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Nuestra propia carrera

Hebreos 12:1-13

Hebreos 11 nos muestra a los que ya corrieron; Hebreos 12 nos manda a correr la nuestra. Cada generación de creyentes tiene una carrera propia, y se corre despojados de todo peso, con paciencia y puestos los ojos en Jesús.

Predicado3 de septiembre de 2017
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Pueden abrir la Escritura, hermanos amados, y vayamos juntos, con la ayuda del Señor, hasta el libro de Hebreos, en el capítulo 12. Siempre que voy a exponer Hebreos lo digo: tengo ya cerca de dos años exponiendo diferentes partes de Hebreos y le he dicho a la iglesia que tengo el deseo de que un día podamos exponer Hebreos completo, desde el capítulo 1 y hasta el final. Hermano, ya eso se fue así; no va a llegar ese momento, pues ya he expuesto la mitad del libro en diferentes partes, a veces avanzando, a veces retrocediendo. Pero gloria al Señor que ya hemos podido exponer en nuestra iglesia más de la mitad del texto.

Hoy tenemos el capítulo 12 y les invito a que se pongan un momento sobre sus pies para que leamos juntos desde el versículo 1 y hasta el versículo 13, este estímulo que nos hace el autor de Hebreos acerca de correr nuestra propia carrera. Dice así la Sagrada Escritura, la Palabra del Señor:

Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.

Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado; y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo.

Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos.

Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquellos ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero este para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad.

Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados. Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado.

— Hebreos 12:1-13

Pueden sentarse, hermanos amados.

Una extensión del capítulo 11

Antes de comenzar a exponer estos trece versículos, permítanme mostrarles dónde estamos. Este no es el capítulo más conocido del libro de Hebreos. El más conocido es el capítulo 11, los héroes de la fe; de hecho, en otra ocasión hemos expuesto en nuestra iglesia acerca de los héroes de la fe. Hebreos 12, por el contrario, se conoce relativamente poco. Pero es una extensión del capítulo anterior y de interés especial para cada generación de creyentes.

Si el argumento del autor terminara en el capítulo 11, quedaríamos en una posición de espectadores. Acudiríamos a un museo para ver los logros de los creyentes del pasado, pero seguiríamos al margen. El argumento completo del autor de Hebreos es mucho más extenso y mucho más abarcador: sale del pasado y llega hasta nosotros en el tiempo presente.

Después de haber mirado hacia el pasado en el capítulo 11, a las vidas de aquellos que corrieron la carrera antes que nosotros, nos dice el autor que corramos nuestra propia carrera, puestos los ojos en Jesús. Hoy estaremos poniendo la atención de la iglesia en nuestra propia carrera, transmitiendo la expectativa de que en nuestros días también se están realizando grandes proezas y que podemos unirnos a esa multitud de testigos que juntamente será coronada por el Señor al final de los tiempos.

En el capítulo 11 se nos mencionan nombres tan conocidos como Noé, como Abraham, como Abel, como Enoc. Es el salón de la fama de los siervos del Señor. Hay tantos nombres con tantas proezas que uno se queda maravillado y dice: ¡guau!, gloria al Señor por esos hombres. Si dejáramos esta exposición en el capítulo 11, entonces la iglesia siempre estaría con los ojos en el pasado.

Yo tengo hoy una misión muy sencilla: yo he venido a poner los ojos de mi iglesia local en el presente. Yo he venido a decirle a mi iglesia local que otros corrieron la carrera, pero que nosotros tenemos una carrera por delante. Yo he venido a sacar a mi iglesia de los libros de historia y a traerla al mundo contemporáneo, a decirle que Dios es el mismo ayer, hoy y por los siglos, y que las grandes obras del Señor no terminaron en los tiempos de Abraham, en los tiempos de Noé, en los tiempos de Moisés; que las grandes obras del Señor se han seguido desarrollando desde el pasado hasta nuestros días, y que Dios hoy espera que tú corras una carrera.

Yo quiero implicarte. Lo que está haciendo el autor en el capítulo 12 es decirle a la iglesia: ya que han mirado hacia el pasado, vamos a mirar ahora a Cristo y vamos a mirar hacia el presente. Hay una carrera que tenemos por delante, es nuestra propia carrera. Todas las referencias en este capítulo vienen del mundo de los deportes. Es seguro que este autor tenía los ojos puestos en los juegos de su tiempo, probablemente los Juegos Olímpicos o los juegos del Istmo, otros juegos muy famosos de su época. Son referencias deportivas: es correr una carrera.

Nosotros también

Comienza él con un «por tanto», y cada vez que la Escritura comienza con un «por tanto», tú tienes que mirar lo que se te ha dicho ahora mismo. Y lo que se te ha dicho ahora mismo es que en la antigüedad otros hermanos tuyos corrieron una carrera. De hecho, el capítulo 11 es muy interesante porque no tiene una conclusión. Tengo que ir al capítulo 11, hermano, para poder introducir el 12; la transición está en los versículos 39 y 40:

Y todos estos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros.

— Hebreos 11:39-40

Hermano, ¿qué estás diciendo, que aquellos hombres ya corrieron su carrera? Yo quisiera llevar la mente de ustedes en este momento a una competencia como los Juegos Olímpicos, donde hay diferentes disciplinas y diferentes atletas. Unos atletas correrán en la mañana, otros al mediodía y aún otros en la tarde; pero todos estos atletas, después de correr, asumirán una posición de testigos, de espectadores, porque están a la espera de que toda la competencia concluya. Cuando toda la competencia concluya, entonces todos juntos seremos perfeccionados por el Señor.

El autor está juntando una generación de creyentes con otra generación de creyentes. No hay dos galardones, hermano; todos recibiremos un galardón. Yo quisiera invitar a mi iglesia a que entienda que aquellos juegos, aquella competencia, aquella carrera en la cual participaron hombres como Isaac, como Abraham, como Jacob, como José, como Moisés, como Enoc, son parte de la misma carrera, y que tenemos que correr la carrera en este tiempo. Los ojos de la iglesia deben salir del pasado y ponerse en el presente.

Comienza diciendo el texto, entonces: «por tanto, nosotros también». Aquí comienza a implicarnos: si aquellos corrieron la carrera, tenemos que correr nosotros también. Me detengo en ese «nosotros también». El capítulo 11 era un modelo, no solamente era información. Lo que se nos estuvo diciendo no fue solamente para que nos maravillemos de que grandes cosas han sido hechas para el Señor, sino para que recordemos que ellos corrieron y nosotros también. Por tanto, nosotros también.

De hecho, yo tengo un gran temor hacia la iglesia contemporánea, porque siempre hay una tendencia en nosotros a sobredimensionar los ejemplos del pasado. Hermano, cada generación de creyentes tiene una responsabilidad consagrada delante de su Señor. Nosotros tenemos que ser gente de nuestro tiempo. Si José lo logró en la antigüedad, yo creo que tú tienes que lograrlo en el tiempo presente. Nosotros no tenemos estos ejemplos de los héroes de la fe porque se dejó de jugar, porque se dejó de competir; nosotros tenemos estos ejemplos para estimularnos a nosotros en el presente a comenzar grandes proezas para nuestro Señor. La meta de ver esto no es quedarnos maravillados con la boca abierta de que grandes cosas se hicieron para el Señor: es que entendamos que nosotros también.

