Que preparen nuestros corazones, Señor Jesucristo, bendito y alabado seas, oh Dios. Gracias te damos, Señor, porque estamos una vez más reunidos en torno a ti, Señor. Rogamos que el Espíritu Santo esté en medio nuestro, que sea guiándonos y controlándonos, oh Dios, en este tiempo para tener un entendimiento y un discernimiento cabal de lo que es la revelación que está contenida aquí en tu palabra, Señor.
Permítenos, Señor Jesús, gozarnos en que en esta época del año, la época navideña, nosotros podamos tener una comprensión profunda, acabada, de lo que verdaderamente significa la Navidad para el creyente. Yo te ruego, mi Dios, que seas tú con nosotros, que seas tú hablando a través de mí, Señor, y que podamos verte a ti en todo esto, Señor, para que al final podamos entender, oh Dios, el mayor regalo que hemos tenido. Que desde entonces podamos entender, oh Dios, cuál es la implicación del más grande acontecimiento que ha tenido la historia de la humanidad, que es tu encarnación.
Guíanos, oh Señor Jesús, en este tiempo y que al final nosotros seamos edificados, seamos redargüidos por si acaso estamos caminando en una dirección contraria. Pero sobre todo, oh Dios, que tu nombre sea glorificado y exaltado. Te pedimos todo esto en el nombre poderoso y santo de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
Bien, “La encarnación: Navidad con entendimiento”, segunda parte. Debo decir que el tema de hoy, vamos a estar gozando lo que es la encarnación. Es un tema doctrinal, es un sermón doctrinal. De hecho, es una de las doctrinas fundamentales del cristianismo: la encarnación, que no es otra cosa que nuestro Señor Jesucristo haciéndose hombre aquí en la tierra.
Navidad secuestrada y recuperación del verdadero motivo
Vamos a leer un poquito la introducción que ustedes tienen en sus programas. Dice: el mundo ha tomado esta época del año como una temporada de celebraciones, compartir con familiares y amigos, intercambio de regalos, tal como decía nuestro pastor. En esencia, todas esas cosas no es que están mal. El asunto es que lo hacen bajo una perspectiva incorrecta, perdiendo de vista cuál es el fundamento y el verdadero motivo de gozo y celebración de esta época, que no es otro que la llegada de nuestro Señor Jesucristo a la tierra.
El mundo da regalos, celebra, hace celebraciones y todo lo demás, dejando de lado, olvidándose totalmente de que el verdadero significado de la Navidad es la llegada de nuestro Señor Jesucristo. Eso es lo que nosotros celebramos en Navidad. Podemos decir que el mundo, en cierta manera, ha cuasi secuestrado la Navidad. Así como el Grinch, el mundo la ha tomado para sí y ha tratado de desvirtuarla, llevándola hacia otro lado.
El pueblo de Dios debe marcar la diferencia, enfatizando y mostrándole al mundo que la razón principal de la celebración de esta época del año está determinada en el acontecimiento de la encarnación de Dios por medio de Jesucristo. Dios se hizo hombre, lo cual es el más maravilloso y sublime acontecimiento acontecido en el mundo. Miren, la encarnación, vamos a estar mirando que fue un hecho milagroso, un hecho en el cual la Trinidad obró por completo para que eso tuviera lugar.
Esbozaremos en esta mañana, de manera sintética, la doctrina de la encarnación, el propósito de esta y sus implicaciones, de manera que nos permita tener una comprensión adecuada de la misma, y que con ello nos regocijemos en gran manera en esta época del año, por la bendición que representa la encarnación para la vida de cada creyente. Y que, por tanto, nuestra celebración de la Navidad sea con entendimiento.
Texto base y recapitulación del sermón anterior
Volvamos al texto original de la semana pasada, capítulo 1 del Evangelio de Juan, versículo 14.
Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
— Juan 1:14
Miren, el propósito de este mensaje es mostrar la doctrina de la encarnación, una doctrina que es fundamental para el creyente, porque tal como nos dice el apóstol Juan en Primera de Juan, capítulo 4, versículos 2 y 3, aquel que tiene el Espíritu confiesa que Jesús ha venido en carne; y, por el contrario, aquellos que niegan que Jesús ha venido en carne, el espíritu que habita en ellos es el del anticristo. Esto es algo que, por tanto, es de carácter imprescindible: que todo aquel que confiese a Cristo conozca esta doctrina, que conozcamos cuáles son sus implicaciones.
Su propósito fundamental no es otro que Dios hacerse hombre para sacrificar su vida en la cruz por nosotros, y que por medio de Él podamos obtener la salvación eterna, manifestada en la gracia que el Padre nos ha dado en ese acontecimiento. El plan de salvación inicia con la encarnación, con la venida de Dios aquí a la tierra. Definitivamente, en el desarrollo del tema vamos a estar mirando que no solamente la encarnación debemos verla desde su inicio, por así decirlo, que es la llegada de nuestro Señor Jesucristo por medio de un niño a través de María, sino que la misma encarnación nos lleva a la cruz.
Vamos a ver que no habría muerte expiatoria de Jesucristo en la cruz si antes, previamente, no hubo la encarnación. Bien, de manera rápida vamos a dar una pequeña recapitulación de lo que fue el sermón de nuestro pastor la semana pasada, donde él esbozó algunos temas que nos van a introducir aquí. En el sermón anterior, nuestro pastor esbozó tres cosas: primero, quién era el que había nacido, en Juan capítulo 1. ¿Quién era el que había nacido? Jesucristo. ¿Y quién es Jesucristo? El que era desde el principio, el que siempre ha estado. ¿Quién fue el que nació? El que es eterno desde el principio, el creador del tiempo, el creador del espacio, el creador del universo, el que por medio de Él todas las cosas fueron hechas.
