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El Anuncio Glorioso

Lucas 2:8-20

En la Navidad no celebramos simplemente el nacimiento de un niño pobre en un pesebre, sino la Encarnación de Dios mismo, quien se hizo hombre voluntariamente para ser nuestro Salvador y Señor. El Cristo humilde del pesebre es al mismo tiempo el Dios glorioso adorado por las huestes celestiales.

Predicado9 de diciembre de 2012
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

¿Oigan, hermano, cuántas cosas hemos podido tener en el culto de hoy, verdad? Es testimonio, presentación de niños, alegría, motivo de oración contestados. Venga el próximo domingo, hermano, que no se quede nadie que venga a decir públicamente lo que el Señor hizo en el 2012, porque estoy seguro que de la misma manera que ha sucedido en la casa de mi hermano Edwin, que ha sucedido en la mía, ha sucedido en la casa de todos ustedes. El Señor se ha glorificado. Acompáñenme en el Evangelio de Lucas, en el capítulo 2; allá que estábamos, hermano, estamos en Lucas 2 y démosle continuidad a estas enseñanzas sobre Navidad que comenzamos el domingo pasado. Leímos el domingo pasado el Evangelio de Lucas en el capítulo 2, la primera parte desde el versículo 1 y hasta el versículo 7. Hoy estaremos leyendo la segunda parte que va desde el versículo 8 y hasta el versículo 20. Pueden buscarlo ahí en sus Biblias y marcarlo.

Al mismo tiempo, les pediré que marquen sus Biblias en el libro de Primera de Crónicas en el capítulo 29. Están ahí marcadas esas dos porciones de la Palabra del Señor, y leeremos ahí a partir del versículo 11. Son las dos lecturas que tendremos hoy para la enseñanza. Si lo buscaron ahí, entonces lo dejan marcado y nos encomendamos ante el Señor en oración, como siempre hacemos. Señor, cuando leemos tu Palabra te pedimos que seas tú conduciendo. Permite que sea tu Santo Espíritu, oh Padre, que venga en medio nuestro para aclarar nuestro entendimiento y fortalecer nuestra voluntad. Permite que esta lectura de Navidad, Señor, que estaremos hoy compartiendo aquí como iglesia, sea una lectura que se convierta en un reto para nosotros mismos.

Permite que las personas que están aquí congregadas, aquellos, Señor, que ya te conocieron como su Salvador personal, hoy puedan afianzar estas convicciones profundas que todo cristiano debe tener en ti. Y permite que aquellos, Señor, que están aquí hoy congregados y aún no han hecho un compromiso y no han aceptado a ti como su Salvador personal, permite que esta lectura de Navidad, Señor, tal como multitud de personas han visto en Navidad, también suceda para ellos, que podrán reconocer hoy que ha nacido el Salvador. Glorifícate tú, Señor, condúcenos tú, acompáñanos tú para tu gloria, en el nombre de Jesús, amén. Hermano, la lectura de hoy es una lectura complementaria a lo que ya predicamos el domingo pasado acerca del humilde nacimiento de nuestro Señor y Salvador.

Y es una lectura como de contraste, porque si lo dejamos donde estuvimos el domingo pasado, entenderíamos que ciertamente Cristo estuvo aquí y entenderíamos humildad y entenderíamos el pesebre. Pero esta lectura en el Evangelio de Lucas es una lectura que tiene más de una historia, más de un relato, y en cada uno de estos relatos se nos da un aspecto complementario acerca del nacimiento de Cristo. Dice nuestra introducción que el capítulo 2 del Evangelio de Lucas consta de varios relatos: primero, su humilde nacimiento, que ya lo vimos el domingo pasado; luego, el glorioso anuncio de los ángeles, que estaremos viendo hoy; más tarde el encuentro con Simeón y Ana, y luego la niñez de Cristo. Los primeros dos relatos establecen la doble naturaleza de Cristo: Dios encarnado completamente hombre, por un lado, nacido en las precariedades humildes de una familia de Belén, y completamente Dios, cuya gloria fue proclamada con esplendor por una multitud de huestes celestiales.

Estos dos primeros relatos ponen la Encarnación en perspectiva. Su humilde nacimiento fue un acto intencional de desprendimiento, pues, estando en él toda la magnificencia, el poder, la gloria, la victoria y el honor, y siendo suyas todas las cosas que están en el cielo y en la tierra, siendo que las riquezas y la gloria dependen de él, siendo Dios, voluntariamente se humilló hasta lo sumo y tomó forma de siervo semejante a los hombres. Vamos primero al libro de Primera de Crónicas, en el capítulo 29. Me interesa especialmente esta lectura para que entendamos nosotros quién fue que nació y la dignidad de este que estuvo 33 años en medio nuestro. Dice así la Palabra del Señor en el libro de Crónicas, capítulo 29.

Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor, porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas; tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos. Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos.

— 1 Crónicas 29:11-12

Me interesa que en la enseñanza de hoy, hermano, tengan esta lectura muy presente. No fue solo un niño que nació; este niño que nació es el que creó el cielo y la tierra. Este que se hizo hombre y comenzó siendo un niño fue el mismo que le da poder a todos. Él es el dueño del reino, dice el libro de Crónicas. Acompáñenme ahora a Lucas en el capítulo 2. Dice así la Palabra del Señor, leemos completo ahora, tal como leímos el domingo, del 2 hasta el 7, y luego continuamos hasta el versículo 20.

Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado. Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad. Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.

— Lucas 2:1-7

En la Navidad popular hasta aquí llega. En la Navidad que el dominicano común tiene en la mente, hasta aquí llega la historia. Quizá en su casa hay un pesebre, quizá ustedes tienen un Niño Jesús, quizás tienen un pequeño bebé, y cuando lo ven lo ven desposeído y piensan: “¡Qué pobre Jesús! Mira lo pobre, está ahí en medio de los animales, míralo en un pesebre”. La cultura popular nos ha vendido la idea de que Cristo era un desposeído y que tenemos que tener pena de él. Y nos presentan este Cristo, hermano, y lo dejan hasta ahí, lo dejan hasta ahí. Hermano, si no continuáramos la historia, Cristo sería el más miserable de los niños, nacido en una familia pobre, que no encontró lugar para él, y uno vería a Cristo, entendería: “Qué pobre es Cristo, tengamos misericordia de Jesús”.

“Que alguien vista a ese niño”, dirá alguien. En casa de mi hermana hay una historia famosa de una madre que dio a luz a un niño y no tenía ni siquiera lo básico. La señora se llamaba Orbita. Y Orbita, cuando parió, hermano, no tenía para su niño nada. Y cuando llegaron al hospital, entonces reciben al niño; lo único que llevaron fue la mujer embarazada. Y dice la enfermera: “Pásame el chalequito del niño”. “No, no hay”. “Pásenme los zapatitos del niño”. “No, no hay”. “¿Y los pañales?” “No, tampoco hay pañales”. Y el marido de la Orbita la escuchó por allá y solamente atinó a vocear: “¡Desacredítame a Orbita!”. Hermano, ¡qué desesperación! Bueno, mi primer intento ya en esta tardecita es desmitificar a Cristo, hermano: quien ha nacido no es cualquier niño; el que ha nacido es uno que se ha despojado de su grandeza, y que tú lo ves ahí en un pesebre y tú no entenderías quién es, pero ese que está ahí es el mismo que hizo el mar, que hizo el cielo, que hizo la luna y las estrellas. Es el ser más poderoso que hay sobre esta tierra y que ahora lo vemos despojado.

Voluntariamente de sus pertenencias y lo vemos allí en su condición de hombre. Hermano, pero no tenga pena de Cristo, tenga pena de usted mismo. Él realmente se empobreció para enriquecerte a ti; de Cristo no hay que tener pena. Él vino en su pobreza humana, él vino con toda su dignidad, y me interesa la segunda parte de esta lectura para que entendamos que no fue un hecho fortuito que nació en esas condiciones y después el Señor determinó que él iba a ser Dios. No. Es que el Señor voluntariamente se hizo hombre de la manera más humilde, pero mantenía toda su Deidad. Veamos lo que dijeron los ángeles.

Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres.

— Lucas 2:8-14

Sucedió que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: “Pasemos, pues, hasta Belén y veamos esto que ha sucedido y que el Señor nos ha manifestado”.

La doble naturaleza de Cristo y el contraste cielo–pesebre

Hermano, mientras tanto el Señor estaba allí en su condición de hombre, entrando en esta tierra de la manera más humilde. Había al mismo tiempo en otra parte del territorio una multitud de ángeles que tenían el poder, no para mojar el chalequito, que tenían el poder, no para buscar los zapatitos, que tenían el poder, no para buscar los pañales, que tenían el poder, no para construir un palacio donde el niño fuera recibido. Estaba a su disposición todo el poder del mundo y el Señor, en su misericordia, como dice el libro de Filipenses, se humilló hasta lo sumo y tomó forma de hombre. Él no estaba allí porque lo pusieron así, hermano; él estaba allí porque voluntariamente se había despojado y se había humillado hasta lo sumo.

