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Un gran propósito (Filipenses 3:12-16)

Filipenses 3:12-16

El creyente ha sido llamado a un gran propósito en Cristo: correr con disciplina la carrera de la santificación, dejando atrás lo viejo y extendiéndose cada día hacia la meta del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Predicado25 de febrero de 2024
PredicadorRaúl Nicolás Fernández
TranscripciónAutomática

No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús.

Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo alcanzado ya; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante,

prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios.

Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa.

— Filipenses 3:12-16

Un gran propósito en Cristo

Hermanos, nosotros como cristianos tenemos un gran propósito en Cristo. Y esto es precisamente lo que yo he querido titular en esta mañana: tenemos un gran propósito en Cristo. Vamos a leer de esto hoy en Filipenses 3, a partir del versículo 12 y hasta el 16. Le dice Pablo a la iglesia de Filipos estas palabras que acabamos de leer juntos en la palabra del Señor.

Y dice él en el versículo 16: pero en aquello que hemos llegado, sigamos una misma regla y sintamos una misma cosa. Gracias, Señor, te damos en esta mañana por tu palabra. Gracias porque tú eres bueno, Señor, porque tú has dejado un manual precioso en nuestras vidas para nosotros poder entender tu voluntad. Gracias porque tú nos has dejado escritos tus preceptos, tus mandamientos, las cosas que tú quieres que nosotros sigamos. Y nos has dejado, Señor, sobre todas las cosas, también al Espíritu Santo para que nos ayude a comprender todas estas cosas, asimilarlas, cumplirlas, respetarlas. Muchas gracias, Señor, te damos en el nombre de Jesús.

Hermano, déjeme leerle esta introducción al tema. Dios quiere, mis hermanos, para nosotros una vida llena de frutos. Estamos de acuerdo en eso. Dios quiere para nosotros una vida llena, llenecita de frutos. Él nos pide perseverar en medio de las circunstancias y en medio de las pruebas. Como cristianos, estamos cada día, día tras día, en un proceso de santificación, el cual debe ser evidente en nuestra vida. El Señor en su palabra nos enseña cómo seguir adelante, cómo procurar cumplir el gran objetivo, el supremo llamamiento que es en Cristo Jesús.

Dios nos conoce. Él mismo dice que habrá en este mundo muchas aflicciones y que esas aflicciones, hermanos, son necesarias para nosotros poder crecer. ¿Ustedes recuerdan ese versículo que dice que el oro se purifica con fuego para limpiar las impurezas? De esa misma manera, el Señor usa las aflicciones en nuestras vidas para permitirnos crecer. Nosotros, hermanos, somos humanos, somos carne, y muchas veces hay que hacer la voluntad del Señor y hay que seguir en ese proceso de santificación sin importar nuestra condición actual. Hermanos, muchas veces felices, muchísimas veces tristes, muchas veces llenos de gozo que rebosamos, muchas veces también frustrados.

Entre aflicciones, ánimo y el contexto de Filipenses

Muchas veces tenemos un precioso impulso para hacer la obra del Señor, que tú dices: guau, el Señor me ha llenado y vamos a hacer la obra del Señor, y déjame hablarle a los demás del Señor. Y muchas veces, hermanos, sin ni siquiera saber cómo hacerlo. Cualquiera que sea tu situación en este momento, todos y cada uno de nosotros, todos podemos hallar en el Señor ese aliento especial que nos ayuda a levantarnos y, más aún, esforzarnos disciplinadamente para cumplir su obra, y que nosotros también seamos fortalecidos en el proceso. Amén.

El Señor nos pone ahí la aflicción, pero también nos da la salida. Nos pone el dolor y también nos da la salida, y con eso nosotros salimos fortalecidos en el proceso, así mismo como lo hace la purificación del oro. Hermanos, vamos a poner un poquito más de contexto en estos versículos que comenzamos a leer a partir del versículo 12. Si vamos un poco más arriba, vemos que Pablo le está escribiendo a la iglesia de Filipos y él comienza diciendo en el capítulo 1 que él no está molesto con ellos. Él simplemente dice: mira, a mí no me molesta escribirles estas cosas, porque yo siento que ustedes necesitan escuchar esto y esto va a ser para su beneficio.

Un Pablo, un hombre lleno del Señor que, aparentemente, mis hermanos, miren, aquí hay un versículo clave en el versículo 3 del capítulo 3 que dice:

Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne.

— Filipenses 3:3

Hermanos, aparentemente en Filipos, en esta ciudad, se estaban levantando unos movimientos extraños, unos vientos de doctrina, unas corrientes filosóficas, unas corrientes de pensamiento que estaban intentando permear en la iglesia a través de los hermanos y dañar lo que allí se estaba haciendo. Cualquier parecido con la realidad actual es pura coincidencia. Esa es la situación que nosotros vivimos en el día a día.

Y Pablo estaba viendo eso, especialmente en la iglesia de Filipos. Y él dice: no tengan confianza en la carne, porque llegan esos movimientos, llegan esas teorías filosóficas y quieren convencernos a nosotros. Y si nosotros tenemos un corazón carnal, tenemos un cerebro que lo que quiere es procesar las cosas que nosotros sentimos en el día a día. Es un cerebro, un corazón que funciona con sentimientos, mis hermanos, sí. Y eso es lo que nosotros llamamos el viejo hombre, y eso es lo que nosotros tenemos que matar en el día a día, para que, como decía ahorita la hermana Mayre en la escuela bíblica, mengüemos ese hombre en nosotros y que crezca más el Señor en nosotros.

No confiar en la carne y el currículum de Pablo

Me gusta mucho que Pablo, en ciertas cartas que hace a ciertos hermanos de algunas iglesias en la antigüedad, él hace como un pequeño currículum de él. Y no es para gloriarse él, sino para enseñar que él, teniendo tantas cosas, aun así sigue confiando en el Señor. Miren aquí en el 3 donde él dice: no teniendo confianza en la carne. Quedémonos con eso, hermanos: no teniendo confianza en la carne. Nuestra carne nos engaña, y es muy fácil que a cualquier hombre venga y tergiverse lo que nosotros tenemos en nuestros pensamientos a través de la palabra del Señor, y quiera transformar esas cosas para dar otra orientación y que nosotros nos vayamos por un camino totalmente diferente al que el Señor nos ha dado en su palabra.

