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Mensaje

Una carta urgente para una iglesia ingenua

Judas 1:1-3

Judas escribe con urgencia a una iglesia que se cree segura pero vive expuesta. La fe cristiana no solo se edifica por adición, también por sustracción. Llega un momento en que ya no luce ser ingenuos: hay que contender ardientemente por la fe una vez dada a los santos y entender que las ideas tienen consecuencias.

Transcripción automática

Cuesta mucho cultivar un carácter cristiano y edificar una iglesia. Y precisamente porque cuesta mucho, entonces vale la pena defender nuestra fe. El cristiano inmaduro es como el adolescente que se expone al peligro y no entiende el valor de su propia vida; como es ingenuo, está dispuesto a correr riesgos que no correría un adulto, y comete así grandes errores. Judas, un hermano del Señor, escribió una carta en la que se percibe una gran urgencia por advertir a una iglesia que estaba expuesta ante el peligro. Hoy veremos: (1) el singular autor que escribió esta carta, (2) una audiencia que estaba segura pero que, aun así, corría peligro, y (3) el urgente motivo que produjo la carta.

Debe ser este uno de los libros menos predicados de todo el Nuevo Testamento. De hecho, el nombre no le ayuda mucho, tiene mala publicidad. Solamente clarifico que este Judas no fue el Judas que vendió al Maestro. El nombre Judas era un nombre común en el pueblo; viene de la tribu de Judá y es un nombre que frecuentemente las familias judías le ponían a sus hijos. Este Judas, particularmente, también tiene algo especial, y es que era un medio hermano del Señor, al igual que Santiago, quien escribió la epístola de Santiago. Entonces, tiene esa característica la carta: es una carta corta, escrita por un medio hermano del Señor.

Si ya tienen la carta abierta, es un solo capítulo. Estaré leyendo desde el 1 y hasta el 4 para, con el favor del Señor, exponer los versículos del 1 al 3. Es una carta urgente para una iglesia ingenua. Cuando leamos estos versículos, ustedes podrán tener la tesitura de toda la epístola. Dice la Escritura:

Judas, siervo de Jesucristo, hermano de Jacobo, a los santificados en Dios Padre y guardados en Jesucristo: Misericordia y paz y amor os sean multiplicados. Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros, exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos. Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo.

— Judas 1:1-4

Pueden sentarse, mis hermanos. Es una carta urgente para una iglesia ingenua.

Cuesta mucho edificar una iglesia

Le introduzco diciéndole que cuesta mucho cultivar un carácter cristiano y edificar una iglesia. Y si cuesta mucho, entonces deberíamos valorar mejor el trabajo que hemos hecho para el Señor. Si cuesta décadas edificar tu carácter y vivir de acuerdo a la voluntad del Señor, con una semana o una corta conversación ya tu pensamiento podría ser desplazado en otra dirección. Si cuesta tanto edificar la iglesia de Cristo, entonces invirtamos el mismo tiempo en edificarla que el que invertimos también en cuidarla.

Quisiera que como iglesia salgamos de la inmadurez, de la ingenuidad. La ingenuidad de asumir que siempre estaremos seguros, que todo contenido es bueno, que no hay peligro, que podemos movernos abiertamente y consumir cualquier cosa en el mercado de las ideas sin consecuencia alguna. A veces la iglesia de Cristo parece ese adolescente ingenuo que se expone innecesariamente porque él mismo no entiende el valor de su vida y tampoco entiende el peligro que está corriendo.

Si ustedes son un poco avispados leyendo el Nuevo Testamento, se darán cuenta de que los evangelios son cuatro: Mateo, Marcos, Lucas, Juan. Y que después de los evangelios vienen las cartas. Y que la última parte del Nuevo Testamento termina con fuertes advertencias respecto de peligros. Por ejemplo, de 1 Pedro en adelante lo que hay es advertencia sobre peligros, herejías, persecución, y el llamado a que como iglesia los creyentes no seamos pasivos sino activos en cuidar nuestra fe. Hay tanto ánimo en el Nuevo Testamento respecto de edificar tu fe como lo hay respecto de protegerla.

Aquellos que estamos criando y tenemos niños sabemos que se invierte una gran cantidad de tiempo tratando de que un niño no sea un antisocial. Uno le dice: «Mi amor, saluda, di tu nombre, sonríele. Si son personas de confianza, su abracito y hasta su besito que manda.» Pero cuánto peligro corre un niño, un jovencito que ha sido preparado para la socialización y no ha sido preparado para el cuidado. Después cambia la conversación, y entonces ya el tema no es «mi hijo, su abracito, su besito, la sonrisa», sino «mi hijo, con cuidado, con precaución, con límites». A los abuelos, los tíos, los que son muy cercanos, se les abraza; a los otros se les da la mano.

¿Qué peligro corre un muchacho que solamente fue preparado para ser sociable, pero no fue preparado para ser maduro? No está listo para vivir en sociedad. ¿Y qué peligro corre una iglesia que solamente recibe instrucción respecto de crecer en la fe y de madurar, pero que no es preparada para que defienda, para que contienda, como dice la Escritura, ardientemente por la fe que una vez y para siempre ha sido dada a los santos?

Yo creo que después de 18 años ya no nos luce ser ingenuos. Llega un momento en que como iglesia ya tendríamos que tener el pantalón largo y estar listos, no solamente para recibir sino también para confrontar, listos para discernir y entender que en el mercado de las ideas todos los días se están vendiendo a buen precio, y que no todo es aceptable, que no todo compañerismo es legítimo y que no todos los lugares son seguros. Yo creo que es sabio el creyente que se ajusta y dice: «Inicialmente yo era un ingenuo, pero ahora soy maduro. Yo entiendo que hay peligro.» Si el Señor me concediera hoy que por lo menos ustedes entendieran que hay peligro, yo creo que ya sería ganancia, que ya dejen de pensar que cualquier cosa es igual.

La urgencia de Judas

Judas escribió esta carta en la cual se puede percibir una gran urgencia. Él tiene una agenda. Él está mirando el peligro que se cierra sobre la iglesia y toma la iniciativa de enviar una carta. Es una carta de advertencia donde quizás lo que vas a recordar hoy del mensaje es que ya no seas ingenuo. Que el peligro es cierto. Que el mundo que se te sonríe, que te invita, es el mismo mundo que anda buscando que ajustes tu pensamiento, que te desvíes de la fe y que cambie la dirección de tu corazón. El engaño es elaborado, y mientras más elaborado el engaño, entonces más discernimiento y sabiduría debería tener la iglesia del Señor.

