Saltar al contenido

Ya no es edad de ser ingenuos

Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar.

— 1 Corintios 14:20 (RV60)

El día en que asumes que siempre estarás seguro es el día en que más expuesto quedas.

Cuesta mucho cultivar un carácter cristiano. Toma años, a veces décadas, aprender a pensar y a vivir conforme a la voluntad de Dios: ordenar los afectos, formar los criterios, sostener una manera de andar que resista la corriente. Y lo que tanto trabajo costó edificar puede empezar a moverse en otra dirección con una sola semana, con una conversación, con un libro que dejaste entrar sin pensar. Si tanto vale lo que el Señor ha levantado en ti, entonces vale la pena cuidarlo con el mismo esmero con que se construyó.

Buena parte de ese cuidado empieza por reconocer algo incómodo. Hay una edad espiritual en la que la ingenuidad deja de ser ternura y empieza a ser descuido. Durante un tiempo está bien acercarse a todo con los brazos abiertos y suponer que todo lo que se dice de Dios es bueno, que ningún ambiente es peligroso, que cualquier cosa se puede consumir sin consecuencia. Es esperable que en esa etapa alguien tenga un cuidado activo sobre ti. Pero el día en que asumes que siempre estarás seguro es el día en que más expuesto quedas. La iglesia inmadura se parece a ese adolescente que corre riesgos que un adulto jamás correría; los corre porque todavía no entiende lo que vale su propia vida.

Después de años caminando con el Señor, ya no es edad de vivir como si no supiéramos esto. Llega un momento en que conviene revisarse y preguntarse con honestidad: ¿qué es lo que creo?, ¿qué estoy dispuesto a sostener?, ¿qué cosas ya no debería seguir creyendo? Esto no te convierte en alguien desconfiado ni temeroso. Es simplemente despertar a algo elemental: el peligro es real. Pablo lo pidió sin rodeos, que en la manera de pensar no fuéramos niños. Si hoy solo alcanzaras a entender que el peligro existe, ya sería ganancia, porque el creyente que lo reconoce es el que empieza a cuidarse.

Oración: Señor, gracias porque me llamaste y me sostienes cada día. Reconozco que muchas veces he caminado por este mundo como si nada fuera peligroso. Hazme madurar, dame discernimiento para reconocer lo que daña mi alma y valor para apartarme de ello. Que tu cuidado sobre mí me enseñe también a cuidarme, en el nombre de Cristo.