Pueden ir buscando, hermanos amados, el libro de los Salmos, en el capítulo 126, Salmo 126. Es el libro de los Salmos en el capítulo 126. Les recuerdo, hermanos, que cuando usted reciba hoy la instrucción de la Escritura trate de tener lápiz y papel, tomar notas para que venga el próximo jueves a compartir lo que más le llamó la atención, a compartir aquello que usted sentía que el Señor le estaba hablando directamente, a responder preguntas al respecto de estos seis versículos que estaré exponiendo, a retroalimentarnos los unos a los otros con la Palabra del Señor. Casi estoy leyendo el mando, pero tengo que darle alguna instrucción inicial. Ya yo estoy en modo universal, hermano, ya yo estoy celebrando lo que el Señor está haciendo.
Y cuando voy a predicar la Escritura, hay domingos que tengo ya la lectura seleccionada de antemano que quisiera exponer al respecto de esto, y este era un salmo que ya tenía previsto para el domingo de hoy. Sin embargo, lo había previsto por el asunto de nuestro aniversario, que ya vamos caminando, hermano, a un nuevo año, a nueve años por la misericordia del Señor, para su gloria, por su gracia, y había seleccionado Salmo 126. Sin embargo, cuando me dediqué a estudiar más profundamente el salmo, me di cuenta que esto va mucho más allá de lo que yo inicialmente pensaba, y que hay razones para compartir un salmo como este en la temporada donde estamos recordando lo que el Señor ha hecho, pero al mismo tiempo que puede ser de mucha bendición para el momento de nuestra iglesia, el momento que están viviendo muchos hermanos nuestros.
He venido a mostrarles, hermanos, que los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Pero quisiera que vean esto no solamente como un llamado a la evangelización, y también aplica, sino, hermano, para muchas áreas de nuestra vida, donde tenemos que hacer la voluntad del Señor con sacrificio, confiando en su promesa de que el Señor honra a los que le buscan. Estaré hoy exponiendo la Escritura en el Salmo 126, y otro preámbulo que tengo que hacer es que estaré utilizando la traducción Reina-Valera 1995, y aquí ambientando un poco al respecto de las traducciones. Les recuerdo a la iglesia que la Biblia no fue escrita en español; esto no fue escrito en el lenguaje de Cervantes. Los textos originales de la Escritura están en lenguas que son muy antiguas, principalmente hebreo.
Sobre las traducciones bíblicas en español
Griego y arameo, y lo que tenemos en español son traducciones. Una traducción es que un experto en idiomas lee esto en un idioma que él puede entenderlo porque lo estudió y después lo vierte al español, lo traduce. Por eso cuando uno compra una Biblia, a veces le preguntan: ¿qué versión usted quiere? Y hay hermanos que dicen, hay personas que dicen: ¿hay más de una Biblia? No, hermano, no hay dos Biblias, hay una Biblia, hay traducciones de las Sagradas Escrituras. La Biblia más usada en el idioma español es la traducción Reina-Valera de 1960. Reina y Valera son los apellidos de los primeros traductores, Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, pero cuando usted traduce algo, el idioma frecuentemente va cambiando.
Entonces, si usted lee una traducción antigua, por ejemplo Reina-Valera 1909, usted no la entiende. ¿Han caminado por la Zona Colonial intentando leer los letreros? La codificación cambia, lo que era la V ahora es la U, y uno lee alguna cosa y sí puede entenderlo, pero pareciera otro idioma; es que el idioma va cambiando, y como el idioma va cambiando, entonces las traducciones se van revisando. Por eso la traducción, si usted busca la primera página de su Biblia, puede buscarla allí hermano, normalmente le dice la traducción que usted está utilizando. Por ejemplo, esta Biblia dice… ¿alguien ya lo encontró, lo que dice la suya? ¿Qué dice ahí la Biblia de mi hermana Nelly?
Reina-Valera, esa es 1960, fue el año en que se hizo esa revisión. Y la que estaba antes del 60, muy probablemente ahí mismo lo diga, sí dice otras revisiones: 1909, 1862. Si usted intenta leer esa revisión de 1862 ya no la va a entender. No la intente, hermano. Lo que les quiero decir con esto, hermano, es que aunque la Biblia que más usamos en español es la Biblia Reina-Valera de 1960, es una muy buena traducción y la más difundida del idioma español, se van haciendo cada cierto tiempo nuevas revisiones. Este mismo equipo de biblistas que hizo la revisión de 1960 hizo también otra revisión en 1995, que es el mismo texto pero actualizado y un poquito más fresco. Sucede, hermano, que estamos demasiado acostumbrados a la del 60 y, aunque hay una muy buena intención y la tenemos ahí, es difícil de desarraigar porque nos aprendimos los versículos.
Con la versión del 60. Hay otras traducciones, por ejemplo está la Nueva Versión Internacional, la Biblia en lenguaje actual, la Biblia de versión popular, todas son traducción de “Dios habla hoy”, Dios habla al hombre, pero uno no está tan acostumbrado. La Reina-Valera del 60, hermanos, que yo calculo que faltarán 20 años más para que uno termine como de soltarla. Hay una revisión todavía más nueva que hizo el mismo equipo, se llama Reina-Valera Contemporánea, y todas son buenas. Porque en el texto hay vocablos como “pero vosotros sois”. Ya no hablamos así, ya uno le dice “ustedes son”. Del mismo modo, hermano, hay sustantivos, adjetivos que con el tiempo han ido cambiando. Lo que se trata siempre es que el pueblo pueda entender la Palabra del Señor con el mejor de los sustantivos, el mejor de los adjetivos, con la mayor precisión. Por eso, cuando uno utiliza una, yo prefiero siempre la del 60 porque es la más usada, sin embargo, todos los trabajos de traducción son trabajos mejorables, y algo que encontré, hermano, yo siempre me ufano de la Reina-Valera del 60, es que este salmo, que es el Salmo 126, casi todo el mundo en Latinoamérica se lo sabe.
De memoria, pero el texto original no está en futuro, sino que está en pasado. Si usted lee este salmo, yo me sé gran parte de él de memoria, dice: “Cuando Jehová haga volver la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan”, dice la traducción del 60. Pero lo más textual de traducir desde el original no es traducir esto en futuro, sino traducirlo en pasado. Estos salmos, que son los salmos que van desde el Salmo 120 hasta el Salmo 134, son conocidos como salmos graduales y son salmos que utilizaba el pueblo de Israel cuando iba caminando hacia Jerusalén. Los que vivían en tribus lejanas, cuando caminaban hacia allá, parece que iban cantando estas alabanzas, y con casi total seguridad son salmos posexílicos.
Fueron escritos cuando el pueblo del Señor regresó del cautiverio. Entonces el traductor en el 60 tradujo: “Cuando Jehová hiciere volver la cautividad”, pero el único traductor que tradujo así fue Reina-Valera del 60. Reina-Valera 95, traducción en lengua casi ninguno… bueno, de hecho solamente conozco que Reina-Valera del 60 lo tradujera en futuro. ¿Alguien puede ponerse de pie y leernos esos primeros versículos? Nelly, Nelly ya lo tenía allí, que nos lo lea, que nos lo lea, el versículo 1, el versículo 2.
Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza; entonces dirán entre las naciones: Grandes cosas ha hecho Jehová con estos.
— Salmo 126:1–2 (RVR60)
Grandes cosas ha hecho Jehová… gloria al Señor. Hermano, eso está bien, esa es la Palabra del Señor, pero más exactamente es quizás como se traduce en Reina-Valera 95, que dice: “Cuando Jehová hizo volver la cautividad de Sion, fuimos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenó de risa y nuestra lengua de alabanza; entonces decían entre las naciones: Grandes cosas ha hecho Jehová con éstos”. Yo sospecho que el equipo de traducción se dejó llevar del versículo 4, porque en el versículo 4 el salmista vuelve a pedir que les sea quitada la cautividad, y esto tiene su explicación. Le doy un poquito del contexto histórico de estos textos: cuando el Señor permitió que el pueblo de Israel regresara de la cautividad, regresaron a sus tierras, pero lo que encontraron, hermanos, es que eran tierras que habían sido asoladas, encontraron que ya el reino no tenía el esplendor de su momento.
De hecho, el pueblo que regresó fue un pueblo representativo; gran parte del pueblo antiguo se quedó viviendo en Babilonia, y el salmista entonces está recordando lo que el Señor había hecho, pero al mismo tiempo está deseando que la obra sea hecha de manera completa.
Contexto del cautiverio y propósito del Salmo 126
Y quizás este versículo 4 fue el que hizo que los traductores llegaran a traducir todo esto en futuro y no en pasado. Me permitiré hoy exponerlo desde la Reina-Valera 1995. Primero le leo la introducción. Dice en nuestra introducción que el período del cautiverio fue una experiencia dolorosa para el pueblo de Israel, pero también trascendental para establecer su identidad única como pueblo de Dios, un pueblo particular, monoteísta y de pacto, que entendía que estaba siendo disciplinado por Dios pero confiaba plenamente en sus promesas. Este salmo, que es el Salmo 126, describe la emoción experimentada por ellos en el momento de la restauración, posiblemente al recibir la noticia del regreso, e inmediatamente pasa a rogar nuevamente por el mismo propósito.
