Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
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Cuentale a los tuyos

Marcos 5:1-20

Dios nos llama a contarle a los nuestros las grandes cosas que Él ha hecho con nosotros, de manera que su misericordia y su poder sean exaltados y no nuestra vanidad.

Predicado16 de diciembre de 2012
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Nos encomendamos a ti, Señor, en este tiempo. Gracias porque en medio de esta temporada de Navidad también nosotros nos recordamos de mirar hacia atrás para decir: Señor, gracias. Te agradezco de manera especial la forma en que tú nos has traído hasta aquí, gracias por cada sermón predicado en este año. Señor, permite que hoy no sea la excepción, permite que podamos escuchar tu voz claramente, permite, Señor, que seas tú conduciendo a tu iglesia a través de tu palabra. Permite que nuestro entendimiento esté hoy dispuesto para la verdad, permite que cualquier cosa de valor secundario, Señor, o hasta sin valor, que hayamos estado atesorando en nuestras mentes, en este momento sea reemplazada por tu perfecta revelación.

Permite que tu iglesia hoy se encuentre contigo, Señor, en este terreno común que es tu preciosa voluntad. Permítenos, Padre, ponerla por obra, glorifícate tú en medio de tu pueblo. En el nombre de Jesús. Amén. Si buscan sus bosquejos, si buscan sus programas, dentro está la porción de la Escritura que estaremos considerando hoy, que es el libro de Marcos. En el capítulo 5 leeremos desde el versículo 1 y hasta el versículo 20. Le había comentado, hablando de este sermón hace unos cuantos domingos, que es un sermón que yo he contado que se ha predicado ya tres veces y, al igual que un sermón que hay por ahí sobre la familia y otro sobre los frutos, ha sido de los sermones que yo más veces he predicado. Vez tras vez vuelvo a la misma porción de la palabra del Señor, hermano, y vuelvo a encontrarme de frente con la voluntad del Señor en este sentido.

Considero importante hablar de esto porque, tal como dice nuestra introducción, el Señor espera que les contemos a nuestros familiares, amigos y relacionados las cosas que Él ha hecho por nosotros. Sin embargo, tenemos que ser cuidadosos, asegurándonos de compartir nuestro testimonio de forma tal que la gloria sea suya y no nuestra. Luego de la ingratitud que es recibir el beneficio de Dios sin dar las gracias, la siguiente tentación a evitar es la vanagloria. Esto significa contar lo que Dios ha hecho de forma tal que resaltamos nosotros y no Él. Hoy aprenderemos tres cosas: aprenderemos qué contar, aprenderemos cómo contarlo y aprenderemos para qué contarlo. La intención que tengo en esta enseñanza es que ustedes aprendan a testificar de Cristo de una manera que la gloria sea de Cristo.

La vanagloria, enemigo sutil del testimonio

¿Y ustedes me preguntarían: “Pastor, pero esto es necesario?” Claro que es necesario. Miren, el ser humano tiene dos enemigos que están adentro suyo: el primer enemigo que está dentro suyo es la carne, la cual nos compele vez tras vez a deshonrar al Señor, y el segundo gran enemigo es la vanagloria, que es como un monstruo. La vanagloria es tan sutil que, a veces, hasta en los momentos en que tenemos que proclamar la gloria del Señor, indirectamente entonces proclamamos la nuestra. Y hoy, que tenemos un tiempo especial para dar testimonio, me interesa que esos testimonios sean testimonios para la gloria del Señor y no para la gloria tuya, ni tampoco para la mía. El ego es un enemigo tan fuerte que hay veces que las personas quieren decir lo que el Señor ha hecho por ellos y terminan diciendo ellos lo que ellos han hecho a favor del Señor.

La otra razón que tengo para considerar esta porción, hermano, aparte del ego que compite dentro nuestro para llevarse la gloria de Cristo, es que es propicio el momento para hablar de la familia desde el punto de vista de Dios. ¿Y qué hace un cristiano en Navidad con relación a su familia? Acompáñenme en el libro de Marcos. En el capítulo 5 leeremos la palabra del Señor desde el versículo 1 y hasta el versículo 20. Capítulo 5 del Evangelio de Marcos, dice así la palabra del Señor:

Vinieron al otro lado del mar, a la región de los gadarenos. Y cuando salió él de la barca, enseguida vino a su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo, que tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas. Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar. Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras. Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se arrodilló ante él. Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes. Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo. Y le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos. Y le rogaba mucho que no los enviase fuera de aquella región. Estaba allí cerca del monte un gran hato de cerdos paciendo. Y le rogaron todos los demonios, diciendo: Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos. Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo aquellos espíritus inmundos, entraron en los cerdos, los cuales eran como dos mil; y el hato se precipitó en el mar por un despeñadero, y en el mar se ahogaron.