En su nacimiento, ¿qué fue lo que ocurrió? Que Dios se hizo hombre. Lo segundo que vimos en el sermón pasado fue el contexto de su nacimiento. Primero, que la humanidad estaba perdida en oscuridad; dice que el pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz. Segundo, que a lo suyo vino y los suyos no le recibieron, que fue rechazado por su propio pueblo. Y lo tercero, que pudimos verlo en la escuela dominical esta mañana: que fue anunciado por Juan el Bautista, quién fue, y el contexto. Y lo tercero que pudimos ver en el sermón fue su propósito: salvación universal, la vida plena que tenemos en Cristo y que podamos conocer a Dios.
De hecho, el Verbo no es otra cosa que la representación: es la palabra, es la manera en la que Dios se revela en su máxima expresión al hombre. Por eso el apóstol Juan utiliza ese término del Verbo, es decir, la palabra, la máxima representación, la máxima manifestación de Dios aquí en la tierra. Y fue en la persona de nuestro Señor Jesucristo.
Definición de encarnación y su carácter milagroso
Entramos en materia. Bien, definición de encarnación. “Encarnación” no es un término bíblico, ustedes no van a encontrar “encarnación” como tal, sino “en carne” y otras expresiones. Eso no significa otra cosa que hacerse hombre, adquirir forma humana. La encarnación es el evento en el cual la segunda persona de la Trinidad, Jesús, la Palabra como le dice Juan, es hecha carne para habitar entre nosotros. Es el acto por el cual el Hijo de Dios se revistió voluntariamente de un cuerpo humano y de una naturaleza humana.
Por tanto, la encarnación de Jesucristo es el punto culminante de las manifestaciones de la gloria y la gracia de Dios en este mundo. No habrá nunca una manifestación más gloriosa, ni ha habido una manifestación más gloriosa en la humanidad que la persona de Jesucristo. Evidentemente, nosotros estamos esperando una manifestación extraordinariamente gloriosa, pero será cuando Él venga por su iglesia por segunda vez a establecer su reino. Pero hasta ahora, hasta este momento, no ha habido otra sino en la personificación de nuestro Señor Jesucristo.
Tal como decía el escritor John Stott, aquellos que tuvimos la oportunidad de participar en el curso de “Cristianismo básico”, en el cual allí él esboza que Dios toma la iniciativa. Dios toma la iniciativa para acercarse al hombre, para salvar al hombre. En la encarnación podemos evidenciar eso: que Dios toma la iniciativa para acercarse al hombre que estaba aislado a causa de su pecado.
Para poder reconciliarnos con Él, para poder salvarnos. Y con ello podemos ver de manera inequívoca una de las características que conforman el carácter de Dios, y no es otra que su amor. El hecho de que nuestro Señor Jesucristo viniera aquí, enviado por el Padre, a hacerse hombre y, tal como les decía hace unos minutos, para una vez encarnado llegar hasta la cruz y morir por nosotros, no es otra cosa que una extraordinaria y sublime demostración del amor de Dios a nuestra vida.
Ahora vamos a ver algunas generalidades de lo que es la encarnación. Primero: la encarnación fue un milagro, un milagro. Vámonos al Evangelio de Lucas, capítulo 1. Leeremos los versículos del 30 al 35.
Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios.
— Lucas 1:30-35
Milagroso. Primeramente fue profetizado por los profetas, e inclusive en los salmos podemos ver evidencia de ese nacimiento por medio de algunos salmos escritos por David. Fue profetizado, pero más aún: el milagro aquí empieza en que fue anunciado por un ángel directamente a María. Hablábamos en la escuela dominical esta mañana lo grande que debió haber sido para Zacarías, mientras él estaba ministrando allí en el templo, que se le apareciera un ángel para anunciarle el nacimiento de su hijo Juan. Digo, el Señor no está enviando ángeles para que hablen directamente con uno a cada rato. El hecho de que se le presente a usted un ángel y le dé un mensaje directo de Dios ya eso es algo milagroso.
Seguimos. Humanamente hablando, es totalmente imposible que alguien pueda concebir siendo virgen, sin contacto de ayuntamiento carnal. Imposible. Aquí está el extraordinario milagro. El versículo 35 dice, respondiendo el ángel: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti”. Oigan, engendrado por el Espíritu Santo, único en la historia. “Y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”, el poder del Padre. “Por lo cual también el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios”. Poder del Altísimo, engendrado por el Espíritu Santo, que nacerá y será llamado Hijo de Dios. Algo extremadamente milagroso, sorprendente. Ni antes ni desde entonces nadie puede decir ni comprobar que haya habido un nacimiento bajo tales condiciones.
Citando a C. S. Lewis, el escritor de “Las crónicas de Narnia”, uno de los pensadores cristianos más lúcidos que tuvo el siglo XX, dice: “El milagro central afirmado por el cristianismo es la encarnación. La afirmación es que Dios se hizo hombre. Cada uno de los demás milagros son una preparación para este, lo señalan, o son su consecuencia”.
La encarnación y el mayor milagro: la salvación
Miren, adelantándome un poquito, dentro de lo que es el propósito de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo es que nosotros podamos obtener la salvación. Y al nosotros tener la salvación, ese es el milagro más grande que puede tener el ser humano. ¿Por qué? Porque usted no puede hacer nada para obtenerla. El hecho de que el Señor lo haya escogido a usted para salvación es un gran y extremadamente extraordinario milagro. La salvación es eso, un milagro, y se inicia con la concepción virginal de nuestro Señor, hasta que Él vaya a la cruz.
