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Cristo es la roca

Mateo 7:21-29

Nuestra fe, nuestros pensamientos y nuestra cosmovisión deben estar cimentados sobre Cristo como roca eterna, para resistir las corrientes de este mundo y vivir como verdaderos discípulos obedientes.

Predicado2 de junio de 2024
PredicadorRandy Rosado
TranscripciónAutomática

Dios les bendiga, mis hermanos. Que el Señor les bendiga más. Para mí es un gran gozo poder estar aquí para hablar de su Palabra, la cual el Señor nos ha dado para que nos sirva como herramienta para cada día más formar ese carácter de Cristo en nosotros. Mientras preparaba el mensaje y este bosquejo, hice algunas investigaciones porque van muy de la mano con lo que quiero transmitirles en el día de hoy. Por ejemplo, para poder hacer o construir una edificación o un edificio, hay ciertos parámetros que deben cumplirse para que esto se lleve a cabo.

Se hace un estudio de viabilidad para analizar los factores de la ubicación, el costo, la demanda, incluso el mercado, aspectos legales, entre otros. También cuentan con lo que es un diseño y una planificación; esto no es a lo loco, mis hermanos. Donde se elaboran planos y diseños por parte de un arquitecto o persona especializada. Esto incluye también una distribución de espacios, características estructurales, instalaciones y lo que es el acabado. También está la obtención de permisos y licencias; estos son los permisos que se utilizan para que las autoridades locales puedan dar lo que es el visto bueno, para que entonces así se pueda llevar a cabo la construcción.

Luego viene la preparación del terreno, donde se realiza la limpieza y la nivelación del terreno, la excavación y los cimientos. Donde se excava el terreno para construir las bases, lo que nosotros conocemos como una buena zapata, de tal forma que la edificación esté bien fundamentada y no tenga ningún tipo de problema. También está por último ya lo que es el culminar la estructura de albañilería, las instalaciones, los acabados interiores y exteriores. Viene la inspección, la entrega y al final está el mantenimiento y la garantía del edificio. Es un proceso, y si es un proceso para algo que es material, que es pasajero, que no es eterno, imagínense el proceso que debe llevar, nosotros como cristianos, fundamentar una idea, un pensamiento, un criterio, una cosmovisión que nos acerque a entender más que nuestra fe debe estar fundamentada en Cristo Jesús.

No es fácil. Nuestro Señor utilizó una parábola de la cual vamos a trabajar en el día de hoy, donde Él ejemplificó y podemos hacer un símil acerca de esto. Es la parábola de los cimientos, porque para que un discípulo pueda luchar la lucha, valga la redundancia, pueda tener las fuerzas, pueda tener los argumentos, pueda tener una cosmovisión clara, pueda tener criterios, pensamientos, ideas contra lo que es la corriente del mundo, necesita establecer fundamentos sólidos en Cristo Jesús.

Cristo es la roca y el contexto del Sermón del Monte

Sin Cristo nada podemos hacer, y ese es el título del tema: “Cristo es la roca”. Y nosotros como creyentes debemos estar convencidos de que esa realidad está vigente en nuestros corazones y en nuestros pensamientos, porque si no es así, mis hermanos, hay cosas que pueden suceder que nos impidan alcanzar su divino socorro. Quiero que me acompañen al Evangelio de Mateo, capítulo 7, verso 21 hasta el 29. Es el Evangelio de Mateo, capítulo 7, versículo 21 hasta el 29, donde trabajaremos en la tarde de hoy; un texto muy conocido, un texto que nosotros lo hemos oído en varias predicaciones, en varios temas, un texto que incluso nosotros podemos aprendérnoslo fácilmente, tanto lo que Cristo dice como lo que más adelante enseña en medio de esta situación.

Dice la Palabra del Señor:

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad. Cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina. Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.

— Mateo 7:21-29

Amén, mis hermanos. Hay dos elementos fundamentales que quiero transmitirles en la tarde de hoy para que nosotros podamos comprender la magnitud de la enseñanza de lo que el Maestro estaba haciendo aquí, al final de un sinnúmero de enseñanzas que había comenzado en el mismo libro de Mateo. Nosotros hablamos de esas enseñanzas de las bienaventuranzas y también hablamos directamente de todas esas enseñanzas prácticas de fe, obediencia, testimonio, identidad y salvación que Cristo nos hace ver a través de este texto.