Y dice Pablo en el cuarto versículo del capítulo 3: aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Él dice: si hay alguien que puede… Miren, quizás esos hermanos en ese momento estaban pecando de cultos, tal vez de muy sabios, y eso les hacía que esos vientos de doctrina, que estas palabras que le estaban hablando quizás a otras personas, permearan en ellos porque eran palabras llenas de filosofía, palabras llenas de sabiduría entre comillas. Y dice Pablo: aunque yo tengo también de qué confiar en la carne, si alguno piensa que tiene en qué confiar en la carne, yo tengo más.

Y él dice por qué: porque ha sido circuncidado el octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible. Y miren, tú dices: oye, Pablo, pero caramba, como que no se oye ni siquiera como muy humilde Pablo diciendo estas cosas. Pero él pone ahí la tapa al pomo, mis hermanos.

Y miren lo que dice luego, en el versículo 7:

Pero cuántas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo.

— Filipenses 3:7

Todo eso era algo de lo que Pablo se ufanaba. Él decía: yo tengo esto, yo soy esto, yo hago tal cosa. Sin embargo, mis hermanos, miren aquí en el versículo 7: por cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. No nos dejemos llevar de estas cosas. Aunque nosotros nos sintamos tentados a creer en esto, aunque digamos: bueno, mira, yo tengo la suficiente sabiduría para decir sí y discernir que estas cosas son ciertas, no confiemos en la carne.

Ganarlo todo por Cristo y la salvación como inicio

Y en el 8:

Y ciertamente, aún estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo.

— Filipenses 3:8

¿Por qué él estima todas las cosas como pérdida? Porque él entiende que ha ganado la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo ha perdido todo, y lo tiene por basura para ganar a quién, para ganar a Cristo. Amén. Qué bueno es el Señor que pone en nosotros ese convencimiento, ese convencimiento de poder creer en Él, de poder confiar en el Señor, de saber que todas las cosas que están aquí son cosas ciertas.

¿Quién cree que la palabra del Señor es real? Amén. Miren, mis hermanos, si nosotros creemos en Dios como nuestro Señor y Salvador, si en algún momento usted lo ha hecho y ha entregado su vida al Señor y le ha dicho: Señor, perdóname de mis pecados, Señor, yo quiero que tú me aceptes como tu hijo. Si usted eso lo ha hecho en algún momento, voy a citar a Pablo nuevamente, justamente en Efesios 1:7 que dice:

En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia.

— Efesios 1:7

Bueno, si usted ha hecho eso en algún momento, déjeme decirle que usted es salvo y que desde ya usted ha heredado un lugar en el cielo junto con nuestro Señor Jesús. Si no lo ha hecho, le invito en esta mañana a que lo haga. El Señor nos está llamando. Hermano, si no lo ha hecho, hágalo, interiorice eso en su corazón y hágalo.

Pero, hermanos, aquí viene un gran “pero” en esto. Y es que cuando nosotros aceptamos al Señor y decimos: sí, Señor, yo quiero hacer tu voluntad; sí, Señor, yo quiero ser hijo tuyo; sí, Señor, yo quiero que tú me guíes; yo quiero, Señor, que tú traces mi camino para yo seguir lo que tú dices en tu palabra, quizás uno pudiera inferir que nosotros hemos llegado ya a la cúspide de nuestra vida, decir: no, Señor, ya yo te acepté, ya yo hice todo lo que tenía que hacer. Mis hermanos, nosotros estamos apenas comenzando la vida cristiana.

El inicio de la santificación y el papel del Espíritu Santo

Porque nosotros llegamos al Señor con un corazón imperfecto y un corazón de piedra, y a partir de ahí es cuando el Señor comienza un proceso, que hablábamos ahorita, que se llama santificación. Ese es el proceso en que nosotros dejamos de adoptar ciertas costumbres, es el proceso en donde nosotros dejamos de hacer ciertas cosas, es el proceso en el que nosotros comenzamos a abrir nuestra mente y tratar de parecernos cada día más a Cristo.

Ahorita en la escuela bíblica, quienes estuvieron aquí, estábamos hablando de esto: de qué significa seguir a Jesús. Mis hermanos, seguir a Jesús significa parecerse a Cristo. Y ¿ustedes creen que parecerse a Cristo es fácil para nosotros? Sin embargo, mis hermanos, el Señor nos ha dejado un precioso regalo. Cuando el Señor murió y resucitó y se fue al cielo, el Señor nos dejó un precioso regalo. ¿Y cómo se llama ese regalo? El Espíritu Santo, que nos convence de pecado, que nos dice qué cosas nosotros estamos haciendo bien y qué cosas estamos haciendo mal. Él se encarga de ayudarnos en todo este proceso y demostrarnos y hacernos evidenciar que nosotros hemos recibido al Señor.

Porque dice la palabra que luego que recibimos el Espíritu, nosotros tenemos que dar evidencia de que hemos recibido el Espíritu. No es solamente yo decir: ah sí, Señor, yo te acepto; ah sí, Señor, yo creo en tus preceptos. Porque hay muchos, muchos por ahí que dicen: sí, yo creo en el Señor, sí, yo hago lo que dice la Biblia. Y como dice por ahí un adagio muy popular: “a Dios rogando y con el mazo dando”. Esto lo que quiere decir, en el fondo, es que no basta solamente con tú decir “yo conozco al Señor”, no es solamente decir “Señor, Señor”, sino interiorizar dentro de ti la palabra del Señor y cumplir su voluntad.

Y al conocer al Señor, hermanos, nosotros no nos podemos quedar estancados. No nos vamos a quedar estancados. Dice en Gálatas 5:22-23 que hay frutos que nosotros evidenciamos cuando el Espíritu del Señor está en nosotros. Mis hermanos, y esto hay que ponerle bastante atención, porque nosotros como cristianos no es venir solamente y sentarnos a escuchar un mensaje, no es solamente venir y cantar canciones al Señor. Nosotros tenemos que demostrar que dentro de nosotros hay algo más grande que nosotros, más grande que tú, más grande que yo, que nos está transformando desde adentro hacia afuera, y eso se llama el Espíritu Santo.

El fruto del Espíritu y la meta visible

Y dice en Gálatas 5:22-23:

Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.

— Gálatas 5:22-23

Hermanos, paciencia, palabra tan compleja; mansedumbre, otra palabra difícil. Y todas esas cosas, fe en que estas cosas son posibles y son ciertas. Dice el apóstol Pablo en estos versículos que hemos visto que lo que él quiere es proseguir una meta. Proseguir es lo mismo que perseguir una meta, la meta de la santificación, la cual completaremos, mis hermanos, cuando estemos frente al Señor con un cuerpo nuevo, una mente glorificada y diciendo “Santo, Santo, Santo” por la eternidad. Ahí se termina ese proceso.

