Pueden buscar sus Biblias, hermanos queridos, Evangelio de Lucas, capítulo 19. Y veamos este encuentro con nuestro Señor Jesucristo. Este Evangelio de Lucas, capítulo 19… doy un momento para que todos puedan buscarlo. Pueden ponerse un momento sobre sus pies para que leamos la sagrada Escritura. Evangelio de Lucas capítulo 19, estaremos leyendo desde el versículo 1 y hasta el versículo 10. Es el encuentro de nuestro Señor Jesucristo con Zaqueo el publicano.
Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad. Y sucedió que un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico, procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura. Y corriendo delante, se subió a un sicómoro para verle; porque había de pasar por allí. Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa. Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador. Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado. Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa, por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.
— Lucas 19:1–10
Pueden sentarse, amados hermanos. Dice nuestra introducción de este encuentro de Zaqueo con nuestro Señor Jesucristo, que he titulado “El Señor encuentra a Zaqueo”, y lo he titulado así intencionalmente.
Quizás pudo haber dicho “Zaqueo encuentra al Señor”, pero intencionalmente lo que he enunciado es “El Señor encuentra a Zaqueo”, porque a la luz de toda esta historia vemos intencionalidad en el Maestro. Vemos a nuestro Señor Jesucristo que intencionalmente camina a una ciudad, y cuando va entre la multitud encuentra a un hombre pecador y le alcanza con salvación: el Señor encuentra a Zaqueo.
Les digo a modo de introducción que el ministerio de nuestro Señor, especialmente en su última parte, después que ya había realizado sus grandes obras milagrosas, después de haber resucitado a un hombre muerto de días, después de haber dado el mayor cuerpo de su enseñanza, en esta última etapa generaba gran interés en todos los segmentos de la sociedad. Entre los marginados generaba interés; entre los pescadores generaba interés.
Entre los recaudadores de impuestos y hombres en opulencia también nuestro Señor Jesucristo generaba interés. Entre las autoridades civiles y religiosas también, para ellos nuestro Señor era interesante. Su persona atraía a las multitudes, y toda la provincia de Judea había escuchado sobre Él, aunque fuera de segunda mano. Este es el caso de Zaqueo, un jefe entre los publicanos y rico, que al saber que Jesús pasaría por su ciudad, salió de su casa, se unió a la multitud, corrió delante de ellos y se subió a un árbol para poder verle, aunque fuera de lejos.
Este encuentro con el Señor sorprende porque las acciones de Zaqueo no se corresponden con las de una persona en su posición y son un precioso ejemplo de cuatro cosas: primero, de la universalidad del interés de los hombres en la persona de Jesús, pobres y ricos por igual; en segundo lugar, de la solicitud que debemos mostrar debido a este interés; en tercer lugar, de la intencionalidad de Dios en la salvación; y en cuarto lugar, de los verdaderos frutos del arrepentimiento. Y estas cuatro cosas quiero mostrar desde esta historia.
Quiero mostrarle a mi iglesia, en primer lugar, que nuestro Señor Jesucristo, su persona, ya sea por sus obras, su carácter, su integridad, por su poder, genera un interés que no está circunscrito solamente a los marginados de la sociedad. Y con esto quiero despejar una caricatura de mi Señor Jesucristo que han creado, sobre todo los representantes de una llamada teología de la liberación, que han hablado de una “opción por los pobres”: según ellos, nuestro Señor Jesucristo prefería a los pobres.
Cristo no hace acepción de personas: ricos y pobres igualmente necesitados
Se reunía con pobres, era de pescadores hacia abajo. Yo quiero demostrar hoy desde la Escritura, no hacer una opción por los ricos, sino enseñarles que los hombres, sin importar su condición social, sin importar su opulencia o su necesidad, todos los hombres pueden ser atraídos hacia nuestro Señor Jesucristo.
No quiero hacer una opción por los pobres; yo quiero hoy presentar una opción por los hombres, cual sea su condición. Quiero mostrar en segundo lugar la forma en que debe manifestar interés el hombre que ha sido atraído hacia el Señor. En tercer lugar, quiero mostrar que la salvación es intencional; que no hay salvaciones fortuitas; que no hay casualidad en la salvación; que esto no es una lotería donde salen hombres salvos; que la salvación es algo intencional, que sale con nombre desde el corazón de Dios. Y terminaré mostrando cuáles son los frutos de arrepentimiento que evidencian una verdadera salvación.
He titulado esto “El Señor encuentra a Zaqueo” porque así fue. Yo quisiera mostrarle hoy a mi iglesia, en primer lugar, que mi Señor no hace acepción de personas y que la misma oportunidad que tenían los marginados delante de Él es la misma oportunidad que tenían los jefes de publicanos y los ricos; que en Cristo, hermano, no hay diferencia; que todos los hombres pueden ser igualmente atraídos hacia la persona de mi Señor Jesucristo.
Hay dos características singulares que se mencionan de este hombre, de Zaqueo: dice que Zaqueo era jefe de los publicanos y también que era rico. Me llama la atención que el evangelista quisiera documentar el nivel de su patrimonio. Él pudo haber dicho “un hombre de Jericó que se llamaba Zaqueo”. Él no dice eso: dice “Zaqueo era jefe de los publicanos y también Zaqueo era rico”.
Yo me preguntara: ¿para qué el evangelista Lucas, que extiende esta narrativa, da este relato? ¿Para qué quiere que se sepa que Zaqueo era rico? Hermano, yo quiero mostrarle que todos los hombres comparten las mismas necesidades básicas y profundas. Que cuando nosotros predicamos el Evangelio, no entendemos que el pobre está más cerca de Cristo por su pobreza, o que el rico está más lejos por su riqueza. Entendemos que todos los hombres comparten delante de Dios el mismo nivel de necesidad, y es una necesidad profunda.
Nosotros no creemos —porque la Escritura así no lo sustenta— que sea más fácil alcanzar a unos o alcanzar a los otros; que el mismo número de personas de un segmento o del otro puede ser igualmente atraído hacia la persona de nuestro Señor Jesucristo.
Dice así la Escritura, la primera parte del capítulo 19:
Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad. Y sucedió que un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico, procuraba ver quién era Jesús.
— Lucas 19:1–3a
Hermano querido que está aquí congregado, todos los hombres con los cuales nosotros compartimos tienen las mismas necesidades, y mi Señor Jesucristo no necesita ningún adéndum o reducción para ser interesante para unos o para otros. En Cristo el rico y el pobre se encuentran.
Quiero mostrar este versículo que he puesto intencionalmente en su programa, y es Juan capítulo 6, versículo 37:
Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.
— Juan 6:37
Hermano, nuestro Señor Jesucristo no es para pescadores o para publicanos solamente, nuestro Señor Jesucristo es para todo lo que el Padre le ha dado, y todo lo que el Padre le ha dado vendrá a Él, y Él no le echará fuera.
Recuerdo haber dicho a nuestra iglesia, en alguna exposición de la Escritura en otros años, que tengo el temor de que ustedes piensen que nuestra iglesia es para un segmento de personas, que Cristo es para un segmento de los hombres. Cristo es para todos; es para los pescadores y también es para los publicanos.
Sin discriminación: oportunidades espirituales entre todos los segmentos
Quiero mostrarle a mis hermanos que no debemos hacer ningún tipo de discriminación. Rechazar los ricos también es discriminar. Yo me animo a decirlo, hermano: todos los hombres tienen delante del Señor la misma necesidad. Publicanos y soldados fueron delante de Juan el Bautista para ser bautizados. Esto es impresionante, hermano. Cuando nuestro Señor, antes de que Él llegara, Juan el Bautista salió a predicar, y entre los hombres que vinieron, vinieron soldados y vinieron publicanos.
Iglesia que está aquí presente, yo quiero mostrarte que no tienes que tener temor de dar testimonio de Cristo, porque todos los hombres delante de Dios son vistos iguales en su misma carencia y en su misma necesidad. Si solamente predicas a personas que tienen necesidades evidentes, entonces estás dejando el grueso de la población sin la oportunidad de tener también la esperanza que tú y yo tenemos.
Dice nuestro Señor Jesucristo que dentro de estos segmentos de personas hay grandes oportunidades, y aquí yo creo, hermano, que podemos ser estratégicos. Uno pensaría que aquel que no tiene nada es la persona que más fácilmente va a abrazar a Cristo. Uno pensaría que aquel que aparenta ser bueno o religioso es la persona que está más cerca. A la luz de la Escritura lo que encontramos es lo siguiente:
Jesús les dijo: De cierto os digo que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios.
— Mateo 21:31b
Hermano, en este segmento de personas hay grandes oportunidades.
