento en que ya tú vives la vida en torno al evangelio, en que ya Cristo es el rector de tu vida; pero en esos primeros días uno está como agotado, uno dice: «¿y esto va a ser la vida entera, que hay que vivir así? ¡Difícilísimo!». Esto trastorna, porque ahora te van a dar una nueva familia. Y no es como que a uno le muestren quince iglesias. ¿Usted ha pensado eso? Normalmente una persona es salvada y es llevada a un cuerpo de creyentes, pero nadie dice: «muéstrame la foto, ¿cómo se ven? ¿Qué hacen ellos? Dame opciones: mira, esta es una iglesia, esta es otra iglesia». Normalmente tú eres salvado y como que ¡pam!, caes allá.

Y tú dices: ok, esta es mi familia. Bienvenido a la familia de Dios, Dios te bendiga. Hermano, lo extraño: que una gente que anteriormente no era para ti ni ariente ni pariente comienza a tratarte con familiaridad. Ay, es que tenemos el mismo Padre, tenemos ahora una misma naturaleza, tenemos ahora una misma herencia, tenemos hermosas promesas. Esto dice que llegó hasta vosotros. Este trastorno llegó hasta vosotros, y me gozo de decir «desde el día». ¡Wow! ¿Hubo un día? Desde el día, dice él, «que oísteis y conocisteis». Interesantes los dos términos. No es que quiera ser muy pique, hermano, con los textos; es que quiero que tú seas salvo. Pero hay dos términos: oísteis y conocisteis. Son dos términos distintos.

Una cosa es oír el evangelio y otra cosa es conocer el evangelio. Hay gente que ha oído el evangelio pero aún no ha conocido el evangelio.

Oír el evangelio y conocer el evangelio

Estaba ayer en la barbería. Un sábado en una barbería, hermano, es complicado, es mucha gente. Y cuando llego saludo a Felipe, y me dice: «oh, hay tres pastores aquí». Y me presenta a otros dos pastores; yo no sé qué pasa, hermano, es el barbero que más pastores recorta. Los saludo, Dios les bendiga. Y hacen el mismo chiste de pastores: «ah, pues vamos a hacer un culto, ¿y quién va a predicar?». Y comienzan: «predica tú, predica aquel». Y dice Felipe: «no, es por años en el ministerio; si es por años, entonces el que más años tiene es Rafael, ¿vas a predicar tú?». No, yo no voy a predicar, yo voy a hacer el llamado. Chiste de pastores.

Pero me toca mi turno; pelan a dos pastores, me toca a mí. Y estamos bromeando, y yo le pregunto a Felipe: «Felipe, ¿cuándo fue la primera vez que tú escuchaste el evangelio?». Y él me describe que cuando tenía once años estaba aprendiendo a recortar, y que él tenía un amigo al que le apretaba el abejón, y el amigo lo pelaba a él y él pelaba al amigo. Y que ese amigo fue la primera persona que le habló del evangelio. Él tenía once años. Yo le digo: «¿y tú te convertiste a los once años?». Me dice: no. Él me predicó el evangelio, pero yo le dije que no podía ser cristiano porque me gustaba demasiado la salsa.

Entonces yo le pregunto: «pero ¿te gustaba la salsa? ¿Solamente bailabas?». Y me dice: no, la salsa era un dicho para yo salir del apuro. Y la persona a la que yo le dije eso me dijo: «¿y tú te atreves a perder tu alma por amor a la salsa?». Y eso se me quedó en la mente. Y él me dice: a los catorce yo estaba sentado en el parque de allí y pasó una señora. La señora me dijo: «tú tienes un alma que salvar». Ella no me dijo más nada, pero se me quedó eso en el pensamiento.

Y yo le dije: «pero fue como que tú uniste lo de los once años con lo de los catorce». Me dijo: no. Después, tiempo después, alguien me invitó a un estudio bíblico y me daba estudios bíblicos, y después me invitó a la iglesia. Y cuando me daba los estudios bíblicos, ahí es que yo recuerdo que fui alcanzado con salvación. Y le digo: «¿y te convertiste en ese momento?». Me dijo: no. La persona me llevó a su iglesia, porque él me daba el estudio bíblico con su Biblia, pero yo quería una Biblia; y le dije al pastor que me regalara una Biblia, y el pastor Bolívar Sierra me regaló una Biblia, y cuando me regaló la Biblia, entonces yo comencé a leerla, y yo sentía que la Biblia me llamaba.