Pero mientras tanto, tenemos que afanarnos, tenemos que disciplinarnos y tenemos que enfocarnos en que ese proceso es progresivo, como dice su palabra, y que nosotros tenemos que, día a día, tratar de parecernos más al Señor. Hermano, no nos quedemos estancados. Si tú te sientes estancado quizás en este día, pues déjame decirte que muy probablemente el Señor te esté diciendo: tú no tienes la necesidad de estar así, tú puedes crecer en mí.

Y, hermanos, por eso yo les decía que aceptar al Señor es el inicio de la vida cristiana, porque después que nosotros aceptamos al Señor es mucho, muchísimo el cambio que nosotros tenemos que tener en nuestro carácter y en nuestra vida para parecernos a Cristo. Pablo es muy enfático en estos versículos, y él lo menciona en ese pedacito que nosotros hemos leído del 12 al 16. Él lo menciona dos veces. Miren, al principio él dice: “no que lo haya alcanzado ya”. Dice: yo no soy perfecto, hermanos de Éfeso —bueno, aquí de Filipos—, yo no he alcanzado ese proceso todavía, pero estoy corriendo, me encuentro en la carrera de perseguir una meta visible que es en Cristo Jesús.

Y más abajo él vuelve y se lo dice: no es que yo lo haya alcanzado. Yo no les estoy hablando a ustedes desde una posición de perfección, yo no les estoy hablando desde una posición que solamente pudiera tener Cristo. Yo les estoy hablando a ustedes desde una posición como cada uno de ustedes.

Seguir al Señor aun con luchas y cansancio

Una persona que ha intentado seguir al Señor y que lo está logrando. Esa es la diferencia, mis hermanos. Una cosa es seguir al Señor y otra cosa es seguir al Señor y sentirse que tú lo estás logrando. Mis hermanos, otra vez, somos humanos y hay todo tipo de situación. Como les decía ahorita, a veces alegres y a veces muy tristes. Mis hermanos, yo creo que aquí a más de uno se ha levantado en la mañana y dice: vamos para la iglesia, pero como que no, no sé, no quiero ir. Quizás algo que yo hice, algo en lo que fallé en esa semana. Y dices: Señor, ¿y tú cómo que me vas a recibir?

Hermanos, aquí el ministerio de adoración tiene, igual todos los domingos, domingo tras domingo, que venir y alabar al Señor. Y la adoración, mis hermanos, la alabanza es quizás la expresión de adoración más visible que uno pueda tener, porque cuando tú oras, quizás en intimidad, tú oras con los hermanos, OK; cuando tú lees la palabra, muy profundo, tú alabas al Señor. Pero a través de las canciones, hermanos, eso es muy evidente de lo que hay dentro de ti para tú poder adorar al Señor. Y yo estoy seguro que más de uno de esos hermanos también han venido en la mañana quizá disminuidos, preocupados, dolidos.

Hermano, sí, hay que sacar de abajo para poder seguir en la ruta que el Señor nos ha trazado, en esa carrera que el Señor nos ha puesto para alcanzar la meta. Asimismo como ellos, asimismo como yo, asimismo como el pastor, asimismo como cada uno de nosotros ha tenido esas dificultades. Pero ¿qué dice Pablo? Poned los ojos en la meta. Dice Pablo que él quiere asir ese premio. Asir es agarrar con tus manos ese premio, porque el Señor así mismo lo asió a él, lo “hació” a él para que él cumpliera su voluntad.

Dice la palabra, hermanos, que nosotros amamos porque Él nos amó primero. Y no hay cosa posible que nosotros estemos pasando en esta vida, mis hermanos, que ya el Señor Jesucristo no lo haya pasado de antemano y nos dé testimonio de cada una de estas cosas para nosotros poder vencer cada una de esas pruebas. Y les voy a decir algo, mis hermanos: miren, cuando nosotros nacemos, desde que nacemos comemos, ¿sí o no?

Vivir “con lo mínimo” y el peligro de un cristianismo mínimo

Desde que nacemos comemos, y mientras más crecemos, más comemos. Y si somos cristianos, más comemos, dicen por ahí. Mis hermanos, y uno puede decir: mira, yo voy a proponerme vivir de lo mínimo, yo voy a proponerme comer lo mínimo, pero lo mínimo necesario para no morirme, y beber lo mínimo necesario para no deshidratarme y también morirme. Y déjeme decirle que eso usted lo puede hacer.

Usted puede comer lo mínimo, pero lo mínimo posible para usted no morirse de hambre, no morirse de inanición, no morirse de sed, y de vez en cuando tomarse unas cuantas vitaminas y también con eso suplementar todas esas cosas y no morir. Aquí hay varios doctores que me pueden corroborar eso. Hay una historia de un señor, un escocés, se llama Angus Barbieri. Ese señor pesaba como 600 libras, 600 libras, mis hermanos, una vaca Angus. Y él se propuso y dijo: yo voy a comer lo mínimo, pero con su motivación de rebajar, yo voy a comer lo mínimo, pero es un esfuerzo que voy a hacer durante un año y medio.

Y al año y medio este señor había rebajado 450 libras. Y tú dices: wow, pero se puede de verdad vivir con lo mínimo. De ese señor lo que hicieron fue un libro, y lo entrevistaron ya viejito, como cinco años antes de morir, y él dijo: no se lo recomiendo a nadie. Ustedes saben la crujía como que yo pasé en ese tiempo. Es verdad que yo rebajé, pero hay otros mecanismos posibles, también más saludables, más despacio, que se pueden utilizar para rebajar. No se los recomiendo a nadie, decía esta persona.

Mis hermanos, y así nosotros como cristianos. Nosotros aceptamos al Señor y nos sentamos ahí donde está usted, donde me siento yo muy frecuentemente, y tú puedes decir: mira, yo voy a hacer lo mínimo para ser salvo. Hermanos, si usted aceptó al Señor, si usted confesó desde su corazón que el Señor es real y que usted quiere que lo perdone, y usted dijo: Señor, entra, usted es salvo. Usted es salvo, y usted tiene ya esa casita ganada en los cielos junto con el Señor.

El evangelio no es para vivir al mínimo

Pero no podemos, mis hermanos, vivir de lo mínimo en el Evangelio. Nosotros no podemos sentarnos ahí y decir: ah, mira, cada semana yo le doy mi horita al Señor para que se recuerde que yo estoy aquí; mensual abro la Biblia y digo: déjame leer alguito para que el Señor sepa que yo… No podemos vivir de lo mínimo, no podemos vivir de lo mínimo posible en el Evangelio para agradar al Señor, porque al final eso no agrada al Señor. Hermanos, de esta misma manera, el Evangelio no está hecho para que nosotros —quédense con eso— vivamos al mínimo.

