Que el Señor les bendiga, hermanos queridos, que el Señor les guarde, hermanos. Hay domingos, hay domingos en la casa del Señor… que este sea el anuncio, hermanos, de cómo el Señor nos va a dar el año. Que sea así vez tras vez, que el Señor nos dé un año de mucho gozo, de mucha alegría.
Miren, desde el culto de servidores hemos estado gozándonos de una manera especial, y que sea esto un anuncio de las grandes cosas que hace el Señor. Qué bueno ver cómo el Señor ama a su iglesia y nos da momentos como estos.
Acompáñenme en la Escritura; pueden buscar, abrir sus Biblias en el libro de Colosenses, en el capítulo cuatro. Póngase ahí un momento para leer la sagrada Escritura, en el libro de Colosenses, en el capítulo cuatro. Es el libro de Colosenses en el capítulo cuatro. Estaremos leyendo desde el versículo 2 en adelante. Colosenses, capítulo cuatro, desde el versículo 2 y hasta el versículo 6.
Tal cual les he explicado antes, cada vez que el apóstol Pablo escribía una carta, la estructura general era: una primera parte que era una parte de establecer doctrina, de enseñar temas doctrinales, y la segunda parte eran más bien temas devocionales, asuntos en los cuales la iglesia pusiera su atención. Esta es la parte que nos ocupa; estaremos leyendo la última parte de esta carta. Capítulo cuatro, del 2 al 6, y en este momento el apóstol Pablo compartirá con la iglesia algunas recomendaciones generales acerca de la oración, y también acerca de cómo deberían comportarse hacia los de afuera.
Dice así la sagrada Escritura, Colosenses 4 del 2 al 6. Escribe a la iglesia el apóstol Pablo, les dice:
Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias; orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, por el cual también estoy preso, para que lo manifieste como debo hablar. Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo. Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.
— Colosenses 4:2-6
Leamos juntos los versículos 2 y 3:
Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias; orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, por el cual también estoy preso.
— Colosenses 4:2-3
Puede sentarse, hermanos queridos.
La importancia y el misterio de la oración
Cada cosa que para Dios es importante, Él en su misericordia se encargó de no documentarla en su palabra solamente una vez, sino dos, cuatro, seis, ocho y hasta diez veces la misma cosa. Este es el caso que nos ocupa: el caso de la oración. Un asunto muy reiterado en la Escritura es el llamado a orar.
Está en la Escritura en forma de ordenanzas; a veces se nos dice explícitamente “oren”. Pero también está en forma de promesas; a veces, para que oremos, el Señor nos dice: “oren por esto y por aquello; cuando oren sucederá lo otro”. También aparece en la Escritura descrito en forma figurada, que en algunos aspectos tiene hasta un poco de humor. Y también aparece en la Escritura en forma de testimonio; el Señor se encargó de mostrarnos algunos casos de hermanos nuestros de otro tiempo que oraron, y cuando ellos oraron, entonces el Señor hizo algunas cosas.
Aunque en algunos aspectos la oración sigue siendo un misterio para nosotros, cuando la Escritura habla de misterios no habla de asuntos oscuros, sino de asuntos que todavía no han sido completamente revelados en la manera que operan. La oración es uno de ellos. Nosotros no conocemos acerca de la oración cada aspecto particular. Muchas de estas cosas siguen siendo misteriosas para la iglesia, pero hay algo que sí sabemos.
Lo que sí sabemos es que Dios ha elegido hacer algunas cosas como respuesta a la oración de su pueblo, por lo cual deberíamos tener mecanismos y herramientas para que el ruego en la presencia del Señor sea un asunto constante, ya sea por obediencia, por interés en que esas cosas sucedan, o también por devoción. El apóstol Pablo escribió a la iglesia de los colosenses y les mostró dos herramientas que ellos podían emplear para dar a conocer a Cristo: la primera herramienta, la oración, para que el Señor abriera puertas; y la segunda herramienta, el cuidado de su testimonio, para que ellos pudieran aprovecharlas.
Nuestra debilidad en la oración como iglesia
Así como el domingo pasado el Señor nos proveyó un texto de Escritura que podemos decir que es una fortaleza para nuestra iglesia local, el día de hoy el Señor nos provee otro texto de la Escritura en la cual no es nuestra fortaleza, quizás es nuestro punto débil. Así como nuestra iglesia puede decir que hasta ahora, en estos años, el Señor ha permitido que la iglesia madure y florezca en determinadas áreas, podemos admitir abiertamente, porque estas cosas no avergüenzan, que todavía la oración entre nosotros, hermanos, no es un asunto en lo cual estamos destacando.
De hecho, el ministerio de la Palabra prevalece en nuestra iglesia al ministerio de la oración. Somos más dados a permanecer en la Palabra que a permanecer en su presencia. Precioso sería si el Señor utiliza este año para corregir nuestros puntos ciegos, y que así como nos ha permitido destacarnos en un aspecto, en el otro también, que podamos llegar a fin de año diciendo que ya la oración es algo en lo cual comenzamos a destacar. Todo esto para la gloria del Señor, también con su ayuda.
Tomo este texto, la exhortación de Pablo a los colosenses, para mostrar estos dos aspectos que podrían ayudar a que el evangelio avance en medio de nosotros. Históricamente, la recomendación de las iglesias cristianas ha sido: “traigan amigos a la iglesia”. No está mal desear traer amigos a la iglesia; sin embargo, creo que hay una recomendación y consejo aún más profundo.
Imaginen que en este año cambiemos la recomendación y, en vez de decirles a los hermanos “traigan amigos a la iglesia”, podamos decirles: “oren al Señor de la iglesia por oportunidades para que avance el evangelio, y al mismo tiempo trabajemos todos para mejorar nuestro testimonio”. Es cambiar la recomendación; en vez de insistir “traigan amigos a la iglesia, traigan amigos a la iglesia”, digamos unos a otros: “oremos al Señor de la iglesia para que abra oportunidades para el avance del evangelio, y al mismo tiempo mejoremos nuestro testimonio para que esas oportunidades, con la ayuda del Señor, sean muy bien aprovechadas”.
Perseverar en la oración: acto de fe e intimidad
Estimularé a la iglesia hoy en los dos sentidos: en el primer sentido, respecto de la oración, y en el segundo sentido, respecto de cómo deberíamos cuidarnos de aquellos, especialmente, que todavía no han creído. Comienza el apóstol Pablo diciendo en el versículo 2: “Perseverad en la oración”.
