Y David danzaba con toda su fuerza delante de Jehová; y estaba David vestido con un efod de lino.
— 2 Samuel 6:14 (RVR1960)
El gozo más pleno se encuentra adorando a Dios en sus términos.
Para entender este versículo conviene situarlo. El rey David estaba completando el segundo intento de trasladar el arca del pacto, ese cofre sagrado que representaba la presencia de Dios en medio de Israel, hasta la ciudad de Jerusalén. El primer intento, tres meses antes, había terminado en tragedia: un hombre llamado Uza había extendido la mano para sostener el arca cuando los bueyes tropezaron, y cayó muerto al instante. Esta segunda vez David lo hizo distinto, con los levitas cargando el arca sobre los hombros, conforme a la ley. Lo notable es lo que pasó cuando todo se hizo bien. La segunda procesión, ahora hecha como Dios había dispuesto, fue todavía más fervorosa que la primera. Hubo más música, más sacrificios, más júbilo. La Escritura describe a David danzando con todas sus fuerzas delante del Señor, vestido con un efod de lino, sin guardar compostura ante nadie. La precisión en la forma le abrió las puertas a una celebración más profunda.
Existe una idea común que asocia la adoración correcta con la frialdad. Como si el Dios que pide precisión fuera un Dios al que le incomoda la celebración intensa. La historia de David desmiente esa imagen. Al hacerlo todo bien, danzó con todas sus fuerzas. Sucede como con un músico. Las reglas de su instrumento son la condición misma de su libertad. Quien domina las escalas y los tiempos puede luego improvisar, jugar, expresarse a fondo. Sin esa disciplina previa, lo que se produce es ruido. La obediencia es el suelo donde el gozo crece con confianza.
El cristiano maduro aprende a sostener dos cosas a la vez. Reverencia y alegría. Temor y gozo. Conoce la santidad de Dios y por eso no se acerca con liviandad. Conoce la gracia de Dios y por eso se acerca con confianza. Quien solo cultiva la solemnidad termina con una fe rígida, sin calor. Quien solo cultiva la efusividad termina con una fe sin raíces. La adoración bíblica abraza las dos cosas, porque el Dios al que adoramos es a la vez santo y bueno, terrible y cercano, justo y misericordioso. Si tu vida con Dios se ha vuelto solo solemnidad o solo emoción, vuelve a mirar a David: cada paso del arca en su lugar, y danza con todas sus fuerzas al llegar.
Oración: Señor, libra a mi adoración tanto de la frialdad como del descuido. Que tu santidad me haga reverente, y que tu gracia me haga gozoso. Quiero acercarme a ti como David al final del segundo traslado: con cada paso en su lugar, y con todas mis fuerzas. Amén.