Evangelio de Lucas, capítulo 12. Estaré leyendo desde el versículo 13 y hasta el 21. Es la parábola del rico insensato. Este es un texto reiterativo en mi predicación y en mi vida diaria; vuelvo a él frecuentemente. Me doy cuenta porque mi Biblia está muy rayada, como que vuelvo y rayo las mismas cosas. Durante todo el mes he estado compartiendo encuentros con Jesús, y este también es un encuentro. Sin embargo, es un encuentro particular, donde un hombre hace una pregunta y el Señor responde y comparte una parábola.
Dice así la Sagrada Escritura, en el libro de Lucas, capítulo 12, del versículo 13 en adelante. Le dijo uno de la multitud —o sea, el Señor estaba enseñando y aparece un hombre en la multitud y hace una pregunta.
Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia. Mas él le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor? Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.
También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes.
— Lucas 12:13-18
Y sigue:
Y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios.
— Lucas 12:19-21
Leo de nuevo ese versículo: y diré a mi alma, alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Repósate, come, bebe, regocíjate. Y aquí entonces viene el cierre: pero Dios le dijo, necio, esta noche vienen a pedirte tu alma.
Pueden sentarse, mis hermanos. Es un texto corto, es un texto claro, no amerita mayores explicaciones para entenderlo. Hay porciones de la Escritura que no necesitan mucha explicación; lo que necesitan es una decisión, sobre todo del creyente. Hay textos donde no hace falta que el predicador se ocupe en ayudarte a entender lo que Dios te está pidiendo. Si puedo ocuparme hoy de algo, es de ayudarte a que te sientas implicado en el texto, que tú puedas decirte a ti mismo en tu corazón: yo soy ese hombre, y que puedas tomar hoy una decisión que salve tu vida.
Y hablo de la salvación en el sentido más inmediato del término. Aquí hay una solicitud impertinente que dio lugar a una parábola corta que cierra con una exhortación que podría salvarte la vida. Hablo de la vida completa. No salvarte la vida como que estés seguro en la eternidad, sino salvarte la vida desde ahora, hoy mismo.
Salvación también de la intrascendencia
Salvación no es solamente la liberación del castigo eterno; es al mismo tiempo la liberación de una vida intrascendente y de una existencia insignificante. Cristo no solamente vino a salvarte del castigo eterno, él también vino a salvarte de tus temporalidades. Y un cristiano, cuando entrega su vida a Cristo, no solamente está entregando su vida a Cristo a partir de que muera y entre a la vida eterna. La vida eterna comenzó desde ya.
Yo quiero mostrarle a la iglesia que no basta con ser salvo de la muerte; también es necesario ser salvado de la intrascendencia. Y que decirnos a nosotros mismos que estamos seguros para la eternidad en Dios mientras ocupamos nuestras existencias en trivialidades es negar la realidad de nuestra salvación. Cristo no solamente quiere que tú tengas esperanza para después de la muerte, también quiere que tú vivas esta vida de una manera diferente. Eso es salvación completa, eso es salvación plena; no solamente un asunto para el futuro, es un asunto para el presente. De hecho, yo estoy predicando esperando que tú tomes una decisión hoy que te salve de la intrascendencia.
Aquí hay un hombre que hace una pregunta, y así mismo dividí el texto: una solicitud impertinente, una parábola, y también la comparación entre la parábola y lo que estaba sucediendo en el corazón del hombre.
La solicitud impertinente
Comenzaré con la solicitud impertinente. El Maestro está enseñando, ¡y qué enseñanza! El Maestro está hablando a la multitud de cosas que son trascendentales. El Maestro está mostrándole al pueblo cómo pueden relacionarse personalmente con el Hijo del Hombre. El Maestro está hablando respecto de la persona del Espíritu Santo y del peligro de la blasfemia contra el Espíritu Santo. El Maestro le está mostrando al pueblo cómo nosotros podemos ser dirigidos por el Señor y por el Espíritu Santo.
Y en medio de este discurso elevado, excelso, aparece un hombre a hablar de trivialidades. En medio del discurso más sustancioso se levanta uno entre la multitud: «Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia». Aquí hay una solicitud impertinente, y es impertinente por más de una razón, comenzando porque no se está hablando de eso.
El Maestro está teniendo misericordia de una multitud completa, de forma tal que no desperdicie su vida, y este hombre interrumpe al Maestro no para hablarle de lo que el Maestro está enseñando, sino para hablarle de lo que es evidentemente el centro y el corazón de toda su existencia. El problema que a mí me agobia de verdad en este momento no es ser dirigido por el Espíritu Santo. El problema que a mí me agobia de verdad en este momento no es ni siquiera relacionarme correctamente con el Hijo del Hombre. De hecho, en este momento no tengo interés alguno en la persona del Espíritu Santo ni en lo que significa la blasfemia contra el Espíritu Santo. Yo lo que quiero es que usted me ayude a que mi hermano parta la herencia conmigo. Esa es mi necesidad.
Probablemente tú te sientas muy lejano a la solicitud del hombre, pero mi tarea hoy como predicador es implicarte, mostrarte que su impertinencia probablemente se parezca también a la tuya. Así como este hombre no respeta momento ni lugar para hablar de sus necesidades más secundarias, del mismo modo podemos nosotros como creyentes ocupar nuestras vidas en temporalidades superficiales y rogar con necesidad, ardor y hambre por las cosas que realmente no tienen valor eterno.
