Salvación no es solamente la liberación del castigo eterno; es al mismo tiempo la liberación de una vida intrascendente. Cristo no solamente quiere que tengas esperanza para después de la muerte, también quiere que vivas esta vida de una manera diferente. No basta con ser salvo de la muerte; también es necesario ser salvado de la intrascendencia.
Transcripción automática
Este es un texto reiterativo en mi predicación y en mi vida diaria. Vuelvo a él frecuentemente. Es un texto corto, claro, que no amerita mayores explicaciones para entenderlo. Hay porciones de la Escritura que no necesitan mucha explicación; lo que necesitan es una decisión. Si puedo ocuparme hoy de algo, es de ayudarte a que te sientas implicado en el texto, que puedas decirte a ti mismo: yo soy ese hombre. Y que puedas tomar hoy una decisión que salve tu vida, en el sentido más inmediato del término: salvarte no solo para la eternidad, sino desde ahora.
Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia. Mas él le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor? Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? […] Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios.
— Lucas 12:13-21
Una solicitud impertinente
Salvación no es solamente la liberación del castigo eterno; es al mismo tiempo la liberación de una vida intrascendente y de una existencia insignificante. Cristo no solamente vino a salvarte del castigo eterno; también vino a salvarte de tus temporalidades. Un cristiano, cuando entrega su vida a Cristo, no solamente está entregándola a partir de que muera y entre a la vida eterna. La vida eterna comenzó desde ya. Decirnos a nosotros mismos que estamos seguros para la eternidad en Dios mientras ocupamos nuestras existencias en trivialidades es negar la realidad de nuestra salvación.
El Maestro está teniendo misericordia de una multitud completa, enseñando cosas profundas acerca de la persona del Espíritu Santo, y este hombre interrumpe para hablarle de lo que es evidentemente el centro y corazón de toda su existencia: «Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia.» Probablemente tú te sientas muy lejano a esta solicitud, pero su impertinencia quizá se parezca a la tuya. Así como este hombre no respeta momento ni lugar para hablar de sus necesidades más secundarias, del mismo modo podemos nosotros como creyentes rogar con necesidad, ardor y hambre por las cosas que realmente no tienen valor eterno.
Yo no dudo de tu salvación; lo que quisiera es que no desperdicies tu vida. Mi preocupación es que podamos seguir viviendo como si estuviéramos muertos y no tenemos esperanza de vida eterna. La vida no se trata de ti ni se trata de mí; se trata de Él. Mientras nosotros tratamos de llevar todo el ministerio de Cristo para que se trate de nuestra particularidad, estamos perdiendo el tiempo.
Guardaos de toda avaricia
Yo te pregunto: ¿cuáles de tus oraciones serán significativas de aquí a los próximos tres mil años? Cuando estemos en la presencia del Señor, ¿cuáles de nuestras inquietudes de hoy tendrán significado? Revisa por qué estás orando. Si lo que Cristo te puede responder es lo mismo que una persona le pediría a cualquier brujo o milagrero, probablemente estás desaprovechando la oportunidad de interactuar con Cristo. Viajes, salud, que me cuiden mis hijos, que se dé el negocio. Y ese es el grueso de nuestras oraciones.
El Maestro responde: «Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?» Y después: «Guardaos de toda avaricia.» Lo que me llamó la atención es la expresión «toda avaricia», pues nos muestra que la avaricia es un tema complejo. Un creyente dice: «Yo no tengo problemas con la avaricia, con esa avaricia.» Pero el Señor está diciendo: guardaos de toda avaricia. La avaricia es un pecado complejo que requiere que lo venzas hoy y que con la ayuda del Señor lo vuelvas a vencer mañana.
Avaricia es ardor, desesperación, algo que te consume. Ya has conseguido unas cuantas cosas. ¿Cómo va tu corazón? ¿Ha crecido como han crecido tus bienes? ¿Cómo va tu gozo, tu paz? «No, pero si consigo el otro que viene después, ahí sí.» Eso es avaricia: un círculo vicioso. Las formas sutiles y sofisticadas de avaricia son las más peligrosas. El hombre de la parábola no aparece como un impío ni como un hombre desconsiderado que anda haciendo daño. Era un hombre rico cuyo daño grande era que no era rico para con Dios.
Los graneros más grandes
Buscar graneros más grandes es la tarea en la cual consume su vida la generalidad del ser humano. Eso no es necesariamente pecaminoso. Querer cada vez cosas más grandes es lo que hacemos todos. El asunto es que ese deseo ha escrito tanto de ti que se ha convertido en tu único interés. Guardaos de toda avaricia, también en sus formas más sutiles: esos deseos intensos por cosas materiales, aunque sean cosas legítimas. Buscar seguridad, buscar derechos, buscar experiencias, abrir puertas para tu familia. Me preocupan más los hijos de ustedes que ustedes mismos, porque están creciendo muchachos que desde los quince años ya están llenos de avaricia.