Entrando un poco en el contexto de lo que estaba sucediendo aquí antes de llegar a esta parte, es importante comprender que, como les decía anteriormente, esto es conocido como el Sermón del Monte, pero esta parte que acabamos de leer es la parte clímax, porque es el final de todas estas enseñanzas. De modo que, a través de la misma, la parte en la que incluso Jesús comienza estas enseñanzas, incluye la oración como una regla de oro. También hace hincapié sobre la puerta estrecha, dando alusión a cómo la puerta de la salvación conlleva un sinnúmero de sacrificios y conlleva muchas cosas para nosotros poder entrar por esa puerta.

Es decir, para nosotros alcanzar la salvación hay dos puertas: la puerta ancha, que es la puerta de la perdición; esa es la puerta más fácil de entrar porque nosotros, de antemano, ya somos pecadores. Por ende, todo aquel que no ha reconocido a Cristo como su Salvador, esa puerta está abierta para él. ¿Por qué? Porque es una puerta que, bajo nuestras propias concupiscencias y el pecado que mora en nosotros, podemos ir hacia la misma. Sin embargo, la puerta estrecha conlleva un sinnúmero de sacrificios, cosas que nosotros como creyentes debemos delegar directamente al Señor para que Él, con la ayuda del Espíritu Santo, nos haga comprender que le necesitamos a Él.

La puerta estrecha, los frutos y el verdadero discípulo

De forma tal que, al entrar por esa puerta, nosotros ya estamos asimilando lo que Cristo le dijo a alguien: si quieres seguir en pos de mí, niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme. Pasos sencillos, pero a la vez contundentes. De modo que caemos al final de todo esto, donde luego hay una antesala. Antes de llegar al clímax hay una introducción, y es que Cristo enseña cómo reconocer a un verdadero discípulo. Cristo, y también los discípulos con la inquietud, a través de todas estas enseñanzas que Él les había dado, preguntan: “Señor, ¿cómo nos damos cuenta cuáles son los verdaderos creyentes?”. Y Él les dice que por sus frutos van a conocer a esos discípulos.

De modo que todas estas enseñanzas del Sermón del Monte llegan directamente para un proceso de edificación de identidad, de salvación, de fe y obediencia para nuestras vidas, una fe práctica. De tal manera que incluso muchos han dicho que si solamente se enseñaran las enseñanzas del Sermón del Monte, sería suficiente para que un verdadero creyente comience a caminar una vida de discipulado en el Señor. Y aquí entonces entramos a la parte de que nosotros, para conocer y evidenciar a un verdadero creyente, lo vamos a hacer a través de esos frutos que ese creyente comienza a manifestar, esos frutos de arrepentimiento y fe.

Y llegamos entonces a la parte final, cuando Cristo hace esta alusión en cuanto a lo que estaba aconteciendo, para que los cristianos puedan comprender que necesitan fundamentar todas sus fuerzas, sus pensamientos, su corazón, sus creencias, su cosmovisión del Evangelio en Él y solamente en Él. De modo que yo dividiría esto en dos subtemas, y el subtema número uno es: ser un verdadero discípulo de Cristo que mantiene una relación con Él en arrepentimiento y fe.

Comienza el texto diciendo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, en tu nombre echamos fuera demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”. Es interesante que no solamente se trata de reconocer el señorío de Cristo y reconocer su autoridad, porque incluso muchos de los que estaban tratando con Él en ese momento, muchos de los que le seguían entonces, reconocían la autoridad de Cristo.

Incluso, ahorita en la escuela dominical estaban hablando acerca del tema de cómo se reconoce la autoridad de Cristo y la autoridad con que hace las cosas, y ellos respetaron esa parte, porque Él tenía poder, como quien tiene la autoridad. De forma tal que reconocer la autoridad de Cristo no significa necesariamente que tú tengas una relación con Él, no significa que tú seas un verdadero discípulo, no significa que tú estés dentro del redil. Porque muchos que todavía no han venido a los pies del Maestro, y aunque han reconocido por fe que Él es Salvador, no han confesado realmente dentro de su corazón que Él es su Señor.

Creer, confesar y la diferencia entre decir y vivir

De modo que incluso nosotros, viviendo en un país con la cultura que tenemos, nos damos cuenta de que somos un país muy “cristiano”, un país muy creyente. Pero el hecho de creer no significa que ya con eso yo tengo una relación con el Señor. Pablo detalla muy bien la parte de confesar, en Romanos 10 del 1 al 13, de cómo nosotros damos ese paso de confesión para alcanzar la salvación. Romanos 10 del 1 al 13 dice lo siguiente:

Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación. Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia; porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios; porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree. Porque de la justicia que es por la ley Moisés escribe así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas. Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Mas, ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.

