Hace algunos días yo estaba conversando con un hermano muy querido, y dentro de esa conversación surgieron algunos temas. Uno de ellos era cómo nosotros hemos visto que, a pesar de que Dios sigue haciendo su obra aquí en la tierra —independientemente de quién sea el que pertenezca al redil que Dios va a usar—, aun así hemos visto manchado muchas veces el comportamiento, el mal comportamiento de algunos hermanos. Incluso es tomado como burla lo referente al caminar cristocéntrico. Y eso me llevó a la intervención que tuve con Eric, y hablábamos de esa parte. Yo decía: mira, qué pasa, viéndolo y poniéndolo en perspectiva de parte del Señor. Lo que pasa es que hoy en día se ha desvirtuado mucho el tema de qué es lo que significa andar en el Espíritu.
De eso quiero hablarte esta mañana. El tema que le puse fue Andando en el Espíritu. Y una de las cosas que él me preguntaba era: ¿qué significado tiene? Porque de verdad, nosotros llegamos al camino del Señor, somos bautizados por el Espíritu, pero algunos seguimos luchando con cierto comportamiento y constantemente estamos en un proceso de santificación. ¿Cómo entonces podemos entender que nosotros estamos andando en el Espíritu? ¿Cuál es la veracidad que podemos ver, o cómo podemos sentirnos a la hora de saber cuándo andamos realmente en el Espíritu?
Y yo le decía: la Biblia es muy clara en eso, pero una de las cosas fundamentales que nos da evidencia es que por su fruto lo conoceréis. Es decir, si nosotros andamos en el Espíritu, hay ciertas cualidades, hay ciertas partes del Espíritu Santo que deberían comenzar a denotarse en la vida del creyente, y por ende nosotros debemos comenzar a testificar de la misma. Eso nos va a dar una aprobación bíblica de que ya comenzamos a andar en el Espíritu.
Quiero que vayan conmigo a Gálatas, capítulo 5, versos 16 al 26. Si usted va a predicar algún día, mis hermanos, no se ponga a cantar, que se le va la garganta.
Gálatas 5:16-26
Aquí lo veo titulado como «Las obras de la carne y el fruto del Espíritu». Pablo comienza esta intervención a la iglesia de Galacia de la siguiente manera:
Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.
Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.
Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros.
— Gálatas 5:16-26
Ojo aquí: los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.
Este es uno de los temas más controversiales que hoy en día nosotros pudiéramos comenzar a comprender. Muchos entienden que andar en el Espíritu es andar con una aureola y ser los más súper mega híper santos del universo, que no rompemos un plato. Es una interpretación que se pudiera hacer. Otros entienden que andar en el Espíritu es estar constantemente evidenciando ese fruto del Espíritu y los dones del Espíritu Santo. Otros entienden que la única forma de andar en el Espíritu es que sea evidente, que esos dones comiencen a funcionar dentro de la congregación. Realmente es mucho más que esto.
La oración y la Palabra: el aliento diario del cristiano
John Piper, uno de los grandes predicadores de los últimos años, dice lo siguiente acerca de lo que significa andar en el Espíritu: la única forma de andar en el Espíritu es por medio de la oración; es la única manera de caminar por fe. En otras palabras, la oración es el aliento diario de la vida del cristiano. La base de esta enseñanza que él toma está en Judas:
Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna.
— Judas 1:20-21
Vamos a añadirle un poquito más a esto. Para nosotros comenzar a tener una vida centralizada y andando directamente en el Espíritu, hay una ecuación que nunca se debe obviar: una vida constante de oración y una vida constante de exposición a la Palabra de Dios. Una cosa y la otra no se pueden desvirtuar, para que seamos claros en esta parte.
