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Serie-Mundo Relativo - Volver a Empezar - La mision continua

Filipenses 3:13-14

El avance en la misión de nuestra iglesia dependerá en gran manera de nuestra capacidad de volver a empezar: cosechar los frutos de la siembra pasada, reposar —para darle la gloria a Dios por la cosecha, pasar balance y preparar el trabajo siguiente— y volver a poner las manos en el arado. Hoy aprenderemos, a la luz del ejemplo del apóstol Pablo, cómo desprendernos del pasado para volver a empezar.

Predicado4 de agosto de 2013
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Mira, Padre, como te he pedido, permite que podamos comenzar un nuevo momento en nuestra iglesia. Que, como hemos sentido otras veces, Señor, podamos vivir un nuevo despertar. Mira aquellos de nuestros hermanos que por una razón u otra no están participando activamente en el servicio tuyo, en tu obra. Mira aquellos padres que han sido zarandeados por diferentes situaciones y han quedado indispuestos. Mira aún aquellos, Señor, que quizá la pereza, el desánimo, el cansancio, la frustración, que es natural que venga al mover cosas sobre esta tierra, haya hecho que mengüen en su compromiso hacia ti.

Estamos pidiendo desde ahora, Señor, que este fin del 2013, este cierre, la última parte del año a la cual vamos caminando, sea un tiempo, Señor, de gran cosecha en nuestra iglesia. Permite que nuestra iglesia sea aumentada. Permite que tu nobleza sea despertada. Permite que llegue, Señor, la lluvia, y que la semilla esté colocada sobre la tierra de forma tal que la semilla, Señor, germine, crezca y produzca mucho fruto. Oro, Señor, en nombre de mis hermanos, y te queremos pedir que traigas tiempos de mucho fruto para nuestra iglesia.

Trae rostros nuevos, Señor. Trae personas que antes no te conocían y que, a partir de este momento, comiencen a conocerte. Trae oportunidades para que aquellos que han sido formados en estos últimos tiempos usen sus dones, sus conocimientos y sus nuevas experiencias para ayudar a la mano que llega. De nuevo, Padre, en nombre de mis hermanos te pedimos por nuestra congregación, que en esta última parte del 2013 sean tiempos de mucho fruto, que sean tiempos de avivamiento, Señor, que sean tiempos de gran cosecha, que para tu gloria podamos tener un nuevo comienzo. En el nombre de Jesús. Amén.

Dentro de su programa, hermanos, está esta reflexión que he querido compartir con ustedes este domingo. Normalmente, cuando vengo a la iglesia, hermanos, a enseñar, vengo con la intención de instruir. Siempre considero una porción de la Escritura y quiero decirles a ustedes la voluntad del Señor al respecto de un tema o del otro. La intención que tengo hoy, por medio de esta reflexión de la Palabra del Señor, no es tanto instructiva; lo que he venido principalmente es a motivar a mis hermanos en cuanto a continuar el trabajo del Señor y seguir desarrollando la misión que el Señor nos ha encomendado específicamente. Hermano, yo he venido a animarles.

Volver a empezar: tesis del mensaje

Quiero animarles, hermanos, a que volvamos a empezar, a que no consideremos solamente el pasado y lo que hemos hecho, sino que podamos ver de nuevo, con expectativa, hacia el futuro. A que no nos quedemos dormidos solamente con las cosas que se han podido hacer hasta ahora, sino que sepamos que el Señor todavía puede hacer aún más en medio nuestro. Dice así la introducción al tema: “Volver a empezar”, y es sobre la misión continua. El avance en la misión de nuestra iglesia dependerá en gran manera de nuestra capacidad para volver a empezar: cosechar los frutos de la siembra pasada, reposar dándole la gloria a Dios por la cosecha, pasar balance y preparar el trabajo siguiente, esto para volver a poner pronto las manos sobre el arado.

Así cumplimos la misión de forma continua, repitiendo vez tras vez este mismo proceso de siembra, cosecha y reposo, esperando que con la ayuda de Dios, a medida que pase el tiempo, vayan aumentando también los recursos. El obrero que no entienda este proceso, que es recurrente, terminará desmotivado o hasta dejando el arado, pues se aferrará a los primeros resultados, buenos o malos, y pensará que ya todo terminó. Hoy aprenderemos cómo desprendernos del pasado para volver a empezar y tomaremos como base el ejemplo del apóstol Pablo.

Estuve en esta semana viendo una película que está entre mis películas favoritas, también la obra de teatro. Se llama Un violinista en el tejado, y esta película describe lo que era la historia de los judíos cuando vivían en la Rusia zarista y cómo ellos tenían que vivir trasladándose continuamente de un lugar hacia otro. Es una película, en cierto sentido, divertida, pero al mismo tiempo deja una lección importante, ya que esta gente aprendió a recomenzar en el lugar en el cual el Señor les puso.

Muchas veces llegaban a establecerse en un lugar y decían los rusos: “Ya en este lugar no queremos judíos”. Los judíos recogían todas sus propiedades, se mudaban con su familia y recomenzaban en otra parte. Paradójicamente, dondequiera que comenzaban, comenzaban mejor, y lo que esperaba Rusia era que los judíos quizás iban a desaparecer, pero milagrosamente, por la provisión de Dios, dondequiera que ellos iban, llegaban con su familia y una carreta, se establecían y llegaban a prosperar.

El ejemplo de los judíos y el llamado a recomenzar

Bueno, esta película termina en el último gran éxodo que ellos tuvieron, y fue cuando pasaron de estarse moviendo de una tierra a la otra a tomar un barco y llegar hasta Nueva York. Ahí termina la película, pero lo que dice la historia es que los judíos, cuando llegaron a Nueva York, en Nueva York también prosperaron, al punto tal que llegaron a tener casi todo el comercio minorista y también los bancos. El mandato de ellos fue que aprendieron a recomenzar y veían la adversidad como situaciones normales que se tienen sobre esta tierra. Pero ellos entendían, y todavía entienden, que son un pueblo de Dios y que, como son el pueblo de Dios, van a prosperar en el lugar en el cual el Señor les ponga.

