Te invito ahora a cerrar tus ojitos un momento, y nos preparamos para recibir tu palabra. Gracias, Padre, porque hemos visto nuestra oración contestada delante de ti. Gracias, Padre, por la satisfacción de ver cosas que, humanamente hablando, son imposibles, pero que contigo, Señor, lo imposible es posible. Cosa que ojo no vio, Señor, ni oído oyó, ni han subido al corazón de hombre, son las cosas que tú tienes preparadas para nosotros.
Ahora nos disponemos a escuchar tu consejo. Mira, Señor, que tengo hambre de hablarle a mis hermanos de este tema. Tengo necesidad de compartirlo con ellos. Permite que hoy, cuando tu palabra se predique, Señor, tu palabra se entienda y se obedezca. Te presento el corazón, Señor, de mi congregación que está aquí presente. Mira estos hermanos míos, mírame a mí, Señor. Permite que hoy tu palabra vaya deponiendo nuestro pensamiento y rellenándolo ella; permite que hoy, Señor, tu palabra vaya confrontando nuestras actitudes y cambiándolas, Señor, por actitudes de gente que te ha conocido a ti. Permite que hoy, Padre, nuestra iglesia pueda tener generosidad con los que todavía no te conocen.
Dirígenos tú, en el nombre de Jesús. Amén.
Si alguien no tiene uno de estos, entonces me levanta la manita y tal vez cerca hay uno. Dentro está el bosquejo de hoy, y permítanme explicarles que no tiene todas las partes porque queremos que ustedes se acostumbren a tomar nota en su iglesia. Hermano, si usted, en alguna parte de la enseñanza, hay algo que le llama especialmente su atención, entonces anótelo allí. Solamente tenemos ahí los puntos principales enunciados para que puedan ustedes seguirlo con su lápiz.
Estaremos dando, hermano, 3 razones para seguir creciendo. Este, de algún modo, es un mensaje especialmente para nuestra congregación, pero cualquier persona que ha conocido al Señor tiene que escuchar esto con mucha atención: 3 razones para seguir creciendo. Sucedió esta semana que yo volví a escuchar los últimos sermones que hemos predicado en Pez Mundial. El Señor bendiga a nuestro hermano de multimedia, porque nos mandaron esto; yo volví a escuchar lo que se ha estado predicando, y de algún modo me dio tranquilidad.
Un ciclo que se cierra y la tentación de quedarse pequeños
Hemos dicho, hermano, qué significa el evangelio; eso se explicó aquí con una claridad meridiana. Hemos dicho qué el Señor espera de nosotros; hemos ido poniendo algunos fundamentos. Y cuando yo escuché eso, hermano, entonces busqué lo último que enseñamos el 2011 y, de algún modo, vi como que cerramos un círculo, como que cerramos un ciclo en Pez Mundial. Las personas de nuestra iglesia, entiendo que, si tienen oídos para oír, han oído lo que significa el evangelio. Las personas de nuestra iglesia, si han tenido oído para oír, han escuchado lo que el Señor espera de ellas.
Y creo que estamos en un momento en nuestra iglesia en que ya podemos dar. Hay un momento para recibir y hay un momento para dar. Hay un momento para estar como deteniditos aquí, y hay un momento para seguir creciendo. Hoy vengo a compartirles 3 razones para seguir creciendo. Esto está basado en una necesidad imperiosa que hay en el corazón del Señor.
A mí me preguntaron, cuando niño —mi mamá no tuvo otro hijo varón—, entonces cuando yo era un niño, yo no recuerdo toda la historia, pero sí recuerdo que ella me preguntó que si yo quería un hermanito. Esa fue su pregunta; dijo: “Yuni, ¿tú quisieras tener un hermanito?”. Y yo les voy a decir —que le decía a mi madre, que ella diga qué yo le respondí—, que le respondí, madre mía, en el momento: “Yo no quiero más muchachos; yo juego solo. Ajá, yo juego solo”. Me ofrecieron el añorado hermanito y dije que no, que yo estaba bien así, quizás en el egoísmo del niño que quiere que las atenciones siempre lleguen a él, que quiere que el cuidado siempre esté con él, que quiere que nadie compita con su atención, que no venga nadie a “mata casa”. “Yo juego solo”.