Hoy veremos este autor singular que escribió esta carta urgente; veremos la audiencia que él tenía en mente, una audiencia que estaba segura pero al mismo tiempo expuesta. Y aquí hay una tensión que espero poder resolver: cómo es esto de que como cristianos estamos seguros y estamos expuestos al mismo tiempo. La carta comienza mostrando que el Señor nos está guardando y termina mostrando que el Señor nos seguirá guardando, y en el centro de la carta está la advertencia. En esta tensión vive la iglesia. Somos una iglesia triunfante, victoriosa, que confiamos en la obra de Cristo en la cruz del Calvario, y al mismo tiempo somos una iglesia combatida, perseguida, donde esta batalla filosófica se está debatiendo todos los días en nuestra mente. Y también veremos el urgente motivo que produjo que Judas escribiera esta carta.

Este tema de las falsas enseñanzas genera poco interés. Y el poco interés que genera el tema anuncia el peligro que estamos corriendo. Si entendiéramos que realmente hay peligro, y que lo que está en peligro es tu gozo; si entendiéramos que el peligro es real y lo que está en peligro es tu fruto; si entendiéramos que el mundo no es un lugar ingenuo, sino que el mundo se basa en alguna filosofía, entonces nos prepararíamos mejor para entender lo que tenemos. Si entendiéramos lo valiosa que es nuestra salvación, entonces nos prepararíamos mejor para contender ardientemente por la fe.

El pensamiento rector que la gente dice cuando se habla de esos temas es que entonces la iglesia se divide. No: lo que divide a la iglesia es el error. «De esos temas no hay que hablar porque esos temas dividen al pueblo.» Lo que divide al pueblo no es la verdad, lo que divide al pueblo es el error. Esto se percibe como una filosofía abstracta, un asunto árido. Sin embargo, las implicaciones son muy prácticas. No es un tema de obtener o perder tu salvación, es un tema de tener una vida gozosa y fructífera para Cristo y una iglesia unida, o tener una iglesia dividida.

Proyecta por un momento el pensamiento. Ese hermano que tú amas entra amablemente hoy en Cristo, mañana probablemente sea confundido en su fe, y no solamente se aparte de ti, sino que tú mismo tengas que apartarte de tu hermano. Y tú no quieres perder a tu hermano. En el libro de Proverbios dice la Escritura que sobre toda cosa guardada guarda tu corazón, porque de él mana la vida. Si tú quieres glorificar al Señor en tu vida, la batalla no comienza en tus manos, no comienza en tus pies, no comienza en tus decisiones: la batalla comienza en tu mente. Impresionante que uno a veces no sabe cuándo está peleando, pero estamos peleando. Usted sale al mundo y usted está nadando con la corriente en contra. Hay hostilidad.

Un autor singular

Este autor es un autor singular. Dice: «Judas, hermano de Jesucristo.» Interesante. Los familiares de Cristo no creyeron en su ministerio cuando él estaba todavía con nosotros, pero después de su resurrección ellos vinieron al conocimiento del Señor. Y no solamente vinieron al conocimiento de Cristo, sino que le reconocieron como su Señor y su Salvador, y vivieron una vida fructífera, y entre la iglesia primitiva llegaron a ser primeros. Por lo menos dos de ellos escribieron cartas, y cuando uno lee la carta de Santiago y la carta de Judas, uno se da cuenta del nivel de formación bíblica que tenían los hermanos de Jesús, lo cual nos conduce directamente a los padres que construyeron a sus hijos en la verdad de Dios.

Es verdad que inicialmente no creyeron en nuestro Señor, pero cuando creyeron en Él, creyeron en la fe. Y Él no se presenta sacando la carta de ser hermano de Jesús, sino que dice: «Judas, siervo de Jesucristo, hermano de Jacobo.» ¿Qué asunto más bonito? Sabemos que son las mismas personas; en Gálatas 1 dice «Jacobo, el hermano del Señor». Y este, junto a otros, cuando llegaron a creer en Cristo, entonces no se conformaron con solamente creer, sino que comenzaron a cuidar la Iglesia del Señor.

El contenido de esta carta es un contenido peliagudo, urgente, no es un contenido estándar. Ahí uno también se da cuenta de que los líderes de la Iglesia primitiva no eran líderes ingenuos, sino líderes sabios. Cuando uno ve a Pedro escribiendo sus cartas, la segunda carta de Pedro se parece mucho a Judas, tiene la misma tesitura: hay urgencia, hay precaución. Juan, en los evangelios, aparece como un hombre tierno que se recostaba en el maestro, pero en sus cartas aparece como un hombre sagaz, agudo, que usa su pluma y su sabiduría y las pone al servicio de los mejores intereses de la causa de Cristo.

Los apóstoles no eran ingenuos. Y si el hermano de Cristo, a escasos años de su resurrección, ya podía sentir el peligro, ¿no lo vamos a sentir nosotros en el siglo XXI? De verdad que nosotros estamos en un mundo que nos aúpa. Si el mundo no celebró a Pedro, no celebró a Judas, no celebró a los apóstoles, tampoco te celebrará a ti. Y la única razón por la cual nosotros no tenemos la misma urgencia que los apóstoles es porque somos una iglesia ingenua. Les he traído una carta urgente para una iglesia ingenua.

Adición y también sustracción

Hay hermanos que no necesitan otro estudio bíblico. Llega un momento en que la edificación —perdónenme el término si parece altisonante— llega un momento en que la edificación sobra, en que lo que hay que hacer es confrontar. Usted no puede siempre estar trayendo contenido; llega un momento en que tenemos que sacar contenido. Entienda que la fe cristiana funciona por adición y también por sustracción. Usted necesita integrar algunas cosas y usted necesita sustraer otras cosas. Y a veces yo siento que como pastor solamente he dedicado mi tiempo en estos 18 años a adicionar verdad a la iglesia. A veces hay que tomar la iglesia y decirle: «Hermano, ya vamos a dejar de creer en esa cosa.»

Debe llegar un momento en la fe cristiana cuando uno diga: no puede ser que todo sea naíf, que todo sea como ingenuo, que todo sea inocente. Debe llegar un momento en que hablemos como creyentes adultos. Debe llegar un momento en que tú te revisas a ti mismo y te digas: «¿Qué es lo que yo creo? ¿Qué es lo que yo sostengo? ¿Por cuáles cosas estoy dispuesto a contender y por cuáles cosas no? ¿Cuáles cosas ya yo no creo?» Hay veces que hay que decirle a ese libro, esa canción, ese evento: ahora le llaman a todo «contenido». Ese contenido no es bueno para tu alma. Por eso es contenido: venenoso, peligroso.