Los que apacentaban los cerdos huyeron, y dieron aviso en la ciudad y en los campos; y salieron a ver qué era aquello que había sucedido. Vienen a Jesús, y ven al que había sido atormentado del demonio, y que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio cabal; y tuvieron miedo. Y les contaron los que lo habían visto, cómo le había acontecido al que había tenido el demonio, y lo de los cerdos. Y comenzaron a rogarle que se fuera de sus contornos. Al entrar él en la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que le dejase estar con él. Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban.

— Marcos 5:1-20

Hermano, esta porción de la Escritura quizá tú no encuentras tu punto de referencia cuando tú ves a este endemoniado gadareno que vivía entre los sepulcros. Quizás tú dices: “Yo nunca he caído tan bajo, yo no me parezco a este hombre, este hombre no tiene nada que ver conmigo”. Lo primero que quiero demostrar es que una de las consecuencias del pecado es el aislamiento, y precisamente allá estabas tú.

El pecado y el aislamiento: sepulcros modernos

Dice que este hombre era indomable, era una persona que no podía… los grillos con él no podían, las cadenas con él no podían. Era un hombre que no tenía control de él mismo. Lo que había logrado el pecado con él era que él había estado aislándose. Primero, aislado de Dios; después del pueblo y de su familia; y en tercer lugar, aislado de la sociedad. En primer lugar te enseño esto: una de las consecuencias del pecado es el aislamiento. La sociedad, la comunidad, la vida en grupo, eso es algo que lo ha provisto el Señor a favor de nosotros, y una de las cosas en las que ha estado trabajando Satanás es dejar al ser humano en soledad.

Satanás, por medio del pecado, por medio de los demonios, ha estado azotando tanto al hombre, y lo que busca con esto es que el hombre se quede solo. El Señor, a través de Cristo, ha venido a buscar a este hombre y cuando ha venido a buscar a este hombre ha devuelto al hombre, inicialmente, a Dios, después a su familia y, en tercer lugar, a la sociedad. El aislamiento es una de las consecuencias del pecado. Y tú dices: “Pastor, pero yo no me siento identificado con este hombre, yo no estaba entre los sepulcros, yo no estaba en el desierto”. Así Dios te ve. Antes de venir a Cristo, tú estabas en el desierto, quizás en el desierto de la soledad.

Una de las cosas que yo testifico es que después que yo comprometí mi vida a Cristo, Rafael Pérez es una persona más sociable. Cómo yo respondía antes a mi círculo cercano era con violencia, era por medio de un lenguaje soez, y yo sabía cómo dañar a la gente. Tú me dirás: “¿Y tú te sientes identificado?” Claro que sí, allá vengo yo. Mis familiares que están aquí presentes podrán testificar que yo era indomable. Siendo un niño era violento. Si dañaba yo a mis padres, ¿no iba a dañar a mis tíos?, si dañaba yo a mis padres, ¿no iba a dañar a mis primos, a mis hermanos? Siempre recuerdo la imagen de una puerta en nuestra casa en Lucerna que tenía un hoyo en el medio porque Rafael Pérez, indomable, siendo un muchacho, ya yo estaba destruyendo puertas, hermano, dice la Escritura.

Que le ataban con cadenas y grillos, pero rompiendo las cadenas era impelido por el demonio a los desiertos. El que estaba impeliendo a este hombre a los desiertos era el demonio. La voluntad de Dios para nosotros es liberarnos de todo esto y devolvernos a la familia y a la sociedad. La voluntad del diablo, históricamente, ha sido aislarte de tu familia y de la sociedad. Quizás tú no te sientas identificado, pero quizás en tu casa hay aislamiento, hay personas con las cuales tú no compartes. Quizás hay personas que Satanás se ha encargado de dañar ahí tus relaciones. La voluntad del diablo es que tú vivas solo, la voluntad de Dios es que tú vivas en familia y que vivas en comunidad.

