Que el Señor les bendiga, hermanos queridos. Acompáñenme en la palabra del Señor. Toda ella para nosotros es comida, toda ella para nosotros es provechosa. Les invito a que me acompañen al libro de Hebreos, en el Nuevo Testamento. Podemos ir juntos, con la ayuda del Señor, a Hebreos capítulo cuatro.
Estaremos considerando tres versículos de la palabra del Señor, de este mismo libro que anteriormente hemos considerado en diferentes partes y que siempre es una experiencia para la iglesia volver a visitar. Es el libro de Hebreos en el capítulo cuatro, desde el versículo 14 hasta el versículo 16. Voy a dar un momentito para que todos puedan ubicarlo. Se nos presenta aquí a nuestro Señor como el gran sumo sacerdote, pero más que como el gran sumo sacerdote, como nuestro gran sumo sacerdote. Dice así la palabra:
Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.
— Hebreos 4:14-16
Son tres versículos, hermanos, todos impresionantes. Puede sentarse, hermanos queridos.
Dice nuestra introducción que el autor de este libro estuvo escribiendo para creyentes que venían de un trasfondo judío, que estaban siendo tentados a abandonar la fe y a regresar a su antiguo sistema religioso, con sus calendarios ceremoniales, sus sacrificios y también sus sacerdotes. Para ellos, la parafernalia exterior de la religión era muy importante. Por esto me refiero a los asuntos que son visuales, a los asuntos físicos, lo que podía verse y podía tocarse. Quien venía de una religión como la judía, cuando llegaba al cristianismo, añoraba todas estas cosas.
Un aspecto que evidentemente ellos extrañaban —dada la extensión que le dedica el libro de Hebreos a explicar este asunto— era la imagen de un sumo sacerdote que, vestido de sus vestiduras especiales, una vez al año entraba en un santuario físico e intercedía por ellos delante de Dios por sus pecados, para que sus pecados así les fueran perdonados. Si uno se imagina al antiguo Israel con su santuario y un sumo sacerdote vestido de todas sus vestiduras especiales, esa imagen de un hombre especialmente perfumado, especialmente vestido, con una placa de oro en su frente que decía «Santidad a Jehová» y los nombres de cada una de las tribus escritos sobre piedras especiales, con un pectoral lleno de piedras preciosas.
El día de la expiación y el descanso del pueblo
Caminando de forma regia para entrar en el santuario, no solamente al lugar santo, sino al lugar santísimo, esa parte donde solamente él podía entrar y solamente una vez al año. Y si estamos hablando de un sumo sacerdote que entraba, imagínese usted un sumo sacerdote que salía. Y cuando salía, significaba que el Señor había tenido misericordia, porque no le consumió a él en el santuario; y si no le consumió a él, por extensión tampoco iba a consumir a ninguno de ellos. Imagínese usted, como judío, una vez al año poder presenciar este amplio despliegue de simbolismo que anunciaba que nuestro Dios tuvo de nosotros misericordia. Era esperable que, cuando llegara ese mes y ese momento del año, los cristianos que ya no participaban de estas cosas sintieran la añoranza.
Es ver un asunto simbólico y físico que nos anuncia que Dios ha tenido misericordia de nosotros. Es ver a un hombre que ha cargado simbólicamente con todos nuestros pecados, y cuando sale del santuario significa que todos esos pecados quedaron atrás, que ya no hay memoria de sus pecados delante del Señor. Ese era un acontecimiento memorable: verle entrar hasta el lugar santísimo con nuestros nombres y salir de allí con vida, evidencia de que él y nosotros éramos aceptos delante del Señor. Eso fortalecía espiritualmente al pueblo y les estimulaba a seguir hacia delante. Usted quizá llegaba al mes de la expiación sintiendo la carga de su pecado, pero cuando llegaba el mes de la expiación había un profundo descanso en todo el pueblo.
Entre todas las fiestas de Israel, se esperaría que esta fuera la fiesta que más descanso provocara en el corazón del pueblo. Es un «uf, un año más donde el sumo sacerdote entró y salió, y ya no hay memoria de nuestros pecados pasados». Los cristianos de hoy tenemos la misma necesidad. Sabemos que fuimos comprados a precio de sangre, pero nos estimula saber que Jesús está activamente intercediendo por nosotros en la presencia del Padre, que se compadece de nosotros y que, en vez de rechazarnos, nos invita a acercarnos. Hoy veremos que tenemos un gran sumo sacerdote en Jesús, el Hijo de Dios. Quiero darle a mi iglesia local una perspectiva activa acerca de lo que Cristo está haciendo por nosotros en la presencia del Padre.
No solo un redentor: también un intercesor
Quisiera estimular a mis hermanos, sobre todo a los que están comenzando en los caminos del Señor y proyectan el camino por delante y dicen: si hasta este momento, que son los pasos introductorios en la vida cristiana, ha sido difícil, ¿qué será pasar una vida completa militando en los caminos cristianos? Hermano querido, nuestro Dios no solamente es un redentor que nos ha comprado a un alto precio. Él también es un sumo sacerdote que intercede continuamente a favor de nosotros. Me gustaría mostrarte, hermano querido, que el Señor no solamente te sacó de Egipto con mano poderosa y te trajo a un desierto para dejar que tus pecados te consuman; el Señor ha provisto rica gracia anticipadamente, y frecuentemente esa gracia opera a favor de todos nosotros.
Si ya conociste a Cristo como tu redentor, que pagó el precio para comprarte, quisiera que conozcas ahora a mi Señor como tu gran sumo sacerdote, que está intercediendo activamente, frecuentemente, con conocimiento preciso y puntual de tus necesidades, y que su sangre fluye continuamente a favor tuyo. No solamente en el momento puntual en que viniste al Señor, sino en todos los momentos de tu peregrinaje. Ya no una vez al año, sino continuamente. Él entró a la presencia para no volver a salir.
Comprender la obra del Señor, hermano querido, es algo que nos tomará toda la vida. Si alguien ha pensado que ya conoció a Jesús el Hijo de Dios, yo le invitaré a que conozca otros aspectos acerca del ministerio de mi Señor. Nos faltarán sermones, hermanos, para explicar todo lo que el Señor ha hecho por nosotros. Nos consuela un poco el saber que un día llegaremos a su presencia y llegaremos a tener un conocimiento puntual. Y cuando estemos en su presencia, se esperaría que nuestra adoración sea una adoración que se desborde, porque ya sí entenderemos completamente todo lo que Cristo hizo por nosotros. Recuerden que cuando estuvimos exponiendo el libro de Rut, veíamos allí a Cristo como nuestro pariente redentor. En otros libros hemos visto otros aspectos del ministerio de Cristo: Cristo como nuestro pastor, Cristo como nuestro Señor, Cristo como nuestro Salvador, Cristo como un juez justo. Quisiera que hoy entiendas que Jesús también es sacerdote; no, él es el gran sumo sacerdote.
Y en este rol, quizás dada nuestra necesidad presente, es la representación de Cristo que para nosotros se torna más necesaria. Dado que yo soy imperfecto, dado que tengo un camino por delante, me consuela saber que no estoy solo y que hay un sumo sacerdote que ha sido puesto a mi favor. Salvando todas las diferencias —el ejemplo que pongo sería incomparable, hermano—, aun los falsos sacerdotes que tratan de dar falso consuelo al pueblo en estos días producen en la gente algún tipo de contentamiento. Sabemos, a la luz de la escritura, que nada de esto tiene valor alguno, que solamente Cristo puede perdonar los pecados, que ya no hay un sacerdote según el orden antiguo, que él es el único sumo sacerdote presente. Pero quienes vienen de la religión antigua quizás recuerdan aquel momento cuando venían cargados de sus pecados a los confesionarios.
