Nos encomendamos, Señor, en oración delante de ti. Te damos las gracias porque nos has dado este privilegio de poder participar en este culto. A ti, sabemos que por fe tú estás en medio nuestro. Mira al mismo tiempo, Señor, esta oportunidad que tenemos ahora de que seas tú hablándonos a nosotros y no nosotros hablándote a ti. Permite que cuando tu Palabra sea expuesta, ella, que es viva, que es eficaz y que es más cortante que espada de doble filo, Señor, que penetre en nuestros corazones y que haga en nosotros esta buena obra. Permite que aquellos que no están tan acostumbrados a escuchar la predicación entiendan, Señor, tu Palabra y actúen en consecuencia, y aquellos, Señor, que ya son creyentes se sientan animados.
Y que tu Palabra sea aliento en su corazón, dirígenos tú en este tiempo, acompáñanos tú, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén. Les invito, hermanos, a que busquen el Salmo 23. Recuerden que en este año hemos estado exponiendo las Escrituras desde el Antiguo Testamento. Hoy me dispongo a exponer las Escrituras y me parece que esta es la porción de la Biblia que más personas en todas las partes del mundo conocen. El que menos conoce las Escrituras ha escuchado que hay un salmo que dice el Salmo 23 y que quizás hasta conoce que dice que Jehová es mi Pastor, y que nada me faltará, y que en lugares de delicados pastos me hará descansar, y que junto a aguas de reposo me pastoreará.
Y que confortará mi alma, y que me guiará por sendas de justicia, por amor de su nombre, y que aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque él estará conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento. Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; unges mi cabeza con aceite, mi copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia de Jehová me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días. Ese es el Salmo 23. Hermano, debe ser la porción de las Escrituras más conocida del mundo; por lo menos un recordatorio en algún funeral, alguien vio el Salmo 23. El que menos ha visto, por lo menos algo ha oído.
Introducción: un salmo conocido pero poco entendido
Dice en nuestra introducción al salmo, que está en su programa, que este es el salmo que casi todo el mundo conoce, aunque no necesariamente lo entiende. Sucede con las partes más populares de la Biblia que la gente las repite vez tras vez, lo hace mecánicamente: “Jehová es mi Pastor, nada me faltará; en lugares de delicados pastos me hará descansar…”. Pero pocas veces se detienen a analizar su significado o sus implicaciones. Este salmo consta no de una, sino de dos metáforas. Normalmente la gente relaciona el Salmo 23 con que “Jehová es mi Pastor” y es un salmo acerca de nosotros, ovejas, y Jehová Pastor, pero son dos metáforas en una.
En la primera, Dios se presenta con la imagen de un pastor dedicado a cuidar, alimentar y proteger su rebaño, y el salmista, esto es, el salmista David, se presenta con la imagen de una oveja, un animal muy vulnerable cuya supervivencia depende no de su capacidad para protegerse, proveerse o defenderse por sus propios medios, sino de saber prestar atención a la vara y al cayado de su pastor. En la segunda metáfora se presenta a Dios como el anfitrión de un banquete y al salmista como su invitado. Hay dos asuntos muy significativos en este salmo. Lo primero es que fue escrito por un pastor de ovejas real; esta era la experiencia de David, el escritor. Él era un pastor de ovejas desde su juventud y niñez, tenía experiencia en la metáfora que estaba explicando y, al parecer, escribió este salmo después de haber experimentado de primera mano el cuidado de Dios.
Entonces, la experiencia cuadra con el mensaje mismo. Entender este Salmo 23 puede llevarnos a depender de Dios y confiar en su amoroso cuidado hacia nosotros. Les invito a que busquen sus Biblias porque quisiera detenerme a explicar el salmo.