Miren, el que conoce un poco de cómo funciona la industria agroquímica, agroveterinaria, ya sabe que durante años aquí en los campos estuvieron utilizando agroquímicos que producían cáncer, que hacían daño, y eso se usó de manera común. En Estados Unidos hubo demandas muy conocidas hacia esas industrias que producían esos fármacos, porque allá no lo vendían pero lo vendían por aquí. Y la gente aquí lo usaba, y usted iba a encontrar al campesino fumigando a pecho abierto, utilizando todos esos químicos porque no entendían el peligro que estaban corriendo.

Es lo mismo un creyente que participa en este mundo como que las ideas no tienen implicaciones. Detrás de todo pecado hay alguna idea. Los seres humanos no somos máquinas. Detrás de toda corriente de pensamiento hay una filosofía inherente. Y quien no está despierto a eso entiende como que nada es nada y que todo es todo. Claro que sí tiene implicación. Cada vez que tú le estás diciendo que sí a una idea, le estás diciendo que no a otro conjunto de ideas. Y cada vez que le estás diciendo que no a esa idea, le tienes que decir sí a otra idea. No estamos en neutro en cuanto a nuestra posición mental.

¿Has visto a ese creyente que es como así: «No, yo estoy aquí»? «¿En qué crees?» «En Cristo.» «¿Y en qué más?» En diez cosas más. El error que nosotros no combatimos en la raíz, luego se comienza a manifestar en las ramas. Y como iglesia andamos lidiando con asuntos terciarios que no comenzaron por la rama; comenzaron por la mente de un creyente, por la conversación de un creyente ingenuo. Es tan sencillo como participar en una conversación donde eres persuadido de algo que no glorifica al Señor, pero como eres ingenuo, entonces no lo notas.

El fraseo: ¿te ha pasado que alguien está tarareando una canción y tú la tarareas? Y a veces uno dice: «Pero es que yo no lo escuché tararear.» Pero estamos cantando lo mismo, nos estamos sincronizando. Lo que tú cantas también lo canto yo, lo que tú fraseas yo también lo fraseo, y lo que tú consumes lo consumo yo. Yo me río con algunos hermanos que somos cercanos, porque ahora el lenguaje del amor es mandar memes y reels. Entonces nos mandamos los reels y yo después le pongo: «Estamos en el mismo algoritmo.» Porque me manda los reels y yo se los mando, y yo digo: «Yo acabo de verlos. Tú lo viste ahora mismo y yo acabo de verlos. Mano, estamos en el mismo algoritmo.» Aquellas ideas que tú estás consumiendo, indirectamente las consumo yo.

Y es necesario que como iglesia seamos cautos respecto de estas cosas y que despertemos. Todos los problemas prácticos de la vida de la iglesia comienzan con alguna idea. Y es más fácil combatir ideas que combatir esos problemas prácticos.

Una audiencia segura que necesitaba asegurarse

Esta audiencia es una audiencia que estaba segura, pero que necesitaba asegurarse. Comienza la carta escribiéndole a los llamados, santificados en Dios Padre y guardados en Jesucristo. Y uno le dice: «Pero si tú lo estás saludando así, no le escribas nada. Si realmente están guardados, ¿para qué quieres que se guarden?» Termina la carta diciendo, en el versículo 24, «y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria». O sea, que Él es poderoso para guardarte sin caída. Y yo te pregunto: ¿por qué si Judas comienza su carta diciendo que el Señor te está guardando, y termina diciendo que el Señor te está guardando, en el centro te dice que te guardes?

El Espíritu de Cristo, para guardarnos, no nos exime de la responsabilidad que tenemos de cuidarnos y de cuidar a la iglesia. Y la manera más frecuente que utiliza tu Padre celestial para guardarte es que Él posiciona su palabra, te pone en medio del pueblo del Señor y te da una actitud alerta. El Señor que te guarda también quiere que tú te guardes. Hermano, quisiera yo despertarte a la temeridad de vivir en este mundo como si las ideas no tuvieran consecuencia.

La gente se dedicaba antes a combatir los medios: la televisión, el cine, después el internet. El problema no son los medios, el problema está en el contenido. Y hay cosas de las cuales tú no puedes sustraerte, pero por lo menos deberías estar despierto. Yo en lo particular, hermano, he tomado la resolución de que hay contenido que yo lo puedo consumir siempre y cuando haga un esfuerzo intelectual. Y a veces llego a mi casa tan cansado que lo que aguanto es un juego de basquetbol. Y hasta el del basquetbol, al día de hoy, hay que cuidarse.

¿Verdad que hay películas que son filosóficas? Que tú sientes que la película te va como moviendo. Y te mueven para acá, y te mueven para allá, y después como que te están puyando la conciencia. «No parece loco el mano en esto.» Estaba en la sala de mi casa mirando algo ahí y estoy medio cansado, y me están pre-ayudando cosas, y digo: «Deja de puyarme, deja de…» Yo siento como que me están provocando. El mundo no es neutral. Esa serie no es neutral. La canción no es neutral. ¿Qué es lo que estamos diciendo? «Ay, que entonces estamos opuestos a que se escuche la canción.» No, hermano, es que estamos muy a favor de la salud de tu alma. Y si tú entendieras el peligro que estás corriendo, entonces no lo hicieras. Porque una cosa es negligencia, que es culposa, y otra cosa es ignorancia. Probablemente tú conoces lo que hay que conocer, pero eres negligente.

El veneno del que jugábamos sin saberlo

Ahora yo estoy viviendo este dilema, hermano, que tengo que predicar dos sermones, porque es la mitad del primer culto, entonces tengo que administrar las anécdotas. Ahora tengo que administrar las anécdotas. Cuando era niño vivíamos en Azua; mi mamá me administraba un almacén de fertilizantes. Y mi deporte en este almacén de fertilizantes era que, cuando los operarios estaban cargando y desmontando los camiones —era un edificio muy alto en Azua, en la avenida Duarte; el dueño, recuerdo, era Nicolás Ciccone, y él alquiló eso a la empresa de fertilizantes—, el techo era altísimo. Entonces llenaban esto de sacos de fertilizantes, sacos de fertilizantes. Y cuando los operarios estaban desmontando sacos, ya ellos sabían que a mí me gustaba jugar en el almacén. Entonces dejaban algunos sacos y se hacía como una escalera, y yo caminaba encima de esto y llegaba hasta el último saco por allá.

