Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
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Nuestra leve tribulación momentanea

Juan 16:33; 2 Corintios 4:17-18; Santiago 1:2-4

Dios usa nuestras leves tribulaciones momentáneas como parte de un proceso de santificación que produce en nosotros un eterno peso de gloria, mientras aprendemos a tener expectativas reales, una percepción adecuada del sufrimiento y a entender el propósito de las pruebas.

Predicado8 de abril de 2012
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Cierra tus hojas un momento y le pedimos al Señor en oración que nos conduzca. Mira los corazones reunidos aquí, Señor, congregados a los pies de tu palabra. Mira los corazones aquí congregados con hambre de ti, mira las vidas aquí reunidas que necesitan de ti. Aquí está tu palabra que es preciosa, Señor, aquí está nuestra necesidad que es abundante. Aquí está tu palabra, Señor, que es perfecta, y aquí están nuestras vidas que necesitan ser perfeccionadas. Aquí están las reglas, Señor, que nos dicen qué tan lejos o qué tan cerca estamos de ti. Mira mis hermanos, Señor, mírame a mí. Aquí está tu palabra, Padre. Tú has dicho que tu palabra es verdadera comida, tú has dicho, Señor, que puedes proveer para nosotros a través de ella, que puedes alimentarnos.

Mira corazones aquí reunidos, Señor, mira la iglesia que está en este momento especial de su historia. Mira nuestra congregación que está tribulada, especialmente en este tiempo. Mira nuestra gente que está sufriendo por determinadas cosas. Padre, como pastor de esta congregación no recuerdo otro momento así en la historia de nuestra iglesia, donde tanta necesidad se haya reunido. Y tampoco recuerdo, Señor, otro momento en nuestra iglesia donde nunca antes recuerde otro momento como este, donde tú hayas provisto a través de canciones, a través de lecturas devocionales, a través de testimonios para alimentar a tu gente. Gracias, Padre, por las lecturas de esta semana, porque fueron lecturas para animarnos. Gracias, Señor, por las canciones que nuestros músicos prepararon para ti, porque fueron canciones para animarnos. Y permite que ahora, Señor, tu palabra aquí predicada sea una palabra de ánimo.

Mírame a mí, Padre, que no tengo nada que darle a mis hermanos; también yo estoy en tribulación y angustia. Pero sabemos en quién hemos creído, Señor, yo sé en quién he creído, sabemos en quién hemos creído. Recomiendo mi gente, Señor, me encomiendo yo. Mira nuestras vidas, Señor, mira nuestra leve tribulación momentánea, mira nuestras aflicciones del momento, mira nuestras carencias temporales, Señor, y permite que esta expectativa de gloria, Señor, de que llegará un tiempo para nosotros donde no habrá hambre, donde no habrá tribulación, donde no habrá enfermedad, donde no habrá angustia, donde no habrá nadie que nos quite nada, Señor, sino que nuestras vidas estarán totalmente completas en ti y viviremos para siempre en este estado de perfección. Mira nuestra leve tribulación momentánea.

Mira, Señor, que no tengo nada que dar a mis hermanos. Hoy no puedo darles mi experiencia, no puedo darles mis pensamientos; lo único que puedo darles, Señor, es de donde yo he estado comiendo, que es tu palabra. Permite que esta enseñanza hoy infunda ánimo, permite que esta palabra de aliento hoy se reciba, y que sea de provecho. Guíanos, Padre, en este proceso de enseñanza, en el nombre de Jesús. Amén.

Un banquete de tres platos en la Palabra

Les invito a que me acompañen en sus Biblias en tres pasajes de la Escritura y que reciban esto como comida, como un banquete de tres platos. Tres pasajes de la Escritura. El primero de ellos está en el evangelio de Juan, capítulo 16 y versículo 33. Pueden buscarlo ahí en su Biblia y que vayamos preparando esto como si fuera un precioso banquete, un banquete de tres platos. Primera lectura de hoy: estaremos viendo el evangelio de Juan, capítulo 16, y el versículo 33, esa es la entrada. El plato fuerte, el manjar glorioso, está en el libro de Segunda de Corintios, capítulo cuatro, versículos 17 y 18, y ustedes van a ver qué cosa más sabrosa.