Fe cristiana versus positivismo y propósito del sermón
Y a pesar de que antes he expuesto ya esta misma porción de las Escrituras en diferentes contextos, por ejemplo, recuerdo que el primer culto dominical de nuestra iglesia yo prediqué el Salmo 23, o sea, en el 2008 prediqué, en el momento que recuerdo, prediqué el Salmo 23, y en otros sermones hemos citado también el Salmo 23. Ahora lo que quisiera es detenerme en el salmo para tratar de explicarlo y que de aquí veamos por lo menos cuatro asuntos esenciales. Antes de proceder tengo que hacer un preámbulo. Hay una diferencia entre la fe cristiana y el positivismo. Nosotros no somos positivistas, somos cristianos. Cuando tenemos fe en el Señor no estamos diciendo que si repitiéramos las cosas vez tras vez tarde o temprano sucederían. Eso no es fe cristiana; la fe cristiana es entender lo que el Señor ha ordenado y tratar de vivir en consecuencia.
Si usted solamente lee el Salmo 23 o repite el Salmo 23, no tiene esto mucho provecho. Eso es positivismo, que tú repitas: “Jehová es mi Pastor, nada me faltará; Jehová es mi Pastor, nada me faltará”. Lo puedes repetir diez veces o cien, y eso no cambiará la realidad. Sin embargo, hay un momento en que tú te detienes y no solamente repites mecánicamente que Jehová es tu Pastor y nada te faltará, sino que tú entiendes lo que el salmista estaba diciendo, y cuando tú entiendes, entonces vives en consecuencia. Mi meta hoy es lograr que aquellas personas que solamente han repetido el Salmo 23 puedan predicarse a sí mismos que Jehová es su Pastor y nada les faltará, y que cuando lo hagan no lo hagan confiando solamente en la vana repetición, sino confiando en la misma convicción que tenía el salmista David cuando escribió esta porción de las Escrituras.
De entrada también les digo que el libro de los Salmos, a pesar de que lo vemos como un solo libro en 150 capítulos, al parecer inicialmente era un conjunto de cinco libros que eran como compilaciones de canciones. Y en esta compilación, dentro de la primera sección, que es la que va del Salmo 1 al Salmo 41, está el Salmo 23. También, al parecer, el Salmo 23 fue escrito por David en su postrimería. Y con esto me gustaría introducir lo primero que viene a enseñarnos. Este es un salmo de dependencia, pero la dependencia debe ser experimentada personalmente. Dice el salmista David en el Salmo 23:
Jehová es mi pastor; nada me faltará.
En lugares de delicados pastos me hará descansar;
junto a aguas de reposo me pastorará.
Confortará mi alma;
me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.
Aunque ande en valle de sombra de muerte,
no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
tu vara y tu cayado me infundirán aliento.
Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores;
unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.
Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida,
y en la casa de Jehová moraré por largos días.
— Salmo 23
Él no está diciendo esto, hermano, como quien espera que algo suceda.
“Jehová es MI Pastor”: dependencia personal y proceso
Él lo está escribiendo en, digamos, la primera persona del singular. Él no está diciendo aquí: “Jehová es nuestro Pastor, Jehová es el Pastor del pueblo”. No, no, no. David está dando un testimonio personal. Él dice: “Jehová es mi Pastor”. Si uno llega a entender esto, cambia toda la realidad del salmo. Lo que David está aquí cantando es su testimonio personal. El salmo está escrito en primera persona. Él dice: “Jehová es mi Pastor, soy yo”. No es un deseo, un clamor como el Salmo 42, sino que es un testimonio muy personal. Quien escribe esto ha experimentado de primera mano el cuidadoso amor de Dios a un punto tal que ha puesto en Cristo toda su confianza.
David pudo escribir el Salmo 23 porque había conocido la provisión del Señor de primera mano y por eso él dice ahora: “Jehová es mi Pastor”. Él no está esperando que eso suceda, él lo está testificando. Sucede con las personas que no tienen una experiencia con Dios que leen el Salmo 23 y les parece un poco ingenuo. Lo natural en el ser humano es que trate de agenciarse su provisión por sus propios medios. Sin embargo, aquellos que han experimentado el amoroso cuidado de Dios podrían decir, como dice el Salmo 23: “Jehová es mi Pastor y a mí nada me faltará”. Me gustaría enseñarles que cada oveja tiene una relación con el Pastor, esa relación es muy de su oveja con su Pastor.