Y el sacerdote les decía: «ve en paz, hija mía; haz tres avemarías o diez, y regresa a tu casa en paz». Había una conciencia limpia, había cierto descanso que, aunque no satisface permanentemente el alma de la gente, por lo menos superficialmente daba alguna paz. Qué satisfacción me da a mí saber que tenemos en este momento un sumo sacerdote activo, que no solamente lo está haciendo de manera simbólica, sino de manera fáctica y real; al cual nosotros podemos venir y acercarnos confiadamente. Él nos escucha, hermano querido, y en vez de repelernos, intercede por nosotros. No por la sangre de un animalito, sino con su propia sangre, que es la que está en este momento en la presencia del Padre.
Quisiera mostrar, desde estos tres versículos, en primer lugar, que nosotros tenemos un mucho mejor sacerdote que cualquier cosa que usted haya dejado atrás. Hermano, es incomparable con esto que te has conseguido. Que su alma encuentre satisfacción en este aspecto de nuestro Maestro; que si has pecado recientemente, esa mala conciencia no te destruya, sino que te acerques confiadamente al trono de la gracia.
El «por tanto» que cambia el tono de la carta
Este versículo, que es el versículo 14 del capítulo cuatro, cambia completamente el tono de toda la epístola a los hebreos. Esta epístola comienza con unas descripciones que deberían llenarnos a nosotros de temor y temblor. Por ejemplo, dice el capítulo dos en el versículo uno de la misma carta:
Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos.
— Hebreos 2:1
Ay, yo no quiero deslizarme.
En el capítulo cuatro, justo comenzando, el versículo uno inaugura con un «temamos». Temamos, pues. Después se hace una descripción de que la mayoría del pueblo de Israel no entró en la tierra prometida a causa de su desobediencia. Si usted va leyendo el libro de Hebreos, usted se va atemorizando, va sintiendo un temor reverente, una urgencia, una insuficiencia. Temamos, seamos diligentes, no sigamos el ejemplo de los otros. Entonces toda la perspectiva cambia en el versículo 14 del capítulo cuatro, y es que se nos presenta un sumo sacerdote. Este es un sacerdote que podría quitarnos el temor. Este es un sacerdote que podría alejarnos del peligro. Este sumo sacerdote podría buscar nuestro bienestar espiritual.
Los versículos justo antes de este, el 12 y el 13, nos presentan el efecto de la palabra del Señor en nosotros:
Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.
— Hebreos 4:12-13
Hermano, Dios nos está conociendo. Dada esta imagen de que el Señor está conociendo perfectamente nuestros pensamientos y nuestras intenciones, hermano, yo creo que es urgente que nosotros digamos: ¿cuándo llegará el día de la expiación? ¿Dónde está mi sumo sacerdote? Dado que yo no puedo ocultarme de él —yo me podría ocultar de ti, yo me podría ocultar de los otros, pero el Señor me está conociendo perfectamente—, él no solamente conoce mis intenciones, él conoce las profundidades de mi pensamiento. Ante su palabra me encuentro desnudo, y ya que me encuentro desnudo, evidencio mi imperfección delante de él; entonces yo necesito a alguien que interceda a favor mío.
Esto cambia todo el tono de la carta. Ese es el «por tanto», hermano: dado que deberías sentir una conciencia pecaminosa, dado que sabemos que no hay nadie que sea tan perfecto que nunca peque, ese «por tanto» nos anima.
Sin contrición no hay necesidad de sacerdote
Quiero hacer aquí, hermano, una pequeña digresión. He tenido cierta preocupación acerca del pueblo evangélico, porque la doctrina de la contrición del pecado es algo que está escaseando en nuestros púlpitos. Encuentro que las personas vienen a Cristo, pero cuando uno les pregunta por qué vienen a Cristo, la persona dice: «yo vengo a Cristo porque yo quiero tener una vida mejor». Esa no es la razón por la cual venimos a Cristo. «Yo vengo a Cristo porque tengo un tiempo visitando la iglesia, y yo siento que aquí hay un ambiente tan especial que yo quisiera ser parte de esto». Hermano, esa no es la razón urgente. «Bueno, yo estuve en Cristo porque toda mi familia es una familia cristiana, y como yo soy parte de una familia cristiana, yo también quiero serlo». No es la razón.
La razón por la cual nosotros deberíamos venir a Cristo —la misma razón por la cual el pueblo de Israel una vez al año esperaba la fiesta de la expiación— es porque están sintiendo la carga de sus pecados. Si realmente la palabra del Señor se está predicando en nuestro púlpito, hermano querido, la palabra del Señor debería producir en ti un sentido de insuficiencia, un sentido de precariedad, un sentido de incapacidad; debería desnudarte, y cuando te encuentres desnudo deberías sentir tu vergüenza delante del Señor, y cuando sientas tu vergüenza, entonces estás preparado para recibir a Cristo como un gran sumo sacerdote. Si no has entendido la dimensión de tu falta delante del Señor, tampoco entenderás tu necesidad. El problema está, hermano querido, en que uno quiere pasar directamente a enseñar la respuesta de Dios, pero todavía no hemos enseñado la necesidad del hombre. La necesidad del hombre es que nosotros estábamos perdidos en nuestros delitos y pecados; y aun después de que hemos venido a Cristo y hemos sido comprados a precio de sangre, en este desierto, en esta peregrinación por el mundo en la cual nos ha tocado vivir, todavía seguimos cometiendo pecado.
Dice la palabra que cuando Israel pasó por el mar Rojo, todos ellos fueron bautizados; pero después de ese momento Israel inmediatamente siguió cometiendo pecados. Hermano, cuando tú has sentido la desesperación de tu pecado, entonces tú estás preparado para recibir a Cristo como tu gran sumo sacerdote. Yo no puedo provocar esto, hermanos, con persuasión humana; es el Espíritu Santo quien nos convence de justicia, de pecado y de juicio. Pero yo quisiera mostrarle a mi iglesia que el convencimiento de pecado no es solamente un asunto para los incrédulos, que un creyente, aun habiendo sido comprado a precio de sangre, debería sentir frecuentemente su insuficiencia delante de su Señor. De hecho, a veces los incrédulos nos escuchan a nosotros hablar de nuestra condición y se burlan del evangelio, porque dicen: «pero ¿es que ustedes creen que son perfectos?».
Hermano, los creyentes no creemos que somos perfectos; creemos que hemos sido redimidos a precio de sangre y creemos que la sangre sigue fluyendo del mismo altar del cual fuimos comprados. Sentir contrición por nuestros pecados no es solamente un asunto que sentimos cuando vinimos a Cristo. Aun después de que estamos en Cristo, deberíamos sentir, hermano, esta incapacidad permanente que hay en nosotros y esta provisión continua que hay desde el altar del Señor a favor nuestro. Antes de encontrar consuelo y descanso, tenemos que sentir la carga y la desesperación. Es frecuente en el Antiguo Testamento que, cuando el Señor se manifestaba para mostrar misericordia, primero asustaba y después amaba. La gente primero pensaba que se iba a morir, y después entendían que el Señor estaba rescatando.
