Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
Saltar al contenido

Nuestra experiencia y nuestra esperanza

Hebreos 10:32-39

Para perseverar en Cristo necesitamos recordar con gratitud de dónde nos sacó el Señor y mantener viva la esperanza de las promesas que aún nos aguardan, para no retroceder en medio de la tribulación.

Predicado2 de septiembre de 2018
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Dios les bendiga, hermanos, amigos queridos. Les pido que me acompañen en la palabra del Señor. Pueden abrir sus Biblias en el libro de Hebreos y acompañarme en el capítulo 10. Estaremos leyendo, con la ayuda del Señor, los últimos versículos de este capítulo, desde el versículo 32 hasta el versículo 39. Es el capítulo 10 del libro de Hebreos, los versículos desde el 32 hasta el 39.

Estaremos viendo desde aquí, en primer lugar, nuestra experiencia, la manera en que el Señor nos ha traído hasta aquí, y también veremos nuestra esperanza, el lugar al cual el Señor nos está llevando. Pueden ponerse por un momento sobre sus pies para leer la sagrada Escritura, libro de Hebreos en el capítulo 10, desde el versículo 32.

Dice así la palabra del Señor: Pero traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, sostuvisteis gran combate de padecimientos; por una parte, ciertamente, con vituperios y tribulaciones fuisteis hechos espectáculo; y por otra, llegasteis a ser compañeros de los que estaban en una situación semejante. Porque de los presos también os compadecisteis, y el despojo de vuestros bienes sufristeis con gozo, sabiendo que tenéis en vosotros una mejor y perdurable herencia en los cielos. No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma.

— Hebreos 10:32-39

Puede sentarse, hermanos, amigos queridos. Hay dos cosas que no podemos dejar de hacer en la iglesia del Señor: por un lado, mostrar la puerta y, por otro lado, cerrar la puerta. Queremos que usted que no ha entrado sepa que hay un lugar en la casa del Señor para usted, pero al mismo tiempo queremos que usted permanezca cimentado en la casa del Señor.

Pretendo hoy atender la segunda necesidad. Quisiera que mis hermanos, sobre todo aquellos que están comenzando a militar en los caminos del Señor, perseveren hasta el fin. Quisiera que mis hermanos que tienen ya un tiempo militando estos caminos entiendan que la tribulación que están experimentando en este momento no debe definir su accionar.

Recordar de dónde nos sacó el Señor

Para permanecer en Cristo necesitamos poner nuestra situación actual en perspectiva. Por un lado, recordar de dónde hemos sido traídos: esa es nuestra experiencia con el Señor. Hoy estaré dedicando un tiempo a recordar desde dónde el Señor nos sacó y hasta dónde nos ha traído. Por el otro lado, tener muy presente hacia dónde estamos siendo llevados: esa es nuestra esperanza.

Este es el proceder normal de un cristiano. El cristiano está recordando lo que el Señor ha hecho en su vida y, al mismo tiempo, está anhelando expectante aquello que el Señor está por hacer. Enfocarnos demasiado en las dificultades del aquí y el ahora podría desanimarnos a un punto tal que, perdiendo la perspectiva, terminemos retrocediendo. Los destinatarios de esta epístola, la epístola a los Hebreos, habían estado experimentando persecución.

Para animarlos, el autor evocó el recuerdo de los días pasados, cuando ellos fueron iluminados por la luz del evangelio y, con la valentía que es característica del nuevo creyente, soportaron una gran hostilidad. Luego los llevó a considerar el futuro, cuando tendrían la promesa. Luego los arengó con expresiones muy sentidas para que no perdieran su galardón.

Lo mismo necesitamos nosotros: recordar nuestra experiencia de salvación, anticipar el gozo de nuestra promesa y estimularnos los unos a los otros con todos los recursos intelectuales y emocionales que estén a nuestro alcance para no retroceder. Hoy he venido a animar al pueblo a que permanezca en el Señor. Esta porción de la Escritura es una porción de aliento dentro de la epístola a los Hebreos.

El autor está haciendo dos cosas, y son las mismas dos cosas que pretendo yo hacer esta mañana. En primer lugar, estará recordándole a toda la iglesia cuál ha sido nuestra experiencia, desde dónde nosotros venimos. Y, por otro lado, estará dedicando un poco de tiempo a recordar cuál es nuestra esperanza, hacia dónde estamos caminando. El autor comienza diciendo en el versículo 32: “Pero traed a la memoria los días pasados”.

Hermanos amados, la religión cristiana es una religión de la memoria, del recuerdo. Tenemos que hacer el hábito de recordar. Aquello que dicen las personas de vivir solamente el tiempo presente no es nuestro llamado. Nosotros vivimos el tiempo presente a la luz de una amplia perspectiva: recordamos de dónde hemos salido y al mismo tiempo recordamos para dónde vamos. No es la voluntad del Señor que los cristianos vivamos solamente el aquí y el ahora; es la voluntad del Señor que tengamos memoria, desde dónde hemos sido traídos.

La iluminación y las primeras batallas de la fe

Es algo que ellos deberían tener en la memoria, lo que deberían evocar, dice el autor: “Pero traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, sostuvisteis gran combate de padecimientos”. Tengo el temor de que muchos hermanos míos ya no recuerden lo que el Señor ha hecho en sus vidas. Tengo el temor de que hayan olvidado su primer año en el Señor. Tengo el temor de que piensen que lo que tienen hoy siempre lo han tenido y lo que son siempre lo fueron.

Yo quisiera recordarte, hermano, el lugar del cual el Señor te sacó. Esta expresión “traed a la memoria” implica un esfuerzo intencional de tener algo presente, es no olvidarlo. Deberíamos nosotros imitar en esto el ejemplo de los antiguos, que cada vez que el Señor hacía una cosa importante en sus vidas construían un altar, reunían algunas piedras, renombraban un lugar. Ellos querían tener presente: “traed a la memoria los días pasados”.

Estos “días pasados” están señalando el comienzo de su caminar con el Señor. Hermano, quiero darte un momento para que practiques esto, y es evocar el lugar del cual el Señor te sacó. ¿Cómo era tu vida antes de venir a Cristo? ¿Cómo entendiste que necesitabas de Cristo? ¿Cómo comprometiste tu vida con Cristo? Y, sobre todo, ¿cuál ha sido la diferencia? A menos que tengas este recuerdo presente, vívido en tu mente, siempre estarás exagerando las tribulaciones del presente. Un creyente necesita hacer memoria.

Hay dos partes del testimonio cristiano que se mencionan aquí. Cuando el Señor ha hecho algo en la vida de uno, uno tendría que recordar por lo menos dos cosas. Lo primero que tú tienes que recordar es que tú fuiste iluminado, y lo segundo es que el Señor te dio las fuerzas para resistir las aflicciones tempranas, las primeras tribulaciones de la militancia cristiana. Esas dos cosas deberían ser en nosotros una fuente de aliento.

Las dos partes principales del testimonio: dice “aquellos días en que ustedes fueron iluminados”. La descripción que se hace de nuestra salvación se presenta como una luz que llegó a nosotros. Esta expresión “fueron iluminados” da a entender que la luz no vino de nosotros mismos. Nosotros no somos cristianos porque un día descubrimos, porque un día volvimos en nosotros mismos y despertamos a esto; no, el Señor desde afuera nos encendió una luz.

La obra del Espíritu y el primer amor

La primera parte, lo primero que constituye el testimonio cristiano, es que nosotros no estamos aquí por nuestros propios medios. Un cristiano tiene que recordar que, si acaso hoy milita en los caminos del Señor, no fue por su sabiduría, no fue por su inteligencia, no fue por su diligencia; fue por un asunto providencial que el Señor le llama iluminación. Ellos pasaron de las tinieblas a su luz admirable. Eso es una experiencia espiritual y memorable.

