Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
Saltar al contenido

Cómo se practica la justicia - El Cristiano y la Limosna

Mateo 6:1-4

Jesús nos enseña que la verdadera justicia se practica buscando la recompensa del Padre y no el reconocimiento de los hombres, especialmente en cómo damos limosna y usamos los recursos que Dios nos ha confiado.

Predicado19 de julio de 2015
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Del domingo pasado, de manera excepcional y porque el momento en el país lo ameritaba, estuvimos hablando de un tema muy pertinente. Pero no debemos dejar de extraer el mano por el tema del momento; la iglesia debe seguir su curso. Nuestro llamado es a instruir, nuestro llamado es a predicar el Evangelio y a preparar a los santos para la obra del servicio. Acompáñenme en sus Biblias en Mateo, capítulo 6, que es donde hemos estado exponiendo la Escritura desde hace un buen tiempo. Estamos dentro del Sermón del Monte; recuerden que el Sermón del Monte es una sección amplia del Evangelio de Mateo. Llegamos, con la ayuda del Señor, a Mateo, capítulo 6. Les recuerdo que el Sermón del Monte comienza en el capítulo 5, pero se extiende hasta el capítulo 7.

Y, aunque hace ya un buen tiempo introdujimos el Sermón del Monte completo, les recuerdo que este es el cuerpo de enseñanza principal de nuestro Señor Jesucristo. A pesar de que todo lo que hizo el Maestro fue enseñanza, ya sea de manera directa con su discurso, o por medio de sus obras, sus milagros, por su testimonio de vida, nuestro Señor hasta cuando guardaba silencio estaba enseñando. Pero el Sermón del Monte es el cuerpo de enseñanza, digamos, formal, de la enseñanza, de los discursos de nuestro Señor Jesucristo, y está aquí contenida gran parte de su doctrina. Si uno pudiera entender el Sermón del Monte, habría entendido gran parte del pensamiento de Dios. No es esto un asunto limitativo: debemos considerar todas las Escrituras, pero qué privilegio es tener gran parte de los discursos de nuestro Señor Jesucristo compilados en tres capítulos del Evangelio de Mateo. Con la ayuda del Señor, ya cubrimos el capítulo 5 y hoy vamos entrando al capítulo 6.

Al mismo tiempo entramos en una sección nueva dentro del Sermón del Monte. Recuerden que el Sermón del Monte comienza con lo que se conoce como las bienaventuranzas: nuestro Señor Jesucristo dice “bienaventurado este, bienaventurado este, bienaventurado el otro”. Después tiene dos parábolas cortas donde nos dice que tenemos que ser sal y ser luz. Después, una sección un poco amplia donde se hace un contraste, con un juego de palabras, donde se nos decía: “Oísteis que fue dicho… mas yo os digo…”. Nuestro Señor enseñando acerca de distorsiones que habían hecho los maestros de la ley. Y ahora, en el capítulo 6, entramos a una nueva sección donde nos habla acerca de cómo se debe practicar la justicia. Esta sección se prolonga hasta el versículo 18 del capítulo 6. La estructura es que comienza el capítulo 6, versículo 1, anunciando la unidad completa y luego se nos dicen aplicaciones puntuales de esto que nuestro Señor está enseñando.

Antes de responder a las Escrituras, les invito a que cerremos nuestros ojos y nos encomendemos al Señor. Gracias, Padre, por este privilegio que tenemos de tener tu palabra. Gracias por el privilegio que tenemos, Señor, de estar aquí presentes en la exposición de tu palabra. Gracias, Señor, también por este privilegio que tenemos algunos, y es que estas cosas han dejado de ser locura para nosotros y hoy son poder de Dios. Gracias por el privilegio, Señor, de no solamente tener tu palabra, sino de poder entenderla. Te encomiendo, Señor, esta congregación aquí reunida; permite que aquellos, Señor, que quizás no están habituados a escuchar tu palabra, cuando la escuchen tu Santo Espíritu se mueva en ellos. Y permite, Señor, que aquellos que por tu palabra ya hemos sabido que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y en esto está nuestra esperanza, seamos edificados. Permite que cada persona que llegó aquí, Señor, regrese a su casa con su mente inundada de tu sabiduría. Permite, Señor, que el pan de tu palabra nos alimente, que en esto seamos fortalecidos. Acompáñanos tú, Señor, permítenos entender, permítenos obedecer con la ayuda de tu Espíritu Santo. En el nombre de Jesucristo. Amén.

La estructura de esta sección, hermanos, del Sermón del Monte, es sumamente sencilla. El capítulo 6, versículo 1, nos describe la unidad completa y cuál es el propósito, y después nuestro Señor pasa a hacer tres aplicaciones puntuales de esto que enuncia en disciplinas espirituales que podríamos estar haciendo mal. Por eso he titulado esta sección —quizás serán unos tres sermones— con el título de todo esto: “Cómo se practica la justicia”.

La tesis general: practicar la justicia frente al público correcto

El enunciado que hace nuestro Señor está en el versículo 1 del capítulo 6. Dice el Maestro:

Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.

— Mateo 6:1

Luego entonces nos enseña cómo eso funciona con relación a las limosnas; después nos enseña cómo funciona el mismo enunciado con relación a la oración, y termina el Señor esta unidad del Sermón del Monte mostrando cómo funciona el mismo enunciado con relación al ayuno. En nuestra introducción dijimos que después de haber visto tres partes del Sermón del Monte —esto es, las bienaventuranzas, dos parábolas, y la sección de Cristo y la ley— pasamos a un segmento nuevo en el que nuestro Señor explica cómo se debe practicar la justicia, tomando como ejemplo tres prácticas distintas: la limosna, esto es, el cristiano en relación al prójimo necesitado; la oración, esto es, el cristiano y su relación con Dios; y luego el ayuno, esto es, el cristiano y su relación con él mismo y los deseos de su carne.

En cada una de ellas se nos muestra un conjunto de actitudes a evitar, un ejemplo de cómo hacerlo, y, lo más importante, la motivación que debería conducirnos, siendo la expresión recurrente en las tres: “y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”. El mensaje central es que nuestra atención debería estar en ser vistos, reconocidos y recompensados por Dios, no por los hombres. Hoy consideraremos solamente la primera: el cristiano y la limosna.

Dice así la palabra del Señor; leo el uno y después continúo hasta el versículo 4:

Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.

Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.

Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público.

— Mateo 6:1-4

Me propongo hoy, hermanos, introducir la sección de enseñanza completa por el versículo 1 y luego exponer la relación del cristiano con la limosna. El Señor comienza enunciando cuál es el problema general, y este problema general no es un asunto limitativo a estas tres prácticas espirituales que el Señor enuncia, que son la limosna, la oración y el ayuno. Esto se podría extender a cualquier otra práctica espiritual. Se deja ver en el texto que el propósito del Maestro es enunciar un problema y clarificarlo con tres ejemplos prácticos. Este mismo enunciado del versículo 1 usted podría ponerlo con relación al cristiano y las Escrituras, el cristiano y congregarse en una iglesia local, el cristiano y las misiones, y cualquier otra área. El principio rector es que nos guardemos de hacer nuestra justicia delante de los hombres.

