Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
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La ayuda del espíritu santo

Juan 16:7-13

Dios no solo nos salva en Cristo, sino que nos da su Espíritu Santo como ayudador, quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer su voluntad, convenciéndonos de pecado, guiándonos a toda verdad y formando en nosotros el carácter de Cristo.

Predicado4 de marzo de 2012
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Gracias, Señor, por todo lo que hemos visto este domingo. Gracias, Señor, porque vemos que tu palabra no retorna vacía. Gracias, Señor, porque vemos que todavía hay milagros que tú haces en medio nuestro. Gracias, Padre, por ver gente testificar cómo tu palabra les ha hablado. Gracias, Señor, por escuchar a nuestros hermanos orarte a ti por nuestras necesidades. Gracias, Señor, por ver un pueblo reunido donde antes no había nada. Gracias, Señor, por nuestra iglesia. Gracias por la salvación de nuestras almas.

Ahora abrimos de nuevo tu Escritura, Señor, para predicar tu palabra y permite que tu pueblo entienda. Disponemos, Señor, ahora, predicar tu palabra y te pedimos que permitas que tu pueblo entienda. Precisamente hoy estaremos hablando de tu Santo Espíritu en medio nuestro. Señor, permite que tu Santo Espíritu nos permita entender, que nos convenza y, al mismo tiempo, Señor, permite que tu Santo Espíritu, desde adentro de nosotros, nos ayude a obrar como conviene, de una forma tal que te agrade a ti. Te encomiendo a mis hermanos que ya te han conocido, te encomiendo aquellos, Padre, que nos visitan hoy y que quizás hoy comienzan a conocerte.

Permite que la enseñanza de tu palabra sea una enseñanza que alcanza personas en diferentes situaciones, que nos lleve cada vez más a ti, todo esto para tu gloria y en el nombre de Jesús. Amén. Le pido que busquen sus bosquejos, que dentro están los puntos principales de la enseñanza de hoy. Hoy estaremos hablando en nuestra iglesia sobre la ayuda del Espíritu Santo. Estaremos aprendiendo cómo el Espíritu Santo nos lleva hacia el Señor, cómo el Espíritu Santo nos convence de pecado, cómo el Espíritu Santo obra en nuestro corazón para que nos parezcamos al Señor. La ayuda del Espíritu Santo: Dios mismo, hermano, obrando en nosotros desde adentro.

Dice la introducción de nuestro bosquejo, antes que leamos estos pasajes, que en su misericordia Dios ha elegido hombres comunes y corrientes como tú, hermano, como yo, para formar su iglesia. Sin embargo, esos hombres comunes y corrientes tienen algo extraordinario. Eso extraordinario que tienen es la presencia de Dios mismo obrando en ellos por medio de su Espíritu Santo. Hermano, cuando venimos a la iglesia del Señor y vemos a nuestro alrededor, vemos gente común y corriente. La verdad es que uno no podría distinguir así, a simple vista, de manera rápida, de manera expedita, en qué personas Dios está habitando y en quiénes no. Pero entendemos que es promesa de Dios que aquellos que le aceptan a Cristo como Salvador personal, el asunto no se queda allí, sino que Dios mismo viene a habitar su corazón en la persona de su Santo Espíritu, y que les permite llegar a hacer la voluntad del Padre.

Busquen en sus Biblias en el libro de Juan, Evangelio de Juan, en el capítulo 16. Leeremos allí varios versículos de esta porción, aprendiendo cómo nos ayuda el Espíritu Santo.

Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.

— Juan 16:7-13

“Os conviene que yo me vaya” y el Consolador-Ayudador

Es el Señor Jesús en la última parte de su ministerio, refiriéndose a sus discípulos y alentándoles sobre los sucesos que estarían por venir. Y les decía el Señor a sus discípulos estas palabras. A mí me gusta mucho el 12 y el 13, que dicen así: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere y os hará saber las cosas que habrán de venir”. Es Cristo hablando, hermano, nuestro Señor hablando a sus discípulos de lo que iba a suceder después, y él está diciendo un versículo que a mí me llama la atención. Él está diciendo: “A ustedes les conviene que yo me vaya”.

Cuando yo leí por primera vez ese versículo, hermano, yo dije: óyeme, Señor, ¿estás exagerando? Cualquiera quisiera quedarse al lado de Cristo para siempre. ¿Han imaginado ustedes la experiencia trascendental que fue para los primeros creyentes tener a Dios mismo hecho carne habitando en medio de ellos? ¿Han puesto ustedes a pensar, hermano, lo que significó para los discípulos de Cristo poder pasar tiempo con su Maestro? Algunos se le recostaban así de su cuerpo, escuchar el mensaje de la palabra del Señor, hermano, recibido directamente de sus palabras, de su boca, mirándote a los ojos mientras te daba la instrucción, hermano, ¡qué cosa más sorprendente!

Pero dice el Señor que a nosotros nos convenía que él se fuera, y nos convenía porque nos iba a dejar el Espíritu Santo que nos guiaría a toda verdad. Miren, hay cosas que a ustedes les han sucedido y que ustedes no saben. Es más, una de las cosas del misterio de la salvación es que esto va sucediendo en la vida de uno como sin uno darse cuenta. Y a veces hay que explicar a la persona qué es lo que realmente ha sucedido, para que puedan poner esto como en orden y que puedan dar todavía más gloria al Señor.

Yo lo que vengo a decirte es que muchas de las cosas de las que te voy a hablar ya tú las tienes. Creo que la mayoría, hermano, ya lo tiene. Yo no vengo a decirte que tengas algo nuevo, vengo quizá a hablarte de algo que ya está habitando en medio de tu corazón, pero vengo a ponértelo en orden para que tú entiendas cómo Dios ha estado cotejando las cosas en el interior de tu ser. Y que cuando tú entiendas todas estas cosas dependas más de Dios y le des aún más la gloria al Señor. Esto que te digo es lo mismo que decía el Señor: “Os digo la verdad”. El Señor está diciendo, hermano: quizá ustedes dudan lo que les estoy diciendo, pero lo que les estoy diciendo es la verdad. Quizá les parece un asunto sobrecogedor, quizá les parece un asunto sorprendente, quizá les parece a ustedes que eso no será posible, pero si él está diciendo “yo les digo la verdad”, es porque es verdad.

Y lo que él está diciendo es que a ustedes les conviene que yo me vaya, porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Antes de entrar al cuerpo de la enseñanza, quiero darle una mayor expresión al término “Consolador”. Si uno escucha ese término “Consolador”, que fue como quizá Reina-Valera lo tradujo, uno podría quedarse con la idea de que el Espíritu Santo es solamente una persona que nos pasa la mano. Uno podría quedarse con la idea de que el Espíritu Santo está ahí solamente como para consolarte de la manera que yo te puedo consolar a ti en un momento de dificultad. Miren, consolar es acercarse a una persona que está sufriendo y decirle: yo entiendo tu situación, estoy contigo, y darle dos palmaditas en el hombro.

Ahora, en el original, hermano, lo que significa “Consolador” tiene una carga de significado todavía más grande. Dice la Escritura que nos están dejando el Consolador, y el Consolador, una traducción quizá más precisa, es “el Ayudador”. El que les va a ayudar, el que va a estar con ustedes. Ese término, hermano, viene de una palabra que tiene la idea de un asistente legal, es como una persona que está ahí presta a tus servicios, como una persona que está ahí presta a que tú logres aquello que el Señor quiere que suceda en ti. Es una persona que viene a ayudarte: es un Ayudador, es un Consolador, es un Asistente, es Dios mismo obrando en nosotros desde adentro.

Dice el Señor que convenía que él se fuera, porque si él se fuera, entonces ya no solamente vendríamos a ver a Cristo y escuchar su enseñanza, sino que Cristo mismo —como leyeron ustedes en sus lecturas bíblicas, hemos estado debatiendo aquí— escribiría la ley en nuestro corazón. ¿Hay personas que han entendido esto y creen que Cristo escribió la ley en su corazón, hermano? Que él mismo, desde adentro de tu ser, te va a decir lo que conviene. Y esta es una experiencia que cualquier persona que ha conocido al Señor podría testificar de ello.

El Espíritu que produce el querer y el hacer

Miren, dice el libro de Filipenses que Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer por su buena voluntad. Y lo que yo creo que cualquier cristiano puede testificar es que, cuando llegamos a ser cristianos, se manifestaron en nosotros dos cosas producidas directamente por Dios. Lo primero que sintió un cristiano cuando vino a la familia de Dios fue un ardiente deseo por hacer la voluntad de Dios. Y, en segundo lugar, una capacidad extraordinaria, hermano, una capacidad que no sabíamos que podía existir antes, para hacer aquello que te parecía imposible. Y eso que te parecía imposible es la voluntad de Dios.