Y el que estaba allí, a pesar de que no existiera una gran parafernalia, era Dios mismo hecho hombre, y la gente no entendía. Hay un hombre que yo conocí que me dice que él trabajó en las casas de Trujillo, en San Cristóbal; era el ebanista. Y en esa casa, me dice él, que a él le llevaron a hacerle los trabajos de caoba, una de esas casas de Trujillo. Y cuando lo llevaron a esa casa a trabajar, él no conocía al “Jefe”, porque la gente hablaba del Jefe, pero no todo el mundo le conocía en persona. Y me dice él que se puso a recoger limones en la casa de Trujillo; buscó una lata, una funda, y en lo que hacía una cosa y la otra, él recogía limones para su casa. Y me dice que, en su ignorancia, llega en un momento el Jefe, y hasta el Jefe le recogió limones y se los puso en la lata.

Y que cuando él supo que era Trujillo quien le había estado ayudando a recoger sus limones, hermano, dice que él tembló. Y yo recuerdo a este hombre haciéndome la historia de lo que él sintió cuando él entendió que había estado en la casa de Trujillo, y que Trujillo lo había encontrado quitando sus limones, y que el mismo Trujillo le ayudó a recoger. Hermano, en Cristo se hizo hombre y este Señor todopoderoso estuvo en medio nuestro, y que haya entrado de la manera más humilde no es excusa, no es razón para que no entendamos que en ese niño pequeño, que eventualmente se hizo un hombre y murió en tu lugar, estaba toda la dignidad. Y en cada acontecimiento en la vida de Cristo se ve este paralelismo, lo que yo llamo, mi hermano, la doble naturaleza: una divinidad providente que nos permite ver la Deidad y al mismo tiempo la humanidad.

Mientras allá postrado en un pesebre, una hueste de ángeles está por otros lados cantando y celebrando que ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador que es Cristo el Señor. Es un contraste, hermano, entre cómo se veía Cristo en la tierra y cómo se veía Cristo desde el cielo. Es un contraste, hermano, entre cómo reaccionaron los personajes humanos, con indiferencia, y cómo reaccionaron las huestes celestiales. Es un gran contraste entre lo que es ver a Cristo en su total humildad y al mismo tiempo entender que en él consiste toda la gloria. Es un gran contraste; es ver la pobreza extrema y al mismo tiempo ver la riqueza a su mayor esplendor; es verlo ahí como vulnerable y al mismo tiempo poderoso.

Es ver la poca recepción que tuvo entre los hombres y la manera en que multitudes de ángeles reconocieron que ha nacido hoy un Salvador que es Cristo el Señor. Hermano, eso no fue un hecho aislado. Miren, en cada momento de la humanidad de Cristo el Padre se encargó de demostrarnos que no era solamente un Cristo humano. Yo siento que la gente tiene esta idea del Cristo maltratado, del Cristo sufrido, y se olvidan que en este Cristo existe la plenitud de la Deidad, y que él, en su debilidad, hermano, en él reside el poder. Escuchen: él en su debilidad, así como tú le ves tan débil, recibe todo el poder con el cual, con la palabra de su boca, hizo que la tierra existiera.

Cristo humilde, pero siempre glorificado por el Padre

Después de esto, Cristo en un pesebre, multitud de huestes celestiales diciendo que ha nacido hoy el Salvador de este mundo. Después, hermanos, en la tentación de Jesús, vemos a Cristo así, enfrentado a toda su humanidad: tentaciones materiales, tentaciones de prestigio, de fama, de poder. Y cuando lo vemos que lo dejan como derribado así en toda su humanidad —aunque nunca cayó—, pero lo vemos zarandeado, dice que inmediatamente después vinieron ángeles y le servían. Es para que entendamos, hermano, que el que estuvo en medio nuestro, a pesar de que lo veamos despojado y tomando forma de hombre, tenía todo el respaldo de las huestes celestiales y los ángeles, hermanos, vinieron a servirle. Pero inmediatamente después él fue a bautizarse.

