Dios le guarde, hermanos, amigos queridos. Cada vez que venimos a la casa del Señor, es nuestro deleite celebrar la sabiduría del Dios al cual servimos. Una de las razones por las cuales la iglesia cristiana se congrega es porque quiere celebrar la Palabra del Señor: quiere oírla, quiere entenderla y quiere también obedecerla. Si es la primera vez que usted está en la casa del Señor, atesore hoy esta preciosa oportunidad; la Palabra del Señor es el mensaje más importante que usted escuchará durante toda esta semana. No hay nada que se compare con la mente que inspiró esta Palabra.
Estamos hoy cerrando una jornada de campamento bíblico de verano. Casi 100 niños han sido puestos en contacto con la Palabra del Señor. Pero como iglesia no quisiéramos dar esta labor por terminada. Mal haríamos nosotros si nos regodeáramos en que ya lo logramos, en que ya durante este año hicimos por los niños todo lo que hay que hacer, y entonces cambiáramos nuestro interés y nos dedicáramos a otra cosa. Si para algo servirá un campamento bíblico de verano, es para mostrarle a los padres que están hoy aquí congregados que sus niños tienen necesidades espirituales, que esta es una labor permanente.
Lo que ha sucedido en este fin de semana, desde jueves hasta sábado, es lo que debería estar ocurriendo en la vida de sus niños de manera consistente y regular. Pueden buscar en sus Biblias la Palabra del Señor y acompañarme hacia el libro de Deuteronomio en el capítulo 6. Veamos, a través de esta porción de la Escritura: ¿cómo dar testimonio a la siguiente generación? Pueden ponerse un momento sobre sus pies para que leamos la Escritura. Estaré leyendo Deuteronomio capítulo 6 desde el versículo 1 y hasta el versículo 9. Desde esta porción de la Escritura quisiera continuar la labor que se ha comenzado en esta semana.
Estos, pues, son los mandamientos, estatutos y decretos que Jehová vuestro Dios mandó que se os enseñase, para que los pongáis por obra en la tierra a la cual pasáis vosotros para tomarla; para que temas a Jehová tu Dios, guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te mando, tú, tu hijo y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida, para que tus días sean prolongados. Oye, pues, Israel, y cuida de ponerlos por obra, para que te vaya bien en la tierra que fluye leche y miel, y os multipliquéis, como te ha dicho Jehová el Dios de tus padres.
Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.
Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.
— Deuteronomio 6:1-9
Iglesia y familia: epicentro del testimonio de Dios
Leo de nuevo, hermanos queridos, los versículos 6 en adelante: “Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón, y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa y andando por el camino, y al acostarte y cuando te levantes”. Pueden sentarse, hermanos, amigos queridos. Aprovecho Deuteronomio capítulo 6 para estimular hoy a la iglesia y a toda la congregación aquí reunida respecto de que esta tarea está hoy comenzando. Quisiera animarles, estimularles, instruirles respecto de que la labor principal sobre la instrucción de sus hijos debería estar sucediendo en su propia casa.
Dice nuestra introducción que, en el plan de Dios para revelarse al mundo, las dos instituciones que fueron creadas por Él directamente —esto es, en primer lugar, la iglesia, y en segundo lugar, la familia— tienen un lugar especial. Dios se está revelando principalmente a través de estas dos instituciones. El Señor utiliza frecuentemente la iglesia y utiliza frecuentemente la familia para darse a conocer. La iglesia del Señor debe dar testimonio de Cristo a cada individuo, pero el nivel de acceso, de vinculación a través del tiempo y de influencia que se llega a tener por medio de la familia natural es incomparable.
Cuando alguien ha sido alcanzado fuera de su círculo familiar, debería, en la medida de lo posible —porque no siempre es posible, pero siempre se debe tener la intención— dar testimonio a su familia. Y asimismo, cuando dos creyentes forman una familia, guardar los estatutos de Dios y enseñar a sus hijos a guardarlos debería ser para ellos la máxima prioridad. Es un asunto de suma importancia para su seguridad y también para su bienestar. Cuando este ciclo de dar testimonio en la familia se interrumpe, siempre se trae gran daño tanto sobre esa familia como sobre toda la sociedad.
Hoy estaremos considerando esta porción que se conoce como el corazón de todo el Antiguo Testamento para aprender cómo dar testimonio del Señor a la siguiente generación. Lo que haré es tomar Deuteronomio 6 y mostrarle a la iglesia tres cosas diferentes. En primer lugar, les estaré mostrando dónde debemos dar testimonio; la respuesta es clara: en la familia. En segundo lugar, les estaré mostrando qué debemos testificar. Y en tercer lugar, quisiera compartirles ya no el “qué”, sino el “cómo” hacerlo. Sería dónde, qué y cómo dar testimonio a las generaciones. Comenzaré en el “dónde”, y el “dónde” es tu propia casa.
La familia como base del testimonio cristiano
Dice aquí la Palabra del Señor que deberías hacerlo a tus hijos y a los hijos de tus hijos, estando en tu casa y por las calles, al comenzar el día y al finalizarlo; que deberías utilizar todos los medios posibles para darle testimonio a tu familia. Comparto algunas razones para tener la familia como un buen punto de partida. Quizá estás predispuesto a entender que el testimonio del Señor está circunscrito a una iglesia local; hoy muestro a la iglesia que tanto la iglesia local como tu familia misma son la base del testimonio cristiano, y que deberíamos hacerlo tanto aquí como en su propia casa.
Comienzo mostrándoles que la familia ha sido el epicentro en toda la revelación de Dios. Cada vez que el Señor ha querido revelarse, ha seleccionado una familia. La historia de la redención, tal cual está documentada en la Palabra del Señor, comienza en el libro de Génesis; es el Señor utilizando familias. La Palabra del Señor está repleta de genealogías; el árbol familiar es importante para Dios. Consideren a Adán, a Noé, a Abraham, consideren a David, a José y a María: la familia natural ha estado siempre en el epicentro de Dios para darse a conocer al mundo. Tu iglesia local hace una labor preciosa, pero tu familia natural debería hacerlo también.