Si mi Pastor es Cristo, hermano, la confianza que yo tengo en la provisión de Cristo para mí estará directamente acondicionada por la experiencia con Cristo que yo he tenido. Y no todos los cristianos tienen en Cristo, en este momento, el mismo nivel de confianza. Quizás cuando uno comienza en los caminos del Señor uno llega a confiar hasta cierto punto, pero todavía se cuida por sus propios medios. Esa relación se vuelve más estrecha con nuestra experiencia diaria y llega un momento en la vida cristiana en que llegamos a confiar plenamente en que el Señor proveerá. No sucede en el primer momento, quizás no suceda en el primer mes, quizás ni siquiera suceda en el primer año, pero llega un momento en nuestro caminar con el Señor que el Señor nos ha provisto de tantas maneras, con tanta frecuencia y con tanta fidelidad que nosotros podemos decir confiadamente: “Jehová es mi Pastor”. Ya no estamos esperando que algo suceda, sino que el Señor nos ha dado tantas demostraciones de su amor, de su gracia, de provisión, que estamos absolutamente convencidos de que el Señor seguirá proveyendo.
Ejemplos bíblicos de dependencia aprendida: Habacuc, Job y Pablo
Este es un salmo de dependencia, pero la dependencia debe ser experimentada personalmente. Quiero mostrarles por lo menos cinco casos de lo que es la dependencia experimentada en las Escrituras. Quizá han escuchado ustedes hablar del profeta Habacuc. Bueno, nuestra hermana Rocío testificaba de Habacuc. Quiero que busquen el libro de Habacuc. Al final de Habacuc él termina testificando. Escuchen lo que dice Habacuc al final de su profecía. Él dice, escuchen lo que es la dependencia en el Señor experimentada, no solamente repetir las mismas cosas, sino haber probado de primera mano la provisión de Dios. Dice Habacuc al final de su profecía, en el capítulo 3:
Aunque la higuera no florezca,
ni en las vides haya frutos,
aunque falte el producto del olivo
y los labrados no den mantenimiento,
y las ovejas sean quitadas de la majada
y no haya vacas en los corrales;
con todo, yo me alegraré en Jehová,
y me gozaré en el Dios de mi salvación.
Jehová el Señor es mi fortaleza,
el cual hace mis pies como de ciervas,
y en mis alturas me hace andar.
— Habacuc 3:17–19
Al jefe de los cantores se le dirigió este salmo. Hermano, pero Habacuc no llegó de cero a cien en un soplo. Habacuc no comenzó a caminar con el Señor y el primer día Habacuc dijo: “Jehová es mi proveedor; aunque falte todo tipo de provisión, aun así yo confiaré en Jehová”. No comenzó así. Escuchen cómo comenzó el profeta Habacuc. En el capítulo 1 dice así, cuando comenzó:
¿Hasta cuándo, Jehová, clamaré, y no oirás;
y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?
¿Por qué me haces ver iniquidad,
y haces que vea molestia?
Destrucción y violencia están delante de mí,
y pleito y contienda se levantan.
— Habacuc 1:2–3
Pero este es el mismo Habacuc que después termina diciendo que aunque la higuera no florezca, con todo él se alegrará en Jehová.
Quiero enseñarle por medio de esto, hermano, que la vida cristiana no es una vida mecánica, que decir que “Jehová es mi Pastor” no es un rezo superficial. Uno tiene que estar absolutamente convencido, y que mientras más tú confíes en el Señor más verás su provisión, y en mejor condición quedarás para cantar del mismo modo que cantaba David. Otro ejemplo, hermano: Job. ¿Han leído a Job? Miren, Job tiene 41 capítulos quejándose, 41 capítulos, hermano, donde todo el mundo está zarandeando a Job. Bueno, vayan, hermano, tomen Job, al final se van a Job. Quiero mostrarles esto como ejemplo. Escuchen a Job al final, Job capítulo 42:
¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento?
