Hermano, Dios les guarde. Dios les bendiga enormemente. Me he gozado en gran medida con ustedes; la energía que ustedes tienen es una cosa terrible, señor, sobre todo porque a mí me encanta estar rodeado de muchachos. La energía que traen sus hijos, sus niños acá, es algo que a mí me impresiona y me encanta, y me tocó la suerte de estar en un día en el que estábamos presentando, y a mí me encanta ver que podamos asumir como iglesia y como padres ese compromiso. Mi nombre es Adolfo de la Rosa, hablándoles un poquitico acerca de mí para que sepan; no sé qué problema tiene Rafael con alguno de ustedes o si los tiene en disciplina, que me invitó hoy a predicarles y lo quiere poner de castigo.
Andándole un par de cositas de mí y de donde vengo: yo me consideré cristiano y tuve conciencia de mi pecado y llegué al Señor cuando tenía unos 9 años. Así que soy eso: depósito de gracia divina, reflejo de imperfección y un tipo que entiende que necesita de forma desesperada de Dios porque no alcanzo, a pesar de que me pasé y me he pasado buena parte del tiempo de mi vida consciente de intentar ser. Me doy cuenta que en Dios hace rato que fui, y que lo que Él hizo por mí en la cruz del Calvario es todo lo que necesito para saberme aceptado e increíblemente más amado de lo que alguna vez soñé ser. Así que, en primera instancia, soy eso: depósito de gracia divina.
Hay una foto de un grupito de gente. Ya les dije que me encantan los muchachos, y el gentío que ven ahí en esa foto… ven que me cogí a pecho aquello de “multiplicaos”, bueno. Las personas que aparecen aquí: esa es mi esposa Zahira y están cuatro niños con los que Dios nos ha bendecido. Las mellizas tienen 13 años, Sara y Eva; luego está Adolfo David, que tiene 7 años, y luego está Valeria Lucía, la más chiquitica. Vivimos aquí muy, muy cerquita. Y aparece, no se ve tanto, pero allá abajo, en la parte derecha superior, aparece una bandera. Yo me gozo en la idea de pensar que Dios me pensó dominicano.
Me encanta el sol. Me encanta la brisa, me encanta la lluvia, me encanta el color de mi tierra, me encanta la playa, me encanta la montaña, me encanta la bulla de los dominicanos. Yo me siento muy dominicano, y mi trabajo me lleva a estar muy frecuentemente fuera. Trabajo para unas operaciones que están en Colombia, Costa Rica, Puerto Rico, y más o menos una semana por mes tengo que estar fuera, y llego regularmente a Bogotá, donde más estoy.
Identidad dominicana, trabajo y pertenencia a la iglesia
Si usted no ha estado en Bogotá, Bogotá llueve que eso no tiene… mire, llueve. Llueve mucho. Y yo estoy bien regularmente, estoy muy bien, pero al tercer día, mi hermano, a mí me hace falta el sol que usted no tiene idea y ando desesperado. En estos días estaba en un salón y duré mucho rato, y salí; esa gente estaba tan tranquila, hablaban tan en silencio, y yo salí de la sala diciendo: “¿Dónde anda la gente?”. Soy dominicano y me siento muy consciente también de los males que tenemos, los sufro increíblemente, pero lo amo, amo esta tierra de donde soy.
Soy psicólogo laboral, hace algún tiempo me recibí como tal y practico. Trabajo justamente en eso, en áreas de gestión de personas para la organización que tiene sede aquí, y como les dije, estoy en otros lugares donde sirvo de manera muy frecuente. Y como dijo Rafael hace un rato, pertenezco a la Iglesia Comunitaria Cristiana, nosotros estamos ubicados ahí en la Zona Colonial, justamente en la Palo Hincado, una iglesia que procura ser la iglesia que Cristo soñó y anhela. Procuramos, en medio de su gracia, ser respuesta a necesidades que Dios pone a nuestro alrededor.
Eso es lo que procuramos hacer de forma imperfecta y con demasiadas cosas donde afinar, demasiadas cosas, pero bueno, ahí estamos, muy cerquita y disponibles para lo que ustedes pudieran necesitar de nosotros. Yo les agradezco inmensamente el placer que me brindan en los próximos minutos para que juntos nos sigamos gloriando. Yo creo que esto empezó hace rato; no llegó con la predicación, sino que me encantó la forma en la que fue dirigida esta alabanza, porque en cada espacio e intervención yo creo que hemos recibido buena parte de esto de lo que deberíamos estar envueltos, cubiertos por todos los lados, que tiene que ver con la centralidad del Evangelio.