De algún modo, temo, hermano, que esa sea la situación de nuestra iglesia, porque ser una iglesia pequeña tiene una coquetería especial. Miren, yo he sido parte de iglesias grandes, de iglesias medianas y de iglesias pequeñas, pero iglesia pequeña hay como un gustico especial, hermano; eso es como una iglesia boutique. Eso tiene como una… sí, sí, como una “joquetería”, hermano, y un calorcito, y todos estamos aquí cerca. Pero la verdad es que el mundo se pierde alrededor nuestro.
Alguien me dijo alguna vez: “Yo quisiera que Pez Mundial nunca creciera, que siempre como que nos quedáramos así, porque es que estamos tan cómodos, y los hermanos toditos nos vemos”. Mire, ser parte de una iglesia grande, eso en muchos sentidos es una dificultad. Y cuando las iglesias crecen comienzan a tener problemas.
La curva del llamado, la preparación y el fruto en la historia bíblica
Yo quiero darles así una presentación solamente de algo que yo encontré en la Escritura y me sorprendió. Encontré que, en la vida de diferentes personas que Dios usó, el ministerio siempre se expresó con una curva. Esto es como cultura general, para que ustedes vean algo que me llamó a mí la atención, y se veía como de la siguiente manera: es una curva que yo encontré que está constante en la vida de Abraham, en la vida de José, en la vida de Moisés, en la vida de Josué, en la vida de David, en la vida de Cristo, en Pedro, en Pablo; hermano, en casi todos los ministerios que aparecen en las Escrituras se manifiestan esos cuatro momentos. Lo que está en azul yo lo puse como el momento, y lo que está en verde le llamo el fruto.
Si ustedes leen la Escritura en el libro de Génesis van a ver que entre el tiempo en que Abraham fue llamado hasta el tiempo en que se expresó todo el fruto que iba a venir a través de ese llamado pasaron años. El Señor primero le llamó, y en el llamado no había nada de fruto, sino que solamente él tuvo la convicción de que el Señor lo había llamado para algo. Después, hermano, el Señor comenzó a preparar a Abraham y lo tuvo errante en la tierra, en diferentes lugares. Después entonces tuvo un hijo, y el pueblo de Israel entonces comienza a expresarse. Pero el gran crecimiento de eso, hermano, no fue ni siquiera con Abraham, pero vino el crecimiento.
Después, leyendo la historia de José, uno se da cuenta que el Señor comenzó a hablar a José a través de sueños. Y en esos sueños, hermano, no había mucho fruto; lo que había era una conciencia de que había un llamado del Señor, y el Señor fue como diciendo a José, a través de sueños: “Prepárate, porque en algún momento te voy a usar”. Y cuando vino la preparación fue que se le puso la piña agria: lo dejaron dentro de un pozo, lo vendieron, estuvo preso, después lo mandaron de nuevo… el Señor lo avergonzó, lo destruyó y después lo comenzó a levantar. Pero hubo primero un llamamiento, después la preparación, un crecimiento y una sucesión. José no se quedó para siempre, sino que cumplió su propósito en el reloj de Dios.
Después, hermano, estudiando la historia de Moisés —ya hablé de la historia de José—, en Moisés lo mismo: el Señor lo llama, lo prepara y el fruto se va como manifestando. Primero nada de fruto, después un poco de fruto, después mucho fruto, después mucho más.
Alcanzó generaciones. Sucedió lo mismo, hermano, con Josué. Sucedió con David. Sucedió con Cristo. Sucedió con Pedro. Sucedió con Pablo.
La compasión de Cristo y la mies abundante
Hermano, del mismo Cristo, el tiempo de ministerio que tuvo en esta tierra, que fueron quizás unos 3 años, no hay mucho fruto visible, como que no se ve. Tenía doce discípulos, que eran discípulos a veces un poco pusilánimes. No había como mucho fruto evidente, pero después de la muerte de Cristo vino primero un llamado, después una preparación —el desierto—, después comenzó un crecimiento, después una ascensión y vino mucho fruto.
Hermano, casi todos los procesos en las iglesias que he conocido han sucedido así: primero comienzan con un llamado, después un poquito de fruto y después las iglesias se vuelven grandes, y uno ni siquiera lo sabe. Y en ese proceso, hermano, es de lo que quiero hablar hoy. Yo entiendo que el Señor está muy contento con nuestra iglesia, pero que el Señor, en su corazón, Él anhela más.