Por tal razón tiene sentido lo que dice C. S. Lewis, de que todos los demás milagros son consecuencia de este. Entonces, nacimiento virginal, obra del Espíritu Santo, algo sobrenatural, algo milagroso. Otra generalidad que tenemos acerca de la encarnación: nuestro Señor Jesucristo se humilla al encarnarse. Vámonos a Filipenses 2, versículos del 6 al 8.
El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
— Filipenses 2:6-8
Quiero citar nueva vez, para ilustrar este sermón, una ilustración que hizo Charles Spurgeon en uno de sus sermones navideños. Miren lo que dice el hermano Spurgeon: “¿Acaso nunca has visto la profundidad del amor que había en el corazón de Jehová cuando Dios el Padre equipó a su Hijo para la grandiosa empresa de su misericordia? Si pudiéramos concebir una pena en el cielo, debe de haber sido el día más triste cuando el Hijo del Altísimo dejó el seno de su Padre, donde había descansado desde antes de todos los mundos. Dijo el Padre, con la bendición de tu Padre sobre tu cabeza”.
Luego viene el despojarse de sus vestidos. “Cómo se reúnen los ángeles alrededor para ver al Hijo de Dios quitarse sus vestiduras. Puso a un lado su corona. Dijo: Padre mío, yo soy Señor de todo, bendito por siempre, pero voy a poner mi corona a un lado y voy a ser como los hombres mortales”. Se despoja de su brillante vestimenta de gloria. “Padre, voy a ponerme un vestido de barro, justo el mismo que usan los hombres”. Luego se quita todas esas joyas con las que era glorificado, hace a un lado sus mantos bordados de estrellas y sus túnicas de luz, para vestirse con simples ropas del campesino de Galilea. “¡Cuán solemne debe de haber sido este desvertirse!”.
Miren, J. C. Ryle dice lo siguiente: Jesucristo ha sido el único que ha nacido como Rey. Humanamente hablando, nadie nace como rey; usted nace siendo príncipe, o si usted nace sin ser nada, es en su adultez o en su adolescencia que usted viene a ser rey. En el caso de nuestro Señor Jesucristo, Él nació siendo Rey.
Pero, más aún, después de esta descripción tan vívida, tan acertada, tan sublime que hace el pastor Spurgeon acerca de lo que fue la humillación de nuestro Señor Jesucristo, la humildad con la que Él obedeció a su Padre, porque el Padre es el que lo manda, ¿ustedes saben qué lugar fue el que recibió nuestro Señor Jesucristo cuando vino al mundo? Fue un pesebre. Y yo hace unos años les prediqué y les dije: ¿ustedes saben lo que es un pesebre? Es un abrevadero de animales. Ahí fue que nació el Rey del universo, en un abrevadero de animales, rodeado de animales de granja.
Después que Él todo el tiempo había estado eternamente rodeado de la corte celestial, con toda su divinidad, con toda su majestad, se hace hombre en un pesebre, rodeado de animales de granja, en un lugar, no creo que muy salubre, para el recibimiento de un niño. Pero ahí está, de que la encarnación no solamente fue algo milagroso, sino también de que podemos ver la humildad con que nuestro Señor Jesucristo viene aquí al mundo.
Da pena cómo muchos líderes cristianos hoy en día, los del mundo no tengo por qué mencionarlos porque no conocen al Señor Jesucristo y, por consiguiente, su entendimiento está entenebrecido y actúan como quieran, pero líderes que conocen esto, en vez de mantener un carácter y mostrar un carácter de humildad, es todo lo contrario: se manejan con arrogancia, se manejan con soberbia, se manejan con orgullo. Sin embargo, el Señor del universo, en su encarnación, para favorecernos a nosotros, a ellos mismos tal vez, viene a esta tierra a encarnarse, a hacerse hombre de una manera humilde.
Y, tal como lo dice el apóstol Pablo en la carta a los Filipenses, se humilló hasta lo sumo, hasta tener una muerte ignominiosa, que es la muerte en la cruz. En virtud de todo esto, cabe destacar que la Trinidad completa, el Dios trino, actúa en la encarnación. Primero, el Padre pidiéndole al Hijo que venga a la tierra. El Padre ya había diseñado un plan de salvación para nosotros, para de esta manera cumplir un nuevo pacto a través de Jesucristo con los hombres, es decir, fue enviado por el Padre.
La acción de la Trinidad en la encarnación
En el libro del profeta Joel dice que vendrán días en los cuales el Señor iba a derramar su Espíritu para darnos un corazón nuevo, un corazón de carne en lugar de un corazón de piedra, y que todos íbamos a saber y entender los designios de Jehová. Es decir, que ya Dios, antes de que Jesucristo viniera, había predestinado, había establecido un plan de salvación para el hombre.
El Espíritu Santo, dice aquí, el Padre es el que envía a nuestro Señor. El Espíritu Santo es el que engendra a nuestro Señor Jesucristo a través de María, el Espíritu Santo, la concepción virginal de María, y más adelante obrando con poder sobrenatural durante el ministerio de nuestro Señor Jesucristo, el mismo Espíritu Santo. Y, por último, el Hijo obedeciendo al Padre, viniendo a humillarse hasta la muerte como un sacrificio expiatorio para el perdón de nuestros pecados y la victoria sobre la muerte, porque Él no murió nada más ahí en la cruz y se quedó así. Fue levantado al tercer día y dice que la muerte no pudo vencerlo. Nuestro Señor Jesucristo tuvo victoria sobre la muerte, y a través de ella nosotros podemos tener la vida eterna gracias a Él. Gloria a Dios.
