Como reverencia, dependencia y humildad, Señor, venimos ante tu presencia, dándote primero las gracias por el privilegio de tener tu palabra escrita, tu consejo documentado. Gracias, Señor, porque sabemos el poder que tiene tu palabra para mejorar nuestro ser interior. Permite que la palabra hoy predicada, Señor, sea semilla depositada en buena tierra. Mejora nuestra iglesia, Señor. Permite que tu palabra sea una palabra retenida, que sea una palabra recibida con expectativa.
Permite, Señor, que los oídos de esta congregación estén atentos y que reciban tu palabra con la dignidad que tu palabra tiene. Que sea tu consejo para nosotros, Señor. Al mismo tiempo te pedimos, Señor, que tu Santo Espíritu haga esta obra eficaz y que nuestro hombre interior no solamente sea conmovido, sino, Señor, que sea llevado a pasar de la emoción a la acción. Y que podamos hoy tomar resoluciones en áreas de nuestra vida que quizás, por descuido, que quizás por cansancio, que quizá, Señor, por una razón u otra hemos dejado desatendidas.
Que seamos, Señor, llevados, con la ayuda tuya, en dependencia de ti, a trabajar en esas partes para tu gloria. Condúcenos tú, Señor, dirígenos tú, mira que en nuestra propia fuerza no podemos, Señor. Permite que tengamos tu ayuda sobrenatural para glorificarte en todas las áreas de nuestra vida. En el nombre de Cristo, amén.
Acompáñenme, hermanos, al libro de Deuteronomio en el capítulo 7. Tal cual les he dicho, desde enero he estado predicando sermones del Antiguo Testamento, con la expectativa de que tengamos el consejo completo de la palabra del Señor. Que recibamos la palabra suya en todas sus partes y que veamos cómo el consejo de Dios hace armonía, cómo es consistente y cómo una parte de la Escritura aclara a la otra parte.
Este mismo sermón que vengo a predicar lo pudo haber explicado desde las cartas de Pablo, desde las cartas de Pedro, desde las cartas del apóstol Juan, desde los evangelios, pero prefiero predicarlos desde el Antiguo Testamento para que ustedes entiendan que Dios es el mismo ayer, hoy y por los siglos, y que la voluntad del Señor para su pueblo ha guardado consistencia a través de toda su revelación.
De la liberación de Egipto a la conquista de la tierra
Es el libro de Deuteronomio en el capítulo 7. En la escuela bíblica de esta mañana estuvimos estudiando cómo el Señor libertó milagrosamente a su pueblo del yugo de la esclavitud de Egipto. Ahora pasamos a Deuteronomio un poco de tiempo después: ya el pueblo ha sido libertado por el Señor, está ahora mismo en el desierto, está por comenzar a conquistar la tierra prometida después de muchos años.
Esta porción específica de Deuteronomio capítulo 7 es, digamos, el consejo previo al pueblo de Israel antes de que recibiera la tierra prometida y de que comenzara a conquistarla. Y me gustaría tomar esta porción de la Escritura para hablar figuradamente de la conquista de nuestro hombre interior. Dice así nuestra introducción: que la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto es utilizada como una representación dramática de nuestra liberación del pecado.
Pero también la posterior conquista de la tierra prometida puede ser utilizada como metáfora de nuestra lucha por vivir, después de la liberación, la vida en santidad. Así como Israel recibió el mandato de conquistar completamente la tierra que Jehová les había entregado, expulsando a otras naciones que se habían vuelto aborrecibles a Dios, evitando imitar sus prácticas y eliminando todas aquellas cosas que pudieran corromperles, esto es, los altares, las imágenes, las costumbres, esa es la voluntad de Dios: conquistar completamente nuestro hombre interior.
Sin embargo, a diferencia de la liberación, que fue un acto puntual y definitivo de Dios en el que fuimos espectadores, la conquista es un acto progresivo en el que nosotros, ayudados por Dios, participamos activamente. Y en ocasiones, aquellos que ya fuimos salvos avanzamos tan lentamente en la santificación que podemos llegar a pensar que la victoria no será posible. Hoy veremos el panorama general de la conquista interior.
Quizá ya ustedes pueden relacionar la liberación de Israel de Egipto con nuestra liberación del pecado. Quizá ya ustedes se reconocen como parte del pueblo del Señor que fue libertado de la esclavitud del pecado. Quizás ya puedes reconocer que la sangre de Cristo fue eficaz a favor de ustedes. Se pueden llamar que son salvos, que son cristianos. He venido aquí hoy principalmente a decirles a ustedes que ya fueron salvos, que ya son cristianos, que aún falta la parte quizás más extensa de la obra del Señor en nosotros: no solamente sacarnos de Egipto.
Que la obra del Señor en nosotros es llegar a poseer completamente nuestro hombre interior para su gloria. Que la voluntad del Señor no es solamente que tú te llames cristiano y que digas “ya soy salvo”, que la voluntad del Señor es que tú llegues a ser también un pueblo santo, separado para el Señor. Que la salvación es la gran obra de Dios y que ya ocurrió para ti probablemente, pero que la santificación es también su obra y que ahora mismo se está desarrollando.
Salvación puntual y santificación progresiva
Es un contraste: es la salvación puntual, la obra del Señor, la mano poderosa del Señor con la cual fuiste arrebatado de las manos del pecado, pero al mismo tiempo es el aliento del Señor para que no te quedes en el desierto, para que no te quedes en la primera etapa. Para que todo tu ser, tu alma, tu cuerpo, todo tu hombre interior pueda ser coronado por Cristo y que puedas llegar a decir: “Ya no solamente fui sacado del pecado para vivir una vida agradable al Señor, sino que todo mi ser en este momento está siendo rendido a Aquel que fue autor y consumador de mi salvación”.
Este capítulo, que es el capítulo 7, nos habla de cómo el Señor determinó que sería la conquista. Y me gustaría que, cuando se habla aquí de la conquista de la tierra prometida, comiences a pensar tú en tu propio territorio, en tu hombre interior, en tus profundos sentimientos, en la obra que el Señor está haciendo en ti, en tu santificación. Y que, así como cuando hablamos de la liberación de Egipto tú piensas en tu salvación, ahora cuando hablemos de la conquista de la tierra prometida tú pienses en tu propia santificación.
A modo de preámbulo te diré que en la primera obra de Dios tú fuiste un espectador. A los hermanos de Israel les dijeron: “Estate quieto y mira lo que el Señor va a hacer, la gran obra que hará en medio tuyo”. Israel no tuvo que hacer esfuerzos para ser sacado de Egipto. Israel vio las grandes señales del Señor. Israel se maravilló en la poderosa mano de Dios. Moisés les dijo: “Verán ustedes cómo Dios les sacará”, y así mismo el Señor determinó que ellos salieran, y salieron.