Así que me encanta este espacio que hemos dedicado, y nada, aquí para seguirnos glorificando en la maravillosa palabra que Dios nos ha regalado. Yo voy a leerles un texto que está en el libro de… voy a quitar esto de acá, ¿puedo quitarlo? Puedes quitar la imagen, por favor, Jonathan.
Contexto de Filipos y lectura del texto bíblico
El libro de Filipenses, capítulo 3, versículo 1 al 11, trae un texto que a mí me encanta. Es un texto de la carta que Pablo dirige a esta iglesia. Es una iglesia… seguramente la habrás leído; si no, pues no pasa nada. Pablo funda esta iglesia y su fundación tiene su origen relatado en Hechos 16. Pablo tiene un encuentro con una mujer que es una comerciante llamada Lidia; fascinante lo que se ve, una mujer que se ve movida por lo que está ocurriendo y que entiende su necesidad del Evangelio, producto de lo que había ocurrido con Pablo y la liberación de una mujer que estaba bajo un espíritu de adivinación.
Pablo termina en la cárcel y lo que pasa en la liberación de Pablo en la cárcel hace que el carcelero también conozca de Dios. Así que esta es una iglesia muy mixta, esta es una iglesia particular, es una iglesia que tiene comerciantes, gente seguramente de muy buena posición económica, gente carceleros, gente que seguramente tiene una muestra de la diversidad, probablemente generacional, porque la familia de este carcelero de seguro llegó a conocer. Y es una iglesia con la cual yo creo que podemos encontrar bastante cercanía.
Filipos era una ciudad que se consideraba una colonia romana, gente que había recibido de alguna manera hasta algunos privilegios; o sea, gente que era tratada bien dentro del imperio romano. Así que ellos de alguna forma pudieran tener hasta cierto nivel de orgullo por la ciudad. Es como que usted viva en la meca de las ciudades que usted podía vivir, muchos militares retirados seguramente viviendo allí.
Y esta ciudad, que tenía consigo demasiados recursos por los cuales sentirse bien, esta gente había desarrollado una comunidad con la que Pablo se sentía muy particularmente conectado, y toda la carta, que es una carta preciosa, una carta de alegría donde podemos encontrar mucha edificación, es una muestra del aprecio increíble que Pablo sentía por ellos. Acompáñenme a leer el libro de Filipenses, capítulo 3, desde el versículo 1 en lo adelante; voy a leer en la Nueva Versión Internacional:
Por lo demás, hermanos míos, alégrense en el Señor. Para mí no es molestia volver a escribirles lo mismo, y a ustedes les da seguridad. Cuídense de esos perros, cuídense de esos que hacen el mal, cuídense de esos que mutilan el cuerpo. Porque la circuncisión somos nosotros, los que por medio del Espíritu de Dios adoramos, los que nos enorgullecemos en Cristo Jesús y no ponemos nuestra confianza en esfuerzos humanos. Yo mismo tengo motivos para tal confianza. Si cualquier otro cree tener motivos para confiar en esfuerzos humanos, yo más: circuncidado al octavo día, del pueblo de Israel, de la tribu de Benjamín, un verdadero hebreo; en cuanto a la interpretación de la ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que la ley exige, intachable. Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido a él. No quiero mi propia justicia, que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe. Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su muerte. Así espero alcanzar la resurrección de entre los muertos.
— Filipenses 3:1-11
Padre, gracias. Tu palabra es asombrosamente… es una bendición para nosotros, y qué increíble, nos envuelve, nos sobrecoge, es demasiado, demasiado para nosotros, Señor. Gracias por bendecirnos con la sola aproximación a tus dichos. En el nombre de Jesús, amén.
Hace poco, mi cuerpo cree que es diferente, pero en realidad yo tengo 44 años. Y hace un tiempo, hace apenas una semana, me encontré con unos amigos que conocí allá a principios de los 90, cuando yo era muy muchachito y empecé con ellos a conocer del Señor.
Reencuentro con amigos y la necesidad de sentirnos justificados
Ese encuentro… son encuentros muy chéveres. Hermano, yo tenía décadas que no veía a algunos. Unos con barriga, ya usted sabe, la barriga ya cuando uno tiene 40 y pico; algunos otros ya no tenemos cabello, hemos cambiado muchísimo desde entonces. Pero volver a escuchar nuestras historias fue algo demasiado bueno, escuchar las anécdotas que solamente entendíamos nosotros de lo que nos estábamos riendo. Recordar las aventuras que tuvimos entonces fue demasiado bueno.