Tercer punto de las generalidades que quiero comentarles acerca de la encarnación, muy importante, presten atención: en la encarnación se evidencia que Jesucristo es Dios y hombre a la vez, Dios y hombre a la vez. Hay personas que no logran entender un poquito esto y se confunden. ¿Y cómo puede ser esto? ¿Cómo puede ser aquello? Vamos a ver, a través de la palabra, algunos aspectos de cómo se evidencia que Jesucristo ni se despojó de su divinidad. Pudo haberse despojado de su gran gloria, la gloria celestial, pero tal como nosotros leemos en el versículo de nuestro sermón, en el versículo 14 de Juan 1, dice: “Y vimos su gloria, gloria como la del unigénito del Padre”. Es decir, que en cierta manera su divinidad acompañó a nuestro Señor Jesucristo.
Y lo otro es que tampoco podemos decir que Él vino aquí como un espíritu, como algunos herejes desde los tiempos del apóstol Juan, que él combatió al principio cuando empezaban a gestarse los principios de la iglesia, que decían que no, que el Señor Jesucristo no había venido aquí como un hombre, sino que era como un espíritu que se movía, algo etéreo. El Señor es perfectamente hombre y perfectamente Dios.
Hombre, ¿para qué? Para ser solidario con la raza humana. Más adelante vamos a ver que Él se compadece de nosotros porque Él sufrió lo mismo que nosotros sufrimos, y por eso es que Él se compadece. Entonces, inmediatamente, como Él sufrió eso, Él se convierte en nuestro abogado, se convierte en nuestro sumo sacerdote, se convierte en nuestro mediador delante del Padre. Y se hace hombre también para representarnos ante el Padre.
Él es Dios porque es el único que tiene potestad para quitar los pecados. Recuérdense siempre las diatribas que Él tenía con los fariseos, porque decían: “¿Quién es este que puede perdonar pecados, si solamente Dios es el que tiene esa atribución?”. Él lo hacía porque Él era Dios. Y para crear a favor nuestro una nueva humanidad bajo el pacto de gracia con nuestro Señor Jesucristo. Cuando el Verbo se hizo carne, no abandonó su deidad, ni la redujo, ni la contuvo, ni tampoco lo contrario, ni tampoco dejó de ejercer las funciones divinas que Él tenía anteriormente.
Miren, yo quiero hacer una advertencia sobre esto, y es lo siguiente. Les hablaba de los dos extremos. Hay personas que minimizan la humanidad de Cristo y otros que minimizan su divinidad, su deidad. Aquellos que minimizan su humanidad son, como les acabo de decir, los que entienden que Jesucristo no vino en carne, sino que vino como un espíritu y se manifestó así, y que no hubo nada, que Jesucristo nunca fue hombre, que Él no podía adquirir la condición pecaminosa del cuerpo. Eso es lo que los gnósticos creían, y fueron muy combatidos por el apóstol Juan.
Si ustedes se ponen a leer las cartas de Juan, la primera, segunda y tercera carta de Juan versan sobre esa herejía que se estaba gestando en medio de la iglesia primitiva, que eran personas que entendían que nuestro Señor Jesucristo no había venido en carne. Por consiguiente, allí minimizan su humanidad. El otro extremo son aquellos que minimizan su divinidad, que ven al Señor Jesucristo pura y simplemente como una criatura, que Él no era Dios. En ese extremo están los arrianistas, que hoy en día tenemos la manifestación de los testigos de Jehová. Ellos entienden que nuestro Señor Jesucristo no es Dios y que Él vino a la tierra y fue como un hijo, no como Dios, es decir, minimizando su divinidad.
Por consiguiente, tenemos que estar claros en eso, y vamos a ver algunos puntos de cómo nuestro Señor Jesucristo era Dios cuando estuvo aquí en la tierra, pero que también fue hombre.
Jesús verdadero Dios y verdadero hombre
Jesús como Dios: en Él se manifiesta la gloria del Padre. Juan 1:14 dice: “Y vimos su gloria, gloria como la del unigénito del Padre”. Jesús como Dios es preexistente. Juan 1:1 dice: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Luego el apóstol Pablo, en su carta a los Colosenses, dice que por Él, para Él y por medio de Él fueron creadas todas las cosas. Preexistente.
Jesús como Dios penetró el pensamiento y el corazón de los hombres. Solamente un humano no puede hacer eso. Cuando Él le dice a Natanael: “Antes de que tú me vieras, yo te vi allí debajo de la higuera”, y por eso que Él dice: “Aquí hay un israelita en el cual no hay engaño”, un buen israelita, un israelita piadoso. Antes de que tú vinieras con esa aseveración, yo te vi y sabía lo que tú estabas pensando.
Jesús como Dios tenía poder sobre los demonios. Leímos esta semana que había unos hijos de un sacerdote que, parece que ellos vieron la expulsión de los demonios, la obra sobrenatural del Espíritu Santo, como una moda, y quisieron introducirse ahí. Y los demonios les dijeron: “Sí, conocemos al Señor Jesucristo y sabemos quién es Pablo, pero ustedes yo no los conozco”. ¿Y qué pasó con los demonios? Dice que salieron huyendo desnudos y golpeados. Sin embargo, nuestro Señor Jesucristo expulsó demonios, y los demonios decían: “Sabemos quién eres tú, que tú eres Jesucristo, el Hijo del Dios Altísimo, ¿qué tienes contra nosotros?”, cuando va a libertar al endemoniado gadareno.
Jesús como Dios obró milagros sobrenaturales: dio vista a los ciegos, destapó los oídos de los sordos, destrabó la lengua de los mudos, levantó a aquellos que estaban paralíticos, revivió a un hombre que tenía tres días de muerto. ¿Un humano puede hacer eso? No.