Yo sospecho que mis hermanos tienen cierta timidez al dar testimonio a los poderosos de este tiempo, porque piensan que los poderosos de este tiempo no están interesados en Cristo. Hermano, Cristo suple una necesidad universal que no depende del patrimonio que una persona tenga, no importa la posición que esa persona pueda tener. Este era un jefe y necesitaba a Cristo; este era rico y necesitaba a Cristo también.
Lo que he visto, hermano, en mi experiencia pastoral es que aquellos que han tenido la oportunidad de experimentar los placeres del mundo, lo que están es profundamente desencantados. Uno pensaría que estas personas aborrecerán a Cristo porque están distraídas en otras cosas. Lo que yo he visto es que estas personas están más aburridas e insatisfechas de lo que tú y yo pensamos.
Cristo, hermano, es la solución a las profundas necesidades en el corazón del hombre, y un hombre puede ponerle a ese corazón patrimonio, puede ponerle a ese corazón poder, puede ponerle a ese corazón reconocimiento, y todavía en el corazón del hombre hay una necesidad que no ha sido satisfecha.
Hombres en opulencia tienen la misma necesidad de Dios. Paradójicamente, hermano, estos hombres evidencian ser más sensibles que aquellos que tienen abiertas carencias o hasta una experiencia de vida religiosa. Uno pensaría que un publicano, que era despreciado por los judíos —estas personas eran gente dura, insensible—, nuestro Señor Jesucristo nos da un retrato de ellos como personas que experimentaban la misma necesidad que el común de los hombres, y que tenían en algunos casos hasta una propensión más rápida a evidenciar su necesidad.
Justo antes de esto, el mismo evangelista describió la parábola del fariseo y del publicano. Dice Lucas capítulo 18, versículo 9 en adelante; es un capítulo atrás:
A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.
— Lucas 18:9–14
La iglesia frente a todos los estratos y el interés que genera Cristo
Hermanos queridos, la lección que quiero poner en sus mentes es que a un hombre por publicano no está más lejos de Dios; es que a un hombre por vivir en opulencia no está más lejos de Dios; es que uno, por tener los bienes materiales y las necesidades resueltas materiales, no ha resuelto todavía la necesidad principal que hay en el corazón del hombre, y es la necesidad de experimentar la paz con Dios, que solamente se tiene a través de Cristo. Hombres, sin importar su condición, tienen la misma necesidad de Dios.
Me quiero mover, hermano, pronto, pero le doy aquí una ñapa: establecer barreras económicas o demográficas es desatender la Gran Comisión. Yo quiero llamar a mi iglesia a que cierre un poco los ojos ante el estado de cualquier hombre y que predique a Cristo. Yo quiero mostrarle a mi iglesia que si su jefe es uno de los poderosos de la tierra, él también necesita a Cristo. Yo quiero mostrarle a mi iglesia que su compañero de trabajo, que vive solamente para llamar la atención hacia sí mismo y exhibir su estilo de vida, ese también necesita a Cristo.
Yo quiero enseñarle a mi iglesia que no podemos hacer acepción de personas; que los unos y los otros tienen la misma necesidad de Dios y como iglesia tenemos que asegurarnos de que tengan las mismas oportunidades. No vayamos solamente a la orilla del lago a buscar al pescador; también vayamos a Jericó a buscar, no al publicano solamente, sino al jefe de ellos, porque todos los hombres tienen la misma necesidad, y es la necesidad de Dios.
Les he mostrado en primer lugar, hermano, la universalidad del interés por nuestro Señor Jesucristo: iglesia, Cristo es interesante. Yo creo que nosotros mismos hemos subestimado esto. Nuestro Señor, por donde iba, la gente quería verle, querían conocerle: “¿Quién es este?”. Y la iglesia de Cristo está interiorizada en Cristo, hermano; nosotros estamos sembrados en Él. La iglesia cristiana tiene que generar el mismo interés que generaba el Maestro cuando estaba en medio nuestro.
Ustedes quizá lo dan por hecho, como quizás lo daban por hecho los discípulos, que eso era algo normal. Pero la gente iba en masa detrás de nuestro Señor Jesucristo. La iglesia es el cuerpo de Cristo aquí en la tierra, y la iglesia tiene que generar entre los hombres el mismo interés. Hermano, yo quiero invitarle a que entiendan que cuando la iglesia está reunida, no demos eso como un asunto por sentado. La iglesia reunida, hermano, genera un interés especial en los hombres: ¿qué es lo que hay ahí?, ¿cuál es el gozo que tiene esta gente?, ¿cuál es la capacidad que ellos tienen para sobreponerse a sus circunstancias? La iglesia de Cristo tiene que generar el mismo interés que generaba Cristo.
El interés de Zaqueo y su diligencia sobrenatural
Me muevo un poco más, hermano, y les muestro ahora de qué manera Zaqueo evidenció su interés por el Maestro. Dice así la palabra del Señor; leo del versículo 3 en adelante:
Procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura.
— Lucas 19:3
No es que Zaqueo… yo estaba analizando, hermano, que es el prototipo del acaudalado que se dibuja en los muñequitos, siempre como chiquitos, regordetes y con mucho dinero; es como una caricatura de Zaqueo. Han visto que en las caricaturas el rico siempre es así: es como chiquito. Es como el prototipo.
Él tenía un asunto, hermano, que si uno no lee rápido no llega a entender las sutilezas del relato. Lo que está sucediendo es algo poco común. Un hombre en la posición de Zaqueo no hace lo que Zaqueo está haciendo. ¿Quién ha dicho a ustedes que los ricos de esta tierra se reúnen con multitudes? Que vaya el pueblo; que se reúnan ellos; que caminen ellos detrás del Maestro. “El Maestro que venga a mí; o yo le visito, y si le visito, le visito de noche”. Pero los poderosos de la tierra, los ricos, no frecuentan las multitudes.
Hay cosas, hermanos, aquí que son poco frecuentes para un hombre en la posición de Zaqueo. Lo primero es que sale de su casa y se une a la multitud. ¿Qué hace un rico, qué hace un jefe de publicanos entre la multitud?
Les digo, hermano, que esta multitud muy probablemente le era hostil a Zaqueo. Los judíos aborrecían a los publicanos. Ellos entendían que con los publicanos no se podía tener comunión; eran hombres despreciables. De hecho, todavía en este tiempo, cualquier recaudador de impuestos tiene problemas con el pueblo. Estos publicanos no solamente eran recaudadores de impuestos que le quitaban a la gente sus pertenencias, sino que recaudaban impuestos en nombre de Roma. Era el imperio que le estaba pisando a ellos el cuello. Imagínense ustedes la posición en que estaba Zaqueo.
Y era pequeño de estatura, hermano. Probablemente en esa multitud había gente que quería practicar cierta hostilidad hacia alguien en la posición de Zaqueo, y en la multitud todo ocurre. Zaqueo sale de su casa, se mezcla entre la multitud y encuentra que, por la estatura, no puede ver al Maestro. Está corriendo un riesgo de exposición.
Era tan fuerte, hermano, este rechazo que generaban, que ser publicano llegó a ser considerado un calificativo despectivo, y la misma Escritura habla de “gentil y publicano” como gente con la cual no se tiene comunión. Y este gentil y publicano, rico y jefe de publicanos, sale y se mezcla con una multitud que quiere ver a Cristo.
Hermano, quiero demostrar el mismo punto: nuestro Señor Jesucristo genera un interés, no solamente en el pueblo llano, sino en todas las esferas de la sociedad. Y este interés lo manifestó Zaqueo saliendo de su casa y uniéndose a la multitud, pero no se quedó ahí.
Dice que Zaqueo no podía verle a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura, “y corriendo delante” —hermano, usted no va a ver a un poderoso de la tierra corriendo. En el mirador, es cierto, por ahí ese correr y el otro correr… ese es otro correr. Creo que estamos jugando, hermano, en que la gente, cuando tiene determinado estatus, no corre. Camina, o espera. Pero Zaqueo tiene tanto interés por el Maestro que él entiende que será imposible llegar a ver a Cristo a través de la multitud, y sale corriendo, y se adelanta corriendo a la multitud.
Y cuando se adelanta corriendo a la multitud hace otra cosa que también es poco probable que suceda de manera natural en una persona en la situación de Zaqueo: hombre viejo no se sube a mata. Eso es un asunto de muchachos: trepar árboles. Un adulto trepando árboles no es un asunto común.
El llamado de Dios y la diligencia del corazón atraído
Hermano, yo le estoy manifestando en todas estas cosas el profundo interés en Cristo que tenía Zaqueo. Dice: “yo tengo que verlo”. Él pudo haberse quedado allá recostado, diciendo: “No, hubo un tal Nicodemo que fue de noche, no. Esta es mi oportunidad; yo tengo que conocerlo; yo quiero verlo”. ¿Qué es lo que él quería ver? Dice: “quería ver quién era Jesús”.