Aunque habían regresado a su tierra, seguían viviendo con grandes limitaciones y muchos otros seguían en cautiverio. Termina con un emotivo llamado a sembrar en medio de las lágrimas. Hoy aprenderemos que los momentos de tristeza y dificultad no deberían ser una excusa para evitar hacer la voluntad de Dios. Aprenderemos a sembrar con lágrimas con la esperanza de que eventualmente segaremos con regocijo: los que sembraron con lágrimas con regocijo segarán. Leo el texto completo, es el Salmo 126, versión 1995:
Cuando Jehová hizo volver de la cautividad a Sion, fuimos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenó de risa y nuestra lengua de alabanza; entonces decían entre las naciones: Grandes cosas ha hecho Jehová con estos. Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estamos alegres. Haz volver nuestra cautividad, oh Jehová, como los arroyos del Neguev. Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irán andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá con regocijo trayendo sus gavillas.
— Salmo 126
Quiero exponer este texto, hermano, esto tiene para mí un valor emocional porque hace muchos años leí un librito. Un compañero de trabajo, trabajando para la ferretería H, me prestó un libro que él había recibido; era un librito acerca de no perder el tiempo. No era el tema que estaré exponiendo hoy, pero el libro trataba de esto y traía un apéndice al final que decía que una de las maneras de no perder el tiempo era sacrificarnos para dedicar nuestras vidas a servir al Señor en algún ministerio. Entonces recomendaba que si uno no tenía ningún ministerio, uno podía comenzar a dar testimonio en un ministerio que era evangelismo por correspondencia. Ya usted puede imaginar que el libro era viejo.
Yo leí el librito, hermano, y yo quedé convencido de que tenía que aprovechar bien el tiempo. Este amigo mío, Christian, trabajaba en el departamento de lámparas de ferretería H; Christian se llamaba, se llama, hace años que no lo veo, hemos perdido el contacto. Él me dijo: sí, yo comencé el mío, yo vi el librito y yo compro los sellos postales, mando las cartas y les mando unos estudios, que se le mandaban estudios bíblicos por carta, y la gente se convierte. Y yo dije: pues aquí es que yo voy. Yo fui donde el pastor y le dije: “Pastor Parra, tenemos que comenzar en la iglesia el ministerio de evangelismo por correspondencia”. Me dice: “¿Junior, y eso la gente lo ve, eso la gente lo lee?” Y yo: “Oh, claro, eso lo dicen en el libro, que uno manda cartas, manda unos estudios bíblicos del Evangelio de Juan y que la gente se convierte”. Me dijo: “Bueno, está bien, preséntaselo a la iglesia”. Oh hermano, yo llegué un domingo a motivar a mi iglesia y recuerdo que dije: “Hermano, tenemos que hacer el evangelismo por correspondencia, mandar las cartas a los vecinos, porque dice el Salmo 126 que irán dando y llorando el que lleva la preciosa semilla, mas al volver vendrá con regocijo trayendo sus gavillas”. Hermano, en la iglesia: nada, que tenemos que comenzar el evangelismo por correspondencia. La realidad es que el ministerio no prosperó mucho, pero se me quedó el mensaje grabado, hermano, y este sentido de que a veces hay que pasar del desánimo, de la pereza, de la desidia y la dejadez a la actividad, comenzando a hacer algo, aunque sea un ministerio de evangelismo por correspondencia.
Yo he venido hoy a decirle a mi iglesia que tenemos que aprender a hacer la obra del Señor, aunque sea entre lágrimas. Pretendo mostrarle en primer lugar, en estos versículos que van desde el versículo 1 y hasta el versículo 3, que tenemos que aprender a reconocer a Dios en nuestras circunstancias. Dice el salmista: “Cuando Jehová hizo volver de la cautividad a Sion, fuimos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenó de risa y nuestra lengua de alabanza; entonces decían entre las naciones: Grandes cosas ha hecho Jehová con estos. Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estamos alegres”. Iglesia, quiero enseñarte en primer lugar que tus circunstancias han pasado todas por la mano del Señor.
Dios soberano en nuestras circunstancias
No era agradable el tiempo de cautiverio. Ellos habían tenido que dejar sus tierras, habían tenido que dejar su lugar, habían tenido que dejar sus posesiones, habían tenido que perder la oportunidad de adorar al Señor en el santuario, en el templo. Todo esto había sido destruido, pero ellos tenían todavía la convicción, la certeza de que sus circunstancias estaban en las manos del Señor. Me impresiona que dice aquí: “Cuando Jehová hizo volver…” El pueblo de Israel en ningún momento entendió que su problema era Babilonia. Ellos no entendían que su enemigo era su opresor, ellos entendían que todas sus circunstancias habían pasado por las manos del Señor, ni más ni menos. Quiero comenzar enseñando a mi iglesia que, sin importar la circunstancia que usted esté viviendo, el Señor es quien la ha recetado; por lo menos la permitió, porque no hay una hoja que se mueva en la creación de mi Dios soberano que no pase por sus soberanos decretos.
Quiero decirle a mi iglesia que aun los tiempos, circunstancias difíciles, tiempos de tristeza, tiempos de carencia, todos estos tiempos han pasado por las manos del Señor. Es una convicción que tenemos que tener, la convicción que tenía este salmista, que la cautividad fue difícil pero fue una cautividad decretada soberanamente por su Dios. Ellos dijeron: “Cuando Jehová hizo volver…” Hermano querido, no fue que algún bocado de Babilonia nos permitió ir, no es “cuando Ciro, rey de Persia, firmó el decreto”, es “cuando Jehová hizo volver la cautividad”. Quiero mostrarle a mi iglesia en primer lugar que no tienen ni más ni menos que lo que el Señor ha decretado, que un creyente en Dios reconoce a Dios en sus circunstancias, y quiero hacer que mi iglesia madure en este sentido, para que no solamente reconozca a Dios en sus circunstancias que son alegres. Si hay motivo para regocijo, Dios está, pero si no, Dios se fue. No, hermanos, Dios está presente.
En el tiempo más glorioso de Israel, en el tiempo de David, y está presente también en el tiempo de cautiverio. “Cuando Jehová hizo volver la cautividad de Sion”, hermano querido, tus circunstancias todas han pasado por las manos del Señor. Ellos aprendieron a reconocer aun en su cautiverio que Jehová lo hizo. Y si yo logro esto esta mañana, hermano, yo me daré por satisfecho si mis hermanos aprenden a reconocer que sus circunstancias pueden ser duras, sus circunstancias pueden ser hostiles, pueden ser tiempos de mucha carencia, tiempos de enfermedad, tiempos de aflicción, tiempos donde hay tensiones, pero que el Señor está mirando su situación, está mirando su enfermedad, está mirando su cautiverio, que la iglesia entonces se sienta satisfecha: “Cuando Jehová hizo…” Hermanos.
La tentación nuestra es buscar siempre un instrumento y culpar el instrumento en nuestras necesidades. “A mí me han… que a mí me han dañado, a mí me han faltado”. Hermano, “cuando Jehová hizo volver…” Estoy diciendo aquí que mis hermanos judíos, cuando salieron del cautiverio, salieron con la convicción de que el Señor los había enviado al cautiverio y el Señor había permitido que regresaran del cautiverio. Yo me gozo porque ninguno de estos salmos culpan a Babilonia. Como mucho, ellos dicen: allá en Babilonia nos pedían que cantáramos las canciones, y “¿cómo vamos a cantar las canciones?” Colgábamos las arpas, decían ellos. Pero no hay aquí, hermano, un deseo visceral contra ellos, porque entendieron que sus circunstancias no dependían de Babilonia, que Babilonia era un agente en las manos del Señor. Hermano querido, yo vengo a decirte que tu circunstancia tiene sentido y propósito, en primer lugar, porque Jehová es quien puede hacer volver esto que te ha permitido tener.
Esto concuerda con el testimonio que tienen todos los antiguos, hermanos. Los antiguos entendían que sus circunstancias estaban en las manos del Señor. Yo podría hacer un compendio de los hombres en las Escrituras, y mujeres, que llegaron a vincular a Dios con sus circunstancias. De estas cosas he predicado últimamente. El rey David dos veces tuvo que reconocer que era Dios que lo había dispuesto. Cuando murió su hijo, él dijo: “Jehová lo hizo”. Y usted dice: “David, tú eres muy duro, ¿cómo tú vas a ser así tan estoico para tratar tus circunstancias? No, tienes que sufrir”. No, hermanos, si Jehová lo hizo, Jehová lo hizo. Duele, es verdad, es triste, es verdad, pero Jehová fue quien lo hizo. En otro momento, al mismo rey David, el Señor le castigó.
Él había sido rey por la misericordia del Señor, habían ganado batallas por la misericordia del Señor, y en un momento él quiso confiar en el poderío militar y mandó hacer un censo. El Señor castigó a David. Hermano, ese hombre dijo: “En gran angustia estoy. Caigamos ahora en manos de Jehová, porque sus misericordias son muchas; mas no caiga yo en manos de los hombres”. David entendió que el Señor le iba a castigar, pero es mejor estar en las manos de Jehová que estar en las manos de los hombres. La esperanza, el consuelo que había en David era que iba a caer en la mano de Jehová, pero que sus misericordias son muchas. Hermano querido, tú puedes clamar por misericordia, pero tú estás en las manos de Jehová.
