Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.
— Filipenses 1:6 (RV60)
El evangelio es demasiado grande para depender de ti y demasiado bueno como para dejarte fuera.
La predicación del evangelio tiene dos mil años de historia ininterrumpida. Ha pasado por imperios que se levantaron y cayeron, por iglesias que florecieron y se apagaron, por hombres y mujeres que dieron lo mejor de sí y luego se cansaron. Y aquí seguimos. Cuando lees el final de Hechos 15, encuentras a Pablo y a Bernabé, su compañero en aquel primer viaje misionero, después de un recorrido agotador y de una controversia grande en Jerusalén: dos hombres exhaustos que aun así vuelven a mirar hacia adelante. La obra no se detuvo porque ellos estuvieran cansados. La misión es como una posta: el corredor que recibe el testigo no espera a que el anterior recupere el aliento; toma el relevo y sigue, porque lo que de verdad importa es que la carrera no se interrumpa, sin importar quién lleve el testigo en cada tramo.
La buena noticia se sigue anunciando con nosotros, sin nosotros y muchas veces a pesar de nosotros. No hubo jamás un momento de la historia en que los hombres dijeran «esperen, detengan la obra hasta que nosotros descansemos» y el Señor obedeciera. La misión descansa en Cristo, y por eso sigue en pie aunque nosotros flaqueemos. Pablo lo entendía: ni él, ni Bernabé, ni ninguno de nosotros era imprescindible. Y aun así, en su gracia, Dios escoge incluirte en lo que hace. El versículo de hoy le recuerda a cada creyente que Dios termina la buena obra que comienza en él; y si es tan fiel para completar lo que empieza en tu vida, también lo será para llevar adelante la misión en la que te ha puesto (Filipenses 1:6).
Quizá llegas a este día con la sensación de que ya no eres el de antes. Cambiaron las temporadas, gente que amabas hoy sirve al Señor en otro lugar, tus fuerzas no son las que tenías hace diez años. Yo conozco bien esa sensación. Pero ninguna de esas cosas condiciona lo que Dios quiere hacer. Cuando nos miramos a nosotros mismos, casi siempre encontramos razones para sentarnos; cuando miramos a Cristo, encontramos razones para volver a ponernos de pie. La pregunta es sencilla y a la vez exigente: ¿estás dispuesto a que Dios haga su obra contigo, sabiendo que la hará de todos modos?
Oración: Señor, gracias porque tu obra no depende de mis fuerzas ni de mi mejor momento. Reconozco que muchas veces me siento cansado, disminuido, fuera de tiempo, y aun así tú sigues salvando. No me dejes mirar solo hacia mí; ayúdame a mirarte a ti y a tomar el relevo que pones en mis manos. Que mi vida sea parte de esa carrera que comenzó mucho antes que yo y que terminará para tu gloria. En el nombre de Cristo. Amén.