De hecho, el mismo Señor Jesucristo dice:

De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre.

— Juan 14:12

Nuestro Señor Jesucristo no tenía la expectativa de una generación de creyentes que viviría mirando hacia el pasado. Él entendía que nosotros también. Me gozo también en lo que dice el libro de los Hechos:

Porque a la verdad David, habiendo servido a su propia generación según la voluntad de Dios, durmió, y fue reunido con sus padres, y vio corrupción.

— Hechos 13:36

Él sirvió a su propia generación. Hermanos creyentes del siglo 21, nosotros estamos llamados a servir a nuestra propia generación. La invitación de hoy es «nosotros también». Yo quisiera mostrarles que estos ejemplos del pasado están ahí para motivarnos a vivir el presente y correr nuestra propia carrera.

La tentación de cada generación de creyentes es quedarse maravillada mirando los ejemplos del pasado. Miremos los ejemplos del pasado, pero sobre todo miremos a Cristo, hermano, que es un ejemplo vivo, y vivamos nosotros el presente para correr nuestra carrera. Yo no quisiera dejar nuestra época desabastecida, yo no quisiera dejar a mi iglesia ausente de las grandes proezas que se hacen para el Señor. Grandes atletas del pasado lograron grandes cosas para el Señor, y tú también. Otros hermanos de otras épocas militaron la vida cristiana y con la ayuda del Señor vencieron en esta batalla de la fe, y tú también. Yo quiero traerte al presente, hermano, a que entendamos que tenemos una responsabilidad solemne delante del Señor de lograr grandes cosas para él en nuestra generación.

Aferrémonos a Dios, no a sus instrumentos

La fe cristiana no terminó con los apóstoles. La fe cristiana no terminó después de la primera y la segunda generación. La fe cristiana sigue siendo vivida el día de hoy, y nosotros también tenemos una carrera por delante.

Recordaba, mientras me preparaba para exponer esta porción de la Escritura, aquel momento de la historia de Israel en que el Señor le dijo a Elías que había terminado su tiempo. ¡Qué profeta, hermano! ¿Quién se anima a ponerse los zapatos de Elías? Después de un hombre como Elías, que vio de manera tan cercana las grandes proezas del Señor, uno diría: ya cierren el libro y que no se escriba nada más. De hecho, Israel debía haberse entregado a las lágrimas. No, no terminó allá, hermano. Después de Elías vino Eliseo.

A Eliseo le preguntaron dos veces; otros hijos de los profetas le decían: «Eliseo, ¿tú sabes que tu señor te va a ser quitado?». ¿Y saben lo que les decía? «Sí, yo lo sé. Cállense». Y parece que Eliseo estaba siendo descortés con los hombres de su tiempo. No es que quiera poner una actitud inadecuada en mi iglesia, hermano; el Señor elige sus instrumentos y hace en cada generación lo que quiere hacer. Lo que yo quiero que ustedes piensen es que Eliseo no entendía que la mano del Señor se iba a acortar porque Elías fuera quitado. «Eliseo, te van a quitar a tu señor». «Sí, yo sé que va a ser quitado». Le preguntó Elías a Eliseo: «¿Qué tú quieres?». Y él dijo: «Yo quiero una doble porción de eso que hay en ti».

O sea, él estaba tan convencido de que el asunto no estaba en Elías, sino que a Elías Dios le dio algo, y que fue Dios quien se lo dio, y que él podía recibir una doble porción de eso que había en Elías. Hermano querido, yo quisiera llevar a esta generación de creyentes a que entienda que puede hacer cosas aún más grandes. Y así fue: Eliseo desarrolló un ministerio fructífero para la gloria del Señor. Eliseo pudo pedirle al Señor una doble porción de eso que había en Elías. Uno de los últimos milagros que sorprendió a Eliseo fue cuando Elías iba a cruzar el río: no buscó darle la vuelta, no buscó una ruta larga, sino que tomó el manto, abrió el río en dos y cruzaron los dos caminando.

Vino el Señor y se llevó a Elías con poder, hermano; un carro lleno de fuego lo levantó, y cuando subió, cayó el manto. Eliseo tomó el manto y dijo: «vamos a ver si esto funciona», y lo probó. Y cuando lo probó, hermano, se abrió de nuevo el río en dos. Con esto lo que quiero decirles es que Dios sigue vivo también en nuestra generación y que el Señor puede abrir el río también en nuestro tiempo. Que Elías no esté presente no significa que Dios se ha muerto. Hermano, nuestro Dios es el mismo ayer, hoy y por los siglos, y yo quiero animar a mi iglesia a que se abra a la posibilidad de que hay una carrera por delante y de que el Señor puede hacer grandes cosas en nuestro tiempo.

Me gozo. Después de esto, los mismos hombres le preguntan a Eliseo: «Eliseo, se te han llevado a tu maestro. Yo creo que debemos ponernos de acuerdo, cincuenta hombres, para ir a buscarlo, a ver si el Señor lo dejó caer en alguna parte». ¿Saben lo que les dijo Eliseo? «No lo busquen». «Eliseo, hay que buscarlo, hombre». «Pues vayan y búsquenlo». «Eliseo, no lo encontramos». «Yo les dije que no lo buscaran».

Hermano querido, yo quiero llevar el pensamiento de mi iglesia a que no nos aferremos a lo que el Señor hizo en el tiempo de Moisés, en el tiempo de Abraham, en el tiempo de Elías, sino a que entendamos que el Señor puede hacer algo nuevo en nuestra generación y en nuestro tiempo. Nosotros también. Esa multitud de testigos ya compitió delante de nosotros, fue aprobada por el Señor y fue celebrada por el pueblo, y gloria al Señor por esa multitud; al día de hoy son testigos de la carrera nuestra. Ellos están esperando que nosotros también compitamos, y al final todos nosotros seremos juntamente galardonados por nuestro Señor al final de los tiempos.

La carrera no ha terminado, hermano. Pasaron las primeras competencias; nosotros somos quizás el grupo cien de la cristiandad. Pero nadie saldrá de aquí hasta que terminen los juegos, hermanos; y cuando termine esta gran competencia, esta gran batalla de la fe, todos los creyentes seremos juntamente reconocidos y recompensados por el Señor. Por lo tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. Hermano, no estoy hablando aquí de la carrera de los otros, estoy hablando de la carrera nuestra. Quiero animar a mi iglesia a que nos aferremos a Dios, no a sus instrumentos.

Lo único que aquellos pueden darnos es su testimonio

Gloria al Señor por los instrumentos, hermano; gloria al Señor por esta multitud de testigos. Pero lo más importante no es el instrumento: lo más importante es el Dios que usó al instrumento. Y el Dios que usó a Elías es el mismo Dios que usó a Eliseo, y es el Dios que te puede utilizar también a ti en tu tiempo. Estemos diligentes, hermanos, para recoger una antorcha, pero sepamos que el Señor es el que llama. Anhelemos grandes cosas de parte de Dios y hagamos grandes cosas para el Señor.