— Romanos 10:1-13

Hay una gran diferencia, mis hermanos, entre confesar y decir. Confesar conlleva directamente una confesión de fe y arrepentimiento que viene desde el corazón, y esto lo hace el Espíritu Santo en nosotros. Decir es otra cosa; son dos cosas diferentes. Porque cuando Cristo hace esta analogía, este ejemplo, Él dice: “Muchos me dirán en aquel día…”, me dirán: “Señor, Señor, no profetizamos, no hicimos…”. Esas cosas que ellos hicieron, Cristo las permitió para la edificación de su casa, porque el Señor permite y utiliza a los hombres para que su redil sea completado. Pero no es lo mismo decir que confesar.

De manera que hay una diferencia, no solamente en lo que yo digo por mi boca, sino en lo que está dentro de mi corazón y en cuándo y cómo yo lo realizo. Una cosa es decir: “Yo creo en el Señor”, y otra cosa es decir: “Yo creo en el Señor, pero también yo comienzo a obedecer al Señor”. Es decir, que esto conlleva un sinnúmero de cosas que vienen a raíz de que entendamos que la confesión produce un cambio en el corazón. De modo que ese cambio en el corazón comienza a plasmarse, y esos frutos del Espíritu comienzan a evidenciarse en la vida de cada uno de nosotros.

Confesar a Cristo delante de los hombres

Y ya yo no soy de la parte que dice: “Yo creo en Cristo”, sino que soy de la parte que dice: “Yo vivo por Cristo”. De modo que ya no digo solamente: “Yo creo en el Señor”, sino: “Yo he creído que el Señor le levantó de los muertos y yo tengo un espacio reservado en los cielos, por gracia y por misericordia de parte de Dios”. El mismo Jesús dice en Mateo 10:32-33 lo siguiente:

Cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.

— Mateo 10:32-33

Confesar delante de los hombres: “Hermano, ¿usted es cristiano?”. “Sí”. “¿Y usted se comporta como cristiano?”. “Sí”. Eso es parte de la confesión, porque hay un testimonio que se está dando. Pero hay personas que dicen: “Yo creo en el Señor, pero yo no soy cristiano”, o: “Yo creo en el Señor a mi manera”, o: “Yo creo en el Señor según mis criterios y convicciones”. Y el Evangelio no funciona de esa manera, porque debe haber un cambio de adentro hacia afuera, y ese carácter de Cristo, de manera progresiva, debe evidenciarse en la vida de cada uno de nosotros.

De modo que, para comenzar a fundamentar en la roca que es Cristo, lo primero que debe haber es una confesión de que yo le creo al dador de la vida, de que yo le creo al dador de la salvación, de que estoy convencido de que el Señor resucitó de los muertos y que hay un espacio en la eternidad para cada uno de nosotros. Esto que el Señor está tratando aquí prácticamente es el día del juicio, donde Él está justificando incluso por qué, si vemos aquí, aquellos de los que Cristo está hablando están justificando las obras que hicieron por el Señor.

Y Cristo no está buscando una justificación de lo que tú estás haciendo; Cristo está hablando acerca de una relación que tú tengas con Él. De modo que el hecho de que tú hagas obras no garantiza que tú alcances el cielo. El hecho de las cosas que tú estás haciendo para el Señor no te garantiza la salvación, y no está mal, mis hermanos, porque estamos aquí para obrar en todo lo que el Señor nos ayude. Sin embargo, el Señor está hablando aquí de una relación con Él, de forma tal que se proyecte su carácter cada día en ti un poquito más. No es que hoy mismo te parezcas a Cristo, es que cada día la evidencia en tu vida debe ir forjando, de manera progresiva, el carácter de Cristo.

Relación, carácter de Cristo y obra del Espíritu Santo

De modo que el carácter de Cristo comience a evidenciarse en nosotros. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Para que eso sea una realidad en tu vida, algo debe comenzar a trabajar de adentro hacia afuera, de forma tal que tu carácter se moldee al carácter del Señor. Y esto comienza con una relación; esto no comienza de la noche a la mañana, esto se forja con una relación. Y ese primer paso es reconocer a Cristo como tu Señor y Salvador. Por medio de la misma tú vas a obtener ahora, a través del Espíritu Santo, la convicción y la certeza para ir al trono de la gracia, en oración y a su Palabra, para que Él te guíe a formar ese carácter en tu corazón.