Llega un momento que esa experiencia se va volviendo cada vez más útil, y después se convierte en un recuerdo vago de algo que el Señor hizo en nosotros en alguna temporada. Pero los creyentes deberíamos avivar ese recuerdo, recordar nuestros primeros días, cuando por la misericordia del Señor vimos la luz del evangelio. Usted que está experimentando tribulación, que está pensando volver atrás, debería recordar la obra inicial que el Señor hizo para su salvación. La obra inicial que el Señor hizo es que nos iluminó desde afuera.

Quizá ya tú no recuerdas de manera tan preclara lo que el Señor hizo, pero frecuentemente, cuando uno comienza en los caminos del Señor, uno llega a tener una experiencia de una conciencia de su verdadero estado delante del Señor, algo que anteriormente no estaba. Asuntos que nos tenían sin cuidado comienzan a ser asuntos molestos. Es una conciencia que el Señor nos permite llegar a tener cuando somos iluminados.

Hay otros que testifican que en sus primeros días en el Señor llegaron a tener una capacidad de entender lo que anteriormente ignoraban. Una persona me testificaba en estas reuniones pastorales que tenemos de los pueblos, talleres de membresía, que cuando vino a Cristo leía la Escritura y podía entender, y eran los mismos libros que había leído anteriormente, pero ahora, cuando leía la palabra del Señor, la leía bajo los efectos de la iluminación que viene del Señor.

Frecuentemente, uno viene a los caminos del Señor y tiene la experiencia de que hay un entendimiento mucho más cabal, mucho más claro. Y lo mismo que antes no solamente podía interpretar desde una perspectiva filosófica, ahora llega a entender en esto una perspectiva espiritual y acomodar lo espiritual a lo espiritual, como dice la palabra del Señor. Hermanos, no es poca cosa: es la obra del Espíritu Santo que está operando en el alma de un creyente.

La oscuridad de la que fuimos sacados

Iglesia, si estás atribulada, recuerda el lugar del cual el Señor te sacó. Y el lugar del cual el Señor nos sacó fue de la más densa oscuridad. Hay alguien que me dice: “Estoy pensando volver atrás, yo creo que no puedo ser un cristiano, yo recuerdo…”. Recuerda cuando tú hiciste el arado, recuerda aquello que tú experimentaste. Lo que estabas viviendo era el mismo poder del Señor operando a favor de tu salvación, y si el Señor lo hizo una vez, ¿no puede hacerlo dos veces, tres, cuatro, las que fueran necesarias?

La gente recuerda que, cuando vino a Cristo en esos primeros días, llegó a tener una iluminación de su camino: más luz, más entendimiento del recto proceder, un interés que antes no estaba, una conciencia de pecado, un denuedo, valentía, entusiasmo. La Escritura en Apocalipsis le llama eso “el primer amor”. Ay, hermano, ese entusiasmo inicial debería ser por nosotros documentado y evocado frecuentemente.

No dejes de recordar aquella preciosa obra que el Señor hizo en ti, porque será la fuente de aliento en el momento de tribulación. Una capacidad de obedecer: cuántos hermanos míos dicen “cuando yo vine a Cristo, yo pensaba que no podía, y ha sido posible”. Las cosas sobre las cuales yo no podía romper han sido rotas. Las cadenas que me ataban al pecado fueron destruidas.

La gente dice: “Antes de venir a los caminos del Señor, yo no puedo ser un cristiano”. Todos decimos lo mismo. Pero si el Señor te ha iluminado —como dice su palabra— “aquel que la buena obra empezó será fiel en completarla, la perfeccionará hasta el final”. El Señor no se detendrá. El primer elemento del testimonio de ellos, que les está recordando el autor de Hebreos para consolarles, para animarles a no retroceder, es: recuérdense que ustedes fueron iluminados.

El otro recuerdo que yo les he traído es que ellos sostuvieron un gran combate de padecimientos, y por la misericordia del Señor en aquel momento perseveraron. Hay alguien que me dice: “Pastor, yo no puedo más, hasta aquí llegué”, y yo le recuerdo: ¿acaso podías tú un poco más cuando comenzaste? Si por la misericordia del Señor el evangelio triunfó en los momentos iniciales, debemos esperar que el evangelio triunfe en la media batalla y triunfará hasta el final. El mismo poder que operó en nosotros para salvación es el mismo poder que puede operar en nosotros para sostenernos.

Lo difícil del inicio en la vida cristiana

“Traed a la memoria los días pasados, en los cuales, en primer lugar, después de haber sido iluminados, y en segundo, sostuvisteis gran combate de padecimientos”. Quiero aplicar esto inmediatamente, hermano querido: los inicios en la vida cristiana son difíciles. Y cualquier persona que le diga lo contrario no le está ayudando, le está haciendo un gran daño.

No deberíamos entusiasmar a aquellos que están considerando el camino del Señor diciéndoles “este es el camino más fácil del mundo”. No, es un camino estrecho y difícil. El comienzo de la vida cristiana no es un viaje sencillo, es un viaje por un terreno que es un terreno escabroso. Es en contra de nuestro viejo hombre, es en contra del mundo, es en contra del diablo. No es viento a favor, es viento en contra.

Cuando alguien está considerando los caminos del Señor, debería tener una perspectiva realista: este camino es un camino estrecho, es una senda difícil. Si no fuera por el poder que opera en nosotros, hermanos, no podríamos ninguno de nosotros avanzar. Y, de hecho, ese poder que opera en nosotros al inicio se convierte en un estímulo para el camino final.

Es esperable que usted, si va a comenzar en los caminos del Señor, experimente combate, experimente padecimientos. No es sabio negar el sufrimiento. He escuchado hermanos míos que hacen un flaco trabajo al evangelio diciéndole a los nuevos creyentes: “Esto es un camino sencillo, esta es la mejor vida del mundo”. Por convicción es así, pero nuestra experiencia, a veces, está divorciada de la convicción. Sabemos que es el mejor camino del mundo, pero todos los días, hermano, estamos como muertos.

Las razones por las cuales no es sabio bajarle las expectativas son las siguientes. Ay, amigo que estás aquí presente, que estás escuchando la predicación de la palabra y no te sabes un militante de los caminos del Señor: no vengo a bajarte la expectativa, vengo a decirte que es difícil. Sin embargo, frecuentemente es esa decisión difícil la que te ayuda a confirmar tu salvación.

Probar el poder del evangelio en la lucha con el pecado

Hay un hermano que está luchando con un pecado y dice: “Yo no puedo”, y va a encontrar un creyente poco diligente que le dirá: “Deja eso como está, que eso no tiene ningún problema, tú puedes convivir con eso”. No, cuando ese pecado es vencido en ti, tú dices: “Definitivamente yo soy de Cristo, porque luché con el mismo pecado durante veinte años y no pude con mi dominio propio sobreponerme. Si acaso en este momento tengo victoria sobre el pecado, significa que Dios está obrando en mí”.

Si un creyente no tiene la oportunidad de enfrentar el pecado a la luz del poder del evangelio, hermano, de la nueva vida de Cristo que está en él, él tampoco podrá confirmar su propia salvación. Sabemos que somos del Señor porque podemos vencer el pecado. Podemos vencer el mundo porque más fuerte es el que está con nosotros que el que está contra nosotros.

Alguien le dirá: “Ven y milita, que esto es sencillo”, y yo le diré: “No es sencillo, pero el poder que está en ti es más grande que el poder que está en contra de nosotros”. Un nuevo creyente debe tener la oportunidad de probar el evangelio. “Hermano, yo vengo al Señor, pero todavía mi vida está liada en eso, yo no creo que pueda tomar esa decisión”. Yo tampoco creo que tú puedas tomar esa decisión, pero poderoso es aquel que te llamó. Y si hay poder en el Señor, hermano, yo te aseguro que, al final de esa victoria, tú tendrás un gozo renovado y una confianza de que verdaderamente tú eres de Cristo.