Me llama la atención que Dios se reveló siempre a los patriarcas recordándoles la relación que había tenido con sus ancestros. Dios de Jacob, Dios de Isaac, Dios de Abraham. El Señor les está apuntando a sus antepasados: “También en su familia me conocieron a mí”. Y quiere el Señor que tu casa también sea casa memorable e importante en los propósitos de Dios. Esto no es solamente un asunto bíblico, aunque lo es principalmente. Los psicólogos y terapeutas familiares han llegado a entender el nivel de influencia que llega a tener en nosotros nuestra familia natural.
Casi cada intervención terapéutica o psicológica comienza preguntándote: “¿Qué tal tu familia?”. Es que han entendido que nuestra familia tiene un gran impacto sobre nosotros, negativo o positivo. Se podría decir que la grupa crítica de cada persona pasa necesariamente por su árbol familiar. Hermano, no te comparto esto para entusiasmarte con otras cosas secundarias, te lo comparto para enseñarte que tu proyecto familiar es una base de operaciones para el Reino, y que la labor puede comenzar en la iglesia, pero necesariamente terminará en tu propia casa.
El Evangelio y la orientación familiar del testimonio
Si me permiten dar algunas razones más por las cuales el “dónde” debemos empezar es la familia, les mostraré que la expansión del Evangelio siempre ha tenido una orientación familiar. Comencemos hablando acerca del ministerio de nuestro Señor Jesucristo. Jesús y Juan el Bautista eran parientes. No podemos pronunciar con exactitud el nivel de parentesco; probablemente eran primos segundos, pero estaban vinculados familiarmente. Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, es muy posible que también fueran primos del Maestro, y lo que tenemos seguro es que los dos hermanos sirvieron al Señor.
Andrés y Pedro, dos hermanos, también siguieron al Señor; uno trae al otro. Estoy haciendo con esto un caso de que el ministerio de Cristo se extendió primariamente a través de las familias. Una persona conocía al Señor e inmediatamente quería dar testimonio del Señor en su círculo familiar. Los hermanos propios del Señor también eventualmente se convirtieron en sus seguidores. Y cada vez que el Señor hizo una obra importante en la vida de alguien, lo mandó a su familia. Recuerdo aquella historia del endemoniado gadareno, cuando el Señor le dijo: “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales las grandes cosas que el Señor hizo contigo y cómo ha tenido misericordia de ti”.
Hermano querido, su iglesia local no existe para reemplazar su familia natural; existe para fortalecerla, para colocarla en el centro, en el epicentro de los planes de Dios para nuestro tiempo. Es tanta la evidencia, hermano, que me podría quedar retenido aquí solamente. El carcelero de Filipos: “Cree en el Señor Jesús, y será salvo tú y tu casa”. Crispo, un principal de la sinagoga, dice que creyó en el Señor y toda su casa. El Señor sanó al hijo del oficial de un rey y dice que creyó él con toda su casa. Hermanos, la familia natural es un ambiente muy propicio para compartir nuestro testimonio.
Quisiera ampliar la esfera de sus perspectivas para que también vayan ustedes a su casa y cuenten las grandes cosas que el Señor ha hecho, y cómo ha tenido misericordia de todos nosotros. La familia natural es un ambiente propicio porque nuestra familia nos conoce verdaderamente. Es impactante el testimonio de un familiar primario nuestro cuya vida ha sido transformada por el poder del Evangelio. Sus familiares necesariamente tendrán que reconocer que la obra de Dios es una obra grande, porque ellos verdaderamente saben de dónde salió, de dónde el Señor le sacó.
Un testimonio que alcanza generaciones
Apelo de nuevo al mismo caso del endemoniado gadareno: cuando vinieron quienes le conocían, dice que lo encontraron sentado, vestido y en su juicio cabal. ¡Qué testimonio más poderoso para aquellos que le habían conocido! Les he mostrado en primer lugar dónde debemos dar testimonio, y el lugar donde debemos dar testimonio es en nuestra propia casa. Quiero mostrarles también que este testimonio se extiende por el árbol familiar a más de una generación. Dice el versículo 2: “Tú, tu hijo y el hijo de tu hijo”. Sí, no solamente estás llamado a impactar para Cristo a aquellos que tú has concebido; toda tu familia debería ser tocada por tu testimonio.
Testificar, desde el proyecto de Dios, es un asunto más que de una temporada; es un asunto de más de una generación. Es un testimonio que se extiende: comienza con nosotros —esto es, tú— y se extiende hasta los nietos, el hijo de tu hijo. Quiero mostrarle a la iglesia que la manera en que nosotros vivimos nuestra fe ante nuestra familia tiene más impacto sobre ellos que cualquier otra cosa que ustedes podrían buscar. La manera en que nosotros vivimos nuestra fe ante ellos tiene un impacto más directo que el lugar en donde estamos viviendo. Tiene un impacto más directo que los amigos con quienes ellos se están juntando.
Tiene un impacto más significativo en el desempeño de su vida que su rendimiento académico o cualquier legado material o moral que tú puedas dejar. La manera en que vivimos nuestra fe delante de los nuestros puede impactarles poderosamente. Dice asimismo la Palabra del Señor en el versículo 2: no solamente tú, tu hijo y el hijo de tu hijo, sino “todos los días de tu vida”. Sospecho que cuando han leído esta porción de la Escritura, mis hermanos asumen, piensan, que se trata solamente de la crianza. Quisiera hoy también extender la perspectiva. El Señor espera que des testimonio de Él y de sus grandes obras no solamente a niños pequeños que todavía están en etapa de crianza.