¿Cómo yo voy a alimentar a mi espíritu? ¿Cómo yo voy a confrontar a mi espíritu? ¿Cómo yo voy entonces a comenzar a caminar en el Espíritu? Debe ser que mi vida vaya ligada constantemente a una vida de oración, es decir, a una relación con el Señor. Y por tanto, la única forma de yo conocer al Dios viviente y lo que él va a hablar es a través de su Palabra. El mismo John Piper dice: si tú quieres escuchar la voz de Dios de manera audible, comienza a leer la Biblia en voz alta. Interesante, porque de esta forma, audiblemente, podemos escuchar la voz del Señor. No lo que me dijo a mí, no lo que le dijo al hermano, ni lo que le reveló en su divina voluntad, sino lo que ya ha revelado a través de su Palabra.
Qué significa andar en el Espíritu
Pero vamos a Gálatas a ver qué significa esto. En mi subtema le puse: ¿qué significa andar en el Espíritu? Dice Pablo: «Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne». Entrando un poco en el contexto de lo que estaba aconteciendo en ese momento, Pablo está hablando aquí acerca de la libertad que tenemos en Cristo Jesús. Realmente, cuando nosotros venimos a Cristo, ya no vivimos nosotros, sino que vive Cristo en mí; por tanto, ya no soy esclavo del pecado, sino que ahora soy libre y estoy sujeto a Cristo como siervo, y él es mi Señor. Veamos lo que dice en los versos 14 y 15:
Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros.
— Gálatas 5:14-15
De forma que entonces llegamos al verso 16, cuando él dice: «Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne». Pablo está diciendo, mis hermanos, que antes de usted comprender directamente qué significa andar en el Espíritu, tiene que comprender que la ley se resumió en esto: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y entonces, no satisfagáis los deseos de la carne. Comienza Pablo hablando de que ya nosotros debemos despojarnos del viejo hombre y comenzar a vivir una vida conforme al evangelio de Cristo, para comenzar a caminar una vida guiada por el Espíritu.
Lo primero que debemos tener es al Dador del Espíritu, que es Cristo. Ninguna persona que no haya conocido al Señor de manera directa tiene la potestad, ni el dominio, ni va a tener la voluntad de andar en el Espíritu. Es imposible. Porque lo primero que nosotros debemos tener claro es que, para conocer al Espíritu, debemos reconocer al Dador del Espíritu Santo, y es a través de Cristo Jesús.
La lucha interior del creyente
El verso 17 dice: «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis». Aquí Pablo está hablando de la lucha interna de cada creyente. El hecho de que usted ande en el Espíritu no significa que usted esté exento de tener sus luchas, sus confrontaciones y sus dificultades aquí en la tierra.
En Romanos 7 Pablo habla perfectamente acerca de esto. Vamos a ponerlo en paralelo para que veamos cómo Pablo, así como le habló a los romanos, también le habla a los gálatas, pero de una forma diferente. En Romanos, Pablo habla de manera personal, para que se reconozca que no hay ningún cristiano sobre la faz de la tierra que esté exento de esa lucha contra sí mismo, que es la lucha contra nuestra propia concupiscencia, contra el propio pecado que mora en nosotros. Es difícil reconocer esta parte, pero a la vez reconocerlo nos ayuda a descansar en el Señor, porque entendemos que no es por nuestra propia fuerza que esa lucha se puede llevar, sino por el Espíritu Santo, que nos ayuda a poder confrontar esa realidad.
Dice Romanos 7:
¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí. Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte; porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató. De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno.
¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera; sino que el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso. Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.
Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.
— Romanos 7:7-25
Este es el mismo hombre que dijo también: «Imítenme a mí, porque yo imito a Cristo».
El hecho, mis hermanos, de que nosotros estemos en una lucha constante no significa que no estemos andando en el Espíritu, porque muchas veces vamos a tener confrontaciones de manera interna. Pablo está hablando de su lucha interior, no de lo que lo exterior pudiera estar haciendo en mí y en mi conducta. No es lo que está afuera lo que Pablo dice que le hace la lucha constante, sino lo que está en su interior.
Pablo denota esta parte porque es importante comprender que la manera de nosotros ir a una lucha es reconocer las fuerzas y las herramientas que tengo para pelearla. Asimismo, para andar en el Espíritu debemos reconocer directamente que nosotros no dependemos de nosotros mismos para andar en el Espíritu, sino del Señor.
