Saltar al contenido

Un testigo valiente levanta al otro

Y la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor.

— Filipenses 1:14

El testimonio de un solo creyente puede despertar el valor que otros no sabían que tenían.

El problema que describe Pablo en este versículo no es nuevo. La mayoría de los creyentes no dan testimonio. No por falta de convicción doctrinal, no porque no crean en el evangelio, sino por miedo. Miedo a ser tomados como una caricatura, miedo a perder una amistad, miedo a incomodar. Es un miedo que raramente se nombra con claridad, pero que produce el mismo resultado: un año completo pasa y no hay nadie a quien puedas decir que tuviste una conversación donde Cristo fue evidente. Vale la pena preguntarse con honestidad: ¿cuándo fue la última vez?

Lo que Pablo describe aquí es un efecto en cadena. Su testimonio desde la prisión, su denuedo al predicar estando amarrado a un soldado, produjo algo en la iglesia de Roma que ningún programa evangelístico habría podido producir: los creyentes se envalentonaron. Quizás aún sentían el miedo, pero vieron a alguien superarlo, y eso fue suficiente para que quisieran intentarlo también.

Vi a una muchacha que subió al metro y en treinta segundos predicó a Cristo con vehemencia y claridad en medio de un vagón lleno de pasajeros. No sabía el efecto que producía en quienes la observaban. Pero lo producía. Cuando terminó de hablar no me contuve y dije un amén. ¡Lo dije bien fuerte! Al ver su valentía no podía evitar pensar: si ella puede, yo también debería poder. Ese es el efecto de un testigo valiente: no solo alcanza a quien tiene delante, sino que despierta a quienes lo observan. ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste algo así y te contagió? ¿Cuándo fue la última vez que fuiste tú quien se atrevió, sin saber que alguien a tu alrededor estaba mirando y necesitaba exactamente eso?

Oración: Señor, confieso que con frecuencia espero que otro dé el primer paso. Hoy quiero ser ese creyente que se atreve, no porque tenga menos miedo que los demás, sino porque entiendo que mi testimonio puede despertar el valor de alguien más. Dame el denuedo de Pablo, y que a través de mí otros también quieran hablar de ti. Amén.