Y terminaremos este precioso banquete de la palabra del Señor, hermano, con un postre ahí como para cerrar, que está en el libro de Santiago, capítulo 1, versículos 2 hasta el versículo 4. Estaremos viendo tres afirmaciones de las Escrituras sobre nuestra leve tribulación momentánea. Márquenlo en sus Biblias ahí para que pasemos de un pasaje al otro rápido. Tres afirmaciones del Señor acerca de nuestra leve tribulación momentánea. Doy un chance para que puedan buscarlo en su Biblia, puedan marcarlo allí. Tres afirmaciones, tres pasajes de la Escritura, tres platos que el Señor tiene para alimentarnos a nosotros y hablarnos sobre nuestra leve tribulación momentánea. Doy un chance para que lo busquen, lo marquen y podamos movernos rápido.

Tengo dos objetivos hoy, hermano, compartiendo estas tres porciones con ustedes. Primer objetivo que tengo hoy es que podamos entender el propósito que tiene Dios, un propósito precioso y conveniente, en nuestras tribulaciones. Y lo segundo, que encontremos esperanza en las Escrituras. Primero que quiero lograr hoy con estos tres pasajes, con este precioso banquete de tres platos, es que entendamos el propósito de la tribulación y que, después que entendamos el propósito, entonces que encontremos un aliento en las Escrituras. Si tienen ahí sus pasajes ya marcados, estaremos hablando sobre nuestra leve tribulación momentánea.

Yo me desperté ayer y le pregunté a Carolina: “Carolina, ¿tú has sentido alguna vez tribulación en un avión?” La palabra que usé fue tribulación; fue que me equivoqué, lo que quería preguntar era turbulencia.

Ilustración: la turbulencia en el avión y la vida cristiana

Le pregunté si había sentido turbulencia en un avión, porque yo recuerdo la primera vez que me monté en un avión, hermano, que yo terminé profundamente decepcionado. A mí me habían hecho historias del avión, que se siente, que lo otro, y yo me monté en ese avión, hermano, y yo casi me dormí. Me pareció sumamente aburrido ese asunto, porque desde que el avión subió se veía la ciudad un chin y después todo lo que se veía era blanco, nubes, y fue un viaje así como sereno, todo tranquilo. Y, al final, el avión aterrizó, y en una práctica muy tradicional dominicana comenzamos a aplaudir.

Yo soy un poco… yo digo: la gente aplaude, y ahí aplaudiendo, hermano, ahí ya me voy a comer un chin de vergüenza con los extranjeros que van al lado, porque todos los dominicanos aplaudiendo, así. Yo me pregunto: ¿por qué es esto? ¿Es una fiesta? ¿Es un cumpleaños? ¿Es un columpio? No fue tan emocionante, pero luego están aplaudiendo, todo el mundo aplaudiendo.

Bueno, hermano, ese fue el primero. En el segundo viaje que yo hice en avión, entonces el capitán anunció por el altavoz —eso siempre tiene como una voz así, como les estoy hablando—: “Este es el capitán Jacobs, estamos abordando el vuelo número 6004 de tal Airlines. Prepárense, porque tendremos turbulencias de no sé cuántas millas” y yo escuché la palabra turbulencia y me puse contento. Escuché la palabra turbulencia, hermano, y me puse contento. “Parece que este viaje va a ser más emocionante”, yo como que me desperté, “ahora sí voy a vivir”. Hermano, yo contento. Y el avión subió a las nubes, así, y cuando eso subió, hermano, allá arriba, subía y bajaba, subía y bajaba, subía y bajaba, subía y bajaba, y se escuchaba el sonido. Yo creía que el avión se estaba desprendiendo. Al lado de mí veo un señor extranjero con cabello pelirrojo, parecía un viajante frecuente, y él sacó su revista y comenzó a leer su revista de lo más normal. La azafata sacó un asientico, se sentó, se abrochó allá, dobló las piernas, y yo me estaba volviendo loco, hermano, allá sobre las nubes. El avión se movía y se remeneaba, y yo lo que pensaba era: “Que no se pare, pero que llegue rápido”.

Mire, eso fue un asunto. Cuando el avión aterrizó por fin, el primero que aplaudí fui yo, hermano. Fue una leve tribulación momentánea. Es más, esa es nuestra vida en el Señor: es una vida de turbulencia. Yo no podría decirte que todos ustedes mañana van a sentir esto. La verdad es que muchas veces uno hace viajes y los primeros viajes en la vida cristiana tienden a ser viajes agradables, pero llega un momento que nos toca el viaje de turbulencia, nos toca la tribulación, que el viaje no es cómodo. Llega un momento en la vida cristiana en que el viaje no es como que subimos y bajamos serenamente, sino que el viaje sube y con mucha dificultad bajamos. Es más, hay algunos viajes en el caminar con el Señor que uno piensa que el avión se partió en dos.

