Saltar al contenido

El aviso también es amor

Estas cosas os he hablado para que no tengáis tropiezo.

— Juan 16:1

El amor de Cristo actúa y también advierte. Lo que él te dice antes de que llegue la tormenta es tan parte de su cuidado como lo que hace cuando ya estás en ella.

Hay personas que, cuando saben que alguien va a pasar por algo difícil, prefieren no decirles nada para no angustiarlos. La intención es buena: para qué añadir preocupación si la cosa todavía no ha llegado. Pero a veces eso tiene el efecto contrario. Cuando la dificultad llega de sorpresa, sin aviso, puede desestabilizar a cualquiera. No porque sea peor de lo que hubiera sido, sino porque nadie estaba preparado para recibirla. Entonces la persona, en medio de la aflicción, también tendrá la tristeza de que tú lo sabías y no se lo advertiste.

Jesús hizo lo opuesto con sus discípulos. Faltaban pocas horas para que lo arrestaran, para que lo juzgaran, para que lo clavaran en una cruz. Y en lugar de protegerlos de esa realidad, les habló directo: les dijo que venían tiempos difíciles, que serían expulsados de sus comunidades, que algunos serían perseguidos. No lo hizo para asustarlos. Lo hizo, dice él mismo, para que no tropezaran. Esa advertencia era una tierna forma de cuidado. Él conocía el corazón de sus discípulos mejor de lo que ellos se conocían a sí mismos. Sabía que si la cruz llegaba sin advertencia, si el sufrimiento aparecía sin contexto, la confusión los haría caer. Por eso habló. Por eso preparó. ¿Les prometió una vida sin dificultades? No, les dio algo mejor: las herramientas para no naufragar cuando las dificultades llegaran.

Eso no ha cambiado. La Escritura completa funciona en parte de esa manera: no te protege del dolor, pero te prepara para recibirlo sin que te destruya. Cuando lees a Jesús diciéndote que «en el mundo tendréis aflicción» (Juan 16:33), eso no es pesimismo (aunque lo parezca a primera lectura), es el mismo cuidado que tuvo con sus discípulos esa noche: hablarte claro antes de que llegue, para que cuando llegue, lo recibas como algo que ya fue anunciado y, por tanto, ya fue considerado, y no como algo que contradice tu fe.

Oración: Señor, gracias porque no me dejas enfrentar la vida a ciegas. Ayúdame a tomar en serio lo que me dices, no solo cuando me consuela, sino también cuando me advierte. Que cuando lleguen los momentos difíciles, no los reciba como evidencia de que me has abandonado, sino como parte de un camino que tú ya conocías. Amén.