Pero no solamente recuerdo esto haberlo visto en esta película, hermano; me gustaría compartir con ustedes lo que fue la vida de Pablo. Si uno analiza el ministerio de Pablo no encontrará que hay nada de estabilidad, o no encuentra que Pablo se quedaba mucho tiempo en un solo sitio. A veces estaba en la prisión y otra vez estaba predicando con libertad. A veces estaba por muerto en un lugar y él volvía a comenzar. Pero la constante que he visto en el ministerio de Pablo es que Pablo recomenzó muchas veces, en muchos lugares y en diferentes formas.

He venido hoy a motivarles, hermanos, a que no se desmotiven si tenemos que recomenzar y que, si acaso hemos hecho algo para el Señor hasta ahora y el Señor nos ha ayudado, entonces consideremos lo que dijo el apóstol Pablo. Acompáñenme en sus Biblias al libro de Filipenses, en el capítulo 3, versículos 13 y 14. Dice así la Palabra del Señor, también está en sus programas. Decía el apóstol Pablo, Filipenses capítulo 3, versículos 13 al 14, acerca de volver a comenzar:

Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

— Filipenses 3:13-14

Hermanos, Pablo fue un hombre que tuvo muchas razones para devolverse. Yo conté que en el ministerio de Pablo, Pablo comenzó su ministerio por lo menos 15 veces en lugares distintos. La primera intención que tuvo el apóstol Pablo fue que él se formó para ser un maestro entre los judíos, y llegó a serlo. Él comenzó lo que él entendía que era su servicio a Dios persiguiendo la iglesia. En medio de eso se encontró con el Señor y, por la misericordia del Señor, fue derribado, y esta que fue su primera misión entonces fue descartada. Pablo quedó ciego, quedó solo y quedó sin misión.

La trayectoria de Pablo: muchas pausas y nuevos inicios

Después de eso dice que pasó tres años de inactividad en el desierto. Si Pablo fuera cualquiera de nosotros, deja el asunto allí mismo y dice: “Yo voy a buscar un oficio, voy a hacer otra cosa”. Pero después de estos tres años, entonces Pablo recomenzó y comenzó a predicar en Damasco. Pónganse ustedes en el lugar de Pablo. Pablo tiene el deseo de glorificar al Señor según sus formas y lo que él entendía que tenía que hacer, que era persiguiendo la iglesia. Se encuentra con el Señor, pero no fue que inmediatamente Pablo comenzó a ser un apóstol a los gentiles, sino que Pablo pasó tres años de inactividad en el desierto y, después de esto, recomenzó.

Bueno, cuando Pablo recomenzó, comenzó predicando en Damasco. Al parecer no tuvo mucho fruto allí. En la ciudad las cosas detonaron violentas y hubo que sacarlo por medio de una canasta. Cuando salió de Damasco, entonces caminó hacia Jerusalén y quiso encontrarse con los apóstoles, y los apóstoles dijeron: “Nosotros no queremos vernos con Pablo”. Y yo me pongo en lugar de Pablo y puedo sentir su decepción: “Yo dejé mi vida por seguir la causa de Cristo, y ahora ni siquiera los que siguen a Cristo, los apóstoles, me quieren recibir”.

Cuando Pablo llegó allá, tuvo que ser ayudado por Bernabé, y Bernabé lo introdujo dentro de los discípulos de Cristo que estaban en Jerusalén, y entonces Pablo comenzó a predicar en Jerusalén. Y predicando en Jerusalén duró dos semanas. Los judíos dijeron que lo iban a matar, y hubo que mandar a Pablo, ahora no para el desierto, sino que lo mandaron para su ciudad natal. Lo mandaron para Tarso de nuevo. Y por allí sucedió, milagrosamente, que cuando Pablo dejó Jerusalén, a las dos semanas la iglesia comenzó a crecer, y hubo un gran avivamiento sin Pablo.

¿Y pensarán los apóstoles? “Nosotros sabíamos creer que ese hombre era el que estaba deteniendo el asunto. Desde que lo mandamos para Tarso la iglesia de Jerusalén creció”. ¿No les parece cómico? Pero pónganse en lugar de Pablo. Pablo quiere glorificar al Señor y comenzó primero persiguiendo la iglesia; el Señor lo dejó ciego y lo mandó tres años al desierto. Después comienza a predicar en Damasco, lo bajan por una canasta porque lo van a matar, llega a Jerusalén, no lo reciben. Después, milagrosamente, por la intervención de Bernabé, lo reciben, predica dos semanas y hubo que mandarlo para Tarso. Y cuando dejó de predicar, la iglesia comenzó a crecer.

Años de silencio y recomienzos en el ministerio de Pablo

Pero no termina ahí la historia, hermano. Después de eso, Pablo tuvo diez años de inactividad ministerial. Ya tenía tres años en el desierto, después lo mandaron para su ciudad natal, y duró por allá diez años ausente, hermano. Y después de diez años ausente, ¿saben qué sucedió? Que Pablo volvió a recomenzar diez años después. Vamos contando ya por trece. Se encontró de nuevo con Bernabé y Bernabé se lo llevó para Antioquía. Llegó con Bernabé a la iglesia de Antioquía y se juntó con Bernabé por obra del Señor, y emprendieron su primer viaje misionero: Bernabé, Pablo y Juan Marcos.

Después de los frutos del viaje misionero, ¿qué Pablo pensaría? “Ya yo seré reconocido entre las iglesias, ya los apóstoles me van a recibir”. Lo mandaron a buscar de Jerusalén nuevamente, pero no para celebrarlo y darle aplausos porque: “¡Qué buena tu primera misión!”, sino para decirle que qué locura era esa que él andaba haciendo por allá, que le decía a los gentiles que no tenían que circuncidarse. Y apareció el concilio de Jerusalén. Póngase en lugar de Pablo: “Yo fui donde esta gente que no me recibían, después de eso tuve que durar diez años por allá en silencio. Me voy a Antioquía, el Señor me usó, prediqué entre los gentiles y después que les predico a los gentiles, me llama la gente de Jerusalén, que eran los que no me querían recibir, para decirme que qué es eso que yo le estoy diciendo a los gentiles”.

