En verdad que me he comportado y he acallado mi alma; como un niño destetado de su madre, como un niño destetado está mi alma.
— Salmo 131:2 (RVR1960)
Hay una madurez espiritual que se parece a una pérdida: el alma deja de buscar lo que prometía saciarla y descubre que sí se puede vivir sin ello.
David repite la imagen, casi como si quisiera fijarla: «como un niño destetado, como un niño destetado». El destete es un dolor pequeño pero real. Un niño que ha vivido los primeros meses pegado al seno de su madre piensa, cuando lo apartan, que no va a sobrevivir; llora, reclama, busca con desesperación, hasta que un día entiende que su mamá sigue ahí, que existen otros alimentos y que la vida continúa. Esa es la figura que David escoge para describir su alma calmada: un niño que aprendió, llorando, que aquello que creía esencial no lo era.
Tu alma está inquieta porque le han prometido toda la vida que hay un objeto, una posición, una persona, una experiencia que va a saciarla por fin, y tú la has perseguido. Vas al refrigerador del mundo con hambres distintas y ninguna se calma; cuando tienes lo que querías, descubres una nueva versión del mismo apetito. Hay una madurez que se parece a una pérdida: cuando dejas de buscar tu satisfacción en las cosas que prometen y no cumplen, vas a reclamar como un niño al que le acaban de quitar el biberón, vas a sentir ansiedad, vas a pensar que sin esa cosa no se puede vivir. Y un día, con el favor del Señor, te vas a despertar y vas a saber que sí se puede.
David tardó. Asumamos que llegó ahí después de un proceso largo, con sus recaídas y sus llantos, porque el proyecto de la vida cristiana se cuenta en años: encontrar la satisfacción en Cristo y dejar de buscarla donde no está. Vas a recaer, vas a volver al pecado más reciente y vas a comprobar, otra vez, que te dejó más vacío que antes. Pero el destete sigue su curso, la paz va llegando, y un día tu alma, como la de David, va a estar acallada.
Oración: Padre, mi alma anda inquieta y tú lo sabes. Concédeme la paciencia del niño que madura: que no me muera cuando me apartas de lo que nunca iba a saciarme. Acalla mi alma, Señor, y enséñame que tú eres suficiente. En el nombre de Jesús, amén.