De tal manera que mis prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el pretorio y a todos los demás.
— Filipenses 1:13
El Señor te puede acercar a alguien que necesita escuchar el evangelio.
La guardia pretoriana era la élite militar del Imperio romano. No era cualquier soldado el que custodiaba a un preso de alto perfil como Pablo; eran hombres seleccionados, entrenados, parte del círculo más cercano al poder imperial. Y el Señor los amarró, uno por uno, a la muñeca de un predicador del evangelio. El turno duraba seis horas. Se calcula que en dos años de prisión domiciliaria, Pablo pudo haber dado testimonio a casi 3.000 soldados de élite. No porque tuviera un plan estratégico de evangelización del pretorio, sino porque el Señor diseñó las circunstancias.
Lo notable es que Pablo no tenía que hacer nada extraordinario. El testimonio no tenía que tener un programa, pues era la vida misma de Cristo en Pablo, transcurriendo junto a ellos. El soldado le vería orar, recibiría a los hermanos que venían a visitarle, le vería escribir cartas, leer los rollos. Y esa vida, vivida con coherencia delante de quien tenía amarrado a su lado, fue suficiente para que el nombre de Cristo se hiciera conocido en todo el pretorio.
No hay que ser muy estratégico para testificar de Cristo. Lo que hace falta es estar despierto y tener los ojos abiertos para ver a quien el Señor ya puso a tu lado. No la persona a quien tú elegirías testificar si pudieras escoger, sino la que comparte tu espacio sin que tú lo hayas decidido: un compañero de trabajo que no pediste tener, un vecino con quien no tienes mucho en común, un familiar que aparece cuando menos lo esperas. El Señor no siempre pregunta si la persona nos resulta cómoda o conveniente. La coloca ahí, y probablemente ya quiere que esa persona escuche del evangelio a través de ti.
Oración: Señor, abre mis ojos para ver a la persona que ya pusiste a mi lado. Con frecuencia busco las condiciones ideales para testificar y paso por alto a quien tienes justo delante de mí. Ayúdame a vivir el evangelio con tanta coherencia que mi vida misma sea un testimonio, antes de que abra la boca. Y cuando llegue el momento de hablar, dame las palabras. Amén.