Frecuentemente, las dificultades de hoy son el aliento de mañana. Un creyente que está en la mitad de la batalla recuerda las primeras escaramuzas del enemigo y él dice: “Si acaso pudimos soportar la hostilidad inicial, ¿no podrá el Señor sostenernos hoy?”. Un creyente que no venció inicialmente tampoco tiene el aliento, tampoco tiene el ánimo para vencer al final.

Tenemos que permitir que nuestros hermanos luchen contra el pecado en el poder del evangelio, no alejar la hostilidad, sino decirles: la hostilidad es real, pero en el nombre del Señor vamos a seguir hacia adelante. Y la cosa más gloriosa, hermano, es que ese testimonio de esas batallas iniciales, donde hay victoria en el nombre del Señor por el poder del evangelio, es un precioso testimonio para aquellos que no han creído. El mundo necesita ver el evangelio triunfando en nosotros.

La vida cristiana en medio de hostilidad

Hay gente que pretende que el evangelio sea un viaje idílico: eso no es real. El evangelio real es un camino de dificultades, es un camino, hermano, donde a veces sentimos que estamos como muertos, donde somos golpeados, pero en el nombre del Señor seguimos avanzando. A veces somos derribados, pero volvemos a intentarlo, y el hecho de que lo intentamos, lo intentamos, lo intentamos, y aunque sea poco a poco caminamos hacia la promesa del Señor, es evidencia de que el Señor está con nosotros.

La vida triunfante no es una vida, hermano, de un camino impoluto. La vida triunfante, hermano, es que a veces nos vamos al suelo, pero nos levantamos en el poder del Señor. Eso es un cristiano: no es una persona que jamás ha retrocedido, es una persona que no ha dejado de intentar caminar hacia el final.

A veces, en la batalla, uno siente que está retrocediendo y vuelve a luchar con las mismas cosas, y hay un hermano que dice: “Yo no soy del Señor, porque todavía lucho”. Yo le digo: realmente eres del Señor, porque luchas. Lo que confirma nuestra militancia cristiana es que, a pesar de la hostilidad y la oposición, todavía estamos aquí.

Quiero invitarte, hermano, a que repases frecuentemente tu jornada. Un creyente que no repasa es un creyente que siempre está recomenzando. Repasa frecuentemente tu jornada, toma anotaciones, recuerda de dónde el Señor te sacó y cómo te sacó. Escribe y vuelve a leer tu testimonio. En los talleres de membresía le enseñamos a la iglesia que escriba su testimonio.

Documentar la obra de Dios en nuestra historia

Les enseñamos a que documenten lo que el Señor ha hecho en ellos. Yo te invito, hermano, a que, si tú tienes guardado el testimonio que escribiste cuando tomaste con nosotros el taller de membresía, desempolves esos papeles y vuelvas a leerlo. Te sorprenderás. Les animo a que tomen anotaciones. En la guerra se toman notas, hay una bitácora, se van tomando anotaciones, y después esas cosas se convierten en las historias heroicas de cómo fuimos ayudados a ganar una batalla.

Son prácticas que quizás tú no tienes, pero debes incluirlas en la vida cristiana. Resume, pasa balance de tus años, nómbralos. Hay un hermano que, si nombra sus años, pondrá: “2016 fue el año de las aflicciones; 2015, el año del peligro; 2017, el año de la provisión”. Resume, hermano, con la característica que definió ese año. Si encuentras mucho, por lo menos resume tu década en el Señor.

Un hermano que tenga en el Señor algunos años debería poder ver década tras década las cosas preciosas que el Señor hizo en su vida. Debería poder pasar balance de atrás hacia adelante, recordar la misericordia del Señor. “Traed a la memoria los días pasados”, dice el autor. Yo no recuerdo mis primeros años, yo no tengo recuerdos reales como de cinco años hacia abajo, pero yo recuerdo que entre los cinco y los quince, hermanos míos, se forjó una identidad cristiana.

Yo recuerdo mis preguntas, yo recuerdo mis luchas, yo recuerdo mi desasosiego de aquel momento, pero cuando yo llegué a tener quince años, para la gloria del Señor, yo puedo resumir esa década como la década de mi identidad. Yo me sabía ya un cristiano. Si me preguntan qué fue esa década, yo diría: “La década de mi identidad cristiana”.

Entre los quince y los veinticinco años yo podría resumir que fue la década de mi identidad ministerial. Yo llegué a tener un convencimiento profundo acerca de para qué el Señor me había hecho, cuál era mi llamado, cuál era mi vocación. De los veinticinco a los treinta y cinco yo podría resumir, hermano, “la mano en el arado”. Fue la década en la cual se le puso la mano en el arado y se sostuvo.

Mirando hacia atrás para animarnos hoy

Yo quizás soy optimista, hermano, pero estoy esperando que de los treinta y cinco a los cuarenta y cinco sea una década de mucho fruto. Yo miro para atrás, hermano, yo me siento que entre los veinticinco a treinta y cinco estuve sembrando con las uñas, ahí, ahí, ahí; pero por la misericordia del Señor estamos aquí todavía, hermano.

Estuve repasando, prediqué hoy en el primer servicio de servidores, y estuve repasando mi cuaderno de apuntes del domingo: 2008, 2009, 2010; y yo encontraba agendas de reuniones, encontrábamos motivos de oración, y yo veía que en todas esas cosas, hermano, uno dirá: “Guau, qué difícil está el ministerio en el 2018”. Difícil estaba en el 2008, y aquí estamos.

Alguien le va a decir a usted: “Guau, ¿tú piensas que tú vas a poder soportar la tribulación?”. “Tribulación fuerte tuve yo en el 95”, dirá un hermano. Alguien le dirá: “¿Y tú crees que puedas llegar al 2020 en el Señor?”. Y tú le dirás: “Año difícil fue el 2015, cuando se rompió en mí ese viejo hombre. Definitivamente yo hice la voluntad del Señor”. Hermano, traed a la memoria los recuerdos del pasado, las cosas que el Señor ha hecho en tu vida. Anota esos momentos importantes.

En primer lugar, les menciona a ellos que traigan a la memoria la iluminación del Señor, cómo lo vieron. Y, por otro lado, las batallas iniciales. Pero, ¿de qué manera tomaron forma esos padecimientos? Él mencionó también dos grupos de padecimiento. Dice el versículo 33: “Por una parte, ciertamente, con vituperios y tribulaciones fuisteis hechos espectáculo; y por otra, llegasteis a ser compañeros de los que estaban en una situación semejante”.

Dos vías de tribulación, de aflicción: primero la aflicción propia, la personal, y después la aflicción de nuestros hermanos. Las formas que tomó este combate: primero su experiencia personal, vituperios y tribulaciones. Un vituperio es una expresión de daño verbal: ser vituperado, ser desconsiderado con palabras. Recuerda, hermano, cuando estabas viendo la familia del Señor: usted antes era de los que vituperaban a la iglesia de Cristo, y después usted fue vituperado con la iglesia de Cristo.

Vituperios, tribulaciones y ser espectáculo al mundo

Antes de venir a Cristo, quizás tú eras un burlador, y cuando viniste a Cristo se burlaron de ti. Yo encuentro que los creyentes al día de hoy como que subestiman los vituperios. Dicen: “No, yo no siento…”. Si tú no has sentido el vituperio del mundo, a mí probablemente tú no has salido del mundo. Calumnias, burlas: burlas hacia el Señor, burlas hacia nuestra fe, burlas hacia nosotros mismos, actitudes hostiles a causa de nuestra fe. Todo creyente verdadero experimentará vituperio.