Israel no peleó, Israel no tuvo ni siquiera que hablar directamente con Faraón. Fue todo esto la obra de Dios. Es lo mismo que sucedió con nuestra salvación, hermano. La salvación de tu alma es una obra directa y poderosa de Dios. Nosotros fuimos espectadores en nuestra salvación. No somos salvos porque nos hayamos movido, no somos salvos porque logramos grandes cosas, no somos salvos por nuestros propios méritos, no somos salvos por nuestra propia fuerza. El Señor nos salvó con su mano. A Él sea toda la gloria.
Ahora hay una obra de Dios en la cual Dios ha elegido que tú seas copartícipe suyo en esa obra, y es la obra de la conquista. A diferencia de la liberación, a Israel no se le dijo: “Ustedes entrarán y toda la tierra será de ustedes sin mover un dedo”. A Israel le dijo: “La tierra les ha sido entregada en mano de ustedes, pero ustedes tienen que hacer la labor de tomar la tierra y conquistarla”. Es más, a Josué le dijeron: “Josué, esfuérzate y sé valiente, porque tú introducirás a este pueblo”, a Moisés no le dijeron eso, eso se lo dijeron a Josué.
Me gustaría ir leyendo diferentes porciones del capítulo 7 y relacionando estas verdades con nuestra propia liberación, con nuestra propia conquista, perdón, con este proceso que el Señor está haciendo en medio de nosotros. La pregunta en esta conquista es la siguiente: ¿Qué debemos hacer para expulsar el pecado y conquistar para Cristo nuestro hombre interior?
Reconocer el poder del pecado y la necesidad de depender de Dios
Lo primero que tenemos que hacer es lo siguiente, dice el capítulo 7:
Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra en la cual entrarás para tomarla, y haya echado de delante de ti a muchas naciones, al heteo, al gergeseo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo, siete naciones mayores y más poderosas que tú, y Jehová tu Dios las haya entregado delante de ti, y las hayas derrotado…
Hermano, antes de seguir, mira el énfasis que tiene esta porción de la Escritura: te dice que estas naciones son mayores y más poderosas que tú. ¿Qué lección espiritual puede tener esto con nuestra lucha con el pecado? Hermano, lo primero que tienes que hacer es reconocer que el pecado es más fuerte y es mayor que tú, que en tus propias fuerzas tú no podrás conquistar ese hombre interior que está dentro tuyo. Que la lucha con el pecado, si acaso fuera una lucha cuerpo a cuerpo entre tú y el pecado, tú estás vendido al pecado, dice el Señor, y que te es imposible prevalecer en tus propias fuerzas.
Primera cosa para conquistar nuestro ser interior es reconocer el poder del pecado, ver el pecado en su justa dimensión. Son muchos, hermanos míos, los que tienen una perspectiva relajada acerca del poder del pecado y quizás por ese aspecto relajado que tienen del poder del pecado no tienen un avance más fuerte en la vida en santidad. Tenemos que reconocer, hermanos, que somos débiles. Tenemos que reconocer que en nuestra propia fuerza nosotros no podemos sobreponernos. Tenemos que mantener la debida precaución y, sobre todo, no intentar hacer demostraciones de poder.
A Israel se le dijo: “Ustedes van a prevalecer contra estas naciones, pero no en sus propias fuerzas. Esas naciones son mayores y son más poderosas que ustedes”. Espiritualmente, hermano, ¿qué significan, qué representan estas naciones? Son diferentes cosas que compiten adentro de nosotros, que nos hacen alejarnos de la voluntad del Señor. El Señor nos está llamando a que reconozcamos el poder que eso tiene, pero al mismo tiempo nuestra dependencia para lograr la victoria en las fuerzas suyas.
Dice el versículo 2:
y Jehová tu Dios las haya entregado delante de ti, y las hayas derrotado, las destruirás del todo; no harás con ellas alianza, ni tendrás de ellas misericordia.
Aquí pienso detenerme un momentito, hermano. ¿Qué hacer para lograr la victoria en nuestro hombre interior cuando Dios nos dé la oportunidad? La expresión que utiliza la Escritura es: “cuando Dios lo entregue en vuestras manos”. Cuando Dios entregue en tus manos la posibilidad de tratar con ese pecado, destrúyelo totalmente. Evitemos las alianzas y, al mismo tiempo, la condescendencia.
Un asterisco aquí, hermano: me llama la atención que el Señor no destruiría esas naciones Él directamente, sino que el Señor entregaría esas naciones en mano del pueblo de Israel, y el pueblo de Israel haría la labor de expulsar esas naciones. Hay una lección espiritual aquí que tengo que decirles: Dios no destruirá tus pecados, hermano. No debemos orar para que el Señor destruya nuestros pecados. Oremos al Señor para que nos dé la capacidad de sobreponernos a esos pecados.
Nuestra responsabilidad: “haced morir lo terrenal”
Quisiera explicarles esto detenidamente. El Señor no expulsó a estas naciones directamente; el Señor entregó estas naciones, y ahora Israel tuvo que expulsarlas, con advertencias de que lo hagan totalmente, de que no hagan con ellas alianzas y de que no muestren condescendencia. Hay evidencia bíblica de que el Señor no destruye el pecado en el sentido de hacerlo desaparecer de nosotros sin nuestra participación. Sí, las hay: el Señor nos ha dado victoria sobre el pecado, pero espera que nosotros destruyamos estas cosas.
¿Qué evidencias bíblicas hay? Colosenses 3:5 dice:
Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría.
Y yo me pregunté: ¿y por qué no lo haces morir tú, Señor? ¿Qué dice Colosenses? No, Colosenses no dice: “Dios matará lo terrenal de ustedes”. Colosenses dice: “Haced morir ustedes lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, malos deseos y avaricia”. Y Romanos 13:14, ¿qué dice?
Vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne.
Qué interesante, hermano, que el Señor dice que entregó a nosotros estas cosas, pero espera que seamos nosotros quienes tomemos la decisión intencional de apartarnos, de dejar de proveer y de alimentar estas cosas.
Esa expresión de “no proveáis para los deseos de la carne”, lo que está diciendo el apóstol es: no alimenten esas cosas, déjenlas morir de inanición. Hermano que estás aquí presente, no esperes que venga el Señor con el palito y te diga: “No toques, no veas, no hables, no digas”. El Señor espera que hagamos estas cosas como un acto de adoración. El Señor no quiere mecánicamente limitar tu capacidad de pecar. El Señor quiere que en adoración y devoción elijas apartarte del pecado.