Dejarse guiar por el Espíritu
Dice el verso 18: «Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley». Aquí la palabra que es importante que resaltemos es la palabra guiados. En el original, esta palabra significa llevados, movilizados, dejándote guiar. Esta palabra nos enseña que nosotros, para poder vivir una vida conforme al modelo de Dios y una vida vivida por el Espíritu, debemos dejarnos guiar por ese mismo Espíritu; y ese mismo Espíritu produce en nosotros así el querer como el hacer, para caminar conforme a los criterios establecidos por Dios. De manera que hay más beneficio en ser guiado por el Espíritu que en ser guiado por nuestra propia concupiscencia.
Si nosotros vemos a través de la historia cómo hombres se dejan guiar y obedecen a la voz de Dios, ellos tuvieron más beneficio que los que hicieron las cosas por su propia conveniencia. Y vemos ese mismo transcurrir de la historia: Dios habla, el hombre hace lo que quiere, viene el problema. ¿Y luego qué? Obedece, y viene la solución. Asimismo hoy en día nos vemos reflejados en esa parte: muchas veces nos dejamos llevar por nuestras pasiones, por nuestros pecados, por nuestra concupiscencia, y actuamos conforme a lo que piensa el hombre y no conforme a como piensa Cristo. Problema, consecuencias; consecuencias que acarreamos y con las que hoy en día todavía estamos viviendo.
Pero hay grandes ejemplos. Por ejemplo, Abraham. Cuando Dios se le revela, le dice: sal de tu tierra y de tu parentela. Y Abraham inmediatamente obedeció la voz del Señor, y hoy en día somos parte de esa descendencia de la promesa que se le hizo a Abraham: «en ti serán benditas todas las naciones». Pertenecemos a esa promesa.
Moisés igualmente. Después de haber cometido un crimen, estuvo por más de cuarenta años apartado, y Dios le revela un llamado que aun indirectamente él no quería en ese momento. Aun así, él obedece y se somete, porque él le puso mucha traba al Señor. Nosotros conocemos la historia de Moisés, cuando le dice: «Señor, yo no sé hablar». Y el Señor: «No te preocupes, ve». Obedeció al Señor. Igualmente Josué. Josué, siendo un discípulo directo de Moisés, también actuó conforme a obediencia y obedeció lo que le había dicho, en este caso, su maestro. Y así consecuentemente vemos a través de la historia cómo hay consecuencias positivas y negativas cuando se obedece o no la voluntad del Señor.
De igual forma hoy en día, para nosotros conocer y saber lo que Dios quiere hacer con nosotros y cómo él nos va a guiar: nosotros no tenemos a un Moisés, nosotros no tenemos a un Pablo, pero tenemos algo más precioso, que es el Espíritu Santo de Dios, el cual nos guía a toda luz y a toda verdad.
Es interesante cómo el apóstol Pablo comenzó hablando de las consecuencias de cuando no nos estamos dejando guiar por el Espíritu Santo. En el verso 19 él dice: «Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia…», y un sinnúmero de pecados que ya todos conocemos, y a eso se agregan otras cosas más, muchas de las que hoy en día se han añadido. Vemos aquí una definición clara de cuál sería la consecuencia en el cristiano cuando no nos estamos dejando guiar por el Espíritu.
Y tú me dirás: «pero es que el Espíritu tiene que hablarme al oído audiblemente». Una de las cosas que nos han enseñado es que Dios tiene que hablarte audiblemente; pero Dios te habla cada día, en cada momento, a través de su Palabra, a través de esa oración que tú tienes con él, a través de esa intercesión que tú tienes con el Señor.
De modo que, para nosotros ser guiados por el Espíritu, debemos someternos a quien da el Espíritu, que es el Señor.
El fruto del Espíritu es uno
Más adelante podemos entender cuáles son las consecuencias positivas si nosotros nos dejamos guiar por el Espíritu. Para poder reflejar y entender que estamos siendo guiados por el Espíritu, hay un fruto que debe darse en nosotros: el fruto del mismo Espíritu.