Después violencia, hermano. Son dos: primero vituperios con palabras, y después tribulaciones: “Y fuisteis hechos espectáculo”. Se rieron de ti. Nosotros hemos sido hechos espectáculo al mundo. El mundo se burla del creyente. Eso era antes; ya el mundo no se burla de nosotros porque nos hemos hecho quizás afines al mundo; pero cada vez que te diferencias, experimentarás tribulación.

Esos primeros años en el Señor, hermano, lidiar con esa vergüenza, eso no es fácil. Yo recuerdo que a mí, eso, hermanos, me decía… Yo llegué casi a pelear, y no era causa del evangelio, hermano, era causa de que yo me sentía avergonzado. “Déjame tranquilo, yo soy evangélico, está bien”. Hubo un compañero de trabajo, hermano, que yo… en la carne me salió; le dije entre cosas. “Ah, pues tú eres cristiano, ahora tenemos un cristiano en el grupo, ah sí, fulano cristiano”. Él se puso, durante una semana, hermano, una semana se puso para mí a causa de que yo soy cristiano.

Digo: no fue que le respondí espiritualmente, me salió la carne. Pero tú sabes que esto también es importante, ¿verdad? Tu mamá a ti te importa. No te gustaría que yo juegue con tu mamá, ¿verdad? No juegues con mi fe. Déjame en paz. A otro les dije: hay gente que se burla haciéndote preguntitas, preguntas necias para hacerte caer, para buscarte. “Mira, si a ti realmente te interesa, primero estamos en jornada laboral y hasta las cinco yo estoy aquí en modo empleado. Después de las cinco nos vemos en un café, te respondo todas las preguntas. ¿Tú quieres? ¿Realmente tienes preguntas? Pues me tienen cansado, hermano”.

La gente te desespera a causa de tu fe. Vituperio, hermano. Un creyente en los primeros años lo sentirá de sus compañeros de trabajo, a veces de los familiares, a veces la burla: “Yo le doy dos días, vamos a ver eso, vamos a ver si soporta la Navidad; vamos a ver las patronales, vamos a ver”. Hermano, esa hostilidad es real. Lo que les está diciendo es: si ya ustedes soportaron esa primera hostilidad, entiendan que en esta tribulación también el evangelio triunfa.

Hostilidad histórica contra los evangélicos

Por eso les digo que un creyente que no llega a experimentar esa tribulación en los primeros años no desarrolla la garra para militar los caminos del Señor hasta el final. Es necesario, hermano, luchar inicialmente para que esa lucha inicial y ese triunfo del evangelio sean el aliento en la mitad de la batalla. La violencia es real.

Yo tengo el entendimiento de que estamos entrando a un tiempo especial de violencia. Cada vez seremos más perseguidos a causa de la fe. Cada vez tendremos menos opciones en medio de este mundo. Cada vez nos sentiremos más aislados del mundo. Cada vez seremos más arrinconados.

Y yo creo que el evangelio cada vez, hermano, estará triunfando más y más. No siempre ha sido así, pero hemos tenido eso. Todavía hace sesenta años ser evangélico en la República Dominicana era motivo de vergüenza, era motivo de rechazo familiar. Los primeros hermanos nuestros que aceptaron a Cristo en nuestra tierra, gran hermano, eran aborrecidos por su familia. Todavía hay regiones de nuestro país donde ser evangélico significa ser un paria en tu propia familia.

Y la violencia aquí no solamente fue vituperio, también fue violencia física. Y en toda Latinoamérica la gente piensa a veces que la violencia es solamente un asunto de las catacumbas romanas: no. En Latinoamérica el evangelio nació en medio de la más profunda hostilidad. En Cartagena de Indias pusieron aquí el tribunal de la Inquisición para buscar a nuestros hermanos, sacarles las casas y arrastrarlos hacia las cárceles.

Busquen documentos acerca de la historia de la fe, hermano, porque los evangélicos llegamos aquí a ser perseguidos. Hay testimonios de que hermanos nuestros fueron presos, y el pueblo iba a ver si era verdad que tenían cachos y tenían cola, como decían. Alfonso Lovo escribió un libro completo acerca de eso. Se llama a sí mismo el libro de Alfonso Lovo. Trata sobre intolerancia y libertad de culto en Santo Domingo; explica el nivel de hostilidad que experimentaron nuestros hermanos para que nosotros hoy, por la misericordia del Señor, estuviéramos aquí.

En la escuela a ustedes les enseñaron las devastaciones de Osorio y les enseñaron que eso era solamente un asunto de mover territorios. Miren, la causa principal de las devastaciones de Osorio era la cantidad de evangélicos que había en la Banda del Norte dando testimonio del Señor. Las devastaciones de Osorio no solamente fueron un asunto económico, era hostilidad, persecución religiosa; era que nuestros hermanos dejaran de practicar su fe.

Persecución en Latinoamérica y solidaridad con los presos

Buscaban las Biblias, hermano, y las quemaban. En la plaza de Santo Domingo se quemaron cerca de trescientas Biblias; iban a la casa de los hermanos y les quitaban la palabra del Señor. Hace rato que a ninguno de ustedes le quitan la Biblia ni se la arrebatan. Le traigo casos de Latinoamérica porque la persona a veces piensa que esto es un asunto solamente de Oriente Próximo.

Hermano, en Latinoamérica ha habido hostilidad. Miren Cuba en la persecución: la iglesia en Cuba, lo que intentó esa fuerza dominante, fue extinguirla. Yo me gozo cada vez que veo a Cuba, porque encuentro una iglesia triunfante; pero es una iglesia triunfante a pesar de la hostilidad.

La gente escucha hablar del Holocausto judío. En Cuba había unidades militares, le llamaban el UMAP, donde los ministros evangélicos eran arrojados a la cárcel y experimentaban tal nivel de vituperio a causa de su fe para tratar de que retrocedieran. De hecho, hay un libro muy bonito que escribió un hermano cubano que se llama “Dios no entra en mi oficina”. Narra la historia del UMAP, de la cantidad de ministros evangélicos que fueron apresados por el régimen, para que dejen de dar testimonio del Señor.

Las cosas que allí sucedían, hermano, lo que más se parece es a un campo de concentración nazi. Hay el testimonio, por ejemplo, que le da título al libro: es un hermano que fue apresado, y a causa de su fe no solamente lo llevaron al lugar, sino que lo mandaron a un lugar todavía más distante, a hacer trabajo forzado. Se llamaban UMAP, eran unidades militares de apoyo a la producción; lo mandaban a trabajar la tierra, pero no como simples agricultores, sino en medio de hostilidad, para avergonzarles, para vituperarles, para que retrocedieran en su fe.

La madre de este hermano supo que había sido enviado todavía más lejos a causa de su fe y quiso interesarse por su hijo. Fue al lugar donde lo habían llevado inicialmente. Dice el autor: “Cerca de las 22:00 de la noche, mientras servía como ayudante del oficial de guardia, vi llegar a una mujer a la oficina. Era ya mayor, bien vestida, traía una pesada java —ellos le llaman java a un recipiente donde se guarda la comida— que encorvaba su cuerpo al caminar. Salí al portal a ver qué quería. Me explicó que unos reclutas compañeros de su hijo le habían avisado que estaba teniendo un problema y lo habían trasladado. Cuando supo la noticia, muy preocupada porque ignoraba específicamente qué problema había tenido su hijo, había viajado a La Habana a Vertientes desde el anochecer del día anterior. Llegó después de 26 horas de viaje, muy angustiada y cansada. Avisé al jefe de personal, quien milagrosamente se dispuso a atenderla, aunque lo hizo en forma grosera y cruel”.

“Dios no entra en mi oficina” y la compasión por los presos

“Desde mi puesto de guardia escuché al jefe de personal discutir fuertemente con la mujer. Ella quería saber si el problema del hijo estaba relacionado con la religión. El oficial se negaba a darle cualquier informe. Cuando terminaron la visita, ya en la puerta, la mujer le suplicó llorando: ‘Por favor, usted seguramente tiene hijos. Sólo quiero saber dónde está y qué fue lo que sucedió. Cuando su hijo le escriba, él le dirá’. ‘Ciudadana, no puedo informarle nada más’.

