Es el libro de Hebreos, capítulo 13. Estaremos recordando la hospitalidad. Es Hebreos en el capítulo 13 versículo dos, recordando la hospitalidad. Doy un chance para que puedan buscar la Palabra. Libro de Hebreos en el capítulo 13. Recordando la hospitalidad, dice así la Palabra del Señor. Para darle el contexto, leeré el 1 y también el 2, dice así:
Permanezca el amor fraternal. No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles.
— Hebreos 13:1-2
Repito el 2:
No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles.
— Hebreos 13:2
Puede sentarse, mis hermanos. Es un solo versículo, es una sola palabra: hospitalidad. Me he dado cuenta que ya tenemos por costumbre en nuestra iglesia que cuando exponemos la Palabra del Señor siempre exponemos textos muy amplios, y a veces hay tanto por aprender de la Palabra del Señor que uno no sabe por dónde comenzar.
De hecho, una unidad de pensamiento como la que estamos viendo en la serie de Juan, a veces en tres versículos de Juan, hermano, hay tantas ideas en tan poco texto que casi no hay agenda, uno no sabe por dónde comenzar. Hoy tenemos un solo versículo de la Palabra del Señor, una sola palabra clave; la palabra clave es hospitalidad. Y si el Señor permitiera que hoy como iglesia entendiéramos lo que significa hospitalidad y comenzáramos a practicar la hospitalidad, creo que ya hay ganancia.
Hoy no hay mucha distracción, una sola cosa; la cosa es la hospitalidad. La meta es que entendamos qué es hospitalidad y que tengamos algunas buenas razones para hacerlo. Este es uno de los casos donde las palabras van perdiendo el sentido. De hecho, al día de hoy, si usted piensa en hospitalidad y pone en un buscador la palabra hospitalidad, probablemente le hablen de restaurante, probablemente le hablen de hoteles, probablemente le hablen de la atención hospitalaria. Eso es lo que se entiende como hospitalidad. Son estos términos que el cristianismo le legó a la cultura occidental y lo que se entiende por hospitalidad. Los primeros que hablamos de esto en el mundo antiguo fuimos los cristianos.
La iglesia y su historia de hospitalidad
Históricamente, la iglesia del Señor se ha conocido por ser una comunidad hospitalaria. Una de mis pasiones es la historia de la Iglesia, y la historia de la Iglesia está sembrada de la hospitalidad de nuestros hermanos. De hecho, los hoteles comenzaron por el esfuerzo de nuestros hermanos de ser hospitalarios con aquellos que estaban llegando a una ciudad y eran extraños.
Sin embargo, la palabra hospitalidad, de nuevo, tenemos que llenarla de significado para poder entender cuál es el llamado en Hebreos 13 del 1 al 2: “Permanezca el amor fraternal” y luego “no os olvidéis de la hospitalidad”. Comenzaré mostrando que la hospitalidad es una de las partes de lo que se entiende como amor cristiano. En cada iglesia florece algo y otras cosas están por florecer. Recuerdan que veíamos la semana pasada que no es sabio quejarnos de la iglesia del Señor como que no estamos haciendo nada bien. Hay cosas que estamos haciendo bien y otras están en desarrollo.
Yo estaba acostumbrado a que en las entregas de notas ponían la nota por puntos; ahora cambiaron el sistema y en los cursos más pequeños la cosa no tiene puntos del 1 al 100, sino que es: lo domina, no lo domina o está en desarrollo. Anteriormente usted se sacaba 70 o se sacaba 60 o sacaba 90. Al día de hoy: lo domina, no lo domina, en desarrollo. Creo que hoy lo que estamos hablando es una de estas cosas donde, si se nos evaluara, en nuestra iglesia está en desarrollo.
Podemos estar contentos por muchas cosas, pero en otras todavía es la asignatura pendiente en la cual debemos seguir trabajando. Nuestra iglesia se podría destacar en el amor fraternal, sin embargo está en desarrollo lo que no es amor fraternal sino hospitalidad. Y ahora voy al término.
Amor fraternal y amor al extraño: dos alas del mismo amor
De hecho, hay un juego de palabras que el autor de Hebreos utiliza en el capítulo 13. Él dice: “Permanezca el amor fraternal”, un tipo de amor, y después dice: “No os olvidéis de la hospitalidad”. La palabra “amor fraternal” es filadelfos o Filadelfía; de ahí viene el nombre de la ciudad. “Hospitalidad”, el nombre clave de eso, el nombre en el original de esto, es filoxenos: amor al extraño.
O sea que el autor nos está diciendo: en el amor fraterno permanezcan haciéndolo, lo están haciendo bien, pero no se olviden de no solamente amar al fraterno, sino también amar al raro, al extraño, al extranjero, al que no se parece a ustedes. De hecho, casi siempre que se expone este texto se expone hablando de hospitalidad como recibir a la iglesia en nuestra casa, y no se hace la carga del texto. Lo que el autor tiene en mente no es que seamos hospitalarios con nuestros hermanos. No. Lo que el autor tiene en mente es que permanezcamos en el amor fraterno y, al mismo tiempo, que no olvidemos el amor a aquellos que no se parecen a nosotros.
