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La música que ya llevas

Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo.

— Filipenses 1:27 (RVR1960)

La salvación te dio una nueva melodía, y vivir de manera digna del evangelio es aprender a no avergonzarte de ella.

Las personas se parecen a la música que escuchan. Hay algo en el ritmo que uno elige que termina definiéndolo: la manera de moverse, de hablar, de relacionarse, lo que le importa y lo que le es indiferente. Una persona observa la manera de vivir de la otra y afirma: «él lleva su musiquita por dentro.» Así mismo es un cristiano. Él lleva una música diferente: otro ritmo, otro tiempo, otras prioridades; su vida se mueve al compás de otra melodía. Y esa diferencia debería producirte orgullo.

El apóstol Pablo usa un término que combina la idea de equivalencia con la de ciudad (polis). Lo que está diciendo es que vivas de una manera que sea equivalente (digna) a la ciudadanía que ya tienes. Esa ciudadanía ya te fue dada. Pasaste de muerte a vida, de la orfandad a la adopción, del castigo al perdón, de la desesperación a la esperanza. Eso no es un cambio menor. Es el cambio más radical que le puede suceder a una persona, y debería notarse en la manera en que vives.

Vivimos en días donde pareciera que la dignidad no existe, el mundo nos quiere factorizar según las formas suyas y los creyentes luchamos para vivir de manera coherente con el evangelio que hemos recibido. Dejamos de movernos de un modo para movernos del otro. Hay un comportamiento que se corresponde con haber sido rescatado por Cristo, y ese comportamiento es una consecuencia natural; el evangelio, si en verdad lo recibiste, te lleva a vivir en otro tiempo: una vida que se ve diferente, que suena diferente, que tiene otro compás. Puedes atesorar eso. En un mundo donde todo se vende y todo se compra, tienes algo que ninguna empresa puede empaquetar ni ningún algoritmo puede segmentar. Ya tu satisfacción está en Cristo, y eso es la más radical de las libertades.

Oración: Señor, gracias por haberme dado una ciudadanía que no merecía. Pasé de la muerte a la vida, de la orfandad a la adopción, de la desesperación a la esperanza, y eso cambió la música que llevo por dentro. Hoy te pido que esa melodía se escuche: en la manera en que hablo, en lo que decido, en cómo me relaciono con los que me rodean. Que quienes me observen puedan decir que yo llevo otra música, y que esa diferencia les despierte curiosidad por Cristo. En el nombre de Cristo. Amén.