Que hagas intencionalmente morir lo material, lo carnal que hay en ti. Y cuando lo hagas, dice el Señor que lo hagas totalmente. ¿Sabes por qué no tenemos más éxito en nuestra lucha con el pecado? Porque regularmente manifestamos ante el pecado un condicionamiento parcial. El Señor en esto ha sido directo: Él dice que cuando ustedes vayan no lo hagan con uno y con el otro no, no expulsen una parte y dejen otra. Expulsen totalmente estos pueblos que están en la tierra, expulsen totalmente todo aquello que se oponga al avance del plan del Señor.
Ejemplo en la Escritura de una destrucción parcial: he predicado de esto; Edwin también ha predicado de esto: Saúl y Amalec. El Señor le dijo a Saúl: “Ya he entregado a los amalecitas en tu mano, ve tú y haz la obra, Saúl”. Y cuando Saúl fue a Amalec, dice que él no lo hizo totalmente, sino que lo hizo parcialmente. Él destruyó una parte y conservó la otra. Tuvo que venir Samuel a completar la obra que no hizo Saúl, y todavía en tiempos de David estaban allí los amalecitas prevaleciendo contra Israel.
El hecho de que Saúl no destruyera totalmente a los amalecitas hizo que Israel tuviera que enfrentar durante décadas a Amalec. Años después, ya en el exilio, en tiempos de Ester, aparece un agagueo, descendiente de este rey, que casi exterminó al pueblo del Señor. Hermano, ¿qué te digo con esto? Que en tu lucha con el pecado tú tienes que ser muy obediente al Señor y destruirlo totalmente, porque si tú dejas un poco, dice la Escritura que un poco de levadura leuda toda la masa.
Y que dejar en tu corazón pequeñas huellas del pecado lo que va a hacer es que al final del camino esa pequeña huella sigue aumentando y probablemente termines totalmente destruido. Hermano, primero reconoce el poder del pecado y después, cuando el Señor te dé la capacidad de hacerlo, destruye el pecado totalmente. Es una resolución, hermano, de apartarte totalmente, no “apartarte un poco”. Hazlo totalmente.
Evitar alianzas y condescendencia con el pecado
Dice el Señor: eviten las alianzas. Hermano que estás aquí presente, ¿es posible hacer alianza con el pecado? Lo es. Creo que todos en algún momento lo hemos hecho. ¿De qué manera nosotros nos aliamos con el pecado? Hay algunos que pecan con “prudencia”. ¿Han visto esta persona que dice: “Mira, yo peco, pero yo sé que tengo esa debilidad y yo no le doy rienda suelta, sino que de vez en cuando, cuando yo tengo tal situación, entonces yo lo hago, y el Señor me entiende”? Oye, qué pecador más prudente, hermano pecador.
Eso es hacer alianza con el pecado. Es como tú decir: “Mira, ¿cuántos son los pueblos? Ok, vamos a dejar ahí a este, a aquel… Matamos al cananeo, al ferezeo, pero al heveo no”. Hermano, con relación al pecado no hay una obediencia parcial. En esto tú tienes que ser riguroso. Tu meta es destruir totalmente el pecado en el momento que el Señor te dé victoria. Y si tú dejas una parte del pecado en ti, muy probablemente termines totalmente destruido.
Evita las alianzas. Hay gente que condiciona su santidad: “Mira, yo voy a obedecer al Señor, pero yo le voy a dar tres días para que Él supla esa área en mi vida. Si el Señor no ha suplido, yo voy a buscar la manera”. Jacob era así mismo: Jacob le decía: “Señor, mira, si tú me proteges, entonces yo lo hago”. Hay gente que evita participar directamente, pero tolera el pecado en su casa.
Hermano que estás aquí: si usted resolvió en esa área de su vida entregarla totalmente al Señor y no participar de eso, donde quiera que lleguen sus dominios, evite que en sus dominios se ofenda su Dios. Hay gente que esto lo toma como una libertad, dicen: “Mira, yo en mi casa no lo hago, pero si viene alguien…”. Si está en tu casa, en tu casa se debe glorificar el nombre del Señor. “Bueno, en la casa tuya hazlo, pero haz como Josué, que dijo: ‘Yo y mi casa serviremos a Jehová’”. En mis dominios, en mi territorio, hasta donde pueda llegar mi alcance, no se hace.
“No, pero lo van a hacer ellos”. No, no, no. En cuanto dependa de ustedes, y en cuanto sus hijos estén bajo su control, en su casa se glorifica al Señor. ¿Cuál fue el problema de Elí? Que Elí dijo: “Yo soy un sacerdote del Señor, y mis hijos están desordenadamente, pero que son muchachos, son ellos”. Y el Señor reprendió a Elí y le dijo: “Elí, por cuanto no les molestaste…”. Mandó aviso, pero hizo alianzas ausentándote tú, pero permitiendo que en tus dominios se haga.
¿Qué son tus dominios? Si tú tienes una casa, en tu casa, no; si tú tienes un negocio, en tu negocio, no; o por lo menos, de 8 a 5, no. Hay gente que le llama al pecado “tradición”, “prácticas culturales”, “asuntos locales”. Si son tradiciones que ofenden a tu Dios, son culturas depravadas. Cada cierto tiempo escucho a alguien que viene a llamarle al pecado “condicionamiento cultural”: “No, mire, eso no es pecaminoso porque en otras partes del mundo lo hacen así, en esas partes del mundo no lo hacen así”. En esas partes del mundo están siendo abominables delante del Señor, y por cosas como esas las naciones son destruidas.
Es como que Israel diga: “Eso no es nada, eso, que los cananeos son así”. No. Los cananeos se volvieron aborrecibles delante del Señor. Nos vienen a decir en este tiempo que en otras naciones más desarrolladas lo hacen. Sí, abominables delante del Señor. Hermano, ¿qué es aliarse con el pecado? Llamarle al pecado “cultura”. Mira, la cultura dominicana está llena de cosas que producen náusea ante la santidad de Dios, y hay gente que defiende esas cosas.
¿Acaso son tradiciones dominicanas aborrecibles, como era aborrecible que sacrificaran los cananeos a sus hijos a Moloc? Asimismo. Hay otros que educan intentos de justificación. “Salomón se volvió polígamo, pero era por la paz del rey. ¿No te sabes cómo es? Como él estaba peleando siempre…”; “Salomón tuvo diferentes mujeres, ¿y por qué? Porque no quería que hubiera guerra, vamos a buscar la paz”. Hermano, destruye al pecado totalmente. Evita hacer alianza con el pecado y evita la condescendencia.