Aún si los tuyos fueren viejos, todavía tu testimonio es necesario e impactante en cada una de sus vidas. No es solamente cuando estás en el momento de crianza; dice el versículo 2: “todos los días de tu vida”. Reconozco que tengo aquí padres cuyos hijos son ya adultos. Podrían decir: “Ya yo terminé, no están en mi casa, no viven conmigo, ya no tengo el mismo nivel de influencia”. Hermano querido, ábrete a la posibilidad de que, aun si tus hijos fueren viejos, deberías estar dándoles testimonio. No es para una temporada, sino durante todos los días de tu vida.
Dar testimonio a hijos adultos y la vejez en Dios
Comparto intencionalmente algunas recomendaciones para dar testimonio a hijos ya adultos. Lo que estoy buscando con esto es mover la congregación para que entienda que no solamente es en la etapa de crianza. Si tus hijos tienen ya más de 20 años, probablemente son mucho más independientes que cuando tenían 5 o 10, pero todavía hay cosas que podemos hacer con la ayuda del Señor, y para eso lo haré. Lo primero que deberías hacer es asumir que ellos ahora son responsables directamente delante del Señor. Cuando nuestros hijos están bajo nuestra tutela, nosotros somos responsables por ellos, pero por favor, hermano querido, descansa en que un adulto tiene ahora su propia responsabilidad.
Comienzo estas recomendaciones descansando a la iglesia, pero al mismo tiempo le invito a que consideren su vida en retrospectiva, buscando oportunidades para el arrepentimiento y también para la rectificación. Pide perdón cuando haya que hacerlo. Testifica que el Señor te ha dado un nuevo entendimiento. No te afirmes en los errores del pasado; qué hermoso testimonio es un creyente ya anciano que todavía le da testimonio a sus hijos adultos, que ahora en sus años dorados todavía el Señor le da sensibilidad, entendimiento y la capacidad de arrepentirse. Mira tu vida en retrospectiva y no te sientas satisfecho con los errores del pasado; rectifica delante del Señor, sin parar, el testimonio delante de los tuyos.
Comprende que, aunque ellos ya no te consulten, tú sigues siendo su primer referente. Los hijos no lo dicen, pero ante cada decisión importante, nuestro primer punto de referencia es: “¿Qué hubieran hecho mis padres en esta situación?”. Quizás no son niños para consultarte cada detalle pequeño o grande de su vida, pero entiende que tu testimonio delante de ellos sigue siendo un referente importante. Entiende que ahora no es un momento para imponer, sino para compartir y persuadir. Un padre no testifica delante de un adulto tratándolo como si fuera un bebé. Ellos entienden que los adultos tienen su espacio de decisión, tienen su propia responsabilidad, pero al mismo tiempo confían en que el testimonio que puedas darle es útil y puede ser utilizado por el Señor.
Sobre todo, hermano querido, ten presente que el cambio que el Señor pueda traer en tu vida siendo ya anciano es aún más importante para ellos que cualquier cosa que el Señor pudo haber hecho en su niñez. Es más impresionante el testimonio de vida transformada de un padre ya adulto, de una persona cuya vida fue transformada cuando sus hijos ya podían considerarlo. Si el Señor lo está haciendo en su vida el día de hoy, lo que el Señor está haciendo hoy son preciosos testimonios para toda tu generación. Cuántas cosas puedo decir sobre esto, hermanos; doy dos más y me muevo.
Quiero invitar a mis hermanos que están ya entrados en años a que señalen especialmente a Cristo. Hay una tentación en toda familia natural: hacer de los troncos el estándar. Si en nuestra familia tenemos ancianos, entonces ellos son quienes rigen nuestras normas de comportamiento. Hermano querido, cuando tus hijos miren también a ti, señala tú a Cristo. Qué hermoso sería decirle: “Hijo, yo no soy el estándar, Cristo es el estándar. Hijo, yo puedo ser un reflejo, pero la luz está en Él”.
El ejemplo del anciano piadoso y el Salmo 71
Quiero invitar a todos los padres cristianos a que eviten, en sus años dorados, llamar la atención hacia sí mismos. Señalen a Cristo, especialmente en este momento, porque su familia necesita verlo. Lo ilustro solamente para hacerlo memorable. Hermano querido, no se convierta en el tío Alberto de Serrat. Media iglesia se quedó… ajá, se te fue la edad, sí, pero los que tengan más de 60 pueden entenderme. Joan Manuel Serrat tiene una canción española donde muchos padres terminan viviendo así: llegar a aquel momento de su vida donde ya su pasado, sin importar sus despropósitos, tenga sentido.
Ilustremos con otra canción más contemporánea: no termine su vida cantando como Sinatra “A mi manera”. Termine su vida a la manera de Dios, para el bienestar de todos los suyos. Sí, hermanos entre nosotros que tienen más de 60 años, hermano querido, acompáñenme al salmo número 71. ¿De qué manera debería compartir su testimonio un creyente ya entrado en años? Es la oración de un anciano. Que sea este, hermano, nuestro refugio en la postrimería de nuestras vidas. Que en vez de terminar “a nuestra manera”, terminemos a la manera de Dios. Dice el salmista en el salmo 71 —es la oración de un anciano—, qué hermoso sería si tu familia te viera a ti orando así:
En ti, oh Jehová, me he refugiado; no sea yo avergonzado jamás. Socórreme y líbrame en tu justicia; inclina tu oído y sálvame. Sé para mí una roca de refugio, a donde recurra yo continuamente; tú has dado mandamiento para salvarme, porque tú eres mi roca y mi fortaleza. Dios mío, líbrame de la mano del impío, de la mano del perverso y violento, porque tú, oh Señor Jehová, eres mi esperanza, seguridad mía desde mi juventud. En ti he sido sustentado desde el vientre; de las entrañas de mi madre tú fuiste el que me sacó; de ti será siempre mi alabanza.
