Mis hermanos, Dios le bendiga, que Dios les guarde. Es para mí un gozo y un privilegio poder estar aquí delante de ustedes para hablar de la Palabra del Señor. Esa es la que alimenta al creyente, la que nos ayuda a poder vivir una vida cristocéntrica, es la que nos mantiene a nosotros cada día firmes y fortaleciendo nuestra fe. Hoy, Domingo de Resurrección, como hemos venido ya viendo durante toda la semana, se conmemora lo que es la Semana Santa, conocida como la Semana Mayor. Aquí en República Dominicana es un tiempo que muchos toman para reflexión, otros hacen diferentes tipos de actividades, las cuales podemos ver que están muchas veces desligadas de lo que realmente es la conmemoración de esta semana. Este es un tiempo para reflexionar e interiorizar acerca de la muerte, pero también de la resurrección de nuestro Salvador y amado Jesucristo.
Siempre escucho decir que República Dominicana es un país muy cristiano. Esa es una de las frases que yo escucho mucho, que somos muy creyentes. Pero una cosa es ser creyente y otra cosa es ser un verdadero discípulo de Dios. Por lo cual, si realmente fuéramos un país cristiano, obedeciéramos totalmente al mandato de nuestro Señor, pero la verdad es que no es así en su totalidad. Ahora bien, sabemos que este país es muy denotado porque hay un grupo de hombres y mujeres que proclaman el Evangelio a viva voz, no hay límites para poder hacerlo. Pero también somos salvos por la gracia de nuestro amado y Señor Jesucristo, y esa gracia es la que nos sostiene y nos llama a vivir lo que decimos creer de verdad.
Y hoy, que se supone que es el Domingo de Resurrección, debería ser un tiempo de celebración constante, porque por medio de lo que sucedió un día como hoy es que se fundamenta la fe cristiana. La cruz es completada el día de hoy; la resurrección completa el engranaje total que necesitaba la fe cristiana para poder permanecer a través del tiempo y de la historia. Por eso le puse como título al sermón que tengo para la tarde de hoy: “La resurrección de Cristo, victoria que da vida”. Y quiero que me acompañen a Mateo, capítulo 28, del verso 1 al 10, donde estaremos viendo parte de esta historia y el significado de esa resurrección que a nosotros nos da vida.
Lectura bíblica y oración inicial
Y no solamente una vida aquí presente, lo más poderoso es que es una vida eterna. Mateo 28, del 1 al 10. Estaré leyendo la versión Reina-Valera. Dice así la Palabra del Señor:
Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, a ver el sepulcro. Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos. Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho. Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos. Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos, he aquí Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve! Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron. Entonces Jesús les dijo: No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.
— Mateo 28:1-10
Gracias por tu Palabra, Señor. Ella es luz, ella es el camino, es el pan que tú nos has dado a nosotros para alimentarnos de ti por medio de ella, de tu Espíritu Santo. En el tiempo de ahora, Señor, sea transformando nuestra mente y corazón, renovando algo más en nuestro interior, para que nuestro hombre interior conozca más acerca de tu grandeza y tu poder. Por medio de tu Santo Espíritu, revela tu verdad establecida en tu Palabra y ayúdanos a poder comprender las verdades del Evangelio. Te lo pedimos en el nombre poderoso de Jesús, amén y amén.
Es interesante porque es un hecho que se marca en los cuatro evangelios. Si nosotros queremos ver el panorama completo acerca de este momento de la resurrección, es importantísimo leer los cuatro evangelios, tanto Lucas, Marcos, Juan y Mateo al mismo tiempo. Cada uno menciona diferentes detalles específicos que te dan un panorama distinto para tú comprender todo lo que sucedió aquí, tanto entre personajes como en lo que es el acontecimiento en sí sobrenatural. Pero una de las cosas que yo me he dado cuenta durante esta lectura, durante tantos años que tengo leyendo los cuatro evangelios, es lo siguiente.