Y pronto llegó el tiempo de ponernos al día acerca de dónde estamos, y cada cual trae sobre la mesa cosas: las carreras que ha realizado, la compañía que ha fundado, el puesto organizacional al que ha llegado a ascender a través de su profesión, la familia que Dios le ha regalado, tal vez los bienes, tal vez los viajes, tal vez el posicionamiento social que tienes en la comunidad a la cual perteneces. Muchas razones que poner sobre la mesa de las cuales sentirnos orgullosos.
De hecho, un poco de ese posicionamiento llegó antes de que llegásemos ahí. Alguien me comentó sentirse de alguna forma impresionado porque veía hasta los vehículos en los que la gente llegaba. Es de alguna forma como si todo lo que pudiéramos presentar como credenciales, como logros, como cosas que hemos alcanzado y que nos hacen sentir orgullosos de nosotros mismos, debería ser puesto sobre la mesa para nosotros considerar que valemos, que importamos, porque al fin y al cabo todos nosotros necesitamos algo de justificación.
Necesitamos saber que lo que hemos logrado importa, que lo que hemos logrado y hemos realizado es algo que ha dejado una huella y que somos valorados y apreciados. Que hemos logrado construir un sueño de personalidad del cual podemos cantar a los cuatro vientos y decir: “¡Lo logré!”. A mí no deja de impresionarme que cuando te encuentras con alguna persona que tú ves desde hace décadas, tú le preguntas: “¿Cómo tú estás? ¿Qué tal estás?”, y regularmente su respuesta tiene que ver con el posicionamiento económico que tiene.
Y tú oyes a otras personas hablar, uno y otro, en la sociedad por lo menos en la que yo observo: “Fulanito está bien”, “Perencejo está mal”, y eso tiene que ver con el lugar económico o socioeconómico que ha llegado a obtener, sin importar inclusive su condición de salud, que es algo de lo que tú pudieras pensar que es algo increíblemente básico. Sin embargo, la palabra que Pablo usa aquí al principio creo que tiene que decirnos bastante. Pablo está intentando trasladarse a otro tema, pero antes de hacerlo quiere asegurarse de que ellos entiendan algo que es muy crucial.
El llamado a alegrarse en el Señor y la falsa seguridad de las circunstancias
Pablo, cuando los llama a que se alegren en el Señor, quiere decir: antes de que yo pase a otro tema que quiero tratar con ustedes, por favor, no vayan a olvidar esto. No vayan a olvidar que ustedes deben no solamente gozarse y alegrarse, sino que su regocijo sea en el Señor, y eso a ustedes les debe dar seguridad. Pablo está diciendo: “Ey, alégrense”, y es extraño, porque tú dices: mandar a alguien a que tenga un sentimiento no es algo que se pueda lograr. Tú no me puedes mandar a que yo sienta de determinada manera.
Tú no me puedes decir algo con un imperativo y que automáticamente yo empiece a sentirme así. No pasa así. Tú tienes a alguien triste y tú le dices: “Mira, fulano, no, alégrate”; no, no pasa. Porque tú me lo digas no voy a dejar de estar triste y me voy a poner alegre, no pasa así. Así que parece que Pablo no está hablando de algo así como un sentimiento de lo que nosotros a veces nos gusta gloriarnos o refugiarnos. Tampoco está hablando del dominio de circunstancias, porque inclusive tu propia actitud o tu propia autodeterminación no cambia las circunstancias.
Yo conozco gente que lo hace todo muy bien, y pareciera que las circunstancias a su alrededor no parecen favorecerles. Gente que lo hace bien, gente… aquellos que creen que pueden controlar y dicen: “Yo soy el capitán de mi alma y el dueño de mi destino”. Los invito a que se fijen en Dios: Dios le puso el contexto adecuado y perfecto a Adán y a Eva, y les salieron torcidos. No dominas ni controlas todas tus circunstancias. Tú puedes hacer muchísimas cosas, tu salud no necesariamente está garantizada.
Nuestra obediencia a Dios no nos garantiza que en términos económicos vamos a estar bien. Yo tengo amigos que trabajan y son mucho más inteligentes veinte veces que yo y les va muy mal económicamente. Nuestra realidad: les va muy mal aquí económicamente hablando. Pablo no les está diciendo: “Cambien automáticamente ese sentimiento que tienen”. Pablo tampoco les está diciendo: “Lo que yo les llamo a tener, ese gozo que a ustedes les debe dar seguridad, tiene que ver con que ustedes alteren su circunstancia”. No.