Ese fruto es como un sancocho. El sancocho sigue siendo sancocho aunque tenga carne, yautía, papa, plátano, de todo. Pero sigue siendo sancocho. Perdóname si me fui, pero al final es una semejanza que podemos hacer para comprender que el fruto del Espíritu es uno, no varios frutos, como muchos creen o entienden. El fruto del Espíritu es un fruto, ahora, viene acompañado de muchas cosas, que son las siguientes: dice Pablo «mas el fruto del Espíritu» —no los frutos— «es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza», que es dominio propio. Y dice él que contra tales cosas no hay ley.
Dios revela en su Palabra que la evidencia que nosotros debemos forjar y presentar delante de Dios y de los hombres es que las características del Espíritu Santo estén directamente impregnadas en nosotros, y estas son las mismas de las que debemos testificar. Si no hay ninguna de estas cosas en nosotros, hermano, hay que revisarse. Debemos revisarnos. Porque se supone que, inmediatamente nosotros hemos reconocido al Dador del Espíritu, que es Cristo, y lo hemos conocido como Salvador, inmediatamente somos bautizados por el Espíritu. Y esto viene acompañado del fruto del Espíritu; por ende, hay cosas y transformaciones que deben darse de manera progresiva en la vida del creyente. Ese proceso de santificación que nosotros conocemos habla de manera progresiva; no está hablando de que uno se desantifica o se santifica: constantemente debemos estar en ese proceso.
En nosotros debe haber evidencia de que el fruto del Espíritu, sus características, están. No le voy a decir, mis hermanos, que usted las tenga todas, porque usted no es Cristo. Hay cosas que usted puede tener, hay cosas que no; o puede ser que sí las tenga todas, y el Señor lo bendiga por eso. Pero realmente, evidencia del mismo debe estar en la vida de cada uno de nosotros. Si vivimos y andamos por el Espíritu, estas evidencias deben ser tangibles, visibles, conductuales, habladas por nosotros, para que testifiquemos de que estamos comenzando a andar en el Espíritu.
Andar en el Espíritu implica sacrificio
¿Qué dice el verso 24? «Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos». Ojo con esto. Es evidente, mis hermanos, que para nosotros poder entender que estamos andando en el Espíritu, eso conlleva un sacrificio en nuestra vida. Si decimos que ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí, y que hemos crucificado al viejo hombre, la consecuencia de eso debe ser que el comportamiento, la conducta, la forma de pensar, la forma de actuar, la forma de ver y la forma de hablar vayan guiadas directamente por ese Espíritu que hemos recibido por causa de Cristo.
De modo que esa consecuencia debe ser tangible, no solamente aquí en la congregación, sino de manera externa: en su casa, con su familia, con sus hijos, donde usted trabaja, donde sea. El cristiano no es solamente cristiano en la iglesia, sino que es cristiano 24/7. Nosotros solamente venimos el domingo aquí como parte de formalizar lo que hemos hecho en la semana completa. Usted viene a recargar pilas aquí; pero ¿dónde está la verdadera lucha del creyente? No es en la iglesia, aquí es recarga. Es ahí afuera, mis hermanos, donde constantemente usted será probado, para ver si realmente usted ha hecho un proceso de santificación en las áreas que usted necesita que sean trabajadas.
De modo que andar en el Espíritu implica un sacrificio personal. Cristo dijo: «Al que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo». Ahí hay problema. Negarnos a nosotros mismos significa que mi creencia, lo que yo creía que yo era, o mi conducta creyendo que era buena, o mis leyes morales, en las que yo decía «pues yo no le hago mal a nadie», eso no tiene ningún valor delante de lo que ya Cristo hizo en ti. Ya no vivo yo, ahora vive Cristo en mí. Yo me niego a mí mismo, esa es la parte interna. ¿Entonces qué sigue después? Toma tu cruz. ¿Y qué significa tomar la cruz? Enterrar y crucificar ese viejo hombre, y comenzar a vivir como el nuevo hombre, como la nueva criatura que es en Cristo Jesús.