Por tanto, yo hablaba lo que no entendía;
cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía.
Oye, te ruego, y hablaré;
te preguntaré, y tú me enseñarás.
De oídas te había oído;
mas ahora mis ojos te ven.
— Job 42:3–5
Oigan qué chulería, hermano, Job 42. Pero a menos que te leas Job 1, 2, 3 y 4, veas a Job sacándose la piel con un coquito, usted no entenderá cómo él va a confiar en que “de oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven”. ¿Qué quiero enseñar con esto, hermano? Quiero enseñar que la vida cristiana no es una vida de dependencia mecánica, que tú confías en el Señor, que el Señor provee para tu necesidad y al final tú terminas admitiendo lo que es esto.
Hay un versículo de la Escritura que casi todo el mundo conoce y eso es como el grito de batalla de la mayoría de los cristianos. Yo creo que ustedes saben cuál es, hermano, eso lo dice todo el mundo y lo repiten cada vez, en cada aflicción repiten lo mismo, repiten Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Hermano, eso lo dicen vez tras vez. Pablo escribió la carta a los Filipenses aproximadamente en el año 61 después de Cristo y él les escribió a los Corintios aproximadamente en el año 52 después de Cristo. Miren qué decía el apóstol Pablo cuando les escribió a los Corintios. En el capítulo 11 de la segunda carta a los Corintios decía el apóstol Pablo:
De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno.
Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado;
tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar;
en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones,
peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles,
peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar,
peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga,
en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos,
en frío y en desnudez.
— 2 Corintios 11:24–27
Y, además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias. Y dice en el capítulo 12, versículo 7:
Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente,
me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee,
para que no me enaltezca sobremanera.
Respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí.
Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.
— 2 Corintios 12:7–9
Pasaron los años, hermano, pasaron los años y Pablo le escribió a los Filipenses y les dijo, en Filipenses 4:11–13:
He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación.
Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado,
así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad.
Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.
— Filipenses 4:11–13
Hermanos, las afirmaciones de fe de un cristiano no son emociones de un momento, ni una frase chula que aparece en Facebook y uno le da “share” y la comparte. No es hacerle “retuit”, hermano, a un pensamiento positivo. Es haber experimentado de primera mano la provisión del Señor a un punto tal que tú puedes decir con convicción: “Jehová es mi Pastor, y nada me faltará”. No sucede siempre en el primer mes, no sucede siempre el mismo año, pero llega un momento en la vida del cristiano que tú has experimentado de manera tan continua la provisión del Señor que tú puedes llegar a testificar estas cosas.
Hay otros ejemplos. Santiago 1 dice así mismo que la prueba de nuestra fe produce paciencia, y que la paciencia tenga en nosotros su obra completa. Una vez el Señor le dijo a un padre de un muchacho que estaba enfermo, le dijo: “¿Tú crees que tu hijo puede ser sanado?”. Y el padre le dijo: “Sí, Señor, yo creo”, y después la Escritura tiene un punto y coma, y dice: “Ayuda mi incredulidad”. Te quiero enseñar con esto, hermano, que cuando David escribió que Jehová era su Pastor, él no estaba anunciando una frase bonita que sonaba bien. Él estaba testificando que durante su niñez, durante su juventud, durante su vida adulta, David fue perseguido, David fue calumniado, David fue derribado, David estuvo casi al morir y de ahí el Señor le levantó, y al final, en su postrimería, él dice: “Jehová verdaderamente es mi Pastor y nada me faltará”.