El misterio de la resurrección y la divinidad de Cristo
Todo está marcado, precisamente trazado en la Biblia. Aquí todo está escrito en cuanto al momento de la crucifixión y la resurrección, pero en ningún evangelio podemos visualizar el acto en sí de cómo Cristo resucitó. En ninguno hay un relato que identifique detalladamente cómo Cristo resucitó; simple y llanamente el hecho poderoso, sobrenatural, soberano de Dios marca una diferencia en un misterio que se va a quedar establecido hasta que nosotros estemos en su presencia y le preguntemos: “¿Cómo fue que lo hiciste, Cristo?”. ¿Por qué? Porque hay cosas que el Señor se ha resguardado para sí mismo, pero el punto principal aquí es que él cumplió lo que había dicho: “Yo moriré, pero al tercer día resucitaré”.
Muchos dioses, como Mahoma, Buda, cada uno de ellos ha muerto y siguen muertos dentro de su margen religioso. El único Dios que ha vencido la muerte es nuestro Salvador llamado Jesucristo, el único que venció la muerte. Este pasaje marca un punto culminante en el Evangelio de Mateo: la resurrección de Jesucristo después de la crucifixión y el entierro del mismo. Mateo presenta un evento que valida totalmente la divinidad de Jesús, confirma su poder sobre la muerte. Cristo venció la muerte y hoy vive con nosotros, y abre la puerta para la proclamación del Evangelio universal que tú y yo predicamos en el día de hoy.
Vamos a trabajar el verso por verso, el significado de esto, para entender en su contexto lo importante, lo maravilloso, lo extraordinario que fue este hecho. Incluso fue un hecho que marcó la historia, aun para el que no le conoce; la historia se divide entre un antes y un después de Jesús, y todo por este hecho de su resurrección. El verso 1 dice: “Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, a ver el sepulcro”. Teológicamente hablando, este verso comienza a hablar de lo que es la nueva era dentro de lo que es la celebración eclesiástica, de cómo se iba a llevar a cabo.
El primer día de la semana y el papel de las mujeres
Si nosotros vemos en Hechos, las iglesias comienzan a juntarse siempre el domingo, que es el día de conmemoración a lo que es la resurrección de nuestro amado y Salvador Jesús. Es decir, que a partir de ahí, por eso hoy en día se toma el domingo como un hecho para nosotros celebrar y tener un culto de adoración a Dios Todopoderoso. No tomamos el sábado como tienen los judíos, que es el shabbat, sino que ahora tomamos el primer día. ¿Por qué? Porque Cristo, el día que resucitó, fue un domingo, que es el primer día de la semana.
Pero también vemos los testigos clave que estaban aquí, que fueron las primeras, visiblemente hablando, que vieron al Señor Jesús. En este caso, las mujeres. Y aquí subrayamos incluso una gracia exclusiva de Dios y, dentro de la cultura en la cual se estaba manejando la situación, las mujeres no eran consideradas un testimonio legal. Sin embargo, Dios la usa como las primeras en presenciar la resurrección de Cristo. ¿Por qué? ¿Por qué Dios selecciona a estas mujeres como un acto que rompe paradigmas culturales, para que sea evidente y, no solamente eso, que sea veraz lo que ellas pudieron ver?
Las primeras testigos oculares de Cristo en la tierra, luego de su resurrección, fueron las mujeres, mis hermanos. Si nosotros vemos en contexto, estas mujeres fueron las únicas, en su gran mayoría, que permanecieron fieles en su totalidad con Cristo, desde la muerte incluso hasta después de su resurrección. Vemos que estas mujeres eran movidas no solamente por lo que el Señor hacía por ellas, sino porque el amor de Dios las había alcanzado de una forma tal que no les importaban paradigmas sociales o incluso perder la vida por causa de Cristo.
Dice la Palabra de Dios que el amor de Cristo nos constriñe. La palabra “constriñe” es que nos mueve, te impulsa. Es decir, que estas mujeres tenían tanto amor por su Maestro que, aun en medio de la muerte y del proceso de crucifixión, estuvieron fielmente ahí. Y no solamente eso: se arriesgan incluso luego de la muerte, en el proceso de entierro, permanecían alrededor viendo lo que iban a hacer con el cuerpo del Maestro. Si nosotros vemos en otro relato, tanto en Marcos como más adelante en los versículos que continúan en el 27, podemos ver que el cuerpo de Cristo es solicitado por un hombre que se llama José de Arimatea.