Hermano, después del concilio de Jerusalén, el Señor ayudó ahí milagrosamente a Pablo, y él volvió para Antioquía y quiso comenzar un segundo viaje misionero. Aquí tuvo que enfrentar lo que fue la separación de Bernabé y Juan Marcos. Hermano, Bernabé fue la persona que introdujo a Pablo en la iglesia. Bernabé fue el hombre que se llevó a Pablo para Antioquía, pero cuando Pablo comenzó el segundo viaje misionero, hubo una discrepancia entre ellos a un punto tal que tuvieron que separarse. Y yo me pongo en lugar de Pablo, hermano, el dolor que es la separación.

Y después de esto, hermano, Pablo tuvo que recomenzar nuevamente, ahora sin Bernabé, sin Marcos, y se buscó a Silas y comenzó el segundo viaje misionero. La historia de Pablo, hermano, es una historia de recomienzos. Yo no se la leí completa, pero yo les voy a dejar que sea el mismo Pablo que les diga a ustedes lo que era su vida. Acompáñenme al libro de Segunda de Corintios, en el capítulo 11. Capítulo 11 del libro de Segunda de Corintios, escuchemos cómo describía Pablo su trayectoria ministerial, versículo 24 en adelante. Escuchen cómo Pablo decía que era su currículum: “Esto es lo que yo he hecho”, dice él, Segunda de Corintios, capítulo 11, versículo 24 en adelante. Dice el apóstol Pablo de su ministerio:

De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno.

— 2 Corintios 11:24

El currículum de sufrimiento de Pablo

Hermanos, cinco veces le habían dado de 39 azotes. Estos azotes eran tomar un látigo, ponerlo ahí y darle sobre la espalda: uno, dos, tres… ¿Y saben por qué le daban 39? Porque ellos tenían la idea de que si a un hombre le daban 40 azotes lo mataban, y lo que querían con Pablo no era matarlo, sino maltratarlo. Pablo está diciendo aquí lo que era su trayectoria ministerial, hermano. Él, el apóstol Pablo, los judíos lo habían agarrado y por cinco veces le habían mandado una tanda de 39 azotes.

Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias.

— 2 Corintios 11:25-28

Cuando dice “como náufrago en alta mar”, hermano, fue que el barco se partió y Pablo salió con lo que pudo salir, quizás nadando, quizás flotando con algo. Un día y una noche estuvo como náufrago en alta mar. En caminos, muchas veces. En peligro de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de su nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos. En trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez. Y además de otras cosas, lo que sobre él se agolpaba cada día: la preocupación por todas las iglesias. Pablo está describiendo aquí, hermano, lo que era su día a día ministerial. Él dice: “Así ha sido mi ministerio”.

Y después que describe, hermano, las cosas físicas, entonces comienza a hablar de su hombre interior y cómo él se sentía, y dice Pablo:

¿Quién enferma, y yo no enfermo? ¿A quién se le hace tropezar, y yo no me indigno? Si es necesario gloriarme, me gloriaré en lo que es de mi debilidad.

— 2 Corintios 11:29-30

Diciendo: “No solamente que me han dejado por muerto, no solamente que he naufragado; es que la misma preocupación por las iglesias, por dentro, a mí me asedia”. A mí lo que me sorprende, hermano, es que el apóstol Pablo fuera el hombre que más almas ha traído a Cristo en cualquier otra generación. Es más, Pablo trajo el Evangelio, hermano, fue un instrumento tal que, como dijo Cristo, se cumple en Pablo: Pablo trajo más almas a los pies de Cristo que Cristo mismo estando en medio nuestro.

La clave de Pablo: olvidar lo que queda atrás

La única clave que yo he encontrado, hermano, en el ministerio de Pablo es que Pablo tenía una capacidad extraordinaria, que tienen pocos hombres, para recomenzar vez tras vez, tras vez, sin importar cuál fuera la circunstancia. Ahora me gustaría traer el ejemplo de Pablo y decirles por qué Pablo dice lo que dice. ¿Qué dice Pablo?

Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que quedó atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

— Filipenses 3:13-14

Hermano, ¿qué era lo que había en Pablo que debe haber también en nosotros? Sin importar la situación adversa, sin importar su estado de ánimo, sin importar que comenzó y no pudo terminar, sin importar que tuvo que dejar una iglesia quizá desabastecida para salir corriendo, Pablo olvidaba lo que quedaba atrás, se extendía a lo que estaba por delante y proseguía una meta.

Hermano, nuestra iglesia tiene cinco años, y en cinco años es muy probable que cualquiera de nosotros ya haya sentido la tentación de devolverse. Nuestra iglesia va para cinco años y cada vez tenemos que volver a recomenzar, y estos son asuntos que los hacemos y los hacemos y los hacemos, y los volvemos a hacer. Y me gustaría animar, hermano, en este momento, a que volvamos a comenzar, y les diré tres cosas. Lo primero: que para volver a empezar tenemos que desprendernos del pasado.

¿Qué era lo que había en Pablo, hermano, que hacía que, sin importarle que le dieran cinco veces 39 azotes, él volvía y lo hacía? ¿Qué era lo que había en el apóstol Pablo que, sin importar que lo dejaban por muerto en las afueras de la ciudad, él se levantaba y volvía a predicar? Es que Pablo tenía la capacidad de desprenderse de estas cosas e impedir que eso sea un estorbo para que él siga prosiguiendo hacia una meta. Ejemplos de cosas a dejar, hermanos: miren, no todo lo que hagamos en nuestra iglesia va a dar resultado.

En glorificar al Señor y en la misión, hermano, vamos a tener que intentar muchas cosas para llegar a hacer que la misión de que la gente entienda el Evangelio y se hagan discípulos de Cristo se cumpla. Vamos a tener que intentar vez tras vez. El año pasado, yo lo admito, hermano, que yo tenía una gran expectativa en la Jornada de Esperanza 2012. Hermano, ese era el proyecto. Miren, yo puse, hermano, ahí la energía y saqué de abajo “Esperanza”, hermano. La jornada, la base de predicación “Esperanza”, y la gente vino, hermano, a “Esperanza”, la gente vino y se les predicó.