Desiertos internos: complejos, carencias y vacío

Es bueno el tiempo para recordar que el Señor te puede traer del desierto a tu familia y de la familia nuevamente insertarte en la sociedad. Hermano, los complejos físicos… ¿Cuántas personas testifican que antes de venir a Cristo vivían para avergonzarse de su cuerpo y decían: “Yo me siento mal por cómo soy”, en depresión? Lo sorprendente es que la gente más depresiva con relación a su cuerpo normalmente son las personas más bonitas físicamente. Yo no saco bien ese asunto, pero las personas que menos tienen de qué avergonzarse de sus defectos físicos son las personas que vienen más aterrorizadas de estas cosas.

Hermano, del desierto de los defectos físicos y de los supuestos defectos físicos que no son nada, sino que son ilusiones que el pecado ha estado creando en ti, de acuerdo a una expectativa que no es real, que no glorifica al Señor, sino que glorifica al enemigo del Señor, de ahí quizás el Señor te sacó a ti. Y muchas personas testifican que después de venir a Cristo comenzaron a sentirse bien con sus propios cuerpos. El gordito bueno ahí, el flaquito también, porque los extremos… hay gente acomplejada porque es muy débil, hay otro muy flaco, hay otro porque es muy gordito, hay otros porque tienen los ojos grandes, otros porque es la oreja, otros que es la nariz. Hermano, tú tienes las proporciones que el Señor te ha permitido tener, y cuando una persona viene a Cristo comienza a sentirse bien hasta con su propio cuerpo.

Pero ¿cuántas personas habían sido esclavizadas? Desiertos, hermano: las carencias materiales, los problemas de salud, la falta de propósito, estas personas que caminan como sin ningún sentido en la vida. El Señor te sacó quizás de allá: del vacío interior, los vicios. Los vicios… siempre son las mismas cosas que se testifican: los vicios de la droga, el alcohol. ¿Cuánta gente ha sido libertada por el Señor de una vida sin propósito, mirando un televisor? ¿Cuántas personas están atadas a este tipo de vicios sociales, de los cuales no ven las perspectivas que esto tiene? Yo entiendo que así como el Señor sacó del desierto al endemoniado gadareno, te ha sacado a ti de algún desierto.

El Señor nos ha librado de tantas cosas, de las cuales nosotros ni siquiera estamos aún conscientes. En la miseria en que vivimos, en la ignorancia en que vivimos cuando el Señor nos liberta, muchas veces las personas se quedan allá y piensan: “No, yo salí por mí mismo”. Hermano, de ahí tú no podías salir. De los problemas familiares que tú vivías tú no podías salir de ahí. De las tensiones en que tú vivías ahí tú no podías salir.

Testimonio personal: la mano de Dios en la familia

Yo no quiero adelantarme a testificar por mi familia, pero yo tengo que ver la poderosa mano de Dios obrando a favor de mi familia paterna. Las crisis que había en mi familia, solamente por la ayuda del Señor pudimos nosotros salir de ahí en pie. Los momentos de angustia, los momentos de desesperación… yo recuerdo momentos en que estábamos todos desperdigados: uno en Santo Domingo, una hermana mía vivía en un lugar, la otra vivía en otro, y yo y otra hermana vivíamos en otra parte, y mi mamá vivía en otro pueblo. Y de allá nos sacó el Señor por su misericordia, por su misericordia. Recuerdo yo abandonando la casita paterna con una camita en un camioncito platanero, buscando a ver dónde nos dan habitación, dónde nos dan alojamiento. De allá nos sacó el Señor por su misericordia.

Hermano, yo no sé de dónde el Señor te ha sacado, pero vengo a incentivarte a que no te quedes con esto como: “Mira, que yo soy bueno, que somos una familia honorable, que somos fuertes”. Tú no eres fuerte nada, hermano. El Señor te sacó de allá. Y cuando el Señor te saca, lo que tú tienes que hacer es proclamar la misericordia del Señor, que la gloria sea suya y no tuya. Recuerdo de niño un accidente que presencié, era frente al parque, al parque principal de Azua. Yo venía del colegio con unos amiguitos y venía un motorista, y el motorista venía ahí, y en la intersección se encontró con un vehículo. Impactó contra el vehículo y el motorista cayó por otro lado.