Te voy a dar 3 razones por las cuales nuestra iglesia —y cualquier otra iglesia— tiene que seguir creciendo. Razones por las cuales tenemos que abandonar nuestra comodidad. Razones por las cuales tenemos que hacer lo que el Señor quiere que se haga. Y razones por las cuales esto debemos esperarlo.
Mateo, capítulo 9, versículo 36 al 38, es un versículo, para mí, hermano, de mis versículos favoritos. Dice el libro de Mateo, en el capítulo 9, versículo 36 al 38:
Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.
— Mateo 9:36–38
Una emoción muy profunda en el corazón del Señor. Esa emoción se llama compasión. Él había estado caminando, pero en un momento vio la multitud, hermano, y esa multitud Él la vio como personas muy necesitadas. Y cuando Él vio esa multitud dice que sintió compasión. Me pregunto: ¿cuándo fue la última vez que tú sentiste compasión por esta ciudad? ¿Cuándo fue la última vez que tu corazón se movió y tú dijiste: “Yo necesito que el Señor alcance otro más de mis vecinos, otro más de mis compañeros de trabajo”? ¿Cuándo fue la última vez que sentiste lo que sintió Jesús cuando vio las multitudes que estaban desamparadas y dispersas?
Es mi intención que hoy tú entiendas 3 razones por las cuales no es bueno que la iglesia sea pequeña. 3 razones por las cuales es necesario que las multitudes vengan al Señor. 3 razones por las cuales es necesario seguir creciendo. Es mi intención, hermano, que cuando tú veas estas cosas, de algún modo te pongas en movimiento. Es mi intención que, cuando tú veas estas cosas, de algún modo esto te incentive a dar. Escuchen el consejo de Dios.
Denme un momentito para ponerme de acuerdo allá con el muchacho… ahora sí. Vamos a mover ahora, ahora sí.
Mitos sobre el crecimiento y la necesidad de compasión
Miren, están sus bosquejos: el crecimiento en la iglesia no es un capricho. Que un pastor ande por ahí diciendo: “Ay, yo quiero como que la iglesia crezca”, normalmente no es un capricho, esto no es vanidad. Esto es una urgente necesidad en el corazón de Cristo y, por lo tanto, debe serlo también en el nuestro. Al mismo tiempo, la mayor limitante para el crecimiento de la iglesia es la falta de compasión. Es una profunda identificación, hermano, con las necesidades ajenas y que esto nos impulse a actuar, es sentir precisamente lo que sentía Jesús.
Mi intención en la enseñanza de hoy es que ustedes salgan de aquí siendo, hermanos, compasivos. Que el Señor les permita experimentar en sus corazones, por un momento, aquello que Él experimentó cuando vio la multitud que estaban desamparadas y que estaban dispersas, y que esa compasión nos invite a actuar.
Oro por ustedes un segundo: mira, Señor, esta congregación. Mira, Señor, que aquí hay gente que antes estuvo dispersa. Mira, Señor, que aquí hay gente que antes estuvo desamparada. Mira, Señor, que aquí hay gente que ha comenzado a dar fruto porque está siendo atendida. Mira que aquí hay gente, Señor, que su vida ha dado un giro total cuando te ha conocido a ti. Antes, Señor, de entrar al cuerpo de esta enseñanza te pido que pongas compasión en su corazón. Permite, Señor, que den a otros lo que les han dado a ellos. Permite, Señor, que no se queden solamente comiendo, sino que comiencen a dar. Permite, Señor, que hagamos por cualquier persona lo que esperaríamos, Señor, que cualquiera hiciera por nosotros si todavía no te conociéramos a ti.
Permite que nuestra iglesia no se quede donde está. Permite que nuestra iglesia, Señor, tenga razones para seguir creciendo. Permítenos sentir lo que sientes tú. Permítenos ver Santo Domingo como lo ves tú, Señor. Permítenos ver a nuestros compañeros de trabajo como los ves tú. Permítenos ver, Señor, a nuestros familiares no creyentes como los ves tú. Permítenos sentir lo que sientes tú. Pon esta carga, Señor, en nuestro corazón. Permite que Pez Mundial crezca, Señor, no por vanidad, no por capricho: que crezca por necesidad. Miramos cómo estamos ahora, Señor, una manada pequeña, un pequeño rebaño, y auméntanos para tu gloria.