Todos los cristianos, cuando nos acercamos al Señor, lo primero que sentimos es un deseo por hacer su voluntad. Y tú dices: esto antes me parecía indiferente, ahora yo quiero saber más de esto. Es algo hasta paradójico, porque cada vez que te escuchas un mensaje de la palabra del Señor, tú quedas más comprometido delante de Dios, pero al mismo tiempo sucede un deseo ardiendo en tu corazón de estar más comprometido aún. Y tú escuchas que con claridad se te predicó el mensaje y eso como que comienza a hacerte sentido. Y tú dices: yo estoy como sintiendo un deseo de hacer eso que están diciendo ahí que uno tiene que hacer. Y esto, hermano, que anteriormente te parecía a ti una locura, comienza a cobrar sentido. Es Dios mismo que comienza a obrar en nuestro corazón y comienza a poner en ti el deseo de Dios.

En segundo lugar, hermano, hay una cosa que sucede en uno, y es que uno pensaba, cuando vino al Señor, que había cosas en su vida que eran imposibles de superar. Hay personas que han venido a Cristo fruto de adicciones y piensan: mira, yo en mi vida voy a poder dejar el cigarrillo. Otros han pensado: yo en mi vida pensaba que iba a poder dejar la botella. Otros pensaban: yo no creía que sería posible que me pudiera yo alejar de las drogas. Hay otros que podrían testificar: yo creía que era imposible dejar una vida de vanidad, yo creía que era imposible dejar el consumismo. Hermanos, es el mismo Espíritu de Dios. Así como él te llevó a desear hacer la voluntad del Señor, el mismo Espíritu de Dios te ayudará para hacer su voluntad.

Dice el Señor que convenía que él se fuera, porque si acaso él se fuere, no nos dejaría solos, sino que nos enviaría al Ayudador, aquel que escribiría la palabra de Dios en nuestros corazones y pondría en nosotros hambre de su voluntad, y aquel que nos ayudaría para que no quedáramos en vergüenza. Y tú me preguntas: “Pastor, ¿y por qué usted quiere predicar hoy de esto que es tan básico?”. Miren, tengo una razón para predicarlo, y es que hay muchos nuevos creyentes en nuestra iglesia. Una ansiedad del nuevo creyente es que siente: “Yo, ahora mismo, me estoy enfrentando a decir que voy a hacer la voluntad de Dios, pero yo mismo sé que no puedo”. Y es verdad.

Una persona que está comenzando a dar sus primeros pasos en la fe cristiana tiene sus dudas. Dice: “Yo voy a decirle que sí al Señor, pero lo más probable es que mañana, cuando salga a la calle, comience a deshonrar al Señor”. Es verdad, quizás tú entregaste tu vida a Cristo y en ese mismo momento, esa misma semana que tú entregaste tu vida a Cristo, tú comenzaste también a deshonrar a Cristo, hermano. Es verdad: humanamente hablando, es imposible que un hombre pueda hacer la voluntad del Señor. Pero en esto no estamos solos: el Señor nos envió el Ayudador, el Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo pone en nosotros tanto el querer como el hacer por su buena voluntad.

Quiero hablarles hoy a ustedes, hermano, que están llegando a nuestra congregación, que quizá están tomando talleres de membresía, que quizás comienzan a abrir los ojos al Señor y dicen: “Yo me voy a hacer un cristiano y voy a comenzar a vivir de una forma sagrada para el Señor, ¿quedaré en vergüenza?”. Quiero hablarle a aquellas personas que están tomando una resolución fuerte de jamás volver a pecar: ¿quedará en vergüenza, hermano? La resolución más fuerte que un cristiano puede tomar es: “Yo voy a permitir que el Espíritu de Dios obre en mi vida y me ayude a hacer la voluntad de Dios”. Algo que no depende de mis propias fuerzas, sino que depende totalmente del Señor. Por eso también dice la Escritura que aquel que comenzó en nosotros la buena obra será fiel en completarla.

La venida del Espíritu Santo y la necesidad de su ayuda

Quiero hablarles de diferentes cosas al respecto de cómo el Espíritu Santo obra en la vida de uno, pero quiero que ustedes entiendan esto: que en el momento que una persona viene a Cristo, el Señor permite que su Santo Espíritu inunde su corazón, y dentro suceden estas dos manifestaciones. La primera, un deseo de hacer la voluntad del Señor. Y la segunda, una capacidad extraordinaria para hacerlo que él mismo sabe que en sus propias fuerzas no podía.

Lo primero que le quiero comentar acerca de esto es que la venida del Espíritu Santo fue tan valiosa para la iglesia como la venida de Cristo mismo. Hermano, el Espíritu Santo también es Dios. Es Dios, no en un cuerpo humano, sino como presencia; es la presencia de Dios que mora dentro de uno, pero el Espíritu Santo también es Dios. Es más, me atrevería a decir, hermano —aunque esto parezca un poco difícil de entender así a simple vista—, que sería imposible que uno disfrutara de Cristo sin la ayuda del Espíritu Santo. Si una persona llegara a conocer a Cristo y no tuviera el Espíritu de Dios adentro de su corazón, hermano, no tendría nada que hacer con Cristo.

Eso sería como que a ti te entregaran millones de dólares en una caja fuerte y no te entregaran la combinación. Eso sería, hermano, como si a ti te pusieran agonizando, en inanición, muerto de hambre, te llevaran y te pusieran un banquete así al frente y, al mismo tiempo, te ataran las manos. Hermano, tener un conocimiento de lo que es Cristo sin tener la ayuda del Espíritu Santo, eso nos condicionaría a nosotros a la mayor impotencia. Sería desesperante, sería como que tú te estás muriendo de sed y no puedes llegar al agua que está frente a ti. Tener la conciencia de que hay un Cristo, hermano, sin tener la ayuda del Espíritu Santo, sería una locura.

Los discípulos pensaban que habían conocido al Señor, hermano, pero se manifestó después que el Señor se fue que, aun habiendo estado ellos tres años con el Señor, todavía no tenían el entendimiento total. Por eso dice la Escritura que “sus ojos fueron abiertos y entendieron”. Hermano, llegar a conocer a Cristo sin tener la ayuda del Espíritu Santo, eso sería una desesperación. Lo más parecido a eso sería la macadamia… vamos a montar este fruto. ¿Conocen esto?

Tener, haber conocido a Cristo y no tener la ayuda del Espíritu Santo sería lo más parecido a tener una macadamia. ¿Cómo se toma la macadamia? ¿Conocen? Pues no se tomaba la macadamia, lo conocen unos tíos que han tenido macadamia sembrada. ¿Conoce Carolina la macadamia? ¿Qué otro hermano conoce la macadamia? Ah bueno, quizá se la han comido en helado en Helados Bon. No es esa macadamia de helado a la que me estoy refiriendo, es a la nuez de macadamia en su cascarón, hermano, a eso que me estoy refiriendo.

Miren, lo más parecido a ver a Cristo sin tener la ayuda del Espíritu Santo es que te regalen una funda de macadamia. Tenemos un privilegio en la República Dominicana: que tenemos grandes plantaciones de macadamia. Y usted me pregunta: “¿Y cómo llegó la macadamia aquí?”. Llegó desde Australia. Aquí no había macadamia. Es la nuez más valiosa del mundo, hermanos. Entre los diez alimentos más valiosos del mundo entero está la macadamia, justo al lado del caviar. Y no de todo caviar, hermano, del caviar más exquisito. Ahí mismo ponen, aquellas personas que saben de alimentos, la macadamia entre los alimentos más valiosos del mundo. Hermano, la macadamia casi es oro.

Ahora, en República Dominicana estamos plantados de macadamia. Tenemos mucha macadamia. Ahora, sucedía lo siguiente: miren, después del ciclón David apareció un empresario dominicano que fue Manuel Arsenio Ureña, que fue a Australia y consiguió una plantación que podía ayudar a la reforestación de la isla por medio de un cultivo que no tenía raíces muy profundas: la macadamia. Él fue a Australia y trajo la macadamia a la República Dominicana y, a través de un proyecto que se llamaba el Plan Sierra, sembraron grandes territorios de macadamia. ¿Para qué lo sembraron? Lo sembraron con un interés forestal. Ellos lo que querían era que el suelo que había sido erosionado por el ciclón volviera, hermano, a tener la capacidad; era un efecto reconstituyente sobre el terreno. Y sembraron macadamia.

