Por favor, pueden ir buscando la sagrada escritura. Acompáñenme hermanos a las sagradas escrituras. Y estemos juntos en la carta de Pablo a los Efesios, en el capítulo dos. Aprovecho, hermanos, el aniversario de nuestra iglesia para recordarle a la iglesia los grandes privilegios que tenemos en el Señor. Esta porción de la carta de Pablo a los Efesios, en el capítulo dos, específicamente el versículo 19, me consta que todos los miembros de la iglesia lo conocen, pues con este versículo comienza nuestro taller de membresía. Si usted es miembro de esta iglesia, en algún momento nos vimos juntos leyendo el segundo capítulo de la carta de Pablo a los Efesios, en el versículo 19.
Quiero hoy exponer el versículo, pero como frecuentemente sucede, para que este versículo pueda ser entendido necesitamos dos versículos más. Si usted quiere entender cuáles son sus grandes privilegios en el Señor, primero tiene que entender dónde usted estaba y cómo usted llegó aquí. No quisiera solamente hoy tomar un marcador para resaltar los privilegios que tenemos en Cristo, sino que quiero también mostrarle a las personas que están aquí presentes, que no se sienten hoy parte del pueblo del Señor, dónde estábamos todos nosotros en algún momento, cómo llegamos hasta aquí y, ya estando, cuáles son los privilegios que tenemos como iglesia por los méritos de nuestro Señor Jesucristo. Pueden ponerse un momento sobre sus pies. Leamos entonces el segundo capítulo.
De Efesios, Efesios 2, versículos desde el 17 y hasta el 19. Les estaremos mostrando, en primer lugar, cuál era nuestra anterior condición, en segundo lugar, cómo llegamos hasta aquí y, en tercer lugar, les estaré exponiendo desde la escritura nuestros grandes privilegios en nuestro Señor Jesucristo. Dice así la palabra del Señor:
Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos y a los que estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino con ciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.
— Efesios 2:17-19
Pueden sentarse. Hermanos y amigos queridos, les digo a modo de introducción que pertenecer a la iglesia del Señor es el mayor privilegio que pueden obtener los hombres sobre esta tierra, un hecho singular que nos coloca en una posición privilegiada delante de Dios y debería generar un sentido de admiración en el común de los hombres. El apóstol Pablo eligió dos figuras para recordarle a la iglesia en Éfeso su privilegiada posición. Primero, ser parte de la iglesia de Cristo es como pertenecer a una ciudad, dejando de ser extranjero. O pertenecer a una familia, dejando de ser advenedizos. Y también, como ambas cosas fueron obtenidas por los méritos de Cristo, ellos tenían motivos para celebrar.
Cerca no es suficiente: nuestra misma necesidad
Hoy, en el aniversario de nuestra iglesia, estaremos recordando nuestros grandes privilegios. Pude haber ido directamente a los privilegios, pero yo quisiera que personas que estén aquí hoy congregadas no solamente consideren desde lejos el pueblo del Señor, sino también que ellos sean parte. Yo no quisiera solamente decirle a aquellos que ya entraron al pueblo del Señor y que son parte de la iglesia cristiana cuáles son sus privilegios. Me gustaría mostrarle a toda persona aquí congregada hoy cuál es el camino. Avanzaré un poco rápido en los versículos 17 y 18 y después me detendré en el versículo 19. Hay algo que tengo que mostrar en el 17, algo en el 18 y algo más grande para exponer en el versículo 19. En primer lugar, yo quiero mostrarle que todos los hombres tenemos la misma necesidad.
Dice así la escritura:
Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos y a los que estaban cerca.
— Efesios 2:17
El apóstol Pablo tiene dos grupos de personas en la mente. Tiene un grupo de personas que estaban muy lejos del pueblo del Señor y había otros que estaban muy, muy cerca del pueblo del Señor, pero él dice: el pueblo 1 y el pueblo 2, ambos pueblos tienen la misma necesidad. Estos dos grupos de personas que él tenía en mente eran, primero, los judíos y los otros eran los gentiles. Él está diciendo: ya sea que usted sea un judío o que usted sea un gentil, el uno y el otro siguen teniendo la misma necesidad. Y con esto quiero apelar a personas que están aquí presentes, que están cerca del pueblo del Señor. Quiero decirles que cerca no es suficiente.
El pueblo hebreo, el pueblo judío, tuvo un gran privilegio del Señor. Era un pueblo que había sido expuesto consistentemente a la palabra del Señor, un pueblo que había aprendido a temer a Dios, era un pueblo que había recibido profetas, que había recibido testimonio; ellos estaban cerca, pero aún ellos necesitaban que se les anunciaran las buenas nuevas de paz, dice el apóstol Pablo: “Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos y a los que estaban cerca”. Si usted me dice cuál de todos los grupos yo tengo más temor, tenemos más temor del que está cerca que del que está lejos. Quiero hoy hablar a las personas que están aquí congregadas que tienen una posición similar a la posición que tenían los judíos. ¿Qué era lo que pasaba en el pueblo de Israel? Fue tanta las veces que recibieron la palabra, fueron tantos los profetas, eran tantas las instituciones, ellos estaban tan cerca de la voluntad del Señor que ellos habían entendido que ellos no necesitaban a Dios. Y yo sospecho que al día de hoy República Dominicana y Latinoamérica están en la misma condición.
La mayoría de las personas que al día de hoy no son parte del pueblo del Señor en la República Dominicana son personas cristianizadas. Lo que usted conoce como moral es la moral judeocristiana; aquello que usted le llama que es “bueno” es, aunque sea por inferencia, lo que la palabra del Señor le llama bueno. Pero aún así, los que están cerca y los que están lejos siguen teniendo la misma necesidad. Quiero apelar a aquellas personas que están aquí hoy presentes que han sido cristianizadas, son aquellos que dicen: “Pero yo me siento que estoy cerca del pueblo del Señor”. Amigo que estás aquí hoy presente, cerca no es suficiente. Cristo vino y anunció las buenas nuevas de paz a los que estaban cerca y también a los que estaban lejos. Es una gran cosa estar cerca del pueblo del Señor, pero estar cerca del pueblo del Señor no es suficiente. Quiero implicar a personas que están aquí hoy congregadas.