Queremos, Señor, queremos, Señor, hacer por otros aquello que alguien hizo por mí. Con carga nuestro corazón, con urgencia, Señor. Derriba todos los mitos sobre crecimiento y permite que crezcamos con salud. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesús.
Dios sí cuenta, y queremos cantidad y calidad
Vamos a mitos sobre el crecimiento de la iglesia. Hay cosas que la gente ha estado repitiendo y que, a veces, uno ha terminado hasta creyéndolas. Hay mitos sobre crecimiento. Nos dicen que hablar de crecimiento es vanidad, que es algo que no se debe mencionar, que si sucede, que suceda, pero que no lo mencionemos, porque “ya, si vamos a hablar de que la iglesia crezca, que la iglesia crezca…” Hermano, eso no es vanidad. El crecimiento de la iglesia, eso es compromiso, eso es necesidad, eso es responsabilidad delante del Señor. La iglesia tiene que crecer porque todavía hay personas que no tienen lo que tienes tú.
Otros te dicen que a Dios no le importan los números. Sorprendentemente, hay un libro entero en la Biblia que se llama Números, y que es un libro difícil de leer, hermano, porque está lleno de cifras. Y vemos al Señor midiendo a su pueblo cada vez. Él dice: salieron tantos, llegaron tantos. “Y de la tribu de tal habían dos, y de la otra habían cuatro”. El Señor está muy interesado con los números, en la verdad. Él tiene un libro entero. Miren, la Biblia está llena de cifras. No es casualidad que, cada vez que el Señor alimentó, los contó, y aparece la cifra. Dice: “No, el Señor alimentó 5000”. No es casualidad que cada vez que Pedro predicó y se convirtieron, los contaran. Lean el libro de los Hechos y todos van a encontrar que la iglesia primitiva era intencional con los números. A ellos les importaba, no para la vanidad de ninguno de ellos, hermanos, sino para la gloria del Señor y el beneficio de esa gente.
Otros te dicen que tenemos que elegir entre cantidad y calidad. Yo te diré: los dos. Queremos ser una iglesia grande, queremos ser una iglesia cimentada en la palabra del Señor, hermano. Queremos ser una iglesia fuertemente asentada en la palabra del Señor y una iglesia muy misericordiosa, que alcance mucha persona: las dos. Miren, no es verdad que las iglesias grandes son inmaduras y las chiquitas dizque que son… miren, hay iglesias pequeñas que tienen una ignorancia que da miedo, y hay iglesias enormes, hermano, que están fuertemente cimentadas. El tamaño no es una excusa para no crecer. Queremos crecer con cantidad y con calidad.
Yo escuchaba el domingo pasado, o antepasado, a mi hermana Aimee llorar por crecimiento de su iglesia, y cuando yo escuché a mi hermana Aimee llorar, hermano, yo me acongojé. Ella decía: “Señor, permite que crezcamos en número, permite que crezcamos espiritualmente”, y decía después: “Permite que crezcamos físicamente”. Yo, desde adentro, dije: “Pero, caramba, es verdad, tenemos que crecer; hay personas en Santo Domingo que todavía no conocen a Cristo; hay gente que no tiene lo que tienes tú”. Pues entonces dejemos este jueguito de “calidad o cantidad” y agarremos los dos.
Queremos ser una iglesia numerosa y queremos ser una iglesia profunda. Queremos ser una iglesia grande, una iglesia que glorifica al Señor. Queremos ser una iglesia que no comprometa el mensaje de la Escritura, pero queremos ser una iglesia, hermano, que alcance a tantas personas como podamos alcanzar. Queremos ser no solamente una multitud de personas, sino queremos ser una multitud cuidada: las dos cosas.
A veces el consuelo del chiquito dice: “Nosotros somos chiquitos, pero somos bíblicos”. Espérate, hermano, ese es tu consuelo. La verdad es que hay iglesias enormes que tienen más fundamento que nosotros, es la realidad. O sea, una iglesia debe anhelar ser grande en número y ser grande en reflejar al mundo el carácter de Cristo: ambas cosas, ambas cosas. El Señor sintió esto, hermano, y yo quiero que lo sientas tú también.
