Saltar al contenido

Mejor reprendido que destruido

Entonces él le dijo: Mal siervo, por tu propia palabra te juzgo.

— Lucas 19:22a (RVR1960)

Un siervo reprendido todavía es siervo.

En la parábola de las diez minas, un hombre noble fue a un país lejano para recibir un reino y volver. Antes de partir entregó una mina a cada uno de sus siervos y les dijo: «negociad entre tanto que vengo». Sus conciudadanos, que lo aborrecían, firmaron una carta y la enviaron por medio de una embajada para impedir que reinara sobre ellos. Cuando volvió con autoridad de rey, hubo dos juicios. El primero ocupa doce versículos: cada siervo se presenta, rinde cuentas, recibe respuesta. Incluso el que llegó con la mina envuelta en un pañuelo recibió una conversación completa. El rey le preguntó por qué no la había puesto en el banco, le quitó lo que tenía, lo declaró negligente. Pero le habló. El segundo juicio cabe en un solo versículo, sin diálogo, sin alegato, sin oportunidad: «traedlos acá, y decapitadlos delante de mí».

Esa asimetría marca la frontera entre dos destinos. El siervo negligente fue regañado, perdió lo que tenía, y todavía estaba delante del rey, todavía pertenecía a su casa. Los enemigos perdieron la vida sin que el rey les dirigiera una palabra. Por eso es preferible llegar al final con poco fruto que llegar con la firma equivocada. La reprensión es una conversación. La sentencia del enemigo no lo es.

Esto debería consolar al débil y advertir al pasivo. Si has servido a Cristo con torpeza, con miedo, con poco fruto, todavía estás en el grupo que comparece, que escucha, que responde. Quizás serás duramente reprendido. Pero serás salvo. Si nunca te has contado entre los siervos, si has vivido lejos del Señor aunque tu rebeldía haya sido discreta, la parábola te coloca con los otros. Mientras estás aquí leyendo, todavía hay tiempo para que él te llame siervo. El día que vuelva, los nombres ya estarán escritos.

Oración: Señor, prefiero llegar a tu presencia como siervo, aunque sea para escuchar reprensión, que llegar como enemigo y no escuchar nada. Recíbeme hoy entre los tuyos. Llámame siervo, aunque sea siervo regañado. Ayúdame a producir fruto con lo que me has dado. Amén.