Sucede con la macadamia que casi nadie la siembra; no la siembra porque hay que esperar a veces doce años para uno comenzar a ver una pequeña nuez. Pero fruto de la intención de este empresario, por allá por los años 70, en República Dominicana hubo grandes terrenos de macadamia. Bueno, después de años de tener la macadamia ahí, cuando esto eventualmente tuvo su fruto, que son unas nueces de este tipo, entonces los agricultores dijeron: “No sabemos qué hacer con esto”. Y les decían: “Sí, ustedes tienen macadamia, es un asunto valiosísimo, es algo muy rico, con eso se hace helado”. Ahora, había algo que no sabíamos de la macadamia: es que abrir una macadamia, hermano…

La ilustración de la macadamia y el acceso a Cristo

Se lo digo de primera mano, porque yo pude abrir una, mientras me regalaron cinco macadamias. Hermano, miren, la macadamia tiene un cascarón… ese cascarón es casi del grueso de la nuez misma que tiene dentro. La macadamia se sembró en República Dominicana, pero todavía los dominicanos no nos habíamos comido la macadamia. Eso es duro, hermano, como piedra. Miren, cuando me regalaron la macadamia yo la estrellaba así contra el suelo. Intenté con el cascanueces: doblaba el cascanueces; la macadamia, hermano, es tan fuerte que rompe el cascanueces. Intenté darle con una piedra; con una piedra lo que hice fue maltratarla, no pude abrirla con una piedra. Me han dicho algunas personas que pueden abrirla con un martillo: es un golpe seco y contundente sobre la macadamia y que se rompe esa cáscara, hace explosión y sale la nuez.

Bueno, hoy comemos macadamia porque apareció otro empresario después de Manuel Arsenio, que fue Moreno, de Helados Bon, y lo que él consiguió fue un equipo muy costoso con el cual se podía romper la nuez de macadamia. Bueno, y nosotros comemos macadamia porque apareció esa herramienta. La verdad es que lo que sucedía con la macadamia es que después comenzaron a cortarla para hacer carbón y demás, con el árbol, pues decían que eso no servía, que eso era como piedra, que eso, hermano, era inútil. El fruto más valioso, uno de los frutos más valiosos del mundo, nosotros teníamos territorio de macadamia y no habíamos probado la macadamia.

Es lo mismo que pasa con el Señor: miren, el Señor es precioso, hermano, el Señor es valioso, el Señor es rico, el Señor es sabroso, el Señor es la respuesta, no a muchas, sino a todas nuestras necesidades. Pero la verdad es que nosotros no podemos llegar a Cristo directamente, no tenemos la capacidad. Tener a Cristo sin el Espíritu Santo es como tener la macadamia sin la herramienta para abrir la macadamia. Miren, yo tengo mi técnica; oigan cómo yo abrí una macadamia. Yo logré perforarle un hoyito a una macadamia, la puse al fuego y permití que se quemara la cáscara de la macadamia, y cuando se quemó entonces rompí la cáscara y quedé con una macadamia un poco destruida, pero la probé.

Así mismo hay gente que se muere delante de Cristo, pero, la verdad, que uno tenga a Cristo delante sin la ayuda del Espíritu Santo no tiene nada que hacer con Cristo. Por eso decía el Señor: “Os conviene que yo me vaya, porque si yo me voy les enviaré a un Ayudador, y este Ayudador los llevará, ¿a dónde? Hacia mí, a toda verdad”. Esa es la función preciosa del Espíritu Santo, hermano. Miren, la venida del Espíritu Santo fue tan valiosa como la venida de Cristo, porque sin el Espíritu Santo no íbamos a poder “comer la macadamia”. La venida del Espíritu Santo fue tan valiosa, hermano, porque no teníamos nada que hacer con Jesús. La incredulidad, hermano, es una enfermedad tremenda; la incredulidad ciega a las personas. Un incrédulo es más parecido, hermano, a alguien que está ciego, alguien que no puede ver.

Tú le hablas a las personas de Cristo y la gente se queda en Cristo… “¿qué?”, y todas esas cosas. Cuando el Espíritu Santo nos convence de pecado, entonces abrimos los ojos hacia Cristo. Cristo siempre ha estado ahí, pero el Espíritu Santo nos permite verlo. Primera cosa que les enseñaré, hermano: tan valiosa fue la venida del Espíritu Santo como valiosa fue la venida de Cristo. Sin el Espíritu Santo muchas cosas no pudieron haber sido posibles. Miren lo que es una macadamia abierta, miren lo que es el grosor de esa cáscara. No es una almendra, es una fruta en extremo valiosa, pero que está recubierta de algo que nos impide llegar a ella. Lo mismo sucede con Cristo: Cristo está ahí, está tocando la puerta, pero nosotros, en nuestra necesidad, no vemos a Cristo.

Por eso, hermano, uno tiene que ser muy humilde cuando habla su testimonio. Cuando se habla del testimonio personal hay que ser muy humilde y decir: solamente con el Espíritu Santo pude haber llegado hasta Cristo. ¿Qué cosas eran importantes? Miren, beneficios del Espíritu Santo. ¿Saben cuántos eran la iglesia de Cristo? Eran doce. Quedaron once después que se fue Judas. Hermano, cuando vino el Espíritu Santo explotó la difusión del evangelio. El Espíritu Santo —dice la Escritura— el Señor les dijo que nos daría el Espíritu Santo, que el Espíritu Santo nos ayudaría a testificar de Cristo. El Espíritu Santo ayudó a la expansión del evangelio, multiplicó las señales, dijo el Señor que nosotros haríamos aún señales más grandes de las que él había hecho. Los milagros de Cristo, hermano, fueron grandes, pero todavía más milagros sucedieron en tiempo de los apóstoles.

El Espíritu Santo nos ilumina en la enseñanza, es lo que nos permite ver la Biblia y entender. Muchos nuevos creyentes testifican: “Mira, antes yo abría la Biblia y no la entendía, ahora cuando abro la Biblia comienzo a entender”. Es Dios mismo, en la persona de su Espíritu Santo, que nos conduce a toda verdad, nos ilumina, hermano, nos abre el entendimiento, nos quita las tinieblas como un velo que hay delante de uno, pero cuando el Espíritu Santo lo ilumina, como que toda la Escritura cobra sentido al mismo tiempo. Es una presencia de Dios constante y universal. Antes había que estar siguiendo a Cristo, y Cristo a veces se escondía, hermano, y estaban buscando al Señor. “¿Y dónde está? ¿Dónde ha ido?”. Y las multitudes iban detrás del Señor.

Ahora, dice la Escritura que el Espíritu Santo está presente allí donde hay uno o dos de sus miembros. Donde están dos o tres congregados en su nombre, allí está él, en la persona del Espíritu Santo. Al mismo tiempo, hermano, el Espíritu Santo nos convence de pecado: nos permite llegar a entender no solamente que fallamos, sino que le fallamos a Dios. Nos capacita para obedecer y, al mismo tiempo, nos santifica para que nos parezcamos a Cristo. En extremo valioso el Espíritu Santo. Primera pausa, hermano: la venida del Espíritu Santo fue tan importante como la venida misma de Cristo. Teníamos el fruto ahí, hermano, teníamos al Señor ante nuestros ojos, pero no le podíamos ver claramente. Ahora sucede que, en un momento, el Espíritu Santo nos ilumina el entendimiento y abrimos los ojos a la realidad de Dios.

Esto no depende totalmente del hombre, hermano. Esto es una iniciativa de Dios. Primera cosa: era tan importante como la venida de Cristo: “Os conviene que yo me vaya, porque si yo me fuere, entonces os enviaré al Espíritu Santo, al Consolador, al Ayudador, a la persona que nos guía, a la persona que nos dirige”.

La Trinidad obrando en la salvación

Miren, la Trinidad completa funciona en la salvación. Hay unas parábolas que están en Lucas capítulo 15 que no se las voy a leer una a una, pero se las voy a anunciar. Nos habla de tres parábolas distintas y cada una de esas parábolas apunta a una persona de la Trinidad que funciona durante la salvación. Cristo comenzó hablando de la oveja perdida. Dijo que había un hombre que tenía una oveja perdida y que él dejó noventa y nueve y la fue a buscar. Ese hombre fue Cristo. Esa oveja perdida, hermano, somos nosotros, esa es la realidad. Cuando él nos habla de la oveja perdida, podemos saber a Dios en la persona de Cristo, al Hijo, obrando a favor de nosotros, buscándonos cuando estamos perdidos en nuestros delitos y pecados.

Pero al mismo tiempo, después de eso, el Señor contó inmediatamente, en el mismo discurso, una siguiente parábola: era una parábola que hablaba acerca de una lámpara y unas monedas, una mujer que se le habían perdido unas monedas y estaba en oscuridad. ¿No han intentado buscar algo en oscuridad? ¿No les sucede, hermano, que uno anda a tientas? Ahora, dice que esta mujer encendió una lámpara y cuando encendió la lámpara entonces encontró la moneda. Hermano, es el Espíritu Santo que nos ilumina a nosotros para que podamos encontrar a Cristo. Y, al mismo tiempo, nos habla de la parábola del hijo pródigo: era un joven que dejó la casa de su padre, pero que su padre estaba ansioso esperándole en la puerta. Es Dios el Padre que está esperando, hermano, a que lleguemos nosotros, sus hijos, para recibirnos con los brazos abiertos.