Esta actitud condescendiente al pecado quizás es lo que ha evitado que el pueblo del Señor vaya más rápido en hacer su voluntad. ¿Cómo te vuelves condescendiente? Cuando comienzas a acariciar tu pecado, y tú lo miras durante mucho tiempo, y tarde o temprano le tomas cariño.
Condescender, justificar y buscarle “sinónimos” al pecado
Yo recuerdo siempre “El Principito”: el principito le dijo al zorro: “No me domestiques, porque después me vas a tomar cariño”. Hay gente que ha domesticado a su pecado a un punto tal que, cuando tiene que destruirlo, ya le tiene tanto afecto que dice: “Ay, mi pecado, mi pecado…”, y posterga la decisión de destruirlo. Además, hay gente que ora por sus pecados. No le ores al Señor para que tolere el pecado, órele al Señor para que te dé la fuerza para destruirlo.
No le ores al Señor para que tenga misericordia de tus vicios, órele al Señor para que tenga misericordia de ti. No le ores al Señor: “Señor, mira que soy débil en esa área, no puedo glorificarte, tolérame así”. Órale al Señor para que seas fuerte y en esa área de tu vida puedas glorificarle totalmente. No tendrás éxito en la vida de santidad orándole al Señor por despropósitos. Cambia el contexto de tu oración.
Miren, la condescendencia se muestra en diferentes maneras. Hay gente que justifica el pecado y le llama “temperamento”: “Es que yo soy así”. No, no, no: sí, yo sé que tú eres así, pero la voluntad del Señor es vuestra santificación, dice la Escritura. ¿Han visto esos que dicen: “Es que eso como que me sale de adentro, yo soy así”? Sí, yo sé, eso se llama el hombre natural, se llama la carnalidad. ¿Han visto los otros que acusan a otros de su pecado? “Es que yo lo hago porque mi mujer me desespera”. No. Yo sé que tu mujer… pero tu pecado es tuyo. “Yo lo hago porque mi marido no me ayuda”. Yo sé que quizá tu marido no te ayuda, pero tu pecado es tuyo.
Hay otros que hasta culpan a Dios; le tienen tanto cariño al pecado que acusan a Dios de su maldad. Se parecen a aquellos siervos inútiles de la parábola de los talentos que cuando el Señor les llamó le dijo: “Señor, es que yo sabía que tú eres cruel y despiadado”. Acusan a Dios en vez de arrepentirse de sus pecados. Los más de los hombres lo que hacemos es que hay una lista de pecados que sabemos que “eso no lo hacemos”, pero todos los otros los permitimos.
Por ejemplo, lujuria, robo, mentira: “No, yo no miento, yo siempre digo la verdad”. ¿Y el pecado del orgullo, qué tal? ¿Y la vanidad? Hay pecados que son pecados sutiles, hermanos, y que nos acompañan, y cuando tú piensas que ya tú te le adelantaste y lo dominaste, vuelve y tú te encuentras: “¡Guau, pero todavía el orgullo está en mí!”.
Otros tienen un punto de comparación equivocado. Ellos dicen: “Miren, yo soy santo, porque yo antes de ayer no era tan santo como soy hoy. Yo soy santo porque, miren, si tú me hubieras conocido a mí ayer, tú te das cuenta: ¡lo que era un hombre muerto, ahora es que yo soy santo!”. No, no, tú no eres santo; lo que pasa es que tu punto de comparación eres tú mismo. Hay otros que su punto de comparación es su hermano de al lado, dicen: “No, yo soy santo, porque mira fulano, ese sí está podrido, ese sí está maldito en delitos y pecados, ¿y yo?”.
Hermano, yo te pregunto: ¿y Cristo? Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe. Yo no te estoy preguntando cómo eras tú antes de ayer, yo no te estoy preguntando cómo es tu hermano, yo te he preguntado cómo es Cristo. ¿Te pareces tú tanto a Cristo como deberías parecerte? “No, lo que pasa es que yo soy mejor que ayer”. Hermano, no lleves tu bitácora basado en ti mismo, pregúntate: “¿Qué tanto me parezco a Cristo?”. No es “¿qué tan diferente soy yo a una imagen de mí mismo del año antepasado?”, es “¿qué tanto me parezco a Cristo?”.
Es más, hay hermanos que dejaron de crecer porque cuando ven su imagen anterior dicen: “Miren, hace 20 años yo estaba en los vicios”. No te lleves de ti mismo porque vas a crecer muy poco. Sube el listón de tu expectativa, apunta a Cristo. Y cuando tú apuntas a Cristo verás que toda tu virtud no es más que trapos de inmundicia; cuando te parezcas un poco más a Jesús, entonces estás avanzando en el camino de la santidad.
Hay gente que le busca sinónimo a su pecado; esa es la condescendencia: buscarle un sinónimo. “Mire, durante muchos años yo decía: es que yo soy muy emprendedor, yo soy emprendedor”. ¿Saben qué es lo que soy? Inconstante. Dice la Escritura que el hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos. Pero como yo no concretaba las cosas ni las terminaba, entonces: “Yo soy muy emprendedor”. No, tú eres una persona que deja todo a medias, un inconstante. El Señor tuvo que reprenderme para enseñarme que yo estaba buscando un sinónimo a mi maldad.
Hay otros que dicen: “Es que yo tengo mucha iniciativa”. No, tú no tienes mucha iniciativa, tú lo que eres es controlador. “Enérgico es que soy”. No, tú no eres enérgico, tú eres un violento. “Es que yo soy muy enérgico, yo… yo tengo la mecha corta”. No, no es enérgico: eso se llama violento, y lo violento es pecado. “Es que yo soy una persona muy resuelta, y cuando yo digo una cosa, eso yo lo hago”. Orgulloso es lo que tú eres, que no puede recoger tus palabras. “No, lo que pasa es que yo soy una persona muy resuelta, y cuando yo digo que sí, es sí; cuando digo que no, es no”. Orgullo que te está comiendo por dentro.
No le busques un sinónimo a tu pecado; eso es aborrecible delante del Señor. Hay otros que dicen que son dadivosos, generosos; mentira, son compradores compulsivos, que se llenan de cosas que no necesitan, y después se las dan a los demás. Hermano que está aquí presente, la condescendencia con esas naciones, el comenzar a buscarle sinónimos, cosas que se vuelven agradables ante los hombres… Quiere el Señor, hermano, quiere el Señor que el Espíritu Santo ilumine tu corazón y tú puedas ver la maldad tal cual la ve el Señor.
Que si el Señor en un momento te permitiera ver tu corazón tal cual Él lo ve, yo te aseguro que dejarías de buscarle un sinónimo, le llamarías a tu maldad “pecado”. ¿Qué hacer con esto? Reconoce el poder del pecado, y cuando Dios nos dé la oportunidad, destrúyelo totalmente. No hagas alianzas ni busques condescendencia.