El cristianismo no anula el sufrimiento; el cristianismo enseña que el sufrimiento, en las manos del Señor, tiene algún propósito. El propósito es que tú llegues a confiar verdaderamente que Jehová es tu Pastor. Esto quise enseñar, hermano, en primer lugar: que la dependencia depende de la experiencia. Quiero animar a las personas que comienzan, que comienzan a trajinar la vida cristiana: mientras más tiempo tengas confiando en la provisión del Señor, en mejor condición quedarás para confiar en su provisión mañana. Es más, yo pienso que en la vida cristiana llega un momento que la gente hace como un nudito, a un punto tal que mira hacia atrás y dice: “El Señor tiene 15 años proveyéndome; el Señor me está proveyendo desde antes de que yo conocerle”.
La amplitud de la provisión del Pastor: material, emocional y dirección
“El Señor me ha cuidado, el Señor me ha sostenido; si el Señor lo ha hecho hasta ahora, ¿por qué no puedo yo confiar en que el Señor lo hará mañana?”. No es la emoción de un momento, es una vida caminando al lado del Señor y mirando su provisión, a un punto tal que tú dices: “Jehová es mi Pastor y nada me faltará”. En segundo lugar, me gustaría mostrar la amplitud de esta provisión, que es “nada me faltará”. El texto lo explica. Él dice que hay una provisión material: son delicados pastos y aguas de reposo. Voy a pasar aquí un poco rápido porque en otra ocasión he explicado el significado que tiene todo esto, pero él está diciendo: “El Señor proveerá delicados pastos”, que es lo que necesita una oveja, y el Señor proveerá también “aguas de reposo”.
Él le dice también que el Señor confortará su alma: ánimo en momentos de aflicción. Bueno, hay veces que usted tiene los delicados pastos y aguas de reposo, pero su alma no reposa. Hay momentos en los que lo que falta no es alimento, hay momentos en que lo que se tiene no es hambre. Hay momentos en que lo que hay es tristeza, son profundas angustias, son desasosiegos, son temores; hay cosas que no las llenan los bienes materiales. Hay momentos en que, materialmente hablando, hay, pero el alma todavía no ha encontrado reposo. Dice la Escritura que el Señor confortará su alma. El Señor puede proveernos a nosotros no solamente nuestras necesidades físicas, sino que también puede proveer aquellas cosas que verdaderamente anhelamos en la parte interior.
También dice él que el Señor le da dirección y acompañamiento, que él le guía por sendas de justicia. No solamente que él le muestra las sendas de justicia, sino que él sabe que el Señor le guía, y David sabía de estas cosas, hermano. Cuando uno asume que el Señor es su Pastor y que el Señor le guía, no está diciendo que siempre la ruta se haga dable. Hay veces que fue a mandarriazo que David llegó a la senda de justicia, pero llegó: el Señor le guió. Recuerdo que predicaba aquí hace dos meses de cuando David tomó el despropósito de perseguir al mismo pueblo del Señor, y el Señor, allí en su despropósito, le alcanzó. David, en este momento de su vida, puede decir verdaderamente: “El Señor me guiará por senda de justicia, y no lo hará por mis propios méritos; lo hará por amor de su propio nombre”.
Me detengo aquí un poco. Él dice que el Señor le cuida en valle de sombra de muerte. Es protección en momentos de evidente peligro, pero dice también cuáles son los instrumentos que el Señor utiliza. Dice que utiliza una vara y utiliza un cayado.
La vara, el cayado y la voz del Pastor frente a la autosuficiencia
Esto, en la Escritura, llegó a representar la Palabra del Señor y la manera en que el Señor pastorea a su pueblo a través de su Palabra; son los instrumentos. Bueno, tengo que decirles que una oveja depende totalmente. La oveja es un animalito vulnerable, eso no lo inventen; necesita dirección. Las ovejas no son silvestres, las ovejas para producir su fruto necesitan ser cuidadas, necesitan ser protegidas. Algo que utilizan los pastores de ovejas es que alrededor de las ovejas ponen otros animales que sean animales más avispados, porque cuando perciben el peligro entonces los animales gritan. Las ovejas no gritan, se quedan ahí.