Miren, la alegría del sembrador está en la cosecha. No me diga nadie de ustedes que tienen un conuco de cualquier cosa y que ustedes siembran una cosa y ya, que no vuelven a sembrar, no, hermano. No. Dice: “El que llorando esparce la semilla, cantando recogerá sus gavillas”. La magia, hermano, de la siembra está en la cosecha, y eso como que motiva. Todo el que sembró, aunque sea una matica de cualquier cosa que echó una flor, se sintió motivado a cuidar su mata, a cuidar su planta. Más cualquier hermano que sembró un arbusto frutal, cuando se comió un fruto de eso, sintió el deseo de volver a sembrar. Tengo dos racimos de plátano que están llenando el patio de mi casa, ¡y yo quiero sembrar plátano! ¿Me siguen en esto? ¿Me siguen?
O sea, no hay una cosa que emocione más a un sembrador que recoger el fruto de la obra. Decía el apóstol Pablo: “Si para algunos yo no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy en el Señor; porque el sello de mi apostolado sois vosotros”. También él decía, de algún modo: “Yo cosechar para el Señor me hace saber que yo no soy estéril para el Señor”.
La alegría de la cosecha y el anhelo de crecer en todo
Déjenme decirles que debemos desear no solamente sembrar, sino que el Señor nos permita tener una amplia cosecha. Debemos desear no solamente poner la semilla, sino desear que el Señor provea lo necesario para que la plantica crezca, dé fruto y se riegue, hermano; esto, en bendición. Debemos desear ser una iglesia fuerte bíblicamente, desear ser una iglesia misericordiosa con los que todavía no han conocido. La alegría del sembrador está en la cosecha.
Nosotros tuvimos varios bautismos el año pasado, y eso para mí fue como comida. Ver a mis hermanos reaccionar ante el Señor, ver a mis hermanos abrir los ojos ante el Señor, ver personas que antes no tenían esperanza y que ahora son parte del pueblo del Señor… yo salí de ahí, hermano, de esos bautismos, con el deseo de comenzar los próximos talleres de membresía y bautizar uno más.
El anhelo de una iglesia debe ser alcanzar a tantas personas como el Señor se lo permita, y formarlas, hermano, hasta que lleguen a reflejar su carácter. ¿En qué área vamos a crecer o debemos crecer? Debemos crecer en número, debemos crecer en el carácter de Cristo, debemos crecer en recursos. Una iglesia debe crecer en todos los sentidos, y todo esto para la gloria del Señor.
3 razones para seguir creciendo. ¿Estamos bien donde estamos? Sí, ciertamente. O sea, después de cerca de…, vamos para un cuarto aniversario, la iglesia ya tiene un fundamento. La iglesia tiene una membresía regular, una membresía comprometida, una asistencia regular. De algún modo tenemos unos programas que hemos podido mantener. Vimos el año pasado que nuestro presupuesto lo pudimos concretar. ¡Gloria al Señor por todas estas cosas, hermano! Pero queremos más, esa es la verdad. Queremos ser compasivos, queremos ser misericordiosos, queremos sentir lo que sentía el Señor.
3 razones para seguir creciendo. Miren, tenemos que crecer porque esto es justo. Si tú me preguntas: “Pastor, ¿por qué razón esta iglesia debe de crecer?”, tenemos que crecer porque es justo. “Lo que ustedes recibieron gratis, denlo gratuitamente”. Si a ti te han dado, tú tienes que dar, hermano. Tenemos que preparar nuestra gente, no solamente para que reciba, sino también para que devuelva.
Hay una expresión que yo uso, que digo: si usted encontró un caracol en medio de la ciudad, esté seguro de que alguien lo ayudó porque no llegó caminando. Si usted encontró una persona que camina espiritualmente recta, esté seguro de que alguien le cuidó. Esté seguro de que alguien le compartió del Señor. Ten la seguridad de que solo no llegó. Pues entonces, hermano, tenemos que ser justos y dar por gracia lo que por gracia hemos recibido.
La esencia del discipulado está en devolver. La expectativa de todo creyente tiene que ser la expectativa de formar otro creyente; esa es la verdad. Todo creyente del Señor tiene que tener la expectativa de formar uno más, esa es la verdad. O sea, toda semilla quiere producir semilla, todo fruto quiere producir otro fruto, todo discípulo de Cristo tiene que desear otro discípulo.