Pero hay una parte previa para nosotros poder seguir al Maestro: hay que dejarse guiar por el Espíritu. Dice el verso 25: «Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu». Pablo lo ha resaltado como cuatro o cinco veces en lo que va del texto. Aquí lo que Pablo está diciendo es que usted no puede tener una dicotomía entre lo que usted dice ser y lo que es en verdad. Si usted dice que vive por el Espíritu, se supone que usted debe caminar conforme al Espíritu. Es decir, yo no puedo decir que soy cristiano y hacer cosas de un no cristiano. No pueden existir esas dos partes.
Si usted dice que vive por el Espíritu y el Espíritu Santo ha hecho un trabajo en su vida, entonces usted debe comenzar a caminar conforme a lo que el Espíritu está comenzando a hacer en su vida. De forma tal que, como yo camino en el Espíritu, yo debo testificar que el Espíritu vive en mí. ¿Y cómo testifico esa parte? No solamente viniendo los domingos a la iglesia. Vuelvo y le repito, es 24/7. Es cuando usted está solo, en intimidad, donde nadie lo ve —donde usted cree que nadie lo ve—. Es cuando usted tiene que tomar una decisión en su vida; es cuando alguien quiere venir a ofenderle y usted tiene que responderle. Ahí comienza a verse y a visualizarse cómo usted realmente está andando en el Espíritu.
Mis hermanos, podemos ser claros en esta parte: si profesamos ser verdaderos discípulos de Cristo, comenzamos entonces a dar evidencia de que hay características del fruto del Espíritu en nosotros. Podemos mostrar una carátula muy bonita por fuera, pero Dios conoce el CD que está dentro. Esto no es cuestión de aparentar, esto es cuestión de vivir una vida conforme a Cristo. Usted puede engañar a quien sea, hasta aquí en la iglesia; porque aquí en la iglesia todos somos cristianos, aquí todos somos santos, porque aquí hay un comportamiento, hay una característica que denota que usted está viviendo una vida cristiana.
La lucha constante es evidencia del Espíritu
Pero, mis hermanos, a Dios no lo engaña nadie, para que usted lo sepa. Si nosotros andamos en el Espíritu, las evidencias solas salen. Y si nosotros no andamos en el Espíritu, hay características que van a comenzar a salir en nosotros, aun queriendo cortarlas. No hay nada que se oculte debajo del sol para el Señor, porque todo también se ha de revelar.
Y entro al segundo punto: somos nosotros los más beneficiados cuando andamos y dependemos del Espíritu Santo.
Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
— Romanos 8:1
Ya Cristo pagó un precio por nuestro pecado. Ya Cristo hizo su trabajo en nosotros. Ya no hay más cordero que sacrificar, ya no hay más sacrificio, ya no hay más ley; solamente hay uno, que es Cristo. Por lo tanto, si nosotros decimos que andamos en el Espíritu —y vuelvo y recalco lo mismo—, debemos comenzar a ver evidencia del Espíritu Santo en nosotros. Es imposible que yo pueda decir que ando en el Espíritu y que las evidencias del Espíritu no estén en mí. Mis hermanos, yo les dije el fruto del Espíritu, y esas características ya nosotros las conocemos. ¿Las estamos aplicando? ¿Están siendo evidentes en nosotros? ¿Estamos caminando conforme a esas evidencias? Este es un tema que nos hace reflexionar. Yo mismo, mientras preparaba este sermón, era confrontado constantemente, porque pudiera haber áreas en mi vida en las que realmente yo diga: necesito trabajar.
Porque el primer confrontado cuando tú comienzas a leer la Biblia… No es que tú entiendas la Biblia: la Biblia, cuando tú la lees, te entiende a ti, y te abre a ti el entendimiento para que tú sepas que eres un pecador y necesitas del Señor. Cuando tú te expones a la oración y hablas con el Señor de manera sincera, tú comienzas a entender que, para poder caminar conforme a lo que él quiere, lo necesitas a él.