— Salmo 71:1-6
Hermano, un creyente no canta “A mi manera”; un creyente canta el Salmo 71. Como prodigio he sido a muchos, y tú mi refugio fuerte. Sea llena mi boca de tu alabanza y de tu gloria todo el día. No me deseches en el tiempo de la vejez; cuando mi fuerza se acabare, no me desampares; porque mis enemigos hablan de mí, y los que acechan mi alma consultaron juntamente, diciendo: “Dios lo ha desamparado; perseguidle y tomadle, porque no hay quien le libre”. Oh Dios, no te alejes de mí; Dios mío, acude pronto en mi socorro. Hermano, qué manera de terminar nuestras vidas. Qué hermoso es un creyente que aún en su vejez encuentra su socorro en el Señor.
Hay una alerta al respecto de esto, hermanos queridos, y es que frecuentemente son las disciplinas espirituales forjadas en la juventud el adorno de un viejo cristiano. ¿Qué es lo que llega a permanecer con nosotros en los últimos años? ¿De qué manera nuestros relaciones primarias nos van a recordar? ¿Qué recordarán tus nietos acerca de ti en tu vejez? Frecuentemente recuerdan de un creyente su momento de oración, su hábito de leer la Biblia, su diligencia en congregarse, su desprendimiento en la casa del Señor. Si tienen menos de 50 años, este es el momento de establecer un buen estándar para que, cuando llegues a la postrimería de tu vida, estos mismos adornos te acompañen.
Tengo recuerdos preciosos, por ejemplo, de nuestro hermano don Alfonso Mañón, ya en la presencia del Señor y ya entrado en años. Recuerdo cómo ofrendaba con manos temblorosas; que sea eso un precioso testimonio para todos sus nietos. Tengo recuerdos de mi abuela, anciana en una mecedora, leyendo la Palabra del Señor y subrayándola. Cuando me decía: “Mijo, ya yo no entiendo nada, pero de todos modos yo la leo”. La leyó por tantos años que aún en su juventud el hábito de leer la Palabra del Señor era su adorno. Ay, hermano querido, que puedas terminar tus días dando un precioso testimonio a tu familia.
Qué debemos testificar: expectativas y promesas de Dios
He estado mostrando en primer lugar dónde debemos testificar: testificar en tu casa. Les muestro en segundo lugar, en el versículo 3, qué debemos testificar. Lo primero que debes hacer es mostrarles qué espera Dios de ellos y para qué. La Palabra sugiere que hagamos de esto una forma de vida. Dice: “Cuida de ponerlos por obra, para que te vaya bien”. La primera aproximación para saber qué testificar delante de los tuyos está en explicarles claramente que Dios tiene expectativas y Dios tiene promesas. No muestren lo uno sin mostrar lo otro. Dios no solamente tiene demandas; Dios también nos dará cosas.
“Cuida de ponerlos por obra” es la primera parte; “para que te vaya bien” es la segunda. ¿Qué espera Dios que le digas a tus hijos en tu casa? Dios espera que le digas a tus hijos: “Pon la Palabra del Señor por obra y te irá bien”. Muchos hermanos míos vienen dentro solamente de una perspectiva legalista, de que Dios es un rector, un juez que ha establecido códigos. Hermano querido, muestre la voluntad del Señor en su casa no solamente como un grueso reglamento; muéstrela como una agradable forma de vida que tiene amplias recompensas.
De hecho, un padre cristiano debería testificar a los suyos que todo su bienestar está conectado con que en algún momento resolvió hacer de su vida la voluntad de Dios. Debería poder decir: “Hijo, nos ha ido bien cuando comenzamos a hacerlo a la manera de Dios. Hijo, lo que marcó la diferencia fue el Evangelio. Hijo, solamente la esperanza de nuestro Señor pudo mantenernos en pie. Hijo, si aquí estamos, es por su gracia, por su misericordia”. Qué triste es un padre cristiano grandilocuente que llama la atención hacia sí mismo. Son los que dicen: “Hijo, estamos aquí por nuestros propios medios, estamos aquí porque somos una familia trabajadora, estamos aquí por nuestro espíritu emprendedor”. No, hermano querido: estamos aquí por las amplias misericordias del Señor.
En tu propia casa haya testimonio: el único diferente es que nuestro Dios nos ha encontrado. Hablo aquí como el apóstol Pablo que decía: “Perdónenme un momento de locura”. Yo puedo recordar el momento en que el Evangelio tornó las cosas en mi hogar para bien; estoy hablando de mi familia natural. Recuerdo los tiempos de compulsión y recuerdo cómo el Evangelio nos hirió. Recuerdo cómo el Evangelio nos reconstituyó como familia. Yo puedo testificar que el Evangelio remendó mi relación con mi padre. Puedo testificar que el Evangelio me dio una preciosa relación con mis hermanas. Yo puedo testificar que cualquier cosa buena que ha venido a mi familia natural la puedo rastrear directamente al testimonio del Señor y al poder del Evangelio. Que nuestros nietos sepan las grandezas de nuestro Dios.
Quién es Dios y cómo debe ser adorado
Tengan ellos, hermano querido, una perspectiva positiva: en esta casa no solamente hacemos la voluntad del Señor porque estamos esclavizados; no, es nuestro deleite, y en hacer la voluntad del Señor está nuestra prosperidad. Aquí las cosas caminan bien, nuestros hijos están seguros, nuestra casa está bien suplida cuando encontramos deleite en hacer la voluntad del Señor. Esto es lo primero que deberías enseñarles: que cuiden de ponerlo por obra para que les vaya bien. En segundo lugar, ¿qué debemos testificar? Testifica quién es Dios. Dice asimismo el versículo 4: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es”.