Es interesante que el llamado no sea solamente “oren”, sino “perseveren en la oración”. El apóstol Pablo infiere que orar es difícil. De hecho, los apóstoles sabían que orar era un asunto que requería un esfuerzo intencional. Una de las primeras declaraciones de los apóstoles fue: “simplifiquemos este trabajo, busquemos otros obreros, para nosotros poder dedicarnos a la oración”, porque hasta ahora aparece que les había sido difícil.
Hermanos, orar no ha sido sencillo para ninguna generación de creyentes. Orar es un reto para mí; puedo pensar que es un reto también para mi iglesia. Hay razones varias por las cuales necesitamos no solamente decirnos los unos a los otros “hermanos, oremos”, sino “hermanos, perseveremos en la oración”.
Perseverar es una acción constante y esforzada. Tú le pides a una persona que persevere cuando tú infieres que la persona no lo va a hacer. “Por favor, no solamente lo haga: persevere en eso”. Perseverar es ese asunto que requiere constancia y esfuerzo.
Sabemos que orar es difícil porque es esencialmente un acto de fe. Dice Hebreos, en el capítulo 11, en el versículo 6, que quienes se acercan a Dios deben creer que le hay y que Él es galardonador de los que le buscan. Una persona que ora es una persona que entiende que Dios es real y al mismo tiempo entiende que Dios es galardonador de los que le buscan. Orar es un acto de fe.
Si tú quieres saber cómo está tu fe, no es un asunto que verbalizas; pregúntate si realmente tu fe está firme en que nuestro Dios es real, es bueno y galardonador. Entonces, responde: ¿cómo está tu vida de oración?
También sabemos que orar es difícil porque la oración requiere intimidad. Usted puede pasar tiempo en la Palabra sin tener una relación de intimidad con Dios, pero es imposible que usted tenga una vida de oración, al menos que conozca a Dios íntimamente. Hay cantidad de personas que no conocen personalmente a nuestro Dios y ellos atesoran la Palabra. Hay cantidad de personas que no han tenido un encuentro íntimo con Dios y leen las Escrituras.
De hecho, enemigos de nuestra fe leen las Escrituras y encuentran en ellas hasta un deleite intelectual y filosófico. Pero para usted encontrar deleite en la oración, usted debe primero haber encontrado un deleite en el Dios al cual usted está orando. Sería imposible que usted tenga una vida vibrante de oración a menos que tenga una relación vibrante con el Señor.
La prioridad de la oración y el choque con la cultura millennial
Hace falta más que interés intelectual. De hecho, la lectura de la Palabra puede ser una gran tentación para aquellas personas que no han cultivado una relación íntima con Dios, pero tienen intereses superficiales en la fe cristiana, porque la lectura de la Palabra es algo que te estimula intelectualmente y al mismo tiempo es algo que te permite llamar la atención de los hombres. La oración no es así.
Por eso, la virtud principal de los grandes hombres de Dios es principalmente la intimidad con su Dios, y la Palabra es una consecuencia de lo primero. Llama la atención que los apóstoles hayan priorizado aún la oración antes que el ministerio de la Palabra. Cuando ellos hablaban del ministerio de la Palabra no hablaban de filosofía; hablaban de oportunidades para dar a conocer a Cristo, y ellos entendían que, como iglesia, era: “nos vamos a dedicar primero a la oración y después a dar testimonio de Cristo”. Ellos entendían que la oración era un asunto prioritario.
Si les doy más razones, hermanos: encontré el mes pasado que soy millennial. Y eso me estimuló mucho: “están aquí, pueden llamarme millennial, y yo estoy resuelto”. Andaba con mi hoja impresa donde decía cuál es el rango de fecha. “Soy la primera serie de los millennials”. ¿Más no?
Y los millennials tenemos un problema con hacer cosas que no son retratables, cosas que no son publicables, cosas que no son difundibles. Cuando un millennial come, le toma una foto a la comida; cuando un millennial viaja, le toma fotos no solamente para él, sino para difundirlas; un millennial toma un taxi y necesita compartir su recorrido. La oración no es así.
Orar es un asunto relativamente privado. Lo que dice Mateo en el capítulo 6 es que cuando ores, entra en tu aposento y cierra la puerta, y tu Padre que te escucha en lo privado te recompensará en lo público. Es lo contrario al paradigma de nosotros los millennials, que hacemos lo público tratando de conseguir después lo privado.
Por eso es que orar es difícil, porque orar es un asunto muy discreto. Un hermano que tiene una vida vibrante de oración no es un hermano que recibe “likes”, pero es un hermano que es escuchado por su Dios; y cuando su Dios le escucha, entonces su Dios le responde.
Por favor, hermano, no tome esto como que usted sienta que yo estoy hablando desde una posición de superioridad; hermano, es también para mí una lucha. No estoy difundiendo esto desde una perspectiva de “ya lo logré”. De hecho, aquí es que yo veo, hermano, el trabajo difícil que tenemos los predicadores: que no predicamos nuestras fortalezas, predicamos la voluntad del Señor.
Luchar en oración debe ser en este año un reto para nuestra iglesia. No estamos diciendo que va a ser sencillo; estamos diciendo que necesitamos esforzarnos: es “perseverar en la oración”.
La sencillez de la oración y el peligro de convertirla en programa
También hablo de la sencillez. La oración no requiere, hermano, ser un experto; no hay que hacer cursos especiales, no hay que tomar entrenamientos especializados, no hay que hacer un pénsum con dos “majors” ni nada complejo. Orar es sencillo, como sencillo es respirar, como sencillo es caminar, como sencillo es beber agua.
Sin embargo, las cosas sencillas son las cosas que con facilidad se nos olvidan. Por eso los millennials tenemos aplicaciones que nos recuerdan que tenemos que caminar, que tenemos que beber agua. Yo tengo una que me recuerda que tengo que respirar; y tú dices: “pero respirar es lo que estamos haciendo”. Sí, pero la aplicación te dice: “toma cinco minutos, respira, haz respiraciones profundas”, porque con facilidad te pasas el tiempo y no respiras.
En días pasados hice una jornada de un día muy intenso de trabajo, y me di cuenta que me senté a trabajar en un lugar a las 10:00 de la mañana y me paré literalmente a las 17:00 de la tarde, y no caminé, y tenía la pierna acalambrada, y ni siquiera me daba cuenta.
Hermano, las cosas sencillas requieren esfuerzos intencionales; las cosas sencillas requieren una diligencia especial. La oración es una de ellas.
Ratifico aquí que lo que estoy promoviendo en naturaleza no es un programa. Hay una gran debilidad evangélica, y es que para cada cosa queremos establecer un programa. No es un programa; es una actitud. No es un programa con horario y lugar; es una actitud: hacerlo siempre, en todo tiempo y en todo lugar.