Si alguien ha conocido a Dios, primero debería sentir la carga de un temor reverente. Cuando Moisés vio a Dios en la zarza ardiente, él sintió miedo, y el Señor le confirmó el miedo: quita las sandalias de tus pies, porque el lugar que estás pisando es un lugar santo. Es frecuente en el trato del Señor la expresión «no temáis», y ese «no temáis» es que te estás encontrando con un Dios que es perfecto, que es santo, y su santidad, hermano, es algo que irradia de parte de él; y cuando te ves cara a cara con Dios, tú no piensas «aquí estamos bien en la presencia de Dios». No: tú tienes un temor reverente, tú piensas que te vas a morir.
Si un creyente está siendo persuadido por el Espíritu Santo, frecuentemente recuerda su incapacidad. Él recuerda, hermanos, su insuficiencia, y frecuentemente tendrá que confiar en que hay un sumo sacerdote que ha entrado a la presencia de Dios y que está intercediendo continuamente a favor de todos nosotros. Al mismo tiempo, la vida cristiana nominal es la de este creyente que tiene mala conciencia y es dominado por sus pecados. Tuvimos la perspectiva de que el Señor solamente perdonó tus pecados cuando te compró, y que después te soltó a tu poder interno. Hay gente que vino a Cristo y piensa: yo fui comprado, yo no pude ser salvo por mis propios medios, pero ahora el Señor espera y está confiando en mi fuerza de voluntad. Hermano, el Señor no está confiando en nuestra fuerza de voluntad.
El Señor está contando con una rica, frecuente y constante provisión de gracia que viene a favor de nosotros desde el propiciatorio. Lo que hacía el sumo sacerdote era ir a ese lugar a buscar gracia a favor nuestro. Esta es también la razón por la cual muchas personas no vienen al evangelio: porque no han entendido su necesidad. Quiero animar a la iglesia: no se desespere porque las personas vengan a Cristo —anhele que vengan—, pero no se desespere porque las personas vengan a Cristo por sus propios medios. De hecho, cuando alguien está entusiasmado acerca de los caminos del Señor, como iglesia deberíamos hacer la debida diligencia de asegurarnos de que estas personas han sentido contrición por su pecado. A veces tenemos tanto fervor porque las personas vengan a Cristo, que las personas vienen a Cristo a veces con una actitud de superioridad, y nosotros les admitimos dentro de la comunión cristiana antes de que sientan la carga de su pecado. La pregunta de vida es: ¿realmente sientes contrición por tu pecado? ¿Tú necesitas un sumo sacerdote? «No, yo no lo necesito, yo pienso que estoy bien». Entonces Cristo no es para ti.
Si alguien no ha sentido su necesidad de perdón, no ha sentido su insuficiencia, su incapacidad, no necesita un sumo sacerdote. Y Cristo es un gran sumo sacerdote. Aquí encaja el sentido de aquella porción de la escritura que nos dice que no demos lo santo a los perros ni echemos nuestras perlas delante de los cerdos. Dar lo santo a los cerdos es intentar adornar la vida de un incrédulo, de una persona que no ha sentido contrición, con la preciosa doctrina de la gracia. Hermano querido, si él no ha sentido su insuficiencia y su incapacidad, todavía no está listo para recibir el evangelio.
«Teniendo»: él es nuestro
Me emociona que en este versículo 14 nos diga «teniendo». No es que yo quiera buscar cada detallito, hermano, pero ese «teniendo» a mí me hace una emoción especial. Es «teniendo», mío. Que él sea mío, hermano; que yo tenga un sumo sacerdote, que yo tenga una relación con él que es real, que yo pueda ser considerado suyo. Hermano, a mí me emociona. Ay, hermano querido, si tú estás luchando por hacer la voluntad del Señor, si has venido a Cristo y sientes la vergüenza de tu pecado, entiende que la voluntad del Señor no es que tú luches por tu propia fuerza: tú tienes un sumo sacerdote. Lo tenemos. Es lo que nos están diciendo aquí. Parece que el autor de Hebreos quiere que tú sientas esto, hermano, como que es una provisión del Señor: tú lo tienes. Lo que te está diciendo es que tú no estás solo, tú tienes un sumo sacerdote.
Un judío tenía este pensamiento: ok, yo estoy dejando el sistema ritual, ¿y qué va a ser de mí? Aquello que una vez al año yo sentía que era paz, aquello que yo sentía que era libertad de conciencia, ¿qué va a pasar conmigo? Tú tienes un sumo sacerdote, es lo que él te está diciendo. No te estamos entregando a que eso ya no existe o no es necesario. Es real la limpieza de conciencia, es real la providencia del Señor y la provisión a favor suyo de un sumo sacerdote. «Teniendo», hermanos, me emociona, porque significa que es nuestro. Y si los judíos entendían que lo que habían dejado era valioso, entonces aquí hay un asunto muy curioso en el texto, y es que el autor incurre en una redundancia intencional.
«Sumo sacerdote» ya distinguía: estaban los sacerdotes comunes y había uno que era único, que estaba por encima de todos, y se llamaba sumo. Sumo es algo que es más grande. Pero el autor de Hebreos, hermanos, como no quiere que nuestro Señor Jesucristo sea igualado a la condición que tenía quizás Aarón —y lo que Aarón tenía era muy grande, hermano, era el único sumo sacerdote; de hecho, las vestiduras suyas nadie más las usaba—, él incurre aquí en una redundancia intencional y pone «gran sumo». Eso es muy grande. Es el grande de los grandes. Están presentando a Jesús, hermano: si había uno que era el más grande, que una vez al año entraba, te están diciendo que Jesús no solamente es grande.
Él es el gran sumo sacerdote. Hermano, ese es nuestro Señor. Con esto el autor se está asegurando de que no añoremos nada de lo que hayamos dejado atrás. Hermano en Cristo: «oye, ¿pero qué vamos a hacer ahora con aquello que estamos dejando? Porque antes, con eso que hacía el sumo sacerdote, yo sentía paz». Eso que tú estás dejando, lo estás dejando por algo que es mucho más grande. Una de las peculiaridades del libro de Hebreos es que enseña a Cristo de manera más grande que cualquier cosa: Cristo es más grande que el templo, Cristo es más grande que el sacerdocio, Cristo es más grande que Moisés. Cualquier cosa que los judíos entendían que era grande, entonces le ponen a Cristo: Cristo es más grande que eso.
Por qué es un gran sumo sacerdote
Hermano, no lo dude: el sumo sacerdote que nosotros tenemos es el sumo sacerdote más grande que se pueda tener. Por donde quiera que lo midan, hermano, nuestro Señor triunfa. Si el sacerdote anterior generaba admiración por su aspecto… Yo estuve calculando el tiempo que le tomaría a un sumo sacerdote vestirse, hermano; yo calculo medio día. Y me imagino al ejército levita: era una vestimenta, después otra. El Señor diseñó hasta su ropa interior. Primero una ropa interior, después otra, después otra, después algo encima, después en la mano, después vamos a perfumarlo, y antes de entrar, que se prepare, que presente un sacrificio por él, y después entonces que entre. Hermano, era un asunto impresionante. Si usted viera en el antiguo Israel a un sumo sacerdote, eso era un asunto que usted debería sentir.