De modo que ya no somos nosotros, sino Cristo en nosotros. Y lo que antes fuimos por causa del pecado ya no lo somos, y ahora somos una nueva criatura en Cristo Jesús. Las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas. Pero debe haber una confesión delante de los hombres, delante de la congregación, pero sobre todo que esa convicción esté en tu corazón. Porque a veces nosotros podemos confesar para salir de cualquier situación; a veces podemos decir cosas, decir un “sí”, para hacerle creer a esa persona que logramos algo, para salir del paso. Esa convicción debe venir de adentro, mis hermanos.

Esto no es algo que a ti te estén poniendo una pistola en la cabeza; la salvación no es así, esto no funciona así. Debe venir de una intención del corazón. Porque ¿quién convence de pecado? El Espíritu Santo. ¿Cómo el Espíritu Santo convence de pecado? Hay algo en tu interior que se remueve cuando escuchas su Palabra, o cuando alguien está orando de parte de Dios para tu vida, de forma tal que, cuando eso comienza a suceder y ese fuego comienza a caminar en tu interior, entonces esa confesión comienza a proyectarse en tu vida.

No solo oidores, sino hacedores de la Palabra

Entonces ahí el Espíritu da testimonio a tu espíritu de que tú eres salvo. De esa manera tú confiesas de adentro hacia afuera, no de la boca para afuera, sino de adentro hacia afuera. El punto número dos, para formalizar y fundamentar que Cristo sea nuestro fundamento y nuestra roca, es el siguiente: no solo ser oidores, sino también hacedores de su Palabra.

Dice el versículo 24: “Cualquiera, pues, que oye estas palabras y las hace…”. Cualquiera, pues, que oye estas palabras y las hace. No es solamente leer la Biblia por compromiso, por decir: “Señor, leí tu Palabra el día de hoy”, o por cumplir mecánicamente, como ahorita hablaba el pastor, algo que supuestamente es lo que un cristiano debe hacer. Está la intención del corazón con la que tú vas a las Escrituras, con la que tú vas a su Palabra. No es solamente escuchar el sermón aquí el domingo, no es solamente escuchar las dosis diarias en Spotify, no es solamente escuchar a un buen pastor, no es solamente escuchar una buena adoración.

Sino, mis hermanos, que tu vida debe estar manifestada, relacionada, y tu corazón debe tener el entendimiento y tu mente debe abrirse para que el Señor comience a trabajar con su Palabra en tu corazón. Y esto producirá el hacer la Palabra. Ese “las hace” que Cristo utiliza es tan imperativo que significa, mis hermanos, que es un mandato, es una orden. Porque no solamente es oír, sino hacer. La fe viene por el oír de la Palabra de Dios, pero la fe sin obras es muerta. Es decir, que para nosotros creer la Palabra del Señor debe haber un movimiento en nuestras vidas que nos proyecte a movilizarnos a hacer la voluntad del Señor.

No puede haber una lectura comprensiva de la Palabra y que eso no provoque en mí un cambio, ni que sea lo más mínimo, para que yo comience a actuar de una manera cristocéntrica, de forma tal que ese carácter de Cristo se va fundamentando por su Palabra. Pero si yo no voy con la intención correcta del corazón a la Palabra, puede ser una lectura comprensiva solamente de conocimiento, pero no de transformación. Pablo dice en Romanos 12:2:

No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

— Romanos 12:2

Por donde se comienza a hacer el cambio del creyente, es en la mente. Ese cambio del que Pablo habla es una metamorfosis, que no es un cambio de la noche a la mañana. Es un cambio de que, si tú pasaste de oruga a mariposa, tú no tienes que volver atrás ni puedes volver atrás.

Transformación progresiva y lucha contra el pecado

De forma tal que la Palabra del Señor va a dar evidencia en nuestras vidas de que está haciendo un cambio progresivo. Cuando lo que yo era ya no lo soy, o las acciones que yo hacía en un momento determinado, que las hacía de manera improvisada, incluso inconsciente, ya no las hago, porque mi cuerpo está siendo limitado por el Espíritu. Y esa es una parte del fruto del Espíritu que se llama dominio propio, que comienza a manifestarse en nuestras vidas cuando ya no es el pecado que vive en mí, que yo vivo esclavo de él, porque dice la Palabra que ya no somos esclavos del pecado, ahora somos esclavos de Cristo.

De modo tal que ya yo no puedo vivir una vida conforme a lo que el pecado quiere hacer en mi vida, sino que ahora vivo una vida conforme a lo que el Espíritu va a hacer en ella. Y de tal forma entonces comienzo en esa lucha interna todo el tiempo. Y esa lucha, mis hermanos, se va a acabar en dos formas: que Cristo venga o que partamos a su presencia. Entonces hay muchos que dicen: “Bueno, hermano, yo siempre tengo una lucha constante; yo a veces me cuestiono si realmente soy un verdadero creyente, porque constantemente tengo una lucha interna, porque estoy luchando con pecados que muchas veces me impiden avanzar”.