Pero yo —dice el autor que ella dijo—: ‘Yo he venido desde La Habana hasta aquí para saber’. Dice el oficial de nuevo: ‘Pues váyase por donde vino, señora, nadie la mandó a buscar. Regrese y espere carta de su hijo, que él ya es un hombre’. Consciente la madre de que el teniente no le informaría nada acerca del paradero de su hijo, le contestó: ‘Ya Dios me hará saber de mi hijo, teniente, se lo aseguro. No sé cómo’. Contestó el teniente: ‘Dios no entra en mi oficina, ciudadana’. ‘¿Qué dice usted?’, exclamó la mujer, confundida por lo que había oído. Entonces el teniente se irritó aún más, levantó la voz y repitió mucho más enfáticamente que Dios no puede entrar en su oficina, ciudadana. ‘No sé cómo va usted a saber dónde está su hijo’”.

El fin de la historia es que el asistente de este hombre escuchó la historia de lejos, y cuando la mujer se devolvió, fue y la buscó. Buscó el recipiente de comida, lo guardó en la misma oficina y, al otro día, cuando el vehículo que transportaba al teniente hacia el lugar donde habían llevado al hermano salió, lo cubrió con un toldo, con una lona, y en el mismo vehículo donde iba el oficial, ahí iba la comida. Él decía que Dios no entró a su oficina, pero el mismo asistente suyo fue utilizado por el Señor, hermano, para ocuparse del hijo de una hermana nuestra que estaba sufriendo.

Así mismo hay cantidad de cartas de hostilidad, hermanos, de lo que sucedía aquí en Cartagena de Indias con la Inquisición; por otro lado, lo que sucedía hoy día en estos regímenes de opresión, donde los creyentes eran tratados como si fueran reclusos de un campo de concentración. Y en todas esas cosas el evangelio triunfó. Y una de las iglesias más saludables que encuentro en Latinoamérica es la iglesia en Cuba, por la misericordia del Señor.

Cuántos hermanos nuestros, evangélicos de setenta años, dicen que fueron aborrecidos por sus padres. Cuántos fueron echados de su casa, cuántos se quedaron sin herencia, cuántos se convirtieron en una vergüenza familiar. “Traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, sostuvisteis gran combate de padecimientos; por una parte, ciertamente, con vituperios y tribulaciones fuisteis hechos espectáculo; y por otra, llegasteis a ser compañeros de los que estaban en una situación semejante”.

El primer aflicción es la aflicción propia y la otra es la aflicción de nuestros propios hermanos. Esta expresión “llegasteis a ser compañeros”, hermano, nos habla de solidaridad, de compadecerse de nuestros hermanos que están teniendo una aflicción. Hay todo un llamado en el Nuevo Testamento a que nos compadezcamos de los presos.

Compañerismo en la tribulación y mentalidad de inmigrante

Son aquellos hermanos que, a causa de su fe, están siendo prisioneros. Que vivamos nosotros en nuestra ciudad en un contexto de relativa paz no debería llevarnos a la indolencia. Hay cantidad de hermanos nuestros que están en este momento experimentando aflicción. Provocemos las aflicciones también más cerca: cuántos hermanos nuestros al día de hoy la están viendo difícil a causa de su fe. Hay opciones laborales en los cuales ellos no van a poder participar por su fe. Hay cantidad de oportunidades que les serán cerradas a causa de su fe.

La vida cristiana necesita ser animada de un creyente a otro creyente, porque si no, no podríamos resistir. Quiero mostrarles desde aquí, hermano, que el compañerismo en la tribulación nos fortalece. Hay hermanos que dicen: “Yo creo que yo no voy a poder seguir en la vida cristiana, yo no soporto esto”. Hermano, entiende que tú no estás luchando solo. Hay otro hermano que quizá en silencio también está luchando contigo. Tú no estás solo, hay muchos que estamos luchando para hacer la voluntad del Señor.

“En el mundo tendréis aflicción”, dijo el Señor, “pero confiad; yo he vencido al mundo”. Quiero animar a mis hermanos a que tengamos una mentalidad inmigrante. ¿Cuál es la mentalidad de un inmigrante? El inmigrante dice: “Yo estoy en un país que no es el mío, en un clima que no es el mío, en un idioma que no es el mío; y si ya yo tengo tres años echando aquí para adelante, para atrás ni para coger impulso”.

El inmigrante es una persona que desarrolla unos niveles de arrojo, unos niveles de valentía, unos niveles de entereza que quizá en su país anteriormente no soportaba; es que él no había tenido que experimentar la tribulación. El inmigrante es el que te dice: “Si ya yo estoy en este país, soporté el invierno que yo sentía que los huesos se me iban a quemar, no será la primavera la que me va a hacer a mí ir hacia atrás”. La mentalidad de un creyente es la mentalidad de un inmigrante.

“Yo he caminado los caminos del Señor en los primeros años, y si por la misericordia del Señor estamos aquí, para atrás ni para coger impulso; si por la misericordia del Señor hemos sido traídos hasta aquí”, hermano, como cantamos vez tras vez: “Dios no nos trajo hasta aquí para volver atrás. Nos trajo aquí a poseer la tierra que nos dio. Dios no nos trajo hasta aquí para volver atrás”. Es la mentalidad, hermano, de una persona que ya experimentó las primeras escaramuzas. Él dice: “Si todavía estoy aquí y estoy en pie, por la misericordia del Señor y en su nombre voy hacia adelante”.

Resistencia en la batalla y ejemplo del inmigrante

Estuve viendo unos documentales de la Segunda Guerra Mundial y descubrí que en la Segunda Guerra Mundial el temor que tenía el comandante de un ejército no era tanto a un pelotón triunfante, sino a un pelotón que parecía que era un pelotón fácil de vencer, pero que, sin razón explicable, estas personas con fuerzas reducidas podían soportar dos o tres días de hostilidad, soportando el fuego enemigo.

Su temor principal no estaba en el pelotón que estaba bien apertrechado, estimulado, bien coordinado, sino en aquellos que nadie pensaba que podían resistir, que soportaban el segundo o el tercer día de hostilidad, porque cuando esas personas entendían que habían resistido el segundo día y el tercero, con equipos muy rudimentarios, frecuentemente terminaban ganando la batalla. Lo que está diciendo aquel autor de Hebreos, hermanos, es: si ustedes han llegado hasta aquí, si soportaron la hostilidad inicial, ¿cómo es que ahora ustedes pretenden devolverse?

Es lo mismo que les estoy diciendo que tiene un inmigrante. Un inmigrante dice: “Si yo soporté aquí un año, aquí me van a aguantar por lo menos veinte”. Manuel, los inmigrantes se acoplan a una ciudad, pero no con facilidad; es porque ellos entienden: “Oye, yo llegué aquí sin saber hablar el idioma; el primer triunfo fue aprender el sistema de trenes”. Y pasa la semana y dice: “Ok, ya yo sé coger el tren; Nueva York, estoy para ti”. Es un pensamiento.

Cuando se replantean, dicen: “Pero ya yo sé coger los trenes, si ya yo sé qué es lo que hay que hacer, si ya yo conozco por lo menos la expresión básica del idioma para poder subsistir, si ya yo sé pedir comida en el idioma, pedir trabajo en el idioma… no, pues ya yo estoy aquí”. Se enroscan, hermano. Un inmigrante tiene eso.

Un creyente debería sobreponerse y decir: “Pero si el Señor me ha traído hasta aquí, si por la misericordia de Él ya yo aprendí a leer la Biblia, si ya yo di un testimonio público, si ya yo fui bautizado, si ya yo pude romper ahí, si yo tomé esa decisión, ¿qué no serán las decisiones que están por delante?”. “Traed a la memoria”, les está diciendo. El inmigrante tiene esa capacidad de resistir, esa visión clara de dónde él viene y para qué está ahí.

