Espera, oh Israel, en Jehová, desde ahora y para siempre.
— Salmo 131:3 (RVR1960)
Toda transgresión es impaciencia disfrazada: el que peca no pudo esperar a que Dios proveyera.
Tres versículos tiene el salmo, y en el último David sale de su intimidad con Dios y se vuelve hacia su pueblo. Lo que aprendió en oración lo predica en plaza, y la conclusión de un corazón en paz es una invitación a los demás: esperen. Cualquier forma de pecado, en el fondo, es un intento de adelantarse a la provisión de Dios. El que miente no pudo esperar a que Dios defendiera su nombre, el que roba no pudo esperar a que Dios le proveyera, el que adultera no pudo esperar a que Dios le diera contentamiento donde está. Toda transgresión es impaciencia disfrazada.
Esperar cuesta, y por eso el «oh» de David. Es una interjección de preocupación, como cuando uno ve a alguien caminando hacia un peligro y le grita: «¡Oh, espérate!». David ha visto la trampa y avisa: «Espera, oh Israel, que Dios cuida más de ti de lo que te cuidas tú», y le añade dos coordenadas, «desde ahora y para siempre». Esperar es la disposición permanente del alma cristiana: hoy esperas, mañana esperas, dentro de veinte años, esperas. La esperanza es el clima del corazón redimido.
Si has recibido el evangelio, ya sabes algo de esperar; esperaste en Cristo para tu salvación, descansaste en Su justicia, y la misma fe que te llevó al inicio te tiene que sostener cada día. «Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5:1). Esperar duele, sí, como cuando a un niño le retiran la fuente de alimento y siente que se va a morir. No te vas a morir. Espera, que Jehová no defrauda y el único bien permanente para tu alma está en Él.
Oración: Señor, casi todas mis caídas tienen la misma raíz: no pude esperar. Enséñame a esperar como quien sabe que tú no defraudas. Que la esperanza sea el clima de mi corazón, desde ahora y para siempre. En el nombre de Cristo, amén.