Quiero dar algunas recomendaciones prácticas de cómo podemos nosotros avivar esta llama de que el Señor sigue vivo en nuestro tiempo y sigue haciendo cosas nuevas hoy. Uno de los géneros literarios que yo prefiero leer son las biografías. Hay algo que tienen las biografías de manera consistente y que me llama la atención: es que estos grandes hombres que el Señor utilizó en otras épocas no entendían la magnitud de lo que Dios estaba haciendo en su tiempo. Si usted busca grandes historias, todas esas historias fueron relevantes en retrospectiva.

Por ejemplo, he leído varias biografías acerca de Guillermo Carey; de hecho, escribí una biografía acerca de él. Algo que llama la atención es que en su época nadie entendía que Guillermo Carey era una cosa muy grande, un gran instrumento del Señor. Era un hombre como cualquier otro y sus contemporáneos lo trataban como a un igual. Usted podía hablar con él y no sabía que el Señor estaba haciendo grandes cosas en su tiempo a través de él. Hermano querido, quizás la gran obra que el Señor está haciendo en medio de nosotros hoy tú no la tienes en perspectiva clara, no tienes la dimensión de su magnitud. Yo te quiero decir que Dios sigue vivo y que él sigue haciendo cosas en el presente.

Una recomendación que te puedo dar es que leas biografías de grandes cristianos. Cuando uno lee estas biografías, uno se da cuenta de que la historia cristiana no terminó cuando Juan escribió en Patmos el libro de Apocalipsis; de que el Señor sigue haciendo cosas nuevas todos los días y que grandes hombres del Señor siguen viviendo en diferentes tiempos. Corramos nosotros también nuestra carrera. Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, leamos biografías de gente contemporánea. Biografías que a mí me marcaron una diferencia: la biografía de Jonathan Edwards, hermano, eso hay que leerlo.

Vamos más reciente: John Stott está ahí, hermano; se acaban de publicar dos biografías recientes de él, de cómo el Señor hizo grandes obras en su tiempo, un contemporáneo nuestro. Aquí hay gente que es contemporánea de John Stott. Me muevo un poco más atrás: hace años leí la biografía de Billy Graham, y a mí me sorprendió cómo el Señor tomó a un muchacho de un campo de Estados Unidos para un ministerio tan grande y tan influyente en su generación. Quisiera quitarle los ojos por un momento a la iglesia del pasado y ponerlos en el presente, y decir: hermanos, nosotros también estamos corriendo una carrera y el Señor puede estar haciendo grandes cosas en nuestro tiempo.

Dice que estas generaciones anteriores constituyen una gran nube de testigos. Recuerden el contexto: son los juegos de la antigüedad. Después que un atleta competía, no le quedaba más que sentarse a ver a otro atleta competir. Ya terminó tu carrera, fuiste galardonado, ganaste, gloria al Señor; siéntate ahora y mira cómo otros también siguen haciendo la suya. De hecho, yo he tenido a veces la preocupación porque veo expositores que exponen con tanta vehemencia el capítulo 11 de Hebreos que se olvidan de que eso no termina ahí. El mayor atleta no se menciona en el capítulo 11: se menciona en el 12, y es Cristo. Si uno se queda en Hebreos 11, se queda con la mente en el pasado; la resolución de todo esto está en el 12, que nos dice que el mayor atleta no fue ninguno de ellos, sino que fue Cristo, y que nosotros también tenemos una carrera por delante.

La única manera en que esos hombres del pasado pueden ayudarte a ti y a mí es con su testimonio. La realidad, hermano, es que en este momento Moisés no puede hacer nada a favor tuyo, sino su testimonio. Nada puede hacer Elías a favor de nosotros. Hay una gran diferencia entre el catolicismo romano y nosotros, que respondemos a la iglesia protestante evangélica: el catolicismo romano vive en el pasado contando con los méritos de los santos. Un católico romano, cuando ve esto, dice: claro, esa multitud de testigos son hombres que tuvieron tanto mérito que lo acumularon y pueden ponerlo a favor de la iglesia. Eso es lo que dice el catolicismo romano. Lo que nosotros decimos es que ellos compitieron, hermano, y que tendremos que competir nosotros, y que lo único que pueden hacer a favor nuestro en este momento es su testimonio: enseñarnos que en otro momento, en otra generación, hombres como nosotros tuvieron dilemas y luchas, y con la ayuda del Señor libraron la batalla de la fe y vencieron. Lo único que puede hacer en este momento Abraham por ti es su testimonio.

Se menciona a Cristo en el versículo 2 para decirnos que solamente en él hemos de poner los ojos. Aquellos eran héroes de la fe, hermano, pero no dice: «pongan los ojos en ellos». Iglesia, los ojos nuestros no pueden estar en ellos, no pueden estar en Jacob. Dice la Escritura: puestos los ojos en Jesús. Porque Jesús no solamente libró la batalla, sino que él es el autor y es el consumador de la fe. La iglesia cristiana no busca su fortaleza ni busca su consumación en estos hombres del pasado, hermano; ellos para nosotros solamente son testigos, están sentados esperando que nosotros también compitamos. Lo mejor que nos pueden dar es su ejemplo, y hasta en este ejemplo hay que ser cuidadosos.

Mire, cuando usted lea la historia de Abraham, trate de salir buscando a Dios detrás de Abraham, porque mirar a Abraham solamente es idolatría. Cuando usted vea la historia de Jacob… Jacob era un vago, hermanos; vea el poder del Señor a través de Jacob. Si usted busca la historia de Jacob tratando de sacar de ahí moralina, la historia de Jacob va a resultar un muy mal ejemplo. Sansón tiene poco para enseñarle a la iglesia en otro tiempo, más allá de que Dios pudo utilizar un instrumento muy débil y maltrecho como Sansón. Aquellos hermanos eran héroes de la fe porque, por la misericordia del Señor, algunos de ellos, luchando, estuvieron casi al borde de la muerte, pero prevalecieron con la ayuda del Señor. El único ejemplo vivo que la iglesia tiene es Cristo.

Puestos los ojos en Jesús, que no solamente luchó la batalla, sino que él es el autor y es el consumador de la fe. Las proezas del pasado, hermano, son una invitación para el presente. Me gozo, porque en estos juegos que televisan, Juegos Panamericanos, Juegos Olímpicos, en cada competencia hay un medallero y dice cuántas medallas ya se han ganado, cuántas marcas mundiales ya se han roto; y cada vez que una persona está viendo una disciplina, ponen en la esquinita de la pantalla el récord y cuántos se han roto. Y al final de unos Juegos Olímpicos dicen: en estos Juegos Olímpicos se rompieron treinta marcas mundiales. Lo que se espera, hermano, es que cada generación de atletas haga proezas aún más grandes, que vaya más alto, más alto.