El gozo como armadura y la fragilidad de nuestras “seguridades”
Pablo les está diciendo: “Yo necesito… es algo muy importante, para que ustedes estén seguros, que hagan del Señor su máximo significado. Que tu deleite provenga de haberte encontrado con Aquel que salvó tu alma”. Pablo les está diciendo: la fuente de tu gozo, la fuente de tu alegría, del gozo verdadero que no cambian las circunstancias, debe ser Cristo Jesús, y eso da seguridad. Me encontré hace muy poco con alguien, vicepresidente de Coca-Cola, de una multinacional grande, y él hablaba de eso.
El tipo tenía una tarjeta, tenía, ¿cómo se llama eso?, unos niveles de contacto que donde llegaba le levantaban el teléfono. Y él salió de esa organización y él contaba que tres semanas después, personas que al vuelo le levantaban el teléfono para atenderlo, ya no estaban disponibles. Un gran puesto y lo que tú quieras, y se desmorona como una estructura así de cartas, se desmorona muy fácilmente. Gente que de un momento a otro está rebosante de salud, por lo menos en términos aparentes, y eso que hoy, de lo cual te puedes sentir muy orgulloso —todo fuerte, todo saludable— en un par de semanas ya no está.
En un par de semanas ya no está. Hace muy poco tuvimos un caso en nuestra iglesia de un hermano que lo veíamos… óyeme, el tipo era fijo, señor, era fijo en su gimnasio, era fijo comiendo bien, de esos que pesan la proteína que se comen, que tú dices: “Guau, yo lo miro y ya estoy sudando de lo que pesa”, y cuenta los gramos que tiene la pechuga. Comía de una manera… iba cinco o seis veces al gimnasio, el tipo era una cosa terrible.
Señores, de un momento a otro… el hombre se fue a chequear por otra situación, una gripe, “Qué raro que fulano no se levanta”, va al médico: cáncer. Pasaron tres semanas y ya no está con nosotros. Hoy, si les muestro, el tipo así, fuerte, rosadito, tú decías: “Guau, qué salud”, y hace rato que ya no está. Cualquier cosa que nosotros podamos ver como nuestro gran tesoro y que hagamos de eso la fuente de nuestro gozo, podemos creer que es algo duradero, confiable, pero se desmorona.
Como dijo alguien: en esta vida, si te va bien, vas a envejecer, te vas a enfermar y vas a morir. Oye, si te va bien, lo que te va a pasar es que tú vas a envejecer, te vas a enfermar y te vas a morir.
No importa la pastilla que te bebas, la antienvejeciente o lo que fuera, eso es lo que va a ocurrir. Un autor lo puso de esta manera: el gozo del Señor es una armadura divina contra los ataques de nuestros enemigos espirituales, y quita de nuestras bocas el gusto por aquellos placeres con los cuales el tentador busca atraernos. El gusto del gozo en nuestras bocas hace que los ofrecimientos del tentador parezcan desabridos en comparación.
Cuando te gozas y haces de Él la fuente de tu identidad, de tu seguridad, no importa. Óyeme, es verdad que por el momento puedo experimentar tristeza. Es verdad que por algún momento puedo experimentar decaimiento. Es verdad que me entristece perder algo que ansiaba, cuando la salud de mis hijos está al borde, claro que eso me pone mal, claro que yo quiero verlos bien. Pero que me desmorone… En tiempos antiguos, cuando el rey estaba en el castillo, ondeaba una bandera particular para decir que el rey estaba en el castillo.
El gozo en el cristiano es: “Dios está en la casa, y Él es mi fuente de seguridad. El rey está en la casa”. Hermano, ¿de qué depende tu gozo? ¿De qué depende tu seguridad? ¿Depende de las circunstancias, porque se acomodaron, porque hoy te favorecieron? ¿Depende de que aquello que soñaste construir para ti se ha dado según tú soñaste? El tema es que nada de eso es absolutamente seguro, absolutamente nada de eso es seguro.
Pablo se pone los guantes: “perros” y todo intento de sumar algo a Cristo
Pablo se pone medio fuerte y utiliza un lenguaje que quizá otros pudieran decir: “Pablo, pero como que te fuiste…”. Cuando usted lo considera, a veces estamos muy acostumbrados a leerlo, pero cuando tú lees lo que Pablo está diciendo acá, Pablo utiliza un lenguaje complicado. Más de uno, a lo mejor, cuando estaban leyendo en Filipos, se paró y dijo: “Esto es muy fuerte, yo me voy; esta gente está hablando muy duro”. Entre una cosa y otra, les dice “perros” a quienes quieren alterar el Evangelio, agregándole algo más a la fe en Cristo Jesús.