Quizá te sientes parte de una iglesia porque asistes, quizás te sientes parte de una iglesia porque tienes familiares cristianos, quizás hasta has llegado a tener determinados comportamientos cristianos. Yo quiero decirle a todos los que están aquí congregados que las buenas nuevas de paz son para los que están lejos y también para los que están cerca, y que estar cerca no es suficiente. Quizás tú piensas que porque tienes una Biblia, la lees, ya tienes al Señor; estar cerca no es suficiente. Quizás porque tienes alguna afinidad con el pueblo del Señor ya tú te sientes parte; estar cerca no es suficiente. El pueblo de Israel llegó a entender que por tener la ley y los profetas ya era suficiente. El Señor anunció la buena nueva de paz a los que estaban cerca y también a los que estaban lejos.
He visto en mi experiencia pastoral, paradójicamente, que aquellos que están más lejos son los que están más prestos a venir, y que aquellos que están más cerca son los que tienen más la tendencia a quedarse donde estaban. Quisiera mostrarle a toda persona que hoy está congregada, que no tiene la certidumbre de fe de que las promesas del Señor son para ellos, que Cristo es para los que estaban lejos y también para los que estaban cerca. Es lo cerca: Él ha venido a anunciar la paz. Explico algo más, hermano, y me muevo porque voy caminando hasta el versículo 19. Lo primero es esto: estar cerca no es suficiente. Que estés congregado entre el pueblo del Señor no te hace salvo. Que tengas una perspectiva cristiana sobre una cosa no te hace parte de los privilegios del Señor.
La paz con Dios y la obra de la Trinidad
Los grandes privilegios que yo he venido a presentar no son privilegios para personas que están cerca del pueblo del Señor, son privilegios para aquellos que, por los méritos de Cristo, han sido puestos como parte de Él. Él ha dicho que ha venido a anunciar las buenas nuevas de paz. Si usted le preguntara a cualquier persona si tiene paz con Dios, le diría que sí. Hermano, la paz con Dios es un asunto real. El hombre natural está enemistado contra Dios; dice la escritura que nuestros pecados han creado enemistad entre nosotros y Dios. Lo que Cristo ha venido a anunciar es que, sin importar lo cerca que te sientas del pueblo del Señor, tú necesitas tener paz con Dios, y la paz con Dios no es solamente una percepción, es un hecho real.
La guerra que hay entre el hombre y Dios, antes de que el hombre recibiera esto que Cristo había venido a dar, es una guerra real. Cristo ha venido a anunciar las buenas nuevas de paz. Quisiera comenzar este aniversario de nuestra iglesia diciéndole a las personas, sobre todo que están cerca de nuestra iglesia, que estar cerca no es suficiente; que usted necesita tener las buenas nuevas de paz. Primero esto, hermano. Primero esto, amigo: si estás entre el pueblo del Señor, proximidad no es suficiente. Si tienes muchos años congregándote, proximidad no es suficiente. Si hace un tiempo que te estás congregando, es un asunto muy bueno estar cerca, pero estar cerca no es suficiente. Las buenas nuevas de paz, ese recurso que el Señor ha dado, es la posesión que Él ha dado a través de Cristo para cualquier persona que quiera recibir los grandes privilegios de la iglesia cristiana. La paz con Dios es un asunto real: “Vino y anunció las buenas nuevas de paz”. Me muevo un poco y quiero decirle cómo el Señor hace esto, y este versículo 18, hermano, me emociona, porque es un versículo donde la Trinidad completa se hace presente.
Son de estos momentos sublimes en las escrituras donde uno encuentra la persona del Padre, la persona del Hijo y la persona del Espíritu Santo. ¿Quién fue que vino y anunció la buena nueva de paz? Fue Cristo. ¿Qué dice el versículo 18?
Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.
— Efesios 2:18
El mandato glorioso es que uno ve cómo la Trinidad completa participa en la salvación de nuestras almas. Esta es una obra de Dios, de Dios Padre, de Dios trino. ¿Quién la hace? Por medio de Cristo, para llevarnos al Padre, utilizando como recurso al Espíritu Santo. Hermano, oigan qué yo pretendo hacer ahora: yo quiero explicar cómo es la salvación.
Y esto es un asunto complicado porque es, hasta cierto punto, un misterio. ¿Cómo pasamos de muerte a vida y cómo el Señor logra esto, y es que tengamos paz con Dios? Esto es un misterio. Por misterio me refiero a un asunto que no puede ser completamente explicado. Usted vivió durante 40 años en sus delitos y pecados y pasó de muerte a vida; explícame esto. Yo no sé cómo explicarlo de manera detallada. Ahora, a grandes rasgos, yo sé cómo el Señor ha estado obrando en nosotros la salvación. Lo que pretendo hacer en este versículo 18 es decirle a los creyentes qué fue lo que pasó con ustedes y decirle a las personas que todavía no tienen a Cristo qué el Señor podría hacer con ustedes y cómo podría estarlo haciendo.
A veces las personas son sorprendidas porque se dan cuenta de que algo está pasando, pero no han podido explicar lo que el Señor ha comenzado a obrar: salvación. ¿Cómo el Señor opera la salvación? Lo primero es la primera parte del versículo 18: “Porque por medio de él…”. No hay salvación si no es por Cristo. Dice la escritura que Él es el camino, Él es la verdad y Él es la vida, y nadie viene al Padre si no es por Él. ¿Cuál es la necesidad prioritaria, la necesidad primordial en el corazón de todo ser humano? La necesidad prioritaria, la necesidad primordial de todo ser humano es volver a restablecer un asunto que se rompió.