Y ahora yo calculo, hermano, que solamente el Señor sabrá la cantidad de veneno sobre el cual, quizá con ignorancia… Guau, hermano, pero qué divertido era. Qué divertido era. Así nos movemos nosotros en medio de este mundo, moviéndonos de un veneno al otro, de una idea a la otra, como si tuviéramos una feria. Me recuerda al Price, cuando uno va caminando y le van como sirviendo para que pruebe diferentes cosas, y te dicen: «Mira, prueba de esto. ¡Eso está bueno! Y esto aquí, y lo vas a comprar así, dame dos, y dime del otro.» Hermano, eso es lo que es el mundo, y eso es lo que es un creyente ingenuo caminando.

¿En este mundo tú estás caminando sobre veneno? Tú estás moviéndote en un mundo que está en contra de tu alma. Y solamente tu nivel de ignorancia te hace entender que este mundo es un lugar ingenuo y un lugar feliz. Este no es un lugar feliz. Los evangélicos cantábamos hace 30 años: «No puede el mundo ser mi hogar, no puede el mundo ser mi hogar. En gloria tengo mi mansión, no puede el mundo ser mi hogar.» Yo anhelo llegar a mi casa, porque cuando llego a mi casa siento que no tengo que cuidarme. Cuando yo entro por esa puerta y me siento ahí en el mueble —y allá está el código, hermano: hay que recibirme con un abrazo, y a mí hágase mi cumpleaños, eso no es negociable—, yo llego a mi casa y siento que ya puedo por un momento dejar de cuidarme. Estas personas que aquí viven no me quieren agredir. Pero cuando tú estás en medio de este mundo, desde el tapón hasta el cliente, hasta el proveedor, tú sientes que todo el mundo te quiere quitar un pedazo. Hermano, no puede ser que tú camines en este mundo como si las ideas no tuvieran consecuencias.

Lo que el pecado te quita

Alguien dirá: «Bueno, pero si el Señor nos está guardando, ¿qué de nuestra seguridad de la salvación? Si creemos en la doctrina de la seguridad de la salvación, ¿nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro?» Tu imprudencia, tu negligencia, tu descuido, tu falta de precaución… El pecado, aún perdonado, tiene consecuencia inmediata, y es doloroso, dolorosísimo. Yo estoy persuadido de que si tú eres del Señor, el Señor te recibirá y te perdonará. Lo que no te van a decir es que las consecuencias del pecado permanecen.

En la eternidad, después de esta doble línea que es el estado de resultado, todos nosotros seremos aprobados en Cristo, porque no es en nuestra justicia sino en la justicia suya. Pero de este lado de la línea, ¿cuántas luchas se cogen por decisiones imprudentes? ¿Cuántas son las personas que quisieran devolverse? Lo que te quitó el pecado no fue tu salvación; lo que te quitó el pecado fue tu gozo. Lo que te quitó el pecado fue el fruto. Lo que te quitó el pecado fue el privilegio de vivir una vida distintivamente cristiana y utilizar tu vida en cosas que tengan valor eterno. Eso fue lo que te quitó el pecado. «No, pero mi alma está segura.» Sí, dice la Escritura que serás salvo, pero como atravesando el fuego.

El error también daña a la iglesia en su conjunto. No solamente lo que te daña a ti, también lo que me daña a mí. Y cuando un creyente consume el error, él está trayendo el error a nosotros. Y hay cosas, hermano —qué triste—. Miren, esta carta es una carta densa, dura. Dice la carta, en el versículo 22: «A algunos que dudan, convencedlos»; dice el 23: «A otros, salvad arrebatándolos del fuego.» Hay gente que el pecado se la está llevando en la boca, así como se llevan los perros la cosa, y hay que quitarlo: «¡Suéltalo!» Pero después dice la Escritura: «Y de otros, tened misericordia con temor.» Eso no es de «déjame, hasta para ayudarte vamos a tener que tener cuidado». «Aborreciendo aun la ropa contaminada de su carne.»

Qué duro es ver a una persona a la cual tú amaste, a una persona en la cual tú te invertiste, una persona que te duele a ti en lo espiritual, zafaconeando las cosas de este mundo a un punto tal que se vuelve hasta aborrecible para el pueblo de Dios. Y ahí podemos terminar nosotros si seguimos con la ingenuidad: que todo vale, que todo está bien, que no hay consecuencias. Claro que hay consecuencias. La inmundicia tiene consecuencias. Hay gente que hay que dejarla en cuarentena. «Pero soy yo que lo estoy haciendo.» Pero tú eres nuestro, tú eres de Cristo.

La madurez es cuidarse

Esa es la tensión: el poder de Dios para guardarnos y nuestra responsabilidad de cuidarnos. Y ahí es que está la madurez. Madurez es no ser temerario. Madurez es no considerarte valiente. Madurez es no asumir que tú eres fuerte. Madurez es cuidarte. Yo celebro al médico maduro que trabaja en emergencias médicas y él dice: «Yo le voy a dar la salud a todo el que entre por esa puerta, pero yo quisiera que no sea mi cuerpo el que entre por ahí en una camisilla.» Usted es un médico, desde el centro usted le va a dar un trato que no se imagina; el asunto es que yo no quiero que me tenga que dar el trato.

Un militar sabio tiene armas, tiene otros que le cuidan a él, tiene toda la fuerza pública a su favor, pero él es el primero que llega a su casa y se acuesta temprano y trata de no exponerse. «¿Por qué, si es militar?» Por eso. «Yo soy sabio, no soy necio.» Fíjense que todo el que tiene poder y tiene criterio vive con poca exposición. Se duermen temprano, eligen su ruta, tratan de no tener sobreexposición, porque saben, saben, que el peligro es real. Pero hay un creyente que entiende: «Como yo soy el caballo de la doctrina, entonces yo sí, yo voy a medir el manto a ver si realmente pueden o no pueden.» Ay, hermano, no saque pecho.

De hecho, las descripciones que se hacen aquí de la Iglesia de Cristo tienen la capacidad de hacer que tú seas maduro y seas humilde. La primera descripción que se hace dice «a los llamados». Escucha cómo se habla de tu salvación: se habla de tu salvación como un llamamiento, de forma tal que, si el Señor no te hubiese salvado, tú no te ibas a salvar por tus propios medios. Y si tú no fuiste ni fuerte ni sabio para salvarte por tus propios medios, deberías tener mucha precaución respecto de tu capacidad para vivir de manera temeraria. Al mismo tiempo, ten cuidado de tu alma. Si mi salvación es un llamamiento —no es una deducción lógica, no es mi capacidad—, si yo no fui salvo porque saqué pecho, sino que fui salvo porque el Señor me llamó, entonces yo debería cuidar de mí especialmente, y no sentir que yo tengo fuerza para cuidar de mi salvación viviendo de manera temeraria.