Hay muchas cosas, hermanos, en nuestra vida que están en constante cambio, en nuestra vida y en nuestro carácter, como ya hemos dicho. Dios, mis hermanos, nos da recursos valiosos para que nosotros corramos la carrera del Evangelio sin cansarnos, o quizás cansándonos, pero teniendo el ánimo de poder volver a levantarnos y volver a correr. Si alguno de nosotros hoy se encuentra en esta situación donde no nos sentimos que estamos persiguiendo fielmente la meta, pero… Bueno, la meta es visible. Cuando nosotros comenzamos a correr en el Evangelio, la meta es visible, tú estás viendo al Señor y lo estás viendo por aquí, y tú estás oyendo al Señor, porque el Señor, a través del Espíritu Santo, le está hablando a tu corazón.

Y muchas veces buscamos excusas, hermanos, en el que solamente escuchamos un poco, leemos un poco, oramos un poco. Mis hermanos, y en esta mañana el Señor nos está diciendo que salgamos de ese letargo, porque eso no glorifica al Señor. Que persigamos la meta y que nos levantemos y que caminemos, porque ¿quién es aquel que nos ayuda sino el Señor? ¿Quién sino el Señor que, como dice la canción, las estrellas movió? Él es quien hace todas las cosas posibles, mis hermanos. Sí, nosotros podemos estar cansados, podemos estar frustrados, podemos estar dubitativos, pero ¿quién sino el Señor es aquel que hace todas las cosas posibles?

Nosotros tenemos en el Señor, mis hermanos, la cosa más preciosa que pueda tener cualquier persona en este mundo, y es el Señor hablándonos a través del Espíritu Santo y poniendo en nuestra mente aquellas cosas que nosotros debemos hacer para glorificar su nombre. Para lograr esto, mis hermanos, debemos pedirle al Señor que nos dé una característica muy necesaria para estos fines y que al mismo tiempo es muy complicada para nosotros, y de hecho la palabra solamente asusta. Para nosotros correr en una carrera, mis hermanos, debemos tener algo que se llama disciplina.

Disciplina y la carrera espiritual

Qué cosa tan difícil, mis hermanos. La disciplina no es… En días pasados, en redes sociales, vi a alguien que publicó y decía: “motivación y disciplina”, y había dos fueguitos. Y el de motivación se apagaba, se apagaba y se apagaba. ¿Creen ustedes que nosotros llegamos a algún lugar de esa manera? Y el de disciplina, cuando el fuego de la motivación prendía, prendía como de ese tamaño, y el de la disciplina estaba siempre prendido, pero así, pequeñito, pero constante.

Es más provechoso para nosotros, hermanos, que nosotros corramos una carrera mirando la meta sin distracción, que querer correr por momentos y detenerte, y querer correr por momentos y detenerte. Es una meta visible que con su ayuda es posible y que es alcanzable. ¿Quién cree eso en esta mañana? Amén. Vamos a ver el versículo 12:

No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús.

— Filipenses 3:12

Otra vez Pablo no dice que haya logrado la meta de ser perfecto, ni que él esté totalmente santificado, sino todo lo contrario: que él continúa corriendo y cada día quiere parecerse más a Cristo. Él dice que se encuentra en esa carrera en activo, persiguiendo su objetivo. Asir, que dijimos que es tomar con las manos, es como que yo quiero conseguir algo, y cuando yo lo consigo, yo consigo ese premio, esa copa, yo la agarro con mis manos y la abrazo y decimos: gloria al Señor, también, ¿verdad?, que la conseguimos. No con nuestro esfuerzo, sino con el del Señor. Tú dices: guau, la tengo. Así mismo, mis hermanos, el Señor nos tiene en sus manos. Así mismo el Señor te ha llamado, te ha escogido, te ha elegido, y te tiene en sus manos con ese mismo amor.

Y ese mismo amor es el que nosotros debemos tener cuando consigamos la meta y halemos el premio del santo llamamiento, que es en Cristo Jesús. Pero para esto, hermanos, tenemos que cumplir ciertos pasos. Y el primero de estos pasos es reconocer nuestra condición espiritual actual delante del Señor. No todos estamos en el mismo momento, hermanos, no todos estamos en el mismo ánimo, ni siquiera nosotros mismos estamos siempre en el mismo ánimo.

Introspección y la ayuda del Espíritu en medio de la carrera

Primero, reconocer nuestra condición espiritual delante del Señor. Ver en qué posición nosotros nos encontramos en esa carrera en ese momento y hacer una introspección. Mis hermanos, nosotros tenemos que analizarnos nosotros mismos. A veces, hermanos, la vida es tan agitada y tenemos tantas cosas que nos distraen que esa introspección es rara que nosotros la hagamos. Las redes sociales no nos dan tiempo a pensar, el trabajo no nos da tiempo a pensar. Hay muchas cosas en este mundo que no nos permiten que nosotros nos detengamos y analicemos nuestro propio interior.

Pero para nosotros saber en qué posición de esa carrera estamos, tenemos que hacerlo. Y yo les invito a ustedes que hoy, esta semana, se tomen un momentito ahí, en oración, en su habitación, y mediten en estas cosas. Hagan esa introspección: Señor, ¿dónde yo me encuentro en este momento? Señor, ¿por qué estoy yo triste? Señor, ¿por qué estoy yo disminuido? Señor, ¿por qué me siento yo así? O: Señor, gracias, porque estoy contento, gracias, porque he visto el fruto del Espíritu evidenciado en mi vida. Pero tenemos que saber en qué posición nosotros estamos.

Y algunas veces, hermanos, aunque parezca que no hay fuerza, pidamos al Espíritu Santo la entereza necesaria para ponernos de pie y continuar. Y eso, hermanos, es posible, aunque usted no lo crea, porque tenemos al Rey de reyes y Señor de señores. No hay cosa, mis hermanos, que nosotros le pidamos que el Señor no nos escuche y actúe según su misericordia. Y yo le puedo decir a ustedes: no, mira, tú me puedes decir: no, yo tengo cinco años orando por un carro y nada de llegar el carro. Y es muy probable que yo le diga: mira, yo no sé por qué el Señor no te ha dado el carro, lo que infiero es que probablemente no te conviene todavía, pero el Señor te lo dará, sigue orando.

Pero cuando usted le pide al Señor, mis hermanos, que le dé la entereza necesaria para salir de ese letargo donde usted está y caminar en la carrera que el Señor ha dispuesto por usted, yo dudo que el Señor obvie esa oración, porque es una oración que le glorifica.