Es evidente que su preocupación primordial —a tal punto de que trae el tema delante de una multitud— es su tema de herencia. Él dice: pero es que si mi hermano partiera su herencia conmigo, de verdad que yo podría entender, Maestro. Maestro, yo quiero seguirte, pero el problemita que yo tengo ahora mismo, que yo necesito que tú me soluciones, es que en mi familia hay un tema de herencia; cuando ese tema de verdad se solucione, entonces yo voy a estar completamente disponible para atender todo lo que estás enseñando. Wow, está interesante, pero mire, es que realmente yo estoy ahora mismo con una necesidad.
Se llama impertinencia. Yo creo que el pueblo de Dios está lleno —y hablo con gracia, hermano, porque hablo más de mí que de ti— está lleno de creyentes impertinentes. Reclamando cosas secundarias, buscando minucias, cosas que no tienen realmente significado ni valor eterno. Asuntos que de aquí a pocos años no tendrán significado alguno, y que cuando estemos en la presencia del Señor nos avergonzaremos de haber gastado nuestras vidas persiguiendo ese tipo de cosas.
Características del creyente impertinente
Hermano, yo no dudo de tu salvación; yo lo que quisiera es que tú no desperdicies tu vida. No dudo de que tú has sido comprado a precio de sangre. El asunto donde está mi preocupación es que podamos seguir viviendo como si estuviéramos muertos, como si no tuviéramos esperanza de vida eterna en el Señor.
¿Cuáles son las características de los creyentes impertinentes? Son aquellos que abordan a todo el mundo con asuntos sumamente secundarios. El Señor le está enseñando a la multitud, a todos ellos, cosas profundas, y yo quiero que atiendan mi asuntico particular. Ese es mi tema. Ay, hermano, la vida no se trata de ti ni se trata de mí: se trata de Él. Y mientras tanto, nosotros tratamos de llevar todo el ministerio de Cristo para que se trate de mí, de mi existencia, de mi particularidad. Estamos perdiendo el tiempo.
Es verdad que el Señor nos ama y tiene un cuidado particular e individual sobre nosotros. Pero mi necesidad particular no es más importante que la necesidad de una multitud. Mi tema de herencia no puede ser lo que distraiga la atención del Maestro. Son aquellos que exageran la importancia de sus necesidades como si la vida se tratara de ellos. Ay, que eso no podemos hacerlo porque yo tengo una necesidad ahora mismo. ¿Y realmente es tan importante tu necesidad? Compara tu necesidad con la abundancia que hemos encontrado en Cristo, y dime si realmente es tan importante. Es que tú no me entiendes, porque tú no tienes lo que yo tengo: mi hermano se está cogiendo el dinero de la familia para él solo. Tú no entiendes lo importante que es eso. No, no es tan importante con relación a lo que Cristo está haciendo en medio de nosotros.
De hecho, este hombre estaba absolutamente seguro de que eso era lo que él necesitaba. «Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia». La herencia, en el mundo antiguo y de los judíos principalmente, era un tema complicado, legal, donde el hermano mayor tenía unos derechos particulares; si él no era generoso, si no era una persona que tuviera un corazón piadoso, tenía el permiso de ser hasta abusivo. Él está diciendo: mi hermano está abusando de mí, ¿tú no entiendes? Bueno, en eso gasta uno su existencia: en reclamar derechos, en que se nos atienda una injusticia, cuando el Señor está haciendo cosas mucho más grandes y significativas en medio de nosotros.
Pedir lo superficial teniendo a Cristo delante
Esta persona tiene al Señor delante, y en el Señor hay abundancia para nuestras necesidades más profundas. El Señor le ofrece lo más profundo, pero en vez de pedir por la cosa más profunda, pide por la cosa más superficial. Si tú tuvieras a Cristo ante ti en este momento, ¿qué tú le pedirías? Por mi salud, por un viaje que quiero hacer, por mi casa. ¡Ay, hermano! Cristo es nuestra vida y Él quiere ser el centro de nuestra existencia. Y nuestras oraciones anuncian las superficialidades de nuestro corazón.
Revisa por qué estás orando. Yo te animo, hermano, a que revises tus oraciones. Si tú estás orando al Señor como le oraría una persona a cualquier brujo, hechicero o milagrero en esta tierra, probablemente estás perdiendo tu tiempo de oración. Si lo que Cristo te puede responder a ti es lo mismo que una persona le pediría a cualquier otro hombre, probablemente estás desaprovechando la oportunidad de interactuar con Cristo. Viajes, salud, que me cuiden mis hijos, que me den el trabajo, que se dé el negocio que estoy buscando, que la propiedad se venda. Hermanos queridos, ese es el grueso de nuestras oraciones. Parecería que eso es sintomático y representativo de cuál es el estado de nuestro corazón.
Si tú puedes interrumpir el discurso del Maestro para pedirle que vaya donde tu hermano e interceda por ti por un bien material, has perdido toda la oportunidad de haber conocido a Jesús. Uno ve a este hombre y le dice: pero tú no sabes ante quién tú estás. Tú estás ante aquel que no te vino a resolver unos pesos familiares, por los cuales ni siquiera tú trabajaste, que es la herencia familiar. Tú estás ante aquel que realmente es el único que entiende cuáles son las necesidades de tu corazón y el único que te puede satisfacer profundamente. Le estás pidiendo por una superficialidad, hermano. Y ahora me predico a mí mismo y te predico a ti.
