Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.
— Proverbios 3:5 (RVR1960)
Puedes hacer toda la tarea que hay que hacer y, aun así, tu descanso seguirá dependiendo de en quién decidiste apoyarte.
Es fácil confundir el dominio de un libro con el conocimiento del Dios que lo entregó. Uno puede atesorar versículos, repetir expresiones de sabiduría y vivir, a la vez, a una distancia prudente del Señor. El libro de Proverbios se presta para eso: muchos lo abren buscando consejos prácticos, ideas rápidas para tener en mente y vivir conforme a ellas. El primer versículo de este pasaje pone sobre la mesa dos lugares distintos donde un ser humano puede recostar su peso. El texto dice «fíate de Jehová» y enseguida nombra la alternativa: «tu propia prudencia». Todos estamos confiando en algo para los retos que tenemos por delante. La pregunta que conviene hacerse tiene que ver con dónde descansa tu tranquilidad mientras haces tus planes.
Esta semana le dediqué tiempo a una decisión importante. Armé una matriz de seis criterios, ponderé cada punto, se la mostré a alguien para que confirmara que la ponderación era correcta, y cuando la tabla quedó completa me sentí descansado. Después me dio vergüenza, porque había construido una matriz cuidadosa, había entendido cuál era la decisión correcta y no había orado ni una sola vez al respecto. Eso es apoyarse en la propia prudencia: creer que mi buen juicio, mis métodos y mi capacidad de análisis me van a llevar exactamente al lugar donde entiendo que debo estar. Frente a esa actitud, el texto llama a fiarse de Jehová. La teología tiene un nombre para aquello en lo que descansas cuando te fías de él: providencia. Vale la pena detenerse en esa palabra: es la convicción de que Dios obra de manera continua para dirigir, preservar y gobernar todo lo que ha creado, de modo que las cosas que ocurren han sido dispuestas por él. En un mundo de injusticia y de maldad, esa convicción resulta más confiable que el cálculo más cuidadoso, porque puedes ser la persona más cauta del mundo y de todos modos las cosas no saldrán como esperabas.
Hay una clase de creyente que se vuelve más «sabio» que dependiente. Lee la Escritura todos los días, conoce la voluntad de Dios, tiene buen juicio, y poco a poco va sacando a Dios de la ecuación sin darse cuenta. El mejor provecho que puedes sacar de la Escritura es llegar a confiar en el Dios que te la dio; cuando uno empieza a confiar en su propio buen juicio a la luz de ella, Dios ya quedó afuera. Los hombres grandes del Antiguo Testamento llegaron a serlo porque confiaron. El Salmo 121 lo dice así: «Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra… Jehová es tu guardador.» Eso es lo que el salmista llama confianza, y se parece muy poco al sosiego de quien cree que ya lo dejó todo previsto por su cuenta. Cuando te veas frente a un reto repartiendo presupuesto, calendario y energía, haz toda la tarea, y después de hacerla ora y di: «Señor, mi esperanza está puesta en ti.» Una vida centrada en Dios se reconoce justamente ahí: confías un poco menos en tus juicios y un poco más en que él te cuida.
Oración: Señor, descanso en ti. Enséñame a confiar de todo corazón en tu providencia, y recuérdame con ternura que soy tu siervo antes que un buen administrador. Amén.