Corriendo por una corona incorruptible

Es una oración que busca esa perfección en usted delante del Señor. Es una oración que busca que usted avance mucho más en ese progreso de la santificación. Pablo aquí le dice en un momento a los corintios, a la iglesia de Corinto, que los atletas… A mí me gusta mucho que Pablo hace muchas analogías deportivas. Yo no sé, quizá Pablo era un ducho en el deporte, tal vez era un buen admirador del buen deporte. Yo creo que si Pablo hubiera estado en estos tiempos fuera aguilucho, porque sabe de lo bueno, del buen deporte. Yo creo que sí que Pablo, pero bueno, ese no es el tema.

En un momento Pablo les dice, hablando de los atletas, que ellos se privan de todo. Miren, para llegar a unas olimpiadas, mis hermanos, esos son años y años y más años, mínimo cuatro años de entrenamiento cada vez que se hace una olimpiada. Eso es dieta, eso es ejercicio físico, y eso es coger toda la lucha del mundo, pero para formar tu cuerpo, para poder ganar una competencia. Y Pablo dice: los atletas hacen todo este esfuerzo, rutinas diarias tan demandantes, ¿para qué? Para ganar una corona que es corruptible, una corona que se daña, una corona que usted la deja y se oxida, una cosa que usted no se va a llevar al cielo.

Y él dice: y en cambio nosotros, por una corona incorruptible. Bueno, si nosotros nos ponemos a pensar un poco en eso, tú dices: Señor, sácame de esto, Señor, levántame, Señor, hazme correr, Señor, no, yo no quiero estar sentado, yo quiero hacer algo más. Porque yo estoy luchando por una meta para ganarme un premio que es un premio incorruptible, un premio de santificación completa, que cuando nosotros estemos delante del Señor no habrá llantos, no habrá dolor.

Hay una canción: “No habrá necesidad de la luz del resplandor, ni el sol dará su luz, ni tampoco su calor; allí llanto no habrá ni tristeza ni dolor, porque entonces Jesús, el Rey del cielo, para siempre será el Consolador”. Qué preciosa promesa tenemos nosotros delante del Señor, en que estaremos allá, mire, con nuestra coronita; quizás alguno más pequeñas, alguno más grande, pero viviendo eternamente y para siempre en el Señor.

Yo oía en días pasados un conversatorio entre dos pastores, y decía uno: óyeme, lo que pasa es que el asunto de la eternidad, eso no cabe en nuestra cabeza, mis hermanos, eso no lo piensa. Uno puede así como tener cierta… tú puedes inferir cierta cosa y dices: no, mire, eso va a ser más o menos, pero eso no cabe en la cabeza. Nosotros no estamos hechos para vivir una eternidad en este mundo. Este cuerpo no está hecho para vivir eternamente.

Pensar en la eternidad y levantarse del letargo

Y cuando nosotros pensamos en una eternidad frente al Señor, eso no hay forma de que entre. Pero una forma muy interesante de expresarlo, como decía ese pastor al otro en ese conversatorio: él decía: óyeme, fulano, ¿te imaginas nosotros en el cielo ya y que yo te diga: óyeme, pastor, tú te acuerdas hace 4600 años cuando te dio esa gripe que te ibas a morir? Y yo me quedé como que… pero es interesante verlo desde ese punto: 4600 años, dice él, cuando a ti te dio esa gripe allá en la tierra y tuviste a punto de irte antes que yo. Y yo me quedé como: guau.

O sea, nosotros vamos a poder hablar de cientos de años, de miles de años, de millones de años, de cuando nosotros nos partimos un pie en aquel momento: ¿te acuerdas, dónde está María? “María, tú te acuerdas ya hace 5000 años cuando tú te rompiste…” Y todo lo que pasaste. Eso no va a pasar en el cielo, mis hermanos, y esa es la corona que el Señor nos tiene prometida a nosotros.

Salte, salte de ese lugar donde quizás tú estás en este momento. Levántate y camina el camino del Señor, camina la carrera del Señor. En Gálatas, hermanos, Pablo vuelve y hace otra referencia también deportiva y dice… Él parece que había encontrado a la iglesia de los gálatas en ese rezago también. Y él dice:

Vosotros corríais bien; ¿quién os estorbó para no obedecer a la verdad?

— Gálatas 5:7

Oigan qué maravilloso era ese sentir de Pablo de motivar vez tras vez a las iglesias. Y aquí, cuando comenzamos a leer, recuérdense que él les dijo: a mí no me molesta escribirles estas cosas. Porque ese era el sentir que él tenía de ayudar a los demás. Y vamos a ver ahorita que también parte de este proceso de santificación y de seguir a la meta es ayudarnos unos a otros, es orar unos por otros, y eso es justamente lo que Pablo quería hacer.

El Señor, mis hermanos, nos dio el poder, nos dio el amor, nos dio el dominio propio y nos dio las maneras de soportar cualquier carga que nosotros podamos tener en esa carrera. Mis hermanos, correr con una mochila es muy difícil, y mientras más pesada la mochila, más difícil. Y mientras más usted avanza con esa mochila pesada, más difícil. Y esa mochila, mis hermanos, son las cargas que nosotros tenemos como hombres y mujeres carnales en este mundo.

Soltar la mochila y correr ligeros

Y eso no nos lo va a quitar nadie, porque recuerden que las aflicciones, que las cargas, que los problemas nos ayudan a crecer. Pero ¿de qué manera nos ayudan a crecer? ¿Nos ayudan a crecer no es que usted cargue con esa mochila todo el tiempo y le dé para allá y: “mira, yo como estoy cargando, me ejercito más los pies”? No, no es esa la manera en que usted va a crecer. La manera en que usted va a crecer es, como dice el Señor: “venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”.

Usted sabe cómo usted crece: cuando usted va corriendo a toda velocidad disciplinadamente, sin bajar la marcha, y que usted así se quite esa mochila y se la pase al Señor, y corre de manera más libre. Así usted crece. Usted no crece lleno de cargas, lleno de dudas; usted no crece lleno de presión; usted no crece lleno de problemas que le estén agobiando el día a día. Usted crece cuando usted mira al lado y ¿quién usted cree que va corriendo al lado suyo? El Señor va corriendo al lado suyo con su mochila, y le dice: yo te haré descansar.

Entonces descansemos en el Señor. Muy probablemente el momento en que nosotros estamos ahora mismo se debe a que no hemos querido soltar esa mochila de problemas y dársela al Señor, que va corriendo al lado de nosotros y puede cargar una, puede cargar miles de millones de mochilas de cada uno de nosotros y hacernos descansar. Esa es la manera en como nosotros debemos correr el camino del Señor.