El impacto del pecado en tu casa y tus hijos
Dice el versículo 3 y 4:
Y no emparentarás con ellas; no darás tu hija a su hijo, ni tomarás a su hija para tu hijo. Porque desviará a tu hijo de en pos de mí, y servirán a dioses ajenos; y el furor de Jehová se encenderá sobre vosotros, y te destruirá pronto.
Ten presente las consecuencias del pecado sobre ti y sobre los tuyos. Tu maldad no solamente te destruirá a ti, también destruirá a tus hijos. Tú emparentas con el pecado y tus hijos vivirán las consecuencias. Pregúntale a Lot, que emparentó con Sodoma y Gomorra. Se mudó allá, vivió en Sodoma y Gomorra. Cuando Lot salió de Sodoma y Gomorra, su mujer amaba tanto la maldad que miró hacia atrás y se volvió estatua de sal, y sus dos hijas emborracharon a su papá, cometieron incesto con él y tuvieron hijos de su propio padre. ¿Dónde lo aprendieron? En Sodoma y en Gomorra.
No emparentes con el pecado, porque cuando emparentes con el pecado las consecuencias no solamente te llegarán a ti, llegarán a ti y también a tus hijos. ¿Cuántos son los hombres que están aquí presentes que tienen hoy hijos promiscuos, hijos alcohólicos, hijos irreverentes, hijos soberbios, hijos irreligiosos, hijos maldicientes? ¿Por qué? Porque emparentaron con el mundo. Cuando emparentas con el mundo, tus hijos se parecen a los hijos del mundo y se vuelven también aborrecibles delante del Señor.
Después te quejas: “Ay, que los hijos que me han tocado…”. No, tú emparentaste con el mundo y tus hijos hoy son un ejemplar perfecto de lo que es la mundanalidad, y los tienes en tu casa. Sabio fue Abraham, que cuando buscaba esposa para Isaac le dijo a su siervo: “No me lleves nunca a Isaac a la tierra de la cual el Señor me sacó; que mi hijo nunca vuelva allá”. Oración de un padre debe ser: “Señor, gracias porque me sacaste del mundo; no permitas que un hijo mío esté en el lugar del cual tú me sacaste”.
Privilegio para un padre debe ser que su hijo se diga lo que dice el Salmo 1:
Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado; Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, Que da su fruto en su tiempo, Y su hoja no cae; Y todo lo que hace, prosperará.
— Salmo 1:1–3
Hermano, analiza las consecuencias del pecado sobre ti y sobre tu casa. Tú dices: “No, eso no es nada; mi hijo puede ver que yo me fumo, bebo en mi casa…”. Tu hijo va a ir más allá de los límites de su padre. Es natural que los hijos quieran violar los límites de su padre. “Mi padre era un bebedor social, yo soy un alcohólico. Mi padre era un hombre infiel, yo soy un promiscuo”. Solamente con la ayuda del Señor un hijo de un promiscuo puede ser un hijo santo. No expongas a los tuyos a esas cosas.
Hay que tomar para esto decisiones puntuales. Dice así mismo el versículo 5:
Mas así habréis de hacer con ellos: sus altares destruiréis, y quebraréis sus estatuas, y destruiréis sus imágenes de Asera, y quemaréis sus esculturas en el fuego.
Decisiones puntuales, firmes, resoluciones: destruir los altares. ¿Qué son los altares? Lugares donde los pecados son practicados. Tú dices: “Pero yo no tengo altares”. Es que los dioses de este tiempo no son los dioses de los tiempos antiguos. ¿Cuáles son los dioses de este tiempo? Son la promiscuidad, la irreverencia, el alcoholismo. ¿Qué es un altar que hay que destruir? “Mira, que yo tengo un pequeño barcito en mi casa donde yo me doy los tragos sociales”. Eso es un altar ahí. “Eso no es nada, eso lo tengo…”. Eso es un altar.
¿Qué es lo que tus hijos pequeños están mirando? ¿Cómo va a ser que lo que los hijos de un cristiano vean siendo pequeños en su casa es un bar donde se sirven bebidas alcohólicas? ¿Eso es lo que tú quieres que tus hijos vean? ¿Esa es la imagen que quieres plantar en su pequeño cerebro? “Luis, que el alcohol…”. Miren, no es el mismo altar, pero es el mismo problema.
Altares modernos, ídolos contemporáneos y discernimiento personal
Por poner un ejemplo: las bebidas no a todo el mundo le significan lo mismo, pero hay personas que nunca deberían acercarse a un colmado después que el Señor los sacó de allí. Ni cerca. ¿Por qué? Porque para muchos un colmado es un altar donde se practica el pecado. Quizá yo nunca he estado ahí en ese contexto; cuando usted me ve ahí, quizá estoy comprando algo. Pero hay personas que a un colmado y todo el ecosistema de pecado que hay alrededor de eso les afecta profundamente. Si el Señor te sacó de ahí, destruye ese altar.
Yo me he dado cuenta de lo siguiente: miren, los juegos no tienen el mismo impacto en todo el mundo ni las mismas referencias. Para mí, el dominó es un juego de agilidad mental. Ahora, hay algunos de mis hermanos que jamás deberían sentarse a una mesa de dominó y en ninguna mesa que tenga cuatro extremos con un hueco para meter los vasos. Nunca deberían acercarse. ¿Por qué? Porque son personas que duraron veinte años de su vida bebiendo y fumando en una mesa de dominó.
Hay gente que no debería beber jugo ni siquiera de guarapo, de piña, de jagua, no se lo debería beber. Hay reuniones a las cuales un cristiano no debería asistir. Y el otro dice: “Ay, pero la verdad es que, guau, eso está demasiado fuerte, eso es para los puritanos”. No, eso es para cualquier persona que quiera apartarse verdaderamente del pecado y coger este asunto en serio.
Hay famosas reuniones de reencuentro, donde la gente va a reuniones y comienza a cultivar lo que alguna vez sintió, lo que alguna vez pensó. Y usted me dirá: “¿Qué caso exagerado es ese?”. Por muchas reuniones en las cuales ustedes han participado, no son más que reuniones de vanidad, de competencia, donde la gente se encuentra a ver quién es el que más tiene, cuál es el que le va mejor, a ver si fulana el cuerpo no se le ha desbaratado demasiado. “Mira, que a mí ella me gustaba en aquel momento; a ver si ya se dejó del marido y puedo de verdad llegar a tenerla…”. ¿A una reunión como esa yo voy a ir? Yo no.