Bueno, esos son de los conocimientos primarios que deberían llegar a la mente de un ser humano. Es un privilegio conocer esas cosas desde pequeños. Así como aprendemos el A-E-I-O-U, las vocales, deberíamos poder decir: “Jehová nuestro Dios, Jehová uno es”. Si tus hijos aprenden eso, están siendo protegidos de la cantidad de cosmovisiones falsas que estarán compitiendo por su atención. ¿Quién es nuestro Dios? Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. En cuanto a esta pregunta de quién es Dios, lo primero que sabemos es que su nombre es Jehová. Es un Dios personal. En esta casa no servimos a una fuerza, en esta casa no servimos a un misterio; en esta casa servimos a un Dios personal que tiene nombre; su nombre es Jehová.
“Mijo, tú todavía no puedes entender muchas cosas, pero yo sé que puedes entender que su nombre es Jehová”. Dios personal, Dios que puede comunicarse con nosotros. El nombre mismo dice muchas cosas. El nombre de Jehová significa que Él no tiene comienzos ni tiene final, que Él siempre ha existido. Lo conocemos porque se reveló, porque Él es trascendente, Él escapa a nuestro alcance sensorial. Ayer me sorprendió Juliet con un comentario, me decía: “Papi, Dios nosotros no podemos verlo, pero lo que pasa es que Él está en el cielo”. Yo creía que era una pregunta más compleja, pero la realidad, hermanos, es que en su mente de niña eso está muy bien.
“Yo sé que Dios está en alguna parte”, yo puedo complementar eso, hermano querido, pero me interesa que ella sepa que Dios está en el cielo. Quiero mostrarle con esto a los padres cristianos que no esperen en tratar de darle a sus hijos conocimientos a destiempo; que aprendan primero las cosas pequeñas, entre ellas que su nombre es Jehová y que Él está en el cielo. Eventualmente también aprenderán que Él está en medio de nosotros. El nombre significa que Él es inmutable, que se ha revelado a sí mismo con ese mismo nombre desde los tiempos de Adán. Adán conoció a Jehová, es Génesis capítulo 2 versículo 4. Set conoció a Jehová. Noé conoció a Jehová. Jacob conoció a Jehová. Dios es el mismo ayer, hoy y por los siglos.
No es un Dios nuevo al que estamos sirviendo; es el mismo que se ha venido revelando familia a familia, generación tras generación. ¿Quién es Dios? Un nombre que es Jehová. Después, hermano, qué precioso: “nuestro Dios”. Jehová, el que es un Dios personal, el que se ha revelado a sí mismo; Él no es solamente un Dios, Él es el único Dios y es nuestro. Oiga, hermano, qué sentido de identidad con el Dios verdadero, que se sienta en esta casa que nuestro Dios es Jehová. Es una vinculación con Él. No es solamente un Dios distante que hizo una creación y la dejó corriendo por su cuenta. Es un Dios que se ha revelado también a nuestra familia: Él es nuestro Dios.
Es una relación de pacto. Es con un pueblo, es una relación corporativa y no solamente individual: “Mis hijos, Él es nuestro Dios; Él es el Dios de esta familia”. Su nombre es Jehová, Él es nuestro Dios y Él es uno. Este es el mensaje que tus hijos necesitan, y todo padre cristiano está en la capacidad de testificarlo. Algunos dicen: “Yo no puedo enseñar a mis hijos porque yo no sé qué enseñarles”. Enséñales que su Dios tiene nombre, que se llama Jehová. Enséñales que no es distante, sino que es nuestro. Enséñales que Él es uno solo, inmutable de generación en generación.
Amar y adorar a Dios en familia
Es la primera parte del testimonio: quién es Dios, un nombre Jehová; Él es el único Dios y Él es nuestro. Lo otro que un niño debe aprender desde temprano es que nuestro Dios espera ser adorado. Y quiero transmitirle a los padres que los niños pueden adorar. Aun en sus edades más tiernas, un niño puede manifestar reverencia delante de Dios. Si usted acostumbra a orar con sus niños en la casa, yo le invito a que incluya en la oración también exaltación, adoración. Puede decirle: “Mi amor, levanta tu manito y haz así, dile: ‘Dios, te amo, exalto tu nombre, eres importante para mí, tú eres mi Dios’”, y que lo repitan con sus propias palabras.
Porque dice el versículo 5: “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas”. Eso se aprende desde chiquito. Qué hermoso es ver un niño, con su mente tierna, encargado de docencia, que ya aprendió que existe un Dios y que ese Dios puede ser adorado; ya aprendió que puede hablar con Dios en oración y que puede levantar sus manitos hacia el cielo en adoración. ¿Qué cosas debes enseñar en tu casa? Enseña en tu casa a adorar el nombre de nuestro único y suficiente Salvador.
Esto implica, hermano querido, que “amarás a Jehová”. Que la relación que tenemos nosotros con Dios es una relación basada en el amor. No estamos sirviendo aquí a los dioses de los griegos o de los romanos. A las deidades paganas les pagan los que les sirven; los pueblos que llegaron a nuestra tierra adoraban dioses que esperaban ser servidos para darles algo. Nosotros estamos adorando a un Dios que espera ser amado. Eso cambia toda la perspectiva. El hecho de que mi Dios está esperando amor de mi parte, hermano, a mí me impresiona. “Y amarás” indica que es una relación de afecto real, no solamente de interés material.
Las deidades paganas esperan ser servidas para darnos algo. Nuestro Dios no solamente espera ser servido, nuestro Dios espera ser amado. Qué hermoso es un niño que aprende a amar a Dios desde la más temprana edad. Y les muestro también a los padres que esta es una pasión por Dios cultivada intencionalmente. Una pasión por exaltar el nombre del Señor es un imperativo en la vida de todo creyente. No se trata de: “Es que yo soy así, es que eso me sale”. Se trata de que en mí hay una disposición de hacerlo. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”. Es un imperativo: yo debo querer hacerlo, yo debo tratar de hacerlo.