Ay, hermano aquí presente, todos los hombres, aunque ellos no lo sepan, quieren saber quién es Jesús. Jesús, hermano, es de interés universal. ¿Cómo evidenció Zaqueo que estaba verdaderamente interesado en Cristo? Salió de su casa, se metió en la multitud, salió corriendo como si fuera un muchacho y después termina encima de un árbol.
Y “corriendo delante, se subió a un sicómoro para verlo, porque había de pasar por allí”. Hermano, él no solamente se subió encima de un árbol, sino que se subió encima de un árbol y permaneció en el árbol hasta que el Señor pasara. Estoy explicando, hermano, cuál es el proceso para que ustedes entiendan que están sucediendo aquí cosas que no son comunes. Y es que cuando una persona verdaderamente está interesada en Cristo, hermano, eso es un fenómeno sobrenatural.
Y yo tengo que concluir, a la luz de esta porción y de otras porciones de la Escritura, que definitivamente lo que estamos mirando aquí es una obra del Señor; eso es un milagro. Cuando un hombre experimenta un verdadero interés por Cristo, hermano, eso es un asunto que va más allá de cualquier límite humano, de cualquier límite material.
A veces encuentro personas que me dicen: “Yo estoy interesado en Cristo, pero yo no tengo una iglesia cerca”. Mire, si una gente realmente está interesada en Cristo, coge carros públicos, sale caminando, busca los medios para conseguirlo. Hay otros que me dicen: “No, es que quiero ir allá, pero tengo un problema en el trabajo”. Si una persona tiene un problema en el trabajo, le dice a su empleador, ora por eso, insiste en ese asunto. Pero no es verdad que alguien que verdaderamente tenga el corazón interesado en Cristo se queda donde estaba.
Quiero decirle a mis hermanos que seamos sabios en esto, porque hay personas que utilizan límites artificiales para decir que no vienen al encuentro con el Señor. Cuando una persona realmente está siendo llamada por el Señor se levanta en él cierta diligencia, se levanta en él cierto interés que puede romper cualquier barrera humana que quiera interponerse entre los ojos del Maestro y los ojos de esa persona.
Zaqueo… hermano, lo que está sucediendo aquí es la regeneración; lo que está sucediendo aquí es que el Señor le está llamando; él no lo sabe todavía. Ese es el misterio de la salvación. Teólogos históricamente han tratado de darle orden a esto que es la salvación; le llaman el ordo salutis, el orden de la salvación. Y uno dice: ¿cómo esto sucede?, ¿será que primero Zaqueo se interesó y después el Señor puso en él pasión por Él?, ¿será que es de izquierda a derecha o de derecha a izquierda?
Hermano, yo no sé, pero todo creyente verdadero testifica que en algún momento de su vida, en su corazón, en su vida, apareció un interés especial por conocer quién era Jesús, y eso es algo que no se detiene. Yo imagino a Zaqueo, hermano, mirando a su alrededor y pensando: “Y ahora, ¿qué hago? Cuando la multitud tome alcance de nuevo, no voy a poder verlo, y este es el momento”. Me trepo en el árbol, hermano: cuando el Señor está llamando a alguien, si es necesario, se trepa en los árboles por ver a Cristo.
Lo que yo he visto, hermano, es que esto, hasta cierto punto, es un misterio, es algo que está velado todavía. Como dice la Escritura, que el Espíritu sopla de un lado al otro, como sopla el viento, y nosotros no podemos verlo, pero donde el Señor está llamando a una persona, ese interés, esa pasión, ese nivel de diligencia son de las primeras cosas que comienza a evidenciar.
“Corriendo delante, versículo 4, se subió a un sicómoro para verlo, porque había de pasar por allí”. Hermano, él está esperando al Maestro; está detenido esperando que la multitud le alcance, pero él está por encima de la multitud. El Señor ha manifestado en Zaqueo la diligencia necesaria para encontrarse con Cristo.
La salvación es del Señor: el “me es necesario” de Jesús
Versículo 5:
Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.
— Lucas 19:5
Le he mostrado en primer lugar, hermano, la universalidad del interés de los hombres en Jesús: no es para pescadores solamente, no es para publicanos solamente; es para pescadores, es para los dueños de los barcos, es para los publicanos y es para los jefes de los publicanos. Le he mostrado en segundo lugar que cuando alguien está siendo llamado por el Señor manifiesta una diligencia, un interés que son asuntos sobrenaturales, y en esto uno comienza a ver la obra del Señor.
Permítame mostrarle ahora la intencionalidad de Dios en la salvación. ¿Qué es la salvación, hermano? La gran afirmación en la salvación, la gran axioma de la salvación es esta: la salvación es del Señor. Eso es lo primero. La salvación no es un asunto de los hombres; la salvación no es algo que está al alcance de los hombres; la salvación es del Señor.
No hay ningún hombre que pueda decir con propiedad que él ha resuelto salvarse; nosotros no podemos salvarnos. De hecho, Zaqueo no contaba con que iba a ser invitado por el Maestro, que el Maestro iba a querer posar en su casa. Él contaba solamente con ver al Maestro desde lejos.
Si un hombre supiera cuál es su verdadera condición delante de Dios, entendería que él no es apto para ser salvado, que él no tiene posibilidad alguna de alcanzar la salvación. Hermano, la salvación es un milagro; es un don de Dios. Un don es un bien inmerecido; nosotros no merecemos la salvación. Zaqueo no fue salvo porque se movió: moviéndose, podía ver al Señor desde lejos si la multitud se lo permitía, pero la salvación, hermano, es un milagro, es un don; la salvación es del Señor.
Yo quiero decirle a mi iglesia hoy, demostrarle desde la Escritura, que en la salvación hay intencionalidad; que no es un asunto fortuito, no es algo más que nosotros podamos salir a buscar por nuestros propios medios. Dice así la Escritura:
Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.
— Lucas 19:5
Hermano, a mí me impresiona lo siguiente: Zaqueo no contaba con interactuar con el Señor. Uno diría: “Bueno, ya que él salió de su casa, se mezcló entre la multitud; ya que vio que no podía ver y salió corriendo delante de la multitud; ya que consiguió un árbol y subió; el Maestro va a tener que darme atención, Él va a tener que interactuar conmigo”. No, hermano. Zaqueo no aspiraba a que el Maestro le mirara; Zaqueo no aspiraba a tener una conversación con el Maestro; Zaqueo no podía aspirar a que el Maestro quisiera posar en su casa. De hecho, por prudencia, quizá él ni siquiera le invitaba.
Porque sabía que ningún judío visitaba la casa de un publicano. Él no iba a invitar al Maestro.
¿Qué es lo que le quiero mostrar a mis hermanos en estas cosas? Es la expresión que está ahí delante, que dice “me es necesario”. Bueno, esa palabra “me es necesario” también aparece en el encuentro de Jesús con la samaritana; es la misma expresión: “me es necesario”. Y también aparece cuando nuestro Señor hablaba de sus padecimientos; Él dice: “es necesario”.
Cuando está hablando de algo que es necesario, está hablando de un plan que es más grande que nosotros mismos. Es algo, hermano, correspondiente a la providencia; es algo que le ha sido indicado; es como que a ti te mandan a una ciudad a llevar una encomienda: tú puedes hacer diferentes cosas en esa ciudad, pero hay cosas que te son necesarias. La diligencia principal es esta.
¿Qué significa “me es necesario”? Significa, hermano, que el evento de la salvación no es simplemente un asunto fortuito de que, porque alguien se movió y se encontró con el Señor, ahora el Señor tiene que ir a comer con él a su casa, a posar en su casa. No; es que el Señor ya había anticipado de antemano que caminaría por Jericó, que se encontraría con Zaqueo, que Él conocía a Zaqueo por su nombre.
Ay, hermano… “hey, hombre pequeño, desciende del árbol, que quiero conocerte”. No, no, no, no. Zaqueo, yo que te conozco por tu nombre; yo que sé cuál es tu verdadera condición; yo que conozco tu oficio; yo que me he movido hasta aquí para encontrarme contigo, digo que “me es necesario” posar en tu casa. No es un encuentro fortuito, hermano. El Señor conocía a Zaqueo: Zaqueo quería saber quién era Jesús, pero Jesús sabía de manera precisa quién era Zaqueo.