Jesús como Dios, los ángeles le sirvieron. Después de la tentación, cuando Él resiste la tentación, dice al final de eso: “Y ángeles vinieron y le sirvieron”. ¿A un hombre, en la Escritura, se data de que ángeles le hayan servido? No, solo a Dios. La única interacción que tienen los ángeles con los seres humanos es transmitirles un mensaje que Dios les da, y ha ocurrido de manera consistente así en el Antiguo y en el Nuevo Testamento también. Pero servirle, los ángeles sirven solo a Dios. Jesús era Dios.
Jesús como Dios permitió que le adoraran y que uno de sus discípulos le llamara Dios. ¿Ustedes se recuerdan la aseveración que dio Pedro ante una pregunta que le hizo Jesucristo? Cuando Jesucristo viene y dice: “¿Y ustedes quién dicen que yo soy?”. ¿Qué dijo Pedro? Dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. ¿Y qué le dijo el Señor? “Mira, no te lo ha revelado carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Y permitió que lo adoraran.
Hubo otras manifestaciones de ángeles en las que, cuando los hombres van a adorarlos, inclusive Pablo, que cuando va en el Espíritu predicando el Evangelio, van a adorarlo, y él dice: “No, no, no, no, no me adores, porque solamente a Dios es que tú debes de adorarle. Solo a Él servirás y solo a Él le temerás”, dice en el libro de Deuteronomio.
Ahora bien, Colosenses 2:9 dice: “Porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”. ¿Hay alguna duda de que Jesús haya sido Dios, aún encarnándose? ¿Hay alguna duda? ¿Ustedes tienen alguna duda? Las Escrituras están ahí.
Ahora vamos a ver que Él fue hombre también. Jesús como hombre tuvo hambre y sed. Después de Él durar sus cuarenta días en el desierto, dice que tuvo hambre, y fue eso motivación para que Satanás viniera a tentarlo. Jesús se fatigó. Cuando Él va a predicarle a la samaritana, Él se sienta, y Jesús estaba medio cansado, y se sienta ahí a descansar.
Jesús como hombre se airó de manera indignada cuando limpió la explanada del templo. De manera indignada, echó fuera, cogió un látigo, esparció todos esos maleantes que estaban ahí. Jesús como hombre experimentó la vergüenza y la humillación. ¿Ustedes saben una vergüenza más grande que estar expuesto delante del pueblo al lado de otro criminal, y que pidan la liberación del criminal y la condenación tuya? Vergüenza y humillación. Un criminal como Barrabás, probado, sin embargo Él recibió todo eso.
Jesús como hombre experimentó dolor y sufrimiento. Señores, su pasión: antes de Él llegar a la cruz ya había sido torturado, ya había sido flagelado, ya en su cabeza había sido puesta una corona de espinas. A veces, cuando uno está en un rosal y viene y se topa con una espinita, uno reacciona. Imagínense que le pongan a usted una corona de espinas en la cabeza. Experimentó dolor, lo sufrió.
Jesús como hombre sufrió agonía en el huerto de Getsemaní. Él sabía lo que le venía y le dijo: “Padre, si tú puedes pasar de mí esta copa, pero que no se haga como yo quiero, sino como tú”. La agonía de saber que iba a entregar su cuerpo por completo en la cruz, una muerte cruel. Jesús como hombre sufre agonía, esa incertidumbre de qué va a pasar. Y más aún, entendemos que Él sabía que, como iba a cargar con todos los pecados de la humanidad, se iba a separar del Padre por primera vez. Agonía al saber eso, Jesús como hombre.
Pero lo más importante de que Jesús como hombre, la enseñanza mayor que tenemos, es que experimentó la tentación, pero no pecó. Hebreos 4:15 dice:
Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.
— Hebreos 4:15
Habiendo vivido una vez encarnado en medio nuestro, fue sometido a todas las presiones, a todas las pasiones, a todas las necesidades de un ser humano, pero aún así, miren, aún Él siendo hombre muestra su divinidad, porque dice que no pecó, aun siendo tentado. No pecó.
El omnipresente, el que está en todas partes, se limitó en un cuerpo de un carpintero de Nazaret. Oigan eso: omnipresente, en todas partes, Dios, en el cuerpo de un carpintero en Nazaret. El omnisciente, el que todo lo sabe, tuvo que ir a la escuela de la sinagoga a aprender la ley. Y cuando uno de sus discípulos, que Él estaba hablando de las cosas que debían de ocurrir antes del fin, le preguntó: “¿Y cuándo será esto? ¿Cuándo es que tú vienes?”, Él dijo: “Mira, ni aún los ángeles del cielo saben el día ni la hora que eso va a ocurrir, sino solo mi Padre que está allá”. Pero Él era Dios, y ¿cómo es que Él no lo sabía?
El omnipotente, el que todo lo puede, el que multiplicó panes y peces, el que convirtió el agua en vino, padeció hambre y sed. El omnipotente padeció fatiga, flagelación, su crucifixión. Inclusive, cuando lo capturan en el huerto de Getsemaní y viene Pedro y toma la espada, y le corta la oreja a uno de los que venían a capturarlo, Él le dice: “Ven acá, ¿tú no crees que si yo no le dijera a mi Padre no mandaría legiones para librarme de esto? Sencillamente, con el poder de mi palabra, yo le digo: ‘Mira, Padre, yo estoy aquí en apuro, ven’”. ¿Tú no crees? Se lo dice a Pedro, porque Pedro no estaba entendiendo. Pedro no entendía cómo es posible que este hombre va a ir para la cruz, y tal vez él entendía que iba a ser un reino terrenal y, por tanto, utilizó la fuerza. Jesús le dice: “No es así que yo funciono”.