La vida cristiana es imposible andarla si no tenemos el Espíritu Santo. Porque yo no puedo tener una lucha contra un amigo: yo tengo una lucha contra un enemigo. Mi carne es amiga del pecado, como decía Pablo ahorita en Romanos: lo que está en nosotros, la carne, nuestra propia concupiscencia, nuestros propios deseos, es amigo del pecado. ¿Tú has visto a un amigo luchando con un amigo? Es difícil; después se arreglan. Pero los enemigos como tales se mantienen totalmente en una disputa constante. Por eso yo les decía en el texto anterior que la carne es contra el Espíritu y el Espíritu contra la carne: ninguno de los dos puede subsistir junto al otro.
De modo que, si usted está teniendo constantemente lucha en su interior, hermano, eso es evidencia de que el Espíritu está en usted. A veces decimos: «pero hermano, se supone que ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí, y por lo que él hizo y lo que ahora yo soy por medio de él, ya no puedo estar constantemente en esta lucha». No, mi hermano. La evidencia más clara de que usted está siendo guiado por el Espíritu Santo es esa lucha constante que usted está teniendo en su vida: el Espíritu está luchando contra los deseos suyos de la carne, y por ende usted constantemente tiene una lucha interior.
Porque lamentablemente, hasta que Cristo venga o partamos a su presencia, seguimos en este cuerpo pecaminoso; de modo que el pecado siempre va a estar en nosotros, pero ya no somos esclavos del pecado, sino que ahora somos libres del pecado. De modo tal que ahora yo vivo una vida en lucha constante contra el pecado, pero esa lucha no la hago yo, sino que ahora Cristo es quien la tiene por mí, y ya él venció. Por eso dice Pablo: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios» —o sea, a la Palabra de Dios— «mas con la carne a la ley del pecado». Esa es la lucha del creyente.
Usted piensa en adorar al Señor, en servir al Señor, en dejarse guiar por el Espíritu y en no pecar; pero está la carne, y la carne lo que quiere es pecar constantemente. Esa es la lucha interna de todo creyente. Hermano, si usted constantemente está luchando contra eso, y hay un arrepentimiento total, genuino, cuando usted comete errores, hermano, usted está teniendo una vida guiada por el Espíritu, porque está confrontando a su hombre interior. Lo que Pablo dice aquí es el hombre interno, no la lucha hacia afuera. Porque más adelante él dice que nuestra lucha no es contra carne ni sangre, sino contra principados y potestades, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Es decir, la primera lucha que tiene cualquier cristiano es la lucha interna, esa lucha que constantemente tendremos hasta que Cristo venga o partamos a su presencia.
Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.
— Romanos 8:2-5
Cristo cumplió al pie y acabó todo lo que debía hacerse para que nosotros hoy en día tengamos la libertad y ya no seamos esclavos del pecado, sino que seamos libres del pecado; y por ende también nos dejó al Espíritu Santo, para que sea quien nos guíe en esa lucha. Por nuestra propia fuerza, luchar contra el pecado es imposible, porque la carne siempre va a querer hacer lo malo. Pero si su mente y su corazón están siendo transformados y guiados por el Espíritu, entonces esa lucha es la que le va a permitir a usted vivir una vida cristocéntrica, de modo que ya no vive usted, sino que ahora vive Cristo en usted.
¿A cuál de los dos estás alimentando?
Aquí hay un punto muy importante, mis hermanos, y es cómo nosotros estamos alimentando a nuestro espíritu. Porque de la forma en que estemos alimentando al espíritu o estemos alimentando la carne, uno de los dos en la balanza va a tener más peso. Esto es importante, y entra mi tercer punto: cómo yo alimento mi relación con el Espíritu Santo, cómo yo puedo comenzar desde ahora a trabajar para que en todo sea el Espíritu Santo que vive en mí y no mi carne la que tenga la prioridad en la toma de decisiones o en lo que yo vaya a hacer en mi vida.
Dice Efesios 1:
En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo. En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.