Esto es una barbería llena de gente, un sábado a las cinco de la tarde. Y yo veo que la gente se va como mirando y se va incorporando, y Felipe es muy efusivo, y me detalla una cosa y la otra, y decía: «acá hay cuatro versículos». Pero eran versículos, hermano, que eran como piedras afiladas. Yo en algún momento estaba riéndome, porque es como que tú estás escuchando… no hay una cosa más atractiva que una conversación ajena. Y en medio de esa conversación, donde había gente ya doblando el cuello, él citaba unos cuantos versículos, y eran versículos afilados. ¿Tú has visto a otra persona que te habla de su experiencia y después conecta eso con versículos apropiados? Y yo: «¿y qué pasó? ¿Ahí fue que te convertiste?». Y me dice: no. Cuando el pastor me regaló la Biblia, yo comencé a leerla, pero a mí me molestaba porque yo sentía que la Biblia como que me llamaba y me decía: «léeme, léeme». Y yo le pregunté ahí, duro, para que todo el mundo escuchara: «¿y tú escuchabas literalmente que la Biblia te hablaba?». Y me dice: no, yo lo escuchaba como en mi corazón. «¿Y ahí te convertiste?» Y me dice: no.

Me dice él: a mi amigo, que fue el que me había llevado a la iglesia, yo le dije: «mira, agárrame esa Biblia, que yo voy allí a comprar un pollo». Entonces yo le dejé la Biblia y no la volví a buscar. Pero mi amigo me llevó a la iglesia, y ese domingo hicieron el llamado, y un domingo yo me convertí. ¡Wow, hermano! Y recuerden que todo comenzó con un chiste de pastores en el que yo dije que iba a hacer el llamado.

Hermano, quiero mostrarles que uno como creyente tiene que tener los ojos abiertos para las oportunidades que el Señor está mandando, y que hay gente que necesita escuchar el evangelio. Si tú le dices a una persona «mira, déjame interrumpirte para predicarte el evangelio», quizá la persona no te va a dejar que le prediques el evangelio. Pero la gente necesita oír el evangelio varias veces, y en alguna de esas veces terminará conociendo el evangelio. Escuche el término: oísteis y conocisteis el evangelio.

Él oyó el evangelio reiteradamente desde los once años. El cuento yo lo hago como lo recuerdo; déjenlo a Felipe después, cuando lo vean, que él haga el cuento completo. Pero él escuchó el evangelio consistentemente durante muchos años. Y en un momento él no solamente escuchó el evangelio, sino que conoció el evangelio. Son dos cosas distintas. De hecho, hay gente que ha hecho hasta profesión de fe antes de conocer el evangelio.

Después dice él que este evangelio lleva su fruto y crece. Eso no se queda como comenzó. Cada vez se vuelve más interesante, cada vez se vuelve más apasionante, cada vez se vuelve más impresionante. Yo no creo que uno debería quedarse solamente con el entendimiento del evangelio que uno tuvo al principio; uno debería crecer en su conocimiento de la verdad. No dice aquí que esto ustedes lo recibieron y ya, sino que esto crece, o sea, esto va avanzando y va llevando su fruto. Nuestra salvación es un hecho concreto, pero nuestro entendimiento del evangelio que salva admite grados. Tú eres en este momento completamente salvado, perfectamente salvado, pero tu entendimiento de tu salvación va a hacer que año tras año tú vuelvas a decir: «¡wow, impresionante! Y esto fue lo que sucedió para que yo pudiera ser salvado. Y esto fue todo lo que el Señor tuvo que hacer: Él tuvo realmente que clavar a su Hijo en una cruz para que yo tenga salvación».

O sea que mi salvación no es un cambio de comportamiento, mi salvación no es algo que yo elegí; mi salvación es algo que Él hizo, que con amor eterno me ha amado. Es perfectamente posible ser salvado sin realmente entender bien lo que ocurrió. Como una persona que te está haciendo algo, y después que te lo hace el asunto funciona, y después que funciona —cuando tú pensabas que no iba a funcionar— tú le dices: «mira, ahora explícamelo paso a paso». Gente que te va a hacer un trabajo y tú no crees que ese trabajo va a rendir su fruto, pero rindió su fruto, y más rápido de lo que tú pensabas, y eso hace que tú te incorpores.