Llamados, santificados, guardados

La otra descripción que se hace dice «santificados en Dios Padre». Mira, el Señor no solamente te llamó, dejando ahí que no dudaras: te santificó. Santificar significa separar algo para un propósito más alto, y la santificación tiene un contexto de separación. O sea que, si realmente nosotros hemos sido santificados en Dios Padre, significa que no vamos a seguir viviendo como vivíamos, no vamos a seguir comiendo lo que comíamos. Cuánto me recuerda a Daniel cuando fue separado en Babilonia. Dijo el rey: «Sepárenme a Daniel y a estos otros, que coman de mi comida, que vivan donde yo vivo y que sean formados como yo me formé.» Eso es lo que es la santificación: el Señor te sacó de donde tú vivías y fuiste trasladado, como dice Colosenses, al reino de su amado Hijo.

Un creyente tiene que vivir de manera diferente. Hay traducciones más modernas que ya no traducen «santificados» sino «amados». Y es verdad: en los textos originales ambas palabras aparecen y puede ser. Pero yo digo: si el Señor realmente te ama, ¿tú crees que él te va a dejar viviendo como tú vivías, comiendo como tú comías, expuesto como tú estabas? ¡No! La mejor evidencia del amor de Dios sobre su pueblo es que el Señor no solamente nos amó, sino que nos santificó, nos separó para Él. Y esa es la actitud con la cual caminamos en este mundo. «Ay, pero si el Señor me sacó de ahí, ¿cómo yo voy a volver?» Dramáticamente la Escritura lo describe como el perro que vuelve a su vómito, como la puerca lavada que vuelve a revolcarse. «El Señor me santificó, pero eso a mí no me importa. Yo entro hasta ahí, mira, hasta ahí, de ahí no paso, son solamente toquecitos.» Santificado es la palabra. Y si fuera «santificado y amado», peor: si tú me importas, yo no te dejo.

Siguen los términos. Después dice «guardados». Tu Dios es un Dios celoso. Él no solamente te ama, sino que tiene un interés activo sobre ti. ¿Quién es el que te está guardando? Aquel que es poderoso para guardarte sin caída. ¿Y cómo él te guarda? Poniéndote límites. Estaba entrevistando a un muchacho —trabaja en el área de tecnología; muchacho no, ya es un señor de cincuenta y pico de años, yo espero que no vea el video, pero tiene una actitud muchachona, está bien—. El reto es que, mientras le entrevisto y le hago preguntas, es un caso de éxito. Él me dice: «Yo crecí en Gualey», y lo dice en sus palabras: «Los muchachos del barrio o están muertos o ya no están aquí.» El pueblo lo estudió, es perito contable, hizo una carrera en la universidad, ha ejercido, ha hecho algo por su familia. Pero él sabe qué fue lo que fue diferente. Me dice: «Mis papás no me dejaban salir. Vivíamos en el barrio, pero yo no jugaba donde jugaban los otros.»

De verdad que, si al lado de su casa hay un punto de droga, ¿usted va a dejar que sus hijos jueguen? Si los amiguitos andan con su alma blanca y demás, ¿de verdad que vamos a jugar? «No jugamos al dopao, no jugamos a trúcalo, no jugamos bola.» Si tu amiguito anda armado, ¿de verdad que vamos a jugar? Él salió de ahí porque era guardado por sus padres. Y nosotros podemos convivir en este mundo porque nuestro Dios guarda a su pueblo. Y normalmente nos guarda estableciendo límites, trayendo advertencias. Son unos buenos padres que están presentes y le respiran encima. ¿Qué es lo que dice el Señor? Que Dios es un Dios celoso, que los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, y que el Señor te está guardando. La gente piensa en el cuidado de Dios como que «yo voy a vivir desviándome de izquierda a derecha, haciendo cerito, y el Señor siempre me va a interrumpir». No: el Señor te guarda estableciéndote límites cuando mal estás andando del camino, y el Señor te guarda trayéndote advertencia oportuna e instrucción. Y la temeridad tiene consecuencias.

El motivo urgente: «amados»

El motivo que aparece ahora es un motivo urgente. Dice el versículo 3: «Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros, exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe una vez dada a los santos.» Comienza con la palabra «amados». Yo estoy persuadido de que todas las palabras en el texto bíblico fueron inspiradas por Dios, y que ese «amados» no es una palabra de relleno. De hecho, creo firmemente que una muestra de amor importante de cualquier creyente para ti es exhortarte, es reprenderte e interrumpirte. Y que una de las cosas más difíciles que se hacen en la tierra es colocarte en medio, entre un pecador y su pecado. Y se requiere mucho amor para advertirte.

¿Cuánto te ama ese creyente que te llama? «Mira, hey, hey, te estoy llamando, hermano.» Pide disculpas tres veces: «Discúlpame, perdóname, no sé si en este momento te interrumpo. Mira, te estoy llamando para decirte que yo vi que eso…» Ay, hermano. Ese creyente frecuentemente te arruña, te agrede, te menosprecia. Lo mínimo que te va a decir es: «¿Quién eres tú para estarle diciendo a él lo que tiene que hacer con su vida?» Tu hermano que te ama. Yo, que soy el patrón de muchos de ellos, tengo que respirar profundo. Y si no fuera porque yo le temo más a Dios que al hombre, no llamara. Porque la gente cree que a uno le gusta que lo muelan.

¿Has visto? Ay, hermano, perdóname que lo describa así, no estoy describiendo a la persona sino la actitud. ¿Has visto el perro que se está ahogando con la cadena, y hay alguien que lo quiere ir a desatar? Los que lo van a soltar son los que terminan arañados, los que pierden, los que reciben mordida. La gente que está atrapada a veces agrede al que la quiere ayudar. Pero esa actitud no es adecuada, no glorifica al Señor, no se corresponde. ¿Sabe que los maduros nadie cambia en vivo? Casi todo el mundo cambia en diferido. Y en el momento lo que hace es que reacciona, te da argumentos, pero quizá el Señor use tus palabras y tu llamada para que él, en diferido, diga: «Wow, déjame ver si lo que me están diciendo quizá tiene algo de razón, y están cuidando de mi alma. ¿Y por qué es que no quieren que uno haga eso, si eso es malo?»