Tanto porque estaba vestido así, como porque esa persona entraba al lugar al cual ninguno de nosotros podía entrar: entraba a la misma presencia simbólica del Señor, que era el lugar santísimo. Yo me imagino que usted quisiera preguntarle: «¿y qué viste? ¿Cómo es eso ahí adentro?». Por curiosidad, ¿verdad? Porque solamente sus ojos podían contemplar eso una vez al año. Ahora, yo admiro más la emoción del sumo sacerdote entrando a ese lugar, porque en ese momento era un hombre que simbólicamente estaba apuntando a todo lo que hay dentro. En el Antiguo Testamento se presenta en la escritura como que eso era una sombra, eso era un croquis de algo que había de venir después. O sea, lo que le dieron a Moisés, lo que Moisés pudo ver, era una representación de lo que realmente es; y lo que realmente es, es que existe un trono y un propiciatorio que ha existido siempre. A él se le permitió verlo de manera figurada.
Del tabernáculo, recuerden: el patio, los atrios, el altar, el lavacro. Después estaba la tienda, y la tienda estaba dividida en dos partes: el lugar santo, al cual podían entrar algunos sacerdotes, y el lugar santísimo, al cual nadie podía entrar, solamente el sumo sacerdote una vez al año. Solamente saber que esa persona estuvo en la misma presencia del Señor le daba a esa persona una medida que era sumamente especial. El nuestro no tiene vestiduras sagradas, hermanos; tiene unas cualidades que son únicas. Si Aarón impresionaba por el óleo que, como dice el salmo, descendía sobre su barba hasta el borde de sus vestiduras, Cristo impresiona, hermano, no por su apariencia física, sino por sus cualidades. No es que quiera echarlos como dos lápices, el sumo sacerdote de antes con nuestro Señor, hermano, pero tengo que mencionar que mi Señor es más grande.
Es más grande, en primer lugar, por el lugar desde el cual intercede. Él no intercede desde una carpa, desde un espacio reservado, desde una carpa donde hay instrumentos que hicieron los hombres, aunque fueron consagrados para el Señor. No estamos hablando de un hombre que entra a un lugar físico. Estamos hablando de uno que entró a la misma presencia de Dios, hermano, y fue acepto. Por eso es más grande: porque está en la misma presencia de Dios. Aarón podía simbólicamente estar en la presencia, el Señor podía manifestarse en el lugar; pero al lugar que entró Jesús el Hijo de Dios, cuando se abrió el cielo, hermano, fue recibido allá. Él traspasó y entró al mismo tabernáculo de Dios. Él no está simbólicamente, está realmente en la presencia de Dios.
Es más grande y mucho mejor por lo permanente de su intercesión. Yo me imagino a las personas buscando al sumo sacerdote: «señor sumo sacerdote, usted no sabe lo que yo he hecho, yo he deshonrado a mi señora de una manera… ¿cuándo es? Oye, ¿faltan cuatro meses todavía? ¿Y usted no podría entrar antes?». «No, porque es una vez al año». «¿Y qué hago con mi pecado?». «Sopórtelo ahí, hermano, la mala conciencia. ¿Más o menos por cuánto tiempo?». «Están faltando siete meses». Hoy, hermano, nosotros podemos ir a la presencia del Señor y confesar nuestro pecado en un momento. Por eso el estándar de santidad que se ha establecido para nosotros, hermano, es mucho más alto, porque nosotros no tenemos que convivir tres meses con nuestros pecados: nuestros pecados desaparecen en un momento, porque nuestro sumo sacerdote no tiene que esperar para entrar una vez al año; él vive en el lugar en el cual se propician nuestros pecados, hermano.
Tener a Cristo como su sumo sacerdote es mucho mejor, porque él está en la misma presencia. ¿Hay alguien ahí? No hay que esperar. Me recuerda aquellos momentos cuando la comunicación terrestre en el país no era tan amplia, y las personas, para las cosas más básicas, tenían que esperar que alguien viajara a la capital. «Tú podrías hacerme una diligencia allá en la capital». Ahora te vas y la hacen en un momento. Esa es la superioridad. Nuestro sumo sacerdote: la diligencia es nuestro pecado, y no hay que esperar tres meses a que alguien venga a la capital y la haga. Él, figuradamente, se cargaba con los pecados del pueblo y una vez al año iba y los descargaba en la presencia del Señor. Hermano, nuestro sumo sacerdote vive en el lugar donde se propician los pecados, y por eso es mucho mejor.
El sumo sacerdote tenía que llevar de este lado seis nombres de tribus y del otro lado seis nombres. Estaba figuradamente diciendo que estaba entrando corporativamente en nombre de todos nosotros, pues realmente no nos conocía. Aarón decía: «tráiganme todos los pecados del pueblo», y simbólicamente se cargaba el pecado del pueblo y entraba al lugar santísimo, pero realmente no conocía al pueblo. Y tú tenías que saber por convicción que, entre todos los nombres de las doce tribus, tú también eras representado y los pecados míos también fueron perdonados. Estamos hablando aquí de un sumo sacerdote que tiene un conocimiento puntual de la necesidad de cada uno de nosotros. Este que está viviendo allá y que intercede todos los días a favor nuestro, hermano, él sí realmente te conoce. No estamos hablando aquí de un pecado que corporativamente se cargó en alguien que no te conocía ni te entendía. Estamos hablando de uno que realmente te conoce por tu nombre.
Él conoce tu nombre, conoce nuestra caída, conoce el momento de nuestra caída, hermano, y ese es el mismo que está intercediendo a favor de nosotros. Él es un gran sumo sacerdote porque realmente te conoce. Tantas cosas pudiera decir; tengo que hablar del interés, hermano: él tiene un interés especial en ti, tú eres su especial posesión. Al mismo tiempo, él está propiciando a favor tuyo. Él es un ejemplo perfecto: Aarón y sus hijos cayeron estrepitosamente, hermanos; él fue el único que fue sin caída. Él es el ejemplo perfecto, él tiene una naturaleza perfecta. No hay duda de que él es recibido en la presencia del Padre. El Padre mismo frecuentemente dijo: «este es mi Amado, en él tengo complacencia». Y para asegurarse de que estaba siendo recibido, después de que él se cargó todos nuestros pecados en la cruz, el Señor dice que él mismo lo levantó de entre los muertos, testificando que estaba recibiendo su sacrificio.
Razón suficiente para retener nuestra profesión
Después de decir todo esto, hermano, tener un gran sumo sacerdote es un motivo suficiente para retener nuestra fe. Si hay un hermano aquí que está debilitado, si hay un hermano que está pensando en volver atrás, si hay un hermano que al cometer determinado pecado piensa que quedó incapacitado para hacer la voluntad del Señor, yo vengo a decirle que, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Hermano, tener un sumo sacerdote que está sentado en este momento en la presencia de Dios es una razón suficiente para decir: hermano, yo estoy aquí. No vuelvo atrás. No vuelvo atrás, no vuelvo atrás. El hecho de que Cristo está activamente intercediendo a favor nuestro es una razón para nosotros permanecer en la fe.
Satanás crea a veces en un hermano una urgencia artificial. Perdóneme: una culpabilidad artificial. Es que te envuelve en una nube de insatisfacción, en una nube de pecado, en una situación donde tú dices: yo no puedo ser cristiano, realmente yo no soy cristiano. Llegas a dudar de tu fe. Pero saber que el Señor está activamente intercediendo, hermano, es algo que entusiasma la militancia. Frecuentemente, cuando un creyente piensa volver atrás, vuelve atrás a causa del pecado. Él dice: yo he cometido pecado, lo cometí ayer y lo cometeré mañana, ¿entonces qué va a pasar conmigo? Lo que está pasando contigo es que tú tienes un sumo sacerdote que permanentemente está intercediendo a favor tuyo, mediando, buscando el mejor de tus intereses. La presencia del Señor, hermano, es una razón para retener nuestra fe.