Primera razón para que nuestra iglesia crezca: nuestra iglesia debe crecer porque esto es justo. Este es el eslabón perdido. La mayoría de las iglesias preparamos la gente sólo para recibir, pero no para devolver. Hay gente que me dice: “Ay, a mí me gustaría Pez Mundial porque me gusta la enseñanza”. Hermano, esto no se trata solamente de comer y alimentarte y estar gordo, no. Esto se trata, hermano, de crecer con un propósito. El propósito con el cual vas a crecer es formar uno más para el Señor.
Madurez, discipulado y responsabilidad por otros
Los discípulos de Cristo no estaban ahí para estar eternamente junto a Cristo; estaban allí formándose para ellos mismos formar discípulos de Cristo. Estaban ahí al pie del Señor por un momento. Comenzó a decir Cristo: “Hoy me ven y mañana no me verán”. Él comenzó a decir: “Miren, a ver si se me van saliendo, aunque sea de dos en dos, para que vayan aprendiendo”. Inicialmente lo hizo y después los mandó. Y cuando ellos lo hicieron, le hicieron preguntas. Él estaba formando a sus discípulos para que formaran otros discípulos.
Qué triste la iglesia donde la gente solamente sabe ir a que le den. Qué triste es el cristiano que, después de años en el Señor, la única expectativa que tiene de venir a la iglesia un domingo es que le den más. Qué alegre es el cristiano que sale de su casa el domingo para decir: “Ya yo no solamente voy para la iglesia a recibir, sino que también estoy dando, también estoy formando”. Qué bonito es, hermano, el que ya encontró un ministerio en el cual servir. Qué bonito es, hermano, el que ya está pudiendo compartir de lo que Dios le ha dado.
La esencia del discipulado es dar aquello que anteriormente hemos recibido: hoy por ti y mañana por ellos. Miren, nosotros no entendemos el mundo del discipulado porque somos occidentales. Nosotros lo que tenemos son escuelas con pizarrones, pero en el mundo oriental, donde comenzó este proceso de discipulado, el compromiso que yo tenía era: “Yo te voy a enseñar a ti para que eventualmente tú busques gente y también le enseñes”. Un estudiante dominicano, cuando va a la universidad, él no sale de ahí deseando ser un maestro, sale de ahí deseando ser un profesional.
En las escuelas de formación de discípulos orientales, una persona no iba donde el maestro para salir de ahí con un título en la mano; iba donde el maestro para salir de ahí con sus discípulos. La expectativa que tenía un discípulo de su maestro era eventualmente él también tener sus discípulos y replicarle la enseñanza que le dio su maestro. Expectativa de todo discípulo de Cristo: formar uno más. Dar por gracia lo que por gracia has recibido. Hoy por mí y mañana por ellos.
Dice el libro de Hebreos:
Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de la palabra de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido.
— Hebreos 5:12
La expectativa que había en ellos no era que supieran mucho, no era que tuvieran la cabeza más grande, no. La expectativa que había en ellos era que fueran maestros, que eventualmente formaran a otras personas de la misma manera que ellos mismos fueron formados. Dice: “Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de la palabra de Dios, y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche y no de alimento sólido”.
La expectativa de un cristiano, hermano, debe ser la expectativa de enseñar a otro, debe ser la expectativa de conducir a otro, debe ser la expectativa de alcanzar a otro. Hermano, yo recuerdo la primera persona que yo pude alcanzar para el Señor. Estaba predicando en una iglesia en Los Molinos; una hermana me invitó allá a predicar y yo dije ahí: “Si alguien quiere…”. Y yo vi una persona así, que levantó la mano; yo fui a abrazar a esa persona: mi primera alma, hermano, para Cristo. Eso debe ser un asunto emocionante para cualquiera.
Qué triste es un hermano que es sin fruto. Qué triste es, hermano, el que no puede multiplicarse. Qué triste es aquel que tiene vida y no produce vida. Es un cristiano estéril, es un cristiano que no produce, hermano. La expectativa de todo cristiano debe estar en la multiplicación: ser maestros.