Job, al perder todo valor, dijo lo mismo, hermano. ¿Alguien aquí recuerda lo que dijo Job cuando estaba en medio del sufrimiento y perdió todas sus cosas, perdió sus bienes, perdió su familia? “Jehová dio, Jehová quitó; bendito sea el nombre de Jehová”. Hermano, esta resolución, que parece una resolución estoica, no es estoica, es cristiana, es una resolución robusta, es uno entender que no tiene ni más ni menos que lo que el Señor ha permitido. Yo he aprendido de la Escritura, hermano, que el Señor no me ha dado más carga que la carga que podamos soportar, que nadie se ha muerto por hacer la voluntad del Señor, y si se muere haciendo la voluntad del Señor, le va bien. Yo he venido a decirte que pueden ser setenta años de cautiverio, circunstancias que te receten, pero aun así tú deberías entender que Dios es bueno, que para siempre es su misericordia, no culpar a la persona de turno, sino entender, hermano, que más allá de la persona de turno está el Señor. “Jehová hizo volver la cautividad…”. Quizás, hermano, es el mismo sentido de esta conocida expresión del profeta Habacuc cuando él dijo:
Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos; aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales, con todo yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza; él me da pies como de ciervas, y me hace caminar por las alturas.
— Habacuc 3:17–19
Hermano, la resolución de un creyente es entender que Dios está en sus circunstancias. Moisés le dijeron que no iba a entrar en Canaán, hermano, y eso sí a mí me parece humanamente, carnalmente injusto. Un hombre que se ha desgastado por el pueblo del Señor, un hombre que lo ha dejado todo por servir al Señor, un hombre, hermano, cansado, lidiando con un pueblo difícil, un pueblo, hermano, que le ha estado provocando, entonces viene este momento y él se deja llevar, un hombre carnal también, impulsivo, que deshonró al Señor delante de su pueblo. El Señor le dijo: no vas a entrar en Canaán. ¿Y saben qué hizo, hermano? Cuando el Señor le dijo que no iba a entrar en Canaán, comenzó a preparar al pueblo para que el pueblo solo entrara en Canaán.
Yo no veo ninguna pataleta en Moisés, ofendiendo a Dios. “Un Dios injusto que después que me trae hasta aquí…” Lo vas a ver desde lejos, le dijo el Señor, hermano: “Míralo allá”. Les dice en Deuteronomio capítulo 31, versículo 6, al pueblo:
Esforzaos y cobrad ánimo; no temáis, ni tengáis miedo de ellos, porque Jehová tu Dios es el que va contigo; no te dejará, ni te desamparará.
— Deuteronomio 31:6
Aunque yo no voy. Hermano creyente que está aquí presente, circunstancias hay cosas que el Señor va a permitir, hay cosas que el Señor te va a impedir, hay asuntos que el Señor no te los va a dar, y todavía tu Dios sigue siendo un Dios bueno. Si mi iglesia no entiende, hermano, que es Dios en su circunstancia, va a terminar maldiciendo a Dios en el momento oscuro.
Miren, la diferencia entre el enemigo y el hijo es que el trato duro de Dios hacia sus hijos es disciplina, no destrucción. ¡Qué convicción podemos tener, hermanos! Que no tenemos ni más ni menos de lo que el Señor nos ha recetado, y que si el Señor lo dispuso, nos irá bien, aunque sea perdiendo. A veces, hermano, perdiendo se gana y ganando se pierde. No es lo que dicen tus ojos, sino lo que dicen tus convicciones. Si somos suyos, hermanos, si somos suyos, el cautiverio nos hará bien, porque el Señor al que ama disciplina y azota a todo aquel que recibe por hijo. Hermano, es el Señor que tiene tu circunstancia; si tú eres suyo, dice la Escritura que a los que aman a Dios —no a todo el mundo, a los que aman a Dios— todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a aquellos que conforme a su propósito han sido llamados. El asunto, hermano, es un asunto de identidad. Si tú tienes identidad como el pueblo del Señor, tú sabes que el Señor no va a destruir a su pueblo, que el Señor te sacará de la cautividad, pero es Él que lo hará.
Me impresiona que no dice aquí: Sion salió de su cautividad. Lo que dice es que la cautividad salió de ellos. Ellos no están diciendo aquí: cuando logramos zafarnos de Babilonia, llegamos al territorio. No. Ellos entendían la cautividad, hermanos, como un asunto que era inherente, que el Señor se lo había puesto como una nube encima, que ellos se mueven y son cautivos, y si se mueven a otra decisión, cautivos también. Por eso dice el salmista: “Cuando Jehová hizo volver la cautividad de Sion”, cuando Él como que volteó el asunto. Algo que el Señor había puesto así, ahora lo pone asá. Ellos entendían, hermanos, los soberanos designios del Señor. Ellos entendieron que salieron de la cautividad no porque fueran fuertes, no porque Babilonia fuera buena, es que Jehová hizo volver la cautividad. En el texto original eso tiene una percepción como de girar una rueda, un asunto que Dios lo puso así, ahora el Señor lo pone asá: ya ustedes no son cautivos, porque el Señor, así como recetó cautiverio, ahora recetó liberación.
Hermano, quiero mostrarte en primer lugar que Dios conoce tus circunstancias y debemos reconocer a Dios en ellas. Nosotros no estamos ni más ni menos que en el lugar donde el Señor nos ha permitido estar. No es que yo quiera ser un sádico y gozarme, hermano, de que tengamos limitación. Yo lo que le quiero decir es que yo soy un creyente y yo entiendo que no tengo ni más ni menos que lo que el Señor me ha permitido tener. Hermano, no tiene ni más ni menos salud, no tiene ni más ni menos recursos, no tiene ni más ni menos tranquilidad que la tranquilidad, que los recursos, que la salud que el Señor te ha permitido tener en este momento. El cautiverio fue decretado y fue suspendido soberanamente por el Señor.
Ellos salieron de ahí, hermano, no porque se rebelaron. No fue una revuelta. No. Esa es la diferencia entre los Macabeos y los hombres del tiempo de Esdras, Zorobabel, Nehemías. Esdras, Zorobabel, Nehemías, ellos entendían que las circunstancias estaban en las manos del Señor. Los Macabeos, otro grupo, ellos entendían que podían disponer de sus circunstancias. Yo he venido a decirle a mis hermanos que sean del grupo de Esdras, de Nehemías, de Zorobabel, que entendían que los tiempos estaban en las manos del Señor y que no queremos que los tiempos cambien si no los cambia Él. Hermano, la tentación es que tú cambies tu tiempo. Yo he tenido que aprender que el Señor tarde o más temprano alcanzará su propósito, y si tú estás del lado de los propósitos del Señor, el Señor cambiará tu tiempo.
No es por tus fuerzas que saldrás del cautiverio: “Cuando el Señor hizo volver la cautividad de Sion…”. Hermano, muchas de tus circunstancias, tú eres un cliente, tú no tienes mucha capacidad de movimiento. No nos queda más que clamar al Señor, cobrar al Señor, esperar que el Señor cambie los tiempos. Hermano, por eso hemos cantado muchas veces en nuestra iglesia: “El día vendrá y sin saber tu temporada cambiará”. Hermano, yo no conozco la razón, solo Dios; el Señor cambia los tiempos, cambia las temporadas y cambia, hermano, la cautividad por libertad. Quiero mostrarte en esta primera parte de estos versículos que Israel no tenía ni más ni menos que lo que el Señor le había recetado. Me llama la atención que el salmista, hermano, está cantando con gozo.
Yo he visto que un creyente en circunstancias hostiles sale con gozo y un falso creyente sale maldiciendo. Lo que quiebra a un hombre natural fortalece a un hombre de Dios; un hombre de Dios es fortalecido en sus circunstancias. Ellos salieron del cautiverio cantando, el salterio de Israel fue compuesto, en gran medida, en el cautiverio. Hermano, ¿qué hicieron los cautivos? Compusieron canciones, eso es lo que hace un creyente: su circunstancia no lo deja llevar del tiempo, no busca el “cliente del momento”, sino que reconoce: “Jehová dio, Jehová quitó; bendito sea el nombre del Señor”. Algo en lo que me gozo, hermano, es saber que yo no lo conozco, pero Dios tiene propósito y yo no lo voy a entender. Mira, yo perdí ese pleito hace mucho; ya yo no aspiro a entender, ya yo no quiero. A veces le pregunto, pero hermano, ya yo sé que Dios es más grande que mi circunstancia y yo te invito a creer lo mismo. Tú y yo hay cosas que no podremos responder en este momento, pero lo veremos en retrospectiva. Si a mí me permiten ver a Israel en retrospectiva, yo le digo: “¡Guau!, el cautiverio fue lo mejor que les pasó”.
El cautiverio como disciplina que produce fruto
Ah, tú te estás gozando en el cautiverio. No, te estoy diciendo que fue lo mejor que te pasó, que tú eres un pueblo mejor porque tuviste un cautiverio. Hubo asuntos con los cuales Israel estuvo luchando, luchando, luchando y nunca glorificó al Señor, hermano. Cuando fueron cautivos, aprendieron. Israel terminó mejor que como comenzó. Antes de entrar a los setenta años del cautiverio, Israel siempre vivía pululando con otros pueblos y buscando siempre de quién recostarse, de quién agarrarse, y buscando aquí un pueblo y un pueblo allá, y nunca se separó definitivamente de los pueblos. Lo paradójico: cuando entró en cautiverio, a vivir entre otro pueblo, ahí se separó. Y yo digo: ¿por qué pueblo es este que cuando tiene su propio territorio se mezcla, y cuando vive entre otros pueblos se aparta? Eso es la disciplina del Señor sobre su pueblo, hermano, que siempre tiene un uso bueno. Cosas que son contrasentido, el Señor hace que alcancen propósitos buenos. Israel nunca se separó viviendo solo, y cuando vivió acompañado entonces vivió en separación.