Y cuando se encontró con Juan el Bautista, Juan el Bautista reconoció y dijo: “No, no soy yo digno de bautizarte; ven tú y bautízame a mí”. Y él le dijo: “No, Juan, eres tú que me tienes que bautizar a mí”. Hermano, bautizarse… ¿quién se atrevería a bautizar al Cristo? Yo me pongo en el lugar de Juan, hermano, yo me mando corriendo de ahí. ¿A bautizar a mi Señor? Juan, que decía que él no era digno de desatar la correa de su calzado. Y cuando vino Cristo así, en toda su humildad, y se postró delante de Juan el Bautista, y Juan dijo: “Es necesario que me bautices”, bueno, me lo está diciendo el Cristo, “ven que te voy a bautizar”. ¿Saben qué sucedió? Que se abrió el cielo y desde allá se dijo: “Ese es mi Hijo amado, en él yo me complazco totalmente”.

Lo que estoy viendo, hermano, es que no nos confundamos en Navidad; que ciertamente nuestro Cristo se ve desprovisto, nuestro Cristo se ve débil, se ve opacado, pero en él reside la plenitud de la Deidad. Pero tiempo después, hermano, cuando se acercaban a Cristo sus momentos finales y ya estaba entrando en los momentos de la pasión y ya venían a perseguirle, desde el cielo se escuchó una voz que dijo: “Le he glorificado y le glorificaré otra vez”. Y dicen los hombres que se sorprendían de aquella voz que habían escuchado. Hermano que estás aquí presente, estoy haciendo un contraste para que entiendan que Cristo, en su humanidad, quizá pase desapercibido, pero que a quien tuvimos entre nosotros durante 33 años fue a aquel que hizo los cielos y que hizo la tierra.

Pero un poco después, hermanos, en Getsemaní, dice la Escritura que Cristo, en Getsemaní, en su humanidad, estaba llorando lágrimas de sangre. Y ahí, hermano, donde él estaba solo, sus discípulos durmiendo, y él estaba ahí pidiéndole al Señor: “Padre, si te es posible, que pase de mí esta copa”. ¿Saben qué sucedió? Que vino un ángel, dice la Escritura, para fortalecerle. Y el Señor se encargó de que quedara el testimonio en las Escrituras de que Cristo en la tierra no estuvo solo; de que quizás él en su niñez, quizás él, hermano, siendo un párvulo que se veía vulnerable, pero que las huestes celestiales estaban aquí a su servicio. Y en un momento él mismo dijo: “Si de mí fuera, yo le dijera a mi Padre, y mi Padre enviaría legiones de ángeles”.

Esto, estableciendo con esto, hermano, que cuando tú veas a Cristo en Navidad trata de entender que Cristo no es solamente “La puerta del niño le llaman Jesús, un calzón roto, un suéter de luz”, no. Entiende, hermano, que entre nosotros, a quien tuvimos, fue a aquel que dice que sostiene la tierra con el poder de su Palabra. Que los cristianos, al niño que celebramos, no es el niño desposeído al cual le faltaba la medicina; no. Nosotros lo que celebramos es que Dios Todopoderoso se hizo hombre para salvación nuestra. Que los pobres están de este lado; que de aquel lado está la plenitud de la Deidad. Hermano, no le tenga pena a Cristo en Navidad, téngase pena usted. Amigo que está aquí presente, no llore porque “esto es Navidad, ay, el pobre Cristo que está ahí en el pesebre”; no, llore por ti. Él se humilló hasta lo sumo para que nosotros podamos tener esperanza. En mi primer punto, hermano, estoy estableciendo que Cristo en medio nuestro.

Ahí, en su apariencia humana, eso era como el Jefe ayudando a este señor a recoger los limones. Dios mismo estuvo aquí y que nadie lo notara, hermano, que nadie lo notara. Eso es “percata minuta” en el cielo. En el cielo, en el cielo, en el cielo se decía: “Gloria, gloria y gloria”. Yo escuchaba a Rulo ahorita entonando esta canción con la flauta, hermano, ¡qué sublime! Imagínense, imagínense cómo lo harán los ángeles. Imagínense ustedes cómo lo harán los ángeles.

Los pastores y la universalidad del anuncio

Me muevo a lo segundo, hermano. Lo primero es esto: entiende, entiende, entiende. A pesar de que lo ves ahí tan humilde y opacado, debajo de polvo y listo, ese que estuvo aquí era Dios mismo hecho hombre, y que tenía todo el respaldo de las huestes celestiales, y que por su misericordia entonces lo hizo así; que era 100% hombre y al mismo tiempo era 100% Dios. Me muevo a lo segundo, hermano: los pastores. Dice aquí que había pastores que estaban cuidando su rebaño en el campo, y que estaban despiertos, y que a estos pastores se les fue a anunciar específicamente que en el otro lado había nacido el Salvador. Yo tuve tres días, hermano, analizando: ¿y qué tenían estos pastores de especiales? ¿Y por qué a ellos?