Ay, hermano querido, cuando tú fuiste salvo, tu nombre fue mencionado en el cielo. Yo me gozo, hermano. Yo no recuerdo el episodio de mi salvación de manera concreta; yo quisiera saber el día, la fecha, tener un cronograma. Yo quisiera que el Señor me permitiera ver cómo todo lo que Él hizo. Pero yo recuerdo, como momento de mi vida, que en mi corazón hubo un interés especial por el Señor, y hubo unos pasos que yo di, que yo vi después, que me encontré con el Señor.
Y yo no sé cómo, hermano, yo no sé dónde; yo no escuché su voz audible, pero yo sé que en el cielo se dijo: “Rafael Pérez, en este momento, se ha alcanzado por salvación”. Y cuando yo lo miro en retrospectiva, yo me gozo en ver, hermano, que no fue que yo caminé solamente hacia mi Señor, sino que mi Señor, con intencionalidad, se acercó hacia mí.
La soberanía de Dios en la salvación y nuestra búsqueda
Nada sale de Él, hermano; Él siente que virtud salió de Él; nadie arrebata la salvación: todo proceso de salvación es un proceso intencional y eres llamado por tu nombre. Por eso me gozo en aquel cántico que dice: “Señor, Tú me llamas por mi nombre, desde lejos, por mi nombre Tú me llamas”. Llamar a una persona por su nombre, hermano, es decirte: “yo te conozco”, es decirte: “tú no me eres un desconocido; yo sé quién eres tú, y aun así voy a posar en tu casa”. Hermano, gloria al Señor por nuestra salvación: nosotros no la logramos por nuestros propios medios, sino que el Señor salió a buscarnos, y cuando nos buscó nos llamó por nuestro nombre.
Tú no sabes cómo, quizás tú no sabes cuándo, pero en el cielo se estaba hablando de ti. “Me es necesario”; ese “me es necesario”, hermano, es como dice Juan capítulo 4, versículo 34:
Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.
— Juan 4:34
Ese “me es necesario” muestra que nuestro Señor estaba en misión, y Él vino a tener unos encuentros puntuales donde en esos encuentros puntuales iba a haber salvos.
Ninguno de estos eventos es fortuito, hermano; todos los eventos han sido providencialmente dispuestos. Ahí vemos la soberanía del Señor en la salvación. Quisiera mencionar algunos solamente.
Cuando hablo de la soberanía de Dios, hermano, es que nuestra salvación no es algo que ha dependido de nosotros. Hombres que están aquí presentes, que todavía no tienen la seguridad de su salvación: ustedes no serán salvos porque visiten una iglesia —y es muy bueno que visiten una iglesia—, pero en esa multitud, en la cantidad de gente que hay, al Señor no les miró intencionalmente. Que usted entre a la iglesia no significa que usted pueda granjearse la salvación por sus propios medios.
Sin embargo, frecuentemente, cuando el Señor comienza a interesar a alguien con salvación, le lleva a una iglesia local. Frecuentemente.
Hermano, cuando le hablo de la soberanía de Dios en la salvación, no le digo que por una búsqueda sincera usted pudo encontrar a Cristo; no, ese no es el caso. Es que Cristo le estaba llamando; Cristo le estaba buscando, y el medio que utilizó fue una búsqueda sincera.
Frecuentemente, en las Escrituras, hay personas que dicen: “Yo conocí a Cristo leyendo la Biblia”. Yo lo creo que fue así, pero yo creo, hermano, que Cristo sabía que Él se estaba presentando. Quizá tú no lo ves del otro lado de la ecuación, hermano, pero por ahí está el Señor. En la salvación no hay nada fortuito, no hay nada casual; siempre hay intencionalidad.
La soberanía de Dios en la salvación, hermano, es que quizás tú dices: “Yo peleé a la promesa de ‘Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá’”.
Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
— Mateo 7:7–8
Si usted se aferró a esa promesa es porque usted escuchó la promesa. Ese es el dilema, hermano. Pero yo digo: “No, yo soy salvo porque yo extendí la mano”. Si usted pudo extender la mano es porque los brazos del Señor ya estaban abiertos de la otra parte. Me recuerda la parábola del hijo pródigo, que cuando él salió, ya el Padre le estaba esperando: Él salió primero.
Cuando Cristo buscó a Zaqueo y le encontró entre la multitud, y le dijo: “Me es necesario que pose hoy en tu casa”, lo buscó ante los demás, lo llamó por su nombre y se invitó Él.
No es Zaqueo que le está diciendo: “Maestro, yo tengo una casa grande; yo soy rico; yo soy un hombre de opulencia; ven, posa en mi casa”. No; él no se lo iba a pedir.
Ese es el dilema que tienen los hombres para entregar su vida a Cristo: ellos piensan: “Guau, yo no puedo invitar al Señor”. Y es verdad. El asunto, hermano, es que es el Señor que se invita a venir a nosotros. Es la soberanía de Dios en la salvación.
Yo quiero, hermano, alentarles, alertarles a que evitemos hacer presentaciones emocionales, aunque poéticas, que no son escriturales acerca de la salvación. Hay hermanos míos que, en un afán de enseñar el proceso —que es un proceso, les digo de nuevo, es Dios que lo está haciendo, hermano, y Él sopla de un lado al otro; no hay dos que sean estándar— han tratado de resolver esto con poesía, y he escuchado, por ejemplo, al poeta que dice que el Señor es “el caballero de la cruz” y que Él siempre toca la puerta.
Eso es cierto hasta una parte, hermano; yo entiendo la intención. Pero lo que yo he visto en la Escritura, hermano, es que si el Señor tiene que romper la puerta, la rompe. Lo que yo vi en toda la Escritura es que es verdad que el Señor está llamando, está llamando, está llamando, pero cuando Él llama, Él pone en nosotros también un interés de venir, de venir, de venir.
Lo que evito en la Escritura, hermano, es pensar que la salvación es un asunto como que alguien dice: “Yo decido hoy, resuelvo, y ya”. No; es el Señor que te está llamando, aunque tú no lo sepas de manera concreta.
La salvación como irrupción en nuestra agenda y vida
Quiero mostrar con esto, hermano, que la salvación es un asunto disruptivo: rompe la agenda. Yo veo al Señor interactuando con Zaqueo, y le dice: “Zaqueo, date prisa; baja de ahí, porque me es necesario posar hoy en tu casa”. Y yo veo que Zaqueo baja del árbol, se da prisa y permite que el Señor pose en su casa.
Yo digo: “Zaqueo, pero tú no tienes tu casa dispuesta para recibir al Señor”. De hecho, quizá Zaqueo estaba pensando: “No, yo no debo llevar al Señor a mi casa; yo debo primero hacer lo que tengo que hacer, que es devolver a cualquiera que yo haya defraudado cuadruplicado, y darle la mitad de mis bienes a los pobres. Eso es lo que yo debo hacer, y después entonces yo invito al Señor”.
No, hermano. El Señor dijo que iba para esa casa y fue a esa casa, y fue a esa casa en el momento donde la casa estaba como estaba.
Cuando el Señor entró, generó una alerta. Si hay alguien que está aquí presente hoy, que está esperando quizás que Cristo venga y le diga: “Ve y pon la casa, ordénala, límpiala, resuelve tus problemas, y después entonces yo voy a posar en tu casa”, hermano, así no funciona la salvación.
La salvación es un proceso disruptivo donde pone tu agenda en pausa, pone tu vida en pausa. Hermano, eso es como cuando a un prisionero lo están libertando: es un asunto contundente. Recuerdo aquellas imágenes que uno ve de la Segunda Guerra Mundial, cuando los aliados iban caminando y conquistaban ciudades. Ellos llegaban de repente.
Imagínate tú que estás en una prisión; tú eres un judío, estás preso, estás en uno de estos campos de concentración; vienen los aliados, y cuando llegan los aliados a la puerta del campo de concentración, tú le pides a los aliados: “Dénme un mes más para yo resolver un problema aquí, y cuando yo resuelva mis problemas, entonces viene y me libertan”.
Hermano, la liberación no funciona así; la liberación siempre es de repente. La salvación, hermano, eso es un asunto contundente: cuando Él salva, salva. Y hay veces que sucede como sucedió con Lázaro, que el Señor le libertó y después le quitó las ataduras, pero cuando el Señor ha libertado, hermano:
Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.
— Juan 8:36
A quien el Señor le llama: “Zaqueo, desciende del árbol”, baja del árbol; el Señor se queda en su casa. Y usted me dice: “¿Qué hacemos? ¿Sigo siendo el jefe de los publicanos?”. Hermano, esos son frutos de arrepentimiento, y también estaré hablando de eso el día de hoy, pero no hay que tener fruto de arrepentimiento para permitir que el Señor pose en tu casa.