Tres impedimentos para la carrera

En este año se retiró, por ejemplo, Usain Bolt. Se retiró después de haberlo roto todo, hermano, el medallero completo, y me llamó la atención que en su última competencia se lesionó. Lo que se esperaba era que Usain Bolt se iba a retirar rompiéndolo todo. Pero en su generación él rompió marcas mundiales, por ejemplo, marcas de Johnson, marcas que tenían décadas y de las que se decía: nadie podrá romper esa marca. Vino Usain Bolt y riéndose —me gustaba que él corría y se reía— la rompió. Y quedó la foto de él, este jamaiquino, hermano, con una sonrisa de oreja a oreja, rompiendo todos los récords mundiales.

Prepárese, que por ahí viene otro Usain Bolt que va a romper las marcas de Bolt. Hermano, lo que estoy diciendo es que lo que se espera es que cada generación vaya más alto, y que este asunto de quedarnos en el pasado no es sabio. Por eso dice la Escritura, consistentemente, por lo menos dos veces, que no es sabio decir que todo tiempo pasado fue mejor. Cada generación de creyentes tiene su propia carrera, hermano, y hay proezas que se harán para el Señor en nuestro tiempo.

Tres grandes impedimentos. Primero: despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia; después, corramos con paciencia. Tres impedimentos. Primero menciona un peso innecesario. Después menciona el pecado. Comienza con algo que está fuera de nosotros: una vestimenta que no es apropiada para correr.

Miren, los Juegos Olímpicos en la antigüedad eran primero juegos masculinos, las mujeres no asistían; y eso lo comenzaron los griegos, que eran un poco libertinos al respecto y para quienes la mayor expresión del deporte era la manifestación del cuerpo de un hombre, un cuerpo fornido. Los Juegos Olímpicos tenían un asunto de proeza física, pero al mismo tiempo eran la exhibición de un cuerpo muy musculoso y muy definido. Estos atletas, antes de competir, primero se despojaban de toda vestidura y se ponían unos ungüentos, unos aceites, para demostrar dónde estaba el músculo bien definido. La proeza era enseñar no solamente la capacidad física de llegar de primero, sino al mismo tiempo la definición del cuerpo. Corrían desnudos, es lo que le estoy diciendo, hermano.

No era un problema para ellos, pero los griegos eran así. Ahora yo le digo: sería un gran problema para un griego correr con la vestimenta normal que ellos vestían. Imagínese un hombre corriendo una carrera de velocidad rodeado de tela: muy probablemente termine en el piso. Lo que está diciendo aquí el autor de Hebreos es que hay cosas que, cuando vas a correr, te tienes que quitar. De manera contemporánea, ahora se utiliza, por ejemplo, que la vestimenta para practicar determinado deporte sea vestimenta aerodinámica, porque usted, rodeado de tela, no corre igual, tropieza. Lo que está diciendo aquí el autor es que, apelando al mundo del deporte, cuando vas a correr hay cosas que sobran.

Y yo estoy convencido de que en la vida cristiana, para uno militar y desarrollar grandes cosas para el Señor, hay asuntos que no son necesariamente pecaminosos, pero sobran. El traductor aquí lo traduce como un lastre, un asunto que está de más, que impide. Son tres grandes impedimentos para nuestra carrera. Lo primero es un peso innecesario, asuntos que posiblemente son lícitos. No era ilegal que tú corrieras con tu ropa, lo que pasa es que no ibas a llegar muy lejos. Tú puedes intentarlo. Hermano, hay quien dice: «oye, pero ¿qué es eso, si en lo que estoy participando no es algo inmoral, no es algo pecaminoso?». No: lo que es, es innecesario. Hay asuntos que, objetivamente hablando, no te podemos decir que ofenden a Dios; lo que hacen es que te hacen ir más lento. Un creyente, para lograr grandes cosas por el Señor y tener éxito en esta carrera, se despoja de esos asuntos.

Yo les cuento una historia. Yo estaba tratando de cultivar el atletismo, hermano; no llegué más allá de los cinco kilómetros, pero aprendí muchas cosas. Llega un momento en que la recomendación es que hay que correr en licra. Y yo no me imagino… ¿Entienden el asunto? Yo tenía un amigo que era el que me daba las instrucciones, y sus consejos me ayudaron mucho. Él me dio algunas recomendaciones y con ellas pude correr los cinco kilómetros. Me dijo: «mira, para llegar a los diez, ahora corre más ligero». Y yo: bueno, aquí me apeo, pues.

De hecho, si usted es parte de un club de bicicleta, nadie corre bicicleta en jean. Nadie dice: nos vamos de aquí para San Juan con un jean. Hay unos atuendos que son propicios para eso. Hermano, a donde quiero llegar es que, para usted llegar lejos en los caminos del Señor, hay un precio que usted va a pagar, y es despojarse de cosas de las que otros no se van a despojar. Pero un creyente, para correr la carrera, se despoja de todo peso. Lo primero: cosas que van siendo una carga innecesaria, aunque no sean pecaminosas, aunque no sean inmorales.

Lo segundo está adentro, hermano, y es más difícil: un pecado que te asedia. El autor de Hebreos enseña el pecado como algo activo, y el pecado es un asunto activo. Hay hermanos míos que han llegado a ver el pecado solamente como una actividad, algo que tú eliges. No: el pecado es algo que está vivo adentro tuyo, que te incita, que te empuja, que te asedia. El pecado, hermano, no está guardado en una gaveta esperando que lo saquen. El pecado está siendo diligente en llevarte a ti a hacer aquello que no le conviene a tu alma.

El pecado se te enseña aquí como un asedio. El pecado que nos asedia es la imagen de una ciudad y de un ejército que viene a conquistar esa ciudad, y comienza a darle y darle a los muros hasta debilitarlos. La lucha contra el pecado no es algo pasivo. Se enseña el pecado como un asedio, algo que está constantemente intentándolo, constantemente buscando por dónde entrar, y cuando logra una brecha, entonces la abre y por ahí cruza un ejército completo. Estamos bajo asedio, así es como se nos enseña. Primero, despojarnos de un peso muerto, asuntos que no son necesariamente ni inmorales ni pecaminosos; y lo otro es entender que el pecado te está asediando.

Quizás él está pensando aquí en la lucha grecorromana, ese asunto donde hay que usar todas las artimañas que tengas a tu disposición para lograrlo. Investigando sobre los Juegos Olímpicos, había un tipo de competencia que se parece un poco a estos deportes muy violentos que hay ahora mismo, que son las artes marciales mixtas. Era un tipo de competencia donde valía todo: usted entraba ahí y podía hacer de todo. Para luchar en ese asunto y vencer, hermano, tú tienes que estar preparado para que te den por todos los lados, para que traten de enfrentarte por todos los lugares. Así el pecado lo está haciendo con nosotros. Y después de esto viene la tercera recomendación: lo primero, el peso muerto; después, el pecado que nos asedia; y lo otro, hermano, es que no corramos de manera impaciente.

«Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante». Un corredor impaciente está destinado a perder, destinado a llegar de último. Correr con paciencia, hermano; esa paciencia es un asunto que tiene que ver con perseverancia, tiene que ver con constancia: hacerlo, hacerlo y hacerlo. Mire, un creyente victorioso es uno que lo hace, lo hace y lo vuelve a hacer. De hecho, en esta lucha contra el pecado, hermano, tú vas avanzando y a veces sientes que retrocedes, y sientes que te están llamando, y usted vuelve y lo hace, lo hace y lo hace. Corre con paciencia. Estemos dispuestos a correr una carrera que no será ligera; con paciencia lo hacemos para la gloria del Señor.

Puestos los ojos en Jesús

Lo primero que nos dice es que entendamos que también nosotros tenemos una carrera por delante, y que la corramos así. Después de recordarnos que esto no se terminó con Abraham, que esto no se terminó con Elías, que esto no terminó con Isaías, y de podernos recordar que nosotros también, viene a decirnos cómo vamos a correr. Y aquí es donde más me gusta, porque nos dice que hagamos de Jesús, no de aquellos atletas, nuestro modelo. Va del versículo 2 al versículo 4.

Puestos los ojos… ¿en Abraham? No. ¿En Moisés? Tampoco. ¿Puestos los ojos en Isaac, en Jacob, en José? No: puestos los ojos en Jesús. Mira, nosotros podemos tener muchos referentes en esta carrera, pero ninguno de los referentes es nuestro modelo. Ninguno de los héroes de la fe de Hebreos 11 es el modelo para la iglesia cristiana. Nuestro único modelo es un modelo vivo, y ese modelo vivo es Cristo. Puestos los ojos en Jesús. Aquellos hermanos vencieron en la carrera de la fe, pero el texto dice: puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe —otros lo traducen ahí como el pionero y el que perfecciona—, el cual, por el gozo puesto delante de él, sufrió la cruz menospreciando el oprobio.

Aquí está la falta frecuente: exponer Hebreos 11 sin mencionar Hebreos 12. Si usted expone Hebreos 11 y se queda allí, solamente tiene la necesidad expositiva de enseñar a aquellos como si fueran el modelo, y eso trae una gran cantidad de problemas, porque estos ejemplos que nos enseñaron eran personas que llegaron a veces muy maltrechas a la meta. ¿Entiende lo que estoy diciendo? Son personas que, cuando usted ve su carrera, usted dice: yo no quisiera correr así. No corra así: corra como Cristo. Los ejemplos del Antiguo Testamento, hermano, están ahí para enseñarnos que otros vencieron con la ayuda del Señor y por fe, pero no son necesariamente ejemplos a imitar. El ejemplo que hay que imitar, donde tienen que estar nuestros ojos, es Cristo.

Ese término que utiliza el versículo 3 en el original, «considerad», es un término que tiene una connotación muy fuerte. Es una persona que se queda mirando algo, y lo ve y lo ve y lo estudia. Eso es considerar. Es como una persona que no solamente vio que por ahí pasó algo, sino que está estudiándolo intencionalmente. Si la iglesia va a estudiar un personaje intencionalmente, con la intención de replicarlo, con la intención de imitarlo, con la intención de parecerse a ese personaje, el que hay que estudiar es Cristo; no hay otro que no sea Jesús.

El modelo que va desde Hebreos 11 hasta Hebreos 12 es que hay muchos que han corrido la carrera, hay muchos que la seguirán corriendo, pero el único modelo en el cual nuestros ojos tienen que posarse es Jesús; el único que nosotros debemos considerar es él. Dice: considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo. Dos atribuciones suyas. Lo primero es ser el pionero, el autor de la fe. Hermano, nadie será salvo porque vea a Moisés. Nadie crecerá mirando ejemplos que están muertos.

¿Usted entiende la diferencia? Cristo es un ejemplo vivo. Ver a Cristo es una experiencia vivificante. Ver a Enoc puede ser ilustrativo. Ver a Isaías, hermano, puede ser una experiencia interesante, un asunto que nos motive. Pero si usted ve quién está detrás de Isaías, ahí hay uno, hermano, y ese es Cristo. Cuando volvemos a Cristo sucede un fenómeno interesante: cuando la iglesia contempla a Cristo, suceden cosas. No es un asunto pasivo, no es algo en que uno se queda solamente mirando. Cuando la iglesia mira a Cristo, hermano, dice el libro de Corintios que nosotros, mirando su gloria a cara descubierta, vamos siendo transformados. Mientras más estamos mirando a Cristo, más nos vamos pareciendo a Cristo. Y ese fenómeno no sucede con ningún otro hombre, no sucede con ningún otro personaje. Dice que nosotros, al ver a Cristo, vamos siendo paulatinamente transformados de gloria en gloria. Nos vamos pareciendo a él.

El ejemplo aquí es que miremos a Cristo, porque cuando tú estás mirando a Cristo estás mirando a uno que está vivo y que no solamente es un referente, sino que es un ente vivificante sobre la iglesia. Mientras más la iglesia contempla a Cristo, más se va transformando a la semejanza de Cristo. Nosotros podemos tener muchos testigos, nosotros podemos saber que muchos han corrido la carrera, pero solamente mirando a este atleta que es Cristo tenemos la capacidad para desarrollar las proezas que desarrolló Cristo; mirándole a él, nosotros igualmente somos transformados. Los héroes de la fe pueden ser ejemplo, pero no pueden darnos fe y tampoco pueden consumarla. Esa es la diferencia. Todos ellos, hermanos, nos dicen que se puede correr; pero cuando vemos a Cristo, nosotros sabemos que se puede correr y también tenemos la capacidad para correr. Él es el autor y él es el consumador de la fe. Los otros corrieron en esto, pero quien lo inventó, quien lo comenzó y al mismo tiempo quien nos capacita para correr, es él solamente.

¿Y cuál fue la proeza de Cristo? En el versículo 3 se nos muestran sus grandes proezas, por lo menos dos. Vamos a contemplar a Cristo y vamos a tener la capacidad para hacer cosas semejantes a esas, porque cuando le vemos, hermano, vamos siendo capacitados, vamos siendo glorificados, estamos siendo transformados. La primera gran proeza es «considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo». Es como si todos los luchadores del coliseo estuvieran en contra suya, como estar dentro del pancracio y tener a todo el mundo enfrente. Él es el objetivo. ¿Te has imaginado que te toque esa posición en una lucha abierta, donde hay quince atletas más y todos los atletas están en contra suya? Eso es lo que Cristo tuvo que enfrentar: tal contradicción de pecadores, todo el mundo contra Cristo.

Miren, Cristo nunca estuvo seguro. De hecho, desde que nació ya lo estaban persiguiendo. La oposición demoníaca: por dondequiera que iba Cristo había un demonio que estaba esperando. La oposición de las autoridades religiosas de su época, hermano, miren, eso era un asedio. Ni siquiera entre sus más íntimos colaboradores estaba seguro el Maestro: a Pedro, en un momento, tuvo que decirle «apártate de mí, Satanás». Y por si todo eso fuera poco, dice el libro de Hebreos en el capítulo 4 que nosotros tenemos un sumo sacerdote que se compadece de nuestras debilidades, uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.