Que se desprendió un ala, que no va a ser posible aterrizar esa máquina que está sobre los cielos. Es nuestra leve tribulación momentánea. No estoy muy contento de predicar hoy, hermano, pero lo que estoy contento no es una alegría que sale de la alegría superficial, sino es una alegría de gozo. Siento que nuestra iglesia en este momento es una iglesia que está siendo atribulada. Mucha gente tiene necesidades, muchas personas tienen planes, propósitos que no han podido concretar, algunos tienen situaciones de salud, otros tienen situaciones en sus relaciones. Algunos tienen situaciones laborales, muchos están sin trabajo. Es una leve tribulación momentánea, y el primero que está asustado soy yo. Yo le decía al Señor en oración que no tengo nada que darle a mis hermanos, porque yo ahora mismo también estoy atribulado, con dificultades muchas. Nuestra leve tribulación momentánea.

Vengo a decirles tres afirmaciones basadas en tres banquetes de Escritura. En la primera afirmación aprenderemos a tener expectativas reales sobre Dios, sobre nosotros mismos y sobre el mundo. En la segunda afirmación aprenderemos a tener una percepción adecuada sobre nuestra particular tribulación. Y en la tercera afirmación aprenderemos a entender el proceso. Así como el capitán Jacobs dijo desde el altavoz que vamos a tener turbulencia, que nos mantengamos en nuestros asientos y que guardemos los aparatos electrónicos, así mismo nos dijo el Señor por medio de Santiago cómo es la tribulación, que estemos precavidos y que sepamos que la tribulación llega.

Antes, hermano, de entrar en el cuerpo de la enseñanza tendré que decirles, como le dijeron al profeta: “Largo camino te resta”. Probablemente no hayamos caído tan abajo como vamos a caer, que lo que estamos es en el toldito, y que más para abajo hay piso. Es posible que esa tribulación que estás enfrentando se complique. Es muy probable que la turbulencia que estás viviendo sea apenas la introducción a la turbulencia que después venga.

La tribulación como norma y no como excepción

Pero en todo este proceso de tribulación momentánea podemos tener expectativas reales basadas en la palabra del Señor. Podemos también tener una perspectiva, una percepción adecuada sobre nuestra tribulación particular, y por último, podemos entender el proceso, que la tribulación, si bien no avisada detalladamente, por lo menos se espera. Y uno se agarra. Mano, su pastor no ha venido hoy a decirles: “Suéltense que ya llegamos”, lo que ha venido a decirles hoy es: “Agárrense, que probablemente esto vaya para largo”. Como le pasó a Job: primero perdió una cosa, después la otra, después la otra, después la otra, y ya lo último que le quedaba era su cuerpo. Vengo a darte, hermano, la perspectiva de Dios en nuestra leve tribulación momentánea.

A modo de introducción les diré que la tribulación no es una probabilidad en nuestra vida, sino la norma, hermano. No es probable que tú seas atribulado en la vida cristiana, es totalmente seguro que la tribulación llega. Esto no es algo que podría ocurrir, no es algo que mira, a eso a alguna persona le pasa, pero no es común. No es una enfermedad rara de esas que se diagnostican, de que un caso cada dos mil, no. La totalidad de los creyentes del Señor serán atribulados. Es lo que nos toca a nosotros de creyentes, hermano. Todas las generaciones de discípulos verdaderos de Cristo han podido experimentar la tribulación, pero no solamente a nosotros: todo el mundo es atribulado. Esta es la norma, y siendo así, no deberíamos intentar evitarla, sino aprovecharla.

Mira, algunos han predicado un falso evangelio de comodidad terrenal y deleites temporales, pero el verdadero evangelio consiste en tribulaciones momentáneas y recompensas eternas. El evangelio de la comodidad plena en esta tierra no existe como tal en las Escrituras. Lo que enseña la Escritura es que en el mundo tendréis aflicción. Vengo a darte inicialmente expectativas reales: que en nuestras leves tribulaciones momentáneas nosotros podemos encontrar en esto aliento.