Todo hombre fue creado para vivir en comunión con Dios. Todo hombre fue creado para habitar en una comunión muy estrecha con Dios, pero algo ha sucedido que se ha roto esta comunión. Eso que ha sucedido es pecado. Ese pecado ha creado separación entre los hombres y Dios. Dios el Padre sigue estando donde está, hermano, pero el hombre se ha desprendido de Dios a causa del pecado. Hay enemistad entre nosotros y Dios, pero por medio de Cristo se ha establecido una vía, un camino en el cual esta relación puede ser reconstituida, esta relación puede ser afirmada. Por eso dice el versículo 18: “Porque por medio de él tenemos entrada por el Espíritu hacia el Padre”. Hermano, esto que se nos está enseñando aquí es que sin Cristo nadie va a volver a restablecer esta comunión. Hermano, quiero mostrarle que si acaso nosotros somos dignatarios de los grandes privilegios de Dios, somos dignatarios de los grandes privilegios de Dios solamente por los méritos de Cristo.
Esta relación no la restablecemos nosotros. Aquí está el problema grande del ser humano: sabemos que estábamos lejos de Dios, pero el ser humano quiere restablecer esta relación por sus propios méritos. Solamente por medio de Cristo, “porque por medio de él, los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre”. No hay nada que el ser humano pueda hacer por sus propios medios que le restablezca su relación con Dios. Solamente por Cristo nosotros podemos ser reconstituidos. Pero no solamente aparece Cristo, también aparece el Espíritu Santo. Dice la escritura: “Tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre”. ¿Qué es lo que hace el Espíritu Santo en nuestra salvación? El Espíritu Santo es una persona real.
La obra del Espíritu Santo y el llamado al corazón
Cada vez que se habla del Espíritu Santo en la escritura se habla de una persona real y poderosa. Y yo creo que, como cristianos en esta dispensación de los tiempos, no hemos honrado tanto la persona del Espíritu Santo como debíamos haberlo hecho. Cristo en la cruz hizo propiciación por nuestros pecados. Dice, asimismo, la primera carta de Juan, en el capítulo 2 y versículo 2:
Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.
— 1 Juan 2:2
¿Qué fue lo que Cristo hizo en la cruz? Bueno, Cristo en la cruz cargó los pecados tuyos y los pecados de todo el mundo. Pero, ¿qué hace falta para que esto que Cristo ha logrado en la cruz sea aplicado en ti? Lo que hace falta es la obra del Espíritu Santo. ¿Qué hace el Espíritu Santo en el hombre? ¿Cómo es que, por el Espíritu Santo, llegamos hasta el Padre? Primero, Cristo lo logró de manera objetiva, muriendo por tus pecados, pero después el Espíritu Santo te convence de pecado, de justicia y de juicio. El Espíritu Santo es quien nos lleva hacia el Padre.
Y la manera en cómo lo hace, hermanos, a veces es una manera más dramática y a veces una manera más tierna. Pero yo puedo testificar que cuando sentí el llamado del Señor, hermano, en mi corazón se manifestó una santa inquietud. Ahora yo puedo decir que el Espíritu Santo me estaba llamando. En aquel momento yo decía: “Yo tenía una inquietud”. ¿Cómo ha hecho el Espíritu Santo este tierno llamado al corazón tuyo? Hay personas que dicen: “Yo sentía como una gran sed en el alma, como un asunto que no me daba satisfacción, como algo que cada vez tenía más y me sentía más vacío”. El Espíritu Santo a veces crea un especial tipo de sed. ¿Cómo es que hace el Espíritu Santo esta obra para que los méritos de Cristo en la cruz no se queden allá, sino que sean aplicados a favor nuestro? Él hizo propiciación en la cruz, pero no funciona de manera automática.
El Espíritu Santo viene, a veces, por inquietud; a veces pone sed. Hay algunos a quienes el Espíritu Santo les ha dado un nuevo entendimiento, y ellos dicen: “Ahora yo como que veo las cosas más claras y ahora yo sé dónde estoy; me doy cuenta de dónde yo estaba y ahora sé dónde estoy”. El Espíritu Santo hace eso: da un nuevo entendimiento. Ahí lo que hace el Espíritu Santo es que hace que el corazón duro se vuelva tierno, y personas que hasta este momento habían vivido en insensibilidad, cuando el Espíritu Santo viene a ellos les pone un corazón tierno y sensible a la voz del Señor, y los méritos de Cristo ganados en la cruz entonces, en esas personas, caminan a que sean aplicados en ellos. El Padre ha enviado al Hijo, el Hijo murió en la cruz y el Espíritu Santo comienza a llevarnos. Es como una vía, es como alguien que nos atrae, alguien que nos encamina.
Hay personas que tienen una conciencia despertada. Leo de nuevo el 18: “Porque por medio de él”, esto es, por medio de Cristo, “los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu”. Hermano, Cristo murió en la cruz por tus pecados, Él fue propiciación, el Espíritu Santo te está llamando, el Espíritu Santo te está llevando y el Padre te está recibiendo con los brazos abiertos. Esa es la obra de la salvación. ¿Cómo esto sucede? Hay gente que me dice: “¿Cuántas semanas son? No me diga el cronograma”. Hay gente que ha tardado un año en lo que el Espíritu Santo comienza a llamarles, es un proceso, y hay personas que son obras más contundentes. Ahora, yo sé que los unos y los otros vamos a tener que recorrer este mismo camino. Sin importar qué tan cerca haya estado de Dios, sin importar qué tan cerca haya estado de la iglesia del Señor, los unos y los otros recorreremos el mismo camino.
Lo primero es que apelaremos a unos méritos que no son nuestros, son los méritos de Cristo. Lo segundo es que seremos guiados por el Espíritu Santo. Lo tercero es que volvemos a tener comunión con el Padre. Y cuando en nosotros se restablece, hermanos, eso es lo que es salvación. Jesús es el camino, la verdad y la vida, y nadie viene al Padre si no es por Él. El Espíritu Santo nos lleva a Cristo, nos convence de pecado, de justicia y de juicio, y el Padre nos recibe con los brazos abiertos. En primer lugar, les he mostrado en el versículo 17 que, tanto para los que estaban lejos como para los que creen que están cerca, los unos y los otros tenemos la misma necesidad, y la necesidad es paz con Dios. En segundo lugar, hemos estado dando un esbozo del plan de salvación, el proceso de la salvación: Cristo en la cruz y su propiciación por nosotros; el Espíritu Santo, con ternura, a veces —dice que nos atrae con cuerdas de amor—, y a veces de manera más contundente, pone en nosotros este deseo, este ardor, esta pasión, y el Padre entonces nos está esperando con los brazos abiertos. Al versículo 19, hermano, quería llegar en este aniversario.