¿Hay un área, grande o pequeña, que usted haya experimentado? Cristo pudo experimentar eso mismo. De hecho, a veces me da cierta impresión pensar en las áreas en que mi Señor sintió ese estrés del pecado; pero en todo fue tentado igual que yo, pero sin pecado. Nosotros tenemos un atleta por delante que primero tuvo todo el coliseo en contra suya, hermano, tuvo todos los atletas en contra suya, tal contradicción de pecadores, y pudo. Y por otro lado tenemos el ejemplo de uno que fue tentado en todo; hermano, no hay un área de resistencia humana donde nuestro Señor no haya sentido el estrés, la tentación o el asedio, y en todas estas nuestro Señor fue victorioso. Yo creo que mientras más la iglesia mire a Cristo, más tendrá la victoria en cualquier área donde la iglesia tenga que hacer resistencia.

Una expectativa realista: hasta la sangre

El primer asunto es que él soportó intencionalmente un nivel tal de hostilidad que no hay hombre alguno que haya soportado eso. Lo segundo es que lo hizo hasta la sangre, y aquí hay una metáfora del mundo del boxeo. Si tú vas a boxear, tienes que estar preparado para que probablemente en el primero, probablemente en el segundo, probablemente en el quinto, haya sangre. Es un deporte de contacto lo que me está diciendo la Escritura: que no solamente luchó cuando este asunto estaba simple, cuando eran los momentos introductorios, sino cuando el asunto se puso a otro nivel. «Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado».

El tipo de batalla que nos enseña el autor contra el pecado, hermano, es que no va a ser una batalla sencilla: hay sangre de por medio. Son estas luchas grotescas de boxeo donde, cuando llegan a tocar la campana del onceavo round, ya parecen monstruos. Dice: es tanta la lucha con el pecado, tanta, que eso va a ser hasta la sangre. Va a ser una lucha intensa, no va a ser un asunto sencillo, no va a ser un asunto simple. Quizás ustedes todavía no han luchado hasta tener que derramar la propia sangre, pero hasta ahí es que el Señor nos está llamando a luchar contra el pecado.

Quiero dejar a mis hermanos con una expectativa realista con relación a la carrera que tenemos por delante. Aunque parece paradójico, esto es una profunda fuente de aliento. De hecho, muchos de los que claudican en la fe cristiana son aquellos que tienen expectativas irreales, a quienes se les dice que todo va a ser sencillo, que tú puedes vencer temprano. Un creyente que va a llegar lejos en esta carrera es un creyente que mantiene una expectativa realista acerca de lo que tiene por delante. Lo que tenemos por delante, hermano, es asedio. Lo que tenemos por delante es una lucha difícil.

El apóstol Pablo, cuando iba confirmando y animando a las iglesias, ¿saben cómo era que consolaba a la iglesia que estaba teniendo dificultades? Escuchen cómo el apóstol Pablo animaba a la iglesia:

Confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.

— Hechos 14:22

Y eso es confortante. Es confortante si usted tiene una expectativa ingenua acerca de lo que es hacer la voluntad del Señor, si usted tiene una expectativa irrealista acerca de lo que significa la vida cristiana. Mire, la vida cristiana no es un asunto que se desarrolla con confort, con comodidad.

Me gozo en lo que el Señor le dijo a Baruc a través de Jeremías. Baruc era el secretario de Jeremías, y él entendía que, como secretario de Jeremías, tarde o temprano las cosas iban a mejorar. La expectativa de Baruc era: sabes que todo se va a ir complicando y demás, pero va a llegar un momento en que cambia, Jeremías, y nos va a ir bien; o sea, el Señor va a tener misericordia de nosotros, va a despachar a todo el pueblo y a nosotros nos va a ir bien.

El Señor conoce el corazón de la gente. Él era el escribiente, hermano, él era la persona que anotaba la correspondencia, que anotaba las profecías. Él entendía que lo iba a lograr. ¿Saben lo que le dijo el Señor a Baruc? «Baruc, ¿tú estás buscando grandes cosas para ti? ¿Tú piensas que llegó el momento de que tú estés tranquilo?». Él se estaba quejando. La queja de Baruc es la misma queja que tenemos nosotros frecuentemente. Adentro, en los recovecos del corazón de todo creyente hay una expectativa de que va a llegar un momento en que todo se va a arreglar; que ahora mismo estamos un poquito apretados, pero esto mejora tarde o temprano. Y quizás sea un año, quizás dos, quizás yo puedo esperar hasta cuatro, pero en algún momento vamos a tener confort, vamos a tener tranquilidad, todo va a mejorar.

Palabra que habló el profeta Jeremías a Baruc hijo de Nerías, cuando escribía en el libro estas palabras de boca de Jeremías, en el año cuarto de Joacim hijo de Josías, rey de Judá, diciendo: Así ha dicho Jehová Dios de Israel a ti, oh Baruc.

— Jeremías 45:1-2

Yo me imagino que Baruc abrió los ojos, porque él está anotando profecías que son contra otros pueblos, y ahora es para él. O sea, tú eres el medio que el Señor está utilizando para transcribir la profecía, y ahora te tocó a ti, Baruc; esto es para ti, esto no se lo mandas a nadie, es para tu consumo.

Tú dijiste: ¡Ay de mí ahora! porque ha añadido Jehová tristeza a mi dolor; fatigado estoy de gemir, y no he hallado descanso.

— Jeremías 45:3

Estoy esperando un momento de descanso. Eso está adentro del corazón de todo creyente: hay una expectativa de que tarde o temprano, en esta vida terrenal, esto va a mejorar. Yo quiero decirte, hermano querido, y quiero animarte a través de esta palabra, que muy probablemente el asunto hoy o mañana no mejore. Y que aún vale la pena correr la carrera. Quizás no haya tramos de descanso. En los maratones hay tramos donde pasa el deportista y lo están celebrando, aplaudiendo, le dan botellita de agua; quizás no haya botellita de agua en el camino.

Así le dirás: Así ha dicho Jehová: He aquí que yo destruyo a los que edifiqué, y arranco a los que planté, y a toda esta tierra. ¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques; porque he aquí que yo traigo mal sobre toda carne, ha dicho Jehová; pero a ti te daré tu vida por botín en todos los lugares adonde fueres.

— Jeremías 45:4-5

O sea, no es para el pueblo solamente, también para ti, Baruc, y no va a mejorar.

¿Y qué era Jeremías? Jeremías caminó en la fila de los desterrados. Él estaba en la fila, hermano, y Jeremías no tenía un problema en el corazón contra Dios, no dijo: «yo soy el profeta, yo soy Jeremías, el que dio la profecía, y a mí el Señor me dio un plato aparte». No: Jeremías estuvo en el pozo, Jeremías estuvo en una cisterna, Jeremías después estaba marchando hacia Babilonia con todos los desterrados, y él también estaba en la fila. ¿Qué le dice el Señor a Baruc? «¿Tú buscas para ti grandezas? Baruc, no las busques, porque he aquí que traigo mal sobre toda carne». No es sobre ellos, es sobre todos. «Ha dicho Jehová, pero a ti te daré tu vida por botín en todos los lugares adonde fueres». Lo único que va a pasar es que tu vida no la vas a perder.