Decepciones, errores y buenos resultados que también hay que soltar

Óyeme, estuvimos esperando el domingo siguiente: “La gente de Esperanza, ¿dónde estará?”, y el otro: “¿Y dónde está la gente?”. Hermano, cualquiera no vuelve a hacerlo. Pero sorpréndanse: ya yo estoy pensando en ver “Esperanza 2014, 2015, 2016”. Quizá cambiemos, hermano, la cosa, pero no debemos dejar de hacer las cosas que hay que hacer porque quizá no tengamos el resultado esperado. Tendremos los intentos que haya que tener, hermano, pero tendremos que seguirlo intentando.

Hay malas experiencias que se tienen, miren, para glorificar al Señor. A veces uno se junta con dos hermanos: “Hermano, vamos a hacer tal cosa juntos”, y uno termina decepcionado, y uno dice: “Hombre, voy a dejar de hacer tal cosa. Mira esto: me junto para hacer esto y lo que estoy es decepcionado”. Bueno, el apóstol Pablo un día se juntó con Bernabé y Juan Marcos, y después no se entendieron, y ¿saben qué Pablo hizo? “Hey, ustedes por allá y yo por aquí, pero no dejen de hacer la misión. Ustedes por allá, que yo la voy a hacer también por aquí”. Se buscó a Silas y recomenzó.

Hermanos, hay veces que hemos cometido errores. O sea, que estamos en el mismo derecho de equivocarnos, hermano, somos humanos. Cometemos errores, no siempre somos asertivos en la acción, aunque sí siempre lo somos en la intención. Quiero explicar la diferencia. Miren, en nuestra iglesia muchos hermanos han comenzado cosas que quizá no han tenido el resultado que estábamos esperando, entre ellos yo, yo el primero. Quizás en la manera en que lo hicimos no hemos sido asertivos, pero yo no tengo duda de que la intención que ha habido en todos nosotros es glorificar al Señor haciendo lo que el Señor dijo que había que hacer.

En los próximos años seguiremos haciendo intentos. Quizás no todos serán asertivos, pero lo intentaremos nuevamente. Hermano, pero no solamente hay que desprenderse de las cosas que no han dado resultado; también de los buenos resultados. A veces uno ve una buena obra y uno quiere quedarse donde uno está. Pablo tuvo jornadas donde aparecía multitud de personas que aceptaban al Señor, y ¿saben qué Pablo hacía? “Ay, qué bueno, aquí hubo un gran fruto. Quédense aquí, perseveren en el Señor, que yo voy a comenzar también en otro sitio, a ver si tengo también fruto en otra parte”.

Hermano, lo que quiero animarles con esto es que hagamos lo mismo que hizo Pablo: olvidando lo que quedó atrás nos extendamos hacia lo que está por delante. Para volver a empezar, tenemos que desprendernos del pasado. Miren, en el primer trimestre de este año hicimos un esfuerzo de planificación muy bonito, llenamos formularios y tal cosa, y no ha dado el resultado que estábamos esperando. ¿Y qué hacemos, hermano? ¿Qué hacemos? Recomenzar. Quizá no dio resultado la planificación de un método, bueno, pero yo creo que la obra del Señor debemos organizarla de un modo u otro.

Vamos a utilizar formularios de planificación o vamos a utilizar otra herramienta, pero algo tenemos que hacer. Pero tenemos que recomenzar. Los programas de discipulado, hermano, miren, esta jornada de cursos fue fructífera en muchas áreas, pero hay áreas que no dieron el resultado que estábamos esperando. Es más, en unas áreas que he encontrado fueron hasta contraproducentes. ¿Y está mal que diéramos los cursos? No, no está mal que diéramos el curso. Sin embargo, hemos entendido que hay hermanos que quizás su herramienta no sea un curso, sino que debemos desarrollar otra herramienta.

Frutos, faltas y restauración para servir de nuevo

El fin no es que haya un curso, no, hermano; el fin es que los hermanos conozcan claramente la voluntad de Dios. Lo haremos por cursos a distancia o presenciales, lo haremos en escuelas bíblicas, haremos estudio bíblico entre semana o haremos algo, pero queremos que nuestra gente conozca la voluntad de Dios. “Olvidando lo que quedó atrás”, dijo el apóstol Pablo. Algunos de nuestros hermanos han cometido errores y han fallado ante el Señor, y han cometido faltas, algunas más graves, otras más sencillas.

Samuel decía del apóstol Pablo —y Pablo mismo decía—: “Yo soy un abortivo entre los apóstoles, porque yo perseguí la iglesia”. Yo quiero animar a toda nuestra congregación a que el hecho de que un hermano haya tenido una falta no lo descalifica para el servicio al Señor. Es más, muchas veces los hermanos que han cometido faltas garrafales —y esto lo digo con cuidado—, pero yo he tenido la experiencia de que hermanos que han deshonrado al Señor en áreas específicas, muchas veces son restaurados por Él y son los hermanos más fructíferos.

La realidad que yo estoy mirando es que nuestra iglesia tiene cerca de 25 miembros ya, pero de estos miembros hay unos que están sirviendo, hay unos que sirvieron una temporada con mucha fuerza y hay otros que se van quedando relegados. Yo no sé cuál haya sido tu experiencia, pero olvidando lo que quedó atrás, vamos a cerrar ese capítulo y vamos a extendernos hacia lo que está por delante. Yo mismo he vivido eso. Sí, recuerdo como en un momento de mi vida yo tuve una temporada muy fructífera para el Señor, entre los 17 y cerca de 22 años. Hermano, yo tenía mucha actividad en la iglesia.

Después me involucré en los negocios de la vida y a mí se me olvidó, hermano, que el Señor me había dado unos dones, unos talentos y unas oportunidades de servicio. Y yo recuerdo el momento en que yo me encontré a mí mismo y me dije: “Rafael, pero a ti ya las cosas del Señor como que no te llaman la atención, como que el ministerio ya para ti no es una realidad, como que a ti te apasionan ahora mismo más tu trabajo, tu patrimonio personal, el dinero que tú puedas tener, te apasiona más que hacer la obra del Señor”. Y yo mismo, hermano, me dije: “Rafael, vuelve en sí”.