El omnipresente, el omnipotente, el Santo de Israel, porque Él es el Santo de Israel, fue tentado en todo, pero sin pecado. En síntesis, Cristo se identifica plenamente con el género humano y, al mismo tiempo, conserva su perfecta divinidad durante su permanencia en el mundo.
Vamos a ver otra serie de generalidades de la encarnación: ¿para qué Cristo se encarnó? ¿Para qué? Primero: para cumplir las profecías. Lucas 4:17-21 dice:
Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.
— Lucas 4:17-21
Me imagino una mirada acusatoria, todo el mundo con los ojos clavados que parecían espadas. Y Él comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido esta escritura delante de vosotros”. ¿Acaso el Señor no hizo todo eso que ya había sido predicho por el profeta Isaías? Se encarnó para que se cumplieran las profecías.
¿Para qué se encarna nuestro Señor Jesucristo? Para revelar al Padre. Entonces, se recuerdan que Felipe viene y le dice: “Señor, muéstranos el Padre”, en Juan 14:8. Y el Señor lo que viene y le dice: “Oye, tanto tiempo que tú has estado con nosotros, Felipe, ¿cómo, pues, tú vienes a decir ‘muéstranos el Padre’? El que me ha visto a mí ha visto al Padre”.
Mateo 11:27 dice:
Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.
— Mateo 11:27
Para revelar al Padre. Tal como si nos vamos de nuevo a Juan capítulo 1, el término “Verbo”, la manifestación más extraordinaria de la representación de Dios aquí en la tierra: si usted estaba mirando a Jesucristo, pudo ver al Padre, los reveló.
Propósitos de la encarnación: voluntad del Padre y mediación
¿Para qué el Señor Jesucristo se encarnó? Para hacer la voluntad del Padre. Juan 6:38 dice:
Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.
— Juan 6:38
Pudimos ver la humillación de que Él voluntariamente se desviste de toda su majestuosidad divina para venir aquí a la tierra. ¿A qué? A cumplir el plan de salvación que Dios Padre había determinado para nosotros, para morir en esa cruz.
¿Para qué se encarna nuestro Señor Jesucristo? Para ser mediador entre Dios y los hombres. Primera de Timoteo 2:5 dice:
Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.
— 1 Timoteo 2:5
Miren de qué manera más clara el apóstol Pablo concluye esta aseveración: porque hay un solo Dios, uno solo, no hay más, un solo Dios, pero hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Dios-hombre, 1 Timoteo 2:5.
¿Para qué se encarna nuestro Señor Jesucristo? Para reconciliar al mundo con Dios. Segunda de Corintios 5:18-19 dice:
Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.
— 2 Corintios 5:18-19
No quiero adelantarme, pero hay un hecho fundamental: el pecado ha separado a la humanidad de Dios. La incompatibilidad que tiene el pecado con la santidad de Dios hace que esta separación sea una realidad. Y podemos ver que por medio de Jesucristo, y al estar separados, no solamente estábamos separados, porque usted puede estar separado de alguien y, aunque no tenga una relación, no tiene ninguna animosidad contra esa persona. En el caso nuestro, nosotros estábamos separados, pero estábamos enemistados con Dios. Por eso es que el apóstol Pablo aquí habla de que nosotros fuimos reconciliados, es decir, que no solamente nos acercamos, sino que fuimos reconciliados para volver a acercarnos al Señor teniendo una relación, porque antes estábamos enemistados. Todo esto a causa del pecado.
¿Para qué se encarna nuestro Señor Jesucristo? Para llegar a ser nuestro sumo sacerdote. Hebreos 7:21-25 dice:
Por tanto, Jesús es hecho fiador de un mejor pacto. Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas este, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.
— Hebreos 7:21-25
Miren las implicaciones que tiene la encarnación: salvados por medio de Cristo, pero aún así, después que estamos en Cristo, el propio Jesucristo intercede por nosotros delante del Padre. Es decir, que no solamente adquirimos un Salvador, sino también adquirimos uno que nos defiende delante del Padre, como dice Primera de Juan con respecto al pecado, que Él es fiel y justo para limpiarnos y perdonarnos de toda maldad. Pero para eso hay que confesar nuestro pecado primeramente. “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para limpiarnos y perdonarnos de toda maldad”: defendernos delante del Padre.
Nosotros todavía estamos en esta humanidad, nosotros estamos en contacto con este mundo corrupto, nosotros todavía estamos en contacto, por medio de esta creación, que si no fuera por la acción de la iglesia se descompusiera cada vez más. Ahí está uno de los desafíos que tiene la iglesia hoy en día: frenar, por medio de la obra del Espíritu Santo a través de la iglesia, que es el instrumento de Dios aquí, frenar el avance del pecado, que hace que se pudra todo lo que nosotros conocemos.
La iglesia está en esa constante lucha, tratando de contrarrestar ese avance. Pero en medio de esto, probablemente, esperemos que no, pero puede uno caer. Pablo dice que si uno se arrepiente, si uno le pide perdón, confiesa su pecado, el propio Señor Jesucristo, que ya, si Él vino como Salvador nuestro, también se convierte en un intermediador, en un defensor, en un abogado delante de nuestro Padre celestial.
La encarnación orientada hacia la cruz
Propósito de la encarnación. Sencillo, hermanos: hemos hablado bastante de eso. El propósito de la encarnación no era solamente venir a hablarnos y a mostrarnos al Padre, y a revelárnoslo, sino, sobre todo, dar el paso a la cruz. Tal como yo les digo, inicia con el nacimiento de ese niño, esa criaturita prometida, que se va desarrollando. Eso ocurre para que caigamos aquí, en lo que es su muerte, en lo que es su crucifixión. Sin que el Señor Jesucristo se hubiera hecho hombre, no hubiera sido posible el sacrificio que Él tuvo en la cruz del Calvario.