Israel era un pueblo idólatra que adoraba palos, piedras, objetos, lugares. Ellos no soltaron la idolatría hasta que fueron cautivos de los cautiveros, como pueblo monoteísta. Y, según todas las autoridades bíblicas, Israel solamente aprendió a ser monoteísta cuando regresó del cautiverio. Antes de eso adoraban el sol, la luna, las estrellas, los palos, cualquier otra deidad prestada; después del cautiverio encontramos un pueblo, hermano, que no adorará a nadie si no fuera solo a Jehová, tu Dios adorarás. Eso ellos no lo entendieron en el año 30 del cautiverio, ni en el año 40, hermano; eso solo lo entienden 200 años después del cautiverio, que tenía propósito, tenía sentido. ¿Sabe qué hizo Israel en el cautiverio? Tradujo las Escrituras de nuevo.
La gente no ha caído en eso, que las historias en el Antiguo Testamento se repiten dos veces. Uno tiene los libros de Reyes y el libro de Crónicas. ¿Sabe? El libro de Crónicas son los mismos libros, pero comentados, donde ellos pusieron lo que aprendieron y dijeron: “Eso sucedió así, pero sucedió así para que sucediera tal cosa”. El libro de Crónicas, hermanos, son las mismas historias de Israel, pero ahora con comentarios de lo que ellos aprendieron en el cautiverio. En el cautiverio entendieron que su historia tenía propósito. Ay, hermano, en el cautiverio esta gente salió con una pasión por las profecías mesiánicas, que no la tenían antes. Ellos entendieron que la única solución para su necesidad es que tarde o temprano el Señor enviaría un Libertador que resolvería los problemas de su pueblo para siempre. Comenzaron a atesorar las profecías mesiánicas, comenzaron a leer los textos. Ellos entendieron que eventualmente se levantaría el renuevo de David, un Libertador. Esa pasión por las profecías mesiánicas fue un asunto que el Señor puso en el corazón de Israel en el cautiverio, esa firmeza en las promesas del Señor, hermano, eso salió de allá.
¿Cuánto te quiero enseñar que tus circunstancias no son buenas, pero el Señor logra cosas buenas en tus circunstancias, que tu circunstancia, hermano, “cuando Jehová hizo volver la cautividad de Sion, fuimos como los que sueñan”, se ve mejor en retrospectiva que en prospectiva. Hace cosas grandes Dios en medio de su pueblo, y esto produce deleite. Las obras del Señor tienen propósito. ¿Para qué lo hace, hermano? Es disciplina, pero también, hermano, la vida cristiana tiene sus deleites puntuales y temporales, y uno debería no desecharlos. Oh, pero yo quisiera que nosotros seamos como los que sueñan, que nuestra boca, hermano, se llene de risa y nuestra lengua de alabanza. Hermano, ¿usted quisiera sentir eso? Yo quisiera que eso sea la realidad para nosotros. Tampoco nos vamos a quedar en cautiverio solamente, celebrando que tuvimos setenta años, no; entremos en otra circunstancia y vivamos allí. Esos son asuntos puntuales que el Señor permite, pero cuando el Señor cambia el tiempo, hermano, celebre, gócese, el Señor lo ha hecho. Qué hermoso es un creyente que, cuando sale de una circunstancia difícil, no solamente dice: “Ya terminó”. No, no, no: “El Señor cambió mi tiempo, mi boca está llena de alabanza, mi lengua está llena de alabanza, estoy lleno de risa, hay alegría”. Dicen ellos: “Grandes cosas ha hecho Jehová con…”
“Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros”. Las circunstancias, hermanos, hostiles en la vida del pueblo del Señor tienen sentido. Él lo hace para disciplinarlo, para disciplinar su pueblo, para disciplinarnos. Él lo hace al mismo tiempo para llenarnos de regocijo, de gozo, para producir en nosotros una alabanza que venga desde adentro, y también para manifestar su gloria entre los pueblos. Dice que los vecinos que estaban por ahí supieron de la noticia: “Grandes cosas ha hecho Jehová con éstos”. Y me gusta que a Jehová le llaman por su nombre y que al pueblo de Israel le llaman “estos”. Eso hacía que se exaltara, hermano, Dios; nosotros solamente somos un lienzo en el cual el Señor está mostrando su sabiduría, su gloria, su poder, su magnificencia.
Lo importante no es Israel, lo importante es el Dios de Israel. Cuando el Señor haga cosas grandes en medio nuestro, que el nombre del Señor sea más sonoro que el nombre de nosotros. Me gusta que estos pueblos dijeron: “Grandes cosas ha hecho Jehová —por su nombre— con estos”. Hermano, que nosotros no somos el centro; en las cosas que el Señor hace su propósito más grande, su propósito último es la manifestación de su gloria. Hace tiempo, hermano, le di al Señor las gracias porque me lo enseñó a través de un instrumento que fue Jonathan Edwards. Yo aprendí que el propósito por el cual el Señor hizo el mundo es la manifestación de su gloria. En todos los proyectos de Dios, en todas sus obras, Él busca que los pueblos completos entiendan la grandeza de la gloria del Dios que hace esas obras. Por eso: “Jehová”, por su nombre, y el pueblo como “estos”.
Quiero mostrarle a mi iglesia, hermano, que nosotros tenemos que trabajar para que la gloria del Señor sea manifestada. Y cuando el Señor haga algo entre nosotros, no nos quedemos callados, nosotros por su nombre, hermano, pero diga que Jehová lo ha hecho. No seamos silenciosos cuando el Señor hace cosas grandes; el deleite, hermano, de nosotros debe ser manifestar las grandes obras de nuestro Dios. De hecho, estamos llamados para que hagamos eso mismo:
Cantad a Jehová, bendecid su nombre; anunciad de día en día su salvación. Proclamad entre las naciones su gloria, en todos los pueblos sus maravillas.
— Salmo 96:2–3
Nosotros estamos llamados, hermano, a anunciar de día en día su salvación, proclamar entre las naciones su gloria, en todos los pueblos sus maravillas, dice el Salmo 96. Hermano, nuestro rol como pueblo es manifestar la grandeza del Señor.
De hecho, nuestro culto cristiano debería incluir los portentosos hechos del Señor, el cumplimiento de sus promesas. Tenemos que tener testimonio del avance de la obra del Señor a nivel local, a nivel nacional, a nivel mundial. Hermano, el Señor nunca ha dejado de estar a la vanguardia, nunca nuestro Dios ha estado aporreado; nuestro Dios siempre va, hermano, adelante, adelante, adelante. Su pueblo tiene que estar manifestando la grandeza de su Dios. “La tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar”, hermano; los planes de Dios, las obras de Dios tienen que ser proclamadas. Nosotros tenemos que ser un pueblo sonoro, notorio donde estamos. Yo me gozo en la primera iglesia, la iglesia primitiva, que dice que gozaban del favor de todo el pueblo, y que todo el pueblo veía la grandeza de la obra del Señor, el avance de la causa. Nuestro Dios es un asunto que es digno de ser publicado, de ser testificado. Proclamemos, hermanos, que nuestro Dios ha hecho cosas grandes; no seamos un pueblo silencioso. Proclamemos la grandeza del Señor, que las naciones vecinas digan: “El Dios que está con ellos es el Dios verdadero, es el grande de Israel”.
Los planes de Dios superan nuestras circunstancias
Bueno, me voy a mover a otro punto un momentito, pero yo quisiera que mi iglesia entienda esto. Da lucha, hermano, a veces uno afirmarse en esta verdad, pero es una verdad que se desprende de la Escritura, y es que los planes de nuestro Dios son más grandes que nuestras circunstancias locales. No mire a Dios por su circunstancia, porque sus circunstancias son un punto entre los planes del Señor. El ego en el ser humano le hace entender que cuando su punto está opaco, que Dios está opaco. Hermano, Dios nunca ha estado opaco. El ego del ser humano le hace ver que si él está en una circunstancia difícil, Dios perdió. Dios no ha perdido. Tú no entiendes lo que Dios está haciendo; tú vas a tener que entenderlo después. Gloria al Señor, porque si tú eres suyo, tú tienes una perspectiva eterna, y en la eternidad nosotros podemos ver cómo el Señor está hilando la historia. Nosotros somos un pestañear, dice la Escritura.
En los propósitos del Señor, los planes del Señor son más grandes, hermano, que nuestro pensamiento, más grandes que nuestras situaciones puntuales. Hay muchas cosas que esa generación que regresó del cautiverio no vio. Hermano, ellos esperaban al Mesías y se gozaron en el Mesías, y ellos no conocieron al Mesías. El derramamiento del Espíritu Santo fue una promesa dada a ellos; Joel se lo dijo. Ellos no vieron el derramamiento del Espíritu Santo en ese momento. “¿Pero cómo entonces, Señor, honras tu promesa, si ellos no vieron al Mesías ni vieron derramamiento del Espíritu Santo, ni vieron el nacimiento de la iglesia, que era algo que estaba guardado en el corazón de Dios?” Ay, hermano, aquí hay un asunto que esto es un misterio; era un misterio para ellos y quizás un misterio para ti todavía. Un misterio es algo que todavía tú no has tenido el entendimiento completo. Es que el Señor nos ve a nosotros como un solo pueblo.