Dice el salmista que él pastoreó sus propias ovejas a través de los valles de sombra de muerte. Dice: “Jehová me pastoreará en medio del valle de la sombra de muerte”, y lo hará por medio de la vara y lo hará por medio del cayado. Hermanos, nuestro éxito en la vida no depende de qué tanto podamos buscárnosla como oveja; depende de qué tanto podamos escuchar la voz de nuestro Pastor. Hay dos actitudes que tú puedes tener. Por ejemplo, una cosa es un perro, un perro “viralata”; otra cosa es una oveja. El perro se la busca, se busca su propio recurso. Un perro sale a buscar tela; al perro le da comida en su casa y usted le deja a ver cómo se la busca; el perro da la vuelta al barrio, va y si ve que hay un tanque, lo tumba.
Mientras yo predicaba esto, hermano, yo me reía en mi casa, pero parece que a veces tenemos como actitud no de oveja, sino de perro viralata. El Señor te está diciendo: tú eres oveja, yo Pastor, yo proveo, y tú comes. Oigan cómo es la ecuación: yo proveo, yo dispongo, yo alimento; tú comes, tú reposas, tú bebes. Yo proveo, yo cuido, yo determino cuándo nos movemos del pasto A al pasto B; tú solamente escuchas mi voz y me sigues. Paradójicamente, cada vez que uno tiene un problema en la vida cristiana, el problema no es: “Yo quisiera saber cómo escuchar más claramente la voz del Señor a ver hacia dónde el Señor me está guiando”, sino: “Yo quisiera saber cómo moverme del pasto A al pasto B”.
Hermanos, nuestro llamado como oveja no es a que nos la busquemos por nuestros propios medios, a que desarrollemos actitudes “callejeras”, sino a que aprendamos a escuchar el toque amoroso del Señor que nos conduce del pasto A al pasto B. Tenemos dos caminos: o nos cuidamos más, o escuchamos mejor. Hay dos maneras de hacerlo, hermano: usted puede tratar, como oveja, de cuidarse más, o sea, usted tiene por ahí quizás una funda de pasto por si se acaba, usted puede tener un chupe con agua por si acaso; usted, como oveja, puede proveerse por sus propios medios. O puede tratar de entender lo que yo he encontrado que es vital para que una oveja sea preservada: que pueda escuchar claramente lo que su Pastor le está diciendo.
Las ovejas no son preservadas porque corren mucho, no son preservadas porque vean mucho; no, no ven muy lejos. Las ovejas son preservadas porque escuchan la voz de su Pastor. Hay veces que es una vara, que él va poniendo dirección con la vara, y hay veces que es el toque de dos piedras, y cuando el Pastor se va moviendo, él va tocando sus piedras y las ovejas dicen: “¿Por dónde suena el Pastor? Ok, por aquí es que nos está guiando”. Hermano, de nuevo te digo: tú tienes dos maneras, o te cuidas tú o escuchas claramente la voz del Señor hacia donde el Señor te está guiando, pero eres oveja, no eres Pastor. Y él es quien te guía por sendas de justicia; lo hace por amor a su propio nombre.
No quiero detenerme en el significado de cada expresión, solamente quiero transmitir en estos primeros puntos que la dependencia debe ser nuestra. No decimos: “Jehová es mi Pastor” como que eso sale automático; no, experimentamos que Jehová es nuestro Pastor y lo testificamos. Cuando experimentes la provisión del Señor podrás hacerlo y, en segundo lugar, la amplitud de la provisión del Señor: provisión material, provisión de ánimo, provisión de dirección y provisión de protección. Aquí la metáfora cambia bruscamente, algo que casi nadie nota. Porque el salmo no termina aquí.
Cambio de metáfora: del Pastor al anfitrión del banquete
Miren cómo cambia la metáfora: nos están hablando aquí de pastor y oveja, y ahora hay un gran cambio. Comienza diciendo: “Jehová es mi Pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento”. Y ahora dice: “Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores”. Y las ovejas, ¿dónde comen en la mesa? No, cambió la metáfora. La primera metáfora es la metáfora del pastor y la oveja, y ahora la segunda metáfora, con el mismo significado, es la metáfora de un anfitrión con su invitado.