Quisiera comenzar, hermanos, enunciando cuál es el problema general. El problema general es practicar la vida cristiana teniendo el público incorrecto. La realidad, hermanos, es que cuando uno comienza a hacer cualquier cosa en la vida, uno quiere ser visto; es algo natural, más si es algo significativo y trascendental. Pero todas las cosas justas en su vida usted las hace con la intención de ser visto por alguien. Entraremos a la vida cristiana en un momento; propongamos cualquier ejemplo. Ahora mismo hay dos cosas que son tendencia en la sociedad: una es el “fitness” y la vida saludable, y eso incluye también la alimentación, y otra cosa son las finanzas personales. Son los temas que están ahora mismo en el tapete. Todo el que está ahora mismo en finanzas personales quiere llenar el Facebook de esta información, quiere llenar el Twitter, quiere que se sepa que él es una persona que le gusta el tema.

Lo mismo pasa con quien corre. Miren, correr es una gran cosa, cuidar el cuerpo, pero quien corre no solamente quiere correr, él quiere ser visto corriendo. Y él quiere que cuando corra los kilómetros usted sepa que corrió esos kilómetros, y quiere que cuando está corriendo en un lugar nuevo usted vea la foto del lugar nuevo donde está corriendo. Lo mismo pasa con el cristiano: cuando una persona comienza a militar en la vida cristiana, es natural que tenga la intención de ser visto por alguien.

El peligro de vivir para la mirada de los hombres

El Señor denuncia el problema principal y dice: el problema principal es hacer del público de tus prácticas espirituales los hombres y no Dios. Es natural que quieras ser visto, pero tienes que ser visto por la persona correcta. Quizás una ilustración para esto son los hermanos que trabajan aquí en ventas. Un vendedor sabe que cuando va a hacer una presentación tiene que hacer la presentación ante la audiencia correcta, y si no hace la presentación ante la audiencia correcta está perdiendo el tiempo. Un vendedor que no sabe identificar quién es la audiencia correcta termina haciéndole su propuesta al mensajero, a la persona que sirve el café. Invierte un gran tiempo haciendo todo esto antes de llegar a la persona correcta. La persona correcta de nuestras prácticas espirituales es Dios.

Y si tú logras tener control de esto, comenzarás a tener una vida espiritual que no solamente tendrá provecho, sino que tendrá provecho eterno. La expresión que el Señor utiliza es la expresión “guardaos”; ese “guardaos” significa que hay un peligro inminente. Es como algo que va a suceder. El Señor no está dando la posibilidad de que remotamente podría suceder que te dediques a vivir tu vida cristiana para ser un caso ante los hombres; el Señor dice que si no te guardas terminarás haciéndolo. Es como que tengas una absoluta precaución porque, de hecho, lo harás si no lo evitas.

La realidad en la vida espiritual, hermanos, es que la carne siempre está dispuesta. Y la carne es un mecanismo que está dentro de nosotros tan elaborado que utiliza hasta las cosas espirituales para autosatisfacerse. Así como algunos se deleitan en el pecado y se deleitan en las borracheras y se deleitan en la vida licenciosa, así mismo podríamos tener un deleite carnal en practicar la vida cristiana. Oigan qué peligrosa es la carne, que puede utilizar hasta la oración como una oportunidad para hacernos caer a nosotros mismos. A menos que te guardes, las cosas que te edifican terminarán destruyéndote.

Yo hablaba con un amigo en la semana y le decía que tenemos que ser cuidadosos con la carne, hermanos, porque la carne siempre tiene el traje de baño puesto. Usted menciona “playa” y ya la carne llega. Usted dice “playa” y la carne donde tiene el traje de baño puesto está entrando, está llegando a Boca Chica, hermanos. La carne, dice la Escritura, siempre está dispuesta. Y en la carne —no estoy hablando de la pierna, estoy hablando del cuerpo— estamos hablando de este instinto natural de autosatisfacerse, de vanagloriarse, que tenemos los hombres. Las cosas más sublimes que Dios ha determinado, esas cosas pueden ser corrompidas y utilizadas para un despropósito. Dice el Señor: guárdense.

La realidad, hermanos, es que Dios nos hizo así. Y usted se pregunta: ¿y por qué yo tengo esta tentación de que los hombres sepan lo que estoy haciendo, de ser reconocido por los hombres, de ser visto por ellos, de ser recompensado? Es que Dios te hizo así. Adentro del ser humano hay un deseo natural de reconocimiento, adentro del ser humano hay un deseo natural de supervisión, adentro del ser humano hay un deseo natural y legítimo de recompensa. Dios te hizo así. Yo veía una estadística, hermanos, en cuanto a la vida laboral, y encontraba que la mayoría de las personas desean ser supervisadas. Y que la gente habla de no tener un jefe, no tener a alguien que le marque, pero el ser humano necesita y desea ser supervisado, y que baja mucho su calidad de vida cuando comienza a ser un autoempleado porque no tiene nadie que le reconozca ni que le supervise.

Dios nos hizo así: adentro del ser humano hay un deseo natural de ser vistos, de ser reconocidos y de ser recompensados. Dios lo hizo así porque nuestra vida debe ser una vida que se viva para la gloria suya y una vida que se viva a la luz del reconocimiento de Dios. Sin embargo, cuando sacas a Dios de la ecuación, saldrás a buscar reconocimiento en cualquier otro lugar y no en Dios. Y cuando lo hagas, dice el Señor que con eso ya tendrás tu recompensa. Algo bueno, con una motivación incorrecta, entonces produce maldad.

Audiencias incorrectas y la vida cristiana

Hay audiencias incorrectas para el buen proceder de un cristiano. Audiencias incorrectas que los cristianos deberíamos evitar. La razón para el buen comportamiento, por ejemplo, no deberían ser primariamente nuestros padres. Y sí, nuestros padres deben ser una razón para tener un buen comportamiento, pero cuando un cristiano tiene un buen proceder debería hacerlo primero para Dios y después para papá y después para mamá. Es más, miren la función que hace un padre ante un hijo. Digo esto con cuidado para que no se exagere, pero un niño muy pequeño, su padre es casi Dios, y hace todas las cosas buscando reconocimiento de papá y de mamá. Pero eventualmente papá y mamá deberían enseñar al niño: “No busques reconocimiento primero de los padres, sino de Dios”.

Y llega un momento en la vida de un niño en que el niño debería hacer este “crossover”, hacer este “switch”, y decir: “Mi papá y mi mamá habían sido delegados por Dios para instruirme, pero en este momento mi principal responsabilidad es glorificar a Dios y después a papá o a mamá”. Sorpréndanse, pero hay cantidad de creyentes que en este momento podrían tener como su principal fuente de reconocimiento no tanto la opinión de Dios, sino lo que dice papi, o lo que dice mami, o lo que dice tío. Una audiencia incorrecta para tu práctica espiritual te puede llevar a la destrucción.