Hermanos, el hecho de que usted esté luchando constantemente con ese pecado significa que es el Espíritu Santo que está en usted. Ahora bien, no debe permanecer en ese mismo estado, porque también la Palabra me dice que todo debe ser de manera progresiva. Entonces, como yo voy en crecimiento constante, yo no puedo estar como estaba hace cinco años en el Señor. No hablamos de lo secular, sino en el Señor. En el Señor debe haber un cambio progresivo en el creyente; usted no puede ser el mismo creyente de hace diez años.

Incluso yo me he topado con hermanos que me han dicho: “Mira, hermano, yo tengo 30 años en el Evangelio, pero tengo 5 conociendo a Cristo”. O sea, que muchos años él decía ser, pero dentro de esos 5 años él comenzó a confesar y a fundar la roca en su corazón, que es Cristo. De forma tal que entonces ahora sus ojos veían realmente, pero antes estaban ciegos espiritualmente. “De oídas te había oído —dijo Job—, mas ahora mis ojos te ven”. Eso pasa cuando tú tienes un encuentro real con el Señor.

Ahí entonces él pasó, en su vida, de ser de aquellos que decían: “Señor, Señor, en tu nombre hicimos tales cosas”, y comenzó a ser de aquellos que obedecen su Palabra y obedecen de todo corazón. Santiago dice:

Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.

— Santiago 1:22-25

No puede haber un cambio sin una acción en nosotros. Dicen por ahí que, para ver un cambio, debemos hacer cosas diferentes; en el Evangelio funciona de una manera un poquito contraria: en el Evangelio funciona así: para que haya un cambio, debes hacer algo constantemente, siempre.

Oración y Palabra como estilo de vida

Oración y Palabra. Y eso no es una rutina; eso debe ser un estilo de vida. De forma que, para comenzar a andar bajo los preceptos del Señor, primero dije que debe haber una confesión. Es decir, para tú comenzar a fundar un fundamento sólido y que puedas caminar una vida donde constantemente vas a ser oprimido, donde constantemente vas a ser perseguido por tus creencias, esto tú no lo puedes hacer solo: necesitas a Cristo. Y para ello, confesar que Él es tu Señor.

Y así mismo entonces, ese cambio comienza a ser progresivo de adentro hacia afuera; el Espíritu Santo comienza a trabajar en nosotros, nos lleva a su Palabra, y la intención con la que vamos a la misma nos permite poder tener una identidad, tener un sentido de obediencia, tener esa fe para creer que Él ya nos salvó y que somos salvos por gracia, por su amor y su misericordia. Ir a su Palabra nos va a conectar directamente con conocer al Dios que le servimos. Tú no puedes creer o servir a alguien a quien tú no conoces.

De modo que ir a su Palabra es lo que nos va a ayudar a poder permanecer en Él. Me encanta un comentario bíblico que pude ver con referente a esto, y dice lo siguiente: “No te preocupes por lo que no entiendas de la Biblia, preocúpate por aquello que entiendes y no aplicas en tu vida”. O sea, tú no necesitas ser un teólogo para comportarte como un verdadero discípulo del Señor. El Señor da según la carga que nosotros podemos llevar; la carga que podemos llevar, el Señor la divide de diferentes maneras. Ahora, también los dones que el Señor da, los da según lo que Él entienda que nosotros vamos a recibir.

Pero no se trata solamente de que tú conozcas mucho y apliques poco; preocúpate mejor por lo que tú sabes, aplicarlo. No es tanto el conocimiento, sino la aplicación que tú tengas de ello. Tú puedes saber; mis hermanos, los ateos se saben la Biblia completa y la utilizan para poder debatir tu fe, porque ellos necesitan conocer a quién van a tener de contrincante. Sin embargo, el hecho de tener conocimiento no significa que tú estés lleno del Espíritu para que apliques ese conocimiento a tu vida.

Fíjense que la Biblia sin Cristo es solamente un libro, una literatura. Pero con Cristo comienza a ser un estilo de vida que va transformándonos de adentro hacia afuera. “Cualquiera, pues, que oye estas palabras y las hace…”. Nuestra fe y obediencia, nuestra cosmovisión, debe estar fundamentada en Cristo, que es la roca, la roca fuerte.