Entonces: ahora explícamelo. Una cosa es que tú seas salvado, otra cosa es que tú entiendas el evangelio con el que fuiste salvado. Y mientras más tú entiendas el evangelio con el que fuiste salvado, mejor instrumento serás para la salvación de otros. De forma tal que yo no solamente necesito predicarte el evangelio, yo necesito predicarme el evangelio. Yo necesito ser más consciente de mi salvación. Necesito entender más perfectamente la obra del Señor en la cruz. La cruz es un misterio porque hay capas sobre capas sobre capas, hay narrativa tras narrativa tras narrativa. Y mientras más tú creces en los caminos del Señor, más entiendes lo que pasó, de forma tal que a veces, como Pablo cuando le estaba escribiendo a los romanos, tú haces una pausa y dices: ¡wow!

Y una doxología. Y tú te paras y dices: «¡gracias, Señor, por la salvación de mi alma!». Y alguien te dice: «es que te estás convirtiendo». No, yo me convertí hace años; es que ahora entiendo más perfectamente la salvación que me trajo hasta aquí. Conocer el evangelio más profundamente, más completamente, hace que el evangelio sea más satisfactorio. Si tú no tienes tanta satisfacción como tendrías, quizás no estás entendiendo tanto como deberías. Si tú entendieras lo rico que eres, quizás te daría hoy una sonrisa en el rostro. Hoy entré a la iglesia y me encontré con Rufo: «Rafa, ¿cómo tú estás?».

En el evangelio de Jesucristo el Señor te muestra su verdad más gloriosa, y en medio de esa verdad gloriosa a ti se te sale una sonrisa. La gente dice: «¿qué es lo que le pasó, se volvió loco?». No, es que entendí un chin mejor el evangelio. Mientras más lo entiendas, más te gozarás. Si no tienes tanto gozo como deberías, vuelve a estudiar el evangelio, vuelve a predicarte el evangelio.

El evangelio requiere buenos instrumentos

He estado mostrando que el evangelio es una palabra que crece, que esto no es un asunto estático sino dinámico, que tú puedes crecer aún más en el conocimiento del evangelio. Termino mostrando que el evangelio requiere buenos instrumentos. Aquí hay un instrumento poco conocido: todo el mundo conoce a Pablo, pero nadie conoce a este colaborador. Dice el versículo 7:

…como lo habéis aprendido de Epafras, nuestro consiervo amado, que es un fiel ministro de Cristo para vosotros, quien también nos ha declarado vuestro amor en el Espíritu.

— Colosenses 1:7-8

Dios, en su soberanía, ha establecido salvarnos por Cristo utilizando instrumentos humanos como este. Epafras, un nombre acortado de Epafrodito, es un nombre común en el mundo antiguo, no común en el mundo contemporáneo: un instrumento utilizado por el Señor para la salvación de los hombres. Me gozan los términos con que Pablo describe a este colaborador suyo. Este hermano es un hermano replicable: «como lo habéis aprendido de él». Esa es una meta de todo creyente. No todo creyente va a ser pastor, no todo creyente va a ser un gran maestro, no todo creyente va a ser un adorador, no todo creyente va a ser un músico, pero todo creyente debe ser, lo mínimo, replicable.

A la gente le encanta hablar de su ministerio: «este es mi ministerio». La pregunta es: ¿tú eres replicable? Porque lo que Cristo está haciendo en este tiempo es salvar por la predicación del evangelio; con uno salva al otro. Y más allá de lo que tú hagas para adornar la adoración al Señor, es importante que tú seas replicable. Replicable es que cuando alguien vea el evangelio en ti, no vea las consecuencias, sino que pueda ver a Cristo. Que Cristo sea tan característico en tu palabra, en tu predicación, en tu día a día, que tú puedas predicar a Cristo a otros y que esa persona pueda ver y aprender a Cristo a través de ti. Primera cosa de él: replicable. Que un creyente sea replicable es que cuando alguien te ve, él podría tener lo mismo que tú tienes.