Aquí casi siento al salmista cuando decía: “Alma mía, bendice a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios; Él es quien te corona de favores y misericordias”. Esto no es solamente un asunto espontáneo; es algo cultivado. Recuerdo haberle mostrado también a mi iglesia que el amor hacia los padres es un asunto que se enseña. En mi casa hay que recibirme con besitos, y a veces mi hija no quiere recibirme con besitos, pero amarme es un imperativo. “Mi amor, llegó papi; levántese, venga a darme mi abrazo”. “Papi, yo como que no lo siento”. No es para sentirlo, es para hacerlo.
Lo mismo pasa en relación a la oración y al amor a Dios. Nosotros cultivamos eso en nuestro propio corazón y en el de los nuestros. Familia, levantar las manos; familia, exaltar el nombre del Señor; familia, invocar su nombre. No es algo que sentimos, es algo que hacemos. En esta casa queremos adorarle. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.
Cómo dar testimonio: autenticidad, repetición e inmersión
He estado mostrando en primer lugar dónde: dónde, tu propia casa. Les he mostrado en segundo lugar qué: quién es Dios y cómo debe ser adorado. Termino mostrando el cómo. Son los versículos del 6 hasta el 9. El tono es así: “Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes; y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas”.
El “cómo” comienza con la autenticidad. Si esto no está sobre tu corazón, tampoco estará sobre el corazón de tus hijos. Esto no se hace porque queremos que nuestros hijos adoren; nosotros queremos adorar. Hablaba con una persona acerca de cultivar el hábito de lectura en los niños. Una persona me preguntaba qué hacer para que sus niños tengan una pasión por la lectura. La misma persona reconocía: “Yo mismo no soy lector, no tengo esta capacidad de leer, no tengo este deleite por la lectura”. Será muy difícil que tus hijos tengan pasión por los libros si no encuentran en tus ojos esa misma pasión. Será imposible que puedas testificar de las grandezas de tu Dios a menos que para tu propia mente y tu corazón tu Dios sea verdaderamente grande.
El “cómo” testifica teniendo una pasión auténtica acerca de la grandeza de tu Dios. Las familias que logran entusiasmar a sus hijos acerca del legado familiar —“nuestro nombre, nuestro apellido, nuestros ancestros”— son aquellas que realmente están impresionadas con su propia familia. Y aquellos que logran dar un buen testimonio a sus hijos son los mismos que están impresionados con el Dios del cual ellos hablan. La autenticidad en el testimonio es una persuasión personal y profunda. Dice: “Estarán sobre tu corazón”. Esto es más que la convicción de que algo es bueno o verdadero; esto debe ser un asunto muy presente, un rector en tu vida.
Que Dios no sea solamente aquel del cual tú hablas; que se sienta que hay en tu rostro una pasión por la exaltación a Dios, que se te note sinceramente impresionado ante la sabiduría de Aquel al cual estás sirviendo. Un padre auténtico en su testimonio es un padre apasionado acerca de Dios. Esto es algo central y activo. Según la Escritura, el corazón es el centro de nuestras emociones, es el centro de nuestras decisiones y es el centro de nuestra personalidad. Es, si me permiten, el cuarto de máquinas de la vida. Cuando la Escritura te dice: “Pondrás esto sobre tu corazón”, te está diciendo que sobre todo tu cuarto de máquinas, en el timón de tu vida, está la Palabra del Señor.
La pregunta que deberías poder responder como padre es la siguiente: ¿en cuántas de tus decisiones familiares el temor a tu Dios y tu disposición a obedecerle han tenido una importancia trascendental, a un punto tal que tus hijos se lo noten? Que ellos puedan preguntarse: “¿Por qué papi, por qué mami decidió así?”, y puedan responderse: “Es que papi y mami aman a Dios y aman su Palabra”. Que tus hijos puedan ver que en ti hay una pasión genuina por Dios y por sus mandamientos.
Después de mostrar que “estarán sobre tu corazón” —esto es persuasión personal—, nos muestra el versículo 7 cuál es la forma básica: la forma básica es la repetición. “Y las repetirás”. Es interesante que a nosotros no nos han mandado a dar cátedras acerca de Dios, sino a repetir la misma historia. Hay padres que dicen: “Yo no puedo hacerlo”. Repetir está al alcance de todo el mundo. “Jehová nuestro Dios, Jehová uno es”. Esta repetición es muy necesaria, sobre todo en las primeras edades de la vida. Un niño necesita repetición, repetición, repetición, y no se cansa de recibir.
Intente con las caricaturas: los niños pueden estar empecinados viendo la misma caricatura vez tras vez y no se cansan, porque en ese momento de su vida una historia repetida siempre les da nuevos elementos; van reteniendo las cosas parte por parte. Cuenten las mismas historias de Dios vez tras vez en los primeros años hasta que su mente quede inundada acerca de quién es Dios y lo que Él está haciendo. Después de mostrar la autenticidad —“estarán sobre tu corazón”— y en el versículo 7 la forma básica —la repetición—, en lo adelante entonces nos muestra el método, que es la inmersión.
Crear un ambiente de inmersión espiritual en el hogar
La llamada aquí es a lograr que en nuestra propia casa el testimonio de nuestro Señor sea omnipresente, que por donde quiera que nos movamos haya testimonio de la grandeza de nuestro Dios. “Y hablarás de ellas estando en tu casa y andando por el camino”. El testimonio del Señor a nuestros hijos no es un asunto circunscrito a una coordenada específica: “Lo hacemos en la cama al acostarnos, lo hacemos antes de tomar los alimentos”. No. En nuestra casa, mientras tratamos de pasearnos, ya es en todo lugar; también es en todo momento: “Al acostarte y cuando te levantes”. Y si es en todo lugar y en todo momento, también es por todos los medios: “Las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas”.