Quizás tú has tenido una temporada de baja productividad para la gloria del Señor. Olvidando lo que quedó atrás. Yo me pregunto, hermanos: ¿qué sería de nuestra iglesia si todos los miembros que tenemos aquí, que hemos recibido formalmente, se dedicaran a glorificar al Señor poniendo la mano en la obra, en aquella cosa que podrían entender que es la oportunidad mejor que tienen para glorificar al Señor? ¿Qué sería de nuestra iglesia?

Más manos en el arado y el primer paso: cerrar capítulos

¿Qué distintas serían las cosas si no tuviéramos aquí cuatro o cinco manos, y tuviéramos 25 manos puestas en el arado? Hermanos que no evangelizan, pues dicen: “Bueno, yo salí, pero nadie aceptó al Señor. Yo fui a un lugar…”. Hermano, el mismo Cristo, en vivo y directo, fue a un pueblo, y dice que allí no le recibieron. Si Cristo, en vivo y directo, fue a predicar a unos hombres y estos hombres no recibieron a Cristo en vivo y directo, ¿qué será a través de nosotros cuando lo hace por un delegado? ¿Significa esto que cuando vamos y no hay fruto debemos dejar de hacerlo? No. Significa que tenemos que seguir haciendo el intento.

Primer paso para volver a comenzar es olvidar lo que quedó atrás. Y aquí me muevo al segundo. Así como te expliqué, hermano, que para tener un nuevo comienzo en nuestra iglesia tenemos que cerrar algunos capítulos y volver, les doy aquí una ñapa. Hay un ejercicio que yo he hecho con algunos hermanos: que voy donde ellos con una hoja en blanco. Y yo voy con una hoja en blanco y, por un lado, les digo: “Hermano, yo siento que hay unos compromisos que tú y yo hemos hecho que no se han honrado. Vamos a anotar de este lado las cosas que tú te comprometiste a hacer y no hiciste, y de este lado vamos a anotar las cosas que yo también me comprometí a hacer, pues, y que también he fallado”.

Y terminamos, en falta, encontrando cantidad de cosas que yo te dije que iba a hacer y no hice. Y después que lo anotamos, entonces lo tachamos. Y buscamos otra hoja y le ponemos: “Vamos a comprometernos a otra cosa, de manera distinta”. Hay gente que se comprometió en otras iglesias en el 2008: “Aquí pasó una cosa para el Señor”, y no la ha hecho todavía, entonces no ha hecho del 2008 para acá ninguna otra cosa. Es un ejemplo que pongo, no necesariamente real, pero miren, en el 2008 yo dije que… y cada vez que: “Ay, es que yo no he hecho eso que yo dije…”. Hermano, si usted no hizo eso todavía y no defrauda a nadie haciendo otra cosa, deje eso de lado y comience en el 2013 a hacer otra cosa para el Señor. Olvidando lo que quedó atrás.

Lo que queremos es que nuestra iglesia recomience, hermano. Que nuestra iglesia vuelva a hacer la obra, que todos nuestros miembros pongan la mano en el arado. Lo primero es olvidar lo que quedó atrás. Pero Pablo decía otra cosa: él decía que él se extendía. “Me extiendo”, dice, “a lo que está por delante”. Hermano, para volver a empezar tenemos que hacer un esfuerzo intencional de extendernos.

Deseo de crecer y la necesidad de sembrar

Y lo que voy a decir ahora, yo espero que nadie se sorprenda, hermano, pero en nuestra iglesia nosotros queremos crecer. ¿Ustedes no saben eso? Yo siento que, para la gente, algunos como que se asombran de que la iglesia quiera crecer. Sí, hermano, esta iglesia quiere crecer, es una realidad. Tenemos que reconocer que deseamos crecer. O pero dígame, hermano. Dice la Escritura en el Salmo 126, versículo 6, escuchen lo que dice:

Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.

— Salmo 126:6

Hermano, todo el que siembra quiere cosechar algo. Yo he visto que los agricultores tienen una disciplina tremenda para tener una mala cosecha y volver a sembrar. Pero todo el que siembra es porque está esperando cosechar algo. Sería una locura un hombre que salga a sembrar y que no tenga la expectativa de cosechar. Yo quisiera ver que nuestra iglesia crezca, hermano, yo espero que tú desees eso también.

Hay razones para que valga la pena decir que queremos que la iglesia crezca, claro. Queremos que la iglesia crezca porque esto es justo. Dice la Escritura que tenemos que dar por gracia lo que por gracia hemos recibido. Mire, ninguno de nosotros llegamos al cielo, llegamos al reino del Señor por carambola. Alguien nos trajo. ¿Aquí ha llegado alguien al Evangelio que me diga que se le apareció un ángel que le predicó y que llegó a la iglesia sin que nadie interviniera? No. Hermano, el que menos aquí tuvo algún hermano que le invitó a la iglesia, y el que más, algún hermano estuvo orando por él durante meses y años.

Hermano, hay personas de nuestra iglesia que son motivo de oración de años de alguien. Ahora dice la Escritura que tenemos que dar por gracia lo que por gracia hemos recibido. Tenemos, hermano, que crecer, porque en nuestra iglesia esto es un asunto que es justo, pero también es algo que es necesario. Miren, la necesidad más apremiante que hay en el ser humano es la necesidad de Dios. En tercer lugar, hermano, este asunto es un asunto natural. ¿Saben qué pasa con una planta cuando no crece? Se atrofia.

Nuestra iglesia, si nuestra iglesia no crece, hermano, si no usa lo que el Señor le está dando para crecer, nuestra iglesia terminará atrofiándose. A las plantas, a veces las siembran en tarros y la gente dice: “Ah, mira, que la mata crece poco; es que tiene las raíces atrofiadas, esas raíces quieren más espacio, pero el tarro no la deja. Tal vez le falta sol, a veces le faltan nutrientes”. Hermano, lo que menos queremos es tener una iglesia atrofiada. Nuestra iglesia debe crecer.