Hermano querido, te voy a decir que si tú estás enfrentando tribulación, si tú estás enfrentando el estrés del pecado, la cosa quizás no mejore. Ahora, yo te puedo decir algo: el Señor ha garantizado que tu alma no se pierde. Lo único que un creyente tiene seguro en su tránsito por esta vida, hermano, es que su vida está escondida con Cristo en Dios, en las regiones celestiales, y que Cristo ya venció y nosotros vencimos con él. Probablemente no haya tramos de la carrera que sean más cómodos que otros, hermano. Lo que es seguro es que llegamos a la meta con la ayuda del Señor.

Yo mismo, hermano, ya perdí la expectativa de entrar fresco. Yo voy a entrar como Sansón, hermano: llego y caigo ahí. ¿Usted ha visto estos atletas que después que llegan a la meta dan una demostración y corren cien metros más? Yo voy a llegar, hermano, y me voy a sentar en su presencia: Señor, aquí estoy, por la misericordia del Señor. Hermano, tú llegarás, has sido llamado por el Señor; lo que te puedo decir es que quizás llegarás con sangre, llegarás con estrés. Este asunto no es sencillo.

La disciplina del Señor no es castigo

«Y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige». Esta porción es muy extensa, hermano, no voy a poder exponerla en profundidad; solamente le quiero dar una acotación. Y es que frecuentemente mis hermanos confunden la disciplina del Señor con su castigo, y no es lo mismo.

Frecuentemente un creyente experimenta estrés, y ese estrés no significa que haya pecado, no significa que el Señor esté en contra suya, no significa que ha hecho algo inadecuado. Significa, hermano, que el Señor está disciplinando, utilizando todas las circunstancias para lograr su buen propósito. Porque a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien; es a todas las cosas. A veces incluye la enfermedad, a veces incluye el estrés familiar, a veces incluye precariedades económicas; pero a los que aman a Dios, a aquellos que conforme a su propósito han sido llamados, todas las cosas les ayudan a bien. Lo que está haciendo en este momento el autor de Hebreos es mostrarnos que nuestras circunstancias difíciles son una forma de disciplina del Señor: no significa que el Señor te está castigando, no significa que estás en falta, no significa que estás en pecado, sino que el Señor está utilizando hasta tus circunstancias difíciles para disciplinarte. Y un atleta que vence es un atleta disciplinado, y entre la disciplina del Señor, hermano, está el estrés en la vida presente.

¿Qué era lo que pasaba con estos hombres? Lo que pasaba con estos hombres se nos dice justo antes del capítulo 11: en su tiempo, hermano, estos creyentes habían perdido sus posesiones, estos creyentes habían sido puestos en vergüenza.

Pero traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, sostuvisteis gran combate de padecimientos; por una parte, ciertamente, con vituperios y tribulaciones fuisteis hechos espectáculo; y por otra, llegasteis a ser compañeros de los que estaban en una situación semejante. Porque de los presos también os compadecisteis, y el despojo de vuestros bienes sufristeis con gozo, sabiendo que tenéis en vosotros una mejor y perdurable herencia en los cielos.

— Hebreos 10:32-34

Esta gente había sido combatida, esta gente estaba siendo públicamente avergonzada. Lo que pasaba con nuestros hermanos que están recibiendo esta carta es que ellos habían sido vilipendiados, habían sido atribulados, habían sido perseguidos. Primero el autor les muestra a los héroes de la fe, los que compitieron antes que ellos; después les muestra a Cristo; después les dice que tienen que correr una carrera y que esta carrera no es una carrera sencilla; y después, desde el capítulo 12, versículo 5 al 11, les muestra que todas estas circunstancias —perder sus bienes, ser vituperados, todo esto— son una forma de disciplina del Señor.

Miren la palabra que utiliza el autor: disciplina, no castigo. No toda disciplina es castigo. Y el ejemplo que él va a tomar es el ejemplo de nuestros padres naturales. Hay padres naturales que no tienen muchos recursos para dar a sus hijos, pero hasta la escasez la utilizan para disciplinarles. Si él tuviera con qué dárselo, se lo da; pero el hecho de que no lo tenga, esa circunstancia en que no te alcanza, el padre, como es sabio, utiliza esa limitación de su familia para disciplinar a sus hijos. Nuestro Padre celestial utiliza todas nuestras circunstancias difíciles, hostiles, asuntos que nos estresan profundamente, para alcanzar en nosotros su propósito.

Aquí está el temor, hermano: con mucha facilidad un creyente llega a hacer un switch en su mente donde se dice: «a ti te debe tocar comodidad». ¿Saben cuál es la pregunta normal? «¿Y por qué a mí?». Yo te pregunto: ¿y por qué a ti no? O sea, me están enseñando aquí una multitud de testigos que corrieron con sangre la carrera, que llegaron malogrados, que llegaron a la meta por la misericordia del Señor, que sufrieron el despojo de sus bienes, que fueron hechos espectáculo a los hombres. Y después me enseñan a Cristo. ¿Y después nosotros preguntamos «y por qué a mí»? Yo te pregunto: ¿y por qué a Cristo?

Es que es muy fácil pasar a este pensamiento carnal y mundano de «me lo merezco». ¿Cómo va a ser que yo soy hijo de Dios y estoy viviendo como vivo? ¿Por qué la enfermedad sobre mí? ¿Por qué la tribulación familiar sobre mí? ¿Por qué la carencia física sobre mí? ¿Por qué tribulación en el trabajo, por qué tribulación en la casa? ¿En qué momento voy a estar tranquilo? Tú vas a estar tranquilo cuando te encuentres en la presencia del Señor. A nadie le dan la corona cuando está compitiendo, hermano; ni agua le dan. Usted llega, y cuando llega, entonces se celebra. Nosotros tenemos que abandonar esta expectativa de recibir corona y celebración ahora. Ni siquiera los héroes de la fe lo consiguieron: murieron todos sin recibirlo. Esa gente está esperando que nosotros compitamos, para después todos juntos pararnos en la presencia del Señor.

«¿Habéis olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige?», y está citando unos versículos de Proverbios: «Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor». Disciplina es, hermano, a veces azotes, pero del Señor. Es que las circunstancias están en la mano del Señor. Esta bifurcación que uno a veces hace entre lo que viene de parte del Señor y lo que viene de parte de los hombres no es sabia; todo viene de parte del Señor, tus cabellos están contados. A veces uno dice: «eso me lo mandó el Señor, y esto me lo está mandando el diablo». Hermano, todo lo ha permitido el Señor. Si tu vida está guardada en él, si tu vida está escondida en Cristo, no hay nada que llegue a tu vida que no pase primero por el filtro de su providencia; y si el Señor lo permitió, el Señor lo ha permitido, y todo eso se llama disciplina. El Señor permite que uno sea estresado en áreas donde uno será refinado, y a veces no nos mandan agua.

«Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos y no hijos». Él sabía que habían sido atribulados. «Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos». Miren, aquí es muy fuerte lo que está diciendo. Muchos de ustedes recuerdan con cierto agrado una pela que le dio algún padre suyo. Yo le agradezco a papi que en algún momento me dio una buena pela cuando hice tal cosa. Y al día de hoy ustedes veneran a sus padres por la disciplina; pero el Señor le pone un dedo encima y entonces es un malvado. Mira lo que está pasando: el Señor no te ha abandonado. Tú veneras a tu papá que te dio esa pela con un propósito, ¿y no puedes tú celebrar la disciplina de tu Dios, que está logrando algo mucho más extenso y a favor de tu alma? La comparación es que si nuestros padres nos disciplinan y nosotros no maldecimos a nuestros padres, Dios nos va a disciplinar y tenemos que recibir con buen agrado la disciplina del Señor.

«Si tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban y los venerábamos, ¿por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?». Si eran ellos los que nos disciplinaron y nos sentimos bien… Yo he hablado con hijos que se sienten mal con sus padres porque sus padres no les disciplinaron, y hubiesen querido sentir un poco la mano de papá o mamá. Dicen: «yo pienso que si mami o papi hubiera estado más presente en mi vida…». ¿Para qué? Para disciplinarte. Así que hasta eso se llega a añorar, hermano. No desprecies la disciplina del Señor.

Después viene otra comparación. La primera es que si tu padre te disciplina y tú le veneras, ¿cómo va a ser que Dios te disciplina y tú no tengas satisfacción? La otra es el versículo 10: «y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía». Dos comparaciones. Llega un momento en que un padre natural ya no puede disciplinar a su hijo tan grande. Para nuestro Dios, nosotros nunca estamos grandes. Tu padre te va a disciplinar hasta una edad: hay padres que dicen hasta los 18, otros hasta los 21, otro dice hasta que se casen. Pero a uno de 40 años no puede venir el papá con el palito; que nalgadas a un muchacho grande no se dan. Ahora, nuestro Padre celestial, hermano: nosotros seguimos siendo hijos en su presencia hasta siempre. Aun en la vejez será uno disciplinado por su Dios. Dice que ellos por corto tiempo, y después «como a ellos les parecía». Asimismo, hay padres terrenales que se han excedido en la disciplina, y a veces disciplinan de manera incorrecta, o lo hacen con poca sabiduría. Y qué doloroso para un hijo cuando está siendo disciplinado por la razón incorrecta.

Nuestro Padre celestial nunca se equivoca, hermano. El que está disciplinándonos tiene un conocimiento perfecto de lo que nuestra alma necesita. Yo lo digo, hermano, con más convicción de la que yo lo vivo. ¿Usted puede entenderme eso? No piensen que yo les estoy predicando con esta convicción porque yo estoy ya en confort y cómodo; no, hermano, eso es difícil. Pero adentro mío hay un convencimiento de que no está sucediendo nada en este momento sobre mi vida que haya superado la sabiduría del Dios que lo permitió.

No ha venido nada sobre tu vida que haya excedido el conocimiento y la capacidad del Dios que tiene tu vida en sus manos. Si tu padre terrenal te disciplinó por corto tiempo, este te disciplinará para siempre. Si tu padre terrenal lo hizo como a él le parecía, este lo hará con conocimiento perfecto. Si tu padre terrenal lo hizo para sacar de ti algo, y de ahí vinieron hombres derechos, mujeres correctas… ¿pero qué es derecho y qué es correcto? Ellos no ven cómo estamos todos los días siendo vendidos al pecado. Nuestro Padre celestial nos da una disciplina que no solamente nos ayuda a presentarnos socialmente como gente de bien, como gente agradable. Ese padre que se siente orondo porque el muchacho no está participando en pecados públicos muy grandes, aunque su corazón está vendido al pecado… Nuestro Padre celestial lo hace, pero «este, para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad».

¡Guau, hermano! Si la disciplina del Señor sobre mi vida hará que yo llegue a participar de la santidad de Dios… Es difícil, es doloroso, hermano, pero esto es mucho más provechoso que cualquier otra cosa. Aquí él como que se empatiza con nosotros: «en verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados».

Levantad las manos caídas

Termino, hermano, con la recomendación final en cuanto al tema deportivo, porque después el capítulo, a partir del versículo 14, da otras recomendaciones, pero ya escapan al terreno deportivo. Estas son palabras de ánimo después de haber visto todo esto: «por lo cual, levantad las manos caídas».

Uno se da cuenta de cómo la gente está resistiendo en el deporte, sobre todo en el boxeo, según cómo tiene la guardia; hay unos que ya… no es fácil mantenerse ahí contra el pecado. Lo que está diciendo es: después que tú has visto todo esto, levanten los brazos de nuevo, hagan un último esfuerzo, saquen de abajo. Levanta las manos caídas y las rodillas paralizadas; muévete, no bajes la guardia, sigue luchando. «Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas, y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado». Hay otra traducción que dice: lo que está inflamado, lo que está dañado, lo que está enfermo, que no se termine de desbaratar. Lo que está diciendo es: yo sé que en esta carrera los tobillos a veces se inflaman, a veces no es tan cómodo correr, pero hay que seguir caminando.

Oro por la iglesia, para que a pesar de que estemos malogrados, a pesar de que estemos a punto de ser destruidos, podamos nosotros en nuestro tiempo correr la buena carrera y que con la ayuda del Señor lleguemos hasta el final. Oro por mi pueblo. Ay, Señor, mira cómo he estado pastoreando esta iglesia acerca de que puedan, en sus circunstancias, unirse a esta multitud de testigos. Padre, levanta en nuestro tiempo grandes historias; rompe los récords, Señor; haz proezas aún más grandes. Entusiásmanos, Señor, con la expectativa de unirnos a los héroes de la fe en nuestro tiempo. Permite, Señor, que este no sea un tiempo de sequía en cuanto a los logros para tu gloria; levanta una generación que marque diferencia.

Que allí, Señor, donde estamos siendo combatidos, podamos con tu ayuda mirarte detenidamente, ser transformados y conseguir la fuerza que conseguiste tú cuando estuviste en medio nuestro. Oro por ti, hermano, un momento más. Mira a mis hermanos, Señor, que están siendo especialmente atribulados. Mira a aquellos que están siendo visitados en este momento por enfermedad. Mira a aquellos, Señor, que están siendo vituperados. Mira a los otros que están siendo combatidos. Señor, mira el estrés en las relaciones, mira las precariedades, Señor, mira los trabajos difíciles, mira las áreas, Señor, donde el pecado ha vuelto a visitarnos, donde en algún momento vencimos y hemos vuelto, Señor, a combatir. Entusiásmanos, Señor, con llegar hasta el final para tu gloria. Levántanos, Señor; afírmanos, Señor; fortalécenos, Señor. Las manos caídas, Señor, levántalas; las rodillas paralizadas, muévelas.

Que no nos detengamos, Señor. Danos el gozo de tener la expectativa de fe de que nuestra generación también escribirá historia, y que esta historia, Señor, será la historia de tu providencia a través de hombres simples haciendo cosas muy grandes. Levanta, Señor, héroes también en medio nuestro, para la gloria tuya. Sigue, Señor, llenando el palco de los testigos para la gloria tuya. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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