En tres parábolas que están en el mismo discurso de Jesús de Lucas 15 se nos representan diferentes aspectos de Dios: Dios el Hijo a través de Cristo; Dios el Espíritu Santo a través de una lámpara; y Dios el Padre a través de la parábola del hijo pródigo. Esto tiene una narración, quizá sea de la manera siguiente: es la historia de Cristo, a través del Espíritu Santo, que nos lleva hasta el Padre. Esto es la Trinidad completa funcionando en el proceso de salvación. Tres parábolas, hermano. Intentar ser un cristiano sin utilizar a Cristo es una mentira, es falsedad. Intentar hacer la voluntad de Dios sin pasar por Cristo es imposible, eso no se logra. Intentar llegar a Dios sin contar con el Espíritu Santo, eso es autosuficiencia. Hermano, no se logra: tú solo no puedes llegar. El Espíritu Santo te tiene que ayudar.

Intentar vivir de acuerdo a la voluntad de Dios sin apuntar al Padre, eso es una moralidad sin sentido que no produce salvación. La historia de la salvación es la historia de Cristo que se hizo hombre para, a través de su Espíritu Santo, conducirnos hasta el Padre. Las tres personas de la Trinidad, hermano, funcionan en el proceso de salvación. Hoy vine a hablar de una específicamente y esa persona es Dios el Espíritu Santo.

Fue un segundo punto. Lo primero, hermano, es: tan importante fue que haya venido Cristo, como importante fue que viniera el Espíritu Santo. Y cuando vino el Espíritu Santo entonces pudimos apreciar a Cristo. Cuando vino el Espíritu Santo, entonces pudimos tener acceso, hermano, hasta Cristo. El Espíritu Santo abrió nuestro entendimiento para que entendiéramos a Cristo. En segundo lugar, sin la ayuda del Espíritu Santo sería imposible llegar a ser salvos. Dice la Escritura: “y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio”. ¿Te haces esta pregunta: pero yo, en mi propia capacidad, podría entenderlo? No vas a entender. Nadie es convencido de pecado sin la ayuda del Espíritu Santo.

Es más, hay personas que son convencidas de que obraron mal, pero no necesariamente se convencieron de que obraron mal ante Dios. Ese es el arrepentimiento que produce salvación. Escuchen esto: hay personas que podrían entender: “Mira, yo tomé una mala decisión en cuanto a mi familia y le fallé a mi esposa y lo hice mal. Es verdad que lo hice mal”. Ahora, un pecador convencido por el Espíritu Santo no dice solamente que lo hizo mal, sino: “Yo lo hice mal ante Dios y afecté a mi esposa”. Ese es lo que es un pecador arrepentido, hermano. El convencimiento de pecado es lo que nos permite a nosotros sentir y entender lo separados que estamos de Dios, la distancia que nos mantenía alejados de él.

Sin la ayuda del Espíritu Santo es imposible llegar a ser salvos, hermanos. Es el Espíritu Santo que nos convence. Y dice la Escritura: “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados…”. Si no hay un convencimiento, no hay, hermano, un borrón de pecados. El hermano Efrio estuvo predicando al respecto de esto: parte del proceso de salvación es nosotros llegar a estar convencidos de nuestros pecados y solamente podemos convencernos de nuestros pecados cuando somos ayudados por el Espíritu Santo. En extremo valioso, hermano. Es más, tú eres salvo por la misericordia del Señor que dio a Cristo y te dio su Santo Espíritu, que te dio el medio y, al mismo tiempo, te ayudó a llegar hacia allá.

Es como que a una persona le dieran una beca para los estudios y al mismo tiempo le pusieran un tutor. Una beca de estudio: le dan a una persona una beca, lo mandan a estudiar para su carrera, y le dicen: “Tienes que mantener el índice por encima de 3.25, si no te suspendemos la beca”. Hermano, el Señor nos dio la beca y al mismo tiempo nos mandó un tutor personal que opera desde adentro de nosotros y que nos permite mantener el índice. Hay personas que se han preguntado: entonces, ¿depende de uno la salvación o depende del Señor? Hermano, depende del Señor, pero uno es quien se deja ayudar, esa es la palabra. Hay personas que se obstinan en no ser ayudados por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo está tocando su puerta y hay gente que se hace el sordo.

Convencidos de pecado y llamados por gracia

¿Me preguntas si la salvación es una obra que depende de Dios o del hombre? Depende de Dios totalmente, pero el hombre en su necedad a veces le dice que no. Hay gente a la que le dan la beca y le dan el tutor y dicen que no a la beca y que no al tutor, y se quedan brutos. Hay personas que Dios está llamando, y el Señor no quiere llamarte y dejarte suelto, quiere llamarte y al mismo tiempo ayudarte a hacer su voluntad.

Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados, “para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio”. Te pregunto: ¿es posible que un hombre se convenza de pecado sin la ayuda del Espíritu Santo? Nunca. Solamente porque el Espíritu Santo, en algún momento, puso el foco así en el corazón de uno, hermano, y uno vio lo que había ahí. Uno se asustó. Bueno, hay veces que tú tienes cosas en tu corazón que eso está ahí, eso está hediondo delante de la presencia del Señor y tú, que estás tan pegado, tú no sabes que eso está ahí. Eso es como un espejo: hay veces que tú estás desarreglado y cuando te ves en el espejo dices: “¿Y qué es esto?”.

Eso es lo que permite el Espíritu Santo, hermano: que tú te veas en tu pecado delante del Señor, en tu separación delante del Señor, y cuando tú te ves así entonces caminas hacia Cristo. Por eso dice él que él pone tanto el querer como el hacer por su buena voluntad. ¿Te ha pasado que te ensucias la camisa y no te das cuenta? Bueno, un día de estos yo tuve tres reuniones con una marca de pasta… no se debe comer en el carro. O sea, la lección aprendida: no se debe comer en el carro. Hermano, yo iba rápido y una salsa de esas me chorreó así, y yo lo que me preocupé fue después: “Caramba, pero tuve entradas distintas y nadie me dijo que tenía la camisa sucia”. Porque por lo menos dígame: “Mire, está como sucio ahí” o algo.

Hermano, lo mismo que pasa con el hombre delante de Dios: uno se pasa la vida viviendo con sus pecados delante del Señor y el Espíritu Santo, en un momento, nos ilumina y nos permite vernos como realmente somos. Y dices: “Caramba, ¿yo tengo eso ahí? ¿Eso es lo que Dios piensa de mí? ¡Estoy tan alejado de Dios!”. Corriendo vas al Señor, de la misma manera que tú corriendo vas al baño cuando te has ensuciado la camisa. El Espíritu Santo, hermano, nos permite no solamente sentir esto, sino que nos ayuda a llegar hacia Cristo. Ese es el Ayudador, hermano, ese es el Consolador.

Cristo murió por ti y el Espíritu Santo te permite apropiarte del regalo de Cristo. Miren, la salvación no es una decisión en el sentido de que es una iniciativa nuestra. Esto es un regalo de Dios que el hombre, usando su libre albedrío, podría rechazar. Hay personas que hablan de su decisión como: “me inscribí en un curso”. Los José Reyes, hermanos… o por ejemplo, que hablan de que se hicieron cristianos como que eso fue un cursito por correspondencia que lo tomaron por ahí y “yo me inscribí”. Bueno, eso no es así. La salvación no es una iniciativa humana, es una iniciativa de Dios a favor tuyo. Fue el Señor que tocó la puerta.

Hay gente que habla de su salvación como: “No, mira, yo decidí hacerme cristiano, yo creo que ha llegado mi momento”. Hermano, no llegó tu momento; tu momento llegó desde que naciste, el Señor ha estado llamando, y en tu necedad has dicho que no.

Dice la Escritura:

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

— Apocalipsis 3:20

Hay gente que es tan autosuficiente que piensa que salió a buscar a Jesús. Es más, hermano, hay gente que es tan necia que dice: “No, yo fui y me convertí en la iglesia porque, a partir de este momento…”. Miren, nadie llega a Cristo así. Es Cristo que ha estado gritando esa melodía, hermano, a través de generaciones. Es su toque ahí, está tocando la puerta. Y muchas veces nosotros hemos estado entretenidos en otras cosas y no permitimos que nuestros oídos escuchen la voz de Dios. Pero en un momento milagroso, hermano, Dios el Espíritu Santo hace que se detenga la bulla que hay alrededor nuestro, deja el ruido y podemos entender la voz de Dios que, dulcemente, está llamando.

No fuiste tú que viniste al Señor, es el Señor que ha ido detrás de ti como fue el Señor por la oveja perdida. Es el Espíritu Santo que iluminó así una lámpara ante ti y tú pudiste conseguir la moneda. Era el Padre que, desde el mismo momento que tú saliste de tu casa, te había estado esperando con los brazos abiertos. Hermano, lo que tú hiciste fue abrir la puerta. Hay gente que habla de su salvación como: “No, ya yo me convertí, ya…”. Hermano, no, eso no es así. Fue el Señor que tuvo misericordia de ti, fue el Señor que te permitió escucharle.