José de Arimatea, Nicodemo y la fidelidad de las mujeres
José era uno del Sanedrín, un hombre de alto rango, una persona que pertenecía al pueblo judío y con autoridad. Este hombre decidió creer en lo que Cristo había hecho y fue un discípulo del Señor. Sin importar lo que pudiera haber pasado con su vida, fue osadamente ante Pilato y reclamó el cuerpo del Señor. Ahí mismo se le unió, que otro de los evangelios lo relata, Nicodemo, aquel que había hecho la pregunta escondido a Jesús. También se unió a él y buscaron la forma de poder enterrar el cuerpo de Cristo. Este hombre fue el que dio la cueva, la tumba nueva, pero con la gran piedra con la que sepultaban al Señor.
Sin embargo, las mujeres se mantenían activas, visiblemente viendo lo que estaba sucediendo. En ningún momento se apartaron de su Señor. El amor de Cristo las constriñó, las llevó, las movió tanto a ellas que no les importó el sistema cultural, perder su vida o lo que pudieran decir de ellas, porque permanecieron ahí. Por ende, el Señor les da el premio más grande que pudiera tener cualquier ser humano: ser las primeras en ver a Cristo resucitado. Esta es la importancia y no solamente esto, sino también la exclusividad de ponerlas en un patrón o en un sistema donde la voz de la mujer iba a comenzar a tener un peso fundamental en la historia.
Porque pasaban de ser personas que no tenían voz ni voto, a personas que ahora lo que ellas pudieran pronunciar tenía validez, porque el Señor así lo quiso. Esto hace el amor de Cristo: trasciende la cultura, trasciende el temor y te mueve a hacer las cosas por él. Y mientras yo leía esta parte, me hacía la pregunta a mí mismo y se la dejo aquí a ustedes para que reflexionen en ella: ¿qué te mueve a ti hacer las cosas para Dios? ¿Cuál es el motor que te impulsa a ti a hacer una obra ministerial, a hacer un evangelismo, a predicar su Palabra, a llevar comida a los enfermos, a ir a los hospitales, a ir a las cárceles?
¿Qué te mueve a hacer la obra de Dios? Reflexionen en eso. Yo reflexioné bastante en eso y a mí mismo me dije: tengo que cambiar muchas cosas, porque pudiera estar haciendo la labor por una convicción incorrecta y no por el motor que debería de ser, que es el amor a Cristo por encima de todo. El versículo 2 al 4 dice lo siguiente: “Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella”. El terremoto en la Biblia representa una intervención divina.
En la Biblia, un terremoto a menudo va acompañado de una manifestación poderosa de parte de Dios. Por ejemplo, en Éxodo, capítulo 19, versículo 18, dice:
Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera.
— Éxodo 19:18
Pero también Mateo 27:51 dice lo siguiente:
Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron.
— Mateo 27:51
Es decir, que el hecho que estaba aconteciendo en ese momento específico de su resurrección también implicaba un acto divino de Dios, y como testimonio suceden estos acontecimientos sobrenaturales en la tierra.
El terremoto, el ángel y la imposibilidad humana
La tierra estaba sintiendo lo que estaba pasando, tan grande, que aun así todo comienza a temblar y la divinidad de Dios comienza a fluir de manera visible. El ángel que desciende muestra también la soberanía de Dios y actúa como un heraldo que da el mensaje celestial: “Cristo ha resucitado”. Fue un mismo ángel que les aparece a estas mujeres, pero también esa piedra, mis hermanos. Yo estaba investigando acerca de esta roca. Poder mover esta roca requería de muchos hombres que tenían que hacerlo entre varios, porque era una roca sumamente pesada.
Y los judíos entendían y querían que se cerrara bien. No solamente esto, sino que se guardara la puerta, entendiendo que así sus discípulos no irían a sacar el cuerpo del muerto y a decir que resucitó. Por esto pusieron guardias romanos. Otro hecho extraordinario sobre esta parte, que pasa por eso que la resurrección es tan evidente y tan veraz, es que es imposible que cualquier discípulo de Cristo pudiera ir delante de un romano a sacar ese cuerpo. Romanos armados y no solamente armados, sino entrenados en combate, y los discípulos de Jesucristo que eran pescadores, otro era contador, gente sencilla.
La magnitud de lo que estaba sucediendo ahí era para que se entienda que es imposible que lo que sucedió, humanamente hablando, un hombre pudiera hacerlo. Solamente un milagro extraordinario de Dios pudo traer eso que había pasado. Los judíos no se dieron cuenta de que lo que ellos hicieron fue afianzar más la fe en la resurrección por medio de sus actos. El Señor los usó para que ellos mismos comprendan que el hecho milagroso que estaba sucediendo ahí iba a trascender toda la historia.