El “así que” y la identidad de la iglesia
Después, hermano, de haberles mostrado el camino, tratando de no ser insensible y tratar de celebrar con personas que todavía no son parte de esto, pregunto: ¿hay aquí alguien que ha entendido su necesidad de Dios? ¿Si hay alguien aquí hoy que ha reconocido que necesita restablecer su comunión con el Padre? ¿Si hay alguien hoy que ha hecho conciencia de que la cercanía no es suficiente? Si hay alguien aquí hoy que ha sentido el llamado tierno del Espíritu Santo, convenciéndolo de justicia, de pecado, de juicio; si hay gente aquí que ha tenido una santa inquietud, una sed, un nuevo entendimiento, una conciencia despertada, esa es la obra del Espíritu Santo. Que no se detenga esta obra y que camine, que el Padre te esté esperando con los brazos abiertos.
Dejo ahí este grupo y me refiero ahora a la iglesia. Hermano, yo quiero decirles a ustedes hoy que la iglesia no es cualquier cosa. Que en Cristo Jesús su iglesia es una iglesia que tiene enormes privilegios. El apóstol Pablo está hablándole a los hermanos de Éfeso y él estaba tratando de enseñarles que ser parte del pueblo del Señor es un asunto especial, es un asunto particular, es una experiencia de vida. Yo quisiera mostrarle hoy a mis hermanos cuáles son nuestros grandes privilegios, cuál es la dignidad que tiene la iglesia cristiana. Es el versículo 19 que dice:
Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino con ciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.
— Efesios 2:19
Aguántenme aquí ese “así que”. Ese “así que” te está apelando a lo anterior. Si tú has reconocido tu necesidad de paz con Dios, si tú has apelado a los méritos de Cristo, si el Espíritu Santo te ha llevado hacia el Padre, si ya has restablecido tu relación con el Padre, entonces para ti es este “así que”.
Dado lo anterior, dado que ya no hay enemistad entre tú y Dios, dado que la relación con el Padre ya ha sido restablecida, dado que la salvación ya es tuya, entonces: “Así que…”. Si alguien todavía no se sabe un cristiano, si alguien todavía está en los pasos preliminares de la vida cristiana, que no entienda que esto es para ellos, porque es necesario que sea así: usted primero pone en Cristo su confianza, se deja guiar por el Espíritu Santo camino hacia el Padre, restablece su relación con Él, entonces usted se emociona en este “así que”. ¿Cuál es el “así que”? “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino con ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios”.
Ay, qué deseo tendría yo de decirles a todos ustedes que son miembros. Bueno, yo quisiera tener esta capacidad de decirle a todo el que está aquí que es parte de nosotros. Pero a la luz de la escritura yo tengo que decirles, por el versículo 17 y 18, que quizás usted está entre nosotros, pero usted no es miembro, sino que es advenedizo. Tengo que decirle, desde la escritura, que puede ser usted tan cerca que parezca que es de nosotros, pero si usted no ha pasado por el versículo 18 y reconociendo el versículo 17, este “así que” no es para usted. Que quizá usted está en medio nuestro y siente un trato hospitalario, pero sigue siendo un extranjero. “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino con ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios”.
Me propongo ahora presentar estas dos imágenes: qué significa ser parte de una gran ciudad que se llama la iglesia y qué significa ser parte de una gran familia que es la iglesia. Primero las características que son comunes a las dos metáforas. Es un lenguaje figurado: él está enseñando algo que ellos conocían —que era pertenecer a una ciudad y pertenecer a una familia— para mostrarles algo que ellos desconocían: de qué se trata ser cristiano. En ambas imágenes, en ambas metáforas, en ambas figuras, hay asuntos que son comunes. Él está apelando a la ciudadanía: “con ciudadanos de los santos”, y está apelando a la familia: “miembros de la familia de Dios”. Ser parte de la familia del Señor tiene características comunes. Las características comunes en ambas figuras es que son asuntos permanentes.
Mire, la gente no cambia de ciudadanía como cambia de ropa. Si usted nació siendo dominicano, muy probablemente usted termine siendo dominicano. Nadie tiene temor al respecto de estas cosas. Yo no conozco ningún dominicano que diga: “Guau, yo estoy como por perder mi ciudadanía”. Es algo que permanece, hermanos; son asuntos permanentes. Ser miembro de una familia tiene una vocación de permanencia, las familias no son desechables. Ay, hermanos queridos, si usted está del “así que” hacia adelante, yo vengo a decirle que usted puede tener seguridad de su salvación, que la salvación de los creyentes no es un asunto subjetivo de que “yo como que lo siento; yo hoy como que no me siento dominicano”. Así que, dado lo anterior, que es tan firme, que es tan seguro, usted no tiene duda alguna del lugar que usted tiene en Cristo: usted es conciudadano de los santos y miembro de la familia de Dios.
Privilegios permanentes: ciudadanía y familia
Yo no me levanto un día pensando: “Yo como que no soy hijo de Maribel y Néstor”. Hermano, este es el “así que”. Quiero mostrarle a mi iglesia, a aquellos que están del “así que” en adelante, que nuestra confianza en el Señor, hermano, en estos grandes privilegios, no son asuntos temporales ni desechables; son asuntos que tienen vocación de permanencia. Si usted es conciudadano de los santos y miembro de la familia de Dios, tenga este deleite por dentro de que esto no es un asunto temporal. Hermano, las dos imágenes te hablan de asuntos que permanecen.
Entonces alguien me va a decir: “Pero este era parte de esta familia y ya no lo es”. Esa es la excepción, no la regla. Usted me va a decir: “Pero yo nací argentino y luego me naturalicé dominicano”. Es la excepción, no es la regla. Por regla general, un dominicano sigue siendo dominicano, y un miembro de una familia sigue siendo miembro de esa familia. “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos”. Tengo que volver un poco atrás, hermano. Estoy estableciendo un rompeaguas: usted está o del “así que” hacia atrás o del “así que” hacia adelante. Puede entender mal el asunto, yo estoy ahora mostrando grandes privilegios para personas que ya son beneficiarios de la obra de Cristo en la cruz, que ya fueron persuadidos por el Espíritu Santo y que ya recibieron al Padre con los brazos abiertos. Si es tu caso: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino con ciudadanos de los santos y miembros de la familia del Señor”. Hermanos, son asuntos permanentes, son asuntos concretos, no subjetivos; son asuntos muy deseables.