Los programas se supervisan y se dirigen; la oración se modela y se estimula. Un programa se lanza, alcanza su punto máximo después de crecer, se relanza. La oración debe ser una forma de vida. Esto no es un programa, no es un horario: “ah, entonces ahora nos vamos a juntar tal día de la semana y vamos a estar orando”. No, hermano. Ahora vamos a entender que nuestro Dios quiere escuchar la oración de su pueblo, y de manera natural nos estimularemos los unos a los otros a la oración.
Dios se toma en serio la oración: Jeremías y Ezequiel
Quiero comenzar a estimular la iglesia: ¿por qué oramos, hermanos?, ¿por qué debemos anhelar orar? Yo fui sorprendido esta semana al considerar lo en serio que Dios se toma el asunto de la oración. Ese texto que dice que “la oración eficaz del justo puede mucho”, para el Señor no es solamente una expresión que suena bien y que se puede compartir en las redes sociales, no. Nuestro Dios toma en serio la oración de su pueblo.
Se toma tan en serio la oración de su pueblo que cuando quiso castigar a Israel le dijo al profeta Jeremías: “Jeremías, estoy por castigar a mi pueblo y te prohíbo orar por ellos”. “Señor, pero déjame orar”. “No, porque yo he dicho que responderé a la oración del justo, y si tú oras, entonces estoy entrando en una contradicción. Detén la oración porque voy a castigarles”.
“Señor, si tú quieres castigar al pueblo, lo harás de todos modos”. “Sí, pero no quiero contradecirme. Yo dije que voy a responder la oración del justo y, si tú oras, entonces me estaré contradiciendo a mí mismo. Jeremías, deja de orar que voy a castigar al pueblo”. Se le prohibió a Jeremías orar.
Y tiempo después, ya no en tiempo del profeta Jeremías, sino en tiempo del profeta Ezequiel, el Señor quiso en aquel momento no castigar al pueblo, sino que quiso prosperar al pueblo. Y cuando el Señor quiso, en vez de castigar, prosperar, escuchen lo que dijo el Señor:
Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí a favor de la tierra, para que yo no la destruyese, y no lo hallé. Por tanto, derramé sobre ellos mi ira; con el ardor de mi ira los consumí; hice volver el camino de ellos sobre su propia cabeza, dice Jehová el Señor.
— Ezequiel 22:30-31
Guau. Cuando el Señor quiso castigar, prohibió la oración; y cuando el Señor quiso bendecir, estuvo buscando oración y no la encontró.
Yo me preguntaba: ¿cuántas oportunidades preciosas habrá perdido nuestra iglesia local a causa de que nuestra iglesia local no oró? Solamente sabe el Señor cuántas cosas estaban ya previstas a favor de nuestro pueblo y no fueron aprovechadas porque nuestro pueblo no clamó. Cuando estemos en su presencia, yo creo que seremos sorprendidos respecto de la cantidad de oportunidades no aprovechadas, a causa de que no hubo gente en la brecha, no hubo gente en oración, no hubo gente clamando delante del Señor.
Un gran estímulo para orar es saber que Dios quiere hacer cosas en respuesta a nuestras oraciones, que las oraciones hacen que la iglesia local aproveche oportunidades.
La oración al alcance de todos y el llamado a “molestar” a Dios
Estimulo a la iglesia diciéndole que la oración está al alcance de todo creyente. Hay ministerios como el ministerio de la enseñanza, el ministerio de la Palabra y otros más, donde usted puede tener destreza según su capacidad natural que Dios le ha dado y según el entrenamiento que ha tenido. Orar no requiere entrenamiento especializado; lo que se requiere es fe y diligencia.
Y hermanos que quizás no son muy diestros o duchos en otras áreas pueden ser campeones de la oración. Hermanos que tienen dificultades de movilidad, que dicen: “yo no puedo hacer ese ministerio porque no puedo transportarme desde allá”, a usted le digo: “ore; la oración sube en todo momento”.
En toda edad, el Señor escucha la oración del joven; el Señor escucha la oración del viejo; y frecuentemente aquellos que tienen menos vigor físico se convierten en los que tienen más vigor espiritual. Cuando estemos en la presencia del Señor sabremos quiénes eran los hermanos que habían estado moviendo la iglesia del Señor en medio de nosotros, y quizás seamos sorprendidos al encontrar que aquellos que parecían menos diestros, menos duchos, menos capaces, eran los que eran más fuertes en medio de nosotros.
Un hermano que mueve su iglesia es un hermano que ora por su iglesia. Quiero estimularles, hermanos. Les estimulo diciéndoles que el Señor nos ha dado el permiso de molestarle, y quiso mostrarlo así mismo: “considérenlo una molestia y consideren que esa molestia es mi deleite”.
A través del profeta Isaías, el Señor habló:
Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán jamás. Los que os acordáis de Jehová, no os reposéis, ni le deis tregua, hasta que restablezca a Jerusalén y la ponga por alabanza en la tierra.
— Isaías 62:6-7
O sea que Él mismo está diciendo: “no me den tregua. Moléstenme”. El Señor, que es el mismo que está por hacer lo que va a hacer, nos dice: “yo quiero ser molestado respecto de hacer eso; vengan, acérquense a mi presencia”. No es algo aislado en la Escritura que el Señor nos dice “moléstenme, moléstenme”: “Clama a mí, y yo te responderé y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces”.
Figuradamente, a través de parábolas, el Señor vez tras vez dijo la misma cosa.
Las parábolas de la importunidad y el “piquete espiritual”
Les dijo también:
¿Quién de vosotros que tenga un amigo va a él a medianoche y le dice: ‘Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido a mí de viaje y no tengo qué ponerle delante’; y aquel, respondiendo desde adentro, le dice: ‘No me molestes; la puerta está ya cerrada y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme y dártelos’? Os digo que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite. Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
— Lucas 11:5-10
El Señor está diciendo “moléstenme, pídanme, importúnenme”. Y esto parece redundante porque el mismo Lucas, en su mismo evangelio, entonces, dos capítulos más hacia adelante, describió otra parábola con el mismo sentido. “Lucas, ya tú dijiste eso”. Sí, es que el Señor parece que habló tanto al respecto de que lo molesten, que Lucas tuvo que dejar dos parábolas.
Estaba en Lucas 11, pero si ustedes se mudan hasta Lucas 18 encontrarán la parábola de la viuda y el juez injusto, en el mismo libro y por el mismo autor:
También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: ‘Hazme justicia de mi adversario’. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: ‘Aunque ni temo a Dios ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo me agote la paciencia’. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a Él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?