Y lo que yo recuerdo de ese accidente es que en la puerta del vehículo había un hoyo redondito donde cabía perfectamente la cabeza del motorista. Y este hombre se cayó en el suelo allá y salió todo el mundo a rescatarle. Cuando salió todo el mundo a rescatarlo, el hombre estaba como aturdido. Llega un momento, se paró así como borracho, hermano, como una uva, y se paró de allí, y la gente decía: “Está bien, está vivo, está bien”. Hermano, el hoyo, la cabeza del hombre estaba así redondita, dibujada en la puerta de un vehículo. Y el motorista se ha parado allá y cuando como que entró en razón, él dijo: “Hay que celebrar, hoy se bebe otra cosa, hoy se bebe, hay que celebrar, nací de nuevo”. Y yo pensaba: “Pero está borracho”. “Hoy se bebe”, dijo, “nací de nuevo, hay que celebrar”, y la gente, hermano, lo agarraba, le decía: “Amigo, pero mire, usted tiene que atender…” No sangraba ni nada, pero la cabeza de él estaba en una puerta de metal, hermano.

¿Qué harás con la misericordia recibida?

¿Eres tú como ese? ¿Eres tú la persona a la que el Señor milagrosamente le ha sacado de un lugar y, en vez de salir corriendo al Señor a decirle: “Señor, permíteme caminar más contigo”, eres tú de esa gente? ¿O eres de aquellos que cuando el Señor les saca, lo que hacen es que vuelven a deshonrar al Señor en su cara? ¿Eres de aquellos que han sido libertados por el Señor de las cadenas de su pecado y, en vez de venir al Señor a darle la gloria, a darle la honra, se han quedado callados? ¿Cuántas personas el Señor en este año ha mostrado su inmensa misericordia y, en vez de celebrar al Señor, están celebrando ellos mismos? “Sobreviví, sobreviví”. Ve a tu casa, a los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido misericordia de ti.

¿Cuántas cosas el Señor nos ha sacado? Dice el libro de los Salmos, en el Salmo 107:

Anduvieron perdidos por el desierto, por la soledad sin camino, sin hallar ciudad en donde vivir; hambrientos y sedientos, su alma desfallecía en ellos. Entonces clamaron a Jehová en su angustia, y los libró de sus aflicciones.

— Salmo 107:4-6

Eso es lo que ha sucedido aquí, eso es lo que ha sucedido contigo: que el Señor te ha librado de tus aflicciones. Antes de moverme de este punto quiero que tú te sientas identificado: ¿de dónde te sacó el Señor? ¿De una vida sin propósito? Hay gente aquí que el Señor les ha salvado, saben que les ha salvado de la cotidianeidad, de una vida “normal”. Y tú les preguntas: “¿Cómo era tu vida antes de Cristo?” y te dicen: “Normal”. Normal… En esa normalidad, hermano, ha habido una liberación del Señor, porque es más fácil a veces libertar al endemoniado que ante la sociedad, ante él mismo, ante su familia, estaba perdido, que libertar a aquel que ante la sociedad estaba inmerso, que para la sociedad era muy vivo, pero estaba muerto en sus delitos y pecados. Y tú dices: “Yo no tengo nada que justificar porque viví una vida normal”.

Normal… dice el Señor que estabas muerto en tus delitos y pecados. Lo que tú llamas normal, el Señor le llama perdición. “Ay, pero yo no apestaba todavía”. Pero te estabas pudriendo. Hay cadáveres que se descomponen más rápido que otros. De donde el Señor te ha sacado a ti, quizás es de esa cotidianeidad que la gente le llama “lo normal”: “No, yo no maté a nadie, yo era una persona de mi casa, estudiando, de esa vida normal en tus delitos y pecados”. Hermano, si la gente se perdiera de manera dramática, yo creo que habría más salvación.

La salvación produce cambios visibles

Si la gente se perdiera de manera dramática, así, que temprano como que se pudriera más rápido, la gente como que reaccionara: “Pero me estoy cayendo a pedazos”. Pero la perdición, hermano, es un asunto que te va deteriorando por partes: primero esto, después lo otro, y llega un momento en que tú te acostumbras a tu podredumbre y ni siquiera te das cuenta que te estabas pudriendo. Ve a tu casa, a los tuyos, y diles de dónde el Señor te ha sacado y cómo ha tenido misericordia de ti. No me puedes testificar de dónde el Señor te sacó y me muevo al segundo punto: cuando un hombre es libertado espiritualmente, el cambio se percibe en su forma de pensar, en su forma de vivir y hasta en su forma de relacionarse.