Las dos partes del amor cristiano son estas: una es el amor fraternal y la otra es el amor al extraño, al extranjero, al que no se parece a nosotros. Este consejo tiene dos partes: en el versículo 1, a los hermanos; y en el versículo 2, hospitalidad hacia el extranjero y hacia el extraño. Y esto combina las dos partes como si fueran las dos alas de un pájaro de lo que es amar correctamente.
De hecho, en los talleres de membresía normalmente vamos al libro de los Hechos, al nacimiento de la primera iglesia, y mencionamos que la iglesia se reunía en el templo, en las casas y que tenía favor con todo el pueblo. O sea que el cristianismo nunca ha sido una religión que vive de espaldas a los extraños, a los raros, a los extranjeros, sino que nosotros somos una comunidad hospitalaria que recibe al que no se parece a nosotros.
Nuestra realidad como iglesia: amor fraternal fuerte, hospitalidad débil
Yo veo, y como pastor, hermano, no puedo predicar la Palabra del Señor como si fuera un filósofo que estoy lanzando al aire; entiendo cuáles son las actitudes que aquí están floreciendo y cuáles son las que están en desarrollo. Y una actitud que está en desarrollo es amar al que no se parece a nosotros. Ustedes no lo notan, pero yo me pongo en el lugar de una persona que visita nuestra iglesia por primera vez, y nuestra iglesia puede ser una iglesia hasta hostil al que le es raro.
Nos amamos tanto entre nosotros que buscamos la manera de hacer la parte, y nuestros ojos están velados y no vemos al que está llegando. Nuestra iglesia destaca en el amor fraterno, pero carece de esta actitud que es la hospitalidad al que está llegando. ¿Cuál es el que está llegando? El que todavía tú no le conoces su nombre, aquel con el cual tú no te sientes vinculado. Y qué hermoso sería si nuestra iglesia amara completamente, no solamente en el amor fraterno, sino también en el amor al filoxenos, amor al que no se parece a nosotros; amor al que está llegando.
El texto infiere que el amor fraternal ya existe, por eso dice “permanezca”, pero también da lugar a que la hospitalidad requerirá una intención especial: “No olvidéis de la hospitalidad”. Hay dos maneras: usted puede ignorar o puede malentender la hospitalidad, y ambas cosas atraerán gran daño a la iglesia del Señor. Una iglesia que ignora la hospitalidad es una iglesia que dejó de pensar que hay uno que está llegando, que no conoce las cosas que están sucediendo aquí.
Una iglesia que ignora la hospitalidad es una iglesia que asume que todo el mundo está entendiendo. De hecho, yo como predicador vuelvo y escucho mi predicación y me pregunto: ¿acaso un nuevo creyente entenderá lo que estamos hablando? Una iglesia que ignora la hospitalidad es una iglesia que ignora que no todo el mundo tiene la base de conocimiento que nosotros tenemos, que no todo el mundo tiene la base de cultura cristiana que nosotros tenemos.
Ponerse en el lugar del que llega: barreras y tensiones
De hecho, lo que pasa en un culto cristiano es extraño a gran parte de la sociedad, y la sociedad necesita entender lo que aquí está pasando. Usted dirá: claro, lo que hacemos es un asunto muy natural: primero oramos al Señor, luego cantamos alabanzas. ¿En qué otra parte de la sociedad la gente tiene reuniones donde se ora a su Dios, se cantan alabanzas, se predica la Palabra del Señor? Nosotros entendemos que todo el mundo participa regularmente de estas cosas; nosotros somos una minoría ahora mismo dentro de la sociedad, y hay cantidad de personas para las cuales estas cosas necesitan explicación.
Hice un esfuerzo hace cerca de dos meses en tratar de inferir si nuestra iglesia es o no es entendible, y me asusté. ¿Qué probabilidades hay de que alguien que no es un cristiano llegue aquí y entienda lo que está sucediendo? Yo llegué a la iglesia; primero me parqueo y después pregunto: ¿por cuál de las cuatro puertas entro? ¿Entro por el parqueo, entro aquí o subo una escalera? Después que subo una escalera hay que abrir una puerta. Entonces, ¿sabe lo difícil que es abrir una puerta cuando no se conoce lo que está del otro lado? Abro la primera puerta y me encuentro con dos puertas: ¿entro a la derecha o sigo caminando?
Y cuando cruzo la puerta entonces me encuentro con un auditorio que me está mirando de frente. Y después que entro, entonces veo tres puertas más. Hermano querido, abrir puertas es un asunto ampliamente tensionante para aquel que no es familiar en el lugar. Y una iglesia hospitalaria se pone en el lugar del que está llegando y, al verle a la distancia, se acerca y le da la bienvenida. Nosotros asumimos que todo el mundo es de aquí.