Esta pregunta: la madurez cristiana, hermano, madurez, madurez cristiana, ¿qué es madurez? Madurez, cristianamente hablando, madurez no es conocer todas las doctrinas —es importante conocer todas las doctrinas—; madurez no es haber ido a la iglesia durante todos los domingos —es importante ir a la iglesia durante todos los domingos—; madurez, hermano, no es saber más versículos que todos los hermanos —es importante conocer versículos clave de la Escritura—. Madurez, desde el punto de vista bíblico, es haber crecido lo suficiente como para asumir la responsabilidad de ayudar a formar el carácter de Cristo, intencionalmente, por lo menos en uno más.
Niños espirituales y la “crisis del nuevo niño” en la iglesia
Si tú te preguntas si eres maduro o no eres maduro, no preguntes qué tanto conoces la Biblia de tapa a tapa. Pregúntate: ¿por cuántas personas ahora mismo puedo asumir la responsabilidad? ¿A cuántas personas puedo modelarle lo que es un cristiano? ¿A cuántas personas yo puedo ayudarle a responder sus dudas? Eso es un creyente maduro. No es el creyente que más Biblia sabe; es el creyente que más responsabilidad tiene por otros creyentes. Es el hermano mayor.
Hermano, en Israel, el hermano mayor tenía responsabilidad por el resto de sus hermanos; tenía que ser un hermano ejemplo. La porción más grande le tocaba al hermano mayor porque se esperaba que ese era el hermano que iba a respaldar a cualquiera que tuviera un momento de necesidad. ¿Cuántos son hermanos mayores en nuestra iglesia? Pocos. Están acostumbrados a que les den, están acostumbrados a que los concentren; ¿para cuántos estás tú dispuesto a interceder? Eso es madurez desde el punto de vista del discipulado.
Si te preguntas: “¿He madurado yo en los últimos años en el Señor?”, pregúntate: ¿a cuántos formé? Pregúntate: ¿a cuántos conduje? Pregúntate: ¿de cuántos cuidé? Madurez, desde el punto de vista del discipulado, es una persona que tiene el crecimiento suficiente como para poder asumir la responsabilidad de modelar el carácter de Cristo ante otro. Es un hermano maduro. Es un hermano que, ante la llegada de un nuevo creyente a la iglesia —como va a suceder—, uno podría decirle al nuevo creyente: “Pasa tiempo con ese hermano, hazle preguntas a ese hermano, visítalo en su casa, trata de aprender de él”. Decía el apóstol Pablo: “Sed imitadores de mí, como yo lo soy de Cristo”. Eso es madurez.
Pocas personas, hermano, están haciendo esto. Asumir la responsabilidad de ser obreros… y hay que ser obrero, cuesta. No tener la responsabilidad por gente cuesta. Lo más cómodo es que alguien te cuide a ti, lo más cómodo es que alguien responda a tus preguntas, pero modelar el carácter de Cristo ante otros, intencionalmente, cuesta. Por eso somos sin fruto, porque es costoso hacer discipulado.
Primera razón para crecer: tenemos que crecer porque es justo. Si alguien sacó su tiempo para dedicarse a ti, si alguien sacó su tiempo para cuidar de ti, es necesario, hermano, que tú hagas agenda para cuidar de por lo menos uno más.
Miren, muchas congregaciones dejan de crecer porque, aunque no lo digan, sus miembros saben que más gente en la casa significará menos tiempo y atención de sus líderes hacia ellos, y más sacrificio de su parte. Yo te pregunto, hermano: si esta iglesia crece, ¿ustedes creen que yo los voy a cuidar a todos? No tengo la disponibilidad. Necesitamos que se levanten hermanos mayores de la congregación con la intención de cuidar de sus hermanos.
Le pregunté una vez a mi abuela cómo fue que pudo tener tantos hijos. Le pregunté: “Mamá, ¿y cómo fue que usted pudo tener tantos? ¿Cuántos tuvo mamá, en total, madre mía? ¿Cuántos tuvo?”. Y ella me dijo: “Bueno, lo que pasa es que no vinieron todos juntos; los más grandes ayudaban a los más pequeños”. Ajá, ahí está, ahí está. O sea, no vinieron todos juntos, sino que los más grandes ayudaban a los más pequeños.
Aquí ya tenemos 3 generaciones de discípulos de Pez Mundial, hermano. Tenemos 3 generaciones de personas que han sido formadas, que han sido cuidadas, que han sido instruidas. Necesitamos que esa generación que ya tiene el tiempo necesario para comenzar a cuidar, que cuide. Necesitamos que asumas responsabilidad por tus hermanos.