Versículo 13 —de nuestro texto— y Pablo vuelve y dice: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo alcanzado ya”. Miren, hermanos, Pablo, yo entiendo aquí que él quería decirles muy enfáticamente a los hermanos de Filipos: yo no soy perfecto. Yo soy uno más de ustedes. Lo que pasa es que yo me he mantenido corriendo disciplinadamente en el camino del Señor. Y, como le decía a los gálatas también, que vimos más atrás, el atleta que quiere correr tiene que fajarse, tiene que esforzarse. Eso es lo que Pablo quiso decir que él estuvo haciendo: esforzándose por correr en la carrera del Señor.

Olvidando lo que queda atrás y extendiéndonos a lo que está delante

“Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo alcanzado ya”, y dice en el versículo 13 esto tan precioso:

Pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante.

— Filipenses 3:13

En el deporte del atletismo, en correr, hay un adagio muy popular que dice así: el atleta o el corredor no cuenta cuántos circuitos ha corrido, el atleta no cuenta cuántas vueltas ha corrido en la pista; él cuenta cuántas vueltas le faltan, cuántos circuitos le faltan. Un corredor no cuenta cuántos circuitos ha corrido, cuenta cuántos circuitos le faltan, porque es ahí que él quiere llegar. Es a la meta que quiere llegar. Él no quiere pasarse la vida dando vueltas en esa pista de carrera, no; él quiere llegar a la meta y quiere asir ese premio y decir: lo logré, primero, segundo, tercer lugar, pero lo logré, y yo tengo que esforzarme por lograr ese premio.

Hermanos, siempre hemos dicho aquí en la iglesia que ser cristiano se trata de tener memoria, y es así. Pero se trata de tener memoria de lo que Dios ha hecho por nosotros, no memoria de lo que usted fue o pudo haber sido en el pasado. ¿Ustedes me entienden con esto? Miren, miren aquí, en este mismo versículo 13, Pablo dice: “pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás”. Los circuitos que Pablo corrió, los olvidó. Los circuitos que Pablo le faltan por correr los tiene ahí presentes, mirándolos fijo, tratando de llegar a esa meta.

Hay que tener memoria de lo que Dios ha hecho por nosotros para nosotros estar corriendo hacia esa meta, pero no es tener memoria de que… Miren, hermanos, nosotros somos humanos y pecamos, y constantemente estamos metiendo la pata, sí, y caemos, y el Señor coge y nos levanta, y vuelve y trata de darnos forma, así, porque somos barro al final, y trata de darnos forma, y nosotros volvemos y nos derrumbamos, y el Señor vuelve pacientemente y nos recoge y vuelve y nos da forma.

Y en alguno de esos momentos en que nosotros caímos habremos hecho algo que tú siempre estás cargando con eso y dices: óyeme, en el pasado yo hice tal cosa. Y a veces tú, dándole tanta mente a eso, te detienes en la carrera, te sientas en la pista: “ay, Dios mío, eso que yo hice…” y eso no te permite avanzar. “Olvidando ciertamente lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está por delante”.

Cuando el pasado bueno también estorba y el salto hacia la meta

Pero a veces, mis hermanos, cuando nosotros recordamos esas cosas del pasado, no necesariamente son cosas malas. A veces nosotros recordamos cosas buenas que nos hacen igual daño, y le voy a explicar, le voy a poner un ejemplo. “Ah, que en mi familia antes las cosas se hacían de tal manera y glorificábamos mejor al Señor, y ahora no, y por eso yo estoy sentado. Antes la iglesia se comportaba de tal manera, hacía tales cosas y tenía tales actividades, y como que ahora no, y por eso yo estoy sentado”. “Olvidando ciertamente lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante”.

Extenderse ahí, también en el mismo deporte —porque todo esto son muchas alegorías a temas deportivos, sobre todo en atletismo—, cuando un corredor está corriendo, valga la redundancia, y tiene varios competidores cerca —yo no sé si usted ha visto, le invito a que lo busque ahorita: un corredor que llegó a la meta rompiendo la cinta—, el corredor nunca está así, saltando de alegría simplemente; siempre o casi siempre, si tiene mucha gente cerca, el corredor está saltando, pero no es saltando de “ay, llegué”, no, es extendiéndose. Porque ese salto lo que quiere lograr es, con la punta de los dedos, poder tocar primero la cinta, primero que todos los demás.

Y miren lo que dice Pablo: “olvidando ciertamente lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante”. Ese salto que nosotros damos antes de llegar a la meta no es: ay, llegué. Es eso, hermano, mire: yo voy corriendo, pero voy así, tratando de alcanzar aquello por lo que el Señor me asió y por lo que yo quiero asir también, mis hermanos, que es el supremo llamamiento en Cristo Jesús, la santificación completa, el estar, hermanos, para siempre con el Señor.

¿Usted sabe lo que significa “para siempre”? Así mismo, “hace 4500 años que me dio la gripe”, pero eso tampoco es para siempre, es mucho más. Es que eso no cabe en nuestra cabeza; en mi celular no cabe. Y si tú te encuentras, mi hermano, en ese momento, yo te invito a que tú primero hagas esa interiorización en ti, que tú creas en el Señor y que, sobre todo, tú creas que el Señor puede levantarte del lugar donde tú estás en este momento.

Dejar la vergüenza, pedir disciplina y perseguir la meta

“Olvidando lo que está detrás y extendiéndome a lo que está delante”. Para alcanzar la meta, hermanos, si llegan las vergüenzas del pasado a tu vida, y aun llegan los retos del presente, porque no todo es pasado, aún llegan los retos del presente y te agobian, las vergüenzas del pasado… Vamos a extendernos. Vamos a hacer ese esfuerzo. Y con todo esto, hermanos, yo les he hablado: todo eso necesita disciplina, no motivación, disciplina. Debemos estar siempre corriendo, corriendo, corriendo. Y si usted se cansó y se sienta, diga: Señor, ayúdame, por favor, porque yo no quiero estar sentado, no quiero estar, Señor, en esta situación. Párame de aquí, Señor, y ayúdame a correr, ayúdame a correr, y que el Señor vea nuestra diligencia y nos complazca, escuche nuestra oración y nos ayude a correr más rápido y llegar a qué cosa: a la gran objetivo.