Recuerdo dos momentos. Recuerdo el momento en que Adán pecó en el Edén. Yo lo recuerdo con entusiasmo, hermano, pero debió haber sido un asunto insoportable. Adán tenía comunión con Dios, pero cuando pecó dice que se escondió. Y a pesar de que estaba escondido, el Señor vino y lo buscó: «Adán, ¿dónde estás tú?». «Tuve miedo y me escondí». Inmediatamente el Señor vino, sacrificó y le vistió. Hermano, le restauró. Este que está buscando por nosotros está buscando nuestro mejor interés. Recuerdo a Moisés cuando subió a la presencia del Señor y descendió, y el pueblo inmediatamente había hecho un ídolo. ¿Saben qué hizo Moisés? Destruyó el ídolo, hizo que se lo comieran, e inmediatamente subió de nuevo a interceder a la presencia del Señor. Así es nuestro Dios. Hay gente que tiene una imagen de Dios que Satanás cultiva en su mente: que el Señor está como buscando, «mira, pecó, y ya estás condenado». No.
Cuando tú pecas, hermano, el Señor inmediatamente está buscando tu mejor interés, tu restauración. El sumo sacerdote, si me pongo a pensar, es verdad que estaba entre el pueblo y Dios, pero estaba a favor del pueblo, fue constituido a favor del pueblo; él tenía que llegar a sentir el dolor del pueblo, él tenía que sentir la contrición del pueblo. Lo que hace Satanás cuando hemos pecado es pretender mostrar eso como si fuera algo definitivo. No deje, hermano, que la caída le defina. «Ah, pero ese es cristiano, ¿y cómo cayó en pecado?». No hay diferencia: el cristiano puede pecar, hermano, pero no se entrega al pecado, no practica el pecado; sobre todo, pues, tenemos un sacerdote.
Un sacerdote que está intercediendo a favor de todos nosotros. Lo que hace Satanás es pretender que nuestra condición haga imposible venir al trono: «¿y así, y así tú vas para la iglesia? ¿Y así tú estás pensando ir? ¿Y así tú pretendes ir a la presencia del Señor?». Hermano, venga, venga, que el trono es el trono de la gracia. «Acercaos confiadamente», dice el Señor. Lo que hace Satanás es que cometas un pecado y él te comienza a ganar con una mala conciencia: «eso no vale la pena, yo no debo ir para la iglesia». Alguno puede pensar: yo no voy, yo voy a dañar ese lugar. Él es incorruptible, hermano. Ahí está el temor de que los pecadores se sienten en la congregación de los justos; hermanos, nuestro Señor tocaba a los leprosos y no se contaminaba.
Es que él es incorruptible; o sea, tus pecados no se le pueden transferir. No es posible que tal cosa suceda, no hay esa posibilidad. Dice el mismo libro de Hebreos en el capítulo 12: despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia. Hermano, el pecado es como un peso muerto, y tenemos un sumo sacerdote que frecuentemente nos descarga. Oye, hermano, ¡qué satisfacción es sentir esa libertad de conciencia! Tus pecados han sido perdonados. Qué gozo da eso, hermano, qué entusiasmo; tú dices: guau, me quitaron la pesada carga. Recuerdo el Salmo 32. El salmista, David, menciona en el Salmo 32 la escuela que hace el pecado. Decía él:
Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.
— Salmo 32:1
Bienaventurado. Por eso da deleite tener un sumo sacerdote, porque el sumo sacerdote hace eso.
Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad.
— Salmo 32:2
Uf, interesante. No dice «el hombre que no comete iniquidad», sino «el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad».
Y en cuyo espíritu no hay engaño. Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día.
— Salmo 32:2-3
El pecado te envejece. Y este no tenía un gran sumo sacerdote.
Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano.
— Salmo 32:4
El asunto comienza a cambiar en el versículo 5:
Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado.
— Salmo 32:5
Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado; ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él. Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; con cánticos de liberación me rodearás.
— Salmo 32:6-7
Por eso tenemos un gran sumo sacerdote, hermanos, porque nuestro sumo sacerdote frecuentemente hace eso a favor de nosotros, y podemos sentir nuestra libertad. Ilustro esto. Hay un autor cristiano que me gusta recomendar, sobre todo a las personas que están luchando para pagar deudas. Es un hermano que se ha dedicado a asesorar a las personas acerca de vivir una libertad financiera. Hablo de libertad financiera, no en el sentido humano que se entiende de este concepto, sino de una persona que no tiene deudas, una persona a la que no le están llamando de los lugares para que pague, una persona que no tiene cuatro tarjetas en diferentes estados. Se llama Dave Ramsey. Y algo que él hace en un programa para que las personas paguen sus deudas —no es un asunto ni un sortilegio de «ah, el Señor, tu deuda está paga», no— es que te enseña: primero tienes que tener control de esto, tienes que tener un presupuesto.
Y cuando las personas pagan sus deudas, las graban en video, hermano. Y la persona enseña en un cartel cuánta deuda pagaron, y gritan: ¡somos libres! Frecuentemente aparecen familias con niños pequeños y ponen «libres de deudas, libres de deudas». Hermano, es la satisfacción de saber: guau, ya no tengo este peso muerto. La deuda es un peso muerto. Es una familia que quizás por primera vez comienza a soñar que puede llegar a tener un proyecto familiar, que puede comprar alguna propiedad, que puede caminar con algo de honorabilidad en medio de la sociedad porque no la están buscando. Si eso es por nuestra deuda física, por nuestra deuda financiera, hermano, ¿qué de la deuda de nuestro pecado? Cuando nuestro sumo sacerdote, una vez al año, entraba al santuario y salía, el pueblo decía: somos libres, hermano.
El Señor propició, el Señor perdonó, el Señor de nuevo nos hizo aceptos. Es sentir que por un momento tus pecados han sido borrados y hay paz entre tú y Dios, y puedo comenzar nuevos proyectos espirituales. Por eso, hermano, tenemos un gran sumo sacerdote.
Se compadece de nuestras debilidades
Dice el versículo 15:
Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.
— Hebreos 4:15
Muestro ahora, hermano querido, que él se identifica real y profundamente con nosotros. Tengo que explicar y clarificar lo que significa compadecerse. Hay quien puede hacer de «compadecerse» un sinónimo de justificar: «he cometido pecado, Señor». «No, eso no importa, el pecado, eso son cosas del pasado». Eso no es compadecerse.
No es reducir el pecado ni tolerarlo. Lo que significa compadecerse es unirse a nosotros en nuestro dolor a causa de él. Cuando el Señor dice que se compadece de nuestro pecado, no está diciendo que justifica nuestro pecado o que niega nuestro pecado. El Señor se siente profundamente desairado por tu pecado, pero al mismo tiempo se compadece de tu dolor. Y eso parece una contradicción, porque ¿cómo podemos encontrar un Dios que al mismo tiempo odia el pecado, pero al mismo tiempo me invita a que me acerque confiadamente, que se compadece de mí? Eso se llama misericordia, y los hombres hasta cierto punto podemos experimentarla, pero en Dios eso es perfecto. ¿Cómo los hombres podemos experimentar ese tipo de misericordia?