Hay gente que dice: “Es que la iglesia grande tiene muchos problemas, pero tiene una calidad…”. Yo no estoy muy seguro de que eso sea así. La gente a veces se refugia en eso, dice: “Nosotros somos pequeñitos, pero somos bíblicos”. Eso no necesariamente es así. Hay iglesias que son chiquiticas y los niveles de ignorancia espantarían a cualquiera. O sea, eso no es algo que sea de que: “Ah, no, nuestra iglesia…”. Quisiera yo consolarme en eso, hermano, decir: “Ah, que nuestra iglesia es una iglesia pequeña, pero es porque somos una iglesia santa, somos una iglesia bíblica”. Eso no es así, no se lleve de eso.

Dios sí cuenta los números y nosotros también debemos aspirar a crecer

Hay gente que dice: “A Dios no le importan los números”. Dice la gente: “Vamos a buscar el Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico… ¿y después de Levítico, cuál es? Números”. Un libro entero el Señor tuvo, hermano. Al Señor le gustan tanto los números que hay un libro entero en la Biblia que está lleno de cifras. Le puso “Números”. Cuando el pueblo salió de Egipto, ¿no los contaron? Y cuando entraron a la tierra prometida, ¿no los contaron de nuevo? Ah, pues parece que el Señor está contando.

Dicen otros que hablar de crecimiento “eso es vanidad, es un asunto superficial, vanidad…”. ¿Y el que se pierde? Vanidad para ti, que ya estás seguro en el Señor, pero piensa lo inverso. Uno dice: “No, nosotros quisiéramos en esta iglesia tener por lo menos 20 nuevos creyentes más que vengan y conozcan al Señor, y eso es bueno, debemos tener una meta”. Ponte tú a lo inverso: vamos a tener como meta entonces que 20 personas más estén en el mundo sin Dios y sin esperanza. Cristo, cuando entró a Jerusalén, dice que lloró por ellos, porque los vio que estaban como ovejas perdidas, que no tenían pastor.

Tengo que decirte, hermano, en primer lugar en cuanto a extendernos, que pretender crecer no está mal: hay que querer crecer. Pero en segundo lugar, hay que buscar la tierra, y eso es difícil. Yo le traje a ustedes un regalito, y el que quiera que venga y lo busque. ¿Qué es el regalito? Miren, tomen de a dos cada uno, no más de dos entre sus hermanos, o sea… Y lo van a tomar ahí en su puñito, ahí lo guardan, que no te vean, que te lo quitan. Toma dos ahí, toma dos, dos ahí, guárdalos, guárdalos, guárdalos, que no te vean. Que no te vean, no se lo coman todavía.

Oigan, por favor, de a dos, no más de dos. Que no te vean, Rocío, ahí. De a dos solamente, son dos, sólo dos, ahí, ahí. Dos, guárdalo ahí, guárdalo. No se lo dejen quitar. No se lo dejen quitar. Guárdenlo ahí. Un regalito… Dice Leidy que le tocan cuatro, cuando nazca le damos lo suyo. Guarden los dos ahí. De a dos, de a dos solamente. No cojan más. Oigan, perdónenme, me van a acabar de irme a mí, déjenme a mí. Denme a mí también, que a mí también me gusta. Agárramela ahí, hermano, que no le toca… luego, luego, luego. Dos ahí, tome dos, hermano Virgilio, asegúrese, no se lo dejen quitar. Coja ahí, coja ahí…

La ilustración de las habas: la semilla y la tierra

Hermano, “olvidando lo que quedó atrás”, decía el apóstol, “olvidando lo que quedó atrás, yo me extiendo a lo que está por delante”. Para extendernos, lo primero que tenemos que hacer es querer crecer, pero lo segundo, hermano, es buscar la tierra hacia dónde vamos a crecer. Todos ustedes tienen en la mano dos granitos de haba. De esos se hace moro. Esto se guisa, hermano, se hacen habas guisadas, son muy buenas. En Baní hacen habas con dulce.

Y si yo le digo a usted, hermano: “Vayan, no estoy hablando metafóricamente, sino literalmente: hermano, vaya y siembre esas habas”. Lo primero que me va a decir alguno: “¿Y dónde yo las voy a sembrar? Yo no tengo patio, yo vivo en un apartamento”. Son excusas. “Yo trabajo mucho y no puedo cuidar una mata. Yo nunca he sembrado, a mí hasta la hierba mala se me muere”, me van a decir algunos. Es la realidad. Y alguno dice: “No, hay gente que tiene buena mano para la siembra”.

Miren, ustedes podrían buscar mil excusas para no sembrar esos dos granitos de haba, pero si ustedes sembraran esos dos granitos de haba, yo les digo que hay mucha probabilidad de que, de aquí a tres meses, lleguen a tener 300 granos de haba. Esas habas, hermano, déjenme contarles la historia. Yo le pedí a mi padre que me trajera habas porque quería sembrar habas en mi patio, y me trajo ocho granos de haba. Sí, son de mi patio, esas nacieron en mi casa. Él me trajo ocho granos de habas.

Espéreme, déjeme contar, hermano… Yo busqué y pregunté cómo era que se sembraban las habas, y me dijeron: “Las habas se siembran dos granos cada medio metro”. Y yo busqué con mucho cuidado, hice en mi patio cuatro hoyitos con medio metro cada uno y los sembré. Hermano, a los tres meses yo iba todos los días a mi patio a ver si las habas habían nacido, y echaba el ojo y vi una ramita un día que subió, hermano, y yo casi brinqué. A los tres meses, las habas ya se habían hecho una enredadera y comenzaron a parir. De esas habas, en mi casa se hicieron algunos cuatro moros. Se repartieron abajo y hasta aquí estamos.

Multiplicación de la semilla y la falta de tierra… ¿o de intención?

Cuando yo coseché, hermano, mis habas, las coseché, y las habas dejaron tantas hojas en medio, eso parece la haba, parece una hierba mala cuando se enreda. Paren como ellas solas, hermano, y rápido. Pero eso me dejó… y me daba una pereza de esa enredadera, toda esa cosa, que yo quité las habas que pude, nos las comimos, y después, de la última camada, agarré las habas, hice un puño y lo tiré en el suelo.