Fundados sobre la roca frente a las corrientes del mundo

No podemos pretender vivir una vida ignorando la realidad de cada uno de nosotros como creyentes: que el cristiano, en un mundo caído como este, para poder permanecer, no puede pensar que por sus propias fuerzas y por sus propios argumentos va a poder llevar el Evangelio de manera fiel. Es imposible, mis hermanos. Gracias al Señor que Él está, y Él dice lo siguiente: “Le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, vinieron ríos, soplaron vientos y golpearon contra aquella casa, y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca”.

Es decir, yo, yendo a la Palabra del Señor, buscando su rostro en oración, cuando comienzo a aplicar lo que la Palabra está diciéndome a mi vida y a la tuya, entonces Cristo te compara con un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca. Y vinieron vientos. ¿Qué significan esos vientos? ¿Qué significan esa tempestad, esos ríos? Si nos vamos al contexto, Cristo está hablando acerca de la corriente de doctrinas, de falsa doctrina, porque Él está hablando de eso.

Pero podemos llevarlo incluso un poco más allá, al contexto de nuestras vidas. Y es que el sistema está corrompido por causa del pecado, y todo lo que nosotros movilizamos aquí en la tierra tiene una repercusión directa. El sistema de pensamiento del mundo, ¿cuál es? Odio, envidia, idolatría, hechicería, hombre con hombre, promoción directamente de la homosexualidad, una Agenda 2030 que ya ustedes saben lo que conlleva: un desorden absoluto. Sin embargo, para tú poder vivir en medio de ese desorden necesitas estar fundamentado en la roca, que es Cristo.

Sin Cristo, cualquier doctrina o corriente fuera de los preceptos de su Palabra, cualquier enseñanza, cualquier movimiento, cualquier Agenda 2030 que se oye muy bonita, pero por debajo va quemando, va a movilizarte a ti y hacerte caer directamente en ese viento doctrinal. No vas a poder discernir incluso cuando alguien te está predicando la Palabra o cuando alguien está predicando de parte de su propio corazón, nada más emocional. No vas a poder discernir cuándo alguien realmente está hablándote de Cristo y cuándo alguien está hablando de manera emocional.

No vas a poder discernir cuando alguien te está diciendo cosas bonitas, pero por detrás están quemando para que tus hijos puedan ver cosas que contradigan los preceptos y enseñanzas que tú les has dado. No vas a poder detener las lanzas del enemigo y vas a quedar preso ante los ganchos que él te va a tirar. Necesitas estar fundamentado sobre la roca. La roca es Cristo. No es tu conocimiento, no es tu profesión, no es tu poder adquisitivo, no es tu posición, no es el poder y la autoridad que tú tengas aquí en la tierra lo que te va a permitir permanecer firme ante las enseñanzas y la malicia del enemigo.

Nada de eso te va a ayudar. Solamente lo puede hacer Cristo. Si Cristo sale fuera de esa balanza, sucede lo siguiente: “Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena. Y descendió lluvia, vinieron ríos, soplaron vientos y dieron con ímpetu contra esa casa; y cayó, y fue grande su ruina”.

El mismo viento para todos y el desafío de obedecer

Es interesante, mis hermanos, que nosotros podemos ver aquí lo que Cristo está diciendo. Fíjense que tanto el ímpetu, los vientos, los ríos y el golpe incluso fueron lo mismo para ambas casas. Si vemos la lectura, nos damos cuenta de que toda esa corriente que Cristo está diciendo, que va directamente a atacar al corazón y a la vida del creyente, es la misma para el prudente y para el insensato. Es decir, que nosotros aquí en la tierra no estamos exentos de que nos pasen cosas, tanto al que cree como al que no cree.

Porque a veces creemos que el cristiano debe vivir como en una burbuja, que el Señor no puede permitir que sucedan cosas en la vida de cada uno de nosotros. “¿Cómo va a ser que en un culto, en una iglesia, entre un hombre con un arma y acabe con todas esas personas?”. Y tú dirás: “¿Pero qué es esto?”. El Señor sabe lo que hace. Dice la Palabra de Dios que todo obra para bien a los que conforme a su propósito son llamados. Entender el propósito de Dios en nuestra vida es lo que se nos hace difícil.

Porque lo más difícil que podemos tener nosotros como cristianos, incluso como no cristianos, es obedecer. Al ser humano se le hace difícil obedecer. Y por ende, para obedecer al Señor, para poder fundamentar sobre la roca, necesitamos obedecer su Palabra. Y al obedecer su Palabra, se produce en nosotros un mover; ese mover produce en nosotros un accionar; al accionar, ¿qué estamos haciendo? Poniendo en fundamento lo que hemos aprendido. De forma tal que ya no soy el que era hace cinco, tres, diez, quince, veinte, treinta años, sino que ahora comienza a visualizarse en mi vida, en mi estilo de vida, a Cristo, poco a poco, de manera progresiva.