Por consiguiente, más que revelarnos al Padre, más que mostrarnos todas esas demostraciones de portentos y venirnos a traer la verdad del Evangelio, el propósito de la encarnación es la cruz, dar el paso a la cruz. Un poco difícil que uno pueda mezclar esto, porque uno dice: “Óyeme, Navidad: todo el mundo, gozo, regocijo, nacimiento, y tú me hablas de muerte”. Tengo que hablárselo, porque eso es lo que es consistente en la Escritura.
Y para que ustedes logren entender la importancia que tuvo el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, la importancia que tuvo la encarnación de Jesús, todo apuntaba hacia la cruz. Hacia ella era que iba el lugar de nuestra salvación: la cruz. Él descendió en persona para ofrecernos a nosotros salvación. No podíamos, nosotros estábamos perdidos. Antes de la encarnación, Dios había actuado, había hablado, pero no había venido personalmente para que la salvación tuviera lugar.
Miren, y que por medio de esa salvación se restaurara la relación que había sido rota en el Edén. En el Edén, al hombre pecar, Adán pecar, fue algo tan terrible que lo menos que pasó fue que lo expulsaran de ahí. Adán y Eva tenían comunión plena con el Señor, comunión plena. El Señor hablaba con ellos cara a cara. Pecan, y esa relación se rompe de una manera tan dramática que son expulsados del lugar en el cual Dios los había puesto.
Tan dramática que, para que no fueran a volver, Él puso ángeles para que estuvieran ahí resguardando ese lugar y no volvieran. Se rompe la relación, hay un puente roto, como dirían coloquialmente. El Señor no nos soltó en banda. Él siempre tuvo pendiente que tenía que buscar la manera en la que esa comunión que hubo en el principio pudiera volverse a restablecer.
La humanidad tenía un gran problema, nosotros teníamos un gran problema: debido al pecado, no solamente estábamos separados de Dios, sino que estábamos condenados por la eternidad, muertos. No había posibilidad alguna de vida debido al pecado. Miren, a veces yo quisiera imaginar la humanidad como en una especie de isla, o no de isla, sino un pedazo de tierra, en el cual hay un río de por medio: la humanidad allá y Dios aquí. La humanidad consumiéndose, muriendo debido al pecado, y que en ese río, cada vez que la humanidad intenta cruzarlo para acercarse a Dios, está lleno de todos los males, consecuencia del pecado, que cada vez que alguien osa cruzarlo es consumido por ese mismo río.
Muriendo la gente allá desesperada por el pecado, sus obras. El Padre dice: “No, son mi creación, yo no debo abandonarlos a su suerte”. Y crea un puente, de manera que la distancia se pueda salvar y que ya no tengan que lanzarse al agua putrefacta del pecado y ser consumidos por ella, y que a través de ese puente puedan acercarse a Dios. Ese puente: Jesucristo.
El constructor del universo diseña un puente para que la humanidad pueda acceder y cruzar a través de Jesucristo. Jesús es el puente creado por el Padre para acercarnos a Él, después de haber estado separados por el pecado. Reconciliarnos con Él, después de que el mismo pecado produjo enemistad entre el Padre y nosotros. Y para redimirnos, porque estábamos perdidos en nuestros delitos y pecados.
Jesús es todo eso. Jesús, en Juan 14:6, dice:
Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
— Juan 14:6
El camino, el puente por el cual podemos acercarnos al Señor, transitar con Él. La verdad, de que fuera de Él no hay salvación. Y la vida, porque usted estaba muerto en sus delitos y pecados, y solamente por medio de Jesucristo usted puede volver de nuevo a disfrutar esa comunión con el Señor, pero, sobre todo, a disfrutar vida eterna que usted no la tenía a causa del pecado.
Miren, interesante. En Lucas 1:31 el ángel le dice: “Y concebirás en tu vientre y llamarás esa criatura Jesús”. Etimológicamente, Jesús significa “Dios salva”. Viene de Yeshúa, que quiere decir “Jehová salva”. Pero esa misma porción la podemos ver en Isaías 7:14, profetizada, que dice: “La virgen concebirá y dará a luz una criatura y llamará su nombre Emanuel”. ¿Tú sabes lo que significa Emanuel? “Dios con nosotros”.
Miren cómo, a pesar de tener la misma porción, dos palabras diferentes son exactamente congruentes una de la otra. Ese Emanuel es el Dios con nosotros, cuando vino y se encarnó, y ese Jesús es el mismo que nos ha salvado. Miren cómo mantienen las Escrituras la misma coherencia, profetizada allá por Isaías y luego anunciada por el ángel Gabriel a María.
Relación de la encarnación con la Navidad. Miren, en la Navidad todo el mundo habla de que es una época de amor, que hay que demostrar amor, de que la Navidad es una época de paz, de que la Navidad es un tiempo de compartir, de dar. Entonces, los que han secuestrado la Navidad en el mundo han asumido esos mismos clichés, por así decirlo: amor, paz, dar, compartir. ¿Bajo qué criterio?
Amor. La mayor demostración de amor que hay es que Dios ha enviado a su Hijo, sabiendo que solo por medio de Él podemos salir de esta perdición. Ese es el mayor acto, el más sublime acto: que Dios Padre haya enviado a su Hijo a encarnarse aquí. Ese es el amor, no un amor como el mundo quisiera presentarlo, un amor libertino.
Paz. La mayor demostración de que Cristo es nuestra paz y de que en Él tenemos una paz que sobrepasa todo entendimiento. Dice que Él no nos daba la paz como el mundo la da. Una paz que, después de haber estado enemistados con Dios, podemos reconciliarnos con Él por medio de Jesucristo.