No le digo, hermano: el altar no es el mismo altar para todo el mundo, pero si ese es tu altar, tú jamás deberías ir a una reunión de reencuentro. ¿Cuántos matrimonios han sido destruidos porque fue un hombre a una reunión de reencuentro, se encontró ahí con la que él enamoraba en el bachillerato y terminó pecando?
Hay ciertos círculos que tú no deberías frecuentar, de acuerdo con cuál es tu tentación principal. Yo me di cuenta que con los poderosos de este mundo yo no debo convivir, porque deseo las cosas que ellos tienen. Vi que me gustaba participar con los poderosos del mundo en sus reuniones o sus tertulias, en lugares donde ellos frecuentaban, y yo sé los lugares donde ellos frecuentan. Hay una cafetería específica en Santo Domingo donde muchos comerciantes desayunan al día y comienzan ahí; y allá se hacen negocios y diferentes cosas, y hablan a ver cuál tiene más, cuál vende más, cuál tiene una cosa y cuál tiene la otra. Esos juegos de poder, al que eso le atrae, como a mí, aléjese de ahí, que le hace daño.
Son los dioses de este tiempo. La gente se pregunta: “Es que, mira, ya no hay dioses, los dioses eran los de antes”. Sí, hay dioses de este tiempo. Artemisa-Diana era una diosa muy sensual: tenía un vestido ceñido y tenía como quince senos. Diana solamente, eso era un fenómeno de aquel tiempo. Y cuando los hombres veían a Diana decían: “¡La diosa Diana!”, sentían cosas. Y había el templo de Diana, y había toda una serie de prostitución religiosa que giraba en torno a eso, y lo que te decía la antigüedad era: “Tenemos que participar de la prostitución, porque si no, los dioses se ofenden”. Magnífica manera de justificar tu depravación.
Y la persona participaba en una prostitución religiosa y decían: “Ah, pero que tenemos que fornicar con estas mujeres, porque imagínate, si no, los dioses se ofenden y nadie quiere ofender a los dioses”. Justificaban su perversión. Era un contexto de permisividad apelando a algo más grande. Pero la misma sensualidad de la diosa Diana está el día de hoy en hombres y mujeres. Quizá no tienen quince senos como tenía Diana, pero quizás se visten para provocar.
Quizás en el mundo antiguo tener quince senos era un asunto muy sensual, pero en este tiempo no son muchas las personas, hermanos míos, que se visten para provocar. Y tú sabes lo que estás provocando en el sexo opuesto cuando usas esa ropa, cuando usas esos gestos, esas actitudes provocativas; tú sabes lo que produces en los otros y para eso lo haces. No es lo mismo que antes. Bueno, pero en un contexto permisivo dicen: “Es que esas modas son cosas… Además, yo no estoy sensual, yo estoy sexy. Y de verdad que, no sé, eso no es pecaminoso”.
Bueno, hay todo un despropósito mundano para hacer que uno participe en toda esta cosa que ofende al Señor. “No, porque mira, eso no es algo que es sensual, eso no es pornográfico, eso es erótico”. Hay todo un contrasentido, como un nuevo lenguaje para llamar a las cosas de otra manera. No se llama pecado, se llama lujuria, o se llama sensualidad. Lo mismo que pasaba anteriormente en los templos de prostitución religiosa, donde los hombres “serios” iban y decían que iban a hacerlo para no ofender a los dioses, es lo mismo que pasa el día de hoy en los gimnasios.
Cuando la gente va a los gimnasios, enseña los genitales, los marca, sí los marca, y dicen: “Pero es que hay que hacer ejercicio, ¿tú quieres que uno se muera gordo? No, hay que hacer ejercicio”.
Sensualidad, fitness y el contexto de permisividad actual
Pero hay diferentes maneras en que se puede hacer ejercicio. Y miren qué pasa con esto: cuando tú vayas el primer mes al gimnasio, tú te vas a sentir muy raro porque todo lo que ves, cosas, cuerpos, y tú dices: “Oye, pero esto como que no está bien, me están enseñando lo que no me deben enseñar, se están marcando lo que no se debe marcar”. Pero al mes ya tú no lo sientes, y a los dos meses tú tienes la misma ropa.
El primer mes tú vas con tu ropa en un bulto al gimnasio; tú te vas a cambiar en el gimnasio porque te da vergüenza salir con esa ropa a la calle. Al segundo mes tú vas a salir y te vas a poner una blusita por encima y te vas a tapar una parte. Y al tercer mes tú andas en el súper haciendo compras, enseñando los genitales. Pero es que eso es “fitness”, se llama fitness ahora mismo.
Hermano, no me lo tienen que contar; yo he estado ahí, yo sé lo que es eso. Hay determinados ejercicios que están hechos para provocar cosas, para enseñar cosas y despertar cosas. “Pero es que hay que hacer ejercicio, eso es salud”. Eso es un contexto de permisividad donde nos permiten ser lujuriosos, donde nos permiten ser fornicarios, donde nos permiten cultivar cosas que no deberíamos cultivar.
Yo estaba corriendo en el Mirador con un amigo, y cuando estoy corriendo él me dice: “Mira, yo estaba corriendo… Cuando yo comencé a correr, yo corría así mismo como tú. Pero ya yo me pongo mi licra y me la ajusto, y lo que hago es que me doblo todo para acá y me ajusto esto aquí, y salgo. Y ya ni siquiera vergüenza me da, y no tienes una sensación como que uno está corriendo con libertad, como un buen juego…”.
Entonces yo me pregunto: “Rafael Pérez, ¿para allá es que vamos? O sea, eso es lo próximo: doblarnos esto para acá, ajustarnos para allá, y salimos corriendo y corremos como si fuéramos un cuero…”. Hermano, uno se ríe, pero es el mundo, es el mundo, hermano. O sea, te crea un contexto de permisividad y tú terminas participando. “No, hermano, imagínate, yo corro solo…”. Eso suena un poco en broma, mis hermanos, pero es la realidad.
¿O no te lo dicen a ti, hermano, ropa que tú no usarías, ni tú te dejarías ver de nadie que no sea tu marido con esa ropa, tú lo haces? Y como todo el mundo lo hace, tú te sientes “normal”. Son los dioses de este tiempo: la sensualidad, esa generación de las capacidades y las virtudes, el narcisismo. Miren, si una persona de los años 50, 60, ve la cantidad de fotos que los seres humanos se toman a ellos mismos hoy en día, dicen: “Están locos”.
Pero como todo el mundo lo hace, eso ya es permitido. O sea, no puede ser que un ser humano se tome una foto a su cuerpo diariamente, y algunos hasta varias veces al día. Se llama narcisismo. Lo que pasa es que los dioses ahora somos nosotros; anteriormente los buscábamos afuera, ahora los dioses están adentro.