Una iglesia hospitalaria se pregunta si acaso las personas entienden los términos que estamos utilizando. Una iglesia hospitalaria se pregunta si la persona está teniendo dificultades o puede vivir lo que estamos predicando. Dice el autor de Hebreos que permanezca el amor fraternal; en eso estamos muy bien. Pero al mismo tiempo que no se olviden de la hospitalidad.
Hospitalidad no es recibir a alguien en tu casa. Hospitalidad es ponerte en el lugar del extraño, en el lugar del extranjero, para tratar de pensar, de sentir y de accionar con empatía, con la intención de mostrarle el amor de Cristo. Y si solamente estamos mostrando el amor de Cristo a aquellos que ya son fraternos, probablemente estamos perdiendo la mitad de la ecuación. La mitad de la ecuación es que no solamente amamos al que se parece a nosotros y ya son creyentes, sino que amamos también al que está llegando. Y si el Señor nos concediera como iglesia extender el amor que ya tenemos los unos a los otros a aquellos que todavía no se parecen a nosotros, creo que hemos avanzado en la hospitalidad.
Hostilidad, sospecha y falta de empatía
¿Qué sería malentender o ignorar la hospitalidad? Una manera de ignorarla, una manera de malentenderla, es el aislamiento o hasta el trato hostil a aquellos que no se parecen a nosotros. Y usted dirá: “No, yo no tengo hostilidad”. Hermano querido, sí hay niveles de hostilidad de un creyente hacia aquel que no tiene todavía su fe, su esperanza. En vez de compasión, rechazo; en vez de proximidad, de ir a ellos, marginación; construir un muro.
En vez de darle una bienvenida, una actitud de sospecha: ¿cuáles son sus intenciones?, ¿cuáles son sus motivaciones?, ¿su sinceridad? Estoy hablándole cosas que no son muy extrañas, hermano querido. Como que siento que no notamos el tono, ya estamos acostumbrados. Pero es una sola cosa, hermano querido: hospitalidad, y de ahí tenemos que movernos. Hacia allá, la asignatura pendiente. Ya nos amamos los unos a los otros. El asunto es que ahora nos coloquemos en el lugar de los que todavía no se parecen a nosotros para que les mostremos el amor de Cristo.
Una iglesia que ama no solamente es una iglesia que se ama entre ellos; es una iglesia que también ama la ciudad. Es una iglesia que ama a aquellos que todavía no han creído y que tiene acciones, puentes tendidos hacia ellos. Esta actitud de sospecha no solamente se manifiesta ante aquellos que no han creído; se puede manifestar hasta hacia congregaciones que no se parecen a nosotros. Y cuando me muevo en el ecosistema de iglesias, a veces estoy por ello pasmado, impresionado negativamente al respecto de la poca empatía que sucede de una congregación a otra congregación.
Y yo tengo el temor de que los miembros de Pez Mundial, cuando se aproximan a otras iglesias, entiendan que los otros son raros y que nosotros estamos bien. Es el amor al extranjero, es entender que no todo el mundo se parece a nosotros, hermanos. Cada iglesia local tiene un énfasis, cada grupo de creyentes tiene su particularidad, y un creyente que no solamente es el que ama al adelfo, el filadelfo, sino que también ama al extraño, es una persona que dice: probablemente tú y yo no tengamos la misma fisionomía, probablemente el lugar donde se reúne mi iglesia sea distinto al lugar donde se reúne la tuya, probablemente la fisionomía de mi iglesia local es distinta, y estoy seguro que el nombre de mi iglesia no se parece al nombre de la tuya, pero si tú eres del Señor, yo también lo soy y te doy un trato de hermano.
Hospitalidad entre iglesias y testimonio personal
Hermano querido, hay lugares donde yo he ido y para que me den un trato de hermano yo tengo que llenar casi una ficha: “¿Y quién es que son ustedes? ¿Y de dónde es que son? ¿Y dónde es que se congregan? ¿Y cuándo están hechos?”. Ya después de tanta pregunta, hermano, tú quieres huir del lugar. Muy poca hospitalidad.
Hermoso es un hermano que, cuando tú le conoces, en vez de darle el trato que le daría otro, tú llegas a tener esta hospitalidad que la persona siente como si realmente a ti te interesa su vida y realmente le conoces y confías en él. Y le digo, cuando yo conocí a mi hermano Luis Tulví, una de las cosas con las que me conecté con él es que yo conocía un poco de la iglesia donde él había crecido, conocía un poco el pastor que le había tenido y conocía un poco las cosas que él había vivido en ese lugar, de forma tal que cuando nos conectamos, probablemente en ese lugar —hablo con locura, hermano— pero la única persona que podía entender de dónde venía Luis era yo.