Lo que quiero decirte: hay cantidad de gente que están haciendo planificaciones para abandonar el mundo, abandonar el pecado y venir a Cristo. Hermano, al pecado, cuando Cristo viene, no se le da ni preaviso ni cesantía. Se despide ya.
El pecado no es algo para que tú le digas: “Mire, yo soy prisionero suyo”, a menos que tú tengas el síndrome de Estocolmo y hayas desarrollado cierta complicidad con tu verdugo. Pero la salvación, hermano, es un asunto contundente: el Señor te liberta, tú eres libre, y después vemos qué pasa con todo lo demás.
El Señor va para la casa de Zaqueo, hermano, y va para la casa de Zaqueo, y cuando va a esa casa quizá encontrará que ahí hay asuntos que tienen que ser remendados, y el Señor entra. Ay, hermano, Él tiene algo que nosotros no tenemos; se llama impecabilidad. El Señor entraba en contacto con cualquier hombre y Él no se contaminaba. Por eso, para el Señor, eso no le afectaba.
Hay algunos que están planificando la salvación; hay algunos que están esperando un día apropiado. Hermano, el día apropiado es hoy. Amigo, el día apropiado es hoy. La salvación no es algo que se agenda. Casi todos los casos de salvación que encontramos en la Escritura son asuntos imprevistos: el Señor iba pasando y alguien fue salvo. Ya es así, hermano; es que como es un ejército de liberación, el poder en la salvación, hermano, funciona así; es como un asunto contundente; es algo que tú no lo estás esperando. Una transición hacia Cristo no se prepara, hermano: tú vas reaccionando.
Yo tengo preocupación por gente que quiere ser muy organizaditos al venir a Cristo. Dice: “Yo primero hago esto, después hago esto”. Tú no vas a nada. Lo primero es que Cristo va para tu casa. Cuando Cristo vaya para tu casa, tú vas a encontrar un poder, una fuerza sobrenatural para hacer la voluntad del Señor; y tú vas reaccionando a medida que vas teniendo revelación.
Hay frutos de arrepentimiento que se manifiestan, pero eso lo hace el Espíritu Santo. La realidad es que cuando usted entrega a Cristo su vida —porque Él la ha estado llamando— no es algo que te da un tiempo para racionalizar, un tiempo para hacer largos planes.
Hay gente que dice: “No, yo tengo que administrar un pecado; tengo que ver cómo salgo de esto, cómo se lo presento a mis relaciones…”. Eso es disruptivo, eso es liberación, eso es contundente. Lo que hay detrás de todos esos planes ilusorios es un pobre entendimiento de cuál es tu verdadera condición. Un esclavo no planifica su liberación; la recibe cuando se la han dado.
Yo recuerdo otra imagen con la cual puedo expresar esto: en los tiempos de la esclavitud en Estados Unidos, había personas que tenían un tren; le llamaban “el tren de la salvación”, “el tren de la liberación”. Ellos llegaban a plantaciones y rompían las cadenas. Y cuando llegaban a los esclavos, les rompían las cadenas, ¿saben lo que hacían? Corrían. Pero había otros que, cuando les rompían las cadenas, se quedaban así.
Hermano, si Cristo rompió tu cadena, corre del mundo. Amigo, si Cristo rompió tu cadena, sal. Si Cristo te dice: “Desciende, que voy para tu casa”, desciende y ve para tu casa. “Ay, mi casa no está apropiada: es la casa del jefe de los publicanos; ahora mismo quizá hay transacciones que se están haciendo en mi casa”. Ve, que el Señor te está llamando: es un asunto así, un poco de repente.
Evidencias y frutos del arrepentimiento en Zaqueo
Les he mostrado en primer lugar, hermano, que Cristo es atractivo, no para un grupo de personas o para otro, sino para todos. Les he mostrado en segundo lugar, hermanos, desde la Escritura, que cuando alguien está siendo llamado manifiesta un interés, y ese interés es real: ese deseo, ese fervor, esa diligencia, ese ser audaz para ver a Cristo.
Les he mostrado, hermano, que la salvación siempre es intencional: el Señor le llamó por su nombre. “Zaqueo”, ¡ay!, “¿Tú me conoces?”. Es que Él lo conoce todo. “Zaqueo, yo sé quién eres tú; yo que te estoy llamando, sé quién eres”.
Les he mostrado, hermano; quiero mostrarles también desde la Escritura cuál es la evidencia de salvación. Dice así el versículo 6 en adelante:
Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador. Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.
— Lucas 19:6–8
Aguánteme aquí. Zaqueo no está despojándose de sus bienes para ser salvo; esa no es la causa de la salvación; es el fruto. Vamos: nosotros somos salvos por gracia; es por los méritos de Cristo. Zaqueo no está haciendo esto para obtener la salvación; está haciendo esto porque ha obtenido salvación. Es distinto.
Tú no comienzas a manifestar fruto de arrepentimiento para ser salvo; tú manifiestas fruto de arrepentimiento porque has sido salvo. ¿Cuáles son los frutos de arrepentimiento que se evidencian en una persona que realmente tiene la salvación del Señor?
El primer fruto de arrepentimiento que yo veo aquí es que Zaqueo primero quería saber quién era Jesús, y ahora a Jesús Él le llama “Señor”. “Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: Señor…”. Ya aquí hay un cambio, hermano.
No trate de buscar una plantilla. Hay gente que quiere encontrar siempre qué “oración” fue; hay un pastor que yo quiero mucho, que él tiene un tema con eso, de que hay que primero decir una cosa y después la otra; y que si no se hace así, entonces la salvación no es de verdad. Hermano, o sea, nosotros nos dejaran salvarnos, si la salvación requiriera ese nivel de precisión, ninguno de nosotros fuéramos salvos, porque uno entra como torpe, uno entra en los caminos del Señor como a tientas, como agarrándose de cosas. Ya que el Señor te está llamando, hermano, hay gente que quiere no ponerle a todo orden: “Él tiene que entrar primero por el jardín, después por la sala, después entrar, y después le saludo”.
Lo que hace falta, hermano, es reconocer al Señor, y tener sinceridad de corazón al hacerlo. Él ya comienza a llamar al Señor, no “Jesús”, sino “Señor”. Y en ese “Señor”, hermano, hay multitud de implicaciones: Él le reconoce superior a sí mismo; Él le reconoce como autoridad sobre sí mismo. Cuando Zaqueo llama a Jesús y le llama “Señor”, él se está diferenciando; él está mirando ahora hacia arriba; él está reconociendo el señorío de Cristo sobre su vida.
Cuando tú comienzas a llamar a Cristo “Señor”, hay muchas cosas que no hay que hacer explícitas, porque ya están implícitas: si Él es Señor, Él puede disponer de tu vida; si Él es Señor, lo que Él diga es verdad; si Él es Señor, Él tiene autoridad sobre ti. Eso es un cristiano.
“Ay, ¿y tú qué eres?”. El cristiano… primero fírmame, dónde están todas las cosas que tú estás renunciando. No; con que tú digas que Él es el Señor, ya tú estás renunciando a ti mismo. Eso es lo que dijo el Señor: que si alguno quiere ser su discípulo tome su cruz, niéguese a sí mismo y le siga.
Reconocer el señorío de Cristo es tener toda una predisposición a sujetarse a lo que Cristo diga. ¿Qué tiene un cristiano verdadero cuando viene a los caminos del Señor, en el primero de los escenarios? Él tiene poca información, pero tiene una actitud de reconocimiento. Cuando él lee la Biblia, él lee la Biblia, hermano, no como sugerencias; si él ha reconocido el señorío de Cristo sobre su vida, él lee la Biblia como un asunto normativo para él.
¿Qué reconoce un verdadero cristiano? Un verdadero cristiano reconoce que es verdad que no domina toda la doctrina, que no tiene toda la información, pero que domina un asunto que es el principal, de lo cual depende todo lo demás: que Cristo es el Señor. Y cuando el Señor habla, habló el Señor, hermano.
Muchas de las cosas que uno aprende en los caminos del Señor, uno las aprende en el primer mes, en el segundo, en el segundo año, tercer año. Pero hay algo que uno aprende en el primer momento: que Cristo es el Señor. Y nadie está en la relación correcta con Él, a menos que reconozca su señorío. Reconocer el señorío de Cristo es el primer paso, porque abre toda una ventana de consagración y de santidad. Lo primero que hace Zaqueo aquí es decir: “Señor”.
¿Cuáles son las evidencias?, ¿cuáles son los frutos de arrepentimiento? Lo primero es eso: sujeción al señorío de Cristo. Miren, los hombres viven sujetados a ellos mismos, y un hombre que es amador de sí mismo, un hombre que se tiene a sí mismo como su máxima autoridad, cuando viene a los caminos del Señor, se agacha.