— Lucas 18:1-8
Cuando el Señor se ha encargado de decir “moléstenme, háganme un piquete espiritual…”, de hecho, es estratégico para esta iglesia que nos pongamos de acuerdo para molestar a nuestro Señor respecto de algunos asuntos. El hermano cae el lunes, que yo le voy el martes; el otro el miércoles en la mañana; y que el otro le venga el jueves; y el viernes vamos a terminar todos nosotros: “aquí te molesto, te molesto, te molesto; hazme justicia; ayúdame, ayúdame”.
Que, por una cosa o la otra, hermano, responda. A mí me impresiona el hecho de que no sabemos las particularidades por las cuales la oración “funciona” (entre comillas), pero podemos inferir que es que nuestro Dios es bueno, es que Él se goza, hermano, en darle cosas a su pueblo, y que Él quiere que su pueblo cultive con Él una relación de dependencia. Molestemos juntos a nuestro Dios.
Yo creo que se van a asustar un poco en el cielo si de verdad nos ponemos de acuerdo: un grupo en la mañana, un grupo en la noche. “¿Y qué es lo que está pasando? Igual piquete y toda esa cartulina ahí afuera… ¿y qué es lo que no le han dado?, ¿y qué le falta algo? Te molestamos, Señor; respóndeme, Señor; respóndenos, Señor”.
No solamente dice “perseverad en la oración”; también dice “velando en ella”. Si lo anterior era una actitud constante y esforzada, ahora es una actitud alerta y vigilante.
Velar en la oración y recurrir a ella como primer recurso
Miren, una persona que va a orar no está en una actitud somnolienta; no está distraída. Debería evitar ser dominada o distraída por diferentes cosas, obstáculos que se presentan. Entre ellos puedo decir, principalmente, el cansancio.
A ver: orar es difícil en este tiempo porque estamos muy cansados. Y el cansancio merma nuestras fuerzas, el cansancio nos debilita, y cuando usted va a la presencia del Señor usted puede tener culto allí, pero no hay mucha fuerza, hermano, para “molestar”.
Me entusiasma mirar esos piquetes que se hacen aquí, en el país, por cosas que son mucho más importantes que estar ahí; tienen un estado de ánimo exaltado. “No estamos aquí, somos padres de familia; a veces no se hace justicia. No, no. Yo llevo lata, le meto piedra: responda, responda, responda”. No, hermano; una actitud alerta y vigilante en la oración.
Manteniendo un estado de urgencia, buscando oportunidades para orar e interceder. A mí me sorprende, hermano, lo mucho que uno teoriza cuando hay necesidad. Una persona te está diciendo: “un familiar mío, alguien, alguien en el trabajo; ha sucedido una situación”; y primero nos molestamos, nos rasgamos las vestiduras: “qué situación, vamos a ver qué podemos hacer”. Nos encanta aconsejar, tirar unos cuantos versículos. Lo pronto, ven, vamos a orar.
Yo mismo, en días pasados, tuve una conversación con una persona respecto a una necesidad; y después que tuvimos cuarenta minutos teorizando por teléfono en diferentes cosas, me digo yo: “ven acá, pero es que hay que orar; es lo que hay que hacer ya”.
¿Entienden? La clave de esto es, en vez de detenerlo y: “mira, ¿y cuál fue lo que pasó, y dónde, y cuándo, y qué se podrá hacer, déjame ver, déjame ver cómo podemos reflexionar…?”. No es filosofía lo que hace falta, hermano; es dependencia del Señor: “ni tú ni yo podemos, ¿y qué podemos hacer? Vamos a mirar para arriba”.
“Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra”. Uno a veces se queda ahí rodeando un problema, y tú lo ves por aquí, lo ves por allá. Es orar lo que hace falta.
Y tú dices: “¿eso va a marcar la diferencia?”. Sí, hermano. El Señor responde la oración. Es sencillo: “no, no, es que vamos ahora a…”. No: “vamos a orar. No me cuentes, oremos; te escucho, pero pronto coloquemos la oración como el recurso”. El recurso es la oración.
Qué hermoso sería si nuestra iglesia aprende a operar más con dependencia que con sabiduría. “Un problema que me está ahogando, déjame ver cómo encuentro sabiduría para tu problema”. No: “vamos rápido; aquí estamos; el Señor está en medio de nosotros. Échate un poco para allá, ven, cierra los ojos, ahí. Vamos a orar”.
Oremos, hermanos. Oremos. De nuevo, no es un programa; es una actitud que quiero modelar y difundir. Qué hermoso sería si tú vieras hermanos con discreción en un rincón, orando por una cosa; otros orando por otra; levantando su voz al cielo, hermanos, porque de allá es que viene nuestro socorro.
Acción de gracias y el círculo virtuoso de la fe
No me detendré mucho, pero hace falta un corazón agradecido. Dice: “con acción de gracias”. Hermano, es un círculo virtuoso donde tú clamas al Señor, donde tú miras hacia el cielo, donde buscas hacia allá tu respuesta, y cuando el Señor ha respondido, hermano, vamos a dar las gracias.
Uno sabe de ese medio descarado: “porque después del esfuerzo, como Él ha hecho ahí, ahora déjame dar las gracias”. “No, que yo te respondí porque me da gusto”. “Pues gracias, Señor, gracias”. Y cuando te doy las gracias, al mismo tiempo testifico ante mí y ante los otros que la oración eficaz del justo puede mucho, y vuelvo a orar.
Hemos orado; el Señor ha respondido; entonces tenemos más estímulo para orar. Orar con acción de gracias, hermanos, es entrar en un círculo virtuoso donde hemos clamado al Señor, el Señor ha respondido, respondemos al Señor, clamamos al Señor, Él responde, clamamos aún con más ímpetu, clamamos aún con más fe. La acción de gracias debe estimular la fe de la iglesia local.
Me preocupa, hermano, que el Señor proveyera para asuntos muy cerrados de nuestra iglesia, asuntos que humanamente hablando no son posibles, y que nosotros no podamos relacionar eso como una respuesta puntual a un motivo de oración. Y pensaba en esta semana que probablemente muchos proyectos donde todo está tan detenido es porque no hemos orado por eso con suficiente constancia y persistencia como para poder tener razones suficientes para dar las gracias, y probablemente si el Señor respondiera a eso nosotros buscáramos atrás, y cuando vamos a decirle: “Señor, gracias”, el Señor nos va a decir: “no, yo lo hice, pero no fue respuesta de oración”.