Son creyentes que ignoran olímpicamente los asuntos importantes y van vendidos detrás de los secundarios. Recuerdo una vez, hace unos diez años, cuando la iglesia estaba en la Francisco Prats Ramírez. Había unas personas que visitaban la iglesia. Yo estaba predicando la Palabra del Señor y vi a una persona muy interesada en lo que yo estaba predicando; cada palabra que salía del predicador, esta persona miraba y miraba alrededor. Y yo decía: no, pero definitivamente Dios está obrando.
Yo le decía una cosa y él la oía y miraba alrededor. Y cuando me acerco, él me dice: «Wow, pastor, mire, yo desde que vine me doy cuenta de que todo lo que usted dice, el audio, no rebota. Cuando usted predica, esos paneles realmente funcionan, y yo tengo un consultorio donde yo quisiera poner paneles de ese tipo, y veo que no desentonan con el color». Mano, perdóname la expresión, pero yo quería darle con una silla.
Yo creo que Él quiere que hablemos de Cristo, yo creo que Él quiere que hablemos de lo que se está predicando, de la Palabra, y él está sumamente interesado, con un ardor en su corazón, respecto del funcionamiento de la acústica en el lugar de reunión, y quiere que yo le responda a su pregunta: ¿quién fue que hizo los paneles acústicos?
¡Qué nivel de ridiculez tenemos nosotros, hermanos, cuando estamos atendiendo los asuntos secundarios teniendo acceso a aquel que realmente entiende nuestra vida y que puede satisfacernos plenamente! ¿Cuál es la respuesta del Señor? «Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?». No es a eso que yo he venido. ¡Impertinente! De hecho, no se lo dijo directamente, pero se lo dijo en la parábola, porque para él fue la parábola. Le dijo: necio. Falto de entendimiento, falto de toda sensibilidad, falto de toda pertinencia. Tú estás interactuando conmigo y me vienes a preguntar por los paneles acústicos. Tú estás dentro de la multitud e interrumpes el flujo de las cosas que pueden traer tanta edificación para la vida de la gente, para atender minucias.
¿Quién me ha puesto a mí como juez o partidor? Yo no soy un abogado, eso no tiene relevancia alguna. Pareciera que el Señor no respondió, pero respondió, y le respondió bien. Evidentemente, al Señor le fue desagradable la actitud de este hombre. Y yo creo, hermano, que estamos sirviendo al mismo Señor y probablemente nosotros entendemos que el problema grande es que mira, yo todavía no tengo mi casa, mi carro, el trabajo de mi vida.
Guardaos de toda avaricia
Toda avaricia. Recuerden, hermanos, que este texto es reiterativo en mi predicación, y cuando volví ahora al texto lo que me llamó la atención es la expresión «toda avaricia», de forma tal que nos está mostrando que la avaricia es un tema complejo. Está la avaricia superficial, secundaria, aquella avaricia caricaturizada, y un creyente dice: no, yo no tengo problemas con la avaricia, con esa avaricia. Pero el Señor está diciendo: guardaos de toda avaricia.
La avaricia es un pecado complejo que requiere que usted lo venza hoy y que, con la ayuda del Señor, lo vuelva a vencer mañana. Y si usted pierde esta actitud de alerta, si no tiene cuidado de toda avaricia, la avaricia de nuevo lo va a consumir y va a perder su existencia. Y usted va a ser salvo, hermano, pero ¡qué salvación! Señor, aquí estoy. ¿Y qué hiciste para mí en la tierra? Señor, mira, yo llegué a tener dos casas, cuatro carros, yo dirigí las instituciones más grandes, yo tuve un gran salario, Señor. Hermano, la vida no se trata de eso.
Hermano, ¿de qué usted va a hablar con el Señor? Yo le pregunto: usted va para el cielo, ¿de qué usted va a hablar con Él? ¿Cuál va a ser su tema de conversación? Aquí está el Señor, ya esto es en su presencia. He vencido, estoy en Él, soy salvo, es verdad. Pero, ¿de qué le hablo? Ay, hermano, cuando tengamos su presencia, nosotros nos vamos a reprender a nosotros mismos de que nuestra existencia temporal se consumió, se gastó en cosas que realmente no tenían valor. Porque cuando uno mide lo que es la eternidad, y cuando uno mide lo que es Cristo con relación a nuestra existencia temporal y a lo que es nuestra vida sin Cristo, nos damos cuenta de que no tiene significado ni valor alguno.
¿Qué somos nosotros, hermano? ¿Cuántas generaciones han vivido en esta tierra antes que nosotros? Y si Él no ha venido, ¿cuántas van a vivir después? Nuestra vida no es tan importante como nosotros entendemos que es. La única razón por la cual nuestra vida es importante y significativa es porque está en algo mucho más grande, que se llama Cristo. Y si usted no vive para Cristo, está perdiendo su existencia.
Guardaos de toda avaricia. Avaricia: amor al dinero. Y es más que una caricatura. Es un ardor, un deseo, una ansiedad, una insistencia por cualquier bien material con la expectativa de que en eso encontraremos lo que solamente en Cristo podemos encontrar. Eso es avaricia. Avaricia es ardor, desesperación, algo que te consume, que tú dices: ay, todavía no lo he conseguido, pero si lo consigo, ay, si se me da. Eso es avaricia.
Es acariciar asuntos materiales, verlos desde afuera y decir: ahí es que está, mira si lo consigo. Ya tú has conseguido unas cuantas cosas, estás pleno. Yo los conozco a todos ustedes, ya han conseguido unas cuantas cosas. Yo les pregunto: ¿y cómo va su corazón? ¿Ha crecido como han crecido sus bienes? ¿Cómo va su gozo? ¿Cómo va su paz? ¿Realmente han conseguido sosiego? No, pero mira, si consigo el otro que viene después de eso, ahí sí. Eso es avaricia: es algo que no se satisface, es un círculo vicioso. Nuestra satisfacción está en Cristo, y Cristo estaba ante este hombre, pero él sigue buscando en Cristo las cosas secundarias.