Quiero dejar esto en claro, porque he visto una generación de creyentes autosuficientes, vanos, que hablan de su salvación como deportivamente. Hermano, miren, aceptar a Cristo no es que un día tú te levantaste y dijiste: “Voy para la iglesia”. No. Fue el Señor que permitió que tú llegaras a su casa. El Señor nos ha estado llamando a la puerta, ha estado tocando. Lo que significa que hemos estado distraídos. Y, en un momento, el Espíritu Santo quita el ruido a nuestro alrededor y escuchamos: “¡Wow, la voz de Dios que me está llamando!”.

Con cuerdas de amor, dice la Escritura, que el Padre nos atrae hacia él. Lo que quiero establecer con esto, hermano, es que la salvación no es una decisión exclusivamente personal del hombre. No es el hombre que dice: “Yo voy para donde Dios a poner la cuenta en clara”. No, hermano: fuiste tú quien le fallaste al Señor, y él está esperándote ahí para perdonar tu deuda. Él es quien te llama, “yo estoy a la puerta”; es él que está a la puerta. Es él que cenará contigo, hermano, es él que ha estado esperando. Tú no tienes nada que darle al Señor.

Hay gente que piensa como que la salvación es un mérito personal: “Yo le di mi vida a Cristo”. Hermano, fue él que la cogió por misericordia. Lo mejor que me pasó fue que él cogió mi vida, no fui yo. Hermano, ten cuidado cómo hablas de tu salvación.

Formas incorrectas de hablar de la salvación

Formas incorrectas de hablar de tu salvación. Nunca debemos decir: “hemos tomado la decisión”, como si fuera un logro humano. Siempre debemos decir: “Yo he sido alcanzado, yo he sido salvado”, esa es la realidad. Hermano, nunca deberíamos decir: “Yo creí que era el tiempo”. Un cristiano nunca debe decir así: “Mira, yo creí que ya era el tiempo, ya yo he hecho esto, aquello, es el tiempo”. No, hermano, no. Como dice un cristiano es: “Yo he perdido todo el tiempo; he estado perdiendo mi vida ahí en disparates”. Nunca, nunca deberíamos referirnos a nuestra preciosa salvación, hermano, en términos humanos.

Esa forma de hablar del sacrificio de Cristo como “he tomado una decisión”, “creí que era el tiempo”… Hay gente que dice: “Yo he estado buscando”. No: “yo he estado buscando”, “yo, yo…”. No, hermano, es Cristo, es Dios que me ha encontrado a mí. Él es el que me ha estado buscando hace rato. Por regla general, un cristiano nunca dice “ahora soy…”, nunca dice “ahora soy” para exaltarse. Lo que un cristiano dice es: “Yo no era nadie”. Eso es lo que dice un hombre salvado.

Otra forma de hablar de la salvación en términos humanos y autosuficientes es esta: “Ahora yo me he hecho cristiano”. Hermano, el Señor tuvo misericordia de mí. Por eso fue que una vez el Señor alcanzó a un endemoniado y le sacó los demonios, hermano, y lo mandó para su casa. Y oigan lo que el Señor le dijo a ese endemoniado: “Ve a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido misericordia de ti”. ¿Quién fue que lo hizo contigo? El Señor. Y ahorita viene uno diciendo: “No, yo he hecho…”. Hermano, tú no has hecho nada; con el Señor nada. Es el Señor que hizo contigo. Tú no has tenido misericordia del Señor, es el Señor que ha tenido misericordia de ti.

Por eso tenemos que estar agradecidos del Padre, hermano, porque su Santo Espíritu no solamente mandó al Hijo, sino que también mandó su Santo Espíritu para que obrara en el interior de nuestros corazones. Antes de pasar a la segunda parte de la enseñanza quiero dejar algunas cosas establecidas. Quiero dejar establecido, hermano: es tan importante que haya venido Cristo como importante fue que haya venido el Espíritu Santo de Dios. Quiero dejar establecido, hermano, que la salvación es una iniciativa de Dios totalmente. Él es quien ha estado tocando la puerta. Eres tú quien ha estado dando largas.

Hay gente que quiere ignorar que Dios ha estado tocando su puerta hace años y piensan que vinieron a tocarle al Señor: “No, ya hoy domingo vine a tocar…”. Hermano, hace años que el Señor ha tocado la puerta tuya. ¿Y por qué razón, hermano, no hemos entendido el toque? ¿Por qué no lo hemos entendido? Hemos estado distraídos. Dice la Escritura que hemos estado vendidos al pecado, en ignorancia hemos estado ciegos, hermanos, y en un momento el Espíritu Santo como que nos puso la luz y vimos la claridad. Y dijimos: “Oh…”.

Hermano, eso es lo que es un pecador arrepentido: una gente a la que le ponen la luz. Eso es lo que es un pecador arrepentido. No es una persona que vino perfumada delante del Señor, no; él vino sucio, él vino en harapos, él vino destruido y el Señor lo levantó. Primera cosa: tan importante es que haya venido Cristo como importante es que haya venido el Santo Espíritu. Y la segunda cosa, hermanos, es que sin la ayuda del Espíritu Santo sería imposible llegar a ser cristianos.

Guiados a toda verdad: obedecer es imposible sin el Espíritu

La tercera y última parte, hermano, aquí quiero detenerme. Miren, sin la ayuda del Espíritu Santo sería imposible obedecer. Mucha gente se preocupa porque dice: “Es que yo sé que no tengo la capacidad”, y es verdad. Hermanos, la voluntad del Señor va a contracorriente de nuestra naturaleza carnal. Pedirte a ti que hagas la voluntad de Dios es como pedirle a un chino que deje de comer arroz y comience a comer víveres en trozos; eso va en contra de su costumbre. Es como pedirle a los italianos que dejen la pasta, hermano; eso va en contra de su naturaleza cultural.

¿Me siguen? Es algo antinatural. Hacer la voluntad del Señor, para el hombre natural, es un asunto extraño. Ahora, dice la Escritura: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora mismo no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad”. Lo que está diciendo el Señor es: miren, hay muchas cosas que yo les voy a decir después que ni siquiera vale la pena que se las diga ahora mismo, porque es que no pueden. Estamos tan limitados, tan, tan limitados. No podemos hacer la voluntad del Señor por nuestras propias manos.

Ahora, el Espíritu Santo nos guiará a toda verdad. Esa palabra “guiará” lo que significa es como cuando usted le pone a alguien delante para que lo conduzca, como cuando te cogen de la mano y te llevan a un lugar. Eso es: miren, el Espíritu Santo agarra a uno por la mano y lo lleva a Cristo. Es como cuando usted agarra a un muchachito que está bien travieso y lo lleva a la mamá. Cuando le llevan a la gente así como medio levantadito, a veces es así que el Espíritu Santo nos lleva al Señor, hermano. Nos encuentra perdidos, sin rumbo, y el Espíritu Santo nos agarra y nos lleva: “Ven”.

¿Han visto lo feo que se ve una gente grande cuando lo agarran por un brazo para cruzar una calle? A la gente no le gusta que lo agarren porque eso es como ofensivo, hermano. A la gente no le gusta que le digan: “Ven, te voy a ayudar”. “No, yo sé cruzar solo”. O cuando te llevan enfermo, ¿han visto lo vulnerable que se ve un enfermo cuando lo llevan al hospital? Miren, la persona más altanera, más activa, cuando la llevan al hospital así, de la mano, es como que da su bracito así y él deja que hablen por él. Le preguntan al otro: “¿Qué le pasa a él?”. “Está medio malito…”. Pero él tiene boca, que hable. Hermano, es la vulnerabilidad de un enfermo que lo están llevando al hospital.

Eso es lo que el Espíritu Santo hace con uno. Él dice que “nos guiará”; eso es que nos va a agarrar del brazo y nos va a llevar hacia él. Una anécdota: yo estaba enfermo el año pasado y Lila me llevó al médico. Y yo le dije: “Tú vas a ver que ahora te van a poner la jeringuilla a ti”. Y yo puse la cara de sano más bonita que yo encontré. Me hice así, puse como cara de salud, y la agarré por un brazo y la llevé al médico. Y cuando llegamos casi me le sacan una radiografía a ella, porque es que el paciente tiene esa cara así como vulnerable, y yo puse cara de salud, así como que busqué mi gordo donde no había, hermano, y la agarré por el brazo.

Es lo mismo que hace el Espíritu Santo con uno, hermano. El Espíritu Santo nos ha agarrado en nuestra necedad, en nuestra oscuridad, y nos llevó de brazo así delante del Señor: “Te lo traje”. Por eso cuando tú vienes a la iglesia del Señor y tú sientes como que todo comienza a hacerte sentido, eso es el Espíritu que está inquietando tu corazón, que te está tocando ahí y tú te estás haciendo como el loco. Es el Señor que te está hablando. El Espíritu Santo de Dios es una persona real y es quien nos lleva a toda verdad.