Pensaba, hermanos, esta semana, ¿en qué momento nuestra iglesia va a poder tener más espacio físico? Mirando sobre dos hermanas, hace falta espacio físico. ¿Y saben adónde van nuestros ojos? Frecuentemente van al presupuesto, van al Excel, a preguntarle al equipo de finanzas: “¿cómo estamos?, ¿se puede, no se puede?, no, no se puede”.
Mandemos un piquete al cielo. “Señor, aquí hay un grupo de gente que se está reuniendo en un lugar; a ver si Tú no respondes. Señor, necesitamos por lo menos dos mil metros cuadrados en la ciudad; queremos darte culto; Señor, respóndenos”, de forma tal, hermano, que cuando el Señor nos responda, y nos los dé, tengamos que tirarnos al suelo a decirle: “Señor, gracias; Tú has respondido en oración”.
Porque la historia nuestra, frecuentemente, es: nos reunimos, teorizamos, buscamos oportunidades según lo que es sabio, tocamos algunas puertas. “Si el Señor va a proveer, entonces vamos a esperar, a ver”; y cuando el Señor lo hace: “ok, vamos al siguiente plan”. No, hermano. Que nos hayamos desesperado tanto ahí, ahí, ahí; que hayamos insistido tanto, de forma tal que la acción de gracias sea lo natural.
Y después de dar las gracias, seguimos orando. No solamente es un deber dar las gracias por la provisión del Señor; al mismo tiempo, la gratitud crea un círculo que nos impulsa nuevamente a su presencia con confianza renovada. Volver a pedir. El testimonio estimula. Hay alguien que dice: “oh, pero parece que está respondiendo. Te respondió a ti, no, pero tú vas a ver; mañana yo también voy a su presencia”.
Qué hermoso sería si la respuesta a tus súplicas y la respuesta a tus ruegos se convirtiera en el estímulo para que yo mismo pida. Que escuchar que Dios te respondió me estimule también a pedir.
Puertas para la palabra y el evangelismo dependiente de Dios
Dice el versículo 3 y el 4: “orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra puerta para la palabra”. Hermano, la iglesia local necesita puertas para la palabra, para no gastar tanta pólvora.
Escuchaba a una persona que hace evangelización casa por casa, que me decía: “yo mismo pienso, oye, ir a una casa y esperar a ver si alguien sale…”. Y esta persona me persuadió de la siguiente manera; me dice: “no. Primero, uno ora para que el Señor abra puertas y después uno sale; y cuando uno sale, vamos a ver lo que trajo el barco”.
“Señor, vamos a salir por este sector; te estamos pidiendo que en este sector pueda haber gente muy desesperada, gente muy necesitada de Ti; estamos por salir, Señor, permite que sucedan encuentros providenciales”. Si nos llevamos solamente de lo mecánico, no lo hagamos, porque la estadística nos vence, y dice que hay probabilidad de que encontremos a alguien que quiera recibir el testimonio de Jesucristo: ninguna. No lo hagamos.
Ahora, si miramos primero al cielo, hermano, salgamos. Pablo entendía que la oración de sus hermanos era un recurso prioritario para el trabajo misionero. Esa expresión de Pablo de que el Señor abriría puertas para la palabra es reiterada en sus cartas.
Cuando le escribió a los corintios, en la primera carta a los Corintios, dijo el apóstol Pablo:
Estaré en Éfeso hasta Pentecostés, porque se me ha abierto puerta grande y eficaz.
— 1 Corintios 16:8-9
Guau, hermano, cuando el Señor abre una puerta grande y eficaz para el avance del evangelio. Después les escribió de nuevo, la segunda carta, y dijo:
Cuando llegué a Troas para predicar el evangelio de Cristo, se me abrió puerta en el Señor.
— 2 Corintios 2:12
O sea, que Pablo se veía a sí mismo como un instrumento, pero entendía que las puertas no las abría él; las abría el Señor. Me imagino que en aquella ocasión cuando fue a la orilla del río, estuvo allí y encontró a Priscila y a Aquila, vio eso como una puerta que abrió el Señor. Él dijo: “yo salí y el Señor trajo”.
Hermano, qué hermoso sería si estuviéramos orando por puertas, y saliéramos a hacer nuestra jornada laboral esperando que el Señor pueda permitir que una conversación, que el Señor pueda permitir un encuentro, que el Señor pueda abrir una oportunidad. Oh, hermano, a veces el Señor la abre y uno no la ve porque no la está esperando, pero si hemos orado por puertas, estamos dispuestos a cruzar la puerta.
¿Cómo se ven esas puertas? Son encuentros donde tú dices: “definitivamente el Señor permitió que yo hoy tomara esa ruta porque Él quería que yo me encontrara con esta persona. Definitivamente el Señor permitió esa oportunidad laboral que yo no entendía; era para esto. El Señor permitió esa oportunidad de negocio para lo otro”.
Ahora, uno se llega a ver, hermano, con expectativa de fe de que el Señor puede estar haciendo algo a través de recorridos que son normales. A veces tenemos esta experiencia de que tú estás hablando y te das cuenta de que el Señor torna esa conversación por un área que, en retrospectiva, era providencial. “¿Cómo terminamos hablando de esa cosa, y cómo esa cosa terminó siendo aquello que Dios quería hacer a favor de esa vida?” El Señor, en su misericordia, lo hace.
Es una perspectiva distinta acerca del evangelismo, que no es tan sencillo como “traigan amigos a la iglesia”, sino “oren al Señor de la iglesia para que traiga oportunidades, y cuando el Señor abra la oportunidad, acciónela”. El apóstol Pablo primero oraba y después veía dónde estaban las puertas.
Pablo preso, el misterio de Cristo y la palabra oportuna
Son encuentros, son conversaciones, son nuevas perspectivas, son circunstancias de crisis y limitaciones que llegan a tener otro sentido. Dice el apóstol Pablo, el mismo 3: “para que el Señor nos abra puerta para la palabra a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, por el cual también estoy preso”.
O sea que Pablo llegó a ver sus prisiones como una puerta; que quizá no se sentía bien. Bueno, cuando hemos orado al Señor respecto de puertas, hasta nuestras circunstancias más difíciles, como la estadía de Pablo en una prisión, se llega a ver como un recurso, como una oportunidad. Quizás como el carcelero de Filipo. Los apóstoles estaban esperando; estaban cantando al Señor; el Señor hizo un milagro, y sale el carcelero y dice: “señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?”. Ahí está la puerta. “Esta era la que estábamos esperando”.
Bueno, un creyente que ha orado por puertas es un creyente que tiene un estado de alerta ante las cosas espirituales que están sucediendo en su entorno. Hay una crisis: en vez de correr, él dice: “quizás en la crisis, ahí, ahí, ahí está la puerta”.