Versículo 14 —de nuestro texto, que el hermano leyó como 13, pero es el 14—:

Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

— Filipenses 3:14

¿Qué dijimos que es “proseguir”? Perseguir. ¿Usted sabe lo que es perseguir, verdad? Caerle atrás a algo, pero caerle atrás a algo enfáticamente. Es caerle atrás a algo porque usted lo quiere agarrar, usted lo quiere encontrar, usted lo quiere entender, lo quiere ver, lo quiere palpar. Eso es perseguir. Este verbo, mis hermanos, que usa Pablo en esta carta a los filipenses de proseguir, de perseguir, es el mismo verbo que en original él usa cuando dice que perseguía la iglesia.

Mis hermanos, y si ustedes leen un poco más arriba, todo el currículum de Pablo y lo que era Pablo en ese momento de perseguir la iglesia del Señor, pero a un punto cruel, mis hermanos, un punto desalmado. Y dice Pablo que con esa misma energía que él perseguía la iglesia del Señor, él ahora persigue la meta del supremo llamamiento en Cristo Jesús.

Hermanos, y si usted, cuando estaba en el mundo, era un empleado diligente, y era, yo no sé, un excelente en lo que sea que usted fuera, use esa misma fuerza que usted tenía en el pasado. Recuérdelo y extiéndase hacia la meta que es en Cristo Jesús. Porque el Señor nos da a cada uno de nosotros talentos, mis hermanos, y pone cosas en nuestro corazón que, al final, no son para que nosotros glorifiquemos a los hombres.

Talentos al servicio del Reino y el ejemplo de Pablo

Hermanos, hay aquí personas a quienes el Señor les ha dado el talento de… yo no sé, nosotros tenemos muchísimos talentos en esta iglesia, muchísimos talentos. Y cada uno de esos talentos el Señor no se lo puso ahí porque usted fue forzado y porque usted se lo ganó. El Señor lo puso por su misericordia para colaborar en el arado en el reino del Señor. Y nosotros debemos entender estas cosas.

Que miren, hermanos, yo cada vez que veo por ahí un artista de esos, que yo digo: guau, qué bien canta ese muchacho, esa muchacha, yo no puedo dejar de pensar, hermano, que ese talento el Señor lo puso ahí fue para Él. Y cada vez que yo veo a uno de esos empresarios por ahí, que: “óyeme, ese tipo maneja 70 empresas y con un nivel de diligencia…” Yo digo: óyeme, pero el Señor lo puso ahí para que así mismo haga cosas en la iglesia, que así mismo haga cosas para su reino, y no lo está haciendo.

Y eso, hermanos, a mí muchas veces me da… Yo digo: wow, qué difícil. Porque el Señor pone en nosotros talentos para perseguir su obra. Y, hermanos, no sólo para perseguirla, sino para, todo el que esté alrededor de nosotros, nosotros hacerle esto, miren: “vamos conmigo”, como hacía Pablo. Pablo no se quedaba con eso para él. Pablo escribía cada una de estas cartas motivando a cada uno de estos hermanos a que corrieran también la meta, porque eso era lo que él tenía en su corazón. Y donde está nuestro tesoro, ahí está nuestro corazón. ¿Y cuál era el tesoro de Pablo en ese momento? La vida en Cristo, la meta, el supremo llamamiento que era en Cristo Jesús.

Pero luego de que Pablo fue llamado en ese camino de Damasco y él conoció la verdad, con esa misma disciplina él servía en los caminos del Señor, mis hermanos. Esa disciplina es clave para correr, para perseguir algo. La disciplina es clave porque cada vez que usted se detiene, pierde tiempo. Cada vez que usted se detiene, Satanás utiliza esas cosas, miren, para meter algo ahí que te confunda.

Y muy probablemente, hermanos, esto era lo que estaba pasando en la iglesia de Filipos cuando Pablo les escribió esta carta: muchísimas doctrinas, muchísimas cosas raras en ese momento, y ahora, que quieren venir a entrar en la iglesia, a sentar a la gente y a confundirla.

Discernimiento en medio de las distracciones modernas

Siempre dicen por ahí, hermanos, que las redes sociales son una herramienta poderosa y que también una herramienta dañina, y eso es verdad. Las películas y las series de Netflix también son una herramienta poderosa para usted poder distraerse o entender algunas cosas, pero también son muy dañinas. Hermanos, tengamos discernimiento, pidamos al Señor discernimiento para que, cuando esas flechas, esas cosas quieren venir hacia nuestra vida y hacernos sentar, quizás darnos aquí, miren, para que usted se siente en medio del camino, tú digas: Señor, dame el discernimiento de entender que estas cosas no son ciertas.

Mis hermanos, y miren lo que dice aquí, lo que dice Pablo, que hablábamos ahorita: no se confíen de la carne, porque la carne ¿qué hace? Nos engaña, nos traiciona, nos llena la mente de cosas que no son ciertas. Y usted dice: “ah sí, eso es verdad, yo lo estoy entendiendo”. Te están confundiendo y te están intentando sentar en medio de la pista, donde en vez de estar sentado tú necesitas estar corriendo, persiguiendo una meta.

Un tremendo ejemplo de disciplina nos da Pablo. Hermanos, tengamos esa palabra secretamente: disciplina. Y aprendamos aquí de Pablo, que así como Dios lo usó para muchas personas, así Dios también puede usarte a ti y puede usarme a mí. En medio de la carrera, mis hermanos, en medio de la competición, cuando usted no quiere mirar por los lados, enfocándose en la meta, usted tiene todavía la posibilidad de a toda esa persona que están al lado suyo, decirles: corran conmigo, vengan conmigo, no se distraigan. Que si usted va corriendo y alguien está sentado, lo tome por la mano, lo levante y corra con él.

Mis hermanos, y nosotros como iglesia estamos llamados a eso. Déjenme leerles el versículo del 15 al 16:

Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios.

Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa.

— Filipenses 3:15-16

Dice: así que todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos. Pablo se sabía perfecto ya, hermanos. Él no lo era, pero ya él se sabía perfecto. Él entendía que él iba a alcanzar eso en algún momento. Pablo no estaba totalmente santificado, pero ya él entendía que en algún momento, por la gracia salvadora del Señor, que es suficiente para salvarnos de nuestros pecados una sola vez y ya, suficiente para toda nuestra vida, él entendía que ya él iba a alcanzar esa perfección. “Así que todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos, mis hermanos, una misma regla”.