Miren, antes de obedecer es necesario entender, y para entender necesitamos ser ayudados. Dice la Escritura:

Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.

— 1 Corintios 2:14

Por eso, ¿cómo sé yo que he nacido de nuevo, hermano? Porque tú comienzas a hacer sentido de la palabra. ¿Cómo sé yo que ya Dios está obrando en mi corazón? Porque tengo un deseo nuevo de hacer su voluntad, porque me siento como fortalecido. Miren, hay hermanos que salen valentonados de la presencia del Señor; es Dios mismo obrando en nosotros para llevarnos al Padre. Esa es la guianza del Espíritu Santo: es tomarte del brazo y llevarte hasta el Señor.

Pausa aquí: si eres un nuevo creyente que te sientes temeroso de que no vas a poder mantener tu decisión por el Señor, de que no vas a poder mantener tu entrega al Señor, de que quizás vas a volver atrás… Uno se pregunta eso: “¿Y si me voy a volver atrás? Hay gente que va a la iglesia y luego vuelve atrás”. Hermano, si tienes esa duda, lo que tienes que hacer es aferrarte al Señor más que nunca. Clamar, hermano, decirle: “Señor, tú que estás viviendo en mi corazón, yo quiero ser todo tuyo, yo no quiero volver atrás; cuida de mí”. Clama por tu vida ante el Señor. Él nos guiará a toda verdad.

Hijos de Dios: herencia, naturaleza nueva y ejemplo

Tres cosas que obtuvimos cuando llegamos a ser hijos de Dios y que nos ayudan para hacer su voluntad. Mira, lo primero que recibes: tú no eras hijo de Dios anteriormente. Ten cuidado llamando “hijo de Dios” a todo el mundo. No, hijo de Dios son aquellos que han sido engendrados por el Espíritu de Dios. Todos somos criaturas de Dios y tenemos vida, pero es una vida humana. Ahora, en el Señor, recibimos vida espiritual, somos hijos de Dios. Marquen esa diferencia.

Dice ahí la Escritura, en Juan 1:12:

Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.

— Juan 1:12

¿Ustedes me entienden cuáles son los hijos de Dios? Hijo de Dios no es todo el mundo que Dios creó, no. ¿Cómo puedo explicarles esto con una metáfora limitada, como son todas, hermana, pero para que entiendan? Miren, si Picasso hace un cuadro, ese cuadro es una expresión de Picasso. Ahora, el cuadro no tiene los elementos de Picasso como persona, porque es una obra de Picasso, es una creación de Picasso. Ahora, otra cosa sería que Picasso engendre un hijo: Picasito. Ese compartiría la misma naturaleza de Picasso, porque lo engendró. ¿Me siguen? No es un cuadro inanimado.

Bueno, nosotros como creación de Dios hablamos de Dios, somos hechura suya, claro que es verdad. Somos preciosos cuadros que el Señor ha pintado. Ahora, algunos de estos cuadros llegan a tener vida en Cristo porque reciben la potestad de ser hechos hijos de Dios. Esos son engendrados por él, ¿me siguen, hermano? De Dios tienen algo más. Escuchen esto, amén. Pueden marcar la diferencia: cuando tenemos la potestad, no solo somos creación de Dios, somos hijos de Dios. Espérate, tú eras creación de Dios, claro, en ese cuadro, en esos trazos de Picasso se refleja la personalidad de Picasso, claro, limitada. En ese cuadro se revelan los colores que le gustan, la paleta de colores de Picasso, claro. Hay características del creador que pasan a la obra.

Ahora, hermano, en un hijo eso se engendra, y se reciben ahí tres cosas: una herencia, somos hijos de Dios; tenemos herencia, lo que es de Dios es nuestro, esa es la herencia. Él nos dio Zoe. ¿Saben por qué razón nosotros creemos que vamos a ser resucitados? Porque tenemos una vida dentro que no es terrenal, que es una vida nueva, la recibimos de él, una herencia incorruptible, dice la Escritura. Ahora, no solamente tenemos una herencia. ¿Quién es el que hereda? Es el hijo, esa es la realidad. El que hereda es el hijo.

Hay hombres que han comenzado instituciones que las sienten como si fueran hijos suyos, pero cuando el hombre muere, la institución no puede ir a reclamar los bienes, no. Ustedes son obra de él. Ahora, a los que él engendró, sus hijos, esos tienen la herencia. Tenemos herencia en Dios porque somos hijos de Dios, pero también tenemos la nueva naturaleza. Y esa naturaleza compite en el interior de uno. Llega un momento —y esos, hermano, son fenómenos espirituales que las palabras quedan cortas para explicarlos—, pero miren: Dios mismo vive dentro de ti y tú tienes una lucha en tu interior. Dice el apóstol Pablo que él tenía una lucha en su interior: por un lado hacer lo que quiere su vida natural y, por otro, hacer lo que quiere hacer su nueva vida en Cristo.

Todo cristiano se siente en ese dilema: tú quieres hacer la voluntad de Dios, pero como que la carne se te opone. Pero cada vez, hermano, que va creciendo esa vida dentro de ti, que se va alimentando esa vida dentro de ti, tú te sientes como más fortalecido y llega un momento de perfección cristiana —que eso quizás tarda años, hermano, y se completará cuando lleguemos al cielo—, donde ya no solamente vas a querer hacer la voluntad de Dios, sino que eso va a ser la cosa más natural del mundo.

Hay una herencia de Dios que viene hacia ti cuando eres hecho hijo de Dios. ¿Qué es esa herencia? Una predisposición a la bondad, al amor, hermano, a hacer lo que hacía Jesús. Es tu nueva naturaleza obrando en ti. Y, al mismo tiempo, tenemos el ejemplo. Él dijo: “Ejemplo os he dado”. También él decía: “Sed imitadores de mí como hijos amados”. Un hijo imita a su padre. Si ustedes me buscan a mí y buscan a Ernesto Pérez, que me engendró a mí, ustedes van a encontrar que Ernesto Pérez y yo compartimos algunas cosas; algo de su naturaleza él me la pasó a mí. Es limitado el ejemplo, pero es para que lo entiendan.

Si buscan a la mamá de Yuly, van a encontrar que algunas características le fueron legadas a Yuly. O sea, hay algo ahí. Y es tan poderoso, hermano, que a veces se nos transfieren virtudes y también hasta enfermedades. Hay veces que hay una predisposición ahí en esa naturaleza al colesterol, hermano, y que no se procesan bien determinadas cosas; eso viene en una herencia. Lo que recibimos del Señor es un paquete de herencia perfecto, hermano: la herencia misma de él. Una herencia que viene en la naturaleza de Cristo. Es eso, perdónenme la palabra: es una naturaleza perfecta que comienza a obrar en el interior de uno.

Y al mismo tiempo un ejemplo, un ejemplo que tú ves tantas veces a tus padres obrar de una manera, que cuando tú sales de su casa tú también obras así. Hago un paréntesis aquí: miren, hay gente que piensa que son los más genuinos del mundo: “No, yo soy natural, yo no imito a nadie”. Cuando tú conoces a su papá, tú te encuentras con una copia exacta: “No, yo soy auténtico…”. Hermano, es una copia exacta de su papá. Caminan igual, el maltratamiento del cuerpo a veces viene igual, hay unos golpitos así que… hay gente que son así; los hijos también son así. Hay familias que a veces se manifiesta un mal de uno con el otro, hermano.

La naturaleza perfecta de Cristo vino y fue imputada a ti. Dice, asimismo, que nos dio la potestad, la potestad de su poder extraordinario, cosas que esa vida sucede en ti. Por eso es que un cristiano no saca pecho y dice: “Yo voy a hacer la voluntad de Dios”, sino que un cristiano depende del Espíritu Santo que le ayuda a hacer la voluntad de Dios. Y las cosas, humanamente hablando, son imposibles, hermano, pero cuando tenemos esa naturaleza dentro de nosotros, eso no sale solo, no sale solo hacer la voluntad del Señor. Por eso es que debemos desear no solamente obedecer, sino que debemos desear ser santificados en el Señor. Porque en ese proceso de santificación cada vez la obediencia es más fácil.

Hay gente que en su vida cristiana aceptaron al Señor y comenzaron a luchar contra el pecado. Hermano, te vas a cansar de luchar. Trata de luchar contra el pecado y, al mismo tiempo, trata de que esa nueva naturaleza emerja en ti, porque si tal cosa no sucediera, tu carne se va a cansar en esa lucha contra el pecado. ¿Me siguen en esto? Uno se cansa de eso. Ahora, si esa naturaleza del Señor opera en ti, entonces eres fortalecido para hacer su voluntad.