Pero hay otros que lo que hacen o dejan de hacer lo hacen pensando en su familia. Son los hombres que dicen: “Yo no hago tal cosa, porque si lo hago avergonzaré a mis familiares. ¿Qué dirán de mí mis hijos? ¿Qué dirá de mí mi esposa? ¿Qué dirá de mí mi esposo?”. Es bueno, hermanos, considerar estas cosas, pero antes de cualquier audiencia deberías preguntarte: ¿qué dirá Dios? “Cuidaos, guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres”; muy probablemente esos hombres para los cuales estás haciendo tu demostración de justicia son tus padres o son tus hijos.

Hay otros que se cuidan por la autoridad, el magistrado que Dios ha puesto. Dice el libro de Romanos, en el capítulo 13, que los magistrados han sido puestos por Dios y que no en vano llevan espada. Pero muchos hombres se cuidan de practicar su justicia delante de los hombres porque están siendo vistos por el magistrado. Otros por su círculo de amigos y la iglesia local. La razón para tener un proceder no debería ser ser celebrado en tu iglesia local y que los hermanos piensen que tú eres un buen cristiano; primero Dios y después los hombres. “Cuidaos, guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres”.

El énfasis de todo esto, hermanos, no está en qué es lo que hay que hacer, sino en cómo hacerlo. Y dice que deberíamos hacerlo con intención de ser vistos por Dios. Hermano, la vida de un creyente debería ser una función privada para Dios. Imagínate que estás como ante un escenario y que solamente hay una silla, y en esa silla está sentado Dios. Esa debe ser la vida de un cristiano. Quizás por esto es tan útil comenzar el día en oración. Yo estaba considerando este asunto, hermanos; en los últimos años me he habituado a orar de noche, pero estoy pensando que quizás ayuda mucho orar al principio del día, porque tú comienzas entrenando tu mente en cuál es el destino de tus acciones, quién es que te estará mirando.

Quizás ayuda a comenzar el día atendiendo tu devocional y no hacerlo en la noche, porque cuando lees y pones tu pensamiento, le dices a la mente: “Estamos comenzando un día. Es una oportunidad para glorificar al Señor. Dios me está mirando”. “Cuidado”, dice el Señor. El peligro de esto no es tanto que los hombres te vean, sino la actitud con la cual quieres ser visto. El problema no es tanto que te vea el hermano; tarde o temprano la gente te verá practicando la vida cristiana. El detalle es desear ser visto.

Me llama la atención el juego de palabras tan preciso que utilizó Mateo para escribir esto. Miren lo que él dice. Dice: “De hacer vuestra justicia delante de los hombres”, y después dice: “para ser vistos de ellos”. El problema no es que alguien te vea orando; el problema es que tú deseas que te vean orando. El problema no es que alguien sepa que tú estás ayunando; el problema está en que tú quieres que se sepa que ayunas. El problema no está en que alguien se entere de que tú has hecho misericordia; el problema está cuando tu motivación principal es que se sepa que tú eres un hombre misericordioso.

Esto responde a una aparente contradicción que hay entre el 6:1 y el 5:16. El 5:16 dice: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres”, y ahora nos dicen que tenemos que hacerlo en absoluta discreción. No hay tal contradicción. Lo que dice el 6:1 es que tenemos que cuidar la actitud de nuestro corazón. Y cuando la razón que tienes para congregarte es que se sepa que eres un cristiano que se congrega; cuando la razón que tienes para ser misericordioso es que se sepa que tú eres un hombre misericordioso; cuando la razón que tienes para estudiar la Biblia es que se sepa que eres un estudioso de la Biblia, dice la Escritura que has perdido el tiempo.

Ya tienes toda tu recompensa. Hermano, el buen testimonio es ante los hombres, pero eso es la consecuencia; no debería ser el fin. La realidad es que un cristiano no debería hacer las cosas en primer lugar para tener buen testimonio; debería hacer las cosas en primer lugar para glorificar a su Dios, y a través de darle gloria a Dios llegará a tener un buen testimonio. Es más, buscar tener un buen testimonio “per se” es una carnalidad, y es lo mismo que buscabas anteriormente cuando estabas muerto en tu delito y pecado: querías ser aplaudido y celebrado por los hombres. Un creyente tiene un buen testimonio como consecuencia de haber vivido una vida que sea agradable a su Dios.

Cristo quizás sea un buen modelo. Cuando Cristo estuvo en medio nuestro por tres años, dio testimonio. Pero su causa principal no era su propia satisfacción o el reconocimiento de los hombres; es más, Cristo advertía a los hombres constantemente que no difundieran lo que él hacía. Él hacía un milagro y les decía: “Mira, vete, pero no se lo digas a los hombres”. Es que el propósito de Cristo no era llamar la atención hacia sí mismo, sino hacer la obra que le encomendó su Padre, y la audiencia que tenía Cristo en mente no eran los hombres, sino su Padre celestial. Y hasta el final de su ministerio, Cristo vivió para la gloria del Padre.

Hermano, hasta lo mismo: las prácticas espirituales no se hacen en primer lugar para ser reconocidos como una persona que practica la piedad, se hacen en primer lugar para que Dios te vea. Y si el hombre termina entendiendo: “Eres una persona de oración, eres una persona de ayuno, eres una persona misericordiosa”, que eso sea, hermano, la consecuencia secundaria, pero que no sea la motivación principal de tu corazón.

La recompensa del Padre y la mayordomía espiritual

En esto tengo que mencionar que todo apunta a una recompensa, y el Señor habla de esto, hermanos, abiertamente. Él está hablando aquí de una recompensa, y que la recompensa podríamos tenerla limitada en los hombres, o podríamos tener una recompensa sustanciosa de su Padre celestial. Hay hermanos que tú les haces cierto ruido cuando uno dice “recompensa”, que dicen: “Pero no debería tener la persecución una recompensa como tal; deberíamos anhelar…”. Miren, parece que sí. Por lo menos cuatro veces nos dice este mismo capítulo: “y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará en lo público; te recompensará, te recompensará, te recompensará”. Sí, hermanos, es algo loable buscar una recompensa. Ese es el estribillo recurrente.

Miren, lo dice el versículo 4: “Y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará”. Lo dice también el versículo 6: “Y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará”. Y lo dice también el versículo 18: “Y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará en público”. Parece que el Señor, primero, desea recompensarnos, y después desea que anhelemos ser recompensados. Hermano, Dios te hizo así. El sentido de recompensa es algo natural en el ser humano: tú quieres hacer algo y que ese algo alguien lo vea y te recompense; Dios te hizo así porque Dios quiere recompensarte.

El problema está cuando buscamos la recompensa en el hombre y en sus palabras, y no en Dios. La pregunta que yo me he hecho, hermanos —no puedo responder esto con precisión porque yo de verdad no sé— es: ¿y cómo va a ser la recompensa? Yo estaba analizando este asunto, hermanos, y tengo tiempo buscando, he llegado a diferir de qué puede tratarse, pero la realidad, hermanos, es que hay que sacar de ahí cualquier carnalidad de “que no, que el Señor te va a dar un carro, que el Señor te va a dar…”. El Señor no dice cómo es que va a recompensar.