¿Qué dice el Señor al respecto de esto? Que tomes decisiones. “Así habéis de hacer con ellos: sus altares destruiréis, quebraréis sus estatuas, destruiréis sus imágenes de Asera y quemaréis sus esculturas en el fuego”. Hermano, cualquier cosa que haya en tu vida, sean altares o sean cosas en los altares —los altares son lugares donde se da adoración a esos dioses y las esculturas, las imágenes, son cosas que nos invitan a hacerlo—, cualquier cosa que te invite, cualquier cosa en tu vida donde eso se practique, yo te invito reverentemente a que, para la gloria del Señor, tomes esta mañana de domingo la decisión de soltar esas cosas.
¿Y por qué lo vas a hacer? Dice así mismo, hermano, el versículo 6:
Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra.
Esto a todo el mundo lo hace, pero tú eres un pueblo santo, tú eres un pueblo especial. Hermano, recuerda la dignidad que tú tienes en el Señor y apártate de esas cosas, porque tú no lo haces, porque tú eres un pueblo santo, porque tú eres un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra.
La dignidad de tu identidad te debe hacer que huyas del pecado. Dice Efesios 2 que somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Él preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. Todo el mundo lo hace, pero tú no. ¿Por qué? Porque tú eres hechura suya, porque tú eres un pueblo santo, porque tú eres un pueblo especial.
Yo recuerdo, hermano, cuando estuve predicando aquí acerca de Rut y Noemí, que cuando Rut supo que Booz podía redimirla, el consejo que Noemí le dio fue: “Muchacha, que no te sorprendan en otros conucos que no sea el conuco de Booz. No salgas de ahí, que no te vean con nadie más”.
Identidad santa y fidelidad: no espigar en otro campo
¿Por qué razón, cristianos, esto es tan importante? Porque hay dos reinos: el reino de la luz y el de las tinieblas. Y cada vez que participas en estas cosas, te van a encontrar en el conuco del vecino, infidelidad contra Dios. Hermano, tú eres el pueblo del Señor; que no te sorprendan participando en las cosas que participan los otros pueblos. Que cuando tú mires al Señor, desde el cielo viéndote a ti, su novia, adulterando con los dioses de este tiempo, Él no se llene de vergüenza por ti.
Doy un salto largo, hermano, porque el capítulo es extenso, y tengo que ir ahora al versículo 17. Hay toda una porción ahí que podríamos leer, pero decidí no hacerlo completo, sino saltar hasta el 17 y ver algunos puntos más. Dice el 17 al 19 así:
Si dijeres en tu corazón: Estas naciones son mucho más numerosas que yo; ¿cómo las podré exterminar? No tengas temor de ellas; acuérdate bien de lo que hizo Jehová tu Dios con Faraón y con todo Egipto, de las grandes pruebas que vieron tus ojos, y de las señales y milagros, y de la mano poderosa y el brazo extendido con que Jehová tu Dios te sacó; así hará Jehová tu Dios con todos los pueblos de cuya presencia tú temieres.
Hermano, es la pregunta de rigor. Si tú eres sincero contigo mismo, esta es la pregunta que tienes que estar haciendo. “Yo quiero hacerlo, pero yo sé que no puedo hacerlo. Yo quiero echar eso de mí, pero yo no puedo echarlo”. Si tú eres sincero, esta es la pregunta: tú te preguntas: “Yo sé que estoy participando en cosas que no glorifican al Señor, yo sé que me he dejado contaminar con el mundo para hacer cosas que son aborrecibles ante Él, pero lo que me estoy diciendo en mi corazón es: ¿cómo las podré exterminar?”.
Y el Señor te responde en su palabra: “No tengas temor de ellas; acuérdate bien de lo que hizo Jehová tu Dios con Faraón y con todo Egipto, de las grandes pruebas que vieron tus ojos, y de las señales y milagros y de la mano poderosa y el brazo extendido con que Jehová tu Dios te sacó. Así hará Jehová tu Dios con todos los pueblos de cuya presencia tú temieres”.
Hermano, el Señor te levantó a ti de la muerte, de donde tú no podías salir, ¿saliste tú? Eras esclavo del pecado, eras vendido al pecado, y el Señor te redimió, te sacó de allá. Si el Señor te arrebató a ti del poder del pecado, si el Señor te sacó a ti de las garras de Satanás, ¿no podrá el Señor santificarte? Si pasaste de muerte a vida, ¿no podrá mejorarte? Si ya el Señor te salvó, ¿no podrá limpiarte? Si el Señor fue poderoso para sacarte del mundo, ¿no podrá Él ser poderoso también para preservarte?
Dice Judas 24:
Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría…
¿No mostró el Señor ya su poder en tu salvación? ¿No podrá mostrarlo en tu santificación? Ante el desánimo, considera las grandes obras de Dios.
Dios saca los pecados ocultos: las “avispas” de la providencia
Voy cerrando aquí, hermano. Ten presente que Dios hará evidentes tus pecados ocultos, y cualquier cosa que esté guardada en tu territorio, el Señor la sacará. Israel tenía un problema, y es que ellos no podían sacar de su pueblo todos esos pueblos, y cuando intentaban sacarlos, los pueblos se les iban, se les escabullían. ¿Sabes qué dijo el Señor? Miren qué dice el versículo 20:
También enviará Jehová tu Dios avispa sobre ellos, hasta que perezcan los que quedaren y los que se hubieren escondido delante de ti.
No hay pecados que estén tan ocultos en tu vida, que tú quieres sacarlos y como que se te resbalan, dice el Señor, que si Él tiene que mandar avispas, las enviará. Y si Él tiene que sacarlos a “picotazos”, los sacará hasta de debajo de las piedras.
Miren, hay cantidad de pecados que se han guardado en el corazón de uno y que uno no los ve. A veces tampoco uno anda buscándolos muy directamente, porque si uno se pone a buscarlo lo encuentra. Pero como uno no siempre limpia igual, hay veces que tú limpias la casa, pero tú te pones para limpiar la casa. ¿Cómo te pones para limpiar la casa? Es que tú deshollinas, tú sacas todo el sucio que hay en todo lugar. Y hay veces que tú limpias la casa “engañando el ojo”. O sea, como que todo se ve limpio, pero tú sabes que tú no limpiaste tan bien como podías limpiar.
Si tú sales a la búsqueda del sucio más sucio, tú sabes que lo puedes sacar, pero tú dices: “Oye, pero que si yo me dedico a sacar todo este sucio, se me va a caer la mano”. A veces yo cierro un chin los ojos con el carro mío. Yo cierro un chin los oídos; los carros siempre tienen un sonidito. Hay veces que yo subo la música, porque yo digo: “Si yo me dedico a corregir todos los soniditos del carro, voy a trabajar para él”. O sea, hay veces que yo subo el radio, como que me hago un chin el loco. Eso mismo pasa con el pecado: hay veces que hay cosas que tú sabes que están haciendo ruido, y tú como que haces “shh…”.