Finalmente, si tú eres un cristiano, en tus relaciones eso se debe sentir. Si finalmente eres un cristiano y has pasado de muerte a vida, en tu manera de vivir esto se debe sentir. Acompáñenme aquí, Marcos capítulo 5. Dice la palabra del Señor, versículo 15:

Vienen a Jesús, y ven al que había sido atormentado del demonio, y que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio cabal; y tuvieron miedo.

— Marcos 5:15

Sentado, vestido y en su juicio cabal. ¿Y qué es lo que pasa con este hombre que anteriormente nadie se le podía acercar, que respondía con piedras? ¿Y qué es lo que pasa con este hombre que ni siquiera la familia lo soportaba? Bueno, que ahora lo encontramos sentado, vestido y en su juicio cabal, como que no ha pasado nada. Normal: “Fernando, ¿cómo tú estás?, hace tiempo no te veía, ¿y dónde era que tú estabas metido?” Me imagino verlo saludando: “¿Por qué no te veía entre los sepulcros?” Ese endemoniado que no tenía capacidad… miren, la salvación, uno de los aspectos de la salvación, es que nos devuelve nuestra libertad de acción. Cuando el Señor te salva, dice que tú estabas atado en tus delitos, estabas atado ahí con cadenas de pecado; es que el Señor te devuelve la libertad y tú puedes de nuevo reaccionar, ya sueltas esa opresión.

Y lo han encontrado sentado, vestido y en su juicio cabal. Hermano, si finalmente tú eres un cristiano y has sido salvo, yo espero que estas fiestas de Navidad la gente con quien tú compartes en tu casa, en tu trabajo, note algo distinto.

Presencia cristiana en el hogar y en la familia

Quizás lo primero que comienzan a notar es que tú estás ahí. Una de las cosas que sucede es que uno comienza a estar presente. A este que antes no compartía con nadie, que era un alzado, este que anteriormente no se sentaba a comer con nadie, ahí lo encontramos sentado. “¿Y qué hace fulano aquí?” Hermano, si eres un cristiano, si el Señor te ha sacado a ti, si el Señor realmente te ha libertado, dice el libro de Proverbios que cuando el Señor tiene misericordia de uno hasta con los enemigos lo reconcilia. Lugares donde antes no te veían, ahora te ven; lugares donde tú no estabas, ahora estás. Paradójicamente, y por un asunto que tengo que ver la mano del diablo mismo, se ha entendido que cuando alguien se hace cristiano entonces se aísla de la familia. Yo no sé quién caramba anda predicando eso, que si una persona es cristiana como que ya no comparte con su familia. Si eres cristiano, en tu familia tienes que estar, porque a este hombre vino el Señor; él le dijo: “Señor, permíteme acompañarte ahí con tus discípulos en la barca”. Y el Señor: “No, en la barca no; con tu familia”.

Y aquí quiero, hermano, hacer una apología contra esta irresponsabilidad familiar que la gente ha estado escudando a través de la fe cristiana. Si eres un cristiano y has nacido de nuevo, si el Señor te ha libertado, el primer lugar al cual el Señor te va a enviar es a tu casa. Porque normalmente en tu casa es donde más daño has hecho. Finalmente, el Señor te ha alcanzado con salvación; el primer lugar donde el Señor quiere que tú vayas es a tu casa. ¿Y qué es tu casa? Ir donde tu esposa, donde tus hijos, donde tus primos, donde tus tíos, a decirles: “Mira, el Señor ha tenido misericordia de mí”. Sucede que la gente ha entendido que la familia espiritual vino para reemplazar su familia física.

Y hay cantidad de personas que en su casa se comportan de manera irresponsable y vienen a la iglesia a ser prohombres y mujeres de bien. ¿Y en tu casa cómo están las cosas? “No, en mi casa no me soportan, mis familiares no quieren saber de mí y la iglesia es mi refugio. Cuando yo voy a la iglesia la gente no sabe quién yo soy y ellos me aman y aquí están mis hermanos”. Tu familia espiritual no vino para reemplazar tu familia física, vino para fortalecerla. El primer proyecto de Dios en la tierra no fue la iglesia, fue la familia. “Ve a tu casa a los tuyos”. Mira, yo no me siento triste porque muchas personas, por lo menos una vez al año, se vayan a sus pueblos a compartir con los suyos, porque esos son los lugares donde el Señor quiere que ellos estén.