Son dilemas, hermanos; a la luz de la parábola de los talentos, lo primero que te tengo que decir es que si tú vas a ser recompensado, serás recompensado como un siervo y nunca como un señor. No hay tal cosa como que nosotros dejemos de ser siervos del Señor. Recuerda que ante el Señor tú eres siervo de Él, y cualquier recompensa que vayas a tener de Dios la tendrás en condición de siervo. Siguiendo esa misma línea de pensamiento, lo que dice la parábola de los talentos, entonces tengo que inferir que las recompensas que vamos a tener, las tendremos primero en condición de siervo. Él le dijo: “Ven, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré”. Una característica que podemos inferir de las recompensas que tendremos es una mayor responsabilidad: es administrar todavía más de los recursos de Dios.

¿Cuál es el problema que hay en esto, hermanos? El hombre natural entiende que lo que tiene es suyo, y si lo que yo tengo es suyo, Dios me va a dar algo más para que también sea mío. El Señor no te ve a ti como administrando cosas que son tuyas; el Señor te ve a ti como administrando cosas que son suyas. Y lo que estás administrando lo harás para la gloria de Él, y si administras bien lo que el Señor te ha dado, entonces Él dice que eventualmente Él te dará más. Más, ¿qué? Más responsabilidad. Es más, Él le dijo: “Mira, aquel administró bien; quítenle lo que tenía y dénselo a este”.

Hermano, es un asunto loable poder administrar cada vez más de los recursos del Señor, pero más loable es quererlos administrar para que la gloria del Señor sea magnificada. La pregunta no es tanto cuánto tú deseas administrar, sino para qué tú lo administrarías. Y hay una pregunta que un cristiano debería hacerse, y es: si el Señor me permitiera en un momento administrar dos veces el patrimonio suyo que yo administro en este momento, ¿qué yo haría? Hermano, quizás las respuestas que tenemos internamente para eso son todas respuestas carnales. Si el Señor me permitiera providencialmente administrar dos veces el patrimonio suyo que administro en este momento, lo primero que te preguntarías es: ¿cómo cambiaría mi vida? ¿Yo me acomodaría, yo disfrutaría, yo buscaría…?

Hermano, ¿de qué manera un aumento en la administración tuya repercute en gloria de tu Señor? Cualquier recompensa que tendrás del Señor no la tendrás para gloria tuya, sino para su gloria, y en su gloria indirectamente encontrarás tu deleite. Otra cosa que veo a la luz de la parábola de los talentos: lo primero es esto, administrar más de los recursos del Señor; lo segundo, reconocimiento, hermano, y eso es bueno. Un aplauso de Dios, hermano… Tú sabes lo que es que Dios, que es quien conoce verdaderamente el corazón, que es justo, que es veraz, sus juicios son veraces, te diga: “Buen siervo y fiel”. El hermano debería poner un pequeño brinquito. Es más, recibir el reconocimiento del Señor debería motivarnos tanto como administrar más de los recursos del Señor.

Tú sabes lo bueno que es que Dios diga de ti, como dijo de su siervo Job. Yo te pregunto, hermano: ¿has meditado tú qué se dice de ti en el cielo? Cuando el Señor con sus ángeles habla sobre ti, ¿qué dice el Señor? “Mira mi siervo fulano, que en la tierra yo le he permitido administrar un poco de lo mío y lo está administrando con un nivel de excelencia, y en todo lo que hace me da gloria, y él usa eso de la misma manera que lo usaría Yo”. Cuidado, hermano, si de lo que se está hablando en el cielo de nosotros es: “Pero mira fulano, cómo se está creyendo que eso es suyo; fulano administrando como que no es tuyo, Señor; pero fulano se le está yendo la mano”.

Primero: más recursos. ¿Cuál es la recompensa? Más recursos. Segundo: reconocimiento. Y lo tercero, hermano: un lugar honroso en su presencia. Él les dijo a los que lo hicieron bien: “Entra en el gozo de tu señor”. Es como: ven y únete a la fiesta. Esto debería, hermano, motivarnos a nosotros a tener un comportamiento no para los hombres, sino para Dios. Qué hermoso sería administrar más de los recursos de Dios para la gloria suya. Qué hermoso sería tener el reconocimiento del Señor. Y qué hermoso sería que el Señor nos diga: “Ven y entra en el gozo de tu Señor”.

Con esto cubrimos el primer versículo y pasemos entonces a la explicación práctica. El Señor lo hizo así y Él comenzó hablando acerca de las limosnas. Y si te vienes de un contexto católico, quizá entiendes que una limosna es una monedita que suena en un vaso, ¿verdad? Esa limosna; que la persona da limosna y lo primero que me trae a la mente “limosna” a mí es monedas, moneditas. Me trae a la mente ayudar sin compasión, sino: “Yo voy caminando y hay un vasito, yo pongo… eso es la limosna”. Pero tengo que explicarte qué es una limosna.

Cristo parte de dos presuposiciones. La primera presuposición de la que parte es que dar limosna es algo correcto. Y lo segundo: el Señor presupone que sus discípulos darían efectivamente limosna. Él no les está enseñando en este momento a dar limosna, les está enseñando cómo deben dar limosna. O sea que Él está dando por probado este asunto. Y tú, hermano, ¿das limosna? Te pregunto eso, porque entre los evangélicos son cosas que no sé. Cuando se habla “limosna”, “sí, limosna…”. El Señor habló de la limosna. Dice que tenemos que dar; o sea, Él no dice que “si” damos, sino que Él asume que estamos ya dando limosna. Quizás la estamos dando mal, pero Él asume que ya estamos dando limosna.

¿Qué es la limosna según la Biblia?

Miren, la limosna en la Biblia tiene diferentes expresiones, pero todo parte del mismo principio, y es ayudar con los recursos que el Señor te ha dado a que alguien en profunda necesidad sea socorrido. Eso es lo que es limosna en la Escritura. Y la limosna podría, en algunos casos, tener la manifestación de dinero, como dar dinero. Pero, por ejemplo, en Hechos 9 se nos habla de una hermana, la hermana Dorcas, que dice que ella daba limosnas. Pero la limosna que Dorcas daba, no la daba en efectivo, sino que la daba por medio de vestidos. Y cuando Dorcas murió, dice que vinieron todas las viudas a enseñar los vestidos que Dorcas les había hecho. Con esto les diré que la limosna podría tener una expresión en metálico —dar dinero como tal para hacer que la necesidad de alguien sea aligerada— o también podría tener casos prácticos, como regalar un vestido o coser con tus manos para que alguien vista.

Pero también el libro de los Hechos, en Hechos capítulo 10, menciona el caso de Cornelio, un oficial que dice que abundaba haciendo limosnas. Ah, pero interesante: ahí no dice “dando limosnas”, sino “haciendo limosnas”. O sea que las limosnas también podrían ser diferentes actos de servicio con los cuales tú pones lo que el Señor te ha dado a disposición de alguien más. Resumo con esto, hermanos: ¿qué es dar limosna? Es disponer los recursos del Señor, que estás administrando tú en condición de mayordomo, para hacer que la necesidad de una persona sea aliviada, sea liberada. Es mover esta compasión con los recursos de Dios.