Y si él se acercaba a cualquier otro, cualquier otro le iba a dar, como dicen en algunos lugares, le iban a dar “bola negra”: “¿De quién eres tú?, ¿de dónde tú vienes?”. Hermano querido, qué agradable es cuando tú vas a un lugar y en vez de una actitud de sospecha lo que se te tiende es hospitalidad: “¿Tu iglesia local? No, mi iglesia local. Pero eres del Señor. De entrada, bienvenido”. Entiendan que la hospitalidad no es solamente al no creyente; hospitalidad también es al creyente que viene de otro lugar.
Probablemente tú vienes de Éfeso y yo vengo de Antioquía. Yo soy de la iglesia que se reúne en la ciudad de Creta. Hermano querido, cada iglesia tiene su particularidad, pero dondequiera que hay constancia de que es una iglesia que ama al Señor, nosotros deberíamos, por lo menos de entrada, manifestar hospitalidad. En cuanto al amor fraternal: permanezcan en el amor fraternal. En cuanto a la hospitalidad: no se olviden de la hospitalidad.
Yo creo que el cristiano está llamado a ser la persona más expansiva de su entorno. ¿Y si me preguntan por qué? Porque mi Señor era expansivo. Dondequiera que me voy a mi Señor Jesucristo, se estaba reuniendo con el raro, se estaba reuniendo con el extraño, se estaba reuniendo con el cuestionado. Pero mi Señor Jesucristo tenía una actitud de extender su amor, no solamente a sus discípulos, sino también a todas las personas que encontraba cerca.
Ejemplos bíblicos de hospitalidad: Bernabé, Priscila y Aquila
De hecho, los primeros discípulos de mi Señor también fueron ampliamente hospitalarios. Recuerdan a Saulo. Cuando Saulo intentó aproximarse a la iglesia cristiana, a Saulo no se le recibía, y de hecho los creyentes tenían temor de que este que había perseguido a la iglesia, ¿cómo va a ser que en este momento sea discípulo del Señor? Pero apareció otro discípulo que era hospitalario, se llamaba Bernabé. Bernabé asumió a Saulo, le presentó entre los apóstoles, y la iglesia entonces recibió a Saulo porque Bernabé le recibió.
Hermano querido, yo no aspiraría a que todos ustedes de 0 a 100 se conviertan en hermanos muy hospitalarios. Pero si el Señor nos diera por lo menos cinco con la actitud de Bernabé, ya sería ganancia. Porque todos nosotros tenemos prejuicios, pero cuando hay alguien que ya rompió el prejuicio y le recibió, si tú le recibiste, entonces le recibo yo también. Qué hermoso es un hermano que asume el rol de Bernabé.
Recuerdan a otro que llegó a la iglesia cristiana, se llamaba Apolos. Dice que era poderoso en palabra. Y por allá había Priscila y Aquila; le recibieron y le mostraron más exactamente de qué se trataba la fe cristiana y le introdujeron dentro de la comunidad de creyentes. Qué bendición fue Apolos para toda la iglesia. Ay, hermano, que florezca entre nosotros la hospitalidad como floreció en Bernabé, como floreció en Priscila y también en Aquila; que nuestros hermanos no solamente se amen los unos a los otros, sino que cada vez que llegue un nuevo, un distinto, un raro, la actitud que tengamos no sea de sospecha, sino de bienvenida.
Hay hermanos que dicen: “Es que yo no quiero dar la bienvenida porque yo no estoy seguro”. Hermano querido, nosotros no podemos lidiar con eso. Yo sé que mi bienvenida no logrará transformar a una persona de adentro hacia afuera, pero puedo ser utilizado por el Señor como el punto de partida. Estoy seguro que mi hospitalidad no puede producir un nuevo creyente, pero mi hospitalidad puede producir un discípulo que acompaña a un nuevo creyente.
Nuestra hospitalidad no produce salvación, pero puede ser muy útil para lo que el Señor está haciendo en medio de nosotros. Y si, como iglesia, rompemos un poco con la comodidad y extendemos nuestro amor al que todavía no es de los nuestros ni se parece a nosotros, habremos amado como amó el Señor, que dice que estuvo entre nosotros y colocó su tabernáculo. O sea, nuestro Señor no nos amó a distancia, sino que Él se hizo hombre, estuvo entre nosotros y puso su tabernáculo en medio de nosotros.
Cristo lleva la iglesia a los pecadores, no al revés
Algo que he encontrado en el Nuevo Testamento es que Cristo no llevaba a los pecadores a la iglesia. ¿Saben qué era lo que hacía Cristo? Cristo llevaba la iglesia a los pecadores. Es lo distinto. O sea, dondequiera que estaba mi Señor Jesucristo, estaba comiendo, estaban sus discípulos y había creyentes, y había personas que tenían testimonios cuestionables. Dondequiera que estaba mi Señor decían de Él que Él era amigo de pecadores. Esa era la actitud.