¿Qué entendía Pablo? Dice el 4: “para que lo manifieste como debo hablar”. Interesante que el apóstol Pablo no se entendía capaz para dar testimonio de su Señor por sus propios medios. ¿Y por qué nosotros sí creemos?
Hermano, Pablo hablaba de evangelizar como “el misterio de Cristo”; o sea que él dice: “yo estoy administrando cosas que yo mismo, hasta cierto punto, ignoro; pero yo sé que el Señor me puede dar la palabra para hacerlo: presentar a Cristo a personas”.
En nuestro entorno, frecuentemente, presentar a Cristo a personas es un área desconocida para nosotros, pero el Señor ha dicho que Él nos dará palabra oportuna. Pablo está diciendo aquí: “yo no confío en que tengo capacidad retórica intelectual para dar testimonio de Cristo a alguien más. Yo confío en que si ustedes oran por mí, el Señor traerá la puerta y, al mismo tiempo, me enseñará cómo debo hablar”.
Bueno, por favor, antes de darle un testimonio a una persona, abramos la oportunidad de que, a menos que el Señor abra la puerta y al mismo tiempo te dé la palabra, eso no va para ninguna parte. Ahora, qué hermoso es cuando uno siente que desde el cielo van encajando las palabras, y uno siente que tiene la palabra oportuna para la necesidad precisa; y la persona dice: “pero es que tú me conoces”. “No; lo que pasa es que el que te conoce me está utilizando a mí para hacer lo que hay que hacer”.
Es una perspectiva distinta del evangelismo, que ya no es discutir con una persona para ganar el punto, sino mirar hacia arriba y preguntarle a Dios: “¿dónde está la puerta?”; y después mirar de nuevo hacia arriba: “Señor, ¿dónde está la palabra?”. “Oren para que lo manifieste como debo hablar”.
Lo que he visto, hermano, es que la oración crea una empatía que no se logra por ningún otro recurso. La oración conduce nuestra conversación de una manera que es muy preciosa. La oración nos hace muy persuasivos, nos da autoridad espiritual, mueve el corazón de la gente.
A veces tú has sentido eso: que estás dando testimonio, y tú sientes que ahí hay algo más que palabras, y sientes que es el Espíritu Santo que está acomodando cada cosa. Eso no se hace con estudio; eso se hace con dependencia espiritual.
Puertas abiertas y la necesidad de buen testimonio
He estado mostrando, en primer lugar, que la manera en cómo pueda avanzar el evangelio en medio de nosotros es a través de oraciones que abren puertas. Yo quisiera que las puertas se abran, y cuando se abran, que nuestro testimonio no las cierre.
Qué tragedia sería, hermano, si el Señor nos muestra cinco puertas abiertas, pero lo que se ve del otro lado no parece agradable. Ahí ves un “corito” y tal… Hermano, queremos puertas abiertas, y al mismo tiempo queremos personas con buen testimonio, para que sean recursos que el Señor utilice para que se cruce la puerta.
Dice el mismo apóstol Pablo, del 5 al 6, cambia un poco el tema, pero está relacionado. Hace falta que la puerta se abra; pero al mismo tiempo, hace falta que se transite. Hay una unidad de pensamiento. Esta es la obra de la evangelización; este es el testimonio del Señor corriendo en medio de nosotros, corriendo en medio de una ciudad que hace falta oportunidades, y al mismo tiempo que la gente quiera cruzar la puerta.
¿Y qué es lo que impide que la gente quiera cruzar la puerta, frecuentemente? El mal testimonio de los de adentro. “Yo vi la puerta, pero lo que hay ahí no parece agradable”. Y tú dirás: “bueno, y si el Señor quiere salvarlo, lo salvará de todos modos”. Sí. Lo mismo pasa con la oración: si el Señor quiere salvarlo, lo hará en respuesta a nuestra oración o no. Pero el Señor, en su misericordia, nos ha dicho: “oren y al mismo tiempo tengan buen testimonio hacia los de afuera”.
Es cambiar la perspectiva: queremos que nuestra iglesia tenga buen testimonio, queremos que nuestra iglesia tenga un ruego constante por oportunidades. Dice, versículo 5 y 6:
Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo. Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.
— Colosenses 4:5-6
Voy a explicar algo de este texto en este momento, pero antes de explicar el texto mismo, tengo que mostrar que el apóstol Pablo no infería que era suficiente con que ellos oraran por Pablo para que Pablo predicara. Al mismo tiempo, ellos tenían que estar orando por ellos mismos para que ellos también pudieran dar testimonio.
Hermano, la tarea de la evangelización no podemos tercerizarla. No podemos hacer un “oxo” evangelístico, y que uno lo hagan y los otros solamente… No, no. Todos vamos a evangelizar. Y para esto, todos tenemos que orar y todos tenemos que cuidar nuestro testimonio hacia los de afuera.
Andar sabiamente para con los de afuera
Ay, hermano, tristemente infiero que hay personas que han visto a Cristo, pero al mismo tiempo quizás han visto en nosotros cosas que se convierten en un obstáculo, en un estorbo para que las personas vengan al Señor. “Andad sabiamente para con los de afuera”, dice el apóstol Pablo.
Eso de andar sabiamente puedo inferir, en primer lugar, que quizá está apuntando a que no olvidemos cuál es nuestro rol. Nosotros estamos aquí representando a Cristo; somos embajadores en nombre de Él, como si Dios rogara por medio de nosotros.
Qué triste es cuando el embajador mismo se convierte en obstáculo para que la gente quiera visitar su ciudad. “Si así es que es, no quiero”. Qué hermoso es andar sabiamente, de forma tal que nuestras vidas, hermanos, son una carta leída hacia los demás.
El clima espiritual de una iglesia, hermanos, cómo están nuestras relaciones, es una herramienta para el avance de la obra del Señor. Y esto debería hacer que, antes de tratar de que las personas vengan, comencemos a mejorar desde ahora nuestras relaciones, porque a veces son un obstáculo.
Estamos presentando cosas que son preciosas con un mal testimonio, hermano, que persuade, disuade a las personas negativamente, persuade negativamente para que vengan a Cristo. No asumas que los de afuera, como dice aquí, necesariamente están mirando desde tu misma perspectiva. Primeramente nos están viendo a nosotros.
Y ahí está el mismo dilema cuando dicen: “no, yo presento a Cristo; a mí no me importa lo que se vea”. Espera, hermano; nosotros somos cartas leídas. La gente ve a Cristo en nosotros y después escucha nuestras palabras. Y a veces nuestras acciones gritan tan fuerte que la gente no puede escuchar nuestras palabras.
