Devocional

Buenas noticias del Rey

Además, os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado.

— 1 Corintios 15:1

El evangelio no es una teoría ni un sistema religioso; es una noticia que viene de parte de un Rey.

En el mundo romano, cuando un nuevo rey ascendía al trono, enviaba emisarios a caballo por todo el imperio. Estos heraldos llevaban un estandarte y, de acuerdo a su semblante, la gente podía inferir si las noticias eran buenas o malas. Si el rey era bueno, lo que venía era un decreto favorable: una excepción fiscal, un edicto de tolerancia, un alivio. La palabra que se usaba para describir esas buenas noticias era evangelio.

Cuando los primeros testigos de Cristo salieron a compartir lo que había sucedido, tomaron ese mismo vocabulario de la cultura y lo llenaron de un contenido mucho más alto. No anunciaban a un rey terrenal, sino al Rey de reyes. No proclamaban un decreto temporal, sino una salvación eterna. Y la noticia era extraordinariamente buena: Dios ha elegido salvar al hombre por medio de la obra de Cristo. Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados.

Vale la pena detenerse aquí, porque el uso tan frecuente del término nos puede hacer perder de vista su peso. Decimos «evangelio» como quien dice «buenos días»: por costumbre, sin detenernos a considerar lo que implica. Pero detrás de esa palabra hay un anuncio que cambió la historia. Hay un Dios que reina, que tiene autoridad sobre tu vida y la mía, y que ha decidido comunicarnos sus condiciones. Y esas condiciones son favorables.

Hoy, antes de seguir con la rutina del día, considera esto: alguien vino a caballo por ti. No literalmente, claro, pero en algún momento de tu vida, de alguna manera, la noticia te alcanzó. Quizás fue en una iglesia, quizás en una conversación, quizás leyendo un libro. La pregunta no es si la noticia llegó, sino qué estás haciendo con ella.

Oración: Señor, ayúdame a no acostumbrarme a tu evangelio. Que la buena noticia de lo que hiciste por mí no pierda su peso ni se convierta en una palabra más de mi vocabulario. Amén.