Una iglesia que se extiende en hospitalidad es una iglesia que entiende que su hospitalidad no produce conversión, pero que puede ser utilizada por el Señor para el crecimiento de su iglesia. Yo tengo el temor de que nosotros somos una familia tan cercana que tengamos las puertas cerradas… y los brazos también. De hecho, a veces llegan personas a la iglesia y yo quiero introducirle a un creyente; no encuentro un creyente para presentarle. ¿Sabe por qué? Porque están entre tres ahí agarraditos y haciendo una parte entre nosotros. Y entonces digo: “Despéguense, hermano; hay alguien que usted todavía no conoce, pero puede ser tan querido dentro de cinco, o diez, o dos años como lo es él el día de hoy”.
Una iglesia hospitalaria no solamente extiende su amor al que ya conoce; una iglesia hospitalaria extiende su amor al que va llegando. Hospitalidad es la palabra: amor al que nos es extraño, amor al extranjero. El contexto de esta carta es la persecución. La carta a los Hebreos era dirigida a judíos cristianos que estaban siendo perseguidos. Y lo que he visto es que en un contexto de persecución la gente se radicaliza aún más y extiende su amor solamente a los que tiene inmediatamente cerca y a los que se parecen a él.
Yo creo que ya hemos tenido dos años, hermano, donde nos hemos amado tanto en tantas maneras los unos a los otros, que ya hay que romper un poco el asunto y comenzar a amar al que no está aquí. Alguien me preguntaba: “Pastor, ¿ya podemos invitar amigos a la iglesia?”. Yo puedo entender lo que este asunto le ha hecho a la hospitalidad: “Vamos a cerrar la puerta, tenemos un lugar seguro donde solamente tenemos los miembros de la iglesia y que son asuntos exclusivamente de nosotros”.
Entonces, ahí no está el amor de Dios, porque el amor de Dios se extiende al Filadelfia y al mismo tiempo se extiende al que nos es raro, al que nos es extraño. Es hospitalidad. He estado mostrando que la hospitalidad es una de las dos partes del amor cristiano: primero amar al adelfo y después amar al xeno; amar al que es raro, amar al que no se parece, amar al que nos es extraño.
Intencionalidad: superar barreras y “no olvidarse”
Mostraré ahora que la hospitalidad requiere intencionalidad, por lo cual dice en el versículo 2: “No os olvidéis”. O sea, que el autor piensa: “A los adelfos se van a amar siempre; el asunto es que amen a los otros”. De hecho, lo anterior él dice: “Permanezca”, o sea, ya ustedes lo están haciendo. La clave está en seguir haciendo lo que hacemos: ser una iglesia muy cercana, una iglesia muy afectiva, una iglesia que expresa el cariño. Y eso no lo digo yo, hermano; yo le he preguntado a otros pastores que invito a predicar a la iglesia. Normalmente les pregunto, les digo: “¿Qué te pareció la congregación?”. “Wow, pero es que la gente ahí como que realmente disfruta estar junta”. Y es verdad.
A los predicadores que invito les digo: “¿Qué viste en la iglesia? ¿Qué te llamó la atención?”. “No, pero esa gente sí se abraza, esa gente sí se toca, son como muy cercanos”. Sí, es verdad entre nosotros. Ahora, póngase en el lugar del que llega por primera vez a un culto de iglesia evangélica Pez Mundial. Hermano, mire, la pasa duro. Yo le he dicho: en esta iglesia no hay ni siquiera un mural para que el nuevo se ponga a ver algo.
¿Usted sabe lo difícil que es llegar a un lugar donde no conoce a nadie? Usted llega y da igual. Y te veo a ti y a ti juntos y digo: “Yo no sé si me acerco o no me acerco”. Acérquese. O sea, introdúzcame. Sé tú Bernabé para mí, sé tú Priscila y sé tú Aquila. Recíbeme.
Iglesia, quién recibe… el pastor y unos cuantos hermanos que rompan el hielo, pero no es normal entre nosotros que lo veamos, porque estamos tan bien en nuestro compañerismo, estamos tan bien en nuestros círculos cerrados, que pinchar esa burbuja, hermano, es muy estresante: “¿Y quién será? ¿Y yo podré?”. Claro que usted podrá, claro que sí. Probablemente sea el instrumento que la iglesia está esperando.
“No olvidéis”. O sea, el autor asume que nosotros tenemos la tentación de dejar atrás personas que el Señor está acercando. “No olvidéis”, dice él. Corremos el riesgo de pasarlos por alto, corremos el riesgo de dejar de verlos. El problema no es si van a llegar aquí; el problema es si usted los va a ver.
Hace cinco años el Señor movió mi corazón a que empecemos a ver los niños, y yo les decía que había que agacharse para ver los niños. Les decía que hay que darle protagonismo a los niños. Les decía que en el ministerio de los niños hay que fortalecer ese ministerio, y al día de hoy el ministerio que más voluntarios tiene en nuestra iglesia es el ministerio de niños. En otro momento han sucedido otras cosas, ha sucedido con la alabanza, ha sucedido con los niños. Yo estoy esperando que el Señor nos conceda en esta temporada la hospitalidad.