Pero también estos guardias… A mí me hubiera gustado saber, y eso lo voy a preguntar al Señor cuando esté en el cielo, qué pasó con esos guardias. Porque esos guardias que estaban ahí, que temblaron y quedaron como muertos, estuvieron frente a un acto milagroso, un acto extraordinario en medio de una situación que trasciende más de lo que nosotros vemos. El versículo 5 y 6 detalla lo siguiente: “Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado”.
“No temáis” aquí se refiere a un mensaje del Evangelio que también trae paz. El no temer es esa paz que sobrepasa todo entendimiento, es esa paz que ya él nos dejó. Él lo decía: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”, y su paz no es como la da el mundo. Esa paz que interioriza también el Evangelio en nosotros es lo que le dio a ellas este ángel, para que pudieran comprender que lo que estaba sucediendo era parte del gozo que más adelante nosotros íbamos a disfrutar de esa resurrección.
“Ha resucitado, como dijo”. Jesús constantemente profetizó acerca de su muerte y su resurrección. En Mateo 16:21 lo dijo, en Mateo 17:22-23 también lo dijo; constantemente él hablaba acerca de su muerte: “Es necesario que el Hijo del Hombre padezca y muera de manos de quienes”, de los que le aborrecen, en este caso de los escribas y de los fariseos, “pero que al tercer día resucitará”. Incluso Pedro, en una ocasión, cuando Cristo hace esta aclaración, que creo que fue en Mateo 16, le dice al Señor, dentro de su humanidad: “Señor, pero trata de salir de ese medio”. Y Cristo le dice: “Apártate de mí, Satanás”.
Cristo se resucita a sí mismo y nace la misión
Porque en ese momento Pedro no sabía lo que estaba diciendo o pudiera estar siendo usado en ese momento para que la obra no se cumpliese. Aun así, esto denota que Cristo constantemente preparaba a sus discípulos para este acontecimiento, pero ellos tenían la venda puesta en sus ojos que no les permitía ver el milagro que seguía después. Constantemente, cuando él les decía: “Yo voy a morir, pero resucitaré”, se ponían tristes y afligidos. Es decir, que no estaban creyendo del todo, no entendían del todo que Cristo realmente iba a resucitar.
Cristo hizo milagros extraordinarios; personas que prácticamente estuvieron muertas, Cristo las resucitó. Pero ellos no creían ni entendían que Cristo mismo pudiera haberse resucitado a sí mismo. No hay nadie en la Biblia, desde el Génesis al Apocalipsis, que pueda hacer lo que hizo Cristo, que es morir, pero también resucitarse a sí mismo. Y esto denota el poder sobre la muerte de nuestro Dios. El versículo 7 dice lo siguiente: “E id pronto, y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos; y he aquí va delante de vosotros a Galilea, allí le veréis”.
Aquí nace la misión evangelística, la misión evangelística de la resurrección, y son las mujeres las que primero llevan el mensaje de resurrección hacia los discípulos. Interesante, porque los apóstoles, que tenían constantemente enseñanza directa del Maestro, no comprendían el proceso evangelístico de la resurrección. Sin embargo, las primeras, o el primer ser humano que lleva el mensaje del Evangelio de resurrección, son las mujeres. El amor que constriñó a estas mujeres, que las movió, las movilizó, las llevó a hacer todo lo que estaban haciendo por su Maestro, como resultado tuvo un premio superior.
Todavía fueron las primeras en llevar el mensaje evangelístico, y esto denota que lo que dijo más adelante Cristo en Mateo 28:18-20 —“id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura y a toda nación, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”— estas mujeres comenzaron a cumplir el movimiento evangelístico de resurrección, llevando las buenas nuevas a los discípulos. Eso es algo glorioso y es un privilegio tan grande que pudieron tener.
El versículo 8 dice: “Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos”. Temor y gozo, una mezcla humana y también una mezcla espiritual: un temor reverente por el milagro divino de la resurrección de Cristo, pero también un gozo profundo por una esperanza restaurada. Esa esperanza que ahora nos lleva a nosotros a entender que hay más después de la muerte.