Bios y zoe: dos tipos de vida

Bios y Zoe: dos palabritas nuevas para que incluyan en su vocabulario teológico. Miren, la vida natural, esa vida que opera en nosotros, esta vida que permite que tu cuerpo se mueva, eso se llama bios. Eso es bios, esa es la vida natural. De la Escritura nos habla de la nueva vida en Cristo, entonces no utiliza el término bios, sino que utiliza el término zoe. El término zoe significa un tipo de vida que opera en Dios, que es una vida eterna, que es una vida perfecta, que es una vida incorruptible. Y ese zoe es lo que les ha sido dado a los hijos del Señor.

Dice Efesios, para que lo entiendan mejor:

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos).

— Efesios 2:4-5

Y ahí lo que utiliza es zoe, “nos dio vida”; no es bios, porque bios lo teníamos. ¿Se me perdieron? Otro motivo: el bios es la vida natural. Eso es bios. Mire, eso es bios: está vivo, hay latidos en el cuerpo, hay pulso, eso es bios; la respiración funciona, eso es bios. Ahora, cuando nosotros hemos sido hechos hijos de Dios, nos dieron algo adicional al bios, que no todo el mundo tiene. Nos dieron un zoe, que es la misma vida que opera en Dios.

Es una vida eterna, es una vida perpetua, es una vida, hermano, que es incorruptible, es algo que no termina. Nos dio vida juntamente con Cristo; por gracia sois salvos. Ese fue el zoe que levantó a Cristo de entre los muertos. Por eso los cristianos tenemos esperanza de que vamos a resucitar con Cristo, porque dentro de nosotros, si contáramos solo con bios, vamos a morir irremediablemente. Ahora, como contamos también con esta vida nueva en Cristo, este zoe, entonces entendemos que con Cristo juntamente vamos a ser resucitados.

Cuando tú dices: “Mira, yo soy un cristiano”, estás diciendo: “Dentro de mí está viviendo el Espíritu de Dios y produce en mí un nuevo tipo de vida, que hace que salgan de mí mis inclinaciones naturales a ofender a Dios y emerja dentro de mí un nuevo hombre que desea hacer la voluntad de Dios”. Eso es bios y eso es zoe.

Miren algunas formas de ocupar nuestra salvación, buscando ser santificados. ¿Definitivamente, de quién depende la salvación? ¿De quién depende? Del Señor. Ahora, en su misericordia el Señor impidió que tú termines siendo una máquina. Una máquina es una cosa que no tiene iniciativa propia, una cosa que tiene que hacer las cosas porque se le programó así. Tú no eres un programa de computadora, tú no haces las cosas porque te dijeron que las hagas; dice la Escritura que nosotros tenemos dentro de nosotros la decisión de hacerlo, se llama libre albedrío. El ser humano ejerce su voluntad.

Por eso el Señor ha estado tocando la puerta, no la ha roto. Por eso es que el Señor tiene años llamándote y no te ha presionado. ¿No creen ustedes que le duele al Señor ver la descomposición que hay en ustedes, que son su creación, y que él quiere darles vida? Dio a su Hijo por ustedes. El Señor hace rato que está tocando, no ha roto la puerta porque dentro de ti el Señor colocó la libertad de hacer el bien o hacer el mal, de hacer su voluntad o hacer la tuya, de aceptar su ayuda o quedarte en tu necedad. Por eso es que el cristiano, cuando dice: “Yo me he entregado a Cristo”, no es: “Mira, Señor, vente tras el paquete”. No, es: “Yo dejé de luchar con Cristo, respondí positivamente a su llamado”. Eso es lo que el cristiano está diciendo.

Cooperando con la nueva naturaleza: imitar, congregarse y dejar de alimentar la carne

Ahora, ya que el Señor te dio esta nueva vida, ¿cómo tú puedes, de algún modo, comenzar a operar en esta nueva naturaleza hasta que llegues a hacer la voluntad de Dios? Tienes que imitar al Padre. Así como los niños, ¿han visto las niñas chiquitas? Comienzan a ponerse pintalabios para parecerse a la mamá; se ponen los zapatos, le quedan así grandototes, pero ellas quieren ser como su mamá. Y después terminan imitando a la mamá en muchas cosas, porque quieren ser como su mamá. Por eso los niños desde chiquitos les gusta que los vistan como papi: “Vísteme como papi”, porque, hermano, lo mismo un cristiano tiene que comenzar a imitar a su Padre.

Es cierto, él te puso ya la capacidad de llegar a tener esta nueva naturaleza, pero comienzas a imitarlo. Todos los cristianos comenzamos imitando. Parece extraño, pero uno “juega” ser bueno. ¿Me siguen en esto? Uno juega a ser bueno; uno sabe que dentro de uno… uno sabe lo que hay, pero uno dice, a veces hasta se da risa: “¿Y qué hago yo haciendo esto?”. Tratando de imitar a mi Padre. Eso es lo que tú estás haciendo: “Sed imitadores de mí como hijos amados”. Eso es lo que tú estás haciendo: imitando al Padre.

Pero al mismo tiempo tú buscas la comunión con los santos. Mientras más tiempo tú pasas con tus hermanos, más toditos terminan pareciéndose a su Papá. Tu hermano te dice: “Manito, pero tú sabes que Papi no lo hace así”. “Ey, manito, tú sabes que nos dijeron que no le pongamos la mano a eso”. “Pero no nos ven…”. “No le pongas la mano, nos dijeron que no le pongamos la mano”. Para eso funciona la iglesia, hermano. La iglesia es la familia de Dios. En la familia de Dios, unos a otros nos animamos a hacer la voluntad del Padre. Tu hermano te cuida, tu hermano te ayuda: “Mira, tú sabes que a Papá no le gusta que nos comportemos así”.

Buscar la comunión de los santos: para eso sirve la iglesia, hermano. Hay que dejar de proveer para los deseos de la carne. Dice la Escritura: “No proveáis para los deseos de la carne”. La carne es un fuego que está prendiendo y hay gente que ve el fuego y comienza a echarle papel. Si tú quieres que esta nueva naturaleza funcione en ti, deja de proveer para los deseos de la carne, deja de alimentarla. Hay pecados, hermanos, que dependen de una alimentación. El pecado de la vanidad depende muchas veces de una mala conversación. Hay gente que vive una vida tan superficial que solamente piensa en la prenda, solamente piensa en los aretes valiosos, solamente piensa en tener los diamantes, solamente piensa en tener una marca por aquí. ¿Saben de dónde viene eso? De unas conversaciones superficiales que tú tienes con un grupo de gente que alimenta eso en ti.

Cuando tú dejas de alimentar eso, entonces dejas de desear eso. Deja de alimentarlo. Hermano, los pecados sexuales vienen de eso: hay gente que se pasa la vida viendo disparates en la televisión y después entonces dice: “¿Y por qué yo estoy deseando?”. Lo estás deseando porque has estado proveyendo para los deseos de la carne. Deja de alimentar la carne, ¿me entiendes? Entonces el Señor quiere que suceda en nosotros una nueva naturaleza, pero para que muera la naturaleza anterior tú tienes que dejar de proveerle, tienes que dejar de alimentarla.

¿Qué más? Hay que poner los ojos en las cosas de arriba. En Colosenses se nos dice que hay que poner los ojos, hermanos, hay que anhelar eso, es desear eso. Hay gente que anhela tanto las cosas de este mundo que nunca va a morir en ellos ese viejo hombre. Ahora, cuando comienzas a anhelar las cosas de arriba, entonces comienzas a parecerte a las cosas de arriba, eso es lo que estamos buscando.

Hay personas que hablan mucho de carros y andan a pie. ¿Han visto esa gente que habla mucho de carro y andan a pie? Conocen todos los modelos de carro y todas las marcas, conocen todos los dueños de concesionarios de carros y los accesorios y las cosas. Lo más probable es que cuando tengan el primer carro lo primero que han de llevar es a un auto adorno y que le pongan muchas cosas también, porque han estado, hermano, mirando los carros. Bueno, cuando tú te pasas el tiempo contemplando la majestuosidad de la revelación del Señor, la grandeza del Señor, cuando pones tus ojos en las cosas de arriba, lo más probable es que te parezcas a las cosas de arriba. Eso es lo que estamos buscando.

No solo dejar el pecado, sino parecerse a Cristo

Tengo ya que pasar a la última parte. Finalmente, miren: la meta de Dios no es solamente apartarnos del pecado. Hay gente que piensa que un cristiano es alguien que vive “encuevado” y que, por mantenerse apartado del pecado… No, hermano, eso es una consecuencia. Un cristiano no es una persona que dice: “Yo me convertí para no volver a pecar”. No. Yo me convertí para parecerme a Cristo. Eso es lo que yo quiero hacer.