Cristo más “plus”, Cristo más, Cristo más otra cosa, “Cristo más que te portes bien” como fuente de obtener la salvación, de experimentar la gracia de Cristo. Cualquier de esas cosas pone a Pablo con los guantes en la mano. Dijera alguien por ahí, un predicador muy famoso: el tema es que una buena moralidad te puede llevar a estar fuera de la cárcel, pero no te puede librar del infierno. No importa cómo te portes, no importa de lo que se trate. Siempre que pretendamos añadir algo a la fe en Cristo como la única fuente de nuestra seguridad, de nuestra identidad y del acceso a la salvación que encontramos en Cristo Jesús, Pablo se pone los guantes.
Esto es algo serio. Lo que yo leo con esto es: Pablo, y así deberíamos ser nosotros, es celoso de cualquier cosa que pueda atentar contra nuestro llamado de hacer de Jesús la centralidad de nuestro gozo y de nuestra salvación. Sea tu esposa, sea tu hijo, sea quien fuere. Claro que cuando experimento y conozco al Cristo de la cruz, ahora puedo abrazar a mis hijos de una misma manera, los amo de una forma diferente. Amo con locura a mi esposa; mis hijos se ponen celosos porque ya quieren ser los primeros. Las mellas ya tienen 13 años, entonces las mellas, en estos días, estábamos hablando de algo, ellas querían algo y digo: “Bueno, primero la jefa”.
“¡Ay, papi, tú sí eres duro! No, primero va esa, todo el mundo queremos ser lo primero”. “No, tú después; primero, primero es Cristo, primero es Cristo”.
Pablo les dice “perros”, pero “perro” no es algo como nosotros lo vemos hoy. Hoy ser perro es una mascota que duerme con la gente. Hoy los perros duermen, señores, con la gente. Yo tengo un amigo que me dijo lo que gastaba en perro, eran uno o dos perros, y yo dije: “Guau, pero yo creo que yo no he ganado eso… ¿cuánto yo tengo que hablar para ganarme eso?”. Una locura. Los perros de hoy son una cosita linda que la gente tiene; mis hijas son amantes de los perros y en estos días me topé con algo: llegamos y nos guardaron una presentación, nos sentaron, consiguieron un proyector, hicieron una presentación con PowerPoint y todo, de qué raza querían, por qué, y la respuesta era: “Bueno, de perro, aquí Adolfito será su papá, pero…”.
No, no, no, con cuatro no nos alcanza la energía para perro. Hoy son lindos y todo el mundo los quiere, pero en esa época los perros eran como los coyotes. Andaban por ahí, eran animales considerados inmundos, eran reflejo de algo sucio, de algo impuro. Inclusive en Éxodo 22 vas a poder ver que no estamos hablando de un perrito bonito. Y Pablo se pone los guantes cuando les llama “perros”. Les está diciendo: cualquier cosa que atente o se ponga de frente con hacer de Cristo la fuente de tu seguridad, de tu gozo, de tu identidad, es algo con lo que tú deberías estar a la defensiva.
Pablo también dice: nosotros somos los que entendemos que lo único de lo que nosotros podemos jactarnos es de nuestra salvación. La única persona de la cual podemos jactarnos es de Cristo Jesús.
No gloriarse en lo que hacemos, sino en pertenecer a Cristo
En Lucas 10 los apóstoles son encomendados a salir y tienen que ir a predicar. Y ustedes pueden leer ahí que a los apóstoles les fue increíble. Y cuando ellos estuvieron en esa gira, volvieron con el Señor y llegaron orondos, diríamos en dominicana, llegaron súper contentos y le dijeron: “Señor, tú tenías que ver, hasta los espíritus se nos sujetaban. Tú tenías que venir, fue increíble lo que vivimos ahí, fue algo impresionante, fue bueno”. De hecho fue impresionante, y yo me imagino al Señor así, escuchándolos.
A mí me gustan las películas y me gusta ver imágenes, y me lo imagino observándolos con cariño. Y los escuchó dar su relato, los escuchó hablar de los resultados extraordinarios que habían tenido, de cómo los espíritus se habían sujetado a ellos. Y el Señor Jesús les dice: “No se regocijen de que los espíritus se les sujeten, sino regocíjense de que sus nombres están escritos en los cielos”. Lo que Cristo les está diciendo es: la base de su gozo no es tanto lo que ustedes hacen por mí.
La base de su gozo debe ser que ustedes me pertenecen a mí. Nuestras prácticas tienen el potencial, lo que hacemos tiene el potencial de volverse la fuente de nuestro gozo. Mi ministerio… ustedes tienen un ministerio de niños que yo lo miro, y como saben me encantan los niños, yo lo veo y digo: “Guau, qué cosa más bella”. Ustedes cantan de manera increíble, y Dios no me dio eso, así que yo vivo así como guapo de que no me dieron la posibilidad de cantar; canto muy mal, pero yo digo: “Guau, esta gente canta lindo”.