Ahí lo que pasa cuando uno los tiene tanto y ya están, que parece común, pero no es común. Usted tiene la mejor ciudadanía que se podría tener, usted tiene la mejor familia que se podría tener. Eso no es común, pero a veces hay que recordarle a los hijos el privilegio que es tener padres. Y hay veces que hay que recordarle al ciudadano el privilegio que es ser ciudadano en determinado país. Hermano, yo he venido a decirte, yo he venido a decirles que usted es conciudadano de la ciudad más importante a la cual se podría pertenecer, y que usted es miembro de la familia más grande que hay sobre esta tierra. “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino con ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios”. Son asuntos permanentes, asuntos concretos, asuntos muy deseados.
Si no lo ha visto usted, algún familiar le habrá dicho en algún momento el proceso que tenía buscando una ciudadanía americana. Y cuando un dominicano mira eso, el dominicano tiene un asunto muy particular, porque él, por más dominicano, puede tener otra, pero dominicano él donde quiera que vaya. Pero cuando le dan la ciudadanía, celebran, porque esa ciudadanía le abre a un mar de nuevas posibilidades. Ser ciudadano de determinada nación sobre esta tierra te abre a nuevas posibilidades. Me decía alguien a mí: “Yo estoy tratando ahora de hacerme ciudadano de este país donde estoy viviendo, porque con este pasaporte puedes entrar a tantos otros países de esta tierra. El dominicano solamente puede entrar a tantos países; este puede al doble”.
Hermano, la ciudadanía en un país te coloca en el carril correcto para recibir los privilegios. Ay, si alguien aquí está hoy congregado y está del “así que” hacia atrás, que entienda que los privilegios de esta ciudad no son para los extranjeros, son para los conciudadanos de los santos; que los privilegios de esta familia no son para todo el mundo, que son para los que son miembros de la familia del Señor. Les he mostrado primero los asuntos generales, voy ahora a los asuntos específicos. A modo general, son asuntos permanentes, son asuntos concretos, no subjetivos. Usted me puede decir: “Ah, pero es que yo como que me siento parte”. Esto no es un asunto de que usted se sienta parte; es que usted es parte.
Hay familias muy acogedoras, pero de miembro para allá, todo es advenedizo. Y tú me dices: “Pero nos criamos juntos”. Dios no tiene hijos de crianza. Hemos estado aquí siempre, pero no somos familia. Yo no quiero entristecerle, pero por amor a tu alma tengo que entristecerte, porque si no te entristeces es cuando vas a abrir tus brazos a caminar hacia el Señor. Tengo que entristecerte: estar cerca no es suficiente. Un judío estaba tan cerca que parecía que era parte del pueblo establecido. Tú puedes estar aquí; es una gran cosa que estés cerca, pero la buena nueva de paz se la anuncian a los que están cerca y a los que están lejos. Si hay alguien aquí que está hoy cerca del pueblo del Señor, estos privilegios son para ciudadanos, estos privilegios son para miembros de la familia. Hay cosas en el Señor en las que Él no se contradice.
Una vez le dijeron: “Ay, pero da un poco…”. “No, esto es para los hijos”. Hay cosas que una familia tiene que son para los hijos. Hay cosas que una ciudad tiene que son para sus conciudadanos. Quiero ahora, hermanos, pasar a lo específico. Son dos imágenes. ¿Cuáles son las características específicas?
La ciudadanía en el Reino de Dios
Lo primero, hermano, es que cuando les hablan de “ciudadano”, no piensen en la ciudad en el siglo XXI. Piensen qué mensaje habían recibido los lectores del apóstol Pablo cuando leyeron esto en el siglo I, porque lo que es una ciudad y un ciudadano al día de hoy no es lo que era una ciudad y un ciudadano en el siglo I. Tenemos que tener una perspectiva romana de la ciudadanía para entender esto. Él está hablando aquí de “conciudadanos”. El imperio grande era el imperio romano. Muchos de ellos que estaban leyendo la carta no eran ciudadanos romanos; eran extranjeros en el imperio romano y decían: “Pero yo vivo aquí dentro; ay, pero tú puedes estar en el imperio, porque este imperio es tan grande, pero tú no eres parte del imperio romano”.
Para ilustrar esto, hermano, quiero recordarles cuál era la situación del mismo apóstol Pablo y el valor que los romanos le atribuían a la ciudadanía. Es el libro de los Hechos, en el capítulo 22. Tengo que mostrarles esto, hermano, porque Pablo está hablando aquí de una ciudadanía en los términos que los hermanos en la ciudad de Éfeso entendían lo que era un ciudadano. ¿Qué era un ciudadano? ¿Cuál era la perspectiva de ellos? El apóstol Pablo estaba predicando y sucedió lo siguiente:
Y le oyeron hasta esta palabra; entonces alzaron la voz, diciendo: Quita de la tierra a tal hombre, porque no conviene que viva. Y como ellos gritaban, y arrojaban sus ropas, y lanzaban polvo al aire, mandó el tribuno que le metiesen en la fortaleza, y ordenó que fuese examinado con azotes, para saber por qué causa clamaban así contra él. Pero cuando le ataron con correas, Pablo dijo al centurión que estaba presente: ¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano sin haber sido condenado? Cuando el centurión oyó esto, fue y dio aviso al tribuno, diciendo: ¿Qué vas a hacer? Porque este hombre es ciudadano romano. Vino el tribuno y le dijo: Dime, ¿eres tú ciudadano romano? Él dijo: Sí. Respondió el tribuno: Yo con una gran suma adquirí esta ciudadanía. Entonces Pablo dijo: Pero yo lo soy de nacimiento. Así que, luego se apartaron de él los que le iban a dar tormento, y aun el tribuno, al saber que era ciudadano romano, también tuvo temor por haberle atado.
