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Renunciar sin pelear

Jehová, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron; ni anduve en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para mí.

— Salmo 131:1 (RVR1960)

Hay personas que llegaron a la santidad sin pelear: simplemente vieron los dos caminos y se apartaron del que no llevaba a ningún lado.

Hay una idea muy difundida sobre la santidad: que toda victoria sobre el pecado es una pelea sangrienta, un forcejeo permanente con uno mismo. El Salmo 131 muestra otra cosa. David fue rey de Israel, tuvo casa grande, siervos, ejército y poder, y delante del Señor puede orar con la conciencia tranquila de un hombre que vio dos caminos y eligió uno. Las cosas siguieron ahí, el rango siguió ahí; lo que cambió fue interno. En la parte más profunda de su corazón, en la película que se proyecta cuando nadie está mirando, David renunció.

Renunció a la vanidad, esa actitud de orgullo interno que nos hace decir «yo soy, yo tengo, yo merezco» antes de que ninguna circunstancia lo provoque. Renunció a la altivez, esa necesidad de medirse con los demás para sentirse arriba, de mirar al otro por encima del hombro. Renunció a la ambición desmedida, ese apetito por lo grande y lo sublime que siempre pide una versión más nueva de sí mismo. Tres renuncias voluntarias en la cámara más íntima del alma, sin testigos y sin público, hechas no porque le faltaran los medios sino porque le sobraba inteligencia espiritual.

La Escritura no esconde que hay pecados que asedian al creyente y exigen pelea: «despojémonos del pecado que nos asedia» (Hebreos 12:1). Hay pecados específicos contra los cuales uno se planta, ora, resiste, sangra. Pero hay otros frente a los cuales el Señor concede una gracia distinta: la de ver los dos caminos con tanta claridad que apartarnos sea sencillo. Hay personas que llegaron a entender que existe una manera más alta de vivir y, como David, simplemente se apartaron; miraron la vanidad del mundo y la dejaron ir, y su corazón, ya guardado para otra cosa, no tiene que pelear con cada deseo. Lo que tú llamas «mi gran lucha contra el pecado» quizá tenga dos rostros: uno que pelearás con esfuerzo, y otro al que, viendo bien los dos caminos, podrás darle la espalda y caminar, deliberadamente, por el otro.

Oración: Señor, tú ves lo que se proyecta en mí cuando nadie está mirando: la vanidad, la altivez, la ambición. Dame el corazón de David, el que tuvo todo y prefirió tenerte a ti. Que mi renuncia sea callada, voluntaria, sin pelea. En el nombre de Cristo, amén.