Yo creo que es sabio, para nuestra iglesia, mirar hacia dentro un momento y decir: “¿cómo está nuestro testimonio?, ¿qué piensa mi familia de mí?”. Algo tan básico como: ¿qué percepción tiene respecto de mi rol mi esposa?, ¿qué está pensando mi esposa respecto a mi testimonio?, ¿qué están pensando mis hermanos no creyentes?, ¿y mi familia extendida qué piensa acerca de mí?
Frecuentemente lo que piensan los de afuera, como les llama el apóstol Pablo, es que la iglesia es una fachada en la cual nosotros ocultamos nuestras faltas. Y dicen: “ellos hablan muchas cosas, pero su vida va por otra parte”.
Hermano, andemos sabiamente hacia los de afuera. Eso debe hacer que un creyente cuide mucho sus pasos, cuide mucho sus decisiones, cuide mucho sus interacciones. Recuerda que cada interacción puede ser una puerta.
Ay, hermano, quiere el Señor que no se cierre, sino que se abra. “¿Y por qué no vienen más personas?” No es tanto eso, hermano, como “por qué no vienen más personas a la iglesia”, sino: dos cosas, quizás: no hemos orado más por puertas, y por otro lado, no tenemos tan buen testimonio, de forma tal que la gente quiera venir.
El testimonio compartido de la iglesia y la percepción laboral
Es interesante que él habla de “los de afuera”; o sea, hay una intimidad de nosotros. Hermano, esto es una familia espiritual; esta familia espiritual tiene un nombre. Yo quisiera que usted recuerde lo mismo que les he enseñado a todos ustedes en los talleres de membresía: que cuando usted llega a ser miembro de una iglesia local, el testimonio suyo es el testimonio mío, y el testimonio mío es el testimonio suyo, y el testimonio nuestro es el testimonio del Señor.
Hermoso sería si los de afuera, si los familiares que aún no han venido a Cristo, dicen: “yo veo que hubo un cambio, yo veo que él piensa de manera distinta, ya veo que ella actúa de manera diferente. Yo veo que las actitudes que anteriormente nos dañaron ahora esas actitudes, en Cristo, fueron mejoradas a un punto tal que yo quiero estar con ellos”.
No quiero abusar del texto; sin embargo, el texto parece aludir principalmente a evitar que se pierdan aquellas oportunidades que mencionó el apóstol Pablo. Sin embargo, no podemos ignorar la realidad de que una de las acusaciones más reiteradas de los no creyentes hacia los creyentes es su falta de esfuerzo, de diligencia, de trabajo y laboriosidad.
No quiero yo dar esa queja como si fuera real cien por ciento, pero tampoco ignoremos el comentario prevaleciente. ¿Qué dicen los de afuera? Es cierto, sus comentarios podrían estar exagerados; podemos decir: “eso no es verdad completamente, esos son casos caricaturescos, esas son exageraciones”. Sin embargo, ¿qué dicen los de afuera?
Que nosotros no estamos aprovechando bien el tiempo. ¿Qué dicen los de afuera? Que los cristianos viven poniendo excusas para no dedicarse a trabajar. ¿Qué dicen los de afuera? Que esto es una pérdida de tiempo. ¿Qué dicen los de afuera? Empleadores no creyentes dicen que los creyentes viven tomando permiso para asuntos innecesarios.
Me lo dijo a mí un empleador; me dice: “no quiero contratar evangélicos porque me vienen pidiendo permiso para asuntos innecesarios”. Ay, hermano, a mí… yo lucho con pronunciar y repetir las palabras. No traigo esto para entristecer a la iglesia innecesariamente; no lo traigo, hermano, para “¿y ahora qué vamos a hacer?, a martirizarnos aquí, a rasgar, a rasgar las vestiduras”.
Sin embargo, por amor a mi iglesia tengo que pronunciar lo que he escuchado. Lo que he escuchado es: “a ellos les encanta estar metidos en la iglesia, pero no se dedican a trabajar”.
Redimir el tiempo y ser diligentes y excelentes
Qué hermoso sería si los de afuera ven en nosotros que amamos al Señor, pero al mismo tiempo que somos laboriosos, que somos diligentes, que somos esforzados. ¿Qué ven los de afuera? Que no conservan un trabajo, que son indolentes ante las necesidades de la empresa.
Impuntuales, irresponsables, que quieren llenar con palabras sus muchas faltas. Me lo dijeron a mí: “es que los evangélicos nunca reconocen su falta y siempre se defienden como un gato boca arriba”.
“Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo”. Hermano, pero no vendan la moto de la tristeza, pero que no se les pase la vida en esto. Si eso ha sido lo que te ha definido, que no te defina más.
Es instrumental para el avance de la causa de Cristo en medio de nosotros que nuestros hermanos sean laboriosos. El que no trabaja, que trabaje; que busque, mande currículos. Y el que está trabajando, que redima el tiempo de su trabajo, que se destaque ahí dentro.
Algo que he visto es que nuestros hermanos han sido más exitosos en lograr que sus compañeros de trabajo vengan a su iglesia; frecuentemente son hermanos muy destacados en su empresa, admirados por otras cosas. ¿Quién quisiera ir a la iglesia de un compañero de trabajo que es aquí una persona que disipa el tiempo, una persona que no cumple, una persona que siempre hace falta, y ahora me está invitando a su iglesia? No. Yo quiero ir con aquel que manifiesta excelencia.
“Andando sabiamente”, hermano, por un lado, orando al Señor por oportunidades, pero por otro lado andando sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo. Habla ahora de nuestras palabras. Hermano, aquí también hay oportunidad. “Sea vuestra palabra siempre…”. Ahí fue donde me mató a mí: el “siempre”, hermano. Siempre. ¿Qué dice ahí? Ahí fue que me agarró a mí, hermano.
Porque podemos ponernos en modo más sociable, pero que sea nuestra palabra siempre con gracia. Guau, hermano. Un esfuerzo intencional. “Siempre” no es “de vez en cuando”; no, “siempre”.
Palabras con gracia, sazonadas con sal
No es un programa, no es una temporada; es un continuo de palabras que sean siempre con gracia. No voy a hacer el ejercicio entero, pero yo te desafío, hermano: ¿qué dicen de nosotros con relación a las palabras? “Gente conflictiva, gente que le encanta una discusión”. No pierden, son agresivos. Así no son las palabras “con gracia”.