Dar, obsequios y regalos. ¿Qué mayor regalo de parte de nuestro Padre que el proveer, por medio de Jesucristo, su misericordia para el perdón de nuestros pecados, y que éste se entregara por completo en la cruz? Miren el inventario. A veces, nosotros cuando recibimos el doble sueldo y hacemos nuestro presupuesto, siempre, si la posibilidad lo permite, uno dice: “Bueno, voy a hacer un presente, un detalle, un regalito a alguien”. Lo hace, tiene su valor.
Pero el hecho de que nuestro Dios haya sido propicio, enviándonos a Jesucristo, de que nosotros, estando muertos, estando enemistados con Él, nos haya permitido recibir ese niño, que después se convierte en un hombre para que vaya a la cruz, ¿no es el mayor regalo? Un regalo invaluable. Usted no tiene manera de valorar su salvación. La salvación es un milagro y solamente le pertenece al Señor, no hay manera en la que usted la pueda producir.
Por consiguiente, con la perspectiva que el mundo tiene del amor, que tiene de la paz, que tiene del obsequio, nosotros ahora tenemos una nueva perspectiva: de que el amor de Dios se manifestó mandando a su Hijo Jesucristo; de que la paz de Él es la paz que sobrepasa todo entendimiento y nos permite reconciliarnos con Él, quitarnos ese peso de la angustia, de esa enemistad con el Señor, de estar separados. Y de que el mejor regalo que podemos recibir es la salvación de nuestras almas, provista por el sacrificio que tuvo nuestro Señor Jesucristo en la cruz.
Aplicación navideña y conclusión
Concluyo. En la encarnación se puede comprender la verdadera naturaleza de Dios: el amor, su gracia, el perdón y la expiación. El amor, al amarnos a pesar de nuestra condición pecaminosa, sin hacer acepción de personas. Su gracia, alcanzándonos con salvación por medio de ella en Jesús, que se ha entregado. Su perdón, por medio de Jesucristo, quien es nuestro abogado delante del Padre. Y su expiación, al morir en la cruz, derramando su sangre y entregando su cuerpo en sustitución nuestra.
Visto esto, creo, albergo la esperanza de que el Señor les haya hablado a ustedes en este día, de que nosotros, en esta época del año, debemos regocijarnos en gran manera. Y no tratando de buscar un gozo y una alegría tal como el mundo nos las quiere imponer, sino que, habiendo desmenuzado todas esas implicaciones y cuál es el propósito de la encarnación, nosotros tengamos una comprensión tal que podamos decirle: “Gracias, Señor, por la salvación de mi alma. Gracias, Señor Jesús, por la misericordia que tú has tenido para conmigo”, y que eso pueda ser evidente para que yo pueda compartir con otros ese regalo, con mi regalo a otras personas: el compartirles de Cristo, llevarles el Evangelio.
Un regalo invaluable, un regalo el cual tiene implicaciones no temporales, terrenales, sino eternas. Tal como cuando caminaba Pedro al templo y se encontró con el paralítico. Este le pidió una limosna. ¿Qué le dijo Pedro? “Mira, yo no tengo oro ni plata que darte, pero lo que yo tengo te doy: en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, levántate”. Y el hombre recibe su sanidad. Probablemente el Señor no nos use de esa manera, pero sí el Señor nos puede capacitar, por medio del Espíritu Santo, para darle a otro lo que ya hemos recibido de Él: su gracia, su misericordia, y que nosotros podamos darle eso a nuestros seres queridos.
Que nuestra boca se llene de alabanza por la misericordia del Señor. El pueblo de Israel, pudimos verlo también aquí con Zacarías, que lo primero que hace cuando la lengua se le desata es alabar al Señor. Que la boca de nosotros se llene de alabanza en estas Navidades, sabiendo cuál fue la implicación de la encarnación de Jesucristo. Que nosotros imitemos, con alegría, el coro de sus ángeles celestiales cuando anunciaban el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo: “¡Gloria, gloria a Dios en las alturas!”. Que ese sea el gozo y el regocijo que nosotros evidenciemos esta Navidad. Dios les bendiga.
Oremos al Señor. Señor Jesús, bendecimos y alabamos tu nombre. Gracias, Señor, por tan maravillosas verdades aquí expuestas. Permite, Señor Jesús, que en esta época del año nuestro gozo sea evidente, Señor, pero sobre todas las cosas que verdaderamente estemos cimentados en que la razón de celebrar la Navidad, en que la razón de conmemorar este tiempo, es que tú te hiciste hombre, Señor; de que tú te hiciste hombre para redimirnos; que tú te hiciste hombre para reconciliarnos con nuestro Padre; que tú te hiciste hombre, Señor Jesús, para limpiarnos de nuestra maldad; que tú te hiciste hombre, Señor, para que podamos disfrutar de la eternidad junto a nuestro Padre.
Permite, Señor, que mis hermanos, nuestros amigos que aquí nos acompañan el día de hoy, puedan tener una perspectiva correcta de cómo debemos de celebrar esta época. Alabo y bendigo tu nombre. Que nuestra boca, Señor Jesús, se llene de alabanzas y loas a ti, oh Dios, por habernos salvado, por habernos redimido, por haber tomado la iniciativa cuando estábamos enemistados contigo.
En el nombre poderoso de Jesús, acompáñanos, oh Dios, en esta reflexión durante toda la semana, y que podamos, Señor Jesús, ponerla en práctica para que otras personas puedan ser bendecidas en tu santo nombre. Te pedimos esto, Señor. Amén y amén y amén.