Para poner un ejemplo: no he visto ninguna estadística, pero yo infiero que muchos de los pacientes que llegan al hospital traumatológico doctor Darío Contreras llegan en condición de embriaguez. Llegan muy golpeados, pero muy probablemente también borrachos como una uva. Y cuando lo reciben en el Darío Contreras, a pesar de que llega borracho y todavía en su estado etílico no ha entendido lo que ha pasado, comienzan a atenderlo, por su misericordia. Cuando el Señor te dice que se compadece de tu pecado, es lo mismo que pasa en este sentido: no estamos justificando tu borrachera, estamos diciendo que tú tienes la dignidad que tienen los seres humanos y por eso te podemos atender. El Señor está diciendo: yo te amo, y porque te amo puedo dejar por un lado tu pecado y al mismo tiempo rescatarte. Es quizás el amor que llega a tener un padre cuyo hijo, a causa de su pecado, ha llegado a una deplorable condición, y en vez de darle el golpe final, lo que el padre hace es acercarse.
Cuando dice aquí que tenemos un sumo sacerdote que se compadece por nosotros, hermano, no estamos hablando de un Dios que justifica nuestra maldad, que justifica nuestro pecado. Estamos hablando de un Dios que a pesar de eso nos recoge. Me recuerda al Señor cuando vio a Jerusalén y lloró por el estado de Jerusalén. Él estaba relativamente lejos, hermano querido, pero lloró sinceramente. Dice:
Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz!
— Lucas 19:41-42
En otro momento dijo que quería reunirlos como la gallina reúne a sus polluelos. Él dice que estaban perdidos como ovejas que no tenían pastor.
El Señor no estaba en estos momentos justificando los pecados de Israel; el Señor lo que estaba era sintiendo una genuina compasión respecto de la situación de ellos. No quiero relajar, hermanos, el hecho de que nuestro Señor rechaza el pecado. Pero tengo que mostrarles que la única persona con la cual usted puede tener una conversación abierta respecto de su pecado es Jesús. No lo dude, hermano querido: para nuestro Dios no hay pecado alguno que pueda escandalizarle como nos escandalizamos nosotros. Siempre se les recomienda a las personas que, cuando tengan mala conciencia y necesiten atender un asunto espiritual, busquen a un líder cristiano, busquen a un pastor, porque se esperaría que haya cierta confidencialidad, cierta disposición a no darte el golpe final, sino a mostrarte misericordia, que no necesariamente la media de los cristianos la muestra.
Ahora, yo quiero mostrarle que no hay un lugar más agradable para usted hablar acerca de su falta que la presencia del Señor. Lo que le quiero mostrar con esto, hermano querido, es que puede llegar a la presencia del Señor y hablar de tu pecado, hablar de tu maldad. Hay hermanos que no quieren confesar su pecado porque piensan que van a ofender a Dios. Generación tras generación que han pasado sobre la tierra, hermano querido, los ojos de nuestro Señor ya han visto muchas cosas. ¿Entonces piensa usted que a nuestro Dios le pasa como a los hombres, que se escandaliza de lo que le hablan? Cuando dice la escritura que muy limpios son sus ojos para ver el mal, no le están diciendo eso. Hermano, no, no, usted no avergüenza al Señor. Entienda que Dios es santo, sí.
Pero no es como si Dios, hermano, no hubiera visto ya la maldad, no la conociera y no la hubiera medido. Generación tras generación, creyente: usted no es el primero que lidia con ese pecado específico, y usted no es el campeón de los pecadores. Ha habido más grandes y más pequeños que usted, y algunos de ellos han sido consumidos por su pecado. O sea, no piense que nuestro Dios tiene un entendimiento ajeno acerca de lo que estamos luchando. Él conoce el pecado por su nombre. Si hay alguien a quien nosotros podemos venir, realmente es él. Todo ser humano quiere a alguien que sienta compasión por él, alguien que me entienda. Hay veces que las personas me dicen: «¿tú puedes entenderme?». Yo le digo: mira, yo creo…
O sea, hasta cierto punto yo puedo entender tu situación, pero la verdad, hermano, es que no, no puedo entenderla profundamente. Tu nivel de aflicción solamente hay una persona que puede entenderlo, y esa persona es tu gran sumo sacerdote. Solamente él puede realmente entender la necesidad, solamente él puede entender la insatisfacción, solamente él puede entender, hermano, nuestra verdadera necesidad. Dice que él la puede entender a causa de haber experimentado completamente nuestra debilidad, tanto en variedad como en profundidad. Miren, a veces uno ha sido tentado a tal punto que puede sentir las huestes de tinieblas luchando con uno; pero no ha habido hombre alguno que haya soportado tal nivel de hostilidad como nuestro Señor Jesucristo cuando estuvo en esta tierra.
Si Satanás, a pesar de toda su maldad, hace su mejor esfuerzo, yo creo que con él lo hizo. Cristo en esta tierra, hermano, soportó el mayor nivel de intensidad que se pueda sentir en la tentación, y por eso está capacitado para rescatarnos a nosotros. Hay cierta idea de que él no puede entendernos. A mí me emocionó un párrafo que hay en el libro de C. S. Lewis que se llama Mero cristianismo, acerca de la capacidad que tiene nuestro Señor para entender nuestra necesidad. Dice así Lewis:
Existe la idea tonta de que las personas buenas no saben lo que es la tentación. Eso es mentira. Solo los que han tratado de resistir la tentación saben cuán fuerte es ella. Después de todo, combatiendo en la guerra fue que nos dimos cuenta de lo poderoso que era el ejército alemán, y no por entregarnos a él. Nos damos cuenta del vigor de un viento caminando en contra de él, no agachándonos. El hombre que cede a la tentación después de cinco minutos no sabe cómo hubiera sido después de una hora. Es por ello que, en un sentido, los malos es poco lo que saben de la maldad, porque no han tenido que resistir. Nunca sabremos la fortaleza del impulso malvado que hay dentro de nosotros hasta que tratemos de combatirlo. Y Cristo, puesto que fue el único hombre que nunca cedió a la tentación, es también el único hombre que sabe por completo lo que significa la tentación; es el único que puede ser completamente realista.
— C. S. Lewis, Mero cristianismo
Si hay alguien que sabe de la dimensión del pecado, es él. Si hay alguien que ha sufrido estos fuegos cruzados y combinados de la maldad, ese es él, hermano. Al ser tentado en todo y sin pecado, Cristo tiene un conocimiento cabal de nuestra naturaleza, hermano; él conoce los rinconcitos de nuestro ser interior. Cristo tiene un conocimiento cabal del pecado, de su mecanismo, sus límites y sus intensidades. Cristo tiene también un conocimiento cabal de cuáles son nuestras necesidades. Hermano, uno no sale del pecado solamente evitándolo; uno sale del pecado, primero, luchando contra él, y por otro lado buscando la provisión del Señor, y él sabe cuál es nuestra correcta provisión. Tú no vas a tener victoria sobre el pecado por tus propios medios; tú vas a tener victoria porque, por un lado, vas a resistir, y por otro lado te dejarás proveer por el Señor, y él es el que sabe lo que realmente le da satisfacción a tu alma.
En cada área de tu vida en la que estás luchando contra el pecado, hay un área donde Satanás está tratando de proveerte por medios ilegítimos, pero Dios tiene tu correcta y legítima provisión. Solamente el Señor sabe lo que le dará a tu alma descanso, sosiego y satisfacción. Cuando eso suceda, será imposible, hermano, que en esas áreas Satanás te pueda proveer. Solamente él conoce tu verdadera necesidad. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.