Ese cambio casi nadie lo nota en el Salmo 23, pero si no lo hace va a poner a la oveja a comer en la mesa. Tiene que cambiar la metáfora. Dice aquí ahora: “Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia de Jehová me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días”. Hay un cambio en la metáfora y ahora tenemos que explicar la metáfora de un anfitrión con su invitado.
Así como él decía que Jehová era su Pastor, que le llevaba a delicados pastos, que le llevaba a aguas de reposo, que confortaba su alma y también él dice que le guiaba por sendas de justicia y en valle de sombras de muerte, ahora él dice: “Jehová también es el anfitrión que me ha convidado a un gran banquete. Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores”. Es la provisión del Señor en medio de la angustia. Algo muy interesante en esto es que él no dice: “El Señor ha quitado a mis angustiadores”. No, él está diciendo: “El Señor me está alimentando cuando mi angustiador está presente”. Esto es algo que tenemos que integrar en nuestra convicción cristiana: que el cristianismo no anula el sufrimiento, no anula la adversidad; lo que el Señor ha prometido es que proveerá en medio de la angustia.
Pondrá un banquete continuo ante nosotros. Esto casi no se entiende en Occidente, hermanos, pero es que en los tiempos bíblicos, en el mundo oriental, había leyes sobre la hospitalidad que nosotros no necesariamente estamos entendiendo. Lo que es estar sentado a un banquete, por ejemplo, muchas de las parábolas de Jesús, para uno entenderlas, tiene que entender las leyes de la hospitalidad de los tiempos bíblicos. Por ejemplo, estas leyes de la hospitalidad hacían que una persona recibiera en su casa a un forastero, sin importar de dónde viniera. Se estilaba que si una persona entraba a una ciudad, estaba en la puerta, y por ahí pasaba un habitante de la ciudad, el habitante tenía que invitarle a quedarse en su casa.
Entre las leyes, por ejemplo, que encontré, esto no solamente corresponde al pueblo de Israel, sino a cualquier pueblo semítico —pueblos semitas, pueblos que tenían las mismas costumbres—, había que invitarlo a la casa sin importar que fuera un forastero. Estas leyes eran tan rigurosas que había que extenderlas hasta a los enemigos. Después de invitarlo a tu casa, tenías que lavar sus pies y ungirle con aceite. Las personas no utilizaban zapatos cerrados como nosotros, sino que utilizaban sandalias y era un terreno desértico, lleno de polvo. Cuando una persona entraba a una casa, lo primero que se hacía era que se le quitaba el calzado y un sirviente tenía que limpiarle los pies, y si tú no tenías un sirviente, entonces tú mismo limpiabas los pies de tu invitado.
Había que ofrecerle una comida especial, no cualquier comida, sino una comida de invitado, y había que protegerle, de ser necesario, con su propia vida. Cuando David está diciendo que Jehová ha aderezado mesa delante de él, está diciendo: “Jehová me ha convidado a mí”. Toda la dignidad que se obtiene al participar en un banquete está incluida ahí. Expresiones de estas leyes, por ejemplo: cuando los ángeles le visitaron a Abraham, Abraham les dijo que se quedaran, mandó a que mataran un animal y dijo: “No, tienen que quedarse a comer aquí”. David, por ejemplo —esto lo leímos también este año—, cuando David visitó a Naval y le dijo: “Yo estoy pasando por aquí, aliméntame”, y Naval le hizo un desaire, y ese desaire era quizás la descortesía más grande que podía suceder en el mundo antiguo, a un punto tal que eso era casi un delito de muerte: no recibir a un forastero en tu casa.