Miedo a la muerte y esperanza cristiana
Esa incertidumbre que todo ser humano tiene, nosotros la encaramos de manera diferente porque tenemos una esperanza que nos da vida por encima de eso. La incertidumbre que cada hombre tiene y no quiere afrontar es la muerte. Y es algo que tenemos seguro. Alguien decía lo siguiente: hay cosas que son sumamente seguras, y son que tú vas a pagar siempre impuestos y que tú vas a morir. Hay forma de evadir los impuestos, porque el dominicano se la busca como quiera, y mucha gente lo hace también, no solamente aquí en este país, pero no hay forma de evadir la muerte, porque eso es 100% seguro. Incluso la ciencia dice: el hombre nace, crece, se reproduce y muere.
Pero el hecho de la muerte es algo que al ser humano le cuesta poder hablar, poder debatir o poder incluso apropiarse de un tema como este, porque tiene una incertidumbre de saber qué pasa después de la muerte. Sin embargo, tú y yo, por medio de lo que nuestro amado y Salvador Jesús hizo en la cruz del Calvario, por medio de esa resurrección venciendo la muerte, tenemos una esperanza que nos da vida después de la muerte. Nosotros sabemos que nuestro tiempo es pasajero, sabemos que es un tiempo limitado que tenemos aquí en la tierra, pero tenemos los ojos puestos directamente en lo que es eterno.
En lo que corre más hacia allá, en lo que el mundo tiene como problema y esa incertidumbre de qué va a pasar, nosotros estamos tranquilos. Por eso es que nos tachan de locos, porque nosotros tenemos esperanza contra esperanza, y ellos no lo pueden ver porque el pecado les impide poder ver las cosas eternas. Sin embargo, por medio de Cristo, tú y yo hemos sido regenerados y ahora compartimos lazo de sangre con él. Y por Cristo, Dios nos reconoce como hijos. Y ahí, en que Cristo dice la Palabra, “en la casa de mi Padre muchas moradas hay”, esas moradas están hechas para ti y para mí, y eso es un gozo enorme.
Es normal que nosotros tengamos miedo incluso a la muerte, pero la esperanza que tenemos es diferente a la del que no conoce de Jesús, porque nosotros sabemos para dónde vamos, pero el inconverso no sabe para dónde va. Y lo más difícil que tú tienes en la vida es no tener un norte hacia dónde ir, porque eso te crea incertidumbre, inseguridad, y no te permite ver las cosas claras ni disfrutar el panorama completo de lo que el Señor ha puesto. Pero también estas mujeres fueron muy obedientes, porque obedecieron directamente al ángel cuando les mandó hacer lo que tenían que hacer.
Encuentro con el Resucitado y adoración verdadera
Ellas fueron obedientes y veloces, porque inmediatamente él les habló, ellas fueron a anunciar las buenas nuevas y supieron que lo que había acontecido ahí fue algo extraordinario. El versículo 9 y 10 dice lo siguiente: “Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos, he aquí Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve! Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies y le adoraron. Entonces Jesús les dijo: No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán”.
Aquí se cumple directamente lo que Cristo le dijo a la mujer samaritana: “La hora viene, y la hora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. Comenzaron por estas mujeres, por sus discípulos. Y es notorio, porque nosotros a veces no nos ponemos en el lugar de ellos, pero si lo hacemos humanamente hablando, sus discípulos estaban dispersos. Sus discípulos, en el momento crucial de Cristo, lo dejaron solo, se apartaron por temor, por miedo a morir en el proceso, porque ellos no habían visto la verdad del Evangelio reflejada en Cristo en su totalidad.
El proceso de discipulado no estaba completo en ellos. Era necesario que sucedieran estas partes, era el elemento principal para que ellos conocieran la verdad de Cristo aun teniéndola delante de sus ojos. Teniendo a Cristo delante de sus ojos, no pudieron ver al Salvador. Ellos lo que veían era la parte terrenal, lo que Cristo podía hacer aquí en la tierra, pero no comprendían que el reino que Cristo estaba estableciendo era un reino espiritual y esto les impedía ver más allá. Por eso ellos se dispersaron. Estaban tristes, rezagados. Pedro, sabemos el caso, que incluso lo negó tres veces. Pero ¿y los otros? ¿Dónde estaban?