Y sus planes para nosotros son planes corporativos. Tú dices: “Por aquí hay promesas que todavía yo no la he podido experimentar”. El pueblo del Señor será beneficiario de esas promesas. Cuando el Mesías llegó, el Mesías llegó para la generación que le vio y la generación que había precedido a la generación que lo experimentó. Los planes del Señor son planes para su pueblo. Por eso, hermanos, los antiguos se gozaron en perspectiva de las cosas que Dios iba a hacer, saludaron esto como de lejos. La promesa dada a Abraham, hermano, Abraham en tierra no se gozó en ella, pero la disfrutó por fe hasta el día de hoy. Yo imagino a Abraham gozándose en la presencia del Señor, hermano, diciendo: “Dios es fiel y me dio un pueblo tan grande que fue como las arenas del mar”. Es que los propósitos del Señor no son para una persona ni son para una generación; los propósitos de Dios son eternos, hermanos. Lo que el Señor está haciendo, sus promesas son fieles, son verdad, aunque tú y yo en nuestra generación no las experimentemos.
Bueno, yo estoy convencido de eso, de que Zacarías 14 se va a cumplir, pero que quizá yo no lo vea ahora mismo en esta etapa temporal. Por un momento estaré en la presencia del Señor y quizás lo vea desde arriba y no desde abajo. Pero yo sé que un día el Señor, hermano, descenderá del cielo con sus ejércitos, se pondrá su pie en el santo monte, y usted me dice: “Pero quizás tú te has muerto cuando eso suceda”. Yo estaré muerto aquí, hermano, pero me estaré gozando en la presencia del Señor al final de los tiempos. Tu Dios reina, y tú dices: “Pero yo no lo voy a alcanzar a ver”. Hermano, es que Dios está pensando en más de una generación. La promesa dada en el Edén: “De tu simiente…”, hermano, esa promesa ellos no entendieron lo que eso significaba. Ahora yo imagino que cuando ellos están en la presencia del Señor, entendieron lo que esa simiente significaba. Quiero animarte, hermano, a que entiendas que tu circunstancia hoy no determina lo que Dios es.
Que tu cuenta aporreada en este momento… Mira, tus circunstancias particulares no son representativas ni del carácter ni de los planes eternos de Dios. Hay personas, hermano, que pierden el trabajo y están pensando que Dios es malo. Usted es un pestañear en los planes del Señor, usted no sabe lo que eso significa, usted perder un trabajo, usted no sabe lo que el Señor está haciendo a través de que usted perdió un trabajo. Por eso, a veces es mejor guardar silencio y no hablar, porque el que habla siempre habla con ignorancia. Tú tienes una perspectiva muy parcial de los propósitos del Señor, tú no sabes lo que el Señor está haciendo en tus circunstancias. Hay gente que piensa que la iglesia fracasó porque ahora mismo, hermano, tuvo un retroceso puntual. “La cristiandad en crisis”. No, hermanos, la cristiandad nunca ha estado en crisis. ¡Oh!, pero escucho yo la alarma: “Latinoamérica está en crisis, está en crisis el mundo”. Hermano, pero el Señor está en victoria.
Por lo que a mí respecta, hermano, ya yo vencí en Cristo, sentado en las regiones celestiales. Y usted me dice: “Pero tú no has vivido eso todavía”. Es que yo lo creo por fe, hermano, que ya nosotros somos un pueblo victorioso, sin importar lo que digan las circunstancias temporales. El Señor está alcanzando su propósito a través de nuestras circunstancias, y nuestras circunstancias, hermanos, no definen lo que es Dios. Dios es más grande que tus necesidades, Dios es más grande que tu carencia, Dios es más grande que tu problema puntual. Hermano, tu problema puntual no define a Dios. Tu Dios es bueno, tu Dios es grande, tu Dios es poderoso, aunque ahora mismo, en tu circunstancia puntual, tú no puedas entender ese asunto.
Me he mostrado en primer lugar a mi iglesia que debemos reconocer a Dios en nuestras circunstancias: “Cuando Jehová hizo volver la cautividad de Sion…” Permítanme mostrar, iglesia querida, que el ruego por restauración es un asunto que no se va a parar por ahora, es una constante en la vida del creyente. El Señor nos dijo: “En este mundo tendréis aflicción”. No hay un momento, hermano, que tú vas a ver tus circunstancias todas, vas a pasar inventario, balance, un arqueo y vas a decir: “Todo está OK, no hay razones para rogar”. Hermano, el Señor acaba de hacer cosas grandes, y mientras tanto usted esté viviendo en esta creación que es caída y que está limitada por diseño, usted va a tener que seguir rogando.
Rogar en medio de una creación caída
Eso es lo que llama la atención en el Salmo 126, que después que el salmista dice que el Señor quitó algo, entonces sigue pidiendo por lo mismo. Él dice: “Cuando Jehová hizo volver la cautividad de Sion, fuimos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenó de risa y nuestra lengua de alabanza; entonces decían entre las naciones: Grandes cosas ha hecho Jehová con estos. Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estamos alegres”. ¿Y qué hace el versículo 4 ahí, tan alegre? ¿Y qué hacemos con el 4, hermano? Anote ahí, porque parece una contradicción:
Haz volver nuestra cautividad, oh Jehová, como los arroyos del Neguev.
— Salmo 126:4
“Haz volver nuestra cautividad, oh Jehová, como los arroyos del Neguev”. ¿Cómo así, si acabo de decir que ya la cautividad se acabó? Ay, hermano, es que hay algo que ustedes quizás no se han percatado, y es que cuando Israel regresó, no fue que ellos regresaron a los tiempos de Salomón.
A ellos le había robado Babilonia; Babilonia se los soltó a Persia, y después Persia se los soltó a Grecia, y Grecia se los soltó a Roma. Bueno, a esta gente no es que les han descansado tanto territorio. El Señor cumplió parcialmente hasta ese momento la promesa del territorio por los setenta años, pero el opresor, hermano, les tiene el pie en el cuello todavía. Ah, y aquí es que hace sentido la pregunta de los discípulos que le preguntan ya cuando el Señor vino y se va, y ese Señor se está yendo. Le dicen: “Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?” Porque no sé si tú te has dado cuenta que nos soltó Babilonia, nos agarró Persia; nos soltó Persia, nos agarró Grecia; nos soltó Grecia, nos agarró Roma; y al rato tú te estás yendo. Hermano, sí, el Señor va a quitar en algún momento la cautividad de Israel, pero “no os toca a vosotros saber los tiempos y las sazones”.
Hermano querido, yo sé que al final de los tiempos mi Dios reina y que el malvado será definitivamente destruido, pero en este momento el Señor está ejecutando su plan, y yo soy un siervo obediente, soy un punto en los planes soberanos de Dios. Sin embargo, yo aprendo, a la luz del versículo 4, que nos toca rogar, hermano, y que aun en otras circunstancias nosotros podemos rogar. Las provisiones atemporales de Dios, hermano, no anulan la realidad de Génesis 3:17: “Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida”. Bueno, ¿por qué hay que rogar constantemente al Señor por cloración, hacerlo un poquito más maleable, un poquito más llevadera esta existencia sobre una creación, hermano, que por diseño está limitada?
Yo veo el Discovery Channel; esa gente no conoce Génesis 3:17, hermano. Esa gente en Discovery Channel piensa que el problema es que nosotros estamos aquí, no entiende que el problema es que Dios limitó esta creación por diseño. Esta creación como tal ya no es la creación perfecta de “vio Dios todo lo que había hecho y era bueno en gran manera”. Aquí hay un problema por el diseño; el Señor nos ha decretado a todos los hombres que con dolor comamos de la tierra todos los días de nuestra vida. Yo no conozco a nadie, hermano, que se haya ausentado del dolor completamente en este tiempo. Cuando trata bien una cosa, le falta la otra, y cuando tiene dos bien, se le cae la tercera. Por eso la vida de un creyente es un ruego constante: tú acabas de recibir hoy la provisión del Señor y mañana ya estás rogando.
Ay, y lo que ellos veían alrededor. Recuerdo aquella imagen de cuando ellos regresaron a reedificar el templo, que dice que había un ruido completo: por un lado era risa y por el otro era llanto. Unos se sentían satisfechos de poder ver el templo con sus propios ojos, pero otros recordaban el esplendor que tenía el templo en otro momento, decían: “Pero es que esto era mejor”. La vida, hermano, en esta tierra es una vida que va a requerir un ruego constante. Por eso el Salmo 126:4, hermano, eso debe ser una constante en la vida de un creyente: “Haz volver nuestra cautividad, oh Jehová, como los arroyos del Neguev”. Ese asunto, hermano, no se detiene. “He caminado en los caminos del Señor, tengo quince años…”, sigue rogando, sigue rogando, hermano. Solamente la oración hace un poquito más llevadero nuestro tránsito temporal por medio de una creación caída.
