El que creyere y fuere bautizado será salvo.
— Marcos 16:16
Apropiarte del evangelio requiere una decisión deliberada, no un proceso automático.
El evangelio, la buena noticia de que Dios ha decidido salvar al hombre a través de Cristo, no es solamente algo para escuchar o para entender. Es algo para recibir. Y recibir, en el sentido bíblico, implica una decisión consciente, un acto deliberado. No es algo que sucede por defecto.
Vivimos en una época en la que muchas cosas suceden automáticamente. Te registras en una plataforma y estás suscrito a todo. Aceptas los términos sin leerlos. Recibes notificaciones que nunca pediste. La vida digital nos ha acostumbrado a que las cosas ocurran sin nuestra intervención. Pero el evangelio no funciona así. No se activa por defecto ni se hereda por tradición. En el mundo romano, cuando un nuevo ciudadano recibía la ciudadanía, no era algo casual: había un proceso formal, un acto público, un compromiso reconocido y públicamente testificado: se vestía de manera distinta y accedía a cosas que antes le estaban limitadas. De manera similar, el bautismo en la Escritura no es un trámite; es una declaración objetiva. Es el momento en que dices públicamente: yo recibí el evangelio y me identifico con Cristo. El bautismo no salva, pero testifica de tu salvación. Es algo que puedes señalar en el tiempo y recordar.
Entiendo que esto puede resultar confrontador. Parte de la cultura en que nos ha tocado vivir es que se le ha quitado la formalidad y la institucionalidad a las cosas más importantes. Y en la fe, si nunca tomaste la decisión formal de recibir a Cristo, puedes llegar a la presencia del Señor y descubrir que tu cercanía al evangelio no fue lo mismo que haberlo recibido. ¿Hubo un momento en tu vida en que tomaste esa decisión? No hay vergüenza en reconocer que algo nos falta. Hay personas que después de años de servicio descubrieron que su fe necesitaba un fundamento más sólido, y lo buscaron. Eso no es debilidad; es honestidad. Y la honestidad ante Dios siempre es el primer paso hacia algo mejor.
Oración: Señor, si hay algo en mi relación contigo que necesita ser formalizado, no quiero posponerlo. Dame la valentía de ser honesto conmigo mismo y contigo. Ayúdame a dar un testimonio público de mi fe. Y si ya tomé esa decisión, ayúdame a recordarla con gratitud y a vivir en consecuencia. Amén.