Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
— Juan 14:6 (RVR1960)
Cristo como vida ofrece la restauración de la comunión con el Padre, y esa comunión comienza desde ahora.
Hay una diferencia entre estar vivo y tener vida. Estar vivo es tener pulso, hacer que el día pase, cumplir con lo que hay que cumplir. Tener vida, en el sentido en que Jesús lo usa en este texto, es algo más profundo: plenitud, trascendencia, la sensación de que lo que haces importa más allá de ti mismo. El término griego que Juan usa cuando habla de «vida» (zoé) describe exactamente eso: la clase de vida que está en Dios y que Dios le comunica a la criatura, algo muy distinto a la mera existencia biológica que compartimos con cualquier ser viviente. Cuando Jesús dice «yo soy la vida», les está prometiendo a sus discípulos algo que ya ahora, en esta tierra, puede transformar cómo se vive.
La última parte del versículo lo explica todo: «nadie viene al Padre sino por mí.» La vida que Cristo ofrece es la restauración de la comunión con el Padre, esa comunión que se fracturó en el Génesis y que dejó al ser humano con una sensación persistente de orfandad. Todo lo que el ser humano busca, desde el reconocimiento hasta la trascendencia, desde el amor hasta el significado, son ecos de esa comunión perdida. Por eso la terapia no satisface eso del todo, ni el logro académico, ni el viaje a un destino exótico. Esas cosas tienen su valor, y al mismo tiempo ninguna de ellas puede devolverle al ser humano lo que perdió cuando quedó separado del Padre. Solo Cristo puede hacer eso.
Cuando esa comunión se restaura, la vida deja de ser solo pulso. Hay algo en el interior que tiene color, que tiene dirección, que tiene peso eterno. La persona que ha encontrado eso camina distinto, con algo en su vida que no se explica con biología, con esfuerzo o con circunstancias favorables. Es la vida que estaba en el Padre y en el Hijo, colocada ahora también en el creyente, y la expectativa que Cristo planta en sus discípulos antes de ir a la cruz es precisamente esa: que esa vida no es solo futura. Es desde ahora, y es para ti.
Oración: Señor, quiero más de ti de lo que hasta ahora he experimentado. Te pido que seas mi vida en el sentido más pleno: que esa comunión contigo que Cristo restauró sea una realidad diaria, algo que se muestre en cómo vivo este día. Amén.