Dice el Señor que Él, si tiene que mandar avispas para sacar esos pueblos de tu territorio, los sacará. Y hay síntomas de pecado. Tú sabes cómo tú te das cuenta que hay pecado que no ha sido evidente: porque hay veces que hay una tristeza como que sale de la nada. Y tú dices: “Ay, ¿cómo es? Yo todavía… como que hay una tristeza que me surge así, como que yo no sé de dónde viene…”. ¿Que tú no sabes de dónde viene? Lo que pasa es que abajo hay sucio.
Es que uno no anda viviendo por eso, pero como que me suben esos deseos incorrectos que a veces aparecen de la nada, como que… “Ay, ¿y ese deseo que yo tengo ahora mismo de eso que no debo estar deseando, qué es lo que pasa?”. Sí, es que hay algo ahí que tú hiciste antes, que está invitando eso. Yo me he dado cuenta: hay series de televisión que después que uno ve esas cosas hay deseos que aparecen y no digas que no sabes. Tú sabes lo que tú viste antes.
“Pero ahí no hubo nada incorrecto”. Sí, tú sabes lo que tú viste antes, tú sabes lo que tú leíste antes, tú sabes la conversación que tuviste antes. Esas cosas que parecen ocultas se manifiestan. Y, sobre todo, la falta de crecimiento espiritual. Tú dices: “Pero mi vida como que no avanza espiritualmente, ¿y qué es lo que pasa?”.
Había una matica en mi casa que Montaner y Jerry se hinchaba mucho. Y yo no hice muchas preguntas, no sabía lo que era. Yo fui a Fersán y compré un insecticida y fumigué, hermano. Volaron pajaritos que yo no sabía que podían estar. Sí, yo fumigué y volaron pajaritos que yo no sabía que estaban ahí. Después dije: “¡Guau! ¿Y todo eso estaba ahí?”. Sí, son pequeñas larvas que llegan ahí, ponen huevos, los pajaritos se quedan debajo de las hojas, no encima sino debajo, y tú no los ves. Fumiga, para que tú veas.
Hermano, si el Señor tiene que mandar avispas para sacar nuestros pecados ocultos, lo hará. De manera sencilla, rápido: lo más leve que hace el Señor es que cuando tú lees su palabra, su palabra te confronta. A veces el Señor te permite ver tus propios síntomas en la vida de los otros. Ya desde que tú sientes los dolores, tú sientes un chin doblada las articulaciones… “Eso como chikungunya que me está por dar”. Sí, hay veces que el Señor te permite ver el pecado en los otros, ya tú sabes qué es lo que tú tienes.
Pero lo más frecuente es que el Señor saque nuestros pecados ocultos por medio de circunstancias. ¿Tú quieres saber cómo tú sabes la cantidad de pecado que tienes? Espera la aflicción para que tú veas. Cuando te choquen en el carro es que tú vas a ver lo maldiciente que tú eres. Cuando te quiten una oportunidad en tu trabajo, ahí es que tú vas a ver lo poco dominio propio que tú tienes. Cuando alguien te ofenda, ahí es que tú vas a ver. Normalmente las avispas que el Señor utiliza son las que más cerca de tu tienda están en tu vida: son los hijos, son los maridos, son la esposa, son los familiares.
Cuando eso sucede es que tú te das cuenta de lo muertos que tú estás todavía en tus delitos y pecados. Nuestras circunstancias normalmente son las avispas que el Señor utiliza para hacer que salgan los pecados ocultos que están adentro de nuestro territorio.
Proceso “poco a poco” y oración final de consagración
Si te he cansado demasiado con este sermón, permíteme terminar con el último punto, solo versículos 22 y 23. Dice:
Y Jehová tu Dios echará a estas naciones de delante de ti poco a poco; no podrás acabar con ellas pronto, no sea que las fieras del campo se multipliquen contra ti. Mas Jehová tu Dios las entregará delante de ti, y él las quebrantará con grande destrozo, hasta que sean destruidas. Y él entregará sus reyes en tu mano, y tú destruirás el nombre de ellos de debajo del cielo; nadie te hará frente hasta que los destruyas.
¿Y tú quieres saber cómo es que eso va a estar ocurriendo? Dice el 22: “Poco a poco”. Quizá tú te sientas ahora mismo impotente, tú dices: “Yo sé que hay cosas que tienen el mandato en medio, que hay que tener como un balance en esto de no desatender, pero al mismo tiempo no volverte loco. Es como un ‘estoy decidido a hacer la voluntad del Señor, pero yo sé que esto es poco a poco y es progresivo’”.
No es posible que tú salgas de aquí ya santificado. Ahora, es posible que tú salgas de aquí con la resolución de hacer todo lo que haya que hacer en tu vida para que tu vida sea una vida agradable delante del Señor. El “poco a poco” no es una excusa para que nos quedemos desatendidos. El “poco a poco” es una razón para que, en lo que el Señor va haciendo esta obra en nosotros, seamos pacientes.
Recuérdate: la salvación es un hecho puntual, la santificación es un hecho progresivo.
Oro por la iglesia. Mírame a mí, Señor, que en esto doy testimonio de primera mano, Señor, y mira a mis hermanos que están aquí, mira a cada persona que con sinceridad de corazón quiere resolver, entregar áreas de su vida que anteriormente no había entregado. Permite que el territorio completo sea tuyo.
Que sea tu Santo Espíritu, Señor, haciendo que salga de nosotros la maldad y que llegue la virtud. Que sea tu Santo Espíritu, Señor, confrontándonos con nuestros pecados ocultos. Señor, envía lo que tengas que enviar, si es necesario avispas, que sean para que los pecados que están ocultos en nuestro corazón, y que nos hacen tener actitudes, tener acciones que a veces no podemos ni siquiera explicar, sean manifiestos y sean destruidos.
Rompe cualquier alianza que mis hermanos hayan hecho con el pecado. Quita cualquier espíritu de condescendencia. Permite, Padre, que cuando tú entregues nuestros enemigos internos, no tengamos ningún apego y los destruyamos completamente. Permite que la santidad, Señor, sea una realidad en la Iglesia Evangélica Pez Mundial. Permite, Señor, que seamos pueblo tuyo.
Que ninguno de nuestros hermanos sea encontrado espigando en otro campo. Permite, Señor, que nuestra fidelidad completa sea para ti, para tu gloria. En el nombre de Jesús, amén.