¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?
— Romanos 10:14
El evangelio no se defiende como una posición filosófica; se anuncia como una noticia que el oyente puede recibir o rechazar.
El evangelio, la buena noticia de que Dios reina y ha elegido salvar al hombre por medio de la obra de Cristo, es exactamente eso: una noticia. No es una teoría, no es un reglamento, no es un conjunto de condiciones que hay que negociar. Es un anuncio favorable de parte de un Rey. Y como toda noticia, su naturaleza es ser comunicada, no debatida.
Muchos cristianos no comparten el evangelio porque entienden que es un argumento, algo que puede ser rebatido. Se imaginan frente a un interlocutor hostil, preparados para una guerra de ideas en la que deben salir victoriosos. Y como no se sienten equipados para ese debate, prefieren callar. Pero piensa en el emisario romano: no discutía con el pueblo sobre las bondades del edicto. Llegaba, lo proclamaba y seguía su camino. Si alguien decía «no me gustan las condiciones», la respuesta era sencilla: habla con el rey. El cartero puede traer buenas o malas noticias, pero él va a entregarte la carta. No es su trabajo convencerte de que la abras.
Esto no significa que debamos ser insensibles o mecánicos al compartir nuestra fe. Pero sí nos libera de una presión que no nos corresponde. El apóstol Pablo no era un filósofo ambulante que buscaba ganar debates en las plazas; era un heraldo que anunciaba lo que había visto y oído. Y se movía: anunciaba aquí y luego iba a anunciar allá. La gran comisión no nos mandó a dar clases de apologética, sino a proclamar buenas noticias.
Si realmente interiorizáramos que el evangelio es una noticia para compartir, no pensaríamos tanto en lo que la gente hace con ella. Pensaríamos, más bien, en cuántas personas aún no la han escuchado. Quizás hoy, en tu lugar de trabajo, en tu barrio, en tu familia, hay alguien esperando que un emisario llegue con buenas noticias. Y quizás ese emisario eres tú.
Oración: Señor, perdóname por las veces que callé tu evangelio por miedo a no saber defenderlo. Recuérdame que mi tarea no es ganar argumentos, sino entregar una noticia. Dame la valentía de un heraldo y la compasión de alguien que sabe lo que esa noticia significa. Amén.