Una misma regla, un mismo sentir, muchos dones

Miren las reglas: una misma regla y una misma cosa, un mismo sentir, una misma familia, una misma iglesia. Como iglesia, mis hermanos, el Señor nos llama a que nosotros, en la carrera, también estemos unidos. Que si usted ve un hermano por ahí que está… Miren, hermanos, el Señor a nosotros, a través del Espíritu Santo, nos da discernimiento, y nosotros podemos entender cuando una persona está mal. Simple y sencillamente, a veces lo ve usted contento, pero hay algo dentro de usted que se llama Espíritu Santo que le dice: tú tienes que hacer algo ahí. Y muchas veces nosotros nos renegamos de eso.

Miren, yo les voy a dar un testimonio personal. Antes de yo casarme —usted ve cómo son las cosas, hace rato de eso—, yo no sé por qué, mis hermanos, pero yo iba caminando por la calle y me encontraba una gente dando gritos. Y yo: ¿y qué le pasará a esta señora? Y yo iba y me le acercaba. Yo no sé, hermano, el Señor ponía eso. Yo me le acercaba, le hablaba del Señor y cosas. Y aunque no se quedara totalmente sonriente, por lo menos le dejaba la palabra. Eso me pasaba a mí semanal, hasta que en un momento yo dije: ¿y qué es esto, Dios mío? Pero yo soy el “consolador” aquí, ¿qué es lo que pasa?

Y una vez, recuerdo, yo estaba en una plaza, sentado con la computadora haciendo un trabajo y vi al frente de mí un señor tan triste, tan triste. Y yo: “no voy para allá, me cansé”. Pero el Espíritu, hermano, me estaba empujando: vete y habla con ese hombre, que ahí hay algo que pasa. ¿Y saben lo que yo hice? Yo enfundé mi computadora y me fui. Mis hermanos, jamás yo me he encontrado una persona en esa situación. Y yo le he dicho al Señor: Señor, ponme eso otra vez, que eso fue un momento de rebeldía. Él me ha dado otras cosas, me dice: mira, otros dones, pero ese no me lo ha dado.

Hermano, cuando el Señor nos dé algo, miren, agárrenlo así. Si el Señor a usted le ha dado voz, cántale al Señor, porque muy probablemente se la quite si usted no lo está haciendo. Si el Señor a usted le ha dado el talento de organizar y de… Hermano, organizar sillas. Mire qué bonitas se ven esas sillas. Ahí hay alguien que puso su intelecto y dijo: mire, eso se ve mejor de esta manera, porque no estaban así. Si usted tiene ese talento de organizar, si usted tiene ese talento de dirigir, si usted tiene ese talento de alabar, si usted tiene cualquier talento que usted tenga…

Usar los dones, ser iglesia y correr por un Cristo vivo

Vamos a hacerlo, mis hermanos, porque eso es única y exclusivamente para la gloria del Señor. Y que no le pase como a mí, mis hermanos, que el Señor me quitó eso y ahora lo ando yo así, con lágrimas en los ojos: Señor, hazme el favor y vuelve y dámelo a ver. Él me ha dado otras cosas, y se los digo, hermanos, para que atesoren, atesoren los dones que el Señor nos da a cada uno de nosotros, que son muchísimos.

Si usted siente que no tiene, léase la palabra, comience a hacer esa introspección dentro de usted para que usted vea cuánto talento el Señor le ha dado y cuántos talentos usted tiene que le van a permitir no estar sentado en la pista, sino que le van a permitir pararse con mucha disciplina y seguir corriendo hasta mirar la meta.

Mis hermanos, seamos iglesia de manera sabia, pero seamos iglesia. Si usted ve ahí al hermano triste, al hermano que algo le está pasando, y el Señor le dice que le está pasando algo, no es que usted venga: “ah, mira, a ti te está pasando algo, ven acá”. No. Con sabiduría. Primero oremos: Señor, mira, yo no sé si es que tú me quieres decir eso, no sé qué es lo que pasa ahí, pero yo siento eso, aunque veo al hermano muy sonriente. Dame las palabras, Señor.

Cuando el pastor me dijo hace un mes y algo que a mí me tocaba predicar hoy, mi oración únicamente ha sido: Señor, ora tú y no yo, porque yo no quiero hablar yo, porque si hablo yo digo cosas que… Habla tú a través de mí, Señor. Y así mismo, cuando usted ve al hermano triste, al hermano cabizbajo, o que lo ve contento y algo dentro de ti te dice que algo no está bien, acérquese al hermano, pero en sabiduría, mis hermanos. Y la sabiduría, ¿quién la da? La sabiduría la da el Señor. Órale al Señor: Señor, ¿qué es lo que tú me quieres decir? Señor, ¿será verdad eso que tú me estás poniendo? Dame ahí una señal y dime: mira, eso es verdad. Dame entonces, Señor, la sabiduría para yo poder hablar con ese hermano, y que no sea yo, sino que seas tú que puedas hablar, Señor, y traigas aliento a esa vida.

Hay otra canción —perdónenme, es que a mí me gusta cantar— que se llama “Somos Iglesia” y narra, de una manera muy poética, una manera muy sublime, qué es lo que nos corresponde hacer como iglesia. Dice:

“Somos iglesia, reino de luz, nuestra bandera, la cruz de Jesús, somos iglesia, somos nación, la tumba vacía es nuestra canción”.

La tumba vacía es nuestra canción. Eso es lo que nosotros predicamos, es por lo que nosotros vivimos. Nosotros no vivimos y no corremos por un Cristo que está todavía crucificado. Nosotros no corremos y no vivimos por un Cristo que está todavía en una tumba. Nosotros no corremos y vivimos por un Cristo que tuvo un cuerpo corrupto. No.

Nosotros corremos por un Cristo que ya no está en la cruz. Nosotros corremos por un Cristo que ya no está en la tumba. Nosotros corremos por un Cristo que ya tiene un cuerpo incorruptible, glorificado, que está a la diestra del Padre y que nos espera a nosotros, en un momento, hasta que vivamos para siempre, eternamente, con Él. Qué bueno es el Señor.

Hermanos, todos los deportistas se esfuerzan para lograr una meta, y se esfuerzan, pero se esfuerzan. Y eso es lo que Pablo nos quiere decir a nosotros a través de estos versículos. A los filipenses en ese momento, y luego a nosotros, a través de que el Señor en su misericordia permitió recolectar todos esos escritos y que nosotros pudiéramos tenerlos a modo de manual en el día de hoy.

Que nosotros debemos correr la carrera, y si nos cansamos, debemos depender del Señor. Que nosotros debemos correr la carrera, y si vemos a alguien que está sentado, levantarlo en el Señor. Que nosotros debemos correr la carrera, y recuerden, mis hermanos, una carrera en la que perseguimos un premio visible, un premio posible, pero no posible en nuestras fuerzas, sino posible en las fuerzas del Señor.

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