Yo no creo que sea solamente un asunto de imitar actitudes o comportamientos. Hay que ser explícitamente cristiano. Yo le pido al Señor que me dé la valentía de ser explícitamente cristiano. Ser explícitamente cristiano no es decir: «no, yo predico con mi testimonio». Cuando tú dices que predicas con tu testimonio, normalmente lo que hace la gente es llamar la atención hacia ti: «él es muy bueno, él es muy correcto». Eso no es. Él debe ser explícitamente cristiano. El evangelio ha de ser proclamado, predicado, no solamente vivido, ¿entiendes? A nosotros nos mandaron a predicar el evangelio.

Pues el evangelio hay que articularlo en palabras, de forma tal que la gente entienda, y cuando la gente entienda, llegue a tener lo que nosotros estamos viviendo. Por medio de nuestra manera de vivir no es que la gente va a ser salva; la gente va a ser salva escuchando lo que produjo nuestra manera de vivir. Por lo cual, aquella expresión histórica —yo entiendo a quien la dijo, y cómo la dijo, y para qué la dijo—: «predica todo el tiempo y cuando te sea necesario usa las palabras». Un poeta. Pero el evangelio hace falta que se proclame, que se predique a viva voz, con palabras. Un hermano que es replicable articula el evangelio. Yo sé que mi comportamiento te puede atraer a Cristo, pero lo que te va a salvar es que yo te predique el evangelio. Y para yo predicar el evangelio necesito poder articularlo.

A veces de manera más burda, a veces de manera más completa, pero un creyente es replicable, articula el evangelio. Él sabe cómo fue salvado, sabe mostrar la puerta. ¿Quién es la puerta? Cristo. «No, muéstrame los muebles.» Mira la puerta: Cristo. Por ahí es que se entra, así es que uno es salvado. Yo me gozo de los creyentes que pueden articular con facilidad el evangelio. No sé si les comenté: estaba en un evento de pastores estos días y encontré un misionero que estaba un poco atrás traduciendo al español, y como que no alcanzaba el ritmo de los demás en la mesa. Pero en algún momento una de las personas en la mesa se le preguntó cómo vincular algo con el evangelio, y la persona no pudo hacerlo con facilidad. Y él, que piensa en inglés, le dijo a la persona en español: «yo te ayudo, yo te lo enseño». Y le explicó el evangelio de manera tan clara y sencilla que yo quedé impresionado. Qué cosa más hermosa. Este gringo, de un campo de Ohio, ha venido al Caribe insular a predicarle en el Cibao el evangelio a un pastor. Y no era que el pastor no tuviera el evangelio; es que quizás no sabía articular el evangelio de forma tal que explicara las cosas que para él eran ciertísimas.

Y él le explicó el evangelio, hermano, con cada detallito así y con un entusiasmo. Y yo dije: no, no, no, pero esto es maravilloso. Que el Señor nos dé esa gracia de poder articular la manera en que nosotros fuimos salvados. No solamente decirte «mira mi testimonio, mira mi amor, mira mi fe, mira mi esperanza». Mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo; este es Cristo, y eso es lo que salva, no lo otro. ¿Qué tenía él? Él era replicable, y para tú ser replicable necesitas articular el evangelio. Él era un consiervo amado. ¡Wow, hermano! Escuchen: el apóstol Pablo, a una persona que está predicando el evangelio, de quien otros están aprendiendo el evangelio, le llama consiervo amado. En la mente de Pablo, este hermano no era un subalterno, él era un igual.

Después le dice, en el versículo 7, «un fiel ministro de Cristo». Ministro es servidor, y nosotros todos somos servidores de Cristo, y un servidor de Cristo lo menos que debe entregar es la encomienda. ¿Y cuál es la encomienda? Ir por todo el mundo predicando el evangelio. Un fiel ministro de Cristo es una persona que puede hacer con fidelidad lo que Cristo le mandó a hacer: un servidor. Manténgase en su industria. El problema está cuando la gente está en una industria y opera en otra. Si usted está en la industria del evangelio, predique el evangelio. Habrá otros que en otras industrias harán otra cosa, pero nuestro negocio, por decirlo en un término, es este.