Romper el nominalismo y hacerse disponible
Y casi nos hemos caracterizado por una iglesia que ama por el ministerio con los niños, y nos hemos caracterizado por una iglesia que ya no es indiferente en la adoración al Señor. Que nos caractericemos por ser una iglesia que todos los días llega aquí con un invitado. Y yo soy el primero, hermano querido: hace tiempo que yo no traigo un amigo a la iglesia.
¿Y usted? ¿Cuándo fue la última vez que le dijo a un vecino: “Vamos para la casa del Señor, vamos a adorar”? “No, es que estamos en pandemia, que no se puede…”. Antes de la pandemia ya el problema existía. La pandemia lo que hizo fue como recalcarlo, pero antes de la pandemia ya existía el problema entre nosotros. Lo que tenemos es que romper, en vez de rasgarnos las vestiduras, hermano, que rompamos con la actitud y que busquemos hospitalidad.
Buscar hospitalidad es comenzar a ver. “No os olvidéis”, dice él. Son muchas las barreras que hacen que tengamos un sesgo y no veamos al que está llegando. Mencioné algunas y me moveré; mencionaré algunas. Miren, la barrera de los afanes de la vida es real: el trabajo, los niños, el pluriempleo.
“Pastor, yo no sé si saludarlo, porque si lo saludo entonces voy a tener que tomar el teléfono y voy a tener que llamarle. Yo estoy muy atareado”. Usted no lo dice, hermano, pero eso funciona de manera mecánica. No hay mucho tiempo y usted quiere emplear el tiempo en aquellas relaciones que ya a usted le nutren y que son de dar y recibir, que son relaciones que ya están establecidas.
Hermano querido, para amar al extranjero, para tener hospitalidad, para amar al extraño, tenemos que romper con esta barrera que son los afanes de la vida. Al mismo tiempo está la barrera de los propios intereses. Hay personas que no tienen deleite en hablar con gente que no está a su nivel.
Yo tengo una carga con los maestros, porque los maestros siempre hacen bola entre ellos, y porque los maestros siempre están leyendo libros y siempre están en profundidades, y tú los juntas con más personas que no tienen su nivel de profundidad y como que no les da deleite. Usted me ha escuchado la palabra: si usted quiere hacerse grande, hágase pequeño.
A mí me parece que el nivel más alto en maestría, el nivel más alto en un expositor bíblico, es una persona que es entendible y que puede tener una conversación fructífera en todos los niveles de madurez. Si usted me dice que es un maestro de la Palabra y solamente tiene deleite en aquellos que andan con un diccionario bíblico en la mano izquierda y con un comentario en la mano derecha, probablemente tenemos un depósito de la Palabra, pero no un gran maestro. Un gran maestro es aquel que tiene deleite con personas que están en diferentes niveles de madurez: en estudiantes que están comenzando y en aquellos que ya se graduaron.
Qué hermoso es un maestro de la Palabra que puede hablar con nuevos creyentes y él encuentra puntos de contacto y oportunidades, tiene deleite en hablar con aquellos que están comenzando. “No, yo quiero hablar con fulano porque fulano tiene una conversación a un nivel más o menos alto”. También el nuevo creyente tiene necesidad. Rompa la barrera de sus intereses y conéctese con el otro.
La barrera del peligro, hermano, es una realidad. En una sociedad convulsa, compleja, la gente entra en relaciones muy lentamente: “Yo no sé si me aproximo, no sé si…”. Hay un miedo, un asunto. Rómpalo, hermano querido, porque nosotros tenemos un imperativo; es el imperativo de “Id”.
“Id” aunque haya rechazo: seguir intentando
Usted lee la Gran Comisión. En la Gran Comisión no dice “esperar”, dice “id”. Y el Señor dijo: “He aquí yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Si usted tiene temor de aproximarse al extraño, al raro, entienda que el Señor se está comprometiendo con usted. Y si el Señor va conmigo, hermano, yo tengo un poco más de confianza, pero hay cierta aprehensión con aquello que usted no conoce, porque usted no sabe cómo le van a abordar.
Aquí voy a darle una, hermano, que probablemente lo sienten y le da un poco más duro. Está la barrera del rechazo. No espere que a todo el que usted aborde usted le dé un trato amigable y uno le extienda una mano y todo el mundo responda igual. Hay gente a la que usted le tiende la mano y se la deja tendida. Hay personas a las cuales usted se le aproxima y le hacen el hielo. Hay personalidades, hermano; hay gente que usted la aborda y es un cumpleaños, y hay personas que usted la aborda y es como si usted la ofendiera.
No nos cansemos de hacer el bien, hermano; sigámoslo intentando. Pero hay hermanos que son muy sensibles a ese asunto, y es que: “Yo no sé… yo no me aproximo porque yo no sé si me responderá o cómo me responderá o si está esperando…”. Hermano, mejor correr el riesgo que quedarnos en la expectativa, porque el imperativo es ir. Nosotros tenemos que salir como iglesia.