— Efesios 1:11-14
Dice el verso 13: «En él también vosotros, después de escuchar el mensaje de la verdad». Cristo dijo: yo soy el camino, la verdad y la vida. ¿Cuál es el mensaje de la verdad? La Palabra del Señor. Cuando nosotros escuchamos en él el mensaje de la verdad, nuestra vida comienza a ser transformada de adentro hacia afuera. De modo que, para comenzar a enriquecer esa relación espiritual entre tú y el Espíritu Santo, para que tú puedas comenzar a tener discernimiento, para que tú puedas comenzar a interpretar su Palabra, para que tú puedas comenzar a escuchar la voz del Señor, tú tienes que comenzar primero por escuchar lo que él tiene que decirte a ti, para que tú puedas conocerle a él.
¿Por dónde conocemos al Señor? Por medio de su Palabra. Y eso nos mueve a orar al Señor, para así tener esa relación de manera directa con él. Dice la Palabra: «el evangelio de vuestra salvación». Esta es la buena nueva: que Cristo ha venido al mundo, que Cristo ha venido a salvar, a establecer el Reino, ese reino espiritual que nos hace trascendentes, que nos pasa a una eternidad por medio de él. «Y habiendo creído»; es decir, que no solamente es escuchar, sino creer lo que el Señor habla por medio de su Palabra. Por esta misma parte «fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa». Como yo le decía anteriormente, automáticamente nosotros creemos al Señor, a Cristo, y somos sellados por el Espíritu Santo. Inmediatamente ese sello está en nosotros, en nuestras vidas, y somos realmente hijos suyos y somos ovejas que escuchamos la voz del Señor. Hay un cambio que comienza a darse de adentro hacia afuera en cada uno de los creyentes.
Hay una historia que yo comparto en esta parte, acerca de una niña que le preguntó a su padre antes de dormirse por qué existen personas buenas y malas en el mundo. Y él, dentro de su sabiduría, le dice lo siguiente: cada ser humano tiene dos lobos dentro, un lobo negro y un lobo blanco. El lobo negro representa la maldad, la malicia, todo lo que es malo dentro del ser humano. Sin embargo, el lobo blanco representa todo lo bueno, toda la bondad, toda la mansedumbre, todo lo que es bueno para la vida de cualquier persona. Dependiendo de a cuál tú alimentes más, ese va a sobrevivir, y el otro se va a morir. Por ende, si tú alimentas más al lobo negro, esa persona va a ser mala, sumamente maliciosa, y todo va a ser contienda; pero si tú alimentas más al lobo blanco, ¿qué tú crees que va a pasar, mi niña? Ah, se va a convertir en alguien bueno.
Mis hermanos, la moraleja de esta historia es: ¿qué estamos alimentando más nosotros, el espíritu o la carne? Es una pregunta que yo me hago y que le hago a usted también, para que reflexione: ¿cuál es lo que usted está alimentando más en su vida, su espiritualidad o su carne?
Necesitamos a Cristo para seguir a Cristo
Yo alimento mi vida espiritual con una relación de oración con el Señor y una constante exposición a la Palabra de Dios, de forma tal que sea lo espiritual lo que más pese en la balanza de mi vida, para que entonces yo pueda contrarrestar los deseos de la carne. En esta balanza de la vida cristocéntrica sí se puede dar la parte de que sea mucho espiritual y poco carnal; lo que no se puede dar es la contraparte, que sea mucho carnal y poco espiritual, porque se consume todo lo que el Señor pudiera hacer en tu vida y pudiera perderte de las grandes cosas que él quiere hacer a través de tu vida y de los dones que ha puesto en ti.