Hermano, y limosna no es lo mismo que ofrenda; no, no es la misma cosa. En Israel, desde el Antiguo Testamento, se daban dos cosas. Todo el pueblo tenía que dar ofrendas a Dios, y era un asunto legal, y la ofrenda se utilizaba para la administración del templo y de la adoración. Pero al mismo tiempo, dentro de sus prácticas privadas, los hombres no podían refugiarse en decir: “Ya yo di diezmos y ofrendas, yo no tengo que hacer misericordia”. El Señor había impuesto que se contribuyera generosamente con la adoración, pero al mismo tiempo que los hombres en su vida privada dispusieran gran parte de sus recursos para ayudar a aquellos que estaban en necesidad. Y había por lo menos tres grupos de personas en el Antiguo Testamento que consistentemente dice Dios que debían ser ayudados.

Estaban los extranjeros, estaban las viudas y estaban los huérfanos. Y eso no era ofrenda; eso se llamaba limosna. Es más, el Señor estableció por ley algunas prácticas que tenían que hacer, establecidas, para que esas personas sean socorridas. Por ejemplo, si usted tenía tierras y usted araba la tierra, no podía arar la tierra hasta el último “chin”; tenía que dejar un chin. Y eso que quedaba usted no podía mandar a que se recoja, sino que había que dejarlo ahí para el extranjero, para la viuda y para el huérfano. Y cuando al pueblo se le olvidaba que tenían que hacer misericordia en sus prácticas privadas, entonces el Señor mandaba un profeta.

Con esto te diré, hermano, que no deberíamos nosotros descansar como creyentes evangélicos diciendo: “Ya yo contribuyo con la casa de Dios, con mis diezmos y con mis ofrendas”. El Señor espera que también en tus prácticas espontáneas y privadas utilices todo tu patrimonio de forma tal que la gloria del Señor sea manifestada por medio de tu generosidad. Les digo también, hermanos, que el cristianismo no se opone a las riquezas. Un cristiano no es comunista, un cristiano no es socialista. Nosotros entendemos que el Señor en su providencia ha hecho que algunos tengan más y algunos tengan menos, para que abunde la misericordia.

El Señor no se opone a los ricos; lo que hace es que instruye a los ricos. Les dice a los ricos de este siglo: “Manda que no sean altivos”. Espérate, Señor, ¿cómo que les manda? ¿No los va a mandar que se despojen de su patrimonio, no los va a mandar que partan ahí su riqueza y la den? No, no. Él dice a los ricos de este mundo que no sean altivos ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas. Interesante que el Señor les dijo a los ricos: “No pongan en eso su esperanza y entiendan que fue Dios quien se lo dio”. Después les dice: “Nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos”. Primero: para que las disfruten. Y lo segundo: “Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos y generosos”.

El dinero como termómetro del corazón

Hermano, el Señor no tiene problema en que tú tengas dos pesos de más; ese no es el problema. El problema es que tú entiendas que lo que tienes es tuyo y no suyo, y en segundo lugar que no utilices lo que Él te ha dado para que abunde la generosidad, la dádiva y las buenas obras. La riqueza no es un problema; el problema es utilizar las riquezas como si no fueran de Dios. Hermanos, si las riquezas fueran un problema, Dios no fuera Dios, porque Él es rico, sobre todo en misericordia. Usted quiere saber si las cosas son buenas, hermano: el Señor es rico. La tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan, todo es de Dios.

El problema grande está en entender que las riquezas son nuestras y después no utilizar la riqueza de la manera en que Dios las utilizaría. Una ilustración para esto, hermanos: miren, quienes son muy ricos en esta tierra, muy ricos, muy, muy ricos, contratan personas que gestionan su patrimonio. Y son personas que se encargan de colocar sus inversiones como si fueran ellos mismos quienes las harían. Ahora, su meta es invertir como el dueño invertiría. Si tú eres un mayordomo de Dios, tu principal llamado es utilizar todo lo que Dios te ha dado de la misma manera que lo utilizaría Dios.

Me llamó la atención que cuando el Señor comenzó a hablar de la religiosidad comenzó a hablar de la generosidad y de la limosna. ¿Y por qué el Señor arrancó por aquí? Eso fue el primer ejemplo: el desprendimiento material. Y es que el uso del dinero anuncia a viva voz cuál es el estado de un corazón. Eso lo dice también el capítulo 6, lo dice al final, en el versículo 21:

Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

— Mateo 6:21

Si existiera un “test”, hermano, para uno saber cómo anda en la vida cristiana, si existiera… si uno pudiera ir a una “laboratorio” a hacer el análisis y que le digan cómo está la fe… Dice Carol que eso lo cubre el seguro. ¿No se imagina que usted pueda ir, diga: “Donde el patólogo me receta, vaya al laboratorio para ver cómo están los triglicéridos”? Imagínese que usted le pueda hacer un análisis para ver cómo está su corazón, hermano; yo sé cómo eso se hace.

Sencillo. Va a necesitar tres cosas. ¿Usted quiere un análisis así, que le digan cómo usted está, y le digan los hematocritos, cómo está? Si usted quiere ver cómo está su devoción, es sencillo: hágase un análisis. Usted quiere saber dónde está su corazón, verdaderamente. Usted va a necesitar, para hacer ese análisis, una hora; usted reserva una hora en su semana. Usted pone, por ejemplo: “El viernes yo voy a hacer mi análisis a ver cómo está mi corazón”. Usted va a necesitar dos versículos, y yo le voy a decir cuáles son. Usted los anota, esos dos versículos. Y usted va a necesitar anotar, durante una semana, sus gastos, o hace un corte de su tarjeta de crédito.

Si usted quiere saber cómo está su corazón, sencillo: usted busca el estado de su tarjeta de crédito y busca renglón por renglón sus gastos. Busca dos versículos que yo le voy a dar y usted reserva una hora para que vaya al Señor en oración. Si usted quiere saber dónde está su corazón, vaya con sus gastos, los renglones, y usted va a la presencia del Señor, y usted le explica al Señor, renglón tras renglón, cómo ese gasto contribuyó directamente con su gloria. Y cada vez que usted no encuentre de qué manera ese gasto contribuyó con la gloria de Dios, usted se arrepiente, pide perdón y le dice al Señor que a partir de mañana no debería utilizar los recursos que son del Señor de una manera distinta.

Si un cristiano busca su tarjeta de crédito, o busca los gastos que está anotando, y no puede justificar delante del Señor cómo eso es suyo —dice la Escritura: “Si usted no renuncia a todos sus bienes, usted no puede ser mi discípulo”—, si usted no puede, con sinceridad, ir a la presencia del Señor con un estado de cuenta y orar al Señor por cada uno de esos renglones sin ser avergonzado, muy probablemente usted está reprobando el examen que yo le estoy proponiendo.

