Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas.
— Proverbios 3:5-6 (RVR1960)
Cristo como camino responde a la necesidad más profunda del ser humano: saber hacia dónde va.
El ser humano no puede vivir sin dirección, y esa necesidad va más al fondo que tener un plan de vida trazado con precisión. Necesitamos saber de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde caminamos. Esa necesidad de orientación es tan profunda que incluso quien dice no tener valores vive de acuerdo a algo; incluso quien afirma que todo es relativo toma decisiones como si algunas cosas importaran más que otras. Algún punto de referencia siempre hay; la pregunta es si apunta a algo real. En Juan 14, Tomás le dijo al Señor «no sabemos a dónde vas», y él le respondió: «Yo soy el camino» (Juan 14:5-6).
Alguien que viaja en autobús y se queda dormido conoce bien lo que ocurre al despertar sin saber dónde está. Me pasó muchas veces: despertaba desorientado y miraba por la ventanilla tratando de encontrar algo que me resultara familiar sin que los demás pasajeros notaran mi confusión. Una especie de disimulo automático. Cuando comprobaba que no sabía dónde estaba, que había perdido mi parada, me desmontaba en la próxima para seguir tratando de orientarme y de encontrar cómo llegar a mi destino. (Lo que pocas veces hacía era preguntar, quería llegar por mí mismo.) El predicador de Proverbios describe algo parecido cuando habla del hombre que «es sabio en su propia opinión»: alguien que lleva tiempo siguiendo el flujo de la multitud sin preguntarse si la multitud sabe a dónde va. La mayoría terminará siguiendo a alguien que parece que sabe, y ese alguien tampoco sabe.
Cuando Jesús dice «yo soy el camino», les está diciendo a sus discípulos que en su persona encuentran la dirección que llevaban años buscando. Caminar con Cristo no elimina los obstáculos del trayecto ni convierte el camino en línea recta; lo que da es un norte real, una dirección que no depende del estado de ánimo ni del consenso de quienes te rodean. El creyente puede bordear obstáculos, avanzar despacio en ciertos tramos, sentirse a tientas en momentos difíciles, y aun así caminar como alguien que sabe hacia dónde va, porque sabe en quién confía. Esa es la diferencia visible entre quien vive improvisando y quien vive orientado: el segundo no camina de manera perfecta, pero camina con una tendencia, con un norte. Y la señal de que eso está ocurriendo en ti es que, cada vez que te desvías, hay algo que te devuelve.
Oración: Señor, reconozco que hay partes de mi vida donde todavía camino como quien improvisa. Quiero que seas tú mi dirección desde hoy, y también mi destino final. Que confiar en ti como camino cambie cómo tomo decisiones hoy, cómo me oriento cuando no sé qué hacer, cómo vuelvo cuando me pierdo. Amén.