Hermano, cuando tiré esas que cayeron en el suelo, se enredaron en una mata de naranja. O sea, estas son la segunda cosecha de habas que salen de mi patio. No crecieron con tanta fuerza como las primeras, que yo las atendía, pero hasta esas crecieron. Yo ponte, hermano, que le guardé para volver a sembrar 300 unidades de habas, más los moros que ya nos comimos de ahí. Usted dirá: “Pastor, es que yo no sé sembrar”. Ustedes me dirán: “Ay, que yo no tengo tierra”. Miren, si ustedes realmente creyeran que la haba es valiosa, ustedes, en un tarro, en su casa, lo ponen.

Y tengo casos recientes. Miren, cuando se mencionó que la moringa curaba qué sé yo cuántas enfermedades, la gente cultivó moringa en República Dominicana en tarros de salsa, en latas, en macetas. En las matas de los apartamentos la gente andaba buscando que le dieran un ramito de moringa. A veces se le pegaba. Cuando lo que hacía falta era la intención. Miren, todos ustedes tienen el grano más valioso, la semilla más valiosa que se puede sembrar. Lo que les hace falta es un pedacito de tierra.

¿Y ustedes me dirán: “Es que no hay tierra donde sembrar”? ¿Cómo va a ser? ¿Tú sabes cuántos kilómetros cuadrados tiene la República Dominicana? Tierra hay. Que no tiene tierra usted… búscala. Si a usted le pagaran el grano de haba que se multiplicara en su patio, si se lo pagaran a precio, ustedes pidieran tierra prestada a los vecinos: “Ese patio suyo que no está haciendo nada ahí, préstemelo, que este mes ese terrenito, en tres meses, yo hago mi cosecha y le dejo la tierra igual”.

Hermanos, olvidando lo que quedó atrás —eso de que “anteriormente yo lo intenté y no pude”, eso de que “anteriormente yo lo hice y me cansé”, eso de que “yo me frustré”—, olvidando lo que quedó atrás, dice Pablo, yo me extiendo a lo que está por delante. Para extenderse hay que buscar tierra. Una meta, hermano, para nosotros, podría ser que cada hermano de la iglesia traiga uno más, que cada miembro de nuestra iglesia, por lo menos una vez al año, una vez al año, con la ayuda del Señor, dependiendo del Espíritu Santo, orando al Señor, lograr que uno más venga a los caminos del Señor.

Dónde sembrar hoy: personas concretas y lugares concretos

Y he venido a decirles, hermanos, que hay que buscar un terreno, hay que buscarlo intencionalmente. El que quiere sembrar busca la tierra. Miren, ustedes tienen tierra donde pueden sembrar la Palabra del Señor. Ustedes tienen compañeros de trabajo, ustedes tienen familiares, ustedes tienen amigos, tienen vecinos. Por aquí mismo hay gente, hermano, por aquí mismo hay tierra. Mire, usted sale por aquí, visite, y va a encontrar que en alguna casa le reciben, y alguien quiere escuchar el Evangelio.

Quiero animar a mi iglesia, hermano, a que tengamos un nuevo comienzo, y para tener un nuevo comienzo hay que buscar tierra donde sembrar. Un problema real es que los terrenos como que se agotan. “Yo intenté ahí, esa tierra se cansó, no dio nada…”. Muévase. ¿Ustedes saben en cuántos pequeños lugares el apóstol Pablo puso una semilla, hermano? Yo, mal contado, le conté 40. Y donde Pablo iba y predicaba no era que Pablo dejaba iglesias establecidas con 100 miembros, 200 miembros. La mayoría de las iglesias que Pablo sembró eran iglesias que cabían en la sala de una casa pequeña.

Pero Pablo sabía que su trabajo no era esperar una gran cosecha en una sola parte, sino sembrar en tantos lugares como pudiera la Palabra del Señor, esperando que esas matas prendan, den fruto y eventualmente la semilla crezca. “Olvidando lo que quedó atrás”, decía el apóstol Pablo: todas las frustraciones, todas las pedradas, todos los naufragios, olvidando lo que quedó atrás, todos los intentos fallidos, todos los tiempos de inoperancia… “Olvidando lo que quedó atrás, me extiendo a lo que está por delante”. Y termino con lo siguiente: Pablo decía: “Yo prosigo una meta”.

Para tener un nuevo comienzo en esta iglesia, hermano, lo primero es que tenemos que dejar atrás unas cuantas cosas. Lo otro es que tenemos que extendernos y buscar la tierra. Pero dice el apóstol Pablo al final: “Yo prosigo una meta”. Se lo leo textualmente: “Yo prosigo a la meta”. Para volver a empezar tenemos que recordar cuál es realmente nuestra misión.

Qué no es la misión de la iglesia y qué sí es

En este punto lo voy a cubrir rápido, hermano, pero le diré lo que no es la misión de nuestra iglesia. Miren, nuestra iglesia no existe primordialmente para ser una comunidad ideal donde no hay ningún tipo de problema, eso no es la iglesia. En nuestra iglesia hay problemas, y los van a ver, hermano. Por acá seguí sembrando… Otto Caracutas fue el primero que se cortó un dedo tratando de poner una semilla, un hermano. El agricultor vive y convive con que hay dificultades.

¿Cuál no es la meta en nuestra iglesia? La iglesia no existe para hacer actividades. La gente piensa que actividad es fruto, hermano, y actividad no es fruto. Otro sabe cómo es un racimo de plátano: no porque te lleves el plátano tres veces de un lugar para otro; no, hermano, hay que sembrar la cepa y esperar que eso dé fruto. La meta de la iglesia no es hacer actividades. Hacemos actividades con la intención de tener un fruto.

La meta de la iglesia, hermanos, nuestra misión, lo que estamos persiguiendo, no es que usted conozca, en un ejercicio de vanidad, cada vez más la Biblia y la Palabra de Dios. Ya hay hermanos que dicen: “La iglesia creció porque ahora tenemos la cabeza más grande, sabemos más de la Palabra del Señor”. Hermano, si es el conocimiento de la Palabra del Señor con la intención de que eso tenga un propósito de fruto, gloria al Señor. Por eso, ahora yo me pregunto: en nuestra iglesia dimos cerca de 12 cursos en los últimos 12 meses.