¿Has visto el nivel de ingenuidad que tiene el que ignora las cosas más básicas de la fe cristiana y los principios básicos de seguridad? En seguridad e higiene industrial —no sé si todavía eso se usa—, a las personas les ponían videos de amputados, desmembrados, incapacitados, y les decían: «Amigo, mire, usted está lidiando con maquinaria peligrosa.» Porque los implementos de seguridad a nadie le gustan, dan calor, molestan. Dios no te puso eso en el cuerpo, se lo tuvimos que poner nosotros para que no pierda una mano. Pesan, desde la bota, lentes, protectores auditivos, mascarilla. Y tú le das la charla y le das algo de implemento, y viene la semana y las personas le están dando a pecho abierto a la maquinaria. «Eso nunca ha pasado, y así yo lo hago más rápido, y él no está aquí ahora mismo para que me mire.» Es a ti que te estamos cuidando.

Interrumpir es una muestra de amor

Es el creyente que tú llamas para decirle: «Ay, hermano, mira, es que la conversación que tuvimos, yo sentí en la conversación algo que me…» Por favor, cuando alguien te interrumpa, siente el amor que tenía Judas cuando mandó esta carta, que antes de decirle cualquier cosa, lo que le dijo fue «amados». «Por favor, no sientan que yo le odio, sientan que yo le amo. Y si le estoy advirtiendo, es por el profundo sentimiento que siento hacia ustedes.» Ese «amados» tiene todo el sentido del mundo. Él está expresando su amor por la iglesia en una carta de advertencia.

Ese es un gesto conmovedor: interrumpir a alguien. El mayor desprecio que hay en la vida cristiana es el que mira para otra parte. ¿No ha visto a ese creyente que ve a otro participando en algo que va a tener consecuencias sobre su alma y sobre el pueblo del Señor, y tira un chupete al tivo? Ay, hermano, tú estás preparando cuchillo para tu propia garganta, porque él es parte de tu pueblo, parte de tu familia. Y cuando tú permites que tu hermano se exponga, te estás exponiendo también tú. Y eres tú quien lo va a tener que recoger. ¿Tú has pensado?

Ese «amados, hermano»… de todo el texto que yo estuve analizando esta semana, fue el que más profundo llegó a mi corazón. Interrumpir es una muestra de amor, confrontar es una muestra de amor, advertir es una muestra de amor. Y a veces hay que hacerlo por amor a Cristo y por amor al hermano. «Hermano, la conversación que tuvimos no es solo que no me fue edificante: me preocupó. Vi, hermano, que estás priorizando las cosas de esta tierra, y que tus ojos no están puestos en las cosas de arriba. Hermano, tu conversación me fue de tropiezo.» ¿Has visto a ese creyente? Qué hermoso es un creyente que te edifica. Pero hay creyentes que no solamente no te edifican, sino que te interrumpen.

Cuando tú lo haces, ¡wow!, se nota mucha preocupación en él. Dice: «Por la gran solicitud que tenía de escribiros.» Después dice: «Me ha sido necesario.» Es como una persona que está mirando el peligro y dice: «Mira, ya yo no aguanto más, tengo que advertirle a la iglesia.» Esto no es que «yo lo estoy escribiendo, déjame ver cómo te edifico». No, no, no. Es que yo veo que el peligro ya está en la puerta y tengo que hacerlo con urgencia. Hay una decisión imprudente que se pudo frenar con una llamada, y se dejó correr, y ahora va a acarrear dolores durante años. Hay alguien que estaba caminando al precipicio, y se va a llevar a él y se va a llevar a cinco más. Y si lo hubiésemos interrumpido cuando eso estaba todavía a nivel de ideas, probablemente no estuviéramos hoy penando lo que estamos penando.

Yo creo que todos ustedes han tenido familiares, amigos relacionados, que usted se dio cuenta de que se estaban caminando a dar problemas. Y veía el dolor de cabeza, y tú dices: «Wow, si lo hubiésemos interrumpido a tiempo.» De hecho, hay gente que dice: «Yo lo amarré; si yo le doy para atrás el tiempo, lo hubiese amarrado de forma tal que no salga.» Parece que él tenía el deseo inicial de escribir para profundizar en la salvación, pero ahora le dice: «Yo tengo que advertir.» Y ambas cosas son necesarias. Hay creyentes en situaciones tan urgentes y peligrosas que no podemos esperar que la predicación regular del domingo le alcance. «Yo espero que en algún momento se predique de eso.» Espero que cuando se venga a predicar de eso, ya haya sabido hace rato que va por ahí corriendo.

Las expresiones de ingenuidad tienen que morir

Es mayor la preocupación cuando la iglesia es ingenua. Perdónenme, hermano, que hable en los términos más llanos, pero a veces yo siento que uno predica la Escritura con tanta gracia, con tanto asunto, que la gente no entiende. Y después me dicen: «¿De qué fue que predicó?» «Yo como que recuerdo algo.» Y yo quiero, hermano, de verdad, por tu salud y la nuestra, que tú y yo hoy entendamos. Lo que te estoy diciendo es que esas expresiones de ingenuidad tienen que morir.

¿Qué son expresiones de ingenuidad? Ese compañerismo abierto con todo el que se llama cristiano no puede ser que se tolere. «No, que donde quiera que hoy se hable de Dios, ahí yo estoy.» Ay, no, no, no. ¿Ha visto aquel que está confiando en la nostalgia, y que piensa que cualquier cosa que él recibió hace 20 años era cosa buena? Bueno, usted sabe los disparates que uno estuvo zafaconeando hace 20 años. Desde libros hasta música, eventos, y uno entendía que eran buenos. Y al día de hoy hay gente que sigue con la misma actitud brava porque es la nostalgia. La nostalgia tiene ese efecto, que hace que todo parezca maravilloso.

Siempre pienso en el dominicano ausente, que sublima todas las cosas de coger lucha. «Yo recuerdo allá cuando teníamos que estar cargando el agua en el campo.» Ven para acá, cargue el agua para que tú veas lo que es cargar el agua en el campo. Hay gente que le atribuye a cualquier cosa nostálgica el atributo de verdad. Pero no: hay canciones que a mí me gustaban que ya no me deberían gustar. Y yo sé que la canción me gusta porque apela a un momento de mi vida en el cual yo era otra persona, pero ya yo maduré. Hay libros que consumí y regalé que ya yo no regalaría.

De hecho, estaba ayer sacando la basura en la casa, y había un librito que alguien me dio —yo sé de qué trata el libro—, estaba rodando en el baúl del carro. ¿Has visto las cosas que ruedan en el carro y se quedan ahí? Ya he lavado el carro tres veces y el librito seguía ahí. Y yo agarré el librito, hermano, y sin sentimiento alguno lo agarré —y es un libro cristiano—, lo agarré y lo puse en el zafacón de la basura. No, es que uno no puede vivir así. Ellos tienen derecho al pensamiento, yo sé, pero no te quiero exponer a ti. Fácilmente agarras tú el libro, y tenemos que salir a buscarte.