Yo escribí esta parte. Como verdaderos discípulos de Jesús, estamos en la obligación, según su Palabra, de vivir una vida en dependencia del Espíritu. Para que sea una realidad en nuestras vidas, debemos estar constantemente expuestos a su Palabra, escudriñando cada parte de ella como si fuera un todo en nuestras vidas, obedeciendo sus estatutos por encima de mis propias opiniones o percepciones de la vida; porque ella es la que va a nutrir, corregir e instruir en justicia, para que poco a poco el carácter de Cristo sea evidente en nosotros. De lo cual desarrollamos el discernimiento espiritual para mejores tomas de decisiones y para la edificación de la iglesia del Señor; y, sobre todo, para dejar de vivir como el viejo hombre y entonces caminar en la nueva creación en Cristo, que vivirá en constante proceso de santificación, orando en todo tiempo y conectándonos cada día más con la presencia de Dios. De modo que nuestra vida será sal y luz en la tierra y testificará que ya no vivimos nosotros, sino Cristo en nosotros, para que toda la gloria, el poder, la autoridad, el dominio y la adoración sean para el único Rey de reyes y Señor de señores, Jesús, el autor y consumador de nuestra fe.
Es importante, mis hermanos, comprender esta verdad para vivir la verdad. Para nosotros caminar una vida en el Señor, necesitamos al Señor. Cristo nos dejó al Consolador, el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios mismo en nosotros, para poder vivir una vida conforme a sus estatutos. De modo que, si yo quiero vivir y andar en el Espíritu, debo exponerme constantemente a alimentar a mi espíritu, para que este rebose y esté por encima de mi carne y de mi concupiscencia.
Si yo quiero testificar que el Espíritu está en mí, ese fruto debe estar establecido y esas características deben ser notorias en cada uno de nosotros. La vida del cristiano no se circunscribe solamente al tiempo eclesiástico que tenemos los domingos, sino que a partir de mañana, o sea, el lunes, es donde nosotros vamos a ser tentados, probados, trabajados, para que entonces podamos ver lo que el Espíritu está haciendo en nosotros.
Para vivir una vida andando en el Espíritu, debemos conocer al Espíritu. Y yo conozco al Espíritu por medio de lo que Dios ha revelado en su Palabra y por esa vía de oración que me permite tener esa relación interna con él. ¿Cómo yo escucho al Espíritu? Necesito el discernimiento del mismo Espíritu. ¿Cómo yo gano el discernimiento del Espíritu? Necesito al Dador del Espíritu, que está revelado en su Palabra.
Constantemente necesitamos a Cristo para seguir a Cristo. Necesitamos a Cristo para ser cristianos, necesitamos a Dios para vivir directamente la vida conforme a sus estatutos, necesitamos a Cristo para ser verdaderos discípulos de Cristo. De modo tal, mis hermanos, que el buscarlo y reconocer lo que él ha hecho en su Palabra nos va a mover a vivir una vida conforme al Espíritu Santo de Dios.
Si hay alguna persona aquí que ha tenido una desconexión con el Señor y por ende ha sentido que ha dado más en la carne que en el espíritu, este es un tiempo hermoso para que tú tengas un reencuentro con tu Maestro y te reconectes con el Señor. De forma tal que tú comprendas que, para vivir esta vida de manera santificada, necesitas al Dador de la santificación; que tú necesitas a ese Dios vivo para poder creer incluso en el Dios vivo. Constantemente debemos exponernos a lo que él quiere hablarnos, para que esa palabra penetre en nuestro corazón y transforme nuestra vida, y nuestra vieja manera de vivir ya no sea la que es, sino que ahora vivamos una nueva vida en Cristo Jesús. Constantemente vamos a ser transformados, y ese proceso de santificación será evidente en la vida de cada uno de nosotros.
Si tú no has conocido al Señor, te invito a que abras tu corazón, abras tu mente y comprendas que no hay nada mejor en esta vida que vivir conforme al modelo de Cristo. Cristo dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar». ¿Y cómo Cristo nos hace descansar en una vida de lucha constante? En que la pelea no la peleamos nosotros, sino que el Espíritu la pelea por nosotros. Incluso a la hora de orar al Señor, el Espíritu es quien intercede por nosotros, para que esa oración llegue de manera genuina al trono celestial. Por nuestras propias fuerzas es imposible agradar a Dios, pero sí en Cristo podemos hacerlo, porque por él somos coherederos del Reino; porque él hizo un solo sacrificio, una muerte, una resurrección, y pronto vendrá a buscar a su iglesia.