Quiero decir a la iglesia que la soberanía de Dios, así como la ha decretado, eso no anula que Dios sea misericordioso. Y yo me gozo, hermano. Aunque Dios es firme, hermano, cuando decreta, y eso confunde a la gente. Hubo un rey al que el Señor le dijo: “Recógelo, que te vas, se acabaron tus días”, y dice que él clamó, hermano. Le dieron quince años más. Dice uno: “Pero, Señor, ¿y esto?” Ah, que clamó. Lo que le tocaba era irse. Así, el Señor escuchó y le dio quince años más. Imagínese, por el hecho de que el Ejército dura tanto, le quitaron quince años más… no, está bien: quince años. Un rey perverso como el rey Acab, hermano, se arrepintió de corazón, y el Señor detuvo el procedimiento: “Aguanta, dile que no ahora, que la próxima generación”, porque se arrepintió.
Hermano, el Señor es soberano, pero también misericordioso, y hay gente que ha querido petrificar a Dios en un solo atributo de su carácter: “Dios es soberano”. Solamente dicen: “Él es soberano”, y Él es soberano y misericordioso. Hasta los perrillos comen de lo que cae de la mesa. Me gozo en esto, hermano, porque el salmista está orando, y cuando él ora está buscando en Dios, no en los hombres, una salida. Él entiende, hermano, que la salida viene de Dios. ¡Cuántas vueltas en círculo no damos tratando de buscar que los hombres nos den una salida! “Sácame tú de mis circunstancias, ayúdame tú, tú no me vas a sacar de mis circunstancias. Tú puedes solicitar por Dios para sacarme de las circunstancias, pero si el Señor no quiere sacarme, yo tampoco quiero salir”.
Y eso parece raro, hermano, pero si el Señor no te ha sacado, no quieras salir tú tampoco, porque Él es que sabe, hermano, hasta dónde tu alma lo necesita. Recuerdo a John Piper diciéndole a enfermos con cáncer, les decía: “No desperdicie tu cáncer”. Bueno, si el Señor te ha recetado cáncer, el Señor sabrá para qué el cáncer te está recetado. Enfermedad, Él sabrá para qué la enfermedad. No la desperdicies. Clama al Señor, hermano, pero entiende que eso va a alcanzar su justo propósito. El aguijón en la carne de Pablo: “Ay, Señor, tantas veces te he pedido…” y siempre ha recibido la misma respuesta: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en tu debilidad”.
Hermano, yo no sé para qué el Señor te ha recetado aflicción; yo no sé para qué el Señor te ha decretado la tribulación en tu cuerpo; yo no sé qué es lo que el Señor está haciendo en tu trabajo; yo no sé por qué en tu negocio. Yo lo que sé es que Dios es soberano, pero también misericordioso, y si las cosas ahora mismo son hostiles, entonces agárrate del Salmo 126:4: “Haz volver nuestra cautividad, oh Jehová, como los arroyos del Neguev”. Hermano, hasta Cristo clamó, y le mandaron un ángel que le ayudó. Mi Señor, en Getsemaní, estaba llorando, hermano, lágrimas como de sangre, y Él dijo: “Ay, Señor, si es posible, pasa de mí esta copa, pero que se haga tu voluntad”. Y dice que el Padre le mandó un ángel para que le fortaleciera.
Hermano, yo te hubiera agarrado de ahí. Mira, en momentos de dificultad, el Señor es quien ha decretado la dificultad; el Señor no hizo que la copa pasara, pero mandó un ángel que le ayudó. A Pablo le dijeron: “Mi gracia es suficiente”. Lo que te quiero enseñar con esto, hermano, es que las circunstancias son difíciles, las circunstancias te ponen condiciones precarias, pero la oración, hermano, es real. El Señor escucha la oración de un pueblo que está siendo afligido. Además, esto, hermano, es un medio que es muy seguro para canalizar nuestra frustración. ¿Qué es lo que podríamos hacer sin orar? Hablar con el vecino: “Mira quién me tiene el Señor con problemas familiares, este hombre, esta mujer, estos hijos, este empleador, estos clientes…”, hablar, hermano, y después uno va a tener que recoger las palabras porque en el mucho hablar no falta pecado. Orar afirma nuestra dependencia de Dios; cuando un creyente ora está diciendo: “Yo reconozco que mi circunstancia no está en la mano de mi empleador, está en la mano de mi Dios. Yo reconozco que mi circunstancia ahora mismo no está en las manos de mi esposa, no está en la mano de mi esposo; está en la mano de mi Dios. Yo reconozco que mis circunstancias ahora mismo no están en las manos de un gobernante, de un mandatario; están en las manos del Señor”. La oración pone a Dios en el lugar correcto.
Dios es soberano, hermano. Ahí el que ora lo pone correcto en su mente, porque Dios nunca ha dejado de estar donde Él siempre ha estado. El problema es que nosotros nos subimos y nos bajamos. Es como le decía ahorita con la adoración, hermano: nosotros magnificamos a Dios para el beneficio nuestro en gran medida. Ponemos en nuestra mente a Dios en el lugar correcto. La oración pone en nuestra mente a Dios en el lugar correcto. Ay, la tentación de nosotros es entender que los hombres pueden ayudarnos en nuestras circunstancias: “Tú sí puedes darle al botón que va a hacer que mi situación cambie”… Hermano, es Dios que la va a volver. “Señor, haz volver nuestra cautividad”. Permite que los que se han quedado vengan.
Lo que yo encuentro más precioso en este salmo son los versículos más poéticos, que son los que van desde el 4b en adelante. Es la mayor poesía de este salmo, hermano, lo que yo encuentro más sublime. Él dice que cambia la cautividad:
Haz volver nuestra cautividad, oh Jehová, como los arroyos del Neguev.
— Salmo 126:4
Ustedes no viven allá, yo tampoco, hermano. No saben lo que son los arroyos del Neguev. El Neguev era un desierto, territorio de Israel muy desértico. Por ahí cae muy, muy poca lluvia, hermano. Ahí está el detalle. Era tan seco esto que una vez a Otniél le dieron una esposa, y se la dieron con tierra, y él dijo: “Ve, dile a tu papá que nos dé también agua, porque no está mandando pipí pa’l Neguev; ahí no hay agua”. Le dieron las fuentes de arriba y las fuentes de abajo. Hermano, el Neguev era un desierto, pero sucede algo, un fenómeno interesantísimo, y es que por momentos, en una temporada del año, en un momento puntual que usted no sabe cuándo es, si es mañana o pasado, por ahí caen unas lluvias torrenciales y esos arroyos que estaban secos se llenan de agua. Y usted no sabe cuándo eso va a suceder, pero sucede como de repente: lluvias, lluvias, lluvias que hacen que el Neguev, que es un asunto desértico, se convierta en un jardín, y este terreno seco, desértico, agreste, por este fenómeno que no está en la mano del agricultor, se llena de agua un momento, y los arroyos que estaban ahí siempre, entonces por ahí corre agua, y después queda un lodo, hermano, muy fértil, fertiliza la semilla y eso se llena de plantas. Dice uno: “¡Guau!, floreció el desierto”. Él está diciendo: “Señor, permite que mi circunstancia, permite que nuestras circunstancias nacionales cambien como cambia el Neguev cuando llegan las lluvias, que en un momento pase del desierto…
…al jardín más bello”. Al jardín más precioso, hermano. Yo te he dicho, te vengo a decir, que debes vivir a la luz de esa realidad, que el Señor en un momento puede cambiar tus tiempos. Como yo sirvo a un Dios soberano, yo asumo con resolución cristiana, no estoica, resolución cristiana basada en una convicción, y es que estoy en la mano del Señor, que no estoy ni más ni menos que donde el Señor me ha puesto. Pero al mismo tiempo asumo, porque Dios es soberano, que el Señor en un momento puede cambiar mis tiempos, y asumo, hermano, con resolución mis circunstancias, pero al mismo tiempo le digo: “Señor, cambia mis circunstancias como los arroyos del Neguev. Permite que llegue la lluvia y que donde yo no veo nada suceda algo”.
Hermano, te he dicho primero que sí, asume tus circunstancias, que estás en la mano del Señor, pero no dejes ni por un momento de creer que Dios en un momento puede cambiar la historia, y lo que anteriormente eran lágrimas Él las cambia por gozo. “Has cambiado mi tristeza en baile”, decía el salmista. “Me ceñiste de alegría; por eso a ti cantaré, gloria mía, y no estaré callado”. El Señor, hermano, lo que parecía cerrado, Él abre una puerta, y lo que tú nunca lograste, Él lo hace ahí. Hermano, qué regocijo es cuando se llenan de agua los arroyos del Neguev. Cuando se llenan de agua los arroyos del Neguev, ese asunto que tú no estabas contando con eso, vino de repente y floreció, hermano. Así cambian las circunstancias cuando tú estás en las manos del Señor. No te quiero dejar solamente en que asumas tu circunstancia porque te la mandó el Señor; yo te quiero indicar que ores, porque el Señor puede cambiar tu circunstancia como cambia los arroyos del Neguev: el Señor manda la lluvia, hermano.
Miren, en mi vida personal, en mi ministerio, en mi familia, yo quiero vivir a la luz de esa realidad, de que el Señor me puede sorprender, de que mañana yo puedo decir “¡Guau, yupi!”. Hermano, yo quiero vivir a la realidad de que mañana puedo estar dando brincos, y tú me dices: “Pero ¿no eras tú que estabas de que en cautividad?” Que el Señor ha cambiado la cautividad como los arroyos del Neguev; vino el agua y eso marcó la diferencia. Hermano, en un momento el Señor lo hace, y tú me dices: “Pero quizás no lo va a hacer…” Pero también lo hace, ahí está el detalle, hermano. Por eso hay que orar.