Quiero invitar a la iglesia a que se anime a tener conversaciones abiertas con el Señor a causa de su pecado. Señor, yo vengo a tu presencia, yo quiero decirte también de esa área de mi vida en la que estoy siendo frecuentemente avergonzado. Estoy seguro, Señor, que tú experimentaste también tentación, y tú puedes enseñarme, Señor, cómo hacerlo; pero al mismo tiempo, enséñame, Señor, cuál es tu legítima provisión, cómo tú quieres satisfacerme. Satanás te enseña que no hables de eso con el Señor. Hable, hermano, de su necesidad, que él no se avergüenza.
Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia
Y es el versículo 16 con el cual termino, y es que nos da una nueva perspectiva acerca del trono de Dios. Dice: acercaos, pues —dado que él te conoce, dado que él luchó y venció, dado que él sabe no solamente con lo que tú estás luchando sino dónde necesitas ser satisfecho—, acercaos, pues.
Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.
— Hebreos 4:16
Aquí nos está haciendo, hermano, una invitación a que vengamos. Acercaos, pues: vengan, vengan. Cuando uno ha cometido pecado, uno no quisiera acercarse, pero él te está diciendo: ven. Y el trono no es el trono del juicio: es el trono de la gracia. Que el trono de un Dios poderoso se llame el trono de la gracia, eso es emocionante. El trono y el rey mismo llegan a marcarse con su personalidad y con su carácter. A una que quizá no tomó las mejores decisiones la llamaban Juana la Loca. A otro lo llamaban el Tonto, el Simple. Otro fue llamado el Sabio. O sea, que la gracia defina el trono de forma tal que podamos decir «es el trono de la gracia», hermano, nos dice el nivel de misericordia que se ha tenido, el nivel de paciencia que se ha tenido. Que el trono de Dios, del Dios justo, se llame el trono de la gracia, hermano, nos dice qué es lo que más frecuentemente allí aparece.
Acercaos, pues, confiadamente. No huyan de él, acérquense a él, al trono de la gracia, se les dice. Es una invitación a venir. Hay hombres en la antigüedad, hermano, que quisieron acercarse al trono de la gracia y no supieron cómo. Hay hombres en la escritura que llegaron a anhelar poder tener libre acceso al trono de la gracia del Señor y no lo lograron. Job, por ejemplo, ignoraba cuál era su condición, y aun ignorando su condición decía:
¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios! Yo iría hasta su silla. Expondría mi causa delante de él, y llenaría mi boca de argumentos. Yo sabría lo que él me respondiese, y entendería lo que me dijera. ¿Contendería conmigo con grandeza de fuerza? No; antes él me atendería. Allí el justo razonaría con él; y yo escaparía para siempre de mi juez. He aquí yo iré al oriente, y no lo hallaré; y al occidente, y no lo percibiré.
— Job 23:3-9
Job anhelaba, hermano, poder tener acceso al trono de la gracia, y no sabía cómo. Entre otros personajes en Job, Eliú aparece al final, después que hablan todos, y ¿hacia dónde manda Eliú a Job? Precisamente…
Él le dice que se acerque al trono de la gracia. Le decía Eliú a Job:
Si tuviese cerca de él algún elocuente mediador muy escogido, que anuncie al hombre su deber; que le diga que Dios tuvo de él misericordia, que lo libró de descender al sepulcro, que halló redención; su carne será más tierna que la del niño, volverá a los días de su juventud. Orará a Dios, y éste le amará, y verá su faz con júbilo; y restaurará al hombre su justicia.
— Job 33:23-26
Uno lee eso y dice: ¡guau! ¡Si encontrara un elocuente mediador! Acercaos, pues, confiadamente al trono de la gracia, al trono de este que es verdaderamente un elocuente mediador. Acercaos, acercaos. Ellos, los antiguos, anhelaron poder tener acceso al trono de la gracia, y es lo mismo, hermano, que cualquier persona de la antigüedad quisiera.
Cuando Israel corría peligro, Ester tenía miedo de acercarse al trono del rey Asuero, porque ese no era el trono de la gracia. Cuando a Ester se le dijo que tenía que ir donde Asuero y presentarse, ella dijo: hace tiempo que él no me ha mandado a buscar. Y si alguien se aparece delante del estrado del rey sin que el rey lo haya mandado a buscar, yo sé lo que me corresponde. Mardoqueo dijo: Ester, proceda, porque quizá para esto la puso ahí el Señor. Y saben lo que dijo Ester: por favor, oren todos por mí.
Hermano, acercarse a un trono tan poderoso, usted no sabe lo que es. Pero este es el trono de la gracia. Ester, hermanos, rodeada de una atmósfera de adoración y dependencia del Señor, fue allá al trono de Asuero; y cuando llegó, el rey Asuero la vio, hermano, y extendió su cetro. Y ella tocó la punta, y él dijo: ¿qué es lo que estás pidiendo? ¿Qué quieres que te demos? Hasta la mitad del reino. Alcanzó el trono de la gracia, hermano, pero ella no lo sabía, estaba corriendo riesgo. A nosotros nos mandan al trono de la gracia, pero no nos dicen «vayan a ver lo que les sale», no. Acercaos confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. La promesa, hermano, es que nos va a ir bien.
Cuando se acerque al trono de la gracia, confíe que le va a ir bien. El Señor extenderá su cetro, usted lo tocará, y él le dirá: ¿qué quieres, hijo mío? Señor, el pecado me está asediando; yo siento que no aguanto una semana más; Señor, si tú no me rescatas, yo creo que muero. Acercaos confiadamente al trono de la gracia. Mis hermanos necesitan saber que hay un trono de la gracia, que hay un sumo sacerdote; porque si piensan que van a vivir su vida cristiana por sus propios medios, temprano fracasarán. Pero acércate confiadamente, hermano; a esta le dijeron: ten misericordia, ¿qué es lo que tú quieres? Pide cualquier cosa. Es una promesa del Señor. Nuestra confianza está en que es una promesa del Señor.
Nuestra confianza no está en que me voy a acercar por mis méritos. Hay personas que no han venido a Cristo porque están pensando dejar unos pecados atrás. Dicen: yo estoy esperando resolver ese asunto en mi vida, y cuando resuelva ese asunto, entonces vengo a Cristo. Hermano, usted no vendrá al trono de la gracia y será acepto por sus méritos. Somos aceptos en el trono de la gracia por la promesa del Señor. «Yo no te dejaré ni te desampararé», dijo el Señor. Acercaos confiadamente: hallarán gracia, y también gracia para el oportuno socorro. Lo que nos acerca, hermano, no es mérito. Me emociona la palabra «socorro»: el Señor sabe que estamos corriendo peligro. No es consejería lo que venimos a buscar al trono de la gracia.
Señor, si tú no extiendes tu cetro, tu vara, en este momento muero. Lo que vamos a alcanzar es socorro, y ese socorro, hermano, es oportuno. Mi Dios tiene sentido de oportunidad. Hay un hermano que dice: yo estoy a punto de caer, si el Señor no me sostiene, resbalo. Entienda que cuando tú te acercas al trono de la gracia, su socorro es oportuno. Un rey inoportuno, hermano, no sirve de nada. De hecho, Absalón cambió durante cuatro o cinco años —no recuerdo si cuatro o cinco— el corazón del pueblo de David hacia él. Lo que hacía Absalón era que se paraba; él sabía que el pueblo era muy grande y que el rey no podía atenderlos a todos, y lo que hacía Absalón es que cuando las personas venían a buscar el consejo, la misericordia, el socorro del rey, él se paraba en la puerta de la ciudad y le decía: hijo mío, ¿a qué has venido?