Nosotros vemos a Pedro, pero Pedro por lo menos hizo el intento y se acercó, pero, ¿y los otros? ¿Qué me dicen de los otros? Eran doce, y doce y más, porque nosotros conocemos los doce apóstoles, pero aparte de los doce había más que seguían a Cristo, incluso una multitud, que cuando él entra a Jerusalén comienzan a proclamar: “¡Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor!”. Esa misma multitud fue la que luego dijo: “¡Crucifíquenlo!”. Wow. Fue una separación tanto espiritual como física y emocional que tuvo Cristo con sus discípulos y con Dios, por amor a ti y a mí, para llegar a este punto clímax que el Padre le había encomendado, para que él muriera y resucitara al tercer día.
Y hoy en día tú y yo disfrutemos de este gozo de poder servir al Señor en arrepentimiento y fe, por su gracia y por su amor. Según C. S. Lewis, me encanta lo que él dice acerca de la resurrección: que demuestra que la muerte no tiene la última palabra y que la vida humana puede superar incluso la muerte. La resurrección es la clave para comprender la expiación y el plan de Dios para la redención de la humanidad y del mundo.
Implicaciones teológicas y misión para nosotros
El hecho principal de la cruz de Cristo se completa en el proceso evangelístico cuando Cristo resucita al tercer día. ¿Qué podemos aprender? Cristológicamente hablando, Jesús es el Hijo de Dios y aquel que ha vencido la muerte. La resurrección es la garantía de la salvación y también de la vida eterna. Aquí también se da el primer llamado, luego de la resurrección, a la misión. Pero también Dios continúa su misión salvadora a través de testigos humanos, porque Cristo no solamente les aparece a sus discípulos luego más adelante, sino que les aparece como a quinientas personas o más, y ojos vieron incluso cuando él ascendía hacia los cielos.
Esos testigos oculares fueron el principal pilar para esparcir el Evangelio que tú y yo conocemos el día de hoy. ¿Cuál es una aplicación para nosotros esto y por qué esto nos da tanta vida? Vive sin miedo, porque Cristo venció la muerte. A veces pudieran llegar situaciones en las que tú y yo nos vemos en procesos, ya sea de salud o en medio de un accidente, en los cuales tememos por partir en ese momento, pudiera pasar la situación. Pero saber que Cristo venció la muerte es el testimonio más grande que cualquier creyente puede tener, para comprender que luego de la muerte comenzamos el proceso de vida eterna juntamente con él.
Y esto nos da vida porque contemplamos el Evangelio y vemos la vida de una manera diferente, con una perspectiva totalmente diferente. También testificamos con valentía, porque el Evangelio tiene poder para transformar. Hay que testificar de ese Evangelio, hay que hablar del Evangelio del Señor, hay que proclamar las buenas nuevas de salvación, creer en esa Palabra.
Porque el Dios que nosotros servimos no está muerto, sino que vive, y él prometió que estaría con nosotros todos los días de nuestras vidas. La segunda persona de la Trinidad nos dio ese testimonio y nos envía la tercera persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, en ese complemento, para que tú y yo comprendamos que él permanece en nosotros. Él está aquí; dice la Palabra que donde hay dos o tres reunidos en su nombre, ahí está su presencia, y él está en ti y en mí.
El Espíritu Santo y el llamado a imitar a Cristo
Por eso, saber esto nos lleva a nosotros a un gozo aún mayor, porque sabemos que lo que hacemos no lo hacemos por nosotros, sino que el Espíritu Santo que está en nosotros, por medio de Cristo, hace las cosas en nosotros para que cada día podamos parecernos más a él. Y esto es una esperanza contra esperanza, porque a través de esta obra del Espíritu Santo nosotros testificamos que realmente somos salvos, y por medio de esta vida nosotros caminamos en pos de él para imitarle a él. Él dice: “Imitadme a mí, que soy manso y humilde de corazón”.
Y hablando claro, humanamente hablando, es imposible imitar a Cristo. No hay forma de que tú puedas imitar a Cristo si no tienes a Cristo dentro de ti, porque nos hizo codependientes de él para que nosotros nos movamos por él y para él. Y para que eso suceda tiene que ser necesario morir y nacer de nuevo. Entonces con sus pactos nosotros ya podemos alcanzar esa misericordia y caminar como él y parecernos cada día más a Cristo y ser mansos y humildes de corazón.