Algunos dicen: “Yo vine para acá a buscar mi casa”. Esas factorías, hermano, llenas de inmigrantes, tú los ves abrigados del frío, pero les están dando, ahí les están dando, porque ellos fueron con un proyecto. Nosotros estamos aquí con un proyecto, hermano.

Compañerismo cristiano y la herencia en los cielos

Estamos aquí para glorificar al Señor, y nos está esperando del otro lado la preciosa promesa. Algo que tiene el inmigrante también es un sentido de identificación. Estaba recordando la película “Nueva Yol”, recuerdan esa película “Nueva Yol”. Vamos a enseñar la cédula de nuevo, ¿verdad? Pero hay gente que no recuerda la película. “Nueva Yol” fue una de las primeras películas dominicanas que pude llevar al cine.

Hay una escena muy memorable donde Balbuena llama a su primo, que está en Nueva York, para decirle que le dieron visa. Dice: “Primo, me dieron visa”. El primo lo hace como que no lo está escuchando, y él dice: “Voy para allá, vete a buscarme”. Y la esposa del primo está escuchando en el otro lado y dice: “Aquí no cabe nadie en esta casa”. Él dijo: “Claro que cabe gente, Balbuena va a dormir en esta casa, porque nosotros también vinimos para acá”.

Hermano, esa es la mentalidad que debe tener el pueblo del Señor. Cuando alguien está comenzando a militar la vida cristiana, nosotros deberíamos compadecernos, identificarnos en su sufrimiento y decir: “Aquí también cabe alguno más. A mí también me ayudaron. Hermano, te vas para adelante; aunque lo carguemos, vas para adelante. Con la ayuda de su iglesia, aquí estamos”. Y un hermano se quiere devolver, usted lo busca, y nos vamos hacia adelante.

Es estímulo del compañerismo cristiano en medio de la aflicción. Eso aviva el ánimo del pueblo de Dios. Versículo 34: “Porque de los presos también os compadecisteis, y el despojo de vuestros bienes sufristeis con gozo, sabiendo que tenéis en vosotros una mejor y perdurable herencia en los cielos”.

Qué expresiones tan ricas en este versículo, hermano. Él está hablando acerca de lo que ellos tienen, y dice: “Lo tenéis en vosotros”. Ese “lo tenéis en vosotros”, como “ustedes están profundamente persuadidos acerca de cuál es su herencia”, no es algo que yo lo tengo por aprendizaje, que alguien me lo dice. Es una persuasión que tú tienes en tu corazón.

Un creyente debería tener esa seguridad de que es suya la promesa, de que él es del Señor. “Ustedes tienen esa seguridad en vosotros”, les está diciendo. Lo tienen muy interno, muy enraizado en ustedes. Y después les dice que esa herencia es “mejor y perdurable”: una motivación de calidad. Pero lo que más me emociona es que le llama herencia.

Seguridad de hijos y confianza perseverante

Eso es suyo, eso es por posesión personal. Yo he desarrollado cierto entusiasmo acerca del derecho; en días pasados me estaba hablando alguien acerca del derecho sucesoral y de lo difícil que es que una persona no herede. Porque un abogado puede hacer un entramado legal para que esta persona determine cómo se va la herencia, pero esa persona podría ir donde el juez y reclamar su derecho de hijo. No recuerdo cuál es el tecnicismo, pero lo que se entiende es que si usted es heredero, usted va a heredar, y es muy difícil no heredar.

Se supone que los bienes de los padres los heredan los hijos; es un asunto que está presupuesto. Hermano, lo que nosotros tenemos es una herencia. Nos está hablando de la seguridad en nuestra promesa. Una herencia es recibir algo que usted no trabajó; eso lo trabajó alguien a favor suyo. Cristo, hermano, ganó nuestra salvación; Cristo, hermano, compró nuestra salvación; Cristo, hermano, compró toda nuestra herencia; nos la tiene reservada.

No están diciendo aquí que es algo que nosotros vamos a ganar, no es algo que podemos lograr; es una herencia que está reservada para nosotros. ¿Y por qué está reservada? Por el simple hecho de que somos hijos. Y cuando usted llegue, no es “vamos a ver si se lo damos”; soy hijo, deme lo mío. Mi herencia; o sea, eso me lo dio a mí mi papá.

Hermano, esa es la identidad que tiene un creyente. Esa seguridad que tiene le permite experimentar la tribulación: “Yo tengo una herencia que es mía, yo soy heredero”. Algo que ya es nuestro, aunque no está en nuestras manos. Eso es lo que es la herencia: hay hijos que están esperando ese asunto, dicen y calculan, pero todavía no lo tienen en la mano; pero él sabe que viene porque es herencia.

Algo que ya existe, no algo que vamos a ver. Ese patrimonio ya fue hecho por alguien de la generación anterior. Cristo hizo ese patrimonio, hermano. La herencia es nuestra, y en base a esa herencia dice el 35: “No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón”. Él está diciendo: si ustedes fueron despojados de los bienes, no que nos dejen despojarse de esto, de su confianza. No pierdan esa confianza, hermano.

Hay un llamado: “No perdáis vuestra confianza”. Esa confianza, el término significa “denuedo”, esa capacidad de resistir, de estar en lo público, de no ocultarse. He estado apelando al pasado, hermano; permítanme dedicar unos minutos a poner su atención en el futuro. Del 36 al 39 el enfoque del texto cambia. Ya no está hablando de lo que el Señor ha hecho, ya no está hablando de nuestra iluminación, de nuestras primeras victorias. Ahora el Señor va a hablar de nuestra esperanza.

Paciencia activa, voluntad de Dios y la gran promesa

“Porque os es necesaria la paciencia, para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa”. Tres palabras clave en este versículo, hermano. La primera palabra clave es “paciencia”, la segunda “voluntad de Dios” y lo tercero “promesa”.

Dice que esa paciencia es necesaria. Recuerden, en meses atrás estuvimos en otro texto que utilizaba el término “paciencia”, y les expliqué en aquel momento que paciencia en el Nuevo Testamento no es una actitud pasiva, sino capacidad de resistir. A veces se traduce “longanimidad”; es una persona que está ahí. Paciencia no es esto de estar esperando que algo suceda; no, la paciencia es esa capacidad de sobreponerse, esa longanimidad, esa resistencia, esa disposición activa. “Capacidad de aguante”, lo pone un traductor.

Lo que está diciendo aquí es: “Porque os es necesaria la paciencia, la capacidad de aguante”. Hermano, ¿cómo está tu capacidad de aguante? Esa capacidad, la capacidad de aguante, hermano, eso se va cultivando: mientras más tú resistes, más puedes resistir; mientras más tú soportas, más puedes soportar. Por eso el creyente, hermano, sale fortalecido de la hostilidad; porque cuando él sale fortalecido, la prueba extra fe produce paciencia, lo que dice: capacidad de aguante.

Esa expresión de Santiago algunos hermanos no la entienden, porque dice Santiago que “la prueba de vuestra fe produce paciencia”. Entonces ellos dicen: “Si mi fe fue probada, estoy paciente”. No. “La prueba de vuestra fe”, esa tribulación que enfrentamos, produce capacidad de aguante, longanimidad, resistencia. Un creyente maduro, un creyente que tiene capacidad de aguante. La madurez se llega a través de la hostilidad, a través de la persecución, a través de la prueba, a través de la victoria que tenemos en el Señor.

La otra palabra clave aquí es “voluntad de Dios”, dice: “habiendo hecho la voluntad de Dios”. Y eso da otra perspectiva. Hay hermanos que entienden que estamos aquí en esta tierra y que nos han dejado aquí como para pasar una prueba solamente. No, no es eso, hermano; estamos aquí para hacer algo. ¿Qué es lo que estamos aquí para hacer? La voluntad de Dios.