Asumir que tu iglesia siempre será un lugar seguro, no es así. «No, que yo estoy seguro, porque mira, yo no busco nada fuera de mi iglesia.» Ah, pero tú estás asumiendo que este lugar es un lugar prístino, impoluto, estéril, un quirófano, que tenemos guantes y vestidura verde y toda la cosa. En la iglesia hay de todo. Hay hermanos suyos que ustedes los quieren muchísimo, pero que son inmaduros. Y hay gente que aprecian al Señor pero son carnales. Y hay otros que son simples y superficiales. Pero «como son de mi iglesia»… hermano, que sean de su iglesia no significa que sean seguros. De hecho, nosotros tenemos una responsabilidad cristiana de seguir madurando por amor a nuestros hermanos. Es la razón.

¿Ha visto este estribillo: «escucharlo todo y retener lo bueno»? Miren, el mecanismo se destempla. Cuando usted somete su conciencia y está censando el error todos los días, va a llegar un momento en que el mecanismo se destempla, y cuando usted lo entiende, ya no hay. Lo que está asumiendo la Escritura es que usted no puede siempre prohibir lo que los demás emitan, y usted tiene que escucharlo, y a veces hasta hay cosas buenas que escucha mientras lo atiende. Pero no es como que usted vaya donde quiera, que se esté sacando la basura, que salga a buscar y aparezca algo en la basura. No, usted no es un buzo para estar zafaconeando donde quiera a ver si aparece algo bueno. Vaya al mercado, vaya a los lugares donde las cosas todavía no están putrefactas, y compre las mejores cosas.

Ni el arte, ni el humor, ni lo cultural son neutrales

Entonces, acá es donde mi iglesia tiene ingenuidad. ¿Han visto los otros que separan lo doctrinal de lo cultural, de lo artístico? «Es que eso es arte.» Mal arte, eso es arte. «Eso es contenido» —ahora es el término—. Eso es contenido, no: es un contenido diabólico, dañino, que no nos hace bien. «Es que eso es humor.» Mano, los humoristas más elaborados de esta tierra son perversos. Durante mucho tiempo mi cineasta favorito fue Woody Allen. Y yo, wow, a mí me regalaban las películas de Woody Allen, veía las películas de Woody Allen, las entrevistas de Woody Allen, la vida de Woody Allen. Yo, hermano, no me podía cansar de ver su filmografía, no me cansaba.

Y después salí a ver quién era Woody Allen. Un perverso. No encuentro un calificativo, hermano, pero ahí hay cosas que parecen oscuras, con un criterio de la moral que está en la acera opuesta de mis convicciones. Pero así no. Ahí salió Silvio Rodríguez el día pasado, que él quiere que le entreguen un fusil para defender la revolución. Un fusil. Silvio Rodríguez era mi artista, yo escuchaba a ese Silvio Rodríguez y ¡wow!, y Silvio para acá y Silvio para allá. Y cuando yo lo veo haciendo esas ridiculeces todavía, pidiendo un fusil para defender la revolución… Gracias, Señor, porque tú permites que me desencante del hombre, y que este que anteriormente era mi ídolo, mi artista, ya me guste cada vez menos. El pecado uno no puede consentirlo, que te guste.

Después entonces yo dejé a Silvio y agarré a Fito. Hizo un concierto ahí el día pasado y parece que le fue mal, hermano. Fito Páez, ese será otro. Yo me encontré uno en el aeropuerto, hermano, y casi lo abrazo. Me contuve, así, me contuve. Uno está dando show, hermano, por amor a ustedes. Me contuve, hermano, por Mabel González. Ahora todo el mundo anda con un celular ahí: «Mira ahí al pastor de fulano aquí, llorando y cosas, con los moños de Fito Páez.» Entonces uno tiene componte. Pero cada vez más zurdo, cada vez más ridículo, cada vez más desfachatado. Yo digo: qué bueno que el Señor me ayuda a comenzar a desencantarme. No, hay cosas que uno no debería ni promoverlas ni consumirlas, porque sean arte, porque sea humor, porque sea cultural. Hay cosas que son culturalmente perversas.

La ingenuidad de la completa negligencia. Hay creyentes a quienes no les importa su crecimiento, no les importa su formación. Yo digo que no te importa porque, donde quiera que se está sirviendo el agua, se está sirviendo el pan, tú no estás ahí. Y uno quisiera —como la gente siente que «estoy presionándome para que vaya a la escuela bíblica, como si fuera todo para tu mal»—. Tenemos dos escuelas bíblicas en la iglesia, y hay cantidad de gente de ustedes que yo digo: «Yo espero que estén consumiendo en alguna parte, que no sea mirando el siguiente capítulo, que no sea mirando el YouTube, las canciones.» Hermano, por primera vez en la iglesia tenemos dos grupos de escuela bíblica, y los dos grupos tienen cuatro buenos maestros que están matando la vaca en cada clase. Y yo veo a mis hermanos: «No, yo soy maduro, yo puedo cuidarme, yo tengo criterio.» No, tú necesitas tener cuidado de tu alma. Colócate por donde pasen los medios de la gracia.

Contender ardientemente

Ese llamado a contender dice que «contendáis ardientemente». Aquí hay dos extremos. Hay hermanos que son sumamente pasivos y evitan la confrontación a toda costa. Este tipo de personas dicen: «A mí no me gusta debatir, a mí no me gusta»… hasta que no te engañen, sobre todo con tu dinero. El más pasivo, cuando a usted le quitan dos pesos, siente que le están quitando dos pesos. Ah, pero él habla. Claro, él contiende, sí, si le quitaron un interés. Yo sé que quizás tú no tengas esa personalidad, pero cuando a usted le quitan algo de valor, lucha. Y dice aquí que «contendáis ardientemente». O sea, que se está asumiendo que este es un asunto que va a producir cansancio, agotamiento, extenuación. Es algo que tú dices: no es solamente que hagan la diligencia y hablen, no: peleen por eso, aférrense.

«Yo estoy aquí plantado, esto es lo que yo estoy sosteniendo, tú me lo quieres quitar, yo digo que no, que yo no suelto, esta es mi fe. Estoy plantado aquí.» ¿Y qué pasó si yo estoy contendiendo ardientemente por mi fe, porque esto para mí tiene valor? Realmente costó la salvación de mi alma. Mi vida es importante para Dios. Hay dos extremos: creyentes que evitan la confrontación, siempre andan buscando el punto medio, el acuerdo, ser tolerante, inclusivo, holístico, quieren resolver con poemas asuntos que lo que hay es que plantarse. Miren, yo celebro cuando, para situaciones que valen la pena, la gente saca el carácter. Yo celebro al que habla poco, pero que cuando habla, tú dices: «Ese habla como para cosas que son.» Él es silencioso, pero no le toquen eso, que ahí él tiene argumento, ahí él habla.