«Y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate.» Esa conversación interna, todos la tenemos. El Señor está reprendiendo al hombre: eso es lo que piensas que estás consiguiendo a través de tu herencia. Hay una forma sutil de avaricia que me da duro: cuando uno condiciona su servicio a Dios a un nivel de comodidad, tranquilidad o seguridad. «Cuando se logre esto, ahora sí, Señor, ¿qué era lo que tú querías que yo haga?»
Hablaba con un amigo y decíamos: si se me da el proyecto, durante seis meses no me ven en esa empresa y me dedico a hacer la obra de Dios. Después de hablar, me sentí reprendido. ¿Hacemos la obra del Señor siempre y cuando nuestra cuenta corriente alcance un punto? Cuando el granero se llene, se rompe y se hacen graneros aún más grandes. Esa es la vida y esa es la existencia. ¿Cuál es la prioridad? Buscar primeramente el reino de Dios y su justicia. Las demás cosas serán añadidas.
Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma
Ponle a tu preocupación un baremo de cinco años. Realmente, ¿es tan importante como parece? Ponle de quinientos. Nosotros somos la única criatura en esta tierra que puede vivir pensando en bloques de quinientos años. Las temporalidades te están consumiendo. Falsa seguridad: «Muchos bienes tengo ya para muchos años.» Usted puede tener el mejor seguro internacional, pero su vida está en las manos de Dios. En cualquier hospital del mundo le pueden dar el mejor diagnóstico; pero cuándo se muere, eso se lo dice Cristo.
«Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?» Necio, falto de entendimiento. Tu pastor te está diciendo que puedes ser salvo y seguir siendo necio. Que puedas tener la realidad de tu salvación, pero en tu día a día tu salvación no se sienta. Que la avaricia en todas sus formas probablemente te esté dominando todavía. Es imposible vivir en esta tierra donde todo el mundo es presa de la avaricia sin correr la carrera por la cual el mundo está corriendo. Pero esa no es tu carrera.
El versículo 21 no fustiga el hecho de tener tesoro; fustiga el hecho de no ser rico para con Dios. «Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios.» ¿Has pensado que vas a llegar al cielo y el patrimonio se reinicia? Hay gente que se va de esta tierra como rico y llega allá como pobre. Hay gente que se va de aquí como pobre y llega allá como rico.
Rico para con Dios
¿Qué tienen los ricos? Lo primero: son industriosos. Todos los clientes ricos que he conocido por dentro de sus empresas, puedo testificar a favor de todos ellos: industriosos son. Esa capacidad de hacer. ¿Eres industrioso para con Dios? También son previsores. Los graneros están explotando y ya están pensando en hacerlos más grandes. ¿Cuál es tu nivel de previsión para la causa de Cristo? Interésate, involúcrate, implícate.
Tienen ambición. La gente piensa que los ricos trabajan por dinero. Llega un momento que el dinero ya no satisface. Lo que importa es ambición: el deseo de cada vez cosas más grandes. Ten ambición espiritual, deseo de hacer cosas para Dios. Esa ambición es la que hace que un rico derribe un granero y lo haga de nuevo. Tienen planes, proyectos, iniciativas. Todo el mundo tiene un plan de negocio en el corazón. Y tú, ¿qué hay en tu corazón para Dios?
El evangelio reorganiza nuestras vidas
El evangelio es la buena noticia de que Cristo ha suplido la necesidad más apremiante que tiene todo ser humano. Lo que no podías comprar con trigo, lo que no podías comprar con carro ni con casa, era la salvación de tu alma, y Cristo ya proveyó eso. Tú no estás buscando un carro que tenga más botones; estás buscando paz con Dios. Este hombre no necesitaba una herencia de su hermano; lo que necesitaba era paz con Dios. Y si realmente llegara a saborear lo que es paz con Dios, probablemente le dijera al hermano: «Cuando tú quieras. Ya yo estoy rico, estoy enriquecido, estoy satisfecho.»
Si realmente has entendido el evangelio, podrías dedicar tu vida a un propósito mucho más alto. El evangelio reorganiza nuestras vidas de forma tal que tengan valor desde aquí y hasta la eternidad. Le hablo a personas que han sido salvas y compradas a precio de sangre. Lo único que tiene valor desde aquí hasta la eternidad es la salvación de tu alma. Vivamos esta vida para la gloria del Señor desde hoy, no espere mañana. Necio, mañana vienen a pedirte tu alma.