Yo he escuchado predicaciones de Rafael y digo: “¿Y cuántos años tiene ese hombre? Porque guau…”. Las cosas bonitas que podemos hacer son increíbles, inclusive para Dios, inclusive con nuestras mejores intenciones, pero si nuestro quehacer se vuelve la fuente de nuestro gozo, nos perdimos. Si no es Cristo lo que se vuelve el centro de nuestro gozo, nos perdimos. En el versículo 4, Pablo les dice… aquí empieza la batalla de currículums.
Empieza la batalla de las credenciales, y Pablo les dice: hay algunos judaizantes que andan entre ustedes, queriéndole poner a la fe, a creer en Cristo, alguito más, y andan así como bien orondos de quiénes son, andan bien orgullosos de quiénes son. “Si alguno de ustedes cree tener motivo por lo cual sentirse orgulloso, hablen conmigo, vamos a ver, vamos a hablar ahora”, dice. Mira, en el versículo 5: “Circuncidado al octavo día…”.
El impresionante currículum de Pablo y su giro inesperado
Una gran introducción que Pablo le da a su currículum. Pablo les está diciendo: “¿Ustedes se creen judíos de pura cepa, diríamos en dominicana? Pues yo les voy a decir: mis padres cumplieron los mandamientos que Dios mandó, y según se instruía en Levítico —y nosotros podemos verlo— al octavo día, de forma religiosa yo fui circuncidado”. Lo que Pablo les está diciendo es: mi cuerpo lleva la marca de que yo vengo de una familia que obedece al Señor. Seguimos de manera fiel, seguimos de manera disciplinada.
Ahora dice: “Del linaje de Israel”. Israel era el nombre que Dios le dio a Jacob, después que Jacob —ustedes se acuerdan— se bajó y se fue a la trompada, se embotó con el ángel. Ahora, los ismaelitas podían rastrear su descendencia desde Abraham, porque ellos eran descendientes de Ismael, que era el hijo que había nacido a través de Agar. Los edomitas podían decir: “Nosotros somos descendientes de Esaú, así que como venimos también somos descendientes de Abraham”. Pero Pablo les está diciendo: yo no soy cualquier descendiente de Abraham, yo soy descendiente de Abraham del linaje directo; somos dueños de la promesa de Dios.
Esto no es cualquier ascendencia. Yo vengo directamente del linaje de Abraham, de Isaac, de Jacob; no de Esaú, no de Ismael. Yo soy descendiente directo. Hermano, Pablo les dice: “Yo soy de la tribu de Benjamín”. Lo que Pablo está diciendo aquí es: yo pertenezco a una tribu que somos la élite. Como en Estados Unidos: “Yo soy Kennedy”. Cuando te dicen ese apellido, ustedes lo tratan, “espérense”.
Yo trabajo en una empresa, para la que trabajo, que es de una familia muy reconocida aquí en el país. Y me toca de vez en cuando, presento o tengo que tener interacciones con algunos miembros de la familia. Y las cosas que se les abren, hermano, cuando usted pertenece a una familia aquí de la aristocracia, ustedes se quedaría pasmados de lo que abre un apellido. Pablo les está diciendo: “¿Ustedes quieren hablar de apellidos? Hablen conmigo. Yo vengo de la tribu de la aristocracia, yo vengo de la tribu de Benjamín”.
Yo vengo de una familia que es poderosa. Y él solamente menciona de dónde venimos; nos abre puertas, como si fuéramos Kennedy, Rockefeller, como si aquí tú le fueras a mencionar uno de los siete apellidos aquellos.
“Yo soy un hebreo de hebreos”. Lo que Pablo les está diciendo es: yo puedo leer, escribir, yo puedo escuchar en aquel idioma en el cual fueron escritas las Escrituras. Yo no soy un tipo que… no, no, no. Yo soy un tipo que, a diferencia de la mayoría de los que podemos estar aquí, manejo el idioma original de la Escritura. O sea, yo tengo de qué sentirme orgulloso. ¡Qué currículum el de Pablo! Yo puedo enorgullecerme de esto.
Con el pasar del tiempo en Israel, la mayoría de las personas había sido de alguna forma absorbida por la cultura con la que ellos se pusieron en contacto, así que el idioma original no era algo dominado por muchos. Pablo dice: “Yo sí”. Ahora, en una cultura como esa, donde la comunidad, la familia, el buen nombre lo es todo, Pablo tenía cosas que mencionar. Hoy somos mucho más individualistas. Hoy no somos tan comunitarios, entonces podríamos decir: “Tú sabes qué, soy de tu familia, pero tú no tienes nada que mencionar”.