Las formas sutiles, sofisticadas de avaricia son las formas más peligrosas. A ese hombre que se describe ahí, hermano, yo lo veía y decía: yo con facilidad soy ese hombre. Yo lo veo a él y me veo a mí. Usted puede ser ese hombre y no sentirse arrepentido, y decir: ¿qué de malo tiene tener bienes? ¿Y qué de malo tiene tener graneros? Este hombre, hermano, parece un modelo imitable. No aparece aquí como un hombre particularmente perverso. El hombre de la parábola no aparece como un impío, prevaricador, entregado al mal. Ni siquiera aparece como un hombre desconsiderado que anda haciendo daño. No, era un hombre rico. El daño grande que había era que no era rico para con Dios. Ese era el problema. Ese era el detalle.
¿Han visto ese rico de los muñequitos, que siempre piensa en hacerle daño al pobre, en quitarle a los otros, en quitarle el granero al vecino? No era el granero del vecino: él lo sembró. ¿Cómo sucede, hermano? Usted siembra, usted cosecha, y usted cada vez quiere sembrar más grande. Él estaba haciendo la tarea de vivir que estamos haciendo todos nosotros. Usted está hoy en un trabajo y quiere hacer su trabajo bien, para que después le den un ascenso, y después que le dan el ascenso, hacer otro trabajo y hacerlo bien. Usted está hoy viviendo alquilado y quiere tener su casa propia. Un granero más grande. Buscar graneros más grandes es la tarea en la cual consume su vida la generalidad del ser humano.
Las formas sutiles de la avaricia
Y eso no es necesariamente pecaminoso. Ninguno de ustedes está pensando: yo estoy pensando en hacer un granero más grande. En su trabajo, todos somos echados para adelante, queriendo cada vez cosas más grandes, cosas más significativas. El asunto es cuando todo se trata de ti; ese es el único problema.
Guardaos de toda avaricia, en sus formas más sutiles también: esos deseos intensos por cosas materiales, aunque sean cosas legítimas. Buscar seguridad, buscar derechos, buscar experiencias, abrir puertas para tu familia. Siempre les hablo de Lin-Manuel Miranda y del musical Hamilton, que es mi favorito. Pero el primer musical de Lin-Manuel Miranda no era sobre Hamilton, era sobre los latinoamericanos. Y uno de los personajes decía: yo quiero abrir puertas para mi familia, yo voy para Estados Unidos porque yo voy a asegurarme de que mis hijos tengan oportunidades, yo me voy a romper trabajando. Sin Dios, ellos no serían nada. Que el Señor tenga misericordia de ellos, es lo que te puedo decir.
Yo no tengo tanto problema, hermano, con ustedes. Me preocupan más los hijos de ustedes. Porque están creciendo muchachos que desde los quince años ya están llenos de avaricia. No, es que yo no le llamo avaricia, no es dinero. Pero ¿por qué es que tú quieres que él estudie en esa universidad? ¿Por qué te importan tanto sus calificaciones? ¿Por qué esa ansiedad por la nota? ¿Y por qué ese colegio y no el otro? ¿Por qué esos amiguitos y no los otros amiguitos? Padres que andan buscando para sus hijos las oportunidades de estudio, hasta con quién se relacionan y hasta con quién se van a casar. Se llama avaricia: entender que en eso está el futuro de nuestros hijos. Ese es un asunto muy latinoamericano, y ahí voy al musical de Lin-Manuel Miranda: es la vida de los latinos. Para nosotros, la familia es nuestra representación.
Y si la familia está mejor de lo que estaba antes, entonces lo logramos. ¿En qué sentido está mejor que antes la familia? Poner nuestra confianza en los bienes. Dice este hombre para sí: y pensaba dentro de sí, diciendo, ¿qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: esto haré, derribaré mis graneros y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes. Y diré a mi alma: alma… Esa conversación interna, hermanos, todos la tenemos. Eso que tú tienes contigo mismo, cuando tú dices: no, yo miro para atrás y realmente he llegado lejos, tú no sabes de dónde yo vengo. Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate.
El Señor está reprendiendo al hombre. Él dice: eso es lo que tú piensas que estás consiguiendo a través de tu herencia. Si tu hermano parte la herencia contigo, entonces tú vas a tener reposo. Si tu hermano parte la herencia contigo, entonces vas a tener comida, vas a tener deleite y recreación, te vas a regocijar. Okey, tú quieres tus regocijos fuera de mí. Nuestro gozo, nuestro regocijo y nuestra seguridad no dependen de dónde otro venga; eso es lo que el Señor está diciendo.
Formas sutiles de avaricia. Esta me da duro, hermano: cuando uno condiciona su servicio a Dios a un nivel de comodidad, tranquilidad o seguridad. Y cuando se ha logrado eso: ahora sí, Señor, ¿qué era lo que tú querías que yo hiciera?
Yo agradezco al Señor tener en mis manos amigos piadosos, queridos, gente que ama el servicio del Señor. Y hablaba con un amigo que se parece mucho a mí, porque los dos tenemos mucho interés y ardor por las cosas de Dios, y al mismo tiempo tenemos interés en los negocios, en el mundo comercial —yo creo que él hasta un poco más que yo. Y mientras hablábamos decíamos: pero es que tenemos niños pequeños, matrimonios jóvenes, hay que proveer para los nuestros. Y decíamos: si lográramos tal cosa. Y yo le decía a él: ¿y qué sucedería si realmente se me da ese proyecto? Durante seis meses no me vean en esa empresa y me dedico a hacer la obra de Dios.