— Hechos 22:22-29
Hermano, eso era la ciudadanía en el siglo I. Y Pablo está diciéndoles a sus hermanos: “Así que ya ustedes no son ni extranjeros ni advenedizos, sino con ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios”. Hermano, ser ciudadano en el pueblo del Señor nos coloca a nosotros en una posición exclusiva, extraordinaria, para recibir enormes privilegios. Lo primero: una esfera de protección.
Mire, a un ciudadano romano no se le podía poner la mano. Era un ciudadano. Y el que no era ciudadano pasaba según la ley romana, y según la ley romana, estaba en una esfera de desprotección. Si usted es ciudadano, cuidamos de usted. Esta ciudadanía era un asunto codiciable. Decían: “¿Cuánto te costó la tuya?”. ¿Cómo se obtenía la ciudadanía del imperio romano? Dos vías: o por dinero o por méritos. Usted tenía que haber luchado una guerra y ganarla y demostrar su contribución, y después quizá, por mérito, le iban a dar la ciudadanía. Hermano, ¿cómo nosotros hemos conseguido esta ciudadanía? Exclusivamente por los méritos de Cristo. Somos salvos por gracia, dice la escritura, hermano, no por méritos propios.
¿Qué derecho tenía un ciudadano romano? Un ciudadano podía apelar al gobernante, y el gobernante tenía que oírlo. En otro momento apresaron al mismo apóstol Pablo, él dijo: “Apelo al César”, y hubo que llevárselo para Roma. Usted dice: “¿Pero por qué hay que llevárselo a Roma?”. Porque es ciudadano romano. Entienda entonces: usted no entiende el asunto si usted pertenece a otro pueblo, pero si usted es romano y usted apela al César, el César le escucha. Hermano, ay, si tú eres conciudadano de los santos, este Padre, este Señor que te recibió con los brazos abiertos es el mismo que te escucha. Por eso dice la escritura que nuestras oraciones, hermanos, son respondidas; tenemos libre acceso a la presencia del Señor. Pablo dijo: “Apelo al César”, hermano, y se lo llevaron escoltado en un barco.
¿Qué tenemos nosotros, hermanos, como conciudadanos de los santos? Que nuestro gobernante, nuestro Señor, nos oye. El poder de la oración de los santos, hermano: somos ciudadanos del reino del Señor y nuestro Señor nos escucha. Gloria al Señor. Así que recuerden: estoy hablándole del “así que” hacia adelante. “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino con ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios”. Hablemos bien de la ciudad. Si te hablo de la ciudad hoy, te digo: “Bueno, yo conozco Santiago, conozco Bonao, conozco Santo Domingo”. Una ciudad en el mundo antiguo era un territorio delimitado, y ser miembro de una ciudad, tener la ciudadanía, los ciudadanos eran solamente los hombres libres.
Usted podía estar dentro de la ciudad, pero si era esclavo, usted no era ciudadano. O sea, usted vivía ahí, estaba cerca de ellos, pero el ciudadano era el hombre libre, y estos que eran libres tenían acceso a cosas que el que no era parte de la ciudad no tenía. Usted dice: “Porque yo nací en esta ciudad”. Hoy, si usted nace aquí, usted es de aquí. En aquel momento, si usted nacía, dependía de la condición de los padres que le habían dado a usted ese derecho. Los ciudadanos, por ejemplo, tenían también el privilegio de vestir una toga. “Ah, yo no soy ciudadano”. No podía tener esa vestidura. Había unos códigos especiales.
Aquí yo quiero, hermano, dar también un poco de gracia. Digo “doy gracias” porque cuando te desencanto te quiero provocar. Yo, cuando te digo que no lo eres, es para que apeles a la misericordia del Señor. Las ciudades tenían sus códigos para decirle al extranjero que era extranjero. Y también quisiera mostrarle que ser extranjero en el siglo I no era como ser extranjero el día de hoy. Al día de hoy, un extranjero es un turista, y un turista es bienvenido en los lugares. A un turista lo tratan mejor que a un conciudadano al día de hoy. En el siglo I, un extranjero tenía una posición muy vulnerable. Yo estoy habitando entre personas que tienen derecho, yo no tengo derecho. Yo estoy por aquí pasando, yo no soy parte de ellos. Ser extranjero en el siglo I era un asunto muy peligroso, nadie quería ser extranjero. Al día de hoy, como les digo, al día de hoy, un extranjero… estamos en otro tiempo. Hoy es celebrado; anteriormente era perseguido.
Tienen que tener los códigos necesarios para reconocer cuáles son sus miembros y conciudadanos, y que las personas sientan que son extranjeros. Y usted me dice: “¿Qué tan alta debería ser la frontera de una iglesia?”. Lo suficientemente alta para que una persona que no es parte de ella se sienta un extranjero. Y si no es así, hermano, una iglesia no está amando, está dañando. El peor escenario es cuando usted está entre personas que le dan un trato como si usted fuera parte, y usted no es parte. Ay, amigo que está aquí presente, lo que queremos es que tú lo seas. Una iglesia debería tener los mecanismos necesarios. ¿Cuántos metros de altura le damos a la frontera de la iglesia?
Lo suficientemente alta para que cuando usted esté en medio de nosotros se sienta cómodo, pero diga: “¿Y dónde…? ¿Cuándo busco la ciudadanía? ¿Cómo uno se inscribe? Porque yo no me siento parte”. Una iglesia debe tener los códigos necesarios para saber quiénes son sus conciudadanos. Un problema contemporáneo son las iglesias multitud, o diversas “iglesias multitud”, donde las personas van allá y, por el simple hecho de estar presentes, ya les dicen que son parte. Ay, amigo que estás aquí hoy, tú eres nuestro huésped, eres bienvenido. No queremos que te vayas; lo que queremos es que seas ciudadano de los santos. No queremos que te vayas, lo que queremos es que seas parte de nosotros. Hermanos queridos, tenemos que asegurarnos de que sepamos quiénes son los conciudadanos y quiénes son los extranjeros también, para que el extranjero diga: “Guau, pero es que yo quisiera tener lo que ustedes tienen; yo quisiera tener el derecho que ustedes tienen. Yo quisiera decir ‘apelo al César’ y que el César me reciba”.