Ven, que yo te atiendo. Y durante años estuvo Absalón haciendo esto, y así volcó el corazón del pueblo, del rey legítimo hacia él. Es que los reyes humanos, hermano, no dan abasto para dar el oportuno socorro; por eso nosotros tenemos uno grande, hermano, que está en el trono. Él ha prometido que lo encontraremos, hermano, y no hay nadie que haya venido al trono de la gracia y que haya sido defraudado.
Termino mostrando cómo nosotros podemos acercarnos, cuáles son las formas que el Señor nos ha dado. La primera manera que el Señor nos ha dado, hermano, es la oración sumisa y dependiente. Cuando ore al Señor, no ore como los filósofos, hermano; ore como el que necesita socorro. Imagínese usted a la reina Ester viniendo al trono de Asuero de una manera inoportuna: «oh, excelentísimo rey, vengo a tu presencia…». No: Señor, yo estoy aquí porque necesito socorro. Acérquese confiadamente, hermano; por su oración manifieste dependencia y confianza en el Señor. Dice Jeremías 33:3: clama a mí, y yo te responderé. La oración, hermano, es una manera de buscar socorro en el trono de Dios. Ya no es un trono físico, hermano; él está sentado a la diestra del Padre, pero él dice que nos escucha: clama a mí, y yo te responderé.
Le sigue, hermano, la lectura de la palabra. De hecho, los versículos 12 y 13 igualan la palabra a su presencia. Dice el 12: «porque la palabra de Dios es viva y eficaz»; y después dice el 13: «y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia». O sea que la palabra y su presencia él las iguala a la misma cosa. Cuando usted pasa tiempo en la palabra del Señor, usted está teniendo tiempo en su presencia; usted está teniendo cercanía, intimidad con Dios. En la palabra el Señor frecuentemente nos socorre.
Quiero invitar a que cultivemos un compañerismo cristiano, pero que apunte a Cristo. Qué desesperante es tener una conversación con un creyente acerca de una aflicción y que la conversación se quede al nivel terrenal: consejos humanos, asuntos prácticos, experiencia. ¿Pero en qué momento vamos a apuntar al trono de la gracia? Debe llegar un momento en que uno diga a los otros hermanos: pero ven, vamos a orar al Señor, vamos a buscar el trono de la gracia. ¿Cómo va a ser que las conversaciones cristianas, que se espera que sean conversaciones piadosas, sean siempre las mismas cháchara de los hombres, donde estamos hablando «¿está bien? ¿está mal? yo creo que sí, yo creo que no»? Tenemos el trono de la gracia. Un creyente debe tener la autoridad espiritual de decirle a su hermano: camina, vamos juntos, yo te llevo.
Acerquémonos confiadamente; que nuestras conversaciones cristianas sean conversaciones que nos conduzcan al trono de la gracia. Hermano, cultivemos la presencia del Espíritu Santo. Tenemos que deleitarnos en él, buscarlo, hermano, sentir su dirección; el Espíritu Santo nos va dirigiendo. Y algo en lo cual, hermano, necesitamos reforzar —uno de esos asuntos que uno establece y se cae de nuevo— es tener vida devocional. Esto frecuentemente es llamado un altar. Es un altar personal, porque el altar, hermano, era donde se hacían sacrificios al Señor. Lea la palabra del Señor en voz alta en su casa, acérquese al Señor en su palabra, que también es su presencia, permita que el Espíritu Santo le dirija, tenga fibra espiritual. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. Hermano, quien encuentra el oportuno socorro es quien se acerca confiadamente.
Oremos al Señor. Para que esto, que es su deseo de mediar por nosotros, sea no solamente una posibilidad para nosotros, sino una realidad diaria. Oro al Señor por cada uno de ustedes. Ay, Señor, te exaltamos a ti como el más grande. Padre, qué emoción es saber que tú eres nuestro y que tú estás allí, en el trono del cual sale la misericordia, el oportuno socorro. Padre, mira a mis hermanos que están sintiendo el asedio del pecado. Mira a mis hermanos, Señor, que están sintiendo el asedio del mundo. Mira a mis hermanos, Señor, contra quienes las huestes del infierno están luchando, buscando su caída. Padre, permite que el trono de la gracia… Ay, Señor, nos protejamos corriendo hacia ti, no corriendo de ti.
Hermano, con sus ojos ahí cerrados, hermano querido: si hay alguien que todavía no tiene un gran sumo sacerdote, este es su momento para venir al Señor. Si aquí hay alguien que ha escuchado la aplicación de la palabra y el Señor le ha permitido tener contrición por su pecado, tristeza, desesperación, no, hermano, no es la voluntad del Señor que vivas cargando los pecados; te van a secar, como dice el salmista, tus huesos van a envejecer mientras calles. Confiesa tu pecado delante del Señor y vendrá sobre ti saciedad, vendrá sobre ti paz, limpia conciencia ante el Señor, la libertad, y dirás: soy libre, soy libre. Hermano, con sus ojos cerrados: dice la palabra del Señor que a quien el Hijo liberta, será verdaderamente libre.
¿Hay aquí alguien que quiere sentir libertad? Las puertas del Señor están abiertas. Es tan sencillo como que ores ahí a él, que te acerques confiadamente y le digas: aquí estoy, Señor, extiende tu cetro sobre mí, que sea alcanzado yo con misericordia. Ay, Señor, perdona mis pecados, expía mis pecados y también mándalos lejos al desierto, como hacían los sacerdotes antiguos. Quiero orar por mi iglesia. Hermano, si el Señor ha permitido que hoy escuches su palabra, él te está llamando también a ti, no lo dudes. No es la voluntad del Señor que luchemos por nuestros propios medios, sino que vengamos frecuentemente al trono de la gracia. No es la voluntad del Señor que permanezcas un año, siete meses, tres, ni siquiera un día fuera de su presencia; la voluntad del Señor es que te acerques confiadamente.
Su socorro es oportuno. Ay, Señor, atiende a cualquiera de mis hermanos que esté aquí hoy presente; que puedan, Señor, sentir lo oportuno del rey al cual ellos están sirviendo, del sumo sacerdote que está en tu presencia. Ay, Señor, alcanza hoy a mis hermanos con libertad de conciencia; permite que salgan de aquí, Señor, con una actitud diferente, Señor; que lo que antes los había avergonzado, hoy los llene de honra. Permite, Señor, que encontremos en ti socorro. Socorro, Señor, socórrenos, Señor, socorro. Esta iglesia local, Padre. Mira de manera especial a mis hermanos que están tomando talleres de membresía o que se preparan, Señor, para tomar los talleres de membresía. Socórreles, Señor, socórreles, Señor; enséñales que cuando pecaron, Señor, ya tú habías provisto; enséñales, Señor, que tú estás mediando por nosotros, Señor, que siga fluyendo rica gracia del trono del oportuno socorro. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Cristo.
Que el Señor les guarde, hermanos queridos. Nuestro ministerio de alabanza nos despide con una canción, para que podamos tener, hermano, tiempo de limpia conciencia en la presencia del Señor.