A ver, hermano; a veces hay que perder. Perder. No renunciar a discutir, y decir: “mira, la verdad es que por amor a la relación no discutiré esas cosas; vamos a verlo en otra perspectiva”.
Para que la palabra tenga gracia, aprenda a celebrar en los que aún no han creído cosas que son celebrables. Por favor, nunca circunscriba a la persona que si no está en Cristo en ella no hay nada bueno. Hay cantidad de cosas que son positivas aun en aquellos que no han creído. Destaquenlas.
“No, cuando yo crea las vamos a catar”. Destácalas. Reconócelas; no seas mezquino. No le debáis nada a nadie; al que honra, honra. Yo veo que hay como cierta dificultad, mis hermanos, en reconocer que hay virtud en aquellos que aún no han venido a Cristo.
Miren, nuestro Dios ha sido tan bueno que su gracia común, en general, ha permitido que aun hasta en sus enemigos se manifiesten cosas que son muy buenas: la diligencia, la laboriosidad, la buena paternidad. “No, porque no es cristiano”. Sabemos que todavía no es un creyente, quizá nunca lo sea, pero lo que sucedió ahí es bueno.
Hay valores que son celebrables. Lo que siente la gente de nosotros, frecuentemente, es que si no son creyentes hay una línea divisoria donde todo lo que está de este lado es bueno de manera mecánica, y todo lo que hay del otro lado es malo de manera mecánica. Ay, ve, hermano; no se cuentan cosas buenas y cosas malas.
Y este asunto, hermano, de que la sazonemos con sal… O sea, no está buscando solamente que tus palabras tengan gracia, sino que al mismo tiempo está buscando una palabra que sea sabrosa, que no sea insípida. Yo te pregunto, hermano: ¿la gente le gusta estar contigo?
Yo me evalué el año pasado, hermano, y dije: “no, yo estoy demasiado denso para compartir con la gente; yo tengo que aterrizar un poco”. Porque pareciera que en todo grupo social donde hay un evangélico, todos los temas son temas filosóficos, temas muy densos, temas de discusión. Hay que hablar de cosas más comunes.
Yo tuve dos días de entrenamiento con pastores, y me tocó hablar acerca de evangelismo en algún sentido, y les decía, hermanos: “yo creo que lo mejor que podemos hacer nosotros es cambiar el ajedrez por el dominó”. Yo he comenzado a ver básquetbol, hermano; y he progresado en eso.
Primero, mucho deleite me produce; y empatía con gente que no tiene a Cristo. “Mira, esa persona todavía no tiene a Cristo, es verdad, pero podemos hablar del juego de básquetbol. ¿Tú viste el juego?, ¿tú viste esa jugada?”. No vamos a hablar de versículos: “siéntate ahí, que te voy a dar clases”. Esa presión que damos, hermanos; parecemos gente que damos el paraninfo de filosofía siempre.
Y si vamos a ir y se va a hablar de otro tema, hermano, la imagen que tenemos los cristianos es que o se juega a nuestro modo o nos llevamos la pelota. Cambiemos, hermano, cambiemos la actitud; o sea, “sazonéemos” un poco más la palabra: que seamos un poco más agradables.
Qué hermoso sería: “guau, háblame ahora, ¿de qué era que tú querías decirme de Cristo? Háblame un poco de Cristo, que lo hemos pasado tan bien entre nosotros, hablando diferente. Podemos hablar un poco de arte, podemos hablar un poco de arquitectura, hermano; y eventualmente hablemos también del Señor”.
Dice aquí: “para que sepáis cómo debéis responder a cada uno”. Lo que el apóstol Pablo sabía para él, también lo sabía para la iglesia: él sabía que por sus propios medios no podía hacer una presentación relevante de su Señor Jesucristo, y también él sabía que por nuestros propios medios nosotros tampoco podemos.
No repetir plantillas: depender del Señor para responder
Asuma esto: que usted necesita ser ayudado desde arriba. No repita la misma plantilla. ¿Han visto ese hermano que predica siempre como dándole “play” al cassette? Oye, hermano; yo que digo que soy millennial… “cassette” no; ya no hay cassette. Recuerden que aquellos son la primera serie de los millennials; yo uso cassette.
Ese hermano que siempre le da “play” al mismo testimonio: “ponte ahí. De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna; porque la paga del pecado es muerte…”. Me lo han dado así como lo aprendí.
Hermano, a mí me enseñaron a evangelizar que es una ensarta de versículos, los cuales tú pones en un orden esperando que produzca un efecto. No, hermano. Yo no sé cuál es el orden en que hay que poner los textos; yo no sé si hay que dar el versículo completo o hay que dar medio versículo; yo no sé si lo que hace falta es una actitud o una palabra.
Sin embargo, el Señor sabe qué es lo que hace falta, y debemos depender del Señor en la predicación. “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno”.
Oro por la iglesia, hermano, para que el Señor corrija nuestro punto ciego. Allí donde está, tienda su manito sobre algún hermano que tenga cerca, que ahí esté el Señor ayudándonos: abrir puertas en oración y al mismo tiempo ayudar a la gente a cruzar, a través de nuestro buen testimonio.
Oración final por puertas y testimonio
Padre, Tú sabes dónde está nuestra falta. Tú conoces a este pueblo, Señor. Padre, Tú sabes lo que nos ha caracterizado hasta ahora; Tú sabes cuál ha sido nuestro perfil.
Haznos más agradables, Señor. Sazona en nosotros un poco más. Padre, quita Tú el mal testimonio. Padre, Tú sabes dónde está nuestra falta; Tú sabes dónde está el mal testimonio. Enséñanos las relaciones que deberíamos restaurar. Enséñanos, Señor, las actitudes que deberíamos erradicar.
Padre, prepara nuestra iglesia para dar un mejor testimonio, para hacerte un mejor servicio, Señor, en esta ciudad.
Cómo no, Padre, más nos molestemos ahí un chin al Señor en oración; pídele ahí al Señor por necesidades. Pedimos, Señor, por familiares que no han creído; pedimos por amigos; pedimos, Señor, para que Tú abras ahí esas puertas. Pedimos, Señor, por puertas en esta ciudad de Santo Domingo. Lo que te pedimos, Señor, no es que nos digan que sí, sino que Tú abras la puerta. Abre puertas, Señor; abre puertas para tu causa en medio de nosotros.
Y mejóranos cada vez más, Señor, para que te representemos bien. Todo esto dependiendo de Ti, Señor; todo esto, Señor, con humildad; todo esto con gratitud premeditada, para la gloria tuya, en Jesucristo.
Amén. Que el Señor les bendiga, hermanos. Nuestro ministerio de alabanza nos despide con canción.