Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y contienda, pero otros de buena voluntad.
— Filipenses 1:15
El evangelio puede predicarse con las palabras correctas y el corazón equivocado.
Pablo introduce aquí una distinción incómoda. Había creyentes en Roma que estaban predicando el verdadero evangelio, anunciando genuinamente a Cristo, pero haciéndolo movidos por envidia y contienda. No eran falsos maestros en el sentido doctrinal; eran creyentes verdaderos predicando un evangelio verdadero con una motivación equivocada. Pensaban que con Pablo preso habían ganado espacio, que ahora les tocaba a ellos ocupar la plataforma. Predicaban para que Pablo los viera desde su celda y entendiera que él ya no era necesario.
Es fácil leer este pasaje y asumir que uno está del lado correcto. Pero la honestidad obliga a mirar más de cerca. Cuando yo comencé a repartir tratados en una cancha de baloncesto, no lo hacía porque me doliera el estado de las almas de esas personas. Lo hacía porque quería tener un testimonio que contar en el culto. Cuando comencé a escribir, no escribía buscando la edificación de nadie; quería que la gente supiera que yo sabía. Y cuando discutía sobre religión o doctrina con personas de otras creencias, no lo hacía movido por un deseo genuino de que conocieran a Cristo. Lo hacía para humillarlos, dejarlos sin argumento, ganar la conversación. Quizás tus razones son distintas a las mías, pero vale la pena examinarlas con la misma honestidad.
La pregunta que este pasaje deja abierta es directa: ¿qué es lo que realmente te mueve cuando hablas de Cristo? Hay una diferencia entre predicar porque Cristo te mandó a hacerlo y porque esas personas necesitan esperanza, y predicar para ganar notoriedad, para tener seguidores, para que la gente vea que tú también puedes. Una motivación produce gozo duradero; la otra produce una satisfacción que se agota en cuanto nadie está mirando.
Oración: Señor, examina mis motivaciones. Con frecuencia me resulta más fácil evaluar mis palabras que mis razones. Quiero predicar el evangelio porque amo a las personas y porque tú me mandaste a hacerlo, no para ganar notoriedad, no para el reconocimiento de otros, no para el aplauso. Purifica lo que me mueve, y que el resultado sea tuyo. Amén.