He mencionado algunas. Mencionaré otra barrera y me muevo: la barrera del nominalismo. “Yo doy exclusivamente mi domingo, mi diezmo, y mi vida ya es para mí”. “Hermano, pero mira, trata de dar una llamadita a alguien que está llegando a la iglesia”. “No, el pastor debe hacer eso”. No, hermano querido, no. El pastor no “debe” hacer eso; el pastor, como miembro de esta iglesia, debe hacer eso… y usted también.
Yo creo que esta semana se ha roto un triple prejuicio, un asunto que venía de años. Hermano, lanzamos todos estos grupos pequeños y, en ningún grupo pequeño, providencialmente, yo pude asistir, y los grupos pequeños, todos, desarrollaron su actividad. La gente tiene esta idea —creyentes inmaduros— de que el pastor tiene que estar presente en todas las cosas para que se dé un saludo. Y yo no tengo que estar presente.
Para que tú des una llamada, yo no tengo que estar ahí. Para que ustedes se reúnan en grupos pequeños y se edifiquen los unos a los otros, hermanos, como leí en Romanos: ustedes están llenos de bondad y llenos de conocimiento, con lo cual pueden amonestarse los unos a los otros. No es necesario que el pastor tome la iniciativa en cada cosa. De hecho, estaba pasando balance: todos los grupos pequeños se reunieron, y ni siquiera en aquellos grupos pequeños en los cuales yo quise haber estado pude estar, y ningún grupo pequeño se detuvo porque yo no estuve ahí. ¡Gloria al Señor!
Involúcrate: no pidas permiso para amar
Para romper los cuatrocientos, por favor, para saludar a alguien no me pida permiso. Para invitar a alguien a la iglesia, no pida un permiso, hermano. Hay gente que pide permiso para invitar gente a la iglesia. Hermano, bienvenido. Me dice: “¿Puedo traer…?”. Bueno, todo lo que pueda, tráigalo. ¿Usted me entiende? Él me pregunta: “¿Y puedo traer a…?”. Pero claro, tráigalo. ¿Es que la iglesia es mía o es suya? La iglesia es del Señor, ese es el asunto.
Yo entiendo, miren, ahora estamos como reaprendiendo. Ahora estamos como el que tuvo algún tipo de limitación: hay que darle terapia para recuperar movilidad. Hermano, la iglesia del Señor tiene dinámica de movimiento. Para traer a un invitado, usted está aquí y me dice: “Es que tenemos pocas sillas”. Yo le doy la mía, ese es el asunto.
Pero esa barrera del nominalismo, de que “yo doy mi domingo y más para allá nada”, hermano, rompa eso. Para ser hospitalario hay que hacerse disponible. Y si usted está hoy en los caminos del Señor es porque alguien se hizo disponible. Yo me gozaba hoy en el taller de membresía, porque una tarea era entrevistar dos creyentes y preguntarles: “¿Qué instrumento utilizó el Señor para traerle aquí?”. Y todos mencionaron que una vecina, que una tía, que una amiga, un compañero de trabajo, alguien.
Si tú estás aquí hoy, hermano, es porque alguien te trajo. Y si alguien llega hoy, recíbalo usted como le hubiera gustado que le recibieran. En cuanto a la hospitalidad: no se olviden de la hospitalidad. En cuanto al amor fraternal: permanezcan en él.
He mostrado que la hospitalidad es una de las dos partes del amor cristiano y he mostrado que la hospitalidad requerirá intencionalidad, por lo cual ahí se nos dice: “No os olvidéis”. Donde quiero detenerme es donde se nos dice ahora, en la segunda parte del versículo 2: “Porque por ella”, o sea, por la hospitalidad, por tener un trato afable al extraño, por no limitarte a tus intereses particulares, “porque por ella”, o sea, por la hospitalidad, por haber roto el hielo, por haberle dicho: “Hermano, tú y yo nos conocemos de hace muchos años, nos damos demasiado cariño; durante la semana vamos a hacer una pausita hoy para ver a fulano. Ven, que tú estás llegando, ¿tú tienes alguna pregunta?”, porque por ella, algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles.
Evidentemente, el autor de Hebreos está hablando a una audiencia judía, y los judíos sabían que Abraham, sin saberlo, hospedó ángeles, y esos ángeles repercutieron en bendición para Abraham. El autor sabía que sus lectores sabían que Lot, sin saberlo, hospedó ángeles, y que esos ángeles repercutieron en seguridad y bendición de Lot y de su familia. El autor sabía que Manoa, el padre de Sansón, hospedó ángeles y que estos ángeles repercutieron en bendición para él y para su familia. Y aquí la pregunta que hace la gente: ¿y podemos nosotros estar hospedando ángeles? ¿Eso es verdad?