Por eso hay que llorar, hermano, porque es verdad, el Señor lo hace. Tú dices: “Pero yo no sé si lo va a hacer…” Yo tampoco, pero yo sé que Él lo hace, hermano; si Él lo hace, yo lo pido. Yo creo que tus circunstancias de hoy no son permanentes, el Señor puede cambiarlas. Detalles puntuales: mire, matrimonio difícil, el Señor cambia los tiempos; situación de precariedad material, el Señor cambia los tiempos; situaciones de salud, el Señor cambia los tiempos; inmadurez espiritual, el Señor cambia los tiempos; personas que están en desobediencia delante del Señor, el Señor los hace, hermano, como corderitos de la manada; el Señor cambia los tiempos. Yo quiero vivir a la realidad de que mi Dios es aquel que llena de agua los arroyos del Neguev, que Él hace que el desierto florezca. Les he mostrado en primer lugar, hermano querido, que las circunstancias veamos a Dios en ellas, pero en segundo lugar les he mostrado que el ruego es real, hermano, y que rogamos porque el Señor en un momento puede cambiar esas mismas circunstancias. Termino mostrándoles que, en lo que el Señor lo hace —y usted no sabe si lo va a hacer hoy, mañana o pasado—, en lo que el Señor lo hace hay que seguir trabajando.
Dicen los versículos 5 y 6:
Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irán andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá con regocijo trayendo sus gavillas.
— Salmo 126:5–6
Hermano, yo quiero mostrarle, por último, que es en lo que el Señor cambia los tiempos. No se sienta la tentación, hermano, de entregarse a las circunstancias. La tentación es no hacer nada, la tentación de la inoperancia.
Sembrar con lágrimas: obediencia en tiempos difíciles
Y hacer la voluntad del Señor requiere un elemento de autosacrificio. “Ay, que yo no me estoy sintiendo bien”. Aunque no te sientas bien, hazlo con lágrimas. Es la imagen de un sembrador, hermano, que está sembrando; “ay, yo no quisiera”… Yo me imagino —poesía, hermano— yo me imagino que las lágrimas pueden tener tantas razones. Quizás ya adelante lo hizo y no sucedió nada, es que está viviendo una mala racha, no ha sembrado y no ha venido el agua. Es un agricultor. Al perder contacto con la tierra nosotros estamos perdiendo la riqueza de los textos bíblicos. Los primeros receptores de la Escritura eran personas que vivían en un contexto agrícola. Usted vive en una oficina: que llueva o no llueva, eso no afecta su meta del mes.
Lo que le quiero decir con esto, hermano, es que estas metáforas de la agricultura uno no las entiende. El agricultor, la gente que vive de la tierra, ellos siembran, hermano; ellos no pueden jalar con soga la nube. No hay un agricultor que le diga a la nube: “Muévete y cae agua ahí, hoy a las 3”. No, hermano. Hay un elemento de incertidumbre. Quiero mostrarle con esto: a pesar de la incertidumbre de la vida en esta tierra, hermano, como dijo Lutero: “Aunque el fin del mundo sea mañana, yo sembraré hoy árboles en mi huerto”. Yo quiero sacar a mi iglesia de la inoperancia, de que “yo estoy viviendo un proceso muy particular y yo ahora mismo estoy aquí sentado, hermano, no se siente”…
Hermano, siembra con lágrimas. Ten más resolución autosacrificial de hacer la voluntad del Señor en tu momento más hostil, confiando que el Señor puede mandar el agua y que mañana eso que era sembrar con lágrimas puede venir, tú dando brincos, con los primeros frutos de eso que tú hiciste para el Señor. ¿Qué es esto, hermano? Es que tenemos que seguir haciendo. Miren, luego de una pérdida familiar, luego de una situación de salud, luego de vivir con condiciones limitantes, uno se remenea un poco y le dice: “Rafael Pérez, los que sembraron con lágrimas con regocijo segarán”. No hacemos hoy lo que hay que hacer porque sea cómodo, lo hacemos porque hay que hacerlo y sabemos que el Señor puede honrar la diligencia.
Hermano, después de una mala racha en los negocios… “No, yo no voy a hacer nada”. Ay, ¿usted qué va a hacer con Génesis? Hay que sojuzgar la tierra. El mismo Dios que te dice que la tierra te producirá cardos y espinos es el mismo que te dio la gran encomienda de que tienes que sojuzgar la tierra. Por eso la pereza es tan odiosa delante del Señor, hermano, porque el que se entrega a la pereza, a la desidia, a la inoperancia está diciéndole al Señor: “Tú no eres soberano, yo me gobierno en la creación”. El Señor es soberano de la creación, y lo que le indicó a todos los hombres es que esta creación hay que sojuzgarla, hay que administrarla. “Yo voy a cerrar, yo me voy a retirar…”
Hermano, bíblicamente yo puedo demostrar que el retiro no es bíblico. Lo que el Señor le ha recetado al hombre no es un tiempo de mucho trabajo y después dedicarse a ver televisión. Lo que el Señor nos ha recetado son tiempos, periodos cíclicos de trabajo y reposo, trabajo y reposo, según las fuerzas nos alcancen. Por eso un hombre que se sienta, una mujer que deja de hacer lo que tiene que hacer para el Señor, le está faltando a la encomienda de sojuzgar la creación. “Los que sembraron con lágrimas…”, hermanos, sembrar con lágrimas es hacer lo que hay que hacer aunque no sea cómodo. Satanás ha engañado a los hombres porque cuando les llegan los momentos de tribulación, entonces se entregan a la conmiseración: “Yo estoy triste, yo no puedo, yo no me siento con deseo de pararme de la cama”. Hermano, remenea, porque los que sembraron con lágrimas con regocijo segarán. Hay que hacer hoy lo que hay que hacer porque eso glorifica al Señor. Tensión en el trabajo, ideas y vueltas para terminar en el mismo punto. ¿Han sentido esa sensación de que se esforzaron mucho para lograr algo que terminó en el mismo sitio? Y después que todo se calma, lo mismo que hace el gran agricultor: él siembra esperando la temporada de lluvia. Hermano, si tú has sido muy diligente, empujando algo que ha terminado en el mismo punto, “los que sembraron con lágrimas con regocijo segarán”.
Volver a hacer de nuevo lo que hay que hacer para glorificar al Señor. Doy algunas implicaciones prácticas de esto, hermano. Miren, entendemos que desarrollar nuestro ministerio, a pesar de las precariedades, a pesar de que los ojos puedan decir… He conocido ministros, hermanos, que están en lugares muy áridos. Yo a veces quisiera, como “no, hermano, aquí está florecido”, comparado a como están en algunos lugares. Hay pastores, compañeros míos de ministerio, que están haciendo la voluntad del Señor, hermano, en lugares áridos. “Ah, pues yo no lo voy a hacer porque es que no hay mucho fruto”. Hermano, hágalo, porque los que sembraron con lágrimas con regocijo segarán, y yo he visto, con estos dos ojos que el Señor me ha dado, yo he visto iglesias, hermano, que el Señor ha mandado la lluvia y florecen de repente.
Giovanni, Iglesias, me viste iglesias, hermano, que en un momento nadie puede explicar lo que sucedió y dice: “No sabemos”, y la gente les pregunta: “¿Y qué fue lo que ustedes hicieron?” Los que sembraron con lágrimas con regocijo segarán. Bueno, yo no me he conformado todavía en el ministerio; yo quiero hacer más todavía para mi Señor. Yo espero que en este año, en el próximo, mi Señor me sorprenda. Yo estoy listo, hermano, listo para que el Señor le haga un x10 a nuestro ministerio y lo espero, y no es algo, hermano, que lo reniego. Yo vivo a la luz de la Escritura, que dice que “al que tiene, se le dará más, y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado”. “Bien, buen siervo y fiel; entra en el gozo de tu Señor”. Hermano, en tu ministerio quizás tú tengas dificultades, tú dices: “Yo lo estoy haciendo, pero yo no veo mucho fruto, no veo mucho alcance”. No voy a recurrir, hermano, a los ejemplos de siempre, porque ustedes conocen ministerios en nuestra iglesia que durante muchos años hicieron asuntos con mucha constancia. Después el Señor mandó la lluvia. “Ah, no, yo no lo voy a hacer, yo voy a esperar que comience a llover para sembrar”. No, hermano, siembra hoy.
Oigan, militar la vida cristiana aunque los familiares no te celebren. Eso es difícil. Hay gente, hermano, que se plantó a hacer la voluntad del Señor, aunque su familia no quería, que luciera. Después la familia vino. “No, yo no voy a sembrar, yo, además, aunque no venga inicialmente el otro, hazlo tú”. Mantener una buena disposición hacia tu cónyuge, aunque ahora mismo no te corresponda. Ay, cuántos testimonios hemos visto de hombres y mujeres que les tocaron años, hermano, de lidiar con cónyuges difíciles, y después el Señor cambió los tiempos, y ahora se mira para atrás, hermano, y dicen: “¡Guau!, pero parece que son otras personas”. ¿Y qué fue? Hermano, que el Señor manda la lluvia como los arroyos del Neguev. Hoy asumir el reto de operar tu negocio de forma honrada, aunque no tenga, hermano, el estímulo de la sociedad. Mantener la pureza sexual, aun cuando no haya expectativa de pronta satisfacción. Ay, la soltería, hermano. Yo quiero librar a mi iglesia de que se entregue a la actitud que se entregó David, porque hay quien se engaña.