Lo que antes fui ya no lo soy; lo que antes yo decía ya no lo digo; mis conversaciones cambian, o deberían cambiar, a conversaciones que proyecten más a un verdadero discípulo del Señor. De forma tal que, para poder sobrellevar las corrientes del mundo, necesitamos fundamentar directamente nuestra fe, convicciones, creencias, valores, criterios, pensamientos críticos y no críticos en Cristo, para que entonces podamos caminar en un mundo que está perdido en sus delitos y pecados, pero que nosotros ya tenemos una garantía de salvación en Cristo Jesús.

Cristo es la roca, y es la roca eterna. Hay textos que hacen alusión constantemente a esta parte, y la podemos ver en los apóstoles, donde hablan acerca de esto mismo, de en quién debemos estar fundamentados. Primera de Corintios 10:4 dice lo siguiente:

Y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo.

— 1 Corintios 10:4

Efesios 2:20 dice:

Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo.

— Efesios 2:20

Primera de Pedro 2:4 dice:

Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa.

— 1 Pedro 2:4

Cristo es la roca, Cristo es la piedra angular. Primera de Pedro 2:6 dice:

Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en él, no será avergonzado.

— 1 Pedro 2:6

Cristo es la roca. Primera de Pedro 2:7 añade:

Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; pero para los que no creen, la piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo.

— 1 Pedro 2:7

Una buena zapata: confesión, fe y obediencia

Cristo es la roca, mis hermanos. Nosotros sabemos y entendemos que, para que una construcción pueda darse, lo primero que se debe hacer es una buena zapata. A tal que el que sabe, lo sabe: debe haber una buena zapata, debe haber un buen cimiento en nosotros. De forma tal que, al comprender que necesitamos fundamentar nuestra fe en el Señor, se implican esos puntos que yo había hablado: confesar primeramente que Él es nuestro Salvador y Señor, y que el Señor murió, pero al tercer día resucitó de los muertos, de forma tal que ahora tenemos un pase directo a la eternidad juntamente con Él. Ya esas moradas están preparadas y hechas para todos los que han de ser salvos.

También debemos confesar directamente esa parte de que Él es nuestro Salvador, porque entonces, al confesar, viene un cambio de adentro hacia afuera: el Espíritu Santo comienza a trabajar en nuestras vidas, de forma tal que comienza a verse, de manera progresiva, el carácter de Cristo fundamentado en nosotros. Esto nos va a llevar a tener una fe firme; esto nos va a ayudar a tener una identidad en el Señor; esto nos permite obedecer al Señor. Le decía que lo más difícil para un hombre es obedecer. Al niño tú le dices “no”, y él dice “sí”, aun siendo pequeño.

Y dices: “No, porque el niño no tiene pecado”. Sí, él nació siendo hombre, es un pecador desde que nace; por eso las acciones negativas que usted ve en un niño, las hace, porque es un pecador, aunque él no está consciente del pecado en el momento. De forma tal que ahora el Espíritu nos lleva a obedecer al Señor, y por ende obedecer implica ser de esos hacedores y no solamente de esos oidores de su Palabra. Esa vida que nos va a permitir conectar constantemente en oración y en su Palabra son el complemento perfecto, es el A, B, C del cristiano, para que pueda formarse poco a poco y que, de manera progresiva, podamos ver el carácter de Cristo fundado en nosotros.

Cuando tú tienes el carácter de Cristo fundamentado en tu corazón y en tu mente, no hay viento, no hay doctrina, no hay enseñanza, no hay ideología, no hay agenda que pueda impedir, cambiarte o hacerte dudar de que tu Salvador está por encima de todo. De forma tal que Cristo comienza a ser el centro. Dice la Palabra: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas os serán añadidas”. Para que esto suceda, debe haber un fundamento sólido en el Señor; esto no puede suceder si Cristo no es el pilar, la piedra angular de tu vida y de tu corazón.

A veces choca toparse con esta realidad, pero esta realidad nos permite abrir un abanico de posibilidades para poder entender que necesitamos todos los días del Señor. Que no es por nuestras propias fuerzas, no es por nuestros propios criterios, ni siquiera por nuestros propios pensamientos que vamos a poder sobrellevar una corriente tan fuerte como la que estamos viendo en el día de hoy. Muchos dicen: “No hay persecución física”. En algunos países sí la hay, pero tú y yo, que estamos aquí de este lado del mundo, tenemos una persecución intelectual, que es peor, porque esa se adentra de una manera sigilosa en la vida y en la familia.

