Conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna.
— Judas 1:21 (RV60)
Dios te guarda, y una de las maneras en que lo hace es enseñándote a guardarte.
Todos conocemos alguna historia de alguien que creció en un barrio difícil, de esos donde muchos de su generación terminaron muertos o lejos, y que sin embargo salió adelante: estudió, levantó a su familia, hizo algo de provecho con su vida. Y casi siempre, cuando uno pregunta qué fue distinto en su caso, la respuesta apunta a lo mismo: unos padres que estuvieron muy presentes y le trazaban límites, o algún mentor a quien su vida le importaba de verdad. Vivía en el mismo barrio que los demás, pero alguien velaba por él, le marcaba por dónde andar y por dónde no, y esos límites le salvaron la vida.
La carta de Judas, una de las más cortas del Nuevo Testamento, se abre llamando a sus lectores «guardados en Jesucristo» y se cierra recordándoles que Dios es poderoso para guardarlos sin caída. Y aun así, en medio de la carta, les pide que se conserven, que se cuiden. Aquí vive una tensión que conviene entender: Dios te guarda, y una de las maneras en que lo hace es enseñándote a guardarte. Su cuidado no te exime de la responsabilidad de cuidarte; más bien te la despierta. Como esos buenos padres que están presentes y ponen límites, el Señor frecuentemente te guarda trazando fronteras y trayéndote una advertencia a tiempo.
Mucha gente imagina el cuidado de Dios como un permiso para vivir desviándose a izquierda y derecha, confiando en que Él siempre va a interrumpir la caída en el último segundo. La madurez entiende otra cosa. No consiste en sentirse fuerte ni en probar hasta dónde se aguanta; consiste en cuidarse. El que de verdad tiene criterio vive con poca exposición, elige por dónde anda, sabe que el peligro existe. Si fuiste salvado porque el Señor te llamó, y no porque tú fueras lo bastante fuerte o sabio para salvarte solo, entonces tienes una buena razón para no presumir de tu fuerza ahora y dejarte guardar por su gracia.
Oración: Señor, gracias porque eres poderoso para guardarme sin caída y porque eso nunca ha dependido de mis fuerzas. Reconozco que muchas veces he confundido tu gracia con un permiso para exponerme sin necesidad. Enséñame a recibir tus límites como una forma de tu amor y no como un estorbo. Guárdame, Señor, y hazme aprender a guardarme, en el nombre de Cristo.