El otro extremo son creyentes inmaduros que viven contendiendo ardientemente, casi quemándose, por cualquier disparate, especialmente en las redes sociales. «Mi reacción.» ¿Qué importa tu reacción? He visto que andan dando su opinión hasta cuando uno no se la está pidiendo. Eso no puede ser, no puede ser que sea el camino. Aquí la contienda es una contienda puntual. Es una contienda que es ardiente, es verdad, pero por una sola cosa objetiva y muy puntual: por la fe una vez dada a los santos. Y esa «una vez» tiene todo el sentido del mundo. Te está diciendo que la fe es algo irrepetible. No hay que innovarla, no hay que corregirla: la fe una vez dada a los santos. Algo definitivo, obtenido en el pasado.

La fe una vez dada a los santos

Nuestra fe es una fe histórica, revelada. Nosotros no dedujimos a Dios, Él se reveló a nosotros. Nosotros no nos trajimos el evangelio, nos fue traído el evangelio. De forma tal que yo estoy defendiendo algo que no es mío. Esta no es mi opinión, esta es mi fe. Una fe que no es inventada, es una fe que fue recibida. Y como fue recibida, yo espero que tú no me la quites, porque yo no tengo otro lugar donde salir: esa fue la que me trajeron. Yo no la logré, me la dieron, y como me la dieron, entonces la atesoro.

Alguien me dirá: «Todos creemos en algo.» Yo sé que todos creemos en algo, pero yo estoy plantado en esta idea: que la única fe que salva es la fe que está puesta en el lugar correcto, y el lugar correcto es Cristo. Todos tenemos derecho a creer, yo sé, tú puedes creer en cualquier cosa, en el monstruo de espagueti volador y todo lo demás, tú puedes creer en eso. Pero dice Hechos 4 que en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos. Tú puedes creer en eso, pero yo, al mismo tiempo, creo en Cristo, y creo que tú no eres salvo. Ahora va la cuestión de mi salvación por amor a ti: yo creo que tú te has perdido en tu ley de pecado.

«Yo soy muy espiritual.» A mí no me gusta que me pongan que lo espiritual es por aquí y lo no espiritual es por allá. Eso de ser espiritual como cosa etérea, como burbuja sin contenido que está flotando… Dicen «espirituales», y así mismo explotan, y creen unas cosas hoy y mañana otras, como que se les acaba la pila y siempre necesitan cambiar a otra cosa. Mi fe es una fe objetiva, concreta, puntual, histórica, cimentada a un punto específico en el tiempo y en el espacio. Él se reveló, yo creo en algo que no fue inventado por mí. Juan 14, Jesús le dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.»

«Yo voy a llegar, para donde mismo va, vamos todos.» No, no, no. Yo voy al Padre, yo voy al Padre por Cristo. Yo no sé hacia dónde tú vas. «Hacia dónde vamos todos.» Todos nos vamos a morir, sí; el asunto es que el único que revivió y nos dijo fue Él. Juan 3:16: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.» Crean en Él. Y más que Juan 3:16, me gusta Juan 3:36. Dijo Cristo: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.»

«No, porque ustedes los evangélicos son los que creen como que no hay otro camino.» Eso lo has dicho tú. Wow, hay sabiduría en tu palabra. «No, pues yo creo como que son ellos, como que ellos tienen el único camino.» Sí. Estamos hablando cosas importantes. Y también creemos que quien no tiene al Hijo, sino que la ira de Dios está sobre él. La fe una vez dada a los santos: una fe recibida por voluntad de Dios, no fue algo deducido, no fue descubierto, no fue inventado. Y me gusta que dice «a los santos», porque esto tampoco es particular o personal, esta no es mi opinión. Yo no estoy contendiendo por opiniones personales, particulares, locales. Esta es una fe universal dada a los santos: todo verdadero creyente, todo aquel que ha sido salvo, fue salvo por la obra de Jesucristo en la cruz del Calvario. Y cualquier persona que no ha puesto su confianza en la obra de Cristo en la cruz del Calvario, en este momento está en condenación.

«¿Y qué hacemos con todos los que se murieron sin recibir a Cristo?» Dice la Escritura que a Él se le ha dado el juzgar a todos los hombres. ¿Cómo se ve el evangelio? Miren, el evangelio es la buena noticia de que Cristo es el camino al Padre. Pero esa noticia no solamente se recibe, también se defiende con ardor, con tesón, con cansancio. Se retiene contendiendo ardientemente en medio de un mundo que está plagado de errores, de herejías, de distracciones. Después de haber recibido la verdad del evangelio, el siguiente paso natural debería ser prepararnos para defender nuestra fe y aferrarnos a ella como quien sostiene algo de inmenso valor en un entorno que está plagado de delincuentes. Tú sacaste un tesoro, y la gente sabe que ese tesoro está en tu mano, y te lo quieren quitar. Y hay que contender ardientemente por la fe una vez dada a los santos.

Deja la ingenuidad

Ay, hermano, es mi oración que tú dejes la ingenuidad. Es mi deseo que tú dejes la temeridad. Es mi deseo que ya tú dejes de pensar que este es un lugar feliz, y entiendas que si tú eres salvo, tú eres un hombre singular, una mujer irrepetible. En Cristo tú has alcanzado un nivel de tal dignidad que lo menos que tú deberías hacer es atesorar tu fe y contender por ella. Oro por la iglesia, que el Señor te despierte a la urgencia, a la curiosidad, a la prioridad.

Padre, cuida a mi iglesia, cuida a mis hermanos. Permite, Señor, que aquellos que han creído sostengan lo que creen, lo defiendan de manera valerosa. Sácanos de la ingenuidad, Señor, y trae verdad en nuestro proceder. Si alguien todavía no ha puesto en Cristo su confianza, que ponga en Cristo su confianza, y que sea advertido desde ahora que lo que le espera es una contienda. El mundo ya no es tu lugar. La carne, el diablo y los enemigos de tu alma siempre están prestos. Que el Señor te dé fuerza. Que tú confíes que Él te está guardando, pero que tú te dejes guardar por medio de la gracia. Gracias, Señor, por tu palabra. Bendice al pueblo especialmente. En el nombre de Cristo.

Que el Señor le bendiga, mis hermanos. Terminemos con alabanza en nuestro culto al Señor.