¿Y cuáles son los versículos que yo puedo utilizar? Mire, usted va y cuando usted vaya lea primero Primera de Juan, capítulo 3 y versículo 17:

Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?

— 1 Juan 3:17

Ok, Señor, aquí estoy, mirando cuáles son los renglones. ¿Cuánto gastaste en esa cena y en ese almuerzo, en esa prenda? Ok, sí, y tú sabes que hay hermanos tuyos que no tienen ni siquiera las cosas más básicas. “Si alguno tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora Dios en él?”. Esto debería llevarte a preguntarte: ¿y realmente Dios mora en mí?

Otro versículo, hermano: agarre Santiago, a ver qué le dice Santiago 5:5, por ejemplo:

Habéis vivido en deleites sobre la tierra y sido disolutos; habéis engordado vuestros corazones como en día de matanza.

— Santiago 5:5

Está el Señor permitiéndote administrar sus bienes, porque la manera en que tú administras los bienes de Dios evidencia directamente cómo está tu corazón. Tú quieres saber, hermano, cómo está tu devoción: pregúntate cómo andan mis finanzas. ¿Los recursos que Dios me ha dado a administrar van a cosas que le glorifiquen a Él? ¿Cuándo fue la última vez que en esa tarjeta de crédito hubo algo que yo pueda relacionar con limosna, con misericordia, con compasión? ¿Cuándo fue la última vez que mis gastos anunciaron mis prioridades? Hermano, el dinero es como un termómetro: te dice por dónde anda la temperatura espiritual de tu vida.

Limosna cristiana vs. filantropía

Entonces la pregunta: ¿por qué el Señor comenzó…? No comenzó hablando de oración, comenzó hablando del dinero, hermanos, porque el dinero es un asunto evidente; tú puedes cuantificarlo y te dice: pregúntate si el Señor, si estuviera administrando esto directamente, lo administraría de este modo.

Les he mencionado diferentes expresiones de la limosna: puede ser dinero, puede ser ropa, puede ser servicios, como hacía Cornelio, muy probablemente. Les he mostrado cuál es la diferencia contra las ofrendas. Las ofrendas se dan para la adoración al Señor; las limosnas se dan para ayudar al prójimo que está en necesidad. Ahora déjenme decirles en qué se diferencia esto de la filantropía.

Lo que más abunda en nuestro tiempo no es la generosidad, no es la acción cristiana a favor del prójimo, sino la filantropía. ¿Y cuál es la diferencia entre la filantropía y la limosna, y la compasión? Quizá la diferencia más trascendental entre la una y la otra es que la filantropía sucede en la abundancia. ¿Cuándo alguien llega a hacer filantropía? Cuando tiene tantos recursos, hermanos, que tanto así que tiene, “yo tengo que de algún modo compartir aunque sea un chin”. El pobre no es filántropo; suelta de la filantropía. Eso es de millones muy para arriba. No, pero es verdad, hermanos, o sea, eso de que “yo voy a hacer filantropía”… no, tú vas a dar unos cuantos pesos, hay alguien que está en un problema. Eso no es filantropía. La filantropía es un asunto que sucede cuando tú tienes tanto, tanto, tanto para dar que ya es vergonzoso no dar; cuando ya daría asco que una persona tenga tanto y que haya tantas necesidades alrededor suyo: estamos hablando de filantropía.

La filantropía comienza en la abundancia. Hermanos, la generosidad cristiana no necesariamente comienza en la abundancia. Decía el apóstol Pablo de unos hermanos muy generosos, que eran los hermanos de Macedonia. Dice él —esto está en Segunda de Corintios, capítulo 8—:

Asimismo, hermanos, os hacemos saber la gracia de Dios que se ha dado a las iglesias de Macedonia;

que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad.

— 2 Corintios 8:1-2

Oigan: la gracia de Dios. La generosidad comienza con la gracia de Dios. Es un asunto que lo pone el Señor en el corazón de la gente. Un filántropo tiene que hablar con su contador, a ver: “¿Ya estamos a nivel de filantropía? ¿Ya tenemos tanto, tanto, tanto, tanto que podemos dar mucho, en que podamos dar tanto como para que salga en el periódico?”. Ahora, la misericordia cristiana, la compasión, la limosna, no comienza preguntándole al contador cuánto es que hay; comienza cuando el Señor pone en el corazón cierta gracia. “Os hacemos saber” —estoy leyendo Segunda de Corintios 8— “que la gracia de Dios ha sido dada a las iglesias de Macedonia, que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riqueza de su generosidad”.

Cuando la filantropía comienza con la abundancia y tener mucho, la limosna, la compasión con el necesitado, comienza con una gracia del Señor puesta en el corazón, y puede suceder en la absoluta pobreza. Y miren, las personas más misericordiosas, considerado, que usted puede conocer, son las personas más necesitadas. Son la gente que dan no porque les sobra, sino porque hay que dar. Es que es distinto esto, hermanos.

Por ejemplo, tal vez el primer gran filántropo fue John Hopkins, Rockefeller, Andrew Carnegie: tenían mucho. La motivación es distinta. Lo que motiva a un cristiano a hacer misericordia… Los filántropos dan mucho dinero para resolver problemas mundiales. Ellos entienden que si dan mucho dinero podemos resolver un problema. Lo que ya nosotros sabemos es que los problemas del mundo no se resuelven con dinero, hermanos. El pecado es lo que daña el hogar, es lo que ha dañado la creación, y por mucho dinero que se ponga en una causa, el problema no está en el sistema educativo, no está en el sistema de salud; el problema está en el corazón del hombre.

Por ejemplo, Bill Gates y Warren Buffett donaron recientemente 36 000 millones de dólares para salud y educación. Salud y educación, una gran cosa, sí. Por ejemplo, George Soros donó 8 000 millones para los derechos humanos y las libertades de expresión. Bien, eso no está mal. Gordon Moore donó 6 800 para la conservación ambiental y la investigación científica. Fíjense qué interesante: el filántropo, cuando da, él le pone su apellido al asunto: “Yo voy y doy, pero es para eso que se va a estar utilizando”.

Bueno, Carlos Slim, él dice, Carlos, que no le gusta darle a la gente que él entiende que no hay que darle, pero dio 4 000 millones para educación y salud, porque hay que dar; ya que están dando, hay que dar. Un cristiano no tiene que tener miles de millones para dar, hermanos. Puede dar en la absoluta pobreza, siempre y cuando el Señor derrame esa gracia en el corazón. La motivación no es la misma. Lo que motiva a un cristiano a hacer misericordia no es que él entienda que el problema se va a solucionar. Ese pragmatismo hay que quitárselo de la cabeza. Dice: “No, yo le voy a ayudar con medicamento, pero ¿y mañana qué va a pasar?”. Que el Señor provea otro medio para ayudar el medicamento; compren el medicamento y cómprenlo hoy.

Ese pragmatismo es el que tiene el filántropo. El filántropo, cuando entiende que puede resolver un problema a largo plazo, entonces da. Los cristianos damos, hermanos, aunque sepamos que eso mañana vuelva a la misma cosa. Entonces: “Pero hay que ayudarle; yo le voy a ayudar. Lo que mañana el Señor disponga los medios”. Ayuda tú, según el Señor te lo permita.