Son niños. Niños. Dice la Escritura que, “debiendo ser ya maestros por el tiempo que tienen, aún son niños”. Niños caprichosos, niños que piensan solamente en ellos, niños que tienden a cerrar el puñito, así son: niños. Qué triste es una iglesia de niños. Una iglesia de gente que no tiene responsabilidad por nadie. Una iglesia de gente que ven cualquier cosa y eso les pasa de largo. Una cantidad de gente que no tiene cuidado de nadie: son niños. Niños grandes, pero niños.
Mire, yo he presenciado iglesias que el Señor les ha mandado crecimiento en un momento, y ¿saben qué se comienza a manifestar? Las actitudes de niños. Aprovecho yo que están aquí, hermanos de Lucerna. Miren, en un momento el Señor envió una visitación extraordinaria a esa iglesia; envió cerca de 70 nuevos creyentes a la iglesia. Y ¿saben qué sucedió? Que los creyentes más grandes comenzaron a quejarse: “¡Ah!, que ya a nosotros no nos atienden, nosotros que tenemos aquí tantos años, nosotros que fundamos esta iglesia. ¡Ah!, ahora ya no hay banco para uno. Ahora, el culto se termina y todo el mundo está cuidando de ellos. Ahora mismo solamente hay programas para los nuevos creyentes”. Hermano, eso es lo que sucede.
Les aseguro a ustedes que, si mañana Pez Mundial se triplica en tamaño, hay un grupo de personas que va a decir: “Ya la iglesia no es igual, ya como que uno no habla con nadie, ya como que yo no conozco a nadie en la iglesia”. Claro, la iglesia está llena de niños.
Y leyendo una revista sobre pediatría yo encontré —miren lo que he encontrado— la crisis del nuevo niño: síntomas comunes que se manifiestan cuando llega un nuevo niño a la casa. Decía esta revista de pediatría que esto también se manifiesta en la familia de Dios. Cuando un niño tiene un hermanito, el niño más grande comienza a manifestar unos misteriosos dolores de estómago: “Me duele la barriga”, para que venga mamá y me pase la mano. No le duele, está mintiendo; lo que él quiere es que le den la atención que le están dando al nuevo niño.
Cuando las iglesias tienen mucha paz… hasta que crecen. Cuando crecen, la gente, los viejos, comienzan a manifestar problemas. Y les molesta; ya todo les molesta más de la cuenta, ya todo es más grave de lo que es: dolor de estómago. “Cuídenme, atiéndanme”.
Necesidad de compañía para dormirse: el niño antes dormía solo, y de repente le coge miedo a la oscuridad. “Pero, ¿tú no dormías solo antes de que naciera tu hermanito?” —“No, mami, tengo miedo”. Niños, debiendo ser ya maestros, después del tiempo que tienen, tener necesidad de… niños.
Vuelven a la cama, vuelven a hacer pipí. No, hay gente que ya había superado espiritualmente cosas y, entonces, cuando ven niños, quieren que les den lo que le dan a ellos. Miren, la instrucción para nuevos creyentes no es igual que la instrucción para el creyente maduro; normalmente es una instrucción básica. Hay gente que ya tiene que usar los dientes, pero entonces quieren de nuevo que le den el biberón espiritualmente hablando: niños.
Decía esta revista de pediatría que vuelven a manifestar desobediencia, negatividad y malhumor. Miren, cuando Pez Mundial crezca, ustedes van a ver hermanitos aquí que venían contentísimos los domingos, viniendo a la iglesia con la cara larga: “No, porque es que la iglesia ya creció, ya como que se perdió eso que teníamos primero, que todo el mundo se conocía, que todo el mundo estaba como cerca”.
Ya se han manifestado cosas, hermanos. Miren, cuando en esta iglesia éramos un grupito de 8 personas, yo les aseguro que no era la misma iglesia que cuando fuimos un grupito de 12. Y cuando esta iglesia tuvo 15 miembros, no era la misma iglesia que cuando tuvimos 20. Y hay gente que dice: “¡Ay!, que me gustaba más los tiempos del parqueo, donde toditos estábamos ahí…”. Perdóname, hermano, pero los tiempos pasados no van a volver.