Quiero advertir a la iglesia que no hagan de esto un asunto solamente ritualista. El pueblo de los judíos tomó esto al pie de la letra y comenzaron a atarse plantillas en diferentes partes del cuerpo. No es un asunto necesariamente de adaptarse porque sí a las formas; es lograr que los mandamientos del Señor estén muy presentes en nuestra vida familiar. No es una labor mecánica, es una labor dinámica. Es lograr que por donde quiera que te muevas, a la izquierda o a la derecha, el testimonio del Señor esté presente. Es crear un ambiente de inmersión para dar testimonio del Señor; que tus hijos estén inmersos en tu propia casa viviendo a la luz de los mandatos de Dios, entendiendo muy presente su testimonio.
Termino mostrando algunas recomendaciones prácticas para hacer de tu propia casa un ambiente de fuerte inmersión espiritual. Esto es un asunto importante. Las primeras edades en la vida de nuestros hijos, sobre todo, son edades muy sensibles. Como familia deberíamos cerrar filas, sacrificarnos personalmente para que tengan la mayor inmersión que nos sea posible: para atarla como una señal en tu mano y que estén como frontales en tus ojos, para escribirla en los postes de tu casa y también en las puertas.
¿Qué hace la recomendación práctica? La primera que puedo hacer es limitar tu música y tus opciones de entretenimiento, porque también serán las suyas. El consejo que puedo darte como padre no es que limites la música de tus hijos; es que limites tu propia música. No es que limites lo que tus hijos ven; es que limites lo que tus propios ojos ven. Porque nuestras opciones de entretenimiento también serán las suyas. Todo lo que nosotros oímos con nuestros oídos es para ellos un fuerte testimonio. La recomendación es que limites, en la medida de lo posible, tus opciones musicales mientras ellos estén bajo tu tutela.
Lo más importante no es lo que pusieron hoy; lo más importante es aquello que tus hijos saben que tú escuchas y saben quién tú eres. Un padre no puede tener un doble estándar: lo que le hace daño al alma mía le hace daño al alma de mi hijo. La segunda recomendación práctica es que fomentes sus amistades cristianas. Llegará un momento en que ellos compartirán con todo el mundo, pero en los primeros años necesitan tener relaciones de valor en el pueblo del Señor. No seamos ingenuos al respecto de esto: las relaciones primarias en la vida de nuestros hijos en los primeros años son aquellas relaciones que nosotros aupamos.
Hábitos espirituales visibles y servicio en la iglesia
Un padre sabe fomentar una relación en la vida de su hijo y sabe también cómo retraerle otras tantas. El lugar al cual te los llevas, los hijos por los cuales invitas, los hijos que tú invitas a tu casa a que vengan a visitar; trata de que en esos años el primer testimonio que tengan sea un testimonio del Señor, en la medida de lo posible. Y si tus medios te lo permiten, matricula a tus hijos en colegios cristianos. Sé que hemos estado hablando de que en todo el mundo hay peligro, pero de ser posible hazlo.
Hermano querido, muestra a Dios como tu estándar en la disciplina y como tu fuente de autoridad. Cuando castigues, dile: “Hijo, yo te castigo porque Dios así me lo ha mandado; en este momento corresponde, pero yo quiero que entiendas que a quien has ofendido en primer lugar ha sido a Dios. Yo me siento triste, pero aún más triste se siente el Dios que nos dio su Palabra. Tu pecado no está principalmente delante de tu padre; está principalmente delante de Dios”. Llega un momento en que nuestros hijos, aun antes de pedirnos disculpas, ellos mismos toman la iniciativa de orar. Qué hermoso es cuando un niño reconoce que ha fallado y primero busca restablecer su relación con Dios.
Hermano querido, te recomiendo que leas tu Biblia. No es que tengas una Biblia, es que leas tu Biblia, y en tu casa haya testimonio de que la Palabra del Señor está presente. Si tienen niños en edades tiernas, mi recomendación es que tengas una Biblia física. Entiende el valor que tienen los códigos para los niños pequeños: “Esta es la Palabra del Señor”, y un celular es solamente una opción de entretenimiento. Los padres que estamos criando necesitamos ser vistos por nuestros hijos leyendo esto, que es la Palabra del Señor. Si tienen niños pequeños, en tu casa deberían haber Biblias físicas que sean estándar, un testimonio de que en esta casa se ama la Palabra del Señor.
Doy las gracias al Señor por el testimonio de mi suegro, Elton García. Cada vez que visito su casa temprano en la mañana, trato de saludarlo, y me dicen: “Él está haciendo su devocional”. Hermano querido, y he llegado a la conclusión de que sus hábitos de lectura de la Palabra del Señor tuvieron un impacto directo en la vida de sus hijos. Por lo menos Carolina. Cuando yo conocí a Caro, una de las cosas que me impresionó es que todos los días en la mañana tenía el hábito de hacer un devocional. Cuando conocí a su padre, encontré lo mismo. Hermano querido, tener un horario paralelo de lectura de la Palabra del Señor será un precioso legado que estarás dejando a tu familia.
No es tener una Biblia; es leer una Biblia, de manera que tus hijos puedan verlo. Recomendaciones prácticas: congégate como familia regularmente. Nuestra agenda anuncia pasión y prioridad. Un hijo que tiene el testimonio de un padre que es fiel en congregarse entiende que en esta casa el Dios al cual servimos tiene la más alta prioridad. Que congregarte no sea algo negociable. Tus hijos saben cuando haces el esfuerzo de estar en la casa del Señor y cuando te concedes el permiso de quedarte.
Que haya en tu casa todos los domingos en la mañana un espíritu de celebración. Exprésalo muy bien. Cuando tú hablas de ir a la iglesia, no digas: “Tenemos que ir a la iglesia hoy”; di: “¡Vamos para la iglesia!”. Que tus ojos se pongan grandes. Ama tu iglesia local. Un padre que ama su iglesia, su hijo termina amando las mismas cosas. Entender una militancia cristiana es un asunto que nos desafía en más de un sentido, pues como padres tenemos que ser sabios y prudentes, sin guardar silencio cuando sea necesario. No contamines en la mente y en los oídos de tus hijos la relación que ellos tienen con su iglesia; aúpala, celébrala, rectifícala, ama tu iglesia local.