Amigo querido que estás aquí presente, cuando te desestimo, cuando te digo lo que no eres, lo que te provoco es que apeles a la misericordia del Señor. Dice, asimismo, nuestro Señor Jesucristo que todo lo que el Padre le ha dado vendrá a Él, y al que viene a Él no le echa fuera. Fronteras definidas. Quisiera mostrarle a mi iglesia el privilegio que tenemos, primero por ser una ciudad. ¿Qué particularidad tenemos nosotros como ciudad? Miren, cada ciudad tiene su asunto característico.
La ciudad santa y su distintivo: santidad
Cuando usted es extranjero, usted es turista y llega a una ciudad, usted pregunta: “¿Qué es lo icónico en esta ciudad? ¿Qué es lo que la define?”. Hay ciudades que son definidas por su historia. Algunos dicen: “Nosotros somos una ciudad colonial”. Hay como cinco de esas en Latinoamérica, y todas tienen las mismas primicias. Uno va por la Zona Colonial de Santo Domingo, dice: “Primada de América”. Vaya por el Viejo San Juan, le va a decir lo mismo, Antigua Guatemala igual. Pero hay ciudades que son definidas por su historia: son ciudades que tienen mucha historia. Donde uno dice: “Somos una ciudad colonial”. ¡Wow! Hay ciudades que son definidas por su arquitectura. Y cuando usted las visita: “Guau, qué edificios”. Panamá, por ejemplo, es reconocida por tener grandes edificios, grandes edificios.
Hay ciudades que se definen por su alegría. Estos “rankings” que se hacen de cuáles son las ciudades más felices: “Guau, ellos son gente alegre, gente…”. Eso es lo que les define. Hay ciudades que son muy cultas, donde florecen las letras. Hay ciudades que tienen mucha gastronomía. Entonces, ¿sabe, hermano, cuál es la definición que tenemos nosotros como pueblo? ¿Cuál es nuestro ícono, la marca ciudad del pueblo del Señor? Es que somos un pueblo santo. Hermano, dice la escritura que somos “conciudadanos de los santos”. La característica distintiva de nosotros como pueblo del Señor es que somos un pueblo santo. Podemos decir, hermanos, que somos también un pueblo alegre, también podemos decir que somos un pueblo culto, también podemos decir, hermanos, que somos un pueblo muy acogedor, pero hay una característica que a nosotros no nos debe faltar como ciudad: lo que define la santa ciudad del Señor es eso, que somos una ciudad santa para el Señor, somos un pueblo santo.
Primera de las figuras: he estado mostrando que la iglesia es una gran ciudad a la cual pertenecer. Y si usted es parte de la iglesia del Señor, sienta el privilegio, sienta el privilegio de ser conciudadano de los santos y apele a los derechos que le da a usted tener una ciudadanía en el pueblo celestial. Quiero mostrarles la segunda figura. Primero, la iglesia como una ciudad. Pero también él dice: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino con ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios”.
Y si aquí hay advenedizos, si es que hay gente que está en tránsito, si hay transeúntes entre el pueblo del Señor, nosotros queremos que usted se quede. Pero esto no es un asunto de mi deseo, esto es un asunto formal. Es entender cuál es su necesidad de Dios, es permitir que el Espíritu Santo le lleve al Padre y restablecer su relación con Dios. Primera imagen, primera figura: nosotros somos una gran ciudad para pertenecer. ¿La segunda cuál es? También somos una gran familia. Y aguánteme aquí, hermano. Se ha difundido la idea de que cuando uno dice “la iglesia es una familia”, eso es un asunto como de sentimiento, como “guau, qué iglesia más unida, qué iglesia más bonita”. Queremos ser una iglesia unida, queremos ser una iglesia bonita, pero nosotros somos una familia, no principalmente porque nos llevemos bien entre nosotros. Somos familia principalmente porque somos hijos de Dios. Esto marca toda una diferencia. De nuevo le digo, hermano: queremos sentirnos bien como iglesia, queremos ser una iglesia cariñosa, queremos ser una iglesia afectiva, pero sobre todo queremos ser una iglesia que tiene un mismo Padre.
Y yo he estado entre iglesias que no son las iglesias más afectivas del mundo, pero son hermanos. ¿Y usted sabe por qué? Porque tienen un mismo Padre. Nosotros somos miembros de la familia de Dios porque tenemos a Dios como Padre. Nuestra posición de hijos nos da la constitución como familia. Somos una gran familia, hermano. ¿Cuál es la perspectiva romana de familia? Que ahí hay otro problema. Entre los romanos, ser padre e hijo te daba una profunda identificación, a un punto tal que donde estaba el hijo, todo el padre lo entendía así. En el mundo antiguo no había esta diferenciación que al día de hoy, como que cada quien es responsable. Cuando el hijo iba, representaba bien al padre, y cuando el padre iba, representaba bien a todos sus hijos.
Y había algo más entre ellos, y es que los hijos —no los huérfanos, no todo el de la casa, sino los hijos— tenían derecho a la herencia. Hermano, si usted es conciudadano de los santos, usted tiene enormes privilegios, y si usted es miembro de la familia de Dios, usted tiene en Él una gran herencia, un derecho, hermano, una potestad.
La familia de Dios y la herencia de los hijos
¿Cómo se aplica esto a la iglesia, hermano? Una iglesia no es solamente una multitud reunida. Y qué bueno cuando las multitudes se reúnen. Una iglesia no es solamente una congregación, una iglesia está constituida por personas que tienen en Cristo la misma relación: todos somos hijos de Dios. ¿Y qué pasa con aquellos que todavía no han recibido a Cristo? Dice, asimismo, el evangelio de Juan —y predicamos de esto recientemente— que una cosa es ser criatura y otra cosa es ser hijo. La iglesia del Señor no está compuesta por todos los hombres. La iglesia del Señor está compuesta por aquellos hombres que han recibido en Cristo el derecho, la autoridad de ser ellos hijos de Dios.