Nosotros estamos aquí puestos para la predicación del evangelio. Cualquier otra cosa que el pueblo del Señor te pueda dar es secundaria. Manténganse en su industria, prediquen a Cristo, un fiel ministro de Cristo. Yo lo anoté para mí mismo, hermano: lo mínimo que hace un fiel ministro de Cristo es entregar el mensaje. Tú haces muchas cosas para el Señor, ¿pero estás entregando el evangelio? Déjame decirte: el evangelio, manténgase en el centro, no en lo periférico. Déjame mostrarte a Cristo, y después desde Cristo nosotros podemos llegar a las otras cosas. Desde Cristo te podemos dar otra cosa, pero el centro es Cristo. Un fiel ministro de Cristo lo que hace es entregar la encomienda. A nosotros nos mandaron a predicar una cosa, y la vamos a predicar, hermano.

Recuerden que Pablo decía: «me es impuesto». Yo tengo que predicar el evangelio. Tengo que predicarte un Cristo prometido, tengo que predicarte un Cristo encarnado, tengo que predicarte un Cristo clavado en una cruz, un Cristo resucitado, un Cristo glorificado, un Cristo que está siendo proclamado hasta los confines de la tierra y un Cristo que volverá en gloria. Tengo que predicarlo, porque eso es lo que hace un fiel ministro de Cristo. Yo no digo que un fiel ministro de Cristo sea una persona que tiene mucho activismo, que hace muchas cosas, que es muy reconocido, que tiene muchos seguidores. Es una persona que hace lo que se le mandó a hacer. Cuando estemos en su presencia te van a preguntar: ¿tú predicaste o no predicaste el evangelio?

Preguntas que salvan

Entregar el mensaje requiere una actitud de siervo, que es obediencia. Requiere orar por oportunidades. Les decía él en el capítulo 4 a ellos mismos: oren para que el Señor abra puertas. ¿Para qué? Para predicar el evangelio. Fomenta conversaciones, haz las preguntas correctas. Recuerden la barbería: ¿qué fue lo que yo le pregunté? No fue «¿tú eres bautista o eres pentecostal?». No, no, no. La pregunta es: ¿cuál fue la primera persona de la cual escuchaste el evangelio? Esa es la pregunta correcta.

Estaba en el Lindén, llevando a mami, en medio de unos turnos muy largos que hay que hacer al principio. Y veo a una señora que tiene una literatura en la mano. Ver a una persona leyendo, y tú dices: casi siempre es un cristiano. Y voy y me le siento al lado. Yo pude sentarme al lado de mami, pero me le siento al lado a la señora. Y cuando veo que está leyendo, le pregunto: «¿y usted conoció al Señor?». Ella me miró: «¡sí! Yo sirvo a Cristo hace más de treinta años». ¡Wow! Siguiente pregunta: «¿y cómo le conoció?». ¡Ah! Eso es lo que hay que preguntar, hermano. No: «¿tú eres bautista o tú eres pentecostal? ¿Tú eres de los que se mueven mucho o de los que no se mueven? ¿Tú leíste el libro? ¿Qué tú estás leyendo ahora mismo?». Eso no salva; ni te salva a ti, ni te favorece a ti, ni favorece el entorno. Lo que favorece el entorno es mantener la conversación en lo central. Lo que yo le pregunto a la señora es cómo le conoció. Ay, hermano, esta señora con un entusiasmo me compartió su testimonio y me fue de edificación. Yo sentía que estaba comiendo. Y al final, después que me habló de que conoció a Cristo, después que se entusiasmó al respecto de la pregunta, entonces le pregunto: «¿y en su iglesia qué usted hace?». Y me dice: yo dirijo los cultos de intercesión de los lunes. Y le dije: mire, yo me llamo Rafael Pérez, inclúyame ahí, ore por mí. Y me dijo: mi hermano también se llama Rafael y mi hijo es de apellido Pérez; júntelo ahí y ore por mí.