Tocar trompeta y la tentación de la ostentación

Ahora, el Señor nos dice a nosotros qué evitar y también cómo hacerlo. Él dice: “Cuando des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti”. Está hablando de manera figurada, pero tocar trompeta era lo que se utilizaba en la antigüedad para anunciar un acontecimiento importante. Cuando había una gran fiesta, cuando había un momento público, cuando llegaba un gobernante, había que sonar trompeta: eso es “vengan a ver esto que va a suceder”. Dice el Señor que cuando nosotros damos limosna, lo que tenemos que evitar es tocar la trompeta, hacer que la gente ponga la luz en nosotros.

Hermano, y se toca trompeta, sí. Hay muchas maneras en que se toca la trompeta cuando se va a hacer misericordia. Es común ver gente tocar la trompeta dando testimonio: “Hermano, para la gloria de Dios, yo quiero decir que yo di tal… Para la gloria del Señor, yo quiero decir, hermano, que…”. No. Dice la Escritura: no toques trompeta. Dice el Señor que lo hagamos en absoluta discreción.

Hay otros que son muy ceremoniosos al dar. Hermano, para dar no hay que hacer una ceremonia larga. Si usted va a ayudar a una necesidad, ayude a la necesidad y no haga un discurso de una hora. Y: “Y ustedes, me voy a poner la mano en los bolsillos, pero yo te voy a decir que…”. Tocaste. Todo eso es un asunto de ser muy ceremonioso para dar, hermano. Hay una necesidad; trate de pasar rápido de la necesidad a la gloria de Dios, ya. “Sí, mira, te voy a ayudar, pero tengo primero que aconsejarte para que te aproveche…”. Tócate. Te voy a dar. Hermano, si vas a hacer misericordia, hazla; no seas ceremonioso, porque en esos largos ceremoniales lo que hay es satisfacción personal y gloria para el hombre.

Tocar trompeta, maneras así… Esto es la carne, hermanos, muy elaborada. Hay gente que no dice a quién le dio, pero anuncia cuánto ha dado: “En este año yo di tanto”. No hay que decir cuánto tú diste; no hay que anotarlo, no hay que llevar de eso un récord de “Yo hice tanto”. Hay maneras muy elaboradas. Hay gente que lo anuncia no anunciando: “No me gusta hablar de mí; esos temas no son temas que a mí me gusta abordarlos. Yo, cuando doy, no me gusta decirlo…”. Lo estás diciendo: que das.

Miren, miren qué elaborada es la carne, hermanos: no diciendo, se dice. “Yo, cuando doy, a mí no me gusta decirlo”. Salta diciendo: “Yo doy”. La carne, recuerdas, hermano, que siempre tiene el traje de baño puesto. Hay que ser cuidadoso en estas cosas, porque haciendo misericordia puede ser que seamos condenados. También están aquellos que para cada cosa quieren hacer una iniciativa formal. Se encuentran con un necesitado que tiene hambre: “Hay que hacer una fundación, hay que hacer…”. Hermano, no hay que hacer fundaciones para cada cosa. Pueden entender, o sea, para poder dar un plato de comida a una gente no hay que hacer una organización y ponerle un nombre.

Más cuando usted no tiene trayectoria haciendo eso. Las fundaciones no están mal, hermano; el problema es cuando usted no tiene trayectoria haciendo eso. Usted nunca ha recogido un niño en la calle para que usted crea un orfanatorio. A usted le da lucha darle un mueble de su casa a alguien. “Ah, yo quisiera comenzar un hogar de refugio”. ¿Y para qué? Porque tú no te reconocemos como una persona callada que ha alojado a nadie; ni siquiera un mueble de tu casa puedes dar. ¿Puede entenderme esto? O sea, ¿para qué acabas de comenzar una fundación, una organización con pompa? Regularmente detrás de todas esas cosas, hermano, están sus “cocteles”, están los asuntos: “Tal yo soy, yo lo hice”. ¿Y por qué tú quieres comenzar una fundación? ¿Es que tú ves tanta necesidad que ya…?

No están mal las fundaciones; todas esas cosas son buenas. El asunto está cuando hay una combinación carnal, sobre todo cuando usted no tiene trayectoria. Pero hay personas que les gusta la enseñanza, son apasionados, son maestros. Y es normal que un maestro tarde o temprano quiera hacer una escuelita para ayudar al necesitado que no puede pagar. Pero usted nunca le ha enseñado a nadie a escribir ni siquiera la hoja de un canuto. ¿Por qué usted quiere comenzar una escuela? No quiero generalizar, hermanos. Hay personas que tienen recursos y comienzan escuelas, aunque no sean maestros. Pero hay que cuidar siempre el corazón: ¿qué es lo que me motiva?

Que no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha

Lo mismo les diré: yo tengo cantidad de hermanos que me dicen al día de hoy que tienen “un ministerio”, pero a mí me preocupa. También es muy raro una persona que me diga que tiene un llamado al ministerio pastoral cuando durante años de vida cristiana nunca ha discipulado a nadie, ni ha cargado redes de agua a nadie de la familia del Señor, ni ha visitado a nadie, ni ha dado un estudio bíblico en ninguna parte, y me sale: “No, que yo tengo un llamado pastoral”. ¿A cómo? ¿A pastorear una iglesia? Es muy raro, ¿pueden entenderme? O sea, yo podría pensar que quizá hay que cuidar a la carne, que está buscando la celebración, la ostentación.

Se espera: si usted quiere comenzar una fundación, alimente mucha gente primero en discreción en su casa. Si usted quiere comenzar un orfanatorio, comience por su casa alojando a alguien. Hágalo así, hermano, y cuando usted no tenga duda de que lo que esté primando sea el bienestar del otro y la gloria de Dios, entonces hágalo.

Dice el Señor que no toquemos trompeta. Y que cuando la tocamos, dice: “Ya tienen su recompensa”. ¿Y cuál es la recompensa? El limitado reconocimiento de los hombres, algo más loco que eso no sirve para nada. Lo primero: el que te está reconociendo es una persona que no tiene el criterio para reconocerte porque él no conoce tu corazón. Los hombres reconocen lo que se ve por fuera, y dice la Escritura que el hombre ve lo que está delante de sus ojos, pero Dios mira el corazón. Un hombre que se lo van a comer los gusanos, como a ti, que un hombre reconozca a otro hombre no tiene tanto mérito.

Y por otro lado, hermano, el corazón del hombre es cambiante; hoy te celebra y mañana te crucifica. Cristo estaba entrando a Jerusalén y le dijeron: “Hosanna, el rey de los judíos”, y después la misma multitud estaba diciendo: “Crucifíquenle, crucifíquenle”. Cuando Pablo llegó a Listra dice que ahí la gente creía que Pablo era un dios, y Pablo tuvo que amonestarlos: “Señor, nosotros somos hombres como ustedes, no somos dioses”. De Listra sacaron a Pablo apedreado. Que un hombre te celebre, te reconozca como generoso, como misericordioso, como una buena persona… Ese hombre mañana te va a reconocer como un perverso, regularmente cuando dejes de darle.