Lot, por ejemplo, recuerdan cuando fueron personas a visitar a Lot, que él les invitó a su casa y les protegió con la propia vida suya. Les dijo a los que estaban afuera: “Miren, estas personas ustedes quieren sacarlas para matarlas, yo preferiría que se lleven a mis propias hijas antes que entregarlos a ustedes”, porque tú eres mi invitado, tú estás en mi casa y estás protegido. Era lo que indicaban las leyes de la hospitalidad: “Tú vienes a mi casa, y si acaso me van a buscar para matarme tan grave, pero voy a defenderte con mi propia vida porque eres mi invitado”.
Hermano, aquí hace sentido imaginarte que has sido invitado a un banquete, que estás en la casa del Señor, que es el Señor que te ha convidado.
La hospitalidad de Dios: protección, paz y dignidad
Es más, comer con alguien era la señal universal de la paz en el mundo antiguo. Si alguien estaba en conflicto, tú y yo tenemos una diferencia y quiero salvar la diferencia, te invito a comer a mi casa. Quizás por eso el Maestro comió con sus discípulos y fue una de las últimas cosas que hizo con ellos. Los discípulos de Cristo, cuando Cristo fue arrestado, todos se fueron. Es más, Pedro mismo tenía ciertas reservas de que el Señor podía restaurarle, y cuando el Señor se encuentra con sus discípulos, entonces les invita a comer. ¿Qué les está diciendo? No hay diferencia entre nosotros. El amor es más grande, están restaurados. “Estás comiendo conmigo, es porque hay paz conmigo”. El Señor les estaba diciendo a sus discípulos, al comer con ellos: “Ya no hay algo que nos separe, nosotros verdaderamente tenemos hermandad”.
En el tabernáculo, por ejemplo, bueno, una vez… miren, las leyes de la hospitalidad en el mundo antiguo eran tan fuertes que una vez el rey David salió corriendo de Saúl y pasó por donde el sacerdote Ahimelec y le dijo al sacerdote: “Sacerdote, nos estamos muriendo de hambre, ¿hay pan?”. El sacerdote le dijo a David: “Solamente tenemos aquí el pan de la proposición, el pan que se coloca en el santuario”. Eso era delito de muerte comerse ese pan. Pero el sacerdote consultó con Dios, y el Señor le autorizó darle el pan consagrado, y David comió de ese pan y siguió su camino.
El Señor está diciendo con esto: las leyes de la hospitalidad son tan importantes que hasta yo en mi santuario las respeto, y si alguien se está muriendo de hambre y pasa por aquí, que coma del pan, porque es mi invitado. En el tabernáculo, por ejemplo, de adoración había un altar y si una persona venía corriendo, un delincuente, llegaba y se agarraba de un cuerno del altar y salvaba la vida. ¿Qué estoy diciéndoles con todo esto, hermanos? ¿Qué estoy diciendo? Que cuando eres invitado… ojalá aplicación de todo esto.
Les digo más: miren, una vez un fariseo invitó al Señor a comer; se llamaba Simón. Miren lo que dice Lucas al respecto a esta visita. El Señor fue a donde él a comer; este era su anfitrión. Capítulo 7 de Lucas, versículo 36 en adelante:
Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él.
Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa.
Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora,
al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo,
trajo un frasco de alabastro con perfume;
y estando detrás de él, a sus pies, llorando,
comenzó a regar con lágrimas sus pies,
y los enjugaba con sus cabellos;
y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.
Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí:
Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora.
— Lucas 7:36–39
Entonces respondiendo Jesús le dijo: “Simón, una cosa tengo para decirte; tú me invitaste a tu casa, ¿verdad?, y tú me tienes en tu mesa; yo tengo que decirte una cosa”. Hermano, el Señor era fuerte, porque a ti te invitan a la casa… es que era Dios mismo que estaba en esa casa, hermano. Era Dios mismo que estaba en esa casa. Pero miren lo que el Señor le va a decir a Simón acerca de su hospitalidad. Él le dice:
Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro.
Un acreedor tenía dos deudores; el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta.
Y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos.
Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?
Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más.
Y él le dijo: Rectamente has juzgado.
Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer?
Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies;
mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.
No me dist