Pablo dice: “Espérate, todavía yo no he terminado con mi currículum; vamos a hablar de mi desempeño. En cuanto a la ley, fariseo”. Los fariseos, que nosotros mencionamos tanto, regularmente tenemos una apreciación de los fariseos que los descartamos de una, porque de alguna forma nos hemos acostumbrado a todos los boches que el Señor les daba. Señores, pero los fariseos no eran cualquier cosa. Estos tipos eran los campeones de la cultura. Su obsesión por cumplir detalle a detalle la ley de Dios y cómo habían descompuesto las ordenanzas de Dios era una cosa loable.
Pablo está diciendo: si se trata de ponerle el pecho, pasión, corazón a lo que hay que hacer, yo tengo credenciales que presentar. Ahora, hablemos de pasión, porque las generaciones de ahora hablan de seguir tus instintos, tu pasión. Pablo dice: “En cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; yo soy un perseguidor, yo estoy dispuesto a recorrer kilómetros y encarcelar a cualquiera que se opone a aquello en lo que yo creo”. Pablo era un hombre que tiene convicción y pone su pellejo en juego; este no era un hombre acomodadito, que está allí en su esquina.
Este hombre está dispuesto a todo con tal de defender aquello que cree. Y el versículo 7 es donde aparece la belleza: “Cuántas cosas eran para mí ganancia, yo las consideré pérdida”.
Contabilidad espiritual: de ganancias a estiércol
Y eso es lo que nosotros le podemos decir: es un giro inesperado, como que tú estás caminando así y de repente: “Ey, ¿qué fue?”. Ante ese currículum, Pablo les dice… Pablo introduce un término que viene de la contabilidad. Yo no sé si aquí hay contables entre ustedes, pero tú pones en una columna… ¿cómo le llaman a eso? ¿La “regleta”, algo así? ¿No hay contadores aquí? Ok, no hay contadores aquí. ¿Cómo es? Yo no soy… ¿cómo es que se dice? Que ustedes… ya lo quitaron. Bueno, pero en aquella época… ya ahora hay Excel, ¿verdad?
Ya hicieron el Excel en el trabajo. Lo que sí hay es cosas que usted gana y que pierde, eso no lo han quitado. Ok, está bien. Sin embargo, Pablo está diciendo: “Mira, las cosas que para mí eran ganancias, para mí son pérdidas ahora. Las cosas que yo podía decir ‘yo las pongo del lado de los bienes y decimos cuánto vendimos’, ahora yo las considero pérdida”. Todo lo que el mundo podría haber considerado como positivo, Pablo lo suma y dice: el resultado es cero.
Todo aquello que yo podía contar como una gran cosa, por lo que trabajé, cero. Todo aquello que yo podía ver como algo por lo cual gloriarme, justificarme o que me valía para tener acceso a la salvación, Pablo dice: cero. Pablo no está diciendo aquí que tiene que ganarse a Cristo; lo que él quiere decir es que yo no puedo confiar en absolutamente nada como la fuente de mi gozo, de mi identidad y que me dé acceso a la salvación, aquello que mi corazón anhela.
Ahora, Pablo usa aquí una palabra que está muy fuerte, porque él pudiera haber dicho “pérdida”, pero Pablo menciona una palabrita que es “estiércol”. Y es exactamente lo que usted oye: cualquier cosa que tú puedas encontrar en la alcantarilla, cualquier cosa. Pablo dice: “Guau, lo que… con tal de ganar a Cristo, así lo considero”. Y alguno de nosotros puede decir: “Oye, pero es como muy, muy fuerte; tú no pudiste suavizar un poco, alguno más conservador diría: tú pudiste haber utilizado otro sinónimo, busca algo para suavizar eso”.
Y Pablo dice: “Yo lo he considerado”. Y cuando Pablo dice “yo lo considero”, Pablo está usando otra vez un lenguaje muy particular para decir: yo lo he estimado cuidadosamente, y cuando lo valido, me da cero.
No es alguien que, de una manera impulsiva, dijo: “Tú sabes que no vale nada”. No. Pablo hizo un ejercicio cuidadoso, racional y bien pensado, y cuando lo considera, dice: “Vale cero. Todo eso es cero”. En palabras de Pablo: cuando yo miro esto, miro mi libro, y yo digo: “Yo estoy en bancarrota”. Y a eso es a lo que le llaman imputación: cuando veo el libro de Cristo, digo: “Toda perfección, todo es ganancia”. Y Dios, a través de la fe en Cristo, hace algo precioso: dice “Tú sabes qué, tú estás en bancarrota, cero”.