Pero sí, es cierto, una iglesia tiene cariño y una iglesia tiene afinidad, pero sobre todo tenemos una relación que es la misma con el Padre. Quiero animar a mi iglesia. Miren, en nueve años, algunos hemos estado más cerca, otros un tanto más lejos. Yo quisiera llevarles hoy a que tengan esta convicción: si somos familia, tenemos que cultivar la familiaridad del amor. El amor, hermano, ese amor se cultiva. Pero, ante cualquier cosa, nosotros tenemos algo que ninguno se lo puede negar al otro, y es que somos hijos de un mismo Padre, entonces nosotros somos hermanos. Eso no es algo que tú sientas, hermano; es algo de lo que tú eres. “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino con ciudadanos de los santos y miembros de la familia del Señor”.
Cuando me habló de la ciudad, coronó el texto diciendo que es una ciudad santa. Cuando nos habló de una familia, coronó el texto diciendo cuál es el patriarca de esta familia. Y la realidad, hermano, es que hay familias y hay familias. Hay familias que cuando llega un miembro a esa familia, por el apellido: “Ah, ese es de los…”. Por el nombre que tiene. Hay otras familias, hermano, y nosotros somos la familia de Dios. El enorme privilegio que nosotros tenemos es que nosotros podemos ser una congregación que tenga una característica o su otra, hermano, pero hay un derecho que nadie nos puede quitar a nosotros: el derecho de que nosotros también somos parte de la familia del Señor. Eso es motivo de celebración. Hermanos, es motivo de regocijo.
Es una razón para nosotros sentir un orgullo del bueno, porque esta cosa produce una profunda satisfacción, y una razón también para dar testimonio. Quiero terminar con lo siguiente:
Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino con ciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.
— Efesios 2:19
Ser parte de una familia es determinante para tu bienestar. La iglesia es una familia. Dios espera que tú seas parte de una familia. Es primero un asunto legal, pero también un asunto que se cultiva. Quiero terminar apelando a extranjeros y advenedizos. Amigos que están aquí hoy presentes: el pueblo del Señor es un pueblo muy acogedor. La ciudad de Dios, la familia de Dios, es una familia muy acogedora. Esta ciudad es una ciudad que tiene los brazos abiertos.
Llamado a dejar de ser visitante y pasar a pertenecer
Pero por mucho que nosotros podamos amarte como iglesia, nosotros no podemos integrarte a la iglesia del Señor. Nosotros, como iglesia, podemos cargarte, nosotros como iglesia podemos buscarte, nosotros como iglesia podemos atenderte, pero nosotros no tenemos la potestad de darte este derecho: el derecho de ser hijo. Si aquí hay alguien que ha estado aquí congregado y ha estado entre el pueblo del Señor, ha estado cerca del pueblo del Señor, ha estado entre la familia del Señor, ha estado entre los hermanos, pero todavía no lo es, he estado trabajando en esta porción de la escritura para enseñarte cuál es tu verdadera realidad, tu verdadera condición, pero sobre todo para estimularte a que apeles a los méritos de Cristo, a que te dejes guiar por el Espíritu Santo y a que restablezcas tu relación con el Padre.
Le pido a la iglesia que me ayude a orar, y cualquier persona que está aquí hoy presente. Alguien se acercó para decir que quiere dejar de visitar. Gloria al Señor. Nunca te vamos a decir que dejes de venir; nunca queremos que dejes de venir. Queremos que vengas, queremos tener advenedizos aquí, queremos tener extranjeros aquí, pero queremos que sean miembros y ciudadanos. Si hay alguien hoy aquí que ha estado congregado entre la ciudad de Dios, entre la familia de Dios, pero todavía no es parte de nosotros, es un buen momento para poner en el Señor tu confianza. Dice la escritura, en el evangelio de Juan:
A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.
— Juan 1:11-12
Como le expliqué en el versículo 18, esto es hasta cierto punto un misterio. El Espíritu Santo sopla de donde quiere y va a donde quiere ir, pero todo creyente sabe que el Espíritu Santo le ha llamado, que ha sentido el toque del Señor. Si alguien ha estado aquí hoy congregado y ha sentido el llamado del Señor, la persuasión del Señor, la invitación calurosa a dejar de congregarse y comenzar a pertenecer, qué hermoso sería que, celebrando el noveno año de nuestra iglesia, tengamos el recuerdo de que ese mismo día tú dejaste de visitar y comenzaste a pertenecer. Será un gusto recibirte en nuestra iglesia. Pero nosotros no podemos hacerlo. El Espíritu Santo es quien convence. Si has sentido convicción de pecado, si has sido sensible a la voz del Señor, yo puedo decirte que dice la escritura:
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
No hay un estándar para hacerlo. Ahora, todo miembro de una familia sabe que es parte. Todo ciudadano sabe que es parte. Hay una oración que marca la diferencia. No hay una plantilla para hacerlo. Hace falta sinceridad, hace falta la intención de hacerlo, de pertenecer. Pero puedes decirle al Señor con tus palabras: “Señor, te pido que perdones mis pecados. Yo he estado lejos, o he estado cerca, pero no soy parte, y yo quiero pertenecer a tu pueblo”. Dile al Señor ahí: “Perdona mis pecados.
Acéptame en tu ciudad, recíbeme en tu familia. Yo no solamente quiero congregarme, no solamente quiero visitar al pueblo, yo quiero ser parte de este pueblo”. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Dice la escritura que todo lo que el Padre le ha dado vendrá a Él y que al que a Él viene, Él no le echa fuera. Doy un momento para que cualquier persona que esté aquí hoy congregada y no tenga la seguridad de su salvación, no tenga la certeza de que es parte de esta ciudad, no tenga la convicción de que es parte de este pueblo, pueda orar ahí con el Señor, confesar sus pecados, recibir a Cristo. Recibir a Cristo es reconocer que Él es quien dijo que era, que hará lo que dijo que haría, que tiene el lugar que le corresponde como Señor personal de toda alma.
Si alguien hoy aquí ha puesto en el Señor su confianza, bienvenido a la familia. Bienvenido a la ciudad.