Bueno, el Señor pudo haberte salvado: inmediatamente te salva y te envía al cielo. Él te permite que tú estés aquí todavía porque tú tienes que hacer algo, y eso que tú tienes que hacer se llama “la voluntad de Dios”. Hay hermanos que están en el mundo, que están resistiendo, pero resistiendo de manera inactiva. Usted debe resistir activamente para hacer la voluntad de Dios.

“Os es necesaria la paciencia, la capacidad de aguante, para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa”. Esperen más: el creyente no está en esta tierra dejando pasar el tiempo.

No esperar pasivamente, sino hacer la voluntad de Dios

Algunos han abusado del significado de las parábolas del Señor en Mateo, por ejemplo, la parábola de las vírgenes, para enseñar que estamos aquí con una lámpara esperando que no se apague. Transmite un aspecto acerca de nuestra espera del Señor, pero no todo. Eso ha hecho que algunos entiendan que esperar a Cristo es estar aquí de brazos cruzados, esperando que el Señor venga. No. Usted está en esta tierra no solamente para resistir; usted está aquí para resistir y también está aquí para obrar, para hacer la voluntad del Señor.

En medio de un sistema que se te ha caído, por eso luchamos, hermano. Si nosotros no estuviéramos haciendo la voluntad del Señor, fuéramos creyentes muy discretos, y fuéramos creyentes tan discretos que el mundo ni siquiera le molestáramos. Nosotros molestamos al mundo y somos hostiles al mundo porque estamos haciendo la voluntad de Dios.

Un creyente que está en el mundo pero no está haciendo la voluntad del Señor es un creyente muy pasivo, un creyente insípido, un creyente que no molesta y que tampoco es perseguido, pero no haría la voluntad del Señor. Lo que nos acarrea persecución es que estamos haciendo la voluntad del Señor.

Y luego me gusta que se utiliza el término “promesa”, pero no lo utiliza en plural, sino en singular: “para que, habiendo hecho la voluntad del Señor, no pasivo sino activos, obtengáis la promesa”. Me emociona que utilice el término “promesa”, porque tengo un solo término englobando una cantidad de cosas que se nos vienen dando desde el Antiguo Testamento, que es impresionante.

La lista de lo que estamos esperando en el Señor es muy grande. Desde el Antiguo Testamento se estuvo anunciando cosas que el Señor estaba por hacer. Son tantas, hermano. Algunas ya las recibimos, como el Espíritu Santo, como la primera venida de Cristo, como el perdón de nuestros pecados, como tener un sacerdote en el cielo. Muchas cosas recibimos, pero hay otras que están por venir.

Si pudiera yo… no puedo explicar a modo muy amplio lo que es “promesa”, pero se lo resumo. Promesa es: los creyentes estamos esperando en Cristo un cielo nuevo y una tierra nueva, una nueva creación, para disfrutarla. Cuando ustedes les digan que se están perdiendo el mundo, díganle: “Yo estoy esperando del Señor una nueva creación. Yo estoy listo para recibir algo que es mucho más delicioso que cualquier cosa que hubiese existido antes”.

Cielo nuevo, cuerpo glorificado y reino de justicia

Una nueva creación, hermano, está haciendo el Señor para disfrutarla. Póngale después otro aspecto a la promesa: nosotros estamos esperando un cuerpo glorificado, ¿y para qué? Para poder disfrutar intensamente la creación. Esto está tan bueno, pero con nuestra capacidad actual, con nuestro cuerpo actual, con nuestros sentidos, con nuestro olfato, con nuestro oído, hermano, con nuestras percepciones actuales, no disfrutaríamos tanto lo que el Señor está creando a favor de nosotros.

Él no solamente nos va a dar una nueva creación para disfrutarla, sino que nos va a dar un cuerpo nuevo para que podamos disfrutarla con intensidad. Hay gente que le dice: “Yo estoy viviendo muy bien, intensamente”. Tú le vas a decir: “Yo estoy esperando comer en el cuerpo glorificado para saber lo que es vivir intensamente en un mundo preparado para que yo disfrute intensamente de esa creación”.

Y lo otro, hermano, que nos está dando es un reino de justicia, un nuevo reino, para evitar que esta creación vuelva a ser dañada y para asegurar nuestro deleite. Los creyentes tenemos una promesa, y es que hay una nueva creación, un cuerpo glorificado y un nuevo orden de cosas que nos va a permitir tener una experimentación intensiva, más allá de todo lo que podamos imaginar de las cosas que el Señor está por traer.

Él dice: esperen esa promesa. Cierra el autor aquí dándonos una tierna exhortación, y las palabras que hay aquí, hermano, del 37 al 39 son palabras muy tiernas todas. Versículo 37: la palabra “poquito” en el español clásico, que fue traducida en la Reina Valera del 60, “poquito”, da como un sentido de coquetería, de ternura. Un creyente que está experimentando en este momento la hostilidad del mundo dice: “Yo no soporto”. Y viene el otro: “Espérate, aún un poquito”.

No es mucho lo que nos espera, claro, comparado con la eternidad de deleite que está por recibirse. Hermano, esto es —como dice la Escritura— una leve tribulación momentánea, “poquito”. El que soporta lo poco soporta lo mucho, pero esto es poquito. Te están diciendo: en correlación a la eternidad, lo que estamos soportando es poquito, porque “aún un poquito, y el que ha de venir vendrá”.

“Aún un poquito” y “mi justo vivirá por fe”

Eso no es tan grande. Espérate. Y después hay una expresión que en la traducción más común se pierde mucho, y es la que está en el versículo 38. Dice: “Mas el justo…”. La mejor traducción para eso, como lo traduce la Biblia de las Américas, la NVI, es: “Mi justo”. Parece que el traductor de la Reina Valera del 60 se guió de la expresión de Habacuc, que es lo que está citando el autor de Hebreos, y lo tradujo de manera literal como en el Antiguo Testamento. Pero en el Nuevo Testamento lo que ahí dice literalmente es “mi justo”, y en el original tiene un sentido de propiedad.

Así lo traduce también la NVI, dice “mis justos”, un sentido de posesión. Esto significa, hermano, que nosotros somos suyos. Lo que se está diciendo es: “Mis justos, mis justos van a vivir por fe”. A mí me emociona, hermano, que el Señor hable de nosotros con un sentido de propiedad. Yo a veces me veo, cuando leo esto, hermano, como: yo soy del equipo del Señor, estoy aquí en terreno contrario. El Señor está diciendo: “Estoy contigo. Tú eres mi justo, tú eres el que estás buscando mi interés en un mundo caído. Dale para adelante”.

Aquí hay algo interesante, ya que en el sentido negativo nosotros somos un espectáculo al mundo, pero en el sentido positivo Dios nos está exhibiendo. Es como si fuéramos su equipo. Él está atento y se deleita. Dice 1 Corintios 4:9:

Porque según pienso, Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y aún a los hombres.

— 1 Corintios 4:9

El Señor es quien nos está exhibiendo, hermano, y con esto se está glorificando. El hecho de que sus justos estén en este mundo caído y estén haciendo su voluntad es algo que contribuye a la gloria de nuestro Señor.

Él termina todo esto en el 39 con una arenga final. “Arengar” es lo que hace un militar cuando están por entrar a la guerra: les dice “vamos pa’lante, vamos a ganar; nosotros no vinimos aquí a salir derrotados”. Arengar es lo que hace el mánager de un equipo de fútbol antes de salir a la cancha, que les dice: “Vamos a hacer hoy goles, este es nuestro juego”. Eso es lo que es arengar.