Y él me respondía con palabras similares. Y después que terminé de hablar con él, me sentí reprendido. O sea, que hacemos la obra del Señor siempre y cuando nuestra cuenta corriente alcance un punto. O sea, que si ya tenemos el año con el pago hecho, Señor, ahora sí. Si ya se pagó el colegio, ahora sí. Si ya compramos la casa, si ya le quitamos los rueditos al carro. ¿Sabes? Yo no estoy muy disponible ahora mismo porque yo tengo un niño pequeño; deja que los muchachos se pongan un chin más fuertes. ¿Y qué sabes tú lo que te está diciendo el Señor?
Es condicionar: mira, Señor, tú me vas a entender, tú vas a ver, yo te lo voy a explicar y tú me entiendes. Es que yo en este momento tengo que proveer para los míos, yo estoy muy cansado, estoy muy ajetreado, y cuando yo logre eso… ¿Y qué es lo que va a lograr? ¿Sabe qué es lo que sucede? Que cuando el granero se llena, se rompen los graneros y se hacen graneros aún más grandes. Esa es la vida y esa es la existencia.
Y todo eso, hermano, parece tan legítimo y tan responsable. Wow, pero mire, ese es un hombre que provee para los suyos, él tiene cuidado de sus hijos, de su esposa. Es una mujer sabia, ella entiende que en este momento no está muy disponible para servir a Dios porque tiene que estar atendiendo lo que realmente es prioritario. ¿Cuál es la prioridad? Buscar primeramente el reino de Dios y su justicia; las demás cosas serán añadidas. Ese es el paradigma de un cristiano. Mi problema no es que ustedes no sean salvos; mi problema es que gasten su vida como la gasta el mundo.
Nadie cree que tiene avaricia, porque todo el mundo tiene un referente de avaricia que es más grande que la propia. No, es que yo no tengo tanto… Esa es una manera de disculparse: tú haces un estándar muy alto de lo que sí sería avaricia. Avaricia sería estar lleno de joyas, con el pecho cruzado, una medalla grande. Avaricia sería un carro deportivo, o dos. Avaricia sería vivir en una casa que tenga cinco baños. Eso sería avaricia.
Lo mío no, lo mío son mis gustos, mis necesidades. Uno lo que quiere es tener las cosas básicas. ¿Y qué es lo básico? Esa es una manera de entregarse a la avaricia: poner un estándar demasiado alto, de forma tal que tú siempre lo cumples. Y después, cuando tú quieras superarlo, haces que el estándar sea aún más alto. Siempre habrá gente que tenga más avaricia que tú. Por eso el Señor te está diciendo: cuidado de toda clase de avaricia, no solamente de la avaricia más desbordada, sino también de la avaricia que parece más legítima y hasta ingenua. Esa avaricia también. Ay, porque uno no puede tener ni su casita. ¡Es igual! Primero Cristo, hermano, después las otras cosas.
Vivir es mucho más que poseer
Dice el Señor que vivir es mucho más que poseer, «porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee». El término vida en la Escritura es más que existencia física. Vida es un término riquísimo. Vida incluye existencia, satisfacción, seguridad, descanso.
Lo que te está diciendo es que tu descanso no depende de cuántos bienes tú tienes. Tú puedes tener muchos bienes y no tener descanso. Te está diciendo que tu seguridad no depende de tus bienes. Tú puedes tener todos los bienes del mundo y estar inseguro. Te está diciendo que tu tranquilidad, que tu satisfacción, no depende de eso. Mira que yo estoy insatisfecho porque yo no tengo tanto como tiene fulano; si yo tuviera lo que fulano tiene, hace rato que yo hubiera…
Me decía alguien que fue a la casa a hacerme un trabajo: «No, pero mire qué bien se ve, la otra casa que yo tenía tenía un patio. Yo con un patio como este no doy un palo más. Siembro cuatro matas de plátano y que la mujer salga a trabajar y que traiga el salami. Con eso vivimos». Paradigmas. Yo tengo eso, entonces lo logré. Y después que tienes eso, a veces el Señor te avergüenza dándote eso. Y cuando tú lo tienes, te das cuenta: okey, ahora algo más grande.
El monólogo del hombre rico
Piensa un poco, hermano, implícate. Nadie piensa que tiene avaricia hasta que entiende. Cuidado de toda avaricia. Nadie entiende que se está comportando como un impío hasta que dice: pero mi vida y la vida de la gente con la cual yo comparto, que no tienen a Cristo, es lo mismo. Estamos detrás de la misma cosa, detrás de nada, buscando siempre algo más que brilla, luchando por el ascenso, luchando por el trabajo, luchando por el negocio, luchando por pagar la hipoteca, luchando por el colegio. ¿Cuál es la diferencia?
Qué triste que de tu salvación solamente tengas lo que viene después de la muerte. Vas a ser salvo, pero sin gozo. ¿Para qué? Yo te salvé y tú sabías que estabas salvo, ¿y por qué seguías viviendo como si estuvieras perdido? Yo te salvé y tú sabías que tenías esperanza de vida eterna, ¿y por qué vivías como si la vida se tratara solamente de los próximos veinte años? Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma.