Porque Cristo estaba al lado del mesón, el mesón estaba lleno de gente. ¿Por qué no fueron los ángeles al mesón? Bueno, ¿por qué razón los pastores? Yo miré: ¿acaso, me pregunto, eran quizá los más grandes ganaderos que había en la zona? No, evidentemente no; eran pastores humildes. ¿Eran los hombres más piadosos? No, porque se hubiera destacado ahí su piedad, de la misma manera que se destacó la piedad de Simeón y se destacó la piedad de Ana. ¿Qué sucedía con esto? ¿Eran los más expectantes? No, hermano, quizá ellos ni siquiera tenían muy presente la profecía de que iba a venir un Cristo. La razón por la cual los ángeles visitaron a estos pastores es la misma razón por la cual todavía el Espíritu Santo nos está visitando a nosotros hoy.

¿Hay algo en nosotros que le podamos dar al Señor? Nada. ¿Hay algo que el Señor puede darnos a nosotros? Todo. Bueno, no hay más razón especial por la cual los ángeles se lo anunciaron a los pastores. Algo que quiero decir con esto es que te sientas tú identificado. Aquí se ha predicado el Evangelio, y yo me he preguntado, ¿qué tendrá esta gente que en este momento del día está escuchando el Evangelio, y hay personas que a esta misma hora del día están escuchando otra cosa? Nada, hermano, la misericordia del Señor.

Aunque ciertamente se establece que la figura de Cristo es una figura universal, porque de Mateo se destaca que al mismo tiempo fueron convidados unos que se les llama popularmente “magos”. Algunas traducciones lo traducen como magos, pero no eran personas que hacían magia; eran sabios orientales, eran personas que se dedicaban a cultivar el conocimiento. Y el Señor convidó al mismo tiempo a los más humildes pastores judíos y, por otro lado, a los más encumbrados sabios de la antigüedad para que vayan a Belén a ver que ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador que es Cristo el Señor. Es la universalidad de Cristo. Cristo es para el humilde pastor judío y Cristo es para el intelectual oriental que se había dedicado a cosechar el conocimiento.

Cristo es para todo el mundo. Pero me llama la atención que estos pastores, cuando fueron, dice así —leo el capítulo 2—: “Sucedió que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén y veamos esto que ha sucedido y que el Señor nos ha manifestado. Vinieron, pues, apresuradamente y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre”. Hermano, qué paradoja: acaban de ver ellos las huestes celestiales en coro anunciando que ha nacido el Salvador, y van y entonces encuentran a este Salvador que ha nacido, lo encuentran entre pañales.

“Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño. Y todos los que oyeron se maravillaron de lo que los pastores decían; pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho”. Bueno, yo veo esto también como un asunto que a mí me llama la atención, porque yo nunca vi un ángel. Yo no sé si alguno de ustedes, para entender que Cristo nació en medio nuestro, que él es el Hijo de Dios y que es nuestra salvación, yo no sé si alguno de los hermanos que están aquí presentes vieron un ángel, pero yo no he visto ninguno.

Bueno, el apóstol Pablo dice que cuando él era Saulo, que a él le habían cambiado el nombre, que él iba por el camino y que vio una luz que lo derribó; yo no vi ninguna luz. Y las personas que en el Nuevo Testamento aceptaron a Cristo porque vieron un suceso sobrenatural, como el que vieron estos humildes pastores, hermano, eso fue lo mínimo.

Creer sin ver ángeles: la fe por la Palabra

Quiero establecer con esto que, si acaso a ti no se te dio la oportunidad de ver las huestes celestiales en coro, tú podrías entender que estos pastores, como ellos dijeron, dieron testimonio de que los ángeles les dijeron que había nacido en Belén un Salvador. Pero la importancia no está en los ángeles. Miren, los cristianos evangélicos no adoramos ángeles; los ángeles son mediadores, no son un fin en sí mismos. Lo que ellos quisieron ver cuando se fueron los ángeles no fue: “¿Y cuándo volverán los ángeles? ¿Y volverán ellos en algún momento? ¿Y si volvemos mañana estarán?”. No, no, no, hermano. Ellos dijeron: “Según nos dijeron los ángeles, nació el Salvador y nació en Belén”. Y cuando fueron encontraron la historia más humana que se podía haber narrado: un niño entre pañales, que solamente por fe estos pastores entendieron que era el Hijo de Dios.