Pablo dice: “Por alguna razón que yo no merezco, Dios tomó la justicia de Cristo y la puso en mi libro. Y tomó mi pecado, y tomó mi ‘justicia’ y tomó mi bancarrota y lo puso en el libro de Cristo Jesús”. Pablo está diciendo: lo que yo he vivido es un milagro, y eso, cuando he comprendido que Dios ha imputado en mí la justicia de Cristo, se ha vuelto tan grande y tan extraordinario que cualquier otra cosa, ahora yo la considero pérdida. La considero estiércol.
Hace algún tiempo se usaban las tarjetas como estas; no sé si ya casi no tanto… se fue, sí, listo. Hace un tiempo se utilizaban estas tarjetas de presentación. Esta es una tarjetica que usted llegaba y decía: “Fulano, ¿yo soy quién? ¿Tú eres quién?”, y tú le entregabas una tarjetica. Eso también lo quitaron. Ah, no. Entonces, la letra que tú ponías, lo sofisticado del papel, el diseño de la tarjeta comunicaba. Hermano, tú no podías entregar un papelito viejo, un cartoncito.
Ahora, cuando esa tarjeta estaba bien cuidada, cuando se retrataba bien diseñado el nombre, todo estaba comunicando quién era ese en el que usted se había convertido. El problema con muchos de nosotros es que hicimos de alguna forma una inversión: el nombre, el puesto, la organización, la compañía, los hijos, los programas inclusive, todo eso que está debajo del nombre se volvió muy grande, grande, grande, grande, grande, grande, y el nombre se fue haciendo pequeñito.
Andaban “Adolfo de la Rosa”, y entonces abajo aparecía: “Director de no sé qué cosa”, en ese tamañazo, sí.
“Adolfo de la Rosa”, y aparecía el nombre del director del programa eclesial en el que me había invertido tal o cual tiempo. En términos de nuestra identidad, de alguna forma, en el tiempo, hicimos de la organización para la que trabajábamos, de los programas en los que trabajábamos, del puesto que logramos en las organizaciones, lo más importante, y ahí escondíamos nuestras identidades.
Pablo lo que está diciendo es: “Tú sabes qué, cuando encontré lo que Cristo hizo en mí, ya yo borré todo eso, y ahora en grande aparece el nombre de Cristo, y después todo lo otro está ahí dentro”. Yo tengo un versículo que a mí me mata, me mata, me vive y hace de todo conmigo. Está en el libro de Gálatas, capítulo 6, versículo 14. Puedes llevarte esto:
En cuanto a mí, jamás se me ocurra jactarme de otra cosa sino de la cruz de nuestro Señor Jesucristo, porque en el mundo he sido crucificado para mí y yo para el mundo.
— Gálatas 6:14
¿De qué te glorías tú? ¿De qué te sientes orgulloso? ¿Cuáles son las credenciales que pones sobre la mesa? Y cómo saber cuáles son las cosas de las cuales me estoy gloriando. Bueno, observa con detalle lo que sale de tu boca. Observa lo que compartes a través de tus redes sociales. Observa lo que consumes en redes, en libros. Observa tus pensamientos al levantarte, a lo largo del día, y hacia dónde de forma natural caminan tus principales sueños.
Cuando piensas en tus hijos, ¿qué es lo principal que tú quieres heredarle a esos hijos que tienes? ¿Qué es eso preciado que tú dices: “Yo quiero que esta marca quede en ellos, que si un recuerdo mío queda en ellos, que sea esto”? Y entonces te diré de qué te estás gloriando. ¿Qué es eso que tú observas como la fuente de tu gozo, de tu identidad, de tu seguridad? En otras palabras: ¿qué diría tu tarjeta de presentación? Pablo dice: “Yo tuve todo, cualquier cosa de la cual pude haberme sentido orgulloso, pero cuando he conocido la perfección que existe en Cristo Jesús y su regalo inmerecido para mí, de entregarme su perfección a cambio de mi inmundicia, yo ahora… eso si está bien, si no está bien, no importa, porque tengo a Cristo”.
Yo no sé ustedes, pero yo fallo mucho en esto.
Por eso necesito el Evangelio. Por eso necesito rescatar cada día que ciertamente yo no soy merecedor de eso y que todos los días tengo que recordarme: “Uy, no lo logro”. Y que, a pesar de que yo no lo logro, no importa: soy más amado de lo que alguna vez creí. Soy más amado de lo que yo alguna vez merecí. Eso es Cristo.