Y él dice: “Ahora yo reconozco que estoy sujeto al señorío de Cristo”. El primer fruto de arrepentimiento que encuentro aquí: sujeción al señorío de Cristo.
En todo creyente verdadero puede haber un amplio desconocimiento de muchas áreas de la vida cristiana, pero hay un amplio reconocimiento de que Jesús no es solamente Jesús, de que Jesús es el Señor.
Lo segundo, hermano, que hay en todo creyente verdadero es sensibilidad. Yo estoy seguro de que a Zaqueo en las calles le habían voceado “¡ladronazo!” varias veces y no había hecho nada: “Ladrón, míralo ahí; traidor; se vendió a los romanos”. Pero ahora, cuando la gente dice: “Mira, el Señor entró en casa de ese hombre”, ahora él se preocupa. Dice: “Ay, no; pero ya Él es mi Señor, y si Él es mi Señor, yo tengo que cuidar su nombre; y si Él cuida su nombre, yo no puedo… me están diciendo eso, y no me puedo quedar callado, y tengo que dar un fruto de arrepentimiento, dar un testimonio público de que ya yo no soy el Zaqueo de antes”.
Los hombres que anteriormente vivían y decían: “Yo solamente vivo para mí mismo; a mí solamente me importan mis decisiones; yo vivo mi vida y que nadie se meta con ella”, cuando vienen a los caminos del Señor, su corazón se vuelve un corazón de carne, hermano, y se vuelve un corazón sensible. Y este Zaqueo, que yo estoy seguro que siendo jefe de publicanos ya había podido lidiar con eso, endurecer su conciencia: “Publicano, pero rico; tú no tienes lo que tengo yo; poderoso, vivo bien…”.
Ahora le dicen: “Ah, el Señor entró en la casa de un publicano”, y él se pone en pie, dice: “No, aguanta, porque es que ya yo no vivo para mí; yo vivo para mi Señor”.
En todo creyente verdadero hay un fruto de arrepentimiento que se manifiesta primero por un reconocimiento del señorío de Cristo y después con una profunda sensibilidad. Y esa sensibilidad, hermano, es algo demasiado fuerte: es que tú te sientes que tú eres representante de Él y que tus acciones le están representando. Tú dices: “Guau, pero el Señor está en mi casa, y yo tengo ahora que dar un fruto de arrepentimiento, diciéndole a estas personas que Zaqueo no es el Zaqueo indolente de antes; es un Zaqueo ahora que se preocupa”.
Él antes le quitaba los bienes a los pobres; ahora se preocupa por los pobres. Esa sensibilidad, hermano, es la que te permite cuidar el testimonio cristiano: es un fruto de arrepentimiento. Ya que el Señor está posando en tu casa, hermano, cuando el Señor está posando en tu casa, las cosas en tu casa cambian; son distintas.
Tercer fruto de arrepentimiento, hermano, es el desprendimiento. “Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar en casa de un hombre pecador”. Repito, hermano, dirijo su pensamiento hacia el mismo sitio: yo infiero que Zaqueo tenía años siendo publicano; quizá comenzó teniendo un pequeño puesto de recaudación, llegó a ser jefe entre los publicanos. Y lo que anteriormente la tenía sin cuidado —que era lo que los hombres pensaran sobre él— ahora, hermano, ahora le preocupa, y dice: “Si están diciendo eso y mi Señor está aquí, yo tengo que ponerme de pie y dar un testimonio firme de que yo soy un hombre diferente”.
¿Cuál es el testimonio que él da?
Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.
— Lucas 19:8
Aguánteme aquí, hermano. Cuando tú te arrepientes y presentas tus frutos de arrepentimiento, no lo hagas para los hombres. Si tú vas a renunciar a algo, renuncia delante del Señor y que el beneficio le llegue a los pobres. Me gozo en esto, hermano: él dice: “Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres, y si en algo he defraudado a alguien, se lo devuelvo cuadruplicado”.
Cuando tú vienes a Cristo y te arrepientes, guarda la grandilocuencia, eso de querer enseñar a los hombres, de que ahora venga todo el mundo. Hermano, eso hazlo delante del Señor, en oración. No fue que Zaqueo salió a la calle y dijo: “Hey, todo el que yo le deba, téngase quieto que yo le voy a pagar”. No. Zaqueo le dijo al Señor, y cuando se lo dijo al Señor, después lo hace delante de los hombres, y cuando lo hace así, la gloria va al nombre del Señor.
Hay gente, hermano, que cuando viene a los caminos del Señor quiere comenzar a llamar la atención hacia sí mismos, y todas sus decisiones grandes o pequeñas quieren ponerlas en el periódico: “Que se diga ahora que estoy dándole a los pobres; que se diga ahora que ya yo dejé tal vicio”. Hermano, dígale eso al Señor en oración, y que los hombres lo noten. Yo no creo que haya sido en ese mismo momento; quizá eso iba a venir tiempo después, como fruto de arrepentimiento.
Primero va delante del Señor, y después se manifiesta delante de los hombres. No hay que decir: “Yo quiero hacer una rueda de prensa ahora para decirles que yo dejé el alcohol, que yo dejé los vicios, que ahora estoy trabajando por mi familia, que ahora honro a mis padres”. No; no hay que hacer una rueda de prensa. Usted va delante del Señor, dice: “Señor, como estoy sujeto ahora a Tu autoridad, como ya te tengo a Ti como mi cabeza, como Tú estás por encima, yo quiero que Tú sepas que esa ha sido mi conducta anterior, pero a partir de este momento yo soy un Zaqueo diferente”. Y los hombres, Señor, van a notar que yo soy diferente, para Tu gloria.
Desprendimiento y restitución: la ética del arrepentido
Hay gente que busca primero a los hombres: “Ahora usted va a ver que yo soy evangélico; usted va a ver que yo verdaderamente soy un cristiano. ¿Quién quiere dinero? Venga tú, tienes”. Hermano, “Señor, mira que yo se lo di”. No: tú se lo dices al Señor, y después, con discreción, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha.
Una sujeción al señorío de Cristo: fruto de arrepentimiento. Una sensibilidad especial que anteriormente tú no tenías: fruto de arrepentimiento; lo que antes no te molestaba te va a comenzar a molestar si tú verdaderamente eres un cristiano. Un desprendimiento, hermano, porque tú tienes un tesoro más grande.
Un cristiano está llamado a ser desprendido con sus recursos materiales, porque él tiene algo más grande. Lo primero: un creyente tiene la seguridad de su provisión. Casi todo el que acumula bienes en esta tierra sin propósito legítimo tiene miedo. “Y si los pierdo, ¿qué va a pasar en mi vida?”. Un cristiano tiene su seguridad en Cristo, hermano, y él sabe que no depende de las circunstancias; sabe que Cristo es su proveedor, y si Cristo es su proveedor, lo manifiesta siendo desprendido con facilidad.
La iglesia cristiana debe ser una comunidad de gente desprendida, primero porque no le tiene el miedo que le tienen los hombres. Ay, un creyente es un buen mayordomo de los recursos del Señor, y si tiene que desprenderse, se desprende. Por eso los proyectos, hermano, de la iglesia de Cristo en 2000 años de historia han caminado, porque la iglesia de Cristo tiene su herencia en otra parte, tiene su seguridad en el Señor.
¿Qué tiene Zaqueo? Él antes era rico delante de los hombres; ahora él es rico delante de su Padre celestial, y se desprende con facilidad.
Me emociono, hermano, con esto, y con esto quiero terminar esta parte: cuando hay un verdadero fruto de arrepentimiento, hay una verdadera restitución. Y eso de restituir no debe ser obviado:
Y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.
— Lucas 19:8b
Él está dando aquí como una posibilidad, hermano, que yo creo que es casi un hecho concreto. Porque es difícil que, siendo publicano… hay determinados oficios que es muy difícil que usted los desarrolle sin que se le haya ido algo. Quizás lo que estamos escuchando es: “Como yo no sé, yo tengo tantos años haciendo esto, ya yo no sé de manera concreta si yo he defraudado a alguien, si he cometido injusticia, si le quité…”. Esos publicanos eran agresivos en quitarle a la gente sus bienes; “ya yo no recuerdo”. Pero, Señor, es a Ti que se lo está diciendo.
Bueno, si Zaqueo dice eso delante de los hombres, le inundan la casa. Eso es como si él saliera a la calle y dijera: “A todo el que yo haya defraudado…”. Vendrían por montón, hermano. Él le dice al Señor: “Señor, donde quiera que yo encuentre un asunto…”.