Hay gente que está esperando hechos sobrenaturales para entender la Deidad de Cristo. Y te diré que ciertamente hay personas a las cuales Cristo como que mandó a buscar específicamente; este es el caso de los pastores judíos. Está el caso de Saulo. Por ahí otros hermanos, como la lectura que vimos en esta semana de la mujer del flujo de sangre, que cuando escuchó que era el Hijo de David que venía por ahí caminando, fue y le tocó. Me llamó la atención que esa mujer del flujo de sangre dice así mismo: “Jesús, Hijo de David”. Ella entendía que el que estaba ahí era el Mesías prometido, “Hijo de David, ten compasión de mí”. Amigo que está aquí presente: los magos vieron una estrella, los pastores vieron un ángel, quizás tú no veas a nadie.

Pero aquí está la Palabra del Señor que te dice que el que nació fue Cristo el Señor. No esperes una luz, y sal corriendo para que encuentres a Cristo. Y cuando encuentres a Cristo, que no te sorprenda porque no veas ningún fuego artificial, ninguna cosa tan impresionante. Es una mujer recién parida, en el lugar donde comen los animales, con su esposo al lado y un niño en medio. ¿Qué imagen impresionante es esa? Ninguna. Los magos, la estrella les llevó hasta allá; y los pastores, los ángeles les dijeron que fueran hacia allá. Pero cuando llegaron los pastores y cuando llegaron los magos, todos ellos por fe entendieron que el que había nacido era Cristo Jesús, el Salvador del mundo. Hermano, lo mismo tenemos todos los cristianos.

Yo por fe entendí que ese relato era así. Yo por fe creí en el testimonio de otros hermanos. Y ciertamente la iglesia tiene ventaja porque el Espíritu Santo está dentro nuestro, que de algún modo dice que nos da testimonio y nos permite ver con más claridad. Pero no esperes un hecho sobrenatural. Si has escuchado que se habló de que nació Cristo el Señor, abre los ojos a la manera de Dios y procede a salvación. No siempre hay ángeles, no siempre hay estrellas, pero siempre está Cristo a la disposición de cualquier persona que pueda moverse de un lugar a otro para proceder a salvación.

Sí me llamó la atención —y con eso paso a mi tercer punto— que tanto los magos de Oriente como los pastorcillos de Israel, todos se movieron. Oiga, hermano, qué interesante: que a todo el que se le anunció este asunto se movieron, o sea, no fue: “Mira, está ahí abajo”; no. Muévete, muévete. O sea, de algún modo debe haber una intencionalidad en ir a ver a Cristo. Debe haber, hermano, una intención en tu corazón. Hay gente que dice: “Es que yo todavía no lo veo claramente”. Muévete hacia Cristo y verás cómo se te abren los ojos; da un paso de fe a favor del Señor. Con esto me muevo a mi tercer punto. Lo primero es establecer este contraste y sobre todo la Deidad de Cristo. No fue que a los 33 años se hizo Dios; no. Desde niño ya él sabía quién era.

Desde niño ya habitaba en él la plenitud de la Deidad. Y me muevo al tercer punto, que considero que es el punto más importante. Dijeron los ángeles a los pastores que ¿quién les nació? Un Salvador. Y yo necesito un Salvador.

“Os ha nacido un Salvador”: nuestra verdadera necesidad

Bueno, no le hables al mundo en este tiempo de “Ha nacido hoy el Salvador”, verás que una de las situaciones que tiene la gente con Cristo en este tiempo es que no entiende que necesita de Cristo. Los ángeles no dijeron: “Nació tu mejor amigo en la ciudad de Belén”. Aunque otras personas hablan de Cristo como que si Cristo fuera una ilusión, como un amigo imaginario: “Ay sí, Cristo es mi amigo y él y yo tenemos una relación muy especial, muy particular, que nadie entiende sino él y yo solamente”.

Hermano, dijeron los ángeles que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Si te nació un Salvador, lo que significa es que tú estabas en esclavitud. Si te nació un Salvador, lo que significa es que, desde la perspectiva de Dios, tú no estás tan bien como tú entiendes que estás. Si te nació hoy un Salvador, lo que significa es que el Señor está mirando tu carencia. Y el mundo puede tener su autosuficiencia hasta aquí, hermano, pero desde el cielo, nosotros los hombres nos vemos como que necesitamos de un Salvador, y ese Salvador nació hoy. Hermano, los ángeles dieron por entendido que la necesidad estaba allí. La gente no entiende, hermano, pero desde la perspectiva de Dios tú eres un esclavo.