Discernir con el Espíritu y vivir para la eternidad

¿Cómo tú vas a discernir esa parte? ¿Cómo tú vas a tener los ojos abiertos y no vas a tener la venda, para poder abrir los ojos y estar atento, y como decimos en buen dominicano, ponerte “moca” cuando veas algo raro, o “chivo” cuando algo raro tú sabes que no está bien? Necesitas al Espíritu Santo. El Espíritu Santo te da ese discernimiento, pero para tú tener al Espíritu Santo, primero necesitas a Cristo en tu corazón. Sin Cristo no hay Espíritu; cuando tú recibes a Cristo, entonces eres bautizado por el Espíritu, entonces el Espíritu comienza a trabajar en ti, en tu mente, en tu corazón, para que incluso puedas ver la Palabra con los ojos del Señor y no con los tuyos, y puedas comprender la Palabra con la comprensión de Cristo y no con la tuya.

Tu intelecto no significa nada para poder sobrellevar la corriente que vivimos en el día de hoy. Tus enseñanzas, tu criterio, tu poder; tú puedes tener todo el poder del mundo. Fíjense que los grandes poderosos del mundo quisieran dar su fortuna completa por un minuto, un segundo, dos días, tres días de vida más, y no pueden, porque al final del día, mis hermanos, ellos están pensando en lo pasajero. Pero nosotros, cuando venimos a Cristo y comienza a forjarse el carácter de Él en nosotros, pensamos en la eternidad y no en lo que tenemos a nuestro alrededor.

De forma que ya no vivimos nosotros, sino que vive Cristo en nosotros. Y como Él dijo que “separados de mí nada podéis hacer”, si nosotros leemos ese texto con esa palabrita tan chiquita pero tan grande que dio Cristo, que “separados de Él nada podemos hacer”, el Señor tiene que ponernos los pies sobre la tierra, para entender que esto no es por nuestras propias fuerzas, sino depositar la fe en el Señor, que es nuestro fundamento y nuestra roca viva.

Es la roca eterna, la roca viva, y por Él es que nosotros vamos a poder permanecer. Y aunque vengan vientos, aunque vengan doctrinas, aunque vengan sinnúmero de movimientos, agendas y lo que sea, tu fe estará fundamentada en Cristo y, por ende, tú vas a seguir convencido de que Él es tu Salvador, Él es tu Rey de reyes y Señor de señores. Si tú, amigo, que estás aquí de visita en el día de hoy, aún no has confesado con tu boca y con tu corazón que Cristo es el Señor, y no has decidido obedecerle para que así comience a haber una transformación en tu mente y en tu corazón, este es el tiempo.

Llamado a la salvación y conclusión: Cristo es la roca

Aún hay tiempo, pero después no lo habrá. El día y la hora no lo sabemos, pero Cristo regresará. Y hay dos formas, yo les dije, de que eso suceda con nosotros: que Él venga, o que nosotros partamos al cielo, y hay una parte que tampoco sabemos; nadie sabe el día y la hora en que se va a morir. O sea, el kairós de Dios en nuestra vida ya está establecido: el día y la hora en que vamos a fallecer, pero también está establecida su venida, y Cristo regresará por su pueblo, y su pueblo oye su voz y la obedece; no solamente la escucha, sino que la obedece.

Sé que hay alguien que no ha conocido al Señor; este es un tiempo precioso para tener un encuentro con Cristo. Y no es que tu vida va a cambiar de la noche a la mañana, sino que tu vida va a ser mucho mejor, aun en medio de la situación. Él dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. Cristo es la solución para que nosotros, aun en medio de las situaciones difíciles, tengamos un reposo y una paz que sobrepasa todo entendimiento.

Cristo es la roca. Cristo es la roca en las enfermedades. Cristo es la roca en los problemas emocionales. Cristo es la roca en los problemas matrimoniales. Cristo es… Cristo es el psicólogo, aunque hay que ir a terapia humana. Cristo es el dueño de la ciencia, porque incluso lo que tú tienes como ciencia y conocimiento lo tienes porque Cristo lo ha permitido así. Él es el dador de la ciencia. Tú eres lo que eres porque aún Dios lo ha permitido así. Toda dádiva y todo don perfecto proviene de quién: del Padre de las luces.

O sea, que nuestra vida debería girar en torno a Cristo, y no nosotros girar en torno al mundo. Hermano, es una forma de poder entender que necesitamos fundamentar constantemente nuestra fe, nuestra mente y nuestro corazón en Cristo Jesús. Cristo es la roca.

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