Ay, hermano querido, yo quiero hablar aquí a los nuevos creyentes. La gente, cuando viene a Cristo, viene con una multitud de pérdidas, de pecado, de vejaciones, de injusticias que ha cometido, de deshonra, y me dicen: “¿Y por dónde arranco? Si yo de verdad defraudé a todo el que… a mí me va a faltar vida para volver”.
¿Qué es lo que tiene un cristiano verdadero? Un cristiano verdadero tiene la disposición a la restitución, que quizá tú no sabes activamente a quién fue, pero a medida que el Señor te va encontrando con digresiones, tú dices: “Mira, yo quiero que tú sepas que yo soy cristiano, y eso que yo hice en contra tuya…”. Lo mínimo que tú deberías hacer, hermano, es devolver la honra.
Hay gente que ha manifestado que cometieron tantas injusticias antes de venir a Cristo, que ya no tienen los bienes materiales para devolver; lo menos que pueden devolver es honra: un reconocimiento. “Mira, yo lo hice mal; antes lo hice por desconocimiento; yo vivía para mi vanagloria, pero no lo hice bien”.
“Señor, si a alguien he defraudado, se lo devuelvo cuadruplicado”. Ese “si a alguien he defraudado”, yo lo interpreto, hermano, como el hecho natural que sucede de que él no sabía ya a cuántos había defraudado, o si había defraudado sin darse cuenta a cuánta gente. Hermano, no le ha hecho daño; no le ha faltado. Esa disposición a hacerlo…
Dice Romanos capítulo 13, del 7 al 8:
Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra. No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros.
— Romanos 13:7–8
¿Cuál es el fruto de arrepentimiento cuando venimos a los caminos del Señor? Hay que restituir.
¿Y qué es restituir? ¿Qué es esto de devolver algo que no te corresponde? Es que tú te has atribuido cosas que no son tuyas, has sustraído cosas que son ajenas: devolverlas.
Áreas de oportunidad, hermano, con las cuales quisiera terminar mostrándote si realmente tú eres un Zaqueo; si realmente Cristo te ha alcanzado; si realmente tú eres un creyente sensible.
Lo primero: que te sujetas a Cristo, que te desprendes de tus bienes con liberalidad, pero que restituyes. ¿En qué vas a restituir? Mira, tu actitud hacia la familia debes revisarla. Es muy difícil que usted sea un hijo sin Cristo y que no haya sido un hijo desobediente, que no haya sido un hijo irrespetuoso. Cuando vienes a los caminos del Señor, buscas a tus padres y dices: “Papá, mamá, ahora yo los honro; yo quiero que ustedes sepan que yo soy cristiano, y lo que yo hacía anteriormente hacia ustedes… en otro momento yo operé como si tú no fueras mi madre, como si tú no fueras mi padre. Yo tomé decisiones que te ofendieron, tomé decisiones que te avergonzaron; con palabras, con hechos, con acciones. Yo quiero que sepas que yo te reconozco como mi papá y te reconozco como mi mamá”. Ha venido salvación a esa casa: gloria al Señor.
Devolverle a tus padres la honra. Ay, pero hay hijos que han operado como si no tuvieran familiares. Pero ¿cómo es que tú tienes un papá y una mamá, y tú dices “no, mi papá…”? “Mi padre es un hombre inconverso”, y a él, hermano, yo le tengo que tener respeto, porque es mi papá.
Los creyentes hemos estado pecando históricamente de ignorar las relaciones familiares. Si usted tiene un papá, una mamá, busque a su papá, busque a su mamá. Y usted me va a decir: “Ay, pero no es el mejor papá del mundo, no es la mejor mamá del mundo”. No es el mejor papá del mundo; es el papá que el Señor le dio. Y es la mamá que el Señor le dio.
Si usted tiene un padre y usted es un creyente, usted debería buscar ese padre y establecer una relación. Decirle: “Yo quiero que tú entiendas que yo te reconozco como mi papá. Quizá yo he vivido años sin tener contacto contigo; quizá he vivido años sin tener una actitud graciosa hacia ti. Yo quiero que tú sepas que, a partir de este momento…”
“El Señor ha hecho en mí una obra, y yo te devuelvo tu honra”.
¿Qué hace un creyente si realmente la salvación ha llegado a esa casa? Un cónyuge, sea la esposa, sea el esposo, en algún momento deben tener una conversación. Pero no puede ser que vengamos a Cristo y todo siga igual. “Yo tengo que decirte, mi amor, que yo durante todo este tiempo me he comportado como se comporta un buen inconverso. No te he considerado como mi esposa; no te he dado el lugar que te corresponde. A partir de este momento, yo quiero que tú entiendas que el Señor me encontró, y cuando yo vi sus ojos, me miró y me dijo que iba a quedarse en mi casa. Yo estoy sobrecogido de todo eso, y yo quiero que tú sepas que quizá no me dé el tiempo ya para restituir muchas cosas en las cuales te deshonré, pero que a partir de este momento, la salvación ha llegado a mi casa: yo soy otro hombre delante del Señor”. “Restitución” se llama eso.
Una esposa cristiana debe buscar a su marido y decirle: “Mi amor, sea o no sea un creyente, yo quiero que tú entiendas que yo amo al Señor, y yo te amo más todavía que lo que te amaba antes; que ahora soy mejor esposa que antes; que en mi corazón hay salvación, y esa salvación se manifiesta trayendo restitución”.
Y al empleador, hermano… ¿sabe la cantidad de gente que ha vivido deshonrando a empleadores? Lo mínimo por lo cual deberías hacer restitución es por la actitud indolente que has tenido hacia esa empresa. Por ejemplo, aquí hay gente que tienen años trabajando para una empresa defraudando; y si no han defraudado directamente, han defraudado hasta con su actitud: trabajando sin gusto, siempre tarde. Hay gente que son reconocidos como atravesados en su trabajo, negativos, poco colaboradores.
Yo creo que si salvación vino a esa casa debe haber una actitud cristiana hacia el trabajo, y tú deberías primero darle al Señor las gracias porque tienes un trabajo, y después ir donde los empleadores y decirle: “Yo quiero que usted sepa que a partir de este momento usted tiene el mejor empleado que podría tener: que su empleado, que ha sido renovado, trabaja ahora para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibirá la recompensa”.
Y hacia las autoridades establecidas, hermano… esa rebeldía en la cual viven los hombres naturales… No lo duden: uno de los problemas del tránsito que tenemos en Santo Domingo es la rebeldía; eso de no someterse a nada.
Hermano, si realmente estamos en Cristo, tenemos que sujetarnos a la autoridad establecida: son frutos de arrepentimiento. ¿Cómo va a ser que tú seas cristiano y violes las leyes olímpicamente, y vivas irrespetando tu autoridad, hablando de las autoridades como hablan los inconversos? Usted debe entender que toda autoridad ha sido puesta por el Señor y sujetarse. Son frutos, hermano: frutos de arrepentimiento. Esa disposición de restaurar, esa disposición de restituir.
“Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres”. Se lo está diciendo al Señor, pero la actitud es de generosidad: “Yo quiero que Tú sepas que a partir de este momento Tú tienes un discípulo desprendido; donde quiera que haya necesidad, ahí están mis bienes”. Gloria al Señor por ese fruto de arrepentimiento.
“Y si en algo he defraudado a alguno…” —ya él perdió la lista, porque él sabe que por ahí hay mucha gente; él lo sabe—.
Ay, me testificaba un hermano… perdóneme ahí que comparta el testimonio, ¿no? Pero me decía él que él tuvo un tiempo, en los caminos del Señor, que fue un tiempo muy oscuro, un tiempo en que se comportó como un incrédulo; fue un tiempo donde deshonró su familia; fue un tiempo en que el Señor le preservó su familia a pesar de todo eso. Y me decía que alguien le llamó y le dijo que tiene como cierta cosa negativa en su corazón, porque él le ve ahora en las redes sociales, le ve como un líder, y él piensa que le conoció en aquel momento, y que “¿qué pasó con esa parte de mí?”.
Me dice él que se fue en lágrimas cuando la otra persona le habló, y tuvo que confesar su pecado y decirle: “En ese momento yo había deshonrado a mi Señor; pero a partir de ese momento yo soy, en Cristo, un hombre diferente”.
Y Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.
— Lucas 19:9–10
Iglesia del Señor, yo quisiera que tú entiendas que aquel que ha vivido maldiciendo, que aquel que ha vivido robando, que aquel que ha vivido en desobediencia, él también es hijo de Abraham. Él también tiene salvación, si pone en Cristo su confianza. Él restituye, y debemos darle a él el mismo trato.