¿No me crees? Ve a vivir tú; tú no puedes hacer lo que tú quieras. Los vicios nos dominan. Nuestras necesidades internas nos dominan. La gente piensa que puede hacer su voluntad; la gente no hace su voluntad. Tú no haces ni contigo mismo lo que tú quieres; tú eres esclavo, dice la Escritura. Tú lo que haces es lo que el pecado te indica que tienes que hacer. Lo que hace el hombre natural sin Dios es como que está maniatado. A veces quiere obrar con virtud, pero cuando levanta la mano, como que la mano no le llega. ¿Alguno de ustedes ha soñado que va corriendo y que alguien va detrás de ti y tú vas corriendo en cámara lenta?

Yo, de niño, tenía muchas veces el sueño de que venían corriendo detrás de mí y yo era el que más lento corría, como en cámara lenta. Hermano, eso es lo que es el pecador corriendo al pecado. Dice la Escritura que nosotros somos esclavos del pecado. Cristo es tu Salvador porque cuando tú vienes a Cristo tú recuperas tu libertad y puedes extender las manos y puedes moverte a favor de Dios. Mira, un hombre que sin la ayuda del Señor quiere operar con virtud, ¿qué sucede? Se convierte en un fariseo. Porque el que hace la voluntad del Señor “de corazón”, y él dice, saca pecho y dice: “Yo, a partir de este momento, voy a dejar de fumar. A partir de este momento voy a tener fidelidad. A partir de este momento voy a controlar mis palabras. A partir de este momento voy a tener control de mí mismo”. Hermano, a las horas, a las horas, él se da cuenta que su propia naturaleza ya le está humillando. Dice la Escritura que nosotros somos esclavos del pecado. Y no solamente esto, hermano, dice que estábamos muertos.

En nuestros delitos y pecados. Pero no solamente esto, dice la Escritura; dice la Escritura que teníamos una expectativa de condenación, y que lo que pesaba sobre nosotros era que ahora mismo estamos presos, no nos podemos soltar, y dentro de poco tiempo, entonces vamos a ser condenados. Lo que dijeron los ángeles al pueblo, hermano, fue: “Todos ustedes están muertos en sus delitos y pecados. Todos ustedes son esclavos del pecado. Todos ustedes están encaminados a la perdición eterna y a la eterna condenación, pero les ha nacido hoy un Salvador, que es Cristo el Señor”. Dios está hablando de tus carencias. Gente que está aquí, mira: tú sientes que estás libre, pero no estás libre; tú sientes que tienes vida, pero no tienes vida; tú sientes que tienes dirección, pero tú no tienes dirección. Dice la Escritura que el que nos nació en Belén, ese es nuestro Salvador.

Lo más parecido a esto, hermano, en Israel se entendía mejor porque ellos entendían lo que era ser esclavos en Egipto. Y cuando les dicen a ellos: “Mira, les ha nacido un Salvador”, es del mismo modo como les nació un Moisés en aquel momento que les sacó de Egipto. Dice la Escritura que nos ha nacido hoy un Salvador, que es Cristo, y ese Cristo es el Señor. ¿Cómo aplicamos esto nosotros mismos? Miren, en Navidad no es compadecerse de Cristo, en Navidad es compadecerse del hombre. Cristo no vino aquí para que tengamos pena de Cristo; Cristo vino aquí porque tenía compasión por nosotros. Lo que significa esto, hermano, es que tenemos que reconocer nuestra carencia delante de él.

Lo que nació no fue un niño. Miren, en la Maternidad Altagracia nacen niños todos los días. Lo que nació fue un Salvador, y ese Salvador nació una vez y para siempre. Mi ánimo, hermano, en esto es que entendamos, que entendamos el mensaje completo. Me gusta que algunas traducciones subrayan “Señor” en mayúscula: “Os ha nacido hoy un Salvador, que es Cristo” y después le ponen en mayúscula “Señor”. En Navidad lo que los cristianos celebramos es que Dios se hizo hombre, pero no solamente hasta ahí, hermano; hasta ahí celebra el mundo. Todo el mundo está celebrando hasta ahí. Lo que celebramos los cristianos es que en Navidad Dios se hizo hombre para morir en nuestro lugar y darnos la libertad.

Celebrar al Señor, no sólo al niño del pesebre

Quitándose esta pena que caía sobre nosotros, la eterna condenación, y restaurar nuestra comunión con Dios. Es mi oración que tú en Navidad dejes de ver el Cristo chiquito y comiences a ver a Cristo grande. Es mi oración que en esta Navidad tú no solamente te quedes en el niño que está debajo del árbol; no. Que tú entiendas que ese niño que está debajo del árbol es Dios mismo hecho hombre, y que ahí está tu libertad, y que ese niño, en su aparente carencia, es el tesoro más grande que ha habido sobre esta tierra. Es la salvación de Dios al mundo. Eso es lo que los cristianos celebramos en Navidad. Eso fue lo que los ángeles anunciaron. Leo de nuevo este pasaje y me permiten orar por ustedes. Dice la Escritura, a partir del versículo 10:

Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor.