“Sin saberlo”: Dios orquesta más de lo que vemos
Pero la carga del texto está en el “sin saberlo” y en las cosas que Dios podría estar orquestando sin que tú y yo seamos conscientes. ¿Qué son los ángeles? Son mensajeros de Dios regularmente para bendición nuestra. Pero la carga del texto no está en los ángeles; el énfasis no es el encuentro sobrenatural con ángeles, que también es posible, sino que el énfasis está en el “sin saberlo”. Aún en cosas rutinarias, Dios puede estar orquestando algo impresionante.
Y cuando tú rompes el hielo para saludar a una persona, cuando tú rompes el hielo para darle la bienvenida, cuando rompes el hielo para darle una llamadita, probablemente estás siendo parte de algo extraordinario que el Señor está orquestando, sin saberlo. La palabra es “sin saberlo”.
Y yo le tengo varios “sin saberlo”. Hermano, sin saberlo ese perfecto desconocido que visitó hoy tu iglesia será de bendición para tu vida, sin saberlo. ¿Cuántos hermanos míos…? Yo no sabía lo que el Señor estaba haciendo en ese momento cuando les vi la primera vez, y de cuánta bendición han repercutido para mí. Y en algo que parecía fortuito, que quizá fue un saludo, una llamada, algo; miren cómo el Señor permitió que al día de hoy, sin saberlo, de cuánta bendición hemos sido el uno para el otro.
Hermano, sin saberlo el obrero que tu iglesia está necesitando vive en el apartamento de abajo, sin saberlo. Nosotros estamos orando y probablemente el instrumento que estamos esperando como iglesia está viviendo abajo o arriba. Esa es la sensación, hermano, porque hay gente que vive arriba suyo, hay gente que vive abajo. Y sin saberlo, ahí hay instrumentos que Dios está utilizando.
Hermano, sin saberlo esa iglesia que se ha quedado marginada, o esa denominación con la cual tú probablemente no compartes, será clave para el avance de la iglesia del Señor en Santo Domingo. “No, es que yo no le conozco, ellos no son como yo”. Ellos no son como tú, pero sin saberlo, probablemente esa iglesia local va a ser de bendición para esta ciudad.
Sin saberlo, ese compañero de trabajo fue puesto por Dios en tu departamento con un propósito. “Ay, me lo trasladaron para aquí, ¿y para qué me mandan a mí esa persona?”. Probablemente Dios te lo ha mandado para su salvación o para tu bendición. “Sin saberlo” es la clave. Cuando, en vez de evitar estos encuentros, los buscamos, caminamos con la expectativa de estar siendo parte de los planes de Dios y con la emoción de que en cualquier momento veremos su gloria. “Sin saberlo” es la clave en esta cosa.
Hermanos queridos, si Dios te revelara su agenda, probablemente tú serías hospitalario. El asunto es que Él no la revela. Si el Señor te dijera: “Hermano, mira, esto va a tener, hijo mío: tú vas a tener quince encuentros, y tres de esos encuentros van a ser encuentros providenciales que yo he organizado para que se vean contigo”, tú te prepararías para cada uno de esos encuentros; el asunto es que tú no te puedes preparar para tres, tienes que prepararte para quince.
Si el Señor te dijera cuáles son los encuentros providenciales, tú estuvieras orando por esos encuentros. Pero tú no sabes cuáles son. Ahora, yo quisiera que como iglesia nos aproximáramos a esta ciudad con la expectativa de que en esta ciudad el Señor está salvando, que en esta ciudad el Señor está obrando, y que probablemente, hermano querido, cuando se rompa esta burbuja en la cual hemos vivido como iglesia —de amar no solamente entre nosotros— y comencemos a amar al que está llegando, el Señor nos permita ver grandes cosas.
Oración: que florezca la hospitalidad en nuestra iglesia
Yo, como pastor, tengo expectativas con gente que todavía yo no conozco. Yo te invito a que las tengas tú también. Tendremos que seguir hablando de hospitalidad; estas cosas requerirán más de un esfuerzo. Pero yo quisiera ahora orar, para que, como el Señor lo hizo antes con otras actitudes de esta iglesia, del mismo modo lo haga ahora. No es para rasgarnos las vestiduras y quejarnos, hermano querido, es para depender del Señor y comenzar a extender la hospitalidad. Que el Señor nos acompañe. Ahí donde estás, permíteme orar por ti.
Hoy he hablado específicamente a la iglesia, hermano, pero si hay alguien aquí que es “extraño” a nosotros, que a través de la predicación también sienta la hospitalidad del Señor, y que vea que probablemente te hemos dejado al margen —no ha sido intencionalmente, ha sido por falta de oportunidad o de formación— pero que queremos extendernos, que tú te sientas bienvenido.
Estaré orando, hermano, un momento, pero qué hermoso si el Señor nos concediera ser conocidos como una iglesia hospitalaria: por ser la iglesia donde, si alguien está buscando, aquí encuentre; por ser la iglesia donde, si alguien quiere acompañamiento, aquí está; por ser la iglesia que recibe al que no se parece a nosotros.