¿Cómo se ve el Evangelio en este texto? Sabemos que la resurrección es el pilar principal de la fe cristiana. Sin resurrección, es vana nuestra fe, porque creer a un hombre que murió sería tener un mártir más, como muchos creen en diferentes religiones. Sin embargo, Cristo venció la muerte, y porque él venció la muerte y está en nosotros, y ahora nosotros somos parte de él, nosotros también vencimos la muerte por él. “Ya no vivo yo, sino que ahora vive Cristo en mí”, y ahora yo tengo una esperanza diferente a la que tenía antes.
Antes yo tenía una esperanza de no esperanza, una condenación eterna. Pero ahora tengo una salvación completa en él, para él y solamente por él. No por ti, no por mí, sino por Cristo que lo hizo en la cruz del Calvario.
La resurrección según 1 Corintios 15
Y para mí se ve el Evangelio aquí resumido en Primera de Corintios, capítulo 15. Yo lo voy a leer completo, porque esa es la forma en que yo pude ver realmente cómo podemos ver la resurrección en nosotros y apropiarnos de ella para vivir constantemente confiados en que esa fe debe permanecer, en que nosotros tenemos vida por esa resurrección. Primera de Corintios, capítulo 15, dice lo siguiente. Es un poco extenso, pero es necesario. Dice la Palabra del Señor:
Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí. Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo; antes he trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo. Porque o yo o ellos, así predicamos, y así habéis creído. Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. Y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron. Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres. Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte. Porque todas las cosas las sujetó debajo de sus pies. Y cuando dice que todas las cosas han sido sujetadas a él, claramente se exceptúa aquel que sujetó a él todas las cosas. Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos. De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué, pues, se bautizan por los muertos? ¿Y por qué nosotros peligramos a toda hora? Os aseguro, hermanos, por la gloria de vosotros que tengo en nuestro Señor Jesucristo, que cada día muero. Si como hombre batallé en Éfeso contra fieras, ¿qué me aprovecha? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos. No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Velad debidamente, y no pequéis; porque algunos no conocen a Dios; para vergüenza vuestra lo digo. Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes. Y lo que siembras, no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo, o de otro grano. Pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo. No toda carne es la misma carne, sino que una carne es la de los hombres, otra carne la de las bestias, otra la de los peces, y otra la de las aves. Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales. Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas; pues una estrella es diferente de otra en gloria. Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción; se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder; se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual. Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. Cuál el terrenal, tales también los terrenales; y cuál el celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial. Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción. He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.
— 1 Corintios 15
Conclusión: De muerte a vida en Cristo
Un capítulo largo, pero que detalla claramente cómo fortalecer nuestra fe en medio del conocimiento de la resurrección de nuestro amado y Salvador Jesús. El saber esto da una firmeza constante a nuestra mente y a nuestro corazón de que algún día nosotros estaremos cara a cara con el Señor y que pasaremos de lo corruptible a lo incorruptible, que pasaremos de un cuerpo mortal a un cuerpo espiritual, pero que pasaremos de muerte a vida eterna juntamente con él.
Nuestra fe se fundamenta en que Cristo resucitó, y él vive. Él vive en ti, él vive en mí, en cada uno que le ha recibido como su único y suficiente Salvador. Me encanta lo que Pablo dice en Filipenses —si no me equivoco, 2:5—: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”.
Y ese es el Señor que tú y yo profesamos, que es nuestro Salvador. Hermano querido, tú tienes la cruz, pero la cruz es un elemento esencial para reconocer que su amor sobrepasó nuestro entendimiento y él cargó en sí mismo todo el peso de la ira de Dios por causa del pecado, por ti y por mí. Pero también venció la muerte y resucitó, para que, aparte del pecado que nos tocaba a nosotros y la ira de Dios que debía caer sobre la humanidad, él la llevó en sí mismo. También resucitó y venció la muerte para darnos una segunda oportunidad en la eternidad con nuestro Padre celestial.
Eso es lo que ha hecho Cristo por ti y por mí en la cruz del Calvario, y eso es lo que hizo en la resurrección: venció la muerte y nos dio una vida juntamente con él en los lugares celestiales. Cristo es el dador de la vida y su resurrección nos da vida, y vida en abundancia.