Fruto generacional del servicio y llamado a la respuesta
Sirve con compromiso. Eso volverá la vida de tu familia visible en la vida de la iglesia y viceversa. Me gocé especialmente en esta semana al ver familias completas servir juntas al Señor. Veía a los padres sirviendo al Señor en el campamento junto a sus hijos, veía a los cónyuges sirviendo juntos y decía: “Gloria al Señor que lo ha hecho”. Un hijo que tiene el recuerdo de que sirvió en la casa del Señor junto con sus padres es el legado más valioso que cualquier hijo cristiano pudiera tener: es el testimonio de que juntos hemos sacrificado por la casa del Señor.
Me recuerda el momento cuando Israel estaba reconstruyendo los muros, que por familia lo hacían y por familia ponían sus nombres. Que una parte significativa de la casa del Señor sea construida o reconstruida por tu propia casa. Al respecto de esto, hermanos, vi una estadística en esta semana. Entrevistaron a 2000 familias cristianas, tratando de identificar, de ver cuáles eran las cosas que tenían en común aquellas familias cuyos hijos permanecían en el Señor. Entre las cosas que encontró el estudio es que aquellas familias que tenían hijos que permanecían en Cristo, lo primero que tenían era que leían juntos la Palabra del Señor.
Y, entre otras cosas, oraban, también sabían pedir perdón y arrepentirse. Que todas estas cosas se conviertan en un precioso legado, en un recurso de gracia, que el Señor nos permita dar testimonio a la siguiente generación. Entienda, hermano, ahí ponga su mano sobre alguna persona que tenga cerca y permítame orar por toda la iglesia. Qué manera podemos tener de cerrar este campamento bíblico de verano que orar por todas las familias aquí congregadas.
Para que sobreabunde entre ellas el testimonio de Dios y su Palabra. Padre, mira cada padre aquí congregado. Permite, Señor, que sientan esta carga, esta profunda pasión de dar a los suyos testimonio de la grandeza de su Dios: “Para que temas a Jehová tu Dios, guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te mando: tú, tu hijo y el hijo de tu hijo”. Permite, Señor, que nuestros hermanos que ya criaron puedan entender que aún pueden levantar un testimonio valioso a favor de su familia. Permite, Señor, que aquellos que estamos criando podamos crear un ambiente espiritual de inmersión, donde los nuestros se puedan encontrar contigo.
Ay, Señor, guarda nuestras familias de generación en generación. Permite, Señor, que aquí, entre los que hoy hay congregados, se levante alguien, Padre, que asuma el reto, que dé testimonio en su casa. Pero sobre todo, Señor, que alguien hoy ponga tu Palabra en su corazón. Mantenga sus ojos cerrados ahí, hermanos queridos, y ayúdeme a interceder. Si aquí hay alguien que ha entendido que en su familia hace falta Cristo, si aquí hay alguien que ha escuchado que puede haber algo más que noticias o entretenimiento, si hay alguien aquí que ha visto hoy una iglesia apasionada con las grandezas y las misericordias de su Dios, si hay alguien que pueda aquí hoy decir: “Jehová nuestro Dios”, no “el Dios de ellos”.
Dice la Palabra del Señor: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, yo entraré, cenaré con él y él conmigo”. Qué hermoso sería que tu familia cenara hoy con Dios. Dice la Palabra del Señor que si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, limpiándonos de toda maldad. Le dijeron al carcelero de Filipos: “Cree en el Señor Jesucristo, y será salvo tú y tu casa”.
Invitación a la fe, bautismo y vida en la iglesia
Dice la Palabra del Señor: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron; mas a todos los que le recibieron y creen en su nombre, Él les ha dado la potestad de ser hechos hijos de Dios”. Que haga el Señor que no solamente sean hijos naturales, que sean también hijos de Dios. Las cosas se tornan para bien cuando un miembro de una familia resuelve hacer la voluntad del Señor. Esto tiene implicaciones por generaciones. Si has escuchado la predicación de la Palabra, yo te invito a que, como dice también ella misma: “Si escuchas hoy mi voz, no endurezcáis vuestros corazones”. Dile al Señor ahí, con tus palabras: “Padre, te necesitamos en nuestra casa, te necesitamos en nuestra familia, Señor, te necesitamos en nuestro matrimonio, te necesitamos en la vida de nuestros hijos, Señor, te queremos entre nosotros, queremos que seas el Dios de nuestra familia”.
Si has escuchado la predicación de la Palabra, dile al Señor ahí en oración: “Padre, perdona mis pecados, recíbeme como tu hijo, inscribe mi nombre en el libro de la vida, que el nombre de mi casa, Señor, esté presente en tu presencia”. Si has hecho esa oración, te invito a que pronto des un testimonio público en las aguas del bautismo y que toda tu familia pueda verte. Frecuentemente sucede que los hijos, cuando ven a sus padres ser bautizados, también son tocados; y los hijos son tocados también, y los padres son tocados también al ver el bautismo de sus hijos.
Dice la Escritura: “El que creyere y fuere bautizado será salvo”. Yo te invito a que te acerques a nuestra iglesia, síguete congregando, inscríbete en nuestros talleres de membresía y camina hacia las aguas del bautismo. Oro por toda nuestra iglesia. Señor, mira a los padres cristianos que estamos aquí congregados. Ten misericordia de nosotros. Danos, Señor, al final de este campamento, fuerza especial para hacerlo en nuestra casa. Señor, que como terminamos agotados de hacerlo en tu casa de adoración, que ahora tengamos fuerzas nuevas, Señor, para hacerlo también en nuestra familia. Entusiasma, oh Dios, anímalos, Señor, y danos mucho fruto también entre los nuestros. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor y nuestro Salvador. Amén y amén.
Nuestro ministerio de alabanza nos despide con adoración.