Faltas comunes con la familia de origen

Yo celebro con mis hermanos: aprovechen este 24 de diciembre para ir a comer a la casa de sus familiares, donde sus padres, donde sus tíos. Comparte con tu gente, ve a tu casa a los tuyos y muéstrales cómo el Señor ha tenido misericordia de ti. Miren, hay varias faltas comunes —se las cito así rápido— que los cristianos históricamente hemos estado cometiendo con nuestra familia de origen. Lo primero es que atribuyen al diablo sus problemas familiares, siempre; no se ven ellos como los instrumentos del diablo, sino “el diablo”. “Es que Satanás está en contra de mi familia”. Que sí, ciertamente, a través de ti.

No es que el diablo vino y se levantó contra mi casa; si tú eres el instrumento del diablo. Tú no lo pensabas así. Mira, Satanás no obra por medio de los floreros, Satanás no obra, hermano, por medio de las puertas: el instrumento de Satanás es un hombre caído, endemoniado, y muchas veces esas cosas que le estás atribuyendo al diablo están sucediendo porque tú eres el instrumento del diablo para que sucedan esas cosas. “No, porque en mi casa el ambiente no se aguanta, es un ambiente tenso, no quiero ni siquiera estar ahí”. Y yo soy la causa. Problema de los cristianos con su familia: reemplazan los integrantes. Hay gente que en la iglesia siempre anda buscando al hermano mayor que sea su mamá; hay otras que buscan los niños de la iglesia como si fueran sus hijos.

¿Y tu mamá? ¿Tú has sabido de ella últimamente? ¿Y tus hijos, dónde están? Son faltas comunes. Y qué triste, porque hay hermanas cristianas que han reemplazado al señor de su casa por el líder de su iglesia. Y hablan de su liderazgo, de su iglesia, de sus pastores, con un cariño y un afecto, y su marido dice: “Pero yo estoy aquí, y yo soy el marido tuyo”. Muchos de los problemas de que haya menos hombres en las iglesias al día de hoy se deben a que los hombres sienten que el liderazgo en la iglesia les hace competencia, porque las mujeres nunca tienen una palabra a favor de su marido, pero siempre están diciendo lo que predicó mi pastor, siempre están enseñando lo que mi pastor dice. Su marido, para ella, no es un punto de referencia, pero para cualquier decisión andan buscando la consejería pastoral. Ve a tu casa, a los tuyos.

Hombres que están aquí presentes, otro de los problemas de las mujeres con las iglesias es que aparecen unos hombres que quieren desarrollar un ministerio: todo es su ministerio en la iglesia, su ministerio en la iglesia, su ministerio en la iglesia. Y la pinturita que hay que echar en la pared, y los tomacorrientes que hay que cambiar, y la diligencia que hay que hacer. “¿Ya pagaste la luz? ¿Ya pagaste el agua? ¿Ya pagaste el teléfono?” “No, el ministerio, el ministerio”. Y muchos de los problemas por los cuales más hijos de líderes cristianos no están en la iglesia es porque sus padres descuidaron su casa para atender la iglesia.

“Ve a tu casa a los tuyos”: priorizar la responsabilidad familiar

Quiero volver a llevar la iglesia a la casa, quiero volver a que la gente entienda sus responsabilidades familiares: “Vete a tu casa, a los tuyos”. Este hombre le dice a Cristo: “Yo te acompañaré en el camino, en tus ministerios públicos”, y Él le dice: “Pero tú vete a tu casa, que allá hace falta un papá. Vete a tu casa, que allá hace falta un hijo”. Irresponsabilidad de los cristianos: hay gente, hermano, cristiana, que quiere que la iglesia tenga culto lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo y domingo. Porque si la iglesia tiene culto todos los días no tengo que llegar a mi casa. Sinceramente, yo no sé cómo es que hay congregaciones que tienen cinco cultos a la semana, porque la gente también tiene familia.

