Después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé: Volvamos a visitar a los hermanos en todas las ciudades en que hemos anunciado la palabra del Señor, para ver cómo están.
— Hechos 15:36 (RV60)
Lo más difícil de la obra de Dios casi nunca es empezarla; es volver a empezarla cuando ya estás cansado.
Tengo un conocido que gestiona un negocio de comida; cierra a las diez de la noche. A mí me gusta ver el último turno, cuando ya están limpiando y guardando todo. Una vez llegó un cliente a las diez menos un minuto, con hambre, y alguien del personal soltó por lo bajo: «Ya no hay tiempo.» Pero sí había tiempo. Hazle el sándwich al hombre, que el negocio todavía está abierto. Esa escena pequeña dice mucho sobre cómo funcionamos los creyentes. Cuando sentimos que ya cumplimos, que ya dimos nuestra parte, lo más cómodo es cerrar antes de la hora y dar la jornada por terminada. Pero el reloj todavía no marca las diez. Mientras el Señor siga salvando, sigue habiendo trabajo, y la puerta no debería cerrarse antes de tiempo.
En física, la inercia es la resistencia que un cuerpo tiene a cambiar su estado. Un objeto en reposo tiende a quedarse en reposo, y arrancarlo de nuevo cuesta más que mantenerlo en movimiento. Lo mismo pasa con el alma. Por eso, cuando Pablo le propone a su compañero de viaje Bernabé regresar a visitar a los hermanos en cada ciudad donde ya habían anunciado la palabra del Señor (Hechos 15:36), está planteando algo que requiere romper una resistencia interior enorme. Ya habían hecho ese viaje. Ya habían sido apedreados, perseguidos, dejados por muertos a las afueras de las ciudades. Cualquiera diría: «Eso ya lo viví, que lo hagan los jóvenes ahora.» Hay gente que hizo una obra grande y se sienta veinte años a contarla. El llamado de Dios siempre te empuja a volver a ponerle la mano al arado, por mucho que ya tengas para contar.
Tal vez tú también cargas la inercia de una experiencia anterior. Serviste, te entregaste, quizá saliste lastimado, y ahora una voz te dice que ya cumpliste tu cuota. Pero la misión no toma pausa hasta que Cristo regrese, y eso te incluye en cada temporada de tu vida. Si estás criando hijos, criarás en misión. Si estás trabajando para proveer, proveerás en misión. Si estás enfermo y débil, lo menos que puedes hacer es orar por la obra. No hay momento de vida que te exonere de la predicación del evangelio, que Cristo pagó con su propia sangre para hacer posible. Hoy te invito a hacer figuradamente un segundo viaje: a arrancar de nuevo, aunque ese primer empujón sea lo más difícil.
Oración: Señor, confieso que a veces quiero bajar la persiana antes de la hora, convencido de que ya hice mi parte. Perdóname cuando uso mi cansancio como excusa para detenerme. Dame la entereza de volver a arrancar, de ponerte de nuevo la mano al arado en el momento de vida en el que estoy. Mientras tú sigas salvando, que me encuentres con la puerta abierta, para la gloria de tu nombre. En el nombre de Cristo. Amén.