Miren, la meta de Dios no es solamente apartarnos del pecado, sino formar en nosotros, mediante el Espíritu Santo, el carácter de Cristo. Cuando lo logre, no solamente dejaremos de pecar, dejaremos de hacer el esfuerzo por no pecar, sino que también dejaremos de desear el pecado. Eso se llama perfección. Lo que el Señor está buscando hacer en nosotros no es solamente llevarnos lejos del pecado; lo que el Señor está buscando en nosotros es acercarnos cada vez más a Cristo. “Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto”, a eso es que vamos a llegar, “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.

Doy una ñapa con una anécdota de niño. Yo participaba en una obra que era la obra de un borracho. Mi iglesia hacía muchos dramas e invitaban a los niños a participar. Entonces a mí me invitaron a hacer el papel de un borracho. Entonces la dramatización tenía también una canción. Nosotros decíamos: “Es la historia de un borracho que a la iglesia regresó; los hermanos le pedían, le pedían al Señor: quítale, quítale, quítale las telarañas; quítale, quítale, quítale las telarañas”. Entonces, era que el Señor quitaba la telaraña, pero cuando el borracho salía a la iglesia volvía a la bebida. Entonces decía la canción de nuevo: “Otra vez el borrachito, borrachito regresó; los hermanos le decían, le decían al Señor: quítale, quítale, quítale las telarañas; quítale, quítale, quítale las telarañas”.

Entonces ya, en mi drama, hermano, yo entraba borracho a la iglesia así, y cuando yo entraba borracho a la iglesia los hermanos oraban por mí. Yo como que me restablecía y recobraba la cordura y salía caminando derecho, pero después volvía de nuevo borracho a la iglesia. Y cuando se cantaba como cinco veces la cancioncita de “quítale, quítale, quítale las telarañas, quítale, quítale, quítale las telarañas”, entonces después ya decía: “Otra vez el borrachito, borrachito regresó; los hermanos ahora dicen, ahora dicen al Señor: quítale, quítale, quítale las telarañas, pero mátale, mátale, mátale también la araña”.

Lo que el Señor quiere hacer en nosotros, a través de su Santo Espíritu, es quitarnos la telaraña, pero también el Señor quiere que muera la araña. El Señor quiere que tú permanezcas sin pecar, pero el Señor quiere darte una nueva naturaleza que no tenga el mínimo interés en el pecado, que no le llame la atención. Un cristiano no solamente busca dejar de pecar. El cristiano busca que, con la ayuda del Espíritu Santo, esta nueva naturaleza, este nuevo zoe, se manifieste en ellos.

Permítanme orar por ustedes para que el Señor les quite las telarañas y que el Señor les mate también la araña.

Oración por los creyentes y por los nuevos convertidos

Mira, mis hermanos aquí reunidos, Señor. Mírame a mí. Mira que quizás ellos están haciendo un gran esfuerzo por hacer tu voluntad. Mira, Padre, que les está quizás siendo muy difícil hacer lo que tú esperas de ellos. Permite que, a partir de este domingo, ellos entiendan que tu Santo Espíritu pone en ellos el querer como el hacer por tu buena voluntad. Ay, Padre, permite que esta nueva naturaleza comience a emerger en nosotros. Dame, Señor, un nuevo sentir, dame, Señor, un nuevo carácter, dame, Señor, una nueva inclinación en mi corazón, una que quiera hacer tu voluntad y no la mía. Mátame la araña, Señor.

Te animo ahí en oración a pedirle al Señor que no solamente te dé la fuerza para alejarte del pecado, sino que también te dé la fuerza para parecerte más a él, al varón perfecto. Te quiero pedir especialmente al Señor por los nuevos creyentes en nuestra congregación. Mira que quizá ahora mismo están temerosos de que van a volver a pecar, de que van a volver a su vieja vida, de que van a volver, Señor, ahora a su pasado. Yo te pido que tú les des valor ahora mismo, que les des, Señor, la fortaleza para hacer tu voluntad, que tú les ayudes a hacer tu voluntad y también, Padre, que tú produzcas en ellos una nueva naturaleza.

Mira aquellos, Padre, que se convirtieron contando con sus propias fuerzas. Permite que cuenten ahora con tu Santo Espíritu. Oh, Santo Espíritu de Dios, ven y sopla por los cuatro vientos y estos huesos vivirán, como dijo el profeta. Permite que esta nueva vida, Santo Espíritu de Dios, permita que este valle de huesos secos se levante a una nueva vida, una vida espiritual, un zoe, una vida en Cristo del mismo tipo de vida que tienes tú. Dame tu vida, Señor, de esa clase de vida que sabes dar. Como dice la canción: “Dame tu vida, Señor, esa clase de vida que sabes dar”. Como decía Patricia: “Más de ti, menos de mí”. Más de ti, Señor, menos de nosotros. Permite que en nuestro corazón cada vez haya más de ti, Señor, y menos de nosotros. Permite que nuestro ser interior cada vez se parezca más al tuyo.

Termino orando por las personas que el Santo Espíritu de Dios ha permitido que en este domingo escuchen la voz de Dios, ese toque ahí en la puerta. El Señor ha estado tocando tu puerta y quizás tienes el volumen de tu televisor, quizás tienes el volumen de tu pecado muy alto y no has podido escuchar: “He aquí, estoy a la puerta y llamo”, dice el Señor en el libro de Apocalipsis. Quizás tus ojos han estado cerrados, quizás el ruido de tus pecados ha estado opacando el suave toque de la voz de Dios en tu corazón. Pero por la misericordia del Señor, quizás esta mañana de domingo él permitió que tú escucharas su voz.

Quizás llegaste aquí pensando que eras bueno, pero cuando el Espíritu Santo iluminó tu ser interno, te diste cuenta de que tu interior es aborrecible para Dios, que no puedes presentarte ante su presencia en esa condición. Santo Espíritu de Dios, ven y sopla en la vida de estas personas para que entiendan que necesitan de ti. Si has escuchado el toque de Dios en tu puerta, no le rechaces. Él no va a romper la puerta porque puso en ti la capacidad de aceptar o rechazar, de decir que no o decir que sí, de rendirte ante él o permanecer en tu necedad. “Si alguno oye mi voz y abre la puerta, yo entraré”, dijo el Señor.

No hace falta un mensaje muy estridente para entregar tu vida a Cristo; lo que hace falta es que escuches con claridad. Si el Espíritu Santo te permitió hoy ver esto con claridad, no vuelvas atrás, sino que pide ahora su ayuda. Y dile al Señor que estás sucio. Dile al Señor que tu casa no está preparada para recibir al Señor. En oración, ahí delante del Señor, puedes decirle: “Perdona mis pecados. Perdona mis pecados”. Puedes decirle ahí: “Limpia mi suciedad. Perdona mi incredulidad”. Ah, y si el Espíritu Santo te ha convencido hoy de pecado, de justicia y de juicio, lo que te queda es entregarte al Señor y seguir siendo ayudado por ese Espíritu Santo. Él ha puesto en ti el querer, él también pondrá el hacer.

Ríndete ante el Señor. Ahí, en oración, puedes decirle: “Señor, bienvenido a mi vida. No está arreglada ahora mismo como corresponde, pero bienvenido a mi vida. Comienza tú la obra”. Puedes decirle ahí en oración al Señor: “Señor, bienvenido a mi corazón. Comienza tú a amueblar mi casa, comienza tú a barrer, Señor, el sucio que el pecado ha dejado en mí. Bienvenido a mi casa”. Puedes decirle al Señor: “Bienvenido a mi corazón. Perdona mis pecados”. Puedes decirle: “Perdona mi suciedad. Límpiame tú, lávame más y más de mi maldad, y renueva un espíritu noble dentro de mí”, como decía el salmista.

Si confesamos nuestros pecados y no los escondemos, si no corremos de él, dice la Escritura que “él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”. Si has hecho esta oración, la oración del pecador, yo te invito a venir el próximo domingo a las 9, a participar en nuestros talleres de membresía, para que aprendas más. Pero no dejes de orar hoy para que el Señor te ayude.

Despedida y bendición final

Termino orando aquí para que el Señor nos ayude a todos. Ay, Padre, ayúdanos a hacer tu voluntad a través de tu Santo Espíritu. Mira que mañana lunes mis hermanos y yo estaremos luchando por hacer la nuestra y no la tuya. Ayúdanos, Santo Espíritu de Dios, a hacer la voluntad del Padre. Ay, Padre, permite que suceda en nosotros esta nueva naturaleza, que es la misma naturaleza de Cristo. Señor, permite que crezca más y más este hombre espiritual. Capacítanos para hacer tu voluntad y transfórmanos hasta que lleguemos a parecernos a Cristo. En el nombre de Jesús. Amén.

Que el Señor les bendiga y que esta nueva vida suceda en ustedes. Nos vemos en nuestro culto del próximo domingo, 9 de la mañana, escuela bíblica y talleres de membresía, y a las 10:30 nuestro culto regular.

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