Y yo a veces me imagino que esas personas que están anhelando que haya culto todos los días son personas que están corriéndole al marido, a la mujer o a los hijos, o a sus responsabilidades familiares. El Señor nos permitirá eventualmente tener un lugar para tener más cultos públicos entre semana, pero que el Señor permita que en esos cultos públicos la familia sea celebrada. Qué hermoso es el hombre que, antes de salir para la iglesia, deja en su casa los asuntos resueltos. Qué hermosa es la mujer de Dios que, antes de atender sus responsabilidades en la iglesia, atiende las responsabilidades de su casa. Ve a tu casa, a los tuyos.

A veces se fomentan los celos. Hay gente que entiende que, por ser cristiano, ahora son “más”. Y es interesante que a las mujeres el Señor les manda ser sumisas, obedientes, justamente porque son cristianas. Hay mujeres que vienen —no creo que sea nuestro caso, pero principalmente hay una rama en las denominaciones cristianas— donde las mujeres parecen hombres.

Ser mejores hijos, esposos y padres en Cristo

Y uno encuentra un grupo de mujeres que entienden que son hombres. “En mi casa mando yo, en mi casa yo soy la líder, porque en mi casa tal cosa…” Mire, sin importar lo que usted hace en su iglesia, en su casa, si usted es hija, es hija; y si usted está en su casa como mujer, es la mujer; y si es el hombre, es el hombre. Pero hay hijos que cuando llegan a la casa: “No, yo soy un líder en mi iglesia, a mí hay que ponerme atención”. Hermano, usted aquí es un hijo como cualquier otro. Cuando venimos a Cristo, las madres, las esposas, son mejores madres y mejores esposas; los padres y los esposos son mejores padres y mejores esposos; y los hijos, cuando venimos a Cristo, somos mejores hijos.

Tus responsabilidades cristianas no reemplazan tus responsabilidades familiares. Y me muevo aquí, hermano, al último punto de esta enseñanza: el testimonio que Cristo quiere que compartas en tu casa es un testimonio de su poder y de su misericordia, no es un testimonio de vanidad.

Cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.

— Marcos 5:19

Porque el Señor no espera que tú vayas a tu casa diciendo: “No, mira, yo he tomado la decisión de que yo voy a reencauzar mi vida”. Por tus propios medios no podías haber tomado esa decisión, y tú lo sabes. No es un testimonio de grandilocuencia, no es un testimonio de gran piedad, es el testimonio de que yo, hasta hace un tiempecito, estaba muerto en mis delitos y pecados y ahora reconozco que el Señor ha tenido misericordia de mí.

Cuando un cristiano testifica nunca debe decir: “Yo he tomado la decisión de tal cosa”. No, no. El cristiano lo que tiene que decir es: “Dios me ha tomado y, por su misericordia, estoy aquí”. No es: “Mira, yo soy más bueno que todo el mundo, lo que ustedes no pudieron lograr, lo voy a lograr yo, yo estoy aquí”. Hay gente que en su casa se enorgullece porque le dijeron: “Tú no vas a durar un año”, y dice: “Ya tengo dos años aquí, hermano”. Por la misericordia del Señor. El testimonio de un cristiano nunca debe decir: “Yo creí que a mí ya me llegó mi tiempo”. No, no. El testimonio que damos es: “Yo he perdido el tiempo”.

Cómo hablar correctamente del testimonio y de la gracia de Dios

El testimonio que damos de la grandeza del Señor no es: “Yo he estado buscando en diferentes lugares y al fin he hallado”. No, no, no. “Yo estaba dando vueltas como un loco ciego por ahí y el Señor me ha encontrado”. El testimonio que el Señor espera que tú des no es el testimonio de “ahora yo soy…”. La gente habla de “yo soy cristiano” como cuando se gradúa de la universidad: “Ahora soy abogado, ahora soy médico, ahora soy maestro”. No, no, no. Yo no era nadie y ahora, si acaso soy algo, lo soy por la misericordia del Señor. Hay gente que cuando testifica lo que hacen es que alaba a Cristo, sí, pero también alaba a la gente.

Y cuando testifica la gente lo que quiere es que se calle, que se calle. Antes era imprudente, ahora es vano; antes era violento, ahora es superficial; ahora a su pecado de irresponsabilidad también le agrega la pedantería. Cada vez que tú vayas a testificar de Cristo, tú tienes que decir: “El Señor lo ha hecho por su misericordia, por su gracia. Yo no era nadie; ahora, en Él, soy algo”. No hables de Cristo como si Cristo fuera una compra navideña. Cristo no es un simple adorno que tú pones en el arbolito. No, no, no, no.