En la parábola hay un personaje: la heredad de un hombre rico había producido mucho. Él ya era rico antes de que la heredad produjera mucho más. Lo que te está mostrando es que esto no tiene límites, hermano. No se satisface nunca. Nunca. Con relación a lo que la media de ustedes tiene ahora mismo, ustedes son riquísimos. Con relación a su ambición y expectativas, son todavía pobres.
Lo que está mostrando el Señor es que este hombre ya era rico. No es que va a ser rico ahora; este no es un nuevo rico, este es rico desde antes. La heredad de un hombre rico había producido muchísimo y él no sabe qué hacer. Su actitud no es necesariamente pecaminosa; no nos dice que fuera ostentoso, vanidoso, malvado, nada de eso. De hecho, un cristiano se muestra así y parece un buen ejemplo: es un hombre previsor. Usted lee el libro de Proverbios y parece que así es que hay que vivir. No es un hombre perezoso, no es un hombre indolente; él tiene cuidado de sus graneros.
Wow, mire, es un buen ejemplo, yo quiero ser así. Ahora, ¿cuál es su actitud? Él está envuelto en un ensimismamiento, ese monólogo interno. ¿Cuáles son las preocupaciones que emergen? ¿Qué es lo que sube? Ponle a tu preocupación un baremo de cinco años. ¿Realmente eso es tan importante como parece? Pónselo de cincuenta, pónselo de quinientos. ¿Están pensando, hermanos, que uno es la única criatura en esta tierra que puede vivir así, pensando en bloques de quinientos años? ¿Qué será mi existencia en los próximos quinientos años? Nosotros sí podemos pensar así.
La ansiedad que tienes ahora mismo: no, se me está perdiendo la vida, ya me puse viejo. Wow, hermano, tú estás viviendo como viven los mortales. Tus temporalidades te están consumiendo. Ensimismamiento: está pensando en mí. Falsa seguridad: dice «muchos bienes tienes guardados para muchos años».
Ese seguro que tengo ahora, ese sí. Yo puedo atenderme donde quiera; yo cojo un avión, a mí me atienden en los mejores hospitales de todo el mundo. Ustedes pueden recibir el mejor diagnóstico en cualquiera de los mejores hospitales de este mundo, ese es el asunto, pero su vida está en la mano de Dios. En cualquier hospital de este mundo le van a decir cómo usted se va a morir; eso se lo dice cualquier ser humano. Ahora, ¿cuándo se muere? Eso lo tiene Cristo en su mano. No, mira, a mí la cosita mínima, yo voy, me hago mi chequeo. Todo eso es verdad, usted puede tenerlo todo. Esa falsa seguridad. Ahora sí, me siento seguro.
Hay unos que piensan que ya lograron mudarse del barrio. No, ya yo no estoy en el barrio; para llegar a mí hay que pasar una puerta, otra puerta, otra puerta y otra puerta. Y todavía hay gente que está durmiendo tranquila en el barrio del cual usted salió. El término es la futilidad: algo que no tiene trascendencia alguna.
Te pregunto, hermano: ¿qué tú harías si realmente tuvieras muchos bienes? ¿Te dirías a ti mismo: reposa, come, bebe, regocíjate? ¿O dirías: sirve a Cristo, ahora sí, dale, este es tu momento? Tú decías que no servías a Cristo porque estabas muy atareado; dale ahora.
La reprensión: necio
A mí me decían: mira, Rafael, tú tienes en este momento que priorizar tu patrimonio. Me enseñaron la vida: de tal año a tal año, tal cosa; de tal año a tal año, tal otra. ¿Saben qué yo hice? Seguí priorizando a Cristo. No: cuando yo tenga disponibilidad, entonces ahora sí. Ahora que tú entiendes que te cuidas, ahora que tú entiendes que tú eres tu dios, ahora que entiendes que tu futuro está en tus manos, entonces ahora sí estás disponible para servir al Señor. No, no me lo pidan ahora mismo, que ahora mismo estoy priorizando otras cosas. Vienen a pedirte tu alma, es lo que te están diciendo.
La reprensión, hermano, la parábola: este hombre debió haberla sentido para él. Y siéntela tú también. Interesante que el Señor no le habló directamente a él; la parábola se la dio a la multitud, pero él está en la multitud. ¿Cuál es la reprensión? «Pero Dios le dijo». Interesante. Tú puedes tener muchos bienes, mucha seguridad y todas las cosas, pero tu vida está en las manos de Dios. Pero Dios le dijo. Él hablaba consigo mismo y se regodeaba consigo mismo. Entonces, esa es tu conversación, ¿y qué dice Dios sobre ti? ¿Qué opina?
Pero Dios le dijo: necio. Falto de entendimiento. Necio, una palabra durísima. Tu pastor te está diciendo que tú puedes ser salvo y seguir siendo necio. Que tú puedes ser una persona que tenga realmente la realidad de la salvación, pero que en tu día a día tu salvación no se sienta. Que todavía los deseos desbordados de tu corazón, la avaricia en todas sus formas —de toda avaricia—, probablemente te estén dominando todavía.
Porque somos seres humanos. Y es imposible vivir en esta tierra, donde todo el mundo está siendo presa de la avaricia, sin correr la carrera por la cual el mundo está corriendo. Esa no es tu carrera; eso es lo que tengo que recordarte. Tú tienes una carrera diferente, tú tienes un estándar diferente, tú tienes un baremo que es distinto.
Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma. Está hablando de la muerte, del destino eterno. «Y lo que has provisto, ¿de quién será?». ¿Para qué te sirvió? Se lo va a llevar otro. ¿No temes que un día te vas a ver simbólicamente desnudo en la presencia de tu Dios? Y aquel que te compró a precio de sangre, tú tendrás que ver su rostro.
Ser rico para con Dios
Cuando tú le veas, él te va a decir: yo sé en qué tú gastaste; no confiaste tanto en mí. Si hubieras confiado en mí un poco más, quizá hubiera hecho con tu vida algo más significativo. Si hubieras confiado un poco más en que yo era tu gozo, que yo era tu seguridad, que yo era tu vida, probablemente hubieras priorizado las cosas que realmente tenían valor.
El Señor, en el versículo 21, no fustiga el hecho de tener tesoro. Fustiga el hecho de no ser rico para con Dios. Él no está diciendo aquí: es un pecado tener tesoro. No. La reprensión no es sobre el tesoro, es sobre la actitud hacia los bienes. «Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios».
¿Has pensado, hermano, que usted va a llegar al cielo y el patrimonio se reinicia? ¿Y tú, qué tienes? Nada. Porque yo solamente llené los graneros temporales. Hay gente que se va de esta tierra como rico y llega allá como pobre. Hay gente que se va de aquí como pobre y llega allá como rico.
Hay una actitud, hermano, donde quiero detenerme: ser rico para con Dios. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que tienen los ricos? ¿Cuál es la actitud que el Señor está señalando? Yo conozco unos cuantos. A ti te conozco, tú eres rico. No, tú no sabes lo que es ser rico. Ahí está la avaricia, ahí está.
¿Qué es lo que tienen los ricos? Primera cosa: que son industriosos. La gente más adinerada en esta tierra, sobre todo aquel que es rico en actitud —no estoy hablando de personas que heredaron fortunas, sino de personas que hicieron bienes, que hicieron fortunas—, industriosos todos. Testifico que todos los clientes ricos que yo he tenido, que he conocido por dentro de sus empresas y he visto las interioridades de sus empresas, puedo testificar a favor de todos ellos.
No te puedo decir que sean buenos, no te puedo decir que sean malos; te digo que industriosos son. No son personas que andan perdiendo el tiempo. Industriosos. Esa capacidad de hacer.
Recuerda, hermano, que para los millennials ya no son los ricos de antes. El referente antes era Bill Gates; ahora es Elon Musk. A Bill Gates ya los muchachos no lo conocen. Parte del asunto de este hombre es que es absurdamente rico. Y él dice que él dormía en una gigafactory de Tesla. Él dormía ahí. ¿Qué hace usted durmiendo ahí? «No, es que yo tengo que dar un ejemplo a mis trabajadores, que yo estoy comprometido con la visión de esta empresa y que queremos sacar tantas unidades por mes». Eso era en el 2018, hermano, y realmente yo creo que lo logró. Decía: yo no voy a mi casa, yo duermo aquí mismo. Eso es lo que tienen los ricos: industriosos.
Ahora yo te pregunto, hermano: ¿eres industrioso para con Dios? No, no, pastor, yo tengo compromisos en mi vida. La gente siempre usa al pastor como ejemplo: es que usted es pastor y este es su trabajo, pero el mío no, yo tengo otra cosa. Hermano, servir a Cristo no se lo dieron a los pastores. Que Cristo sea la prioridad en tu vida, el Señor no se lo pidió solamente a los pastores. Este versículo de que el que milita no se envuelve en los negocios de la vida, la gente dice: que lo vivan los pastores así. No. ¿O no fue Cristo quien lo tomó a usted por soldado?
¿Qué tienen los ricos? Industriosos, hermano. Tú deberías ser industrioso para con Dios. Esa capacidad de esforzarte, de lanzar cosas. Ese tesón. Un cliente muy antiguo, de mis primeros clientes, ya es un señor envejeciente. A su empresa le damos un servicio, y él viene y me saluda, y siempre me hace la misma broma. «Oh, Rafael Pérez, usted siempre, su negocio». Y yo le digo: no, yo lo veo a usted, que usted siempre está aquí temprano y se va tarde. Y es verdad. Y se rió y se fue.
Y yo pensé: ¿verdad? Industrioso. Un señor ya muy mayor, pero él sigue llegando temprano a su negocio, como pasando revista, mirando esto allí, aquello allá, cada cosa en su lugar. Industriosos son. Ay, hermano, yo te pregunto: ¿tú eres industrioso para con Dios? No, yo soy buen estudiante, tremendo profesional, en mi negocio sí, ahí sí yo le doy. ¿Y para con Dios?
¿Qué tienen los ricos? Los ricos son previsores. Ellos saben que esos graneros están explotando y que hay que hacerlos más grandes. Hermano, ¿tú tienes ese nivel de previsión? Mira, yo creo que tenemos que anticiparnos, la obra de Dios está caminando, debe avanzar. Tener esa previsión de lo que el pueblo de Dios necesita. Un granero más grande. No vamos a dormir esperando que suceda el asunto. Industriosos son, y al mismo tiempo son previsores. Siempre viven mirando, atendiendo los detalles. Tú debes interesarte en la causa de Cristo, es lo que te estoy diciendo. Interésate, involúcrate, implícate.
¿Qué tienen los ricos? Tienen ambición. La gente piensa que los ricos trabajan por dinero. No es dinero. Llega un momento en que el dinero ya no satisface. Cuando usted tiene las cosas básicas, ya el dinero no importa. Lo que importa es la ambición, el deseo de cada vez cosas más grandes.