Pero eso fue lo último; lo principal es Cristo. Yo creo que se pierde mucha pólvora hablando de asuntos secundarios, de énfasis, de temas, de anécdotas. Hablemos de Cristo, hermano, y mantengamos la conversación ahí, que eso nos hace bien a nosotros y salva a los hombres. El que estaba alrededor escuchó que ahí hay una señora a la que hace más de tres décadas el Señor le salvó y la mantiene. Lo último que me dijo la señora fue: «yo le entregué a Cristo mi juventud». Y yo dije un «¡gloria a Dios!» fuerte, hermano, porque estaba avanzadita ya. Gloria al Señor. Me está diciendo a mí, quizás: entrégale también la tuya.

Hermano, qué alegría es uno hablar con creyentes. Verdadera comida. Si tú eres fiel ministro, tú predica. Si tú eres fiel ministro, tú busca la manera de que Cristo se predique. A veces dale un pie de amigo, pregúntale a los hermanos de tu iglesia cómo fue que conocieron a Cristo. No «cuál es tu ministerio, y qué libros estás leyendo, y vas para la conferencia». No, hermano, dile que te diga: dime cómo tú conociste al Señor. ¿Tú le conociste? ¿Cómo le conociste? Eso se llama fomentar conversaciones. Miren, en todo eso yo soy muy intencional; son mis dos caballitos de batalla, son esas dos preguntas. La primera pregunta es: ¿cómo oíste por primera vez el evangelio?

La otra es: ¿cómo conociste al Señor? Cuando yo pregunto eso, hermano, pregunto con un interés genuino, y la gente tiene toda mi atención. Y si alguien me dice que de verdad conoció a Cristo, para mí esa persona es una celebridad. Es como que tú me digas que conociste a Michael Jackson: ¡hay que hablar contigo! Que tú conociste a Jesucristo… Cristo es más importante que Michael Jackson. ¿De verdad tú le conoces? Hay gente a la que yo se lo he dicho así, porque se me sale. Yo le pregunto: «¿tú conociste a Cristo?». «Sí, yo soy cristiano.» Y yo le digo, y ve que mi rostro se ilumina: si tú conociste a Cristo, tú me vas a hablar de Cristo. Si tú conociste a Cristo, yo quiero preguntarte cómo te salvó, cómo te alcanzó, qué instrumento utilizó, qué palabra escuchaste. La gente como que se asusta un poco, porque estamos tan acostumbrados a hablar de lo secundario que se nos olvida lo principal. Son preguntas que salvan: te salvan a ti y salvan también a los otros.

¿Qué te recomiendo, hermano? Repasa el evangelio, aprende versículos claves, recuerda la obra de Cristo completa, úsalo como un marcador para cuando alguien te haga preguntas de la vida cristiana.

Cuando alguien te pregunte algo de la vida cristiana, colócalo en una parte del evangelio. «Ah, ok, lo que tú me estás preguntando tiene que ver con esta parte del evangelio: es que Cristo subió al Padre y fue glorificado, y está sentado.» «Lo que tú me preguntas tiene que ver con esa parte del evangelio.» Aterriza ya en el evangelio. Entrega el mensaje con fidelidad.

A cada cuerpo de creyentes el Señor le ha dado su instrumento, y hay que gozarse en ello. Epafras fue el instrumento que el Señor le dio a esa iglesia, y a ti el Señor te dará otros instrumentos: instrumentos para que tú le conozcas, instrumentos para que tú crezcas. Gózate en lo que el Señor te está dando.

En todo esto, hermano, el llamado es que prediquemos a Cristo, que entendamos mejor el evangelio y que permitamos que la gente objetivamente vea la manera en que nosotros fuimos salvados. Lo mínimo que tú deberás recordar de hoy es que Cristo fue prometido en el tiempo antiguo, que Cristo se hizo hombre y estuvo entre nosotros, se encarnó; que fue clavado en una cruz y murió efectivamente por nuestros pecados; que fue levantado de entre los muertos con poder; que resucitó y fue glorificado a la presencia del Padre; que nos mandó a que predicáramos este evangelio hasta los confines de la tierra; y que volverá otra vez y reinará para siempre. Repítete eso muchas veces, hermano, hasta que te dé satisfacción y traiga salvación para nosotros.

Recibe lo nuevo por correo

Los mensajes del domingo, los devocionales y los artículos. Sin frecuencia fija y sin publicidad.

Puedes darte de baja cuando quieras.

En vivo PezMundial Radio