Oración pastoral por restitución y sensibilidad
Oro por mi iglesia específicamente, porque quizá a ti te pasa como a Zaqueo, y tú no sabes a quién has defraudado. Quizá a ti te pasa como a Zaqueo, y tú no sabes a quién has vejado. Quizá te pasa como a Zaqueo, y tú no sabes dónde debes ir a restituir. Pero yo creo que el Espíritu Santo nos lleva a toda verdad, y en otras oportunidades glorificamos al Señor.
Oro por mi iglesia, para que evidencie los frutos de arrepentimiento por medio de restitución, desprendimiento, sensibilidad y sujeción.
Señor, yo veo que la historia de Zaqueo se parece a la historia mía y a la historia de mis hermanos, en otro tiempo, con otros nombres, con otros oficios. Señor, pero nosotros también somos los Zaqueos de este tiempo; somos la gente, Señor, a la cual Tú viniste a salvar; somos la gente, Padre, que Tú compraste a precio de sangre, y después fuiste y nos buscaste y nos trajiste a tus caminos.
Ay, Señor, nos emociona recordar que Tú nos salvaste personalmente, llamándonos por nuestro nombre.
Permite que mis hermanos puedan sentir, Señor, ese deleite especial, ese gozo especial de que Tú pronunciaste su nombre en un momento; que los trajiste con cuerdas de amor; que hoy están en tus caminos. Padre, permite que lo providencial de nuestra salvación sea lo que nos sustente esta semana, que podamos vivir a la luz de esta realidad: Señor, que por nuestros propios medios pudimos verte desde un árbol, pero que por tus medios Tú nos bajaste del árbol y te quedaste en nuestra casa. Permítenos gozarnos, Señor, en Tu soberanía: Tu soberanía es nuestra salvación.
Padre, mira cómo he estado con cuidado pastoreando a mi iglesia respecto de que restituya. Permite que cualquiera, Padre, que haya aquí estado en desobediencia, que haya estado, Señor, en rebeldía, que haya estado en deshonra, entienda que te está representando, y que si Tú te vas a quedar en su casa, esa casa tiene que ser distinta.
Ay, Padre, levanta hoy aquí un firme compromiso delante Tuyo de restablecer lo que haya que restablecer y restituir lo que haya que restituir. Quita en nosotros la soberbia, Señor.
Ay, Padre… hermano, mantén tus ojos ahí cerrados. Si hay alguien aquí que haya primero deshonrado al Señor, yo le invito a que confiese su deshonra, que se arrepienta. Si hay alguien aquí presente que deshonró al Señor con un pensamiento, con una actitud, con un hecho, que no defienda ese pensamiento, no defienda esa actitud y no defienda ese hecho: que confiese delante del Señor y que restituya delante de los hombres.
Hay familias que deben ser restauradas; hay matrimonios que tienen que ser restaurados; hay relaciones de hijos y padres, padre e hijos, que tienen que funcionar mejor. Hay empresas, negocios, oficios que tienen que ser mejor desarrollados; que se manifieste que ha venido la salvación a esta casa.
Mantén tus ojos cerrados ahí, hermano querido, y ora conmigo.
Llamado a los Zaqueos de hoy: recibir a Cristo y luego restituir
Si hay alguien aquí hoy que ha escuchado predicar de mi Señor y ha sentido el brillo de esta atracción especial que genera mi Señor delante de los hombres; si alguien hoy se ha sentido atraído hacia Él; si alguien hoy quiere salir de su casa, unirse a la multitud y caminar con el Maestro; si alguien hoy no ha podido ver al Señor, está haciendo esfuerzo y todavía no le ve; si alguien está encima del árbol, por encima de la multitud, y todavía no ha llegado, que entienda que si el Señor le está llamando, el Señor le buscará, el Señor le mirará y le dirá: “Desciende, porque hoy voy a quedarme en tu casa”.
Reciba al Señor con tu casa como esté. No es primero para limpiarla, no es primero para restituir: es para recibir. Primero reciba a Cristo y después restituya. No espere ser generoso para venir; ven a Cristo y serás generoso.
Hago un llamado aquí a mis hermanos a que practiquemos el desprendimiento; es lo que los Zaqueos de este tiempo escuchan en el llamado del Señor. Invito a mi iglesia a ejercitar el desprendimiento, hermanos. Si realmente en Cristo está nuestra confianza, podemos tener menos; si realmente en Cristo está nuestra confianza, si realmente en Cristo está nuestra herencia, que está reservada por nosotros en gloria, podemos, en este escenario temporal, desprendernos un poco más.
Invito a mis hermanos a que practiquemos también especialmente la generosidad. Si hay alguien aquí que no tiene a Cristo, si hay alguien aquí que está detenido por un pecado, está detenido por una decisión que tomó en su vida hace 20 años, hace 30, hace 10… si hay alguien aquí que había permanecido alejado del Señor por una conducta inmoral, había permanecido alejado del Señor porque pensaba que no tenía esperanza, que entienda que si Zaqueo, el jefe de los publicanos, fue salvo, tú también puedes serlo; que si el Señor le alcanzó a él, te puede alcanzar a ti; te va a alcanzar a ti.
Si hay alguien aquí hoy que puede reconocer su indignidad delante del Señor y solamente pensaba quedarse viéndole para siempre desde lejos, yo le invito a que escuche hoy la voz del Señor:
Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.
— Juan 6:37
Si aquí hay alguien que entiende que Cristo le rechazará por su herencia, por su pecado, por su práctica anterior, por su nombre anterior, yo le invito a que reconozca que si Zaqueo entró, tú también cabes. No hay plantilla.
Reconocer el señorío de Cristo: dilo ahí en oración: “Señor, reconozco Tu señorío sobre mi vida, reconozco Tu señorío sobre mi vida; te reconozco como mi autoridad última; te reconozco, Señor, como Aquel que puede cambiar mi agenda; te reconozco como Aquel que puede perdonar mis pecados; te reconozco como el Hijo de David, como el Cristo, el Mesías, el que había de venir; te reconozco como poderoso sobre mí, y yo me hago pequeño”.
Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
Dile al Señor ahí en oración: “Señor, te reconozco como Señor de mi vida; te pido que perdones mis pecados, y te digo a Ti en oración que tengo, a partir de este momento, la disposición a desprenderme y a restituir; a que llegue salvación hoy a esta casa; que se levante aquí un hijo de Abraham por la fe en Jesucristo”.
Aleluya. Si los publicanos entraron, entran los jefes; tú también cabes.
Mantén tus ojos cerrados, hermano, ahí; tengo que insistir un poco más:
Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación.
— Hebreos 3:15
Zaqueo del tiempo de hoy está mirando; no te quedes en el árbol.
“Señor, ten misericordia”. Si alguien hoy vio a Cristo, que no se quede indiferente. Si alguien hoy escuchó la predicación de Cristo, que no se quede indiferente. Si alguien hoy está desde el árbol, que venga hoy Cristo a su casa.
He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
— Apocalipsis 3:20
Ay, Padre, haz sensibles los corazones en este día; alcanza hoy hombres con salvación.
Si aquí hay alguien hoy que está reconociendo su indignidad y se había mantenido al margen, este es un buen momento; que se levante una nueva temporada para Zaqueo el publicano. Si has sido no solamente practicante de un pecado, sino jefe entre los pecadores, hay esperanza para ti: el Señor te llama por tu nombre.
“Señor, Tú me llamas por mi nombre, desde lejos, por mi nombre Tú me llamas. Señor, nada tengo para darte; hazme hoy un siervo útil”. Aleluya.
Padre, acerca aquí a alguien hoy con salvación. Este es un momento para confesar nuestros pecados, para venir a Él en fe, para descender del árbol. Desciende hoy; desciende del árbol; ven a Cristo.
Acción de gracias por la salvación y frutos visibles
Oro por toda la iglesia; oro por la congregación completa. Bendice, Señor, a Tu pueblo que ha estado reunido. Gracias, Padre, porque nos permites tener este privilegio, y es Tu palabra. Gracias por el privilegio, Señor, de estar entre los santos. Gracias por el privilegio de tener gente que también levanta manos santas. Gracias, Padre, por la comunión de los santos. Gracias, Señor, por tus medios de gracia.
Guau, Señor, te exaltamos a Ti como el único grande en medio de nosotros. Gracias, Señor, por la salvación de nuestras almas; gracias porque en algún momento pronunciaste nuestros nombres; gracias porque has estado habitando en nuestras vidas; gracias, Señor, por las restituciones que ya han sido hechas; gracias por las generosidades que se han manifestado; gracias, Señor, por los frutos de arrepentimiento. Pero que no se detenga esta obra en nosotros.
Te exaltamos, Padre celestial, por los méritos de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
Que el Señor les guarde, les bendiga, hermanos queridos.