Job encontró un hermano que dejó de sembrar con lágrimas; algo está haciendo. Hermano, si tú has dejado de hacer lo que es difícil, que es la voluntad del Señor, te estás satisfaciendo por otra manera.
¿Sabe qué pasó con David? Que David, cuando estaba huyendo de Saúl, tenía años huyendo. Llegó un momento en que ya dejó de creer que las promesas del Señor se cumplirían, y lo que se dijo él en su corazón… Él dijo, en 1 Samuel capítulo 27, se dijo: “Tarde o temprano Saúl me va a buscar, me va a matar. Lo mejor que yo puedo hacer es terminar yendo donde los filisteos”. Y eso fue una racha oscura en la vida del rey David, hermano. Termino mostrándole algunos asuntos que tenemos que evitar. Las circunstancias difíciles, hermano… ¿Tienes tribulación, tienes problemas familiares, tienes problemas de salud, estás lidiando, estás teniendo dificultades para hacer la voluntad en alguna área? Te doy, como tu pastor, algunas cosas que deberías evitar. Hermano, evitemos que el tránsito por este mundo duro y hostil endurezca tanto el corazón.
Y dice el proverbio, asimismo: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida”. Hermano, nuestro corazón debe mantenerse tierno en medio de un mundo agreste. Dice la Escritura, y algunos hermanos míos por ignorancia se han refugiado en eso. Dice la Escritura que “por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará”. Dicen: “Lo que pasa es que la maldad ha crecido, por eso mi pasión…” Hermano, no, que no se enfríe la tuya. Nuestra victoria en este mundo, hermano, es terminar nuestra carrera en un mundo difícil, en un mundo duro, con un corazón tierno, que tu corazón no se endurezca.
Hermano, que no te entregues a la rebeldía. Cuántas personas, después de estar esperando algo del Señor que no ha llegado, se entregan en rebeldía delante del Señor, dicen: “Como Dios no me concedió eso, entonces ahora esto, aquello y lo otro”. Hermano, eso es rebeldía: darte el permiso para andar por la libre, como hizo David. “El Señor se tardó en darme esta promesa, parece que me van a matar, lo mejor que puedo hacer es irme donde los filisteos”. El momento más oscuro, hermano, de la vida del rey David, terminó hasta intentando luchar contra su propio pueblo. La indiferencia: estas personas indiferentes que dicen: “Yo he tenido muchas dificultades en la vida y a mí no me importa lo de nadie, yo vivo para mí”.
Hermano, que tu mente no se vuelva indiferente ante el dolor, ante las necesidades de los otros. La incredulidad: ¿han visto aquel que, porque el Señor no le dio un asuntico, ya dice que ya Dios no existe? Un caprichito así el Señor no se lo dio, y ahora han desarrollado toda una filosofía para demostrar que Dios no existe. No estamos hablando de un asunto, hermano, de un mundo de dos años. Israel tuvo setenta años de cautiverio y de ahí salió con una convicción más fuerte de que su Dios era real y que ellos estaban en las manos de su Dios. Hay otros que, ante circunstancias difíciles, se entregan a la carnalidad, permitirse cosas indebidas. Anteriormente buscaban la santidad, las cosas de arriba, “¿y qué es lo que pasa?, que yo perdí el trabajo, tú sabes…”, ¿y por qué por perder el trabajo tienes que entregarte? Otros a la pereza, a la irresponsabilidad. Hay otros que están en modo automático, apagan el discernimiento y la creatividad, se entregan como a vivir solamente. A todos ellos les digo que los que sembraron con lágrimas sembraron, sembraron, sembraron, hicieron, hicieron, hicieron; con regocijo segarán. “Irán andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá con regocijo trayendo sus gavillas”.
Iglesia, hay gente a la cual se le termina la cautividad y no celebra, porque salieron a la manera de ellos, no a la manera de Dios. La bendición de Jehová es la que enriquece y no añade tristeza con ella. Oro por todos ustedes para que su tribulación los fortalezca, que después de todo esto terminen siendo mejores. Oro por la iglesia.
Ay, Señor, hacemos como el salmista en el versículo 4. Asumimos, Padre, que estamos donde estamos porque tú así lo has permitido. Proclamamos, clamamos y clamamos: ten, Señor, misericordia de nosotros. Mira, Señor, los hermanos míos que están teniendo tribulación, padecen en sus cuerpos, en sus casas, en sus mentes, que están luchando por hacer la voluntad del Señor y se cansan. Permite, Señor, que siembren con lágrimas. Mira aquellos, Señor, que han sentido la tentación de claudicar, de abandonar, de entregarse, que no se entreguen, Señor. Dales esta convicción que tenían los antiguos, Señor, de entenderte a ti en toda circunstancia y pedirte a ti, Señor, que las cambies. Padre, decimos soberanamente que no queremos salir si no nos sacas tú; que no queremos detener los procesos, Señor, si no los has concluido tú.
Que asumimos de buen agrado, Padre, que aquel que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccionará hasta el final. Que no tenemos ni más ni menos, Padre, que lo que tú en tu soberanía has permitido. Ay, Padre, pero por favor manda la lluvia, permite que por los arroyos del Neguev, Señor, corra el agua. Sorpréndenos en este año, Señor, sorpréndenos dando evidencia contundente de que tú has mandado la lluvia, que corra el agua, Señor, por los arroyos del Neguev. Vivimos a la luz, Señor, de expectativas, de que tú hoy puedes sorprendernos, de que mañana puedes sorprendernos, de que si somos el pueblo tuyo, Señor, ya vencimos y nuestra vida está escondida contigo en los lugares celestiales. Mantén tus ojos cerrados, iglesia. Oro por personas que tengan aquí presentes que no tienen la convicción de ser el pueblo del Señor. Yo he venido hoy a animar al pueblo del Señor; si tú no eres parte de ese pueblo, te lo estás perdiendo.
Yo he venido hoy a animar al pueblo del Señor; si tú no eres parte de ese pueblo, tuyas no son las promesas. Yo he venido hoy a estimular a mis hermanos, a aquellos que tienen paz con Dios y han sido injertados en este pueblo. Si tú no eres parte de este pueblo, tuyas no son las promesas. Tú sembrarás con lágrimas y morirás entre lágrimas. Ay, pero hoy puedes ser parte de este pueblo, que es el pueblo de la promesa, que es el pueblo victorioso, que es el pueblo que va contra pronóstico, que es el pueblo que ya tiene la victoria asegurada en Cristo, porque ya Él venció, y nosotros también con Él. Dice la Escritura:
A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron; mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.
— Juan 1:11–13
Si tú hoy puedes confesar tus pecados —como hicieron aquellos en el libro de los Hechos, que recibieron la palabra y fueron bautizados, y fueron añadidas aquel día como tres mil personas—, si alguien hoy aquí puede recibir la palabra, si alguien hoy aquí puede recibir a Cristo, si alguien hoy aquí puede reconocer su incapacidad, su impotencia, su desasosiego y recibir lo que Dios da, que es una paz que sobrepasa todo entendimiento y firmes promesas en las cuales estamos creciendo, yo lo invito a que confiese sus pecados. Es tan sencillo, no hay plantillas, hay sinceridad. Que le digas ahí al Señor, en una oración sincera, que perdone tus pecados.
Que perdone tus rebeliones, que perdone tus ofensas, que te reciba como su hijo. Pídele ahí, pídele que tú quieres ser parte, recibir esto que Él ha prometido, que “a los que le recibieron y creen en su nombre les ha dado el potestad, el permiso de ser hechos hijos de Dios”. Dile ahí que tú lo has recibido, que crees en su nombre, pídele a Él su promesa, con la convicción de que puedes hoy ser su hijo. Si tú has orado al Señor, has hecho una oración importante, has hecho algo que es más que un ritual; el Señor escucha la oración, Él está atento. Él te dará los medios de gracia para que permanezcas en sus caminos. Todo creyente que ha recibido a Cristo, que ha recibido la palabra, lo que hace es que va a las aguas del bautismo, da un testimonio de su fe. Dice la Escritura que “el que creyere y fuere bautizado será salvo”. Yo te invito a que te acerques ahora mismo e ingreses en nuestra iglesia en los talleres de membresía, donde estamos viendo los fundamentos básicos de la fe cristiana, y te llevamos al bautismo. Oro por la iglesia congregada.
Padre, gracias por el sufrimiento, Padre, gracias por el cautiverio, Señor. Gracias por los negocios no concretados, Señor. Gracias por las relaciones que no prosperaron, Señor. Muchas gracias por las situaciones de salud, muchas gracias, Padre, por la tribulación desde nuestras casas, porque sabemos que somos tuyos, y si somos tuyos, Señor, esto tiene sentido. Padre, gracias también por las lluvias. Gracias por las temporadas de nuestra vida donde hemos sido saciados por ti, Señor. Gracias porque has cambiado nuestra tristeza en baile. Todas estas cosas, Señor, las manifestamos y proclamamos para la exaltación de tu nombre. En el nombre de Jesucristo. Amén.