Hermanos, buscar reconocimiento en los hombres no tiene mérito alguno. Hazlo para el Señor, porque el Señor lo reconoce, y el Señor sí lo guarda. Sorpréndanse: hay cosas que a uno hasta se le olvidan. El Señor está presente. El Señor les dijo que en los postreros tiempos dirán: “En tu nombre hicimos esto, en tu nombre hicimos aquello; recogimos al pobre, ayudamos…”. Y ellos dirán: “¿Cuándo? ¿Cuándo nosotros nos recordamos que hicimos nada de eso?”. Él les dijo: “Sí, cuando se lo hicieron a uno de estos pequeñitos, a mí me lo estaban haciendo”. O sea que si tú lo haces como para Dios, aunque a ti se te olvide, el Señor tiene memoria de eso que se hizo.

“Ya tienen su recompensa”, con la recompensa limitada: el reconocimiento de los hombres. Pero también dice el Señor que debemos ser cuidadosos “para que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”. ¿Y qué es esto, hermanos? Ni siquiera tú mismo deberías tener una conversación interna. Es la misma parte de tu cuerpo, no la mano del vecino; es la mano tuya: una no sepa de la otra. Cuando haces misericordia, no deberías estar acariciando un pensamiento interno de que “yo soy bueno”, recordándote constantemente lo que has hecho, cuánto has dado, de qué manera lo has hecho, cuánto bien has hecho yo en mi vida. Hermanos, dice la Escritura que ni siquiera tus mismas partes del cuerpo deberían estar muy conscientes de eso.

¿Y por qué sería esto? El Señor lo que está esperando es una absoluta discreción. Hay razones por las cuales. Sí, hay razones. Cuando una persona ayuda y no discretamente, no está ayudando; está humillando al necesitado. El ser humano tiene cierta dignidad, y cuando tú das y comienzas a hacer una fiesta, lo que estás haciendo es usando la dignidad del ser humano para soltar satisfacción personal. Usted no tiene que estar diciendo que dio; no debemos hacerlo, hermanos, aunque la carne quiera que se haga. Pero usted tiene, por respeto a la dignidad que tiene su hermano, la persona que tiene necesidad, usted no debería difundirlo.

En segundo lugar, debería usted ni siquiera recordárselo mucho a usted mismo, por cuidado, para que no se convierta esto en una piedra de tropiezo y te destruya. Alguien que está constantemente recordando a quién ayudó, hace cuántos meses fue que le ayudó, “le ayudé ayer, cuántas veces he ayudado en este año”, terminará destruido. Entenderá que lo que está haciendo es suyo, que él es bueno por lo que hace.

Pero en tercer lugar, hermanos, el Señor es muy celoso de su gloria. Y Él nos dice que no compartirá su gloria con nadie. Si un cristiano ha hecho algo, lo que ha hecho lo ha hecho en representación de Dios. No creas que es por tus propios medios; tú no tienes nada tuyo: todo lo tuyo es de Dios. Él es el dueño de todas las cosas, y si tú has dispuesto un poco de lo que Dios te ha permitido administrar, la gloria debe ser de Dios y no tuya.

Dice el Señor en el versículo 4 que todo esto es “para que tu limosna sea en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”.

Aplicación final y oración

Hermanos, termino con lo siguiente: miren, los cristianos no estamos llamados solamente a ofrendar —y ofrendar es una gran cosa—, no estamos llamados solamente a contribuir con el templo, la casa de Dios y el servicio; eso es una gran cosa. Deberíamos, hermanos, administrar todo lo que el Señor nos ha permitido: talentos, no solamente dinero; nuestros talentos, nuestro tiempo, nuestro dinero, las cosas que tengamos. Deberíamos administrarlo de forma tal que produzcamos tanto bien como nos sea posible.

El Señor no solamente está esperando que abundemos en ofrenda para su casa; el Señor también está esperando que los cristianos seamos misericordiosos y que ayudemos también al prójimo. Recuerda, hermano, sobre todo, que si tienes poco o tienes mucho, el Señor está mirando, con tus finanzas y tu mayordomía, cuál es el estado de tu corazón, y que cuando el Señor te vea, hermano, encuentre un corazón generoso, encuentre un corazón dispuesto y que no seas tú una afrenta a ninguna de estas dos tentaciones: de hacerlo para tu vanagloria y esperar reconocimiento de los hombres.

Oremos al Señor para que Él permita que en nuestras prácticas privadas abunde la generosidad. Gracias, Señor, por tu palabra expuesta. Encomiendo ahora a mis hermanos, que, Señor, me consta que quizás en la adoración a tu nombre han demostrado amplia generosidad, hermanos, Señor, que tienen amplio desprendimiento cuando se trata de tu casa, de tu adoración, del servicio en tu iglesia. Permite que asimismo esta iglesia abunde en buenas obras en nuestras prácticas privadas. Señor, permite que cada medio que tú le hayas dado a esta congregación que está aquí hoy presente sea utilizado de forma tal que produzca tanto bien como sea sabio.

Permite, Padre, que aquellos que quizás tienen negocios, que tengan en privado, Señor, la absoluta discreción, la satisfacción de saber que en ese negocio, si se produce mucho o poco, gran parte se convierte en misericordia. Mira a mis hermanos que tienen empleos, Señor; permite que desde el empleo mismo estén canalizando cantidad de iniciativas para ayudar a aquellos. Señor, que sean como Cornelio, que abunden en hacer limosnas. Mira a mis hermanos, hermanas que están aquí, que tienen habilidades manuales, Señor; permite que utilicen sus propias manos como lo hacía Dorcas, para cuidar de los más necesitados. Que si aquí hay alguien, Señor, que puede hacer ropa, que la haga; si puede hacer manteles, que los haga; si puede hacer, Señor, algo con lo cual abrigar a alguien, que lo haga.

Mira a mis hermanos, Padre, que tienen una casa; permite que esa casa tenga reuniones que te edifiquen a ti. ¿Cómo no pedirte eso, Señor? Permite que seamos hospedadores, como eran los primeros cristianos. Sobre todo, Señor, que si acaso esta tentación carnal ha sido parte de nuestra práctica cristiana, permite, Señor, que pronto sea abandonada, y que en todas estas cosas tengamos la certeza de que nos está reservada la recompensa eterna. Bendice a los hermanos de esta iglesia, Señor, con reconocimiento de tu parte, con un lugar privilegiado en tu fiesta y, al mismo tiempo, Señor, con más recursos de parte tuya para administrarlos, todo esto para tu gloria. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Que el Señor les guarde, hermanos. El próximo domingo estaremos viendo al Señor y la oración. Y recuerden que nos veremos hoy a las 6 para nuestra reunión de miembros.

Recibe lo nuevo por correo

Los mensajes del domingo, los devocionales y los artículos. Sin frecuencia fija y sin publicidad.

Puedes darte de baja cuando quieras.

En vivo PezMundial Radio