Me gusta cómo contaba John Newton su testimonio. Decía John Newton —antes de ser predicador, John Newton era un alcohólico traficante de esclavos en Inglaterra, eso era lo que él era: alcohólico y traficante de esclavos— y cuando él se hizo cristiano por la misericordia del Señor, él decía: “Aún no soy lo que debo ser, tampoco soy lo que espero ser, pero aun así no soy lo que era ayer. Y por la gracia de Dios, yo soy lo que soy”. “Por la gracia de Dios yo soy lo que soy”. No es que soy bueno, no es que he tomado la decisión, no es que yo he agendado a Cristo y ya llegó su mes. No, no, no: por la misericordia del Señor soy lo que soy. Doy una ñapa.

Hay gente que dice: “No, eso no es necesario, que yo soy hermano, hay que decir lo que Cristo ha hecho”. Hay que decirlo. Lo primero es que hay que hacerlo; hay que contar para salvación. Quizás hay gente de tu familia que todavía no entiende que el Señor puede hacer por ellos una obra. Cuando tú dices lo que el Señor ha hecho por ti y cómo ha tenido misericordia, quizás tu familiar, quizás tu amigo, es alcanzado para salvación. Cuéntale a los tuyos para salvación. Hay otros, hermanos, que vienen de una familia de creyentes y no consideran necesario contar de Cristo porque dicen: “Mi familia todos son cristianos”. Hermano, cuéntale a los tuyos para alegría. No hay un gozo más grande en una familia de creyentes que un miembro de esa casa que había estado dormitando espiritualmente abra los ojos al Señor; que aquel que anteriormente se consideraba cristiano pero vivía una vida de total pasividad ante el Señor, ahora despierto para correr al Señor. Cuéntale a los tuyos, si no es para salvación, entonces cuéntale a los tuyos para alegría.

Cuenten para salvación, alegría y fortalecimiento

Hay otros en nuestra familia física, en nuestra familia espiritual, que han sido durante años creyentes nominales. ¿Qué es un creyente nominal? Es una persona que se llama cristiano, que viene a la iglesia, y eso es: que son cristianos “muy nada”. Una persona que te confiesa que es cristiana, participa en algún culto a la semana, pero después vive su vida de manera desentendida durante el resto. Hermanos, si podemos contarle a los nuestros para salvación, podemos contarle para alegría, también podemos contarle para fortalecimiento. Y quiera el Señor que, por medio del testimonio nuestro, en vez de que la gente se avergüence más de nosotros y de Cristo, la gente, por la misericordia del Señor, nos reciba y encuentre a Cristo. Cuéntale a los tuyos.

Estoy casi dejando aquí a la hermana Carolina, que nos motivará a glorificar al Señor hoy con una ofrenda especial de lo que Él nos ha dado, y después al hermano Edwin; pero antes de esto, hermano, yo quiero animar. Quizás tu testimonio no es una cosa que tenga fuegos artificiales, pero tu testimonio, hermano, sin importar que haya sido algo extremadamente grande o algo realmente que ante los hombres no genere gran impresión, encárgate de que la gente entienda cómo el Señor ha tenido misericordia de ti, sea para salvación, sea para alegría, o sea para fortalecimiento. Cuéntale a los tuyos para la gloria del Señor.

Permítanme orar por ustedes. Oraré por la iglesia. Aprovechamos, Padre, estos domingos de diciembre para decirles a los nuestros aquí en la iglesia lo que tú has hecho, a través de Cristo, en favor nuestro. Aprovechamos, Padre, para decir que tú has sido bueno en este 2012. Aprovechamos para decir, Señor, que por tu misericordia y no por nuestras fuerzas estamos aquí. Aprovechamos para decir, Señor, que tu mano nos ha alcanzado con tu favor y que tus misericordias han sido aumentadas a favor nuestro. Te pido, de manera especial, Señor, que pongas humildad en mis hermanos y que pongas, sobre todo, agradecimiento, para que cuando ellos cuenten, Señor, te veas tú y no que se vean ellos. Para tu gloria te pedimos todas estas cosas. En el nombre de Jesús. Amén. Que el Señor les bendiga.

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