Arenga final: no somos de los que retroceden

Arengar es lo que hacen los fanáticos de las Águilas del Cibao cuando dicen: “Vamos a hacerle, vamos a hacerle…”. Hermano, eso es arengar. Es un buen aguilucho, ¿eh? Están perdiendo, hermano, 6 a 0 en el noveno, todavía están ahí. Ellos dicen: “Con la ‘i’ vamos a hacerle, vamos a hacerle”, hermano, eso es arengar.

El pueblo del Señor necesita sus arengas: alguien que se pare y le diga al pueblo: “Hermano, vamos pa’lante, hermano, avanza”. Lo que hace el autor en el 39 es que les dice: “Pero nosotros no somos de los que retroceden”. Ahí él se implica él mismo y dice: “Yo estoy con ustedes aquí al pie del cañón. Nosotros no vamos para atrás”. Es lo que les está diciendo.

Después la expresión parecería que él como que: “Yo triunfé y ustedes no”. Él está diciendo: “Nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma”. Es una arenga, hermano. Me emociona ese “pero nosotros”. Está identificando: “Yo estoy con ustedes, yo no solamente estoy aquí dándoles un discurso, yo vengo a decirles que estoy con ustedes”.

Les menciono el béisbol, hermano, pero miren también los partidos políticos, como cuando entusiasman. Hemos perdido los oradores que teníamos antes. Aunque uno no fuera de un partido, ver un cierre de campaña era un asunto que emocionaba. Esos oradores podían estremecer a un pueblo. El pueblo del Señor necesita sus arengas: gente que nos diga, “hermano, nosotros somos del Señor, nosotros estamos triunfando; aunque no parezca, nosotros estamos por delante; la promesa es nuestra; nosotros no somos de los que retroceden”.

En la guerra, el que retrocede… alguien se devuelve en los caminos del Señor, y hay tres que dicen: “Ay, fulano se devolvió, vamos a devolvernos nosotros también”. ¿Cómo que sí vamos a la guerra? Cuando hay un amigo suyo que cae ahí, usted se entusiasma y dice: “Vamos hacia adelante”. Yo no conozco a nadie en la guerra que, cuando cae un soldado al lado suyo, diga: “Deme un tiro a mí también, que yo me quedo aquí”.

Cuando usted vea, hermano, que en los caminos del Señor alguien se devuelva, entusiasme usted y diga: “Vamos por delante”. Esos himnos de antaño entusiasmaban: “No puede el mundo ser mi hogar, no puede el mundo ser mi hogar; en gloria tengo mi mansión, no puede el mundo ser mi hogar”, “La cruz delante y el mundo atrás, la cruz delante y el mundo atrás”. Son arengas.

Arengar el alma con la Palabra

El pueblo lo quiere; tiene que sentir emocionalmente la promesa y tiene que sentir emocionalmente, hermano, el lugar del cual el Señor le ha sacado. ¿Cómo tú arenga tu alma? Apréndete versículos y recítalos en medio de la hostilidad. Hermanos, recítese versículos.

Si quieren versículos así de arenga, anoten ahí 2 Corintios 4:9-11, Romanos 8:38-39, 2 Timoteo 3:14-15. Marque su Biblia, léalos en voz alta. 2 Corintios 4, hermano, anote eso ahí, resáltelo en su Biblia. Cuando venga la hostilidad, arengue su alma, hermano.

El primero que les di es 2 Corintios 4:9-11, luego Romanos 8:38 en adelante, 2 Timoteo 3. ¿Cómo no, hermano? Permítanme terminar aquí arengando al pueblo. ¿Qué hacemos, hermano, cuando estamos pensando volver atrás? Usted se lee a usted mismo en voz alta, en voz alta, para que usted lo escuche.

2 Corintios 4:9-11:

Perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos, llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos.

— 2 Corintios 4:9-10

Y repítaselo usted una vez más. Dígalo seguido, hermano: “Perseguidos, mas no desamparados; derribados, mas no destruidos”. Hermano, cuando usted sienta que lo mandaron a la luna, usted se para en fe y diga a sí mismo: “Perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos”.

Léase el 8: “Que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados”. Cuando usted sienta la agüita, dígaselo: “En apuros, pero no desesperados”. Romanos 8, hermano, léase usted eso.

Nada nos podrá separar del amor de Dios

Romanos 8:38 en adelante:

Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

— Romanos 8:38-39

Y dígaselo usted mismo: “Amén, amén, amén”. Dígaselo, hermano. El alma de uno necesita esa arenga, ese “shot” emotivo que te dice: “Con el poder del Señor, en el nombre del Señor, vamos por delante”. Nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que por la fe alcanzamos las promesas.

Permítanme orar por todos ustedes, hermanos, para que el Señor les permita recordar de dónde vienen y para dónde van, para que el Señor les permita ir más allá de sus circunstancias actuales, para que el Señor les permita sobreponerse a la tribulación y a la hostilidad. Hermano, el Señor no nos trajo hasta aquí para volver atrás.

Ay, Señor, gracias porque vemos lo que tú has hecho, nos gozamos, Padre, por tu misericordia. Estamos aquí. No contábamos, Señor, que en el 2018, en septiembre, todavía estuviéramos militando, y aquí estamos, Señor. Padre, han pasado los días y aquí estamos; han pasado los meses, y aquí estamos; año tras año, Señor, promesa tras promesa, esperanza contra esperanza, aquí estamos, Señor.

Padre, permite a mis hermanos recordar lo que tú has hecho; que se sientan estimulados, Padre. Permite que esta ancla que tenemos ya en tu presencia, en el cielo, nos estimule a ir por delante. Padre, mira cualquier hermano mío que haya estado pensando volver atrás, mira aquel que ha pensado que no soporta. Recuérdale, Señor, que esto es leve, que esto es temporal, un poquito de tiempo, Señor.

Ay, Padre, permítenos acariciar de manera vívida nuestra promesa. Permítenos deleitarnos, Señor, como verdadera comida. Permítenos anticipar el gozo de las cosas que para nosotros están preparadas, Señor. Permítenos saludar desde ahora tu preciosa promesa, ese cielo nuevo y tierra nueva, Señor, donde habrá verdadero deleite; ese cuerpo glorificado que tendremos en ti para experimentarlo; y este nuevo orden, Señor, donde ya no hay injusticia, donde no hay corrupción y donde todas las cosas son preservadas por el mismo Autor que sostiene toda la creación.

Permite, Señor, que este pueblo camine de manera victoriosa hasta tu presencia. Padre, mira cómo hemos recibido en esta semana hermanos terminando talleres de membresía, otros comenzando. Señor, cierra la puerta, que no vuelvan atrás, que no vuelvan atrás. “La cruz delante, el mundo atrás; la cruz delante, el mundo atrás”.

Invitación y despedida en adoración

Mantén tus ojos cerrados, hermano querido. Si alguien está aquí hoy congregado y ha escuchado la palabra, ha escuchado la predicación, ha escuchado la tierna invitación del Señor; si alguien pensaba que no podía, que vea el testimonio de una multitud de gente, humanamente hablando débiles pero poderosos en el Señor, que hasta aquí han sido traídos; que alguien vea el ejemplo del evangelio triunfando en nuestra vida, en nuestras decisiones, y que ponga su confianza en el mismo que nos ha traído a nosotros hasta aquí.

Aquel que la buena obra empezó es fiel en completarla, llevarla a feliz término, llevarla hasta el final. Bendice, Señor, este pueblo; bendíceles con estímulo, bendíceles, Señor, con confianza, bendíceles, Señor, con un triunfo contundente sobre toda hostilidad. Todo esto para tu gloria, en Jesús.

Nos despedimos, hermanos, cantando alabanzas al Señor.

Recibe lo nuevo por correo

Los mensajes del domingo, los devocionales y los artículos. Sin frecuencia fija y sin publicidad.

Puedes darte de baja cuando quieras.

En vivo PezMundial Radio