Hace tres domingos no estuve en la iglesia, estuve predicando en un campamento de jóvenes, y le oraba al Señor que me diera la carga de transmitirle a ese grupo de muchachos cristianos el hecho de tener ambición espiritual: desear hacer con nuestra existencia temporal grandes cosas, que no se nos esfume la vida en las mismas trivialidades en las cuales se consume la vida del común de los hombres. Te transmito a ti lo mismo, hermano. Ten ambición espiritual, deseo de hacer cosas para Dios.
Esa ambición es la que hace que un rico derribe un granero y lo haga de nuevo. El pobre dice: no, esos graneros, esos bultos los están rompiendo. ¿Sabe qué está pasando por la mente del rico? Lo importante es asegurar el grano; mañana hago diez más. Ambición se llama eso, ese deseo de hacer cosas. No solamente preservar lo que tengo; el rico dice: vamos a hacer cosas más grandes. Rico para con Dios. Ambición espiritual le llamo a eso. Que haya algo en ti, un plan.
Me río, hermano, de que ahora todo el mundo es un emprendedor. Todo el mundo tiene un plan de negocio en el corazón. ¿Y tú qué vas a poner? Una generación atrás todo el mundo quería ser un gran empleado de una empresa. En este momento, eso está complicado, porque todo el mundo tiene un plan de negocio en el corazón.
¿Y tú qué vas a hacer? No, yo estoy esperando el capital, estoy esperando la oportunidad, yo estoy casi lanzando mi emprendimiento. Hermano, ¿qué hay en tu corazón para Dios? Los ricos tienen planes, proyectos, iniciativas. Yo no conozco ningún rico que se conforme. Y los ricos que he conocido que sí se conforman, realmente no lo son: a veces el patrimonio no lo trabajaron, no se esforzaron. Para una gente que se ha esforzado, se vuelve eso casi un vicio: hacer cosas cada vez más grandes. Una cosecha más grande, un granero más grande, y cada vez más. En lo espiritual: rico para con Dios. Son arriesgados, son competitivos.
El evangelio en la parábola
¿Cómo se ve el evangelio, hermano, en esta parábola? El evangelio es la buena noticia de que Cristo ha suplido la necesidad más apremiante que tiene todo ser humano. Lo que usted no podía comprar con trigo, lo que no podía comprar con carro, lo que no podía comprar con casa, era la salvación de su alma, y Cristo ya proveyó eso.
Ay, pastor, yo tengo deudas; desde que yo pague mi deuda, usted va a ver que para Cristo yo voy a vivir. La deuda que tú no podías pagar, ya la pagó. Ese es el evangelio. El evangelio es la buena noticia de que aquella cosa que tú estás buscando a través de medios secundarios y terciarios, ya Cristo la ha suplido en ti. Y si realmente tú entiendes el evangelio, tú entiendes que la única cosa que yo no podía comprar, la única cosa que no podía adquirir, ya me la dio Cristo. Lo que un seguro internacional no me podía dar. Paz con Dios.
Tú no estás buscando un carro que tenga más botones; tú estás buscando paz con Dios. Tú no estás buscando una mujer más joven; eso no es. Tú lo que estás buscando es paz con Dios. Tú no estás buscando tener un físico. La necesidad apremiante que hay es esa; todo lo demás es secundario y son distracciones. La gente piensa: cuando yo tenga el patrimonio, cuando tenga el reconocimiento público… Solamente Dios satisface la necesidad del corazón del hombre. ¡Es paz con Dios!
Este hombre no necesitaba una herencia de su hermano; él lo que necesitaba era paz con Dios. Y si realmente él llegara a acariciar, a saborear, a disfrutar lo que es paz con Dios, probablemente le dijera al hermano: manito, cuando tú quieras; o si tú quieres, o si no quieres. Ya yo soy rico, ya estoy enriquecido, estoy satisfecho. Oye, fulano ya dejó de venir a preguntar por la herencia.
Hace mucho que no viene, ¿qué fue lo que pasó? Consiguió una herencia más grande. ¡Eso es el evangelio! Si realmente tú has entendido el evangelio, el evangelio es la buena noticia de que Cristo perdonó tu pecado de forma tal que tú tienes paz con Dios. Si tú has entendido el evangelio, tú podrías dedicar tu vida a un propósito mucho más alto. Hay gente que tiene el evangelio, pero todavía no ha entendido el evangelio, no ha asumido el evangelio.
El evangelio reorganiza nuestras vidas de forma tal que tengan valor desde aquí y hasta la eternidad. El evangelio no solamente es para la eternidad; el evangelio también es para la existencia temporal. Si realmente tú has entendido, si te has adentrado, si has gustado el evangelio, tú dices: ¿por qué? Ya yo estoy pago. Podemos arrancar desde hoy. ¿Y todavía? Sí, hoy mismo, ya tú estás pago.
Le hablo en este momento a personas que han sido salvas y compradas a precio de sangre. Lo único que tiene valor desde aquí hasta la eternidad es la salvación de tu alma. Hay experiencias que en esta tierra nosotros no vamos a poder vivir, pero nos está reservada una existencia de experiencia. Vivamos esta vida para la gloria del Señor desde hoy; no esperes a mañana.
Pastor, ¿por qué tú estás predicando esto? Porque veo con tristeza cómo mis hermanos consistentemente priorizan las cosas secundarias y postergan las cosas que realmente importan. Oro al Señor para que Él no solamente te recuerde tu salvación, sino que Él reordene las prioridades de tu vida. ¡Necio! Mañana vienen a pedirte tu alma.