— Lucas 2:10-11

Cierre sus ojos un momento. Quizá aquí hay personas que saben que Cristo nació, pero no entienden que en él está la vida, no entienden que él es el pan de vida, no entienden que él es el libertador del pecador. No entienden que en Cristo está la respuesta y que la pregunta es la depravación que hay en nosotros. Puede ser que haya aquí personas que están luchando por tener un comportamiento agradable a Dios a sus propias fuerzas. Dice la Escritura que nosotros no podemos en nuestras propias fuerzas; por eso se nos dio un Salvador, que es Cristo el Señor.

Quizá aquí hay personas que se llaman cristianos y han entendido a Cristo como el Dios encarnado, pero no han entendido el señorío de Cristo sobre su vida. Este que nació es el Señor, el que requiere nuestra absoluta reverencia, el que requiere nuestra absoluta prioridad. Este que nació no es solamente un bebé que está ahí, no; el que nació es nuestro Señor encarnado. Señor en mayúscula. Me gustaría invitar a las personas que tenían la mitad de la historia. Me gustaría invitar a las personas que han estado pensando que Navidad es sentirse triste porque Cristo nació así.

Me gustaría invitar más a las personas que no tienen la convicción de que Cristo es su Salvador. Me gustaría llamarles a que, de la manera en que se movieron los pastores, se muevan ellos hacia Cristo. Tengo meses repitiendo esto y lo repito de nuevo. Dice Apocalipsis —y esto es Cristo ya glorificado, amén, ya no es Cristo allí, hermano, es Cristo en toda su gloria— que él dice:

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

— Apocalipsis 3:20

Él es tu Salvador, camina hacia él. Es tan sencillo como que en una oración tú le reconozcas como tu Señor. Dios hecho hombre no obligó a nadie a que venga. Dios hecho hombre nunca se sintió solo. Dios hecho hombre no andaba mendigando el arrepentimiento de los hombres; no estaba prodigando su generosidad como quien mendiga. Dios hecho hombre estaba en medio nuestro, dio testimonio de su Deidad y murió en tu lugar en su humanidad. Y él ha dicho que a los que creen en su nombre les ha dado potestad de ser hechos hijos de Dios. Si tú no tienes la plena certeza de que eres un cristiano, de que este que nació es tu Salvador, yo te invito a que en esta tardecita le digas, en tus palabras: “Esta Navidad yo reconozco, no solamente que tú naciste, sino que también te reconozco como Señor de mi vida”.

Puede decirle al Señor con tus palabras: “Perdona mis pecados, Señor. He pecado contra ti, Señor”. Yo no puedo hacer esta oración por ti; solamente te puedo animar a que lo hagas, a que camines hacia Cristo. De nuevo, es tan sencillo como que le digas: “Señor, perdona mis pecados, acéptame como tu hijo. Reconozco que no solamente naciste, sino que tú te hiciste hombre, pero que eres Dios, y que en ti está mi respuesta, y que mi pregunta es depravación, es perdición, es condenación”. Hermano, si tú has hecho tu oración, bienvenido; has pasado de muerte a vida. Quiero orar ahora por los creyentes que están aquí congregados.

Que quizá están celebrando más “la Navidad”. Hermanos, Navidad no es tiempo de tristeza para los cristianos. Los villancicos con letras incorrectas cantan de un Cristo empobrecido, como si no fuera un asunto voluntario. Él se hizo pobre, hermano, para ponerse en tu lugar. Te invito a reconocer esta tardecita que este que nació no es solo un bebé; este que nació es Cristo el Señor, el Señor con mayúscula. Y que él está a la disposición ahí, y las huestes celestiales están a la disposición de él. Cristo no es tu asesor, Cristo no es tu consultor, Cristo no es un amigo que está por allá y hace sugerencias. El que nació fue el Señor de tu vida. Tú eras esclavo y ahora eres libre; estabas condenado y lo que te esperaba era el infierno, la depravación; ahora mismo lo que tienes es una expectativa de gozo, de glorificación en los cielos.

Estabas muerto, ahora estás vivo. Te invito a reconocer en Navidad que el que nació es Cristo el Señor.

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