¿Estos cursos, hermano, te han dado a ti mayores herramientas para que tú puedas hacer la misión? ¿Estos cursos te han dado a ti más herramientas para que puedas compartir tu fe con otros? ¿Estos cursos te han permitido a ti tener más capacidad para argumentar y explicarle a otro? Entonces el curso valió la pena. Hermano, la meta de la vida cristiana tampoco es permanecer sin fruto. Hay gente que se sienten bien y dicen: “Ya yo tengo, guau, voy a tener ya cuatro años en los caminos del Señor”, y en eso se regodean. Otros dicen: “Yo tengo 25 años en los caminos del Señor”, y se echan fresco encima y dicen: “Guau, qué bueno soy, tengo 25 años perseverando”. Yo te pregunto, hermano: en estos 25 años, ¿hay algún fruto?

“Ah, yo tengo ya cinco años que tengo en el Señor…”. Hermano, en estos cinco años, ¿hay algún fruto? Y le diré que tampoco es la misión de una iglesia tener una congregación grande. La meta no es que esta iglesia local sea una iglesia multitudinaria. La meta es que de la semilla que sale de esta iglesia local se siembre en muchos lugares y haya mucho fruto.

Una meta grande: medio millón alcanzados en 25 años

Yo estoy convencido de que me quedan todavía cerca… Estoy haciendo un cálculo mental ahora mismo. O sea, yo me comprometí en esta iglesia a 25 años —aunque el pastor Mayer siempre me dice que no, que no mencione ese asunto, que los pastores no se retiran—. Mi meta fue a 25 años. Hermano, todavía me quedan 20 años, y con la ayuda del Señor yo tengo la intención de que, en los próximos 20 años, de la semilla que aquí se siembre uno pueda alcanzar por lo menos a 500,000 personas en alguna parte de esta tierra.

Y usted me dice: “Rafael, ¿y tú tendrás el tiempo para predicarle a 500,000 personas?”. No. Pero yo sembré ocho granitos de haba, me comí cinco moros, guisé, regalé habas y todavía conté 300. ¿Serán de la misma mata? No, no, no, no. Ahora, yo esperaría que del fruto que estamos cosechando aquí esto se siembre en otras partes, y que el Señor nos permita quizás, en 25 años de ministerio como iglesia, poder llegar a 500,000 personas.

Y usted me dice: “¿Y eso es posible?”. Hermano, las plantas, la naturaleza, esto no es un crecimiento matemático; es un crecimiento exponencial. Uno siembra un granito de haba y ese solo granito de haba podría producir hasta 4,000 granos de haba distintos. Quiero animarte, hermano, a que siembres.

“Olvidando lo que quedó atrás”, resumo: sea bueno, sea malo. Si tuvimos fruto en estas cosas que hemos hecho, gloria al Señor; y si no, vamos a volver a comenzar. Olvidando lo que quedó atrás, nos extendemos hacia lo que está por delante, buscando una tierra donde poner las semillas que el Señor nos ha dado. Sembramos, cosechamos, reposamos; sembramos, cosechamos, reposamos. Y sabemos cuál es la meta que tenemos, para que no nos distraigamos, para que no pensemos que porque una cosa dio fruto, ya lo hemos alcanzado.

La meta, hermano, de nuestra iglesia es formar discípulos de Cristo que vivan en el mundo de una manera diferente. Y de aquí a los próximos años estaremos tratando de formar discípulos de Cristo que vivan en esta tierra de una manera diferente.

Quiero animarte, hermano, a que siembres, y a que tengas un nuevo momento. Cierra tus ojos un momento y permite que oremos al Señor por ti.

Oración final por la siembra, el fruto y un nuevo comienzo

Gracias, Padre, por la semilla que tú plantaste en nuestra iglesia. Gracias por este equipo iniciador que comenzó esta iglesia hace cinco años, Señor, en el salón de espera de un taller de mecánica. Gracias por estos hermanos que comenzaron, porque el trabajo de ellos, Señor, ya se ve multiplicado. Gracias porque hoy somos 25. Permite, Padre, que en lo que queda de año podamos hacer esfuerzos intencionales para volver a sembrar, Padre, esperando que tú, en el año entrante, esa semilla sembrada en el 2013 produzca su fruto.

Todo es por gracia, Padre, porque alguien sembró y aquí estoy yo. Miren estos 2,000 años de historia, Señor, cómo la semilla, la buena semilla que se sembró, Señor, como tú dijiste, que el grano, hasta que no cayera en la tierra, no germinaría y produciría fruto. Ese eras tú. Mira cómo esa semilla que tú sembraste inicialmente ha dado un fruto, Señor, al punto tal de que millones y millones de personas en este momento se confiesan cristianos, y millones y millones de personas ya en este momento están en tu presencia.

Permite que esta iglesia no sea sin fruto, Señor. Padre, te pido especialmente por las emociones que hay en nosotros, que nos impiden volver a comenzar. Mira aquellos proyectos fallidos que hemos tenido como iglesia. Mira aquellos intentos, Señor, que no se han concretado. Mira los anuncios que no se llegaron, Señor, a realizar. Mira los planes y proyectos que quedaron en papel.

Mira los hermanos que sirvieron, Padre, en el año 2008, 2009, y en el 2010 se detuvieron. Mira los que llegaron en los últimos años y todavía no se integran, Señor, activamente a sembrar la semilla. Mira cuántas cosas hacemos en nuestra iglesia de un lado y del otro, Señor. Permítenos sembrar la semilla. Esto que he anunciado a mis hermanos, Padre, ahora lo ruego en tu presencia.

Permite que en los próximos años la semilla que humildemente hemos sembrado en nuestra iglesia pueda, Señor, nacer, germinar, crecer, producir un fruto abundante, y que, de aquí a los años, Señor, cientos de miles de personas puedan ser alcanzadas a través de nuestro ministerio. Permite que nuestra iglesia local siga creciendo, Señor, pero permite que desde nuestra iglesia local también comiencen otras.

De nuevo, Padre, permítenos romper con esta emoción que nos ata y que nos impide volver a comenzar, dejando el pasado y comenzando a soñar lo que podemos hacer con la ayuda tuya en el futuro. Todo esto te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.

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