Antes de ir al primer punto, también tengo mucha preocupación por los nuevos creyentes de nuestra iglesia. Es común que las personas tengan expectativas irreales de la vida cristiana, fundamentadas muchas veces en su imaginación y otras veces en falsos maestros que han estado alimentando falsas esperanzas. Algunas personas entregan su vida a Cristo pensando que su vida será un jardín de rosas. La iglesia del Señor, eso es como una comunidad de gente atribulada; esto es un viñedo. Y el viñedo tiene diferentes temporadas: hay temporadas donde todo es flores y fruto, pero hay temporadas donde solamente se derrama, y uno piensa que el viñedo desapareció.

Lo que el Señor tiene en su rebaño no es un conjunto de peluches de los que se ponen en la habitación o que antes se ponían en los carros. Gente que tiene todo un zoológico de animalitos en los carros. El Señor no tiene eso; el Señor tiene un rebaño de verdad, donde los animales se enferman, donde somos heridos, donde muchas veces pensamos que ya no hay esperanza para nosotros, pero viene el Pastor de las ovejas y nos restaura. Expectativas reales.

Dice la Escritura, primera afirmación de tres, expectativas reales:

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.

— Juan 16:33

Lo que Cristo le ofreció a sus primeros discípulos no fue: “En el mundo tendréis paz”, no fue: “En el mundo van a tener una vida que es totalmente plena, satisfactoria y ausente de dolor”. No. La norma en este mundo es que en este mundo todos sufren. A algunos les toca más temprano que a otros, a otros les dan el golpe fuerte de una vez, a otros se lo van dando, varios golpes juntos. Pero en esta vida tendréis aflicción. Y miren, esto se ha cumplido. Si ustedes buscan cómo murieron los discípulos del Señor, los apóstoles no murieron de enfermedad en su casa sentados, no. Algunos apedreados. A Juan lo entraron en una olla de aceite, y tuvo la mala fortuna de que cuando lo metieron en la olla de aceite no murió, y cuando lo sacaron de ahí entonces lo mandaron para la isla de Patmos.

Pablo no era que tenía una vida así, satisfactoria, dando conferencias de vez en cuando. No. Cada conferencia de Pablo terminaba a pedradas. Pablo no era un conferencista de los de ahora —no es que esté mal eso—, pero los conferencistas vienen a los lugares, predican y los guardan en un hotel. Pablo, cada vez que terminaba, a pedradas. Es más, hermano, que algunas de las cartas de Pablo las escribió con los pies dentro del cepo, y yo me preguntaba esta semana qué valor tuvo este hombre, que en medio de tribulación, al borde de la muerte, todavía escribía. Mano, si los primeros discípulos de Cristo tuvieron ese destino, ¿qué debemos esperar nosotros? Pero voy más atrás, hermano: el protagonista de esta película terminó en cruz. Imagínense qué será de los personajes secundarios.

Expectativas reales: no somos la excepción

En el cine enseñan unas normas que dicen que el protagonista no debe morir hasta el final de la película. Aquí la película comienza con que el protagonista muere. ¿Qué será de nosotros? Dice el Señor: “Si lo hicieron conmigo, ¿qué no será de ustedes?”. Primera afirmación:

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.

— Juan 16:33

Primera cosa: tenemos precisamente lo que se nos ofreció. Hay gente que dice: “Ay, a mí me ha ido mal en la vida”. Yo te digo: además, usted tiene lo que a usted le ofrecieron. ¿Qué fue lo que el Señor ofreció? Que en el mundo tendréis aflicción. Eso es lo que te toca. Uno se siente mal en la tribulación porque dentro de nosotros mismos hay un pensamiento que nos dice: “Yo no me lo merezco”.

Y esas falsas expectativas sobre Dios, sobre el mundo, sobre nosotros, hacen que la tribulación parezca una locura. Una falsa expectativa de Dios nos enseña que Dios es el genio de la lámpara que hace que todo el mundo sea feliz y les concede tres deseos. Dios no es eso. Una falsa expectativa de ti mismo te hace entender que tú eres la última Coca-Cola del desierto y que tú eres intocable. Tú no eres intocable. “¿Y por qué me tocó a mí?” Porque te tocó a ti; el Señor lo quiso así. ¿Acaso eres tú más especial que tu Señor? ¿Acaso eres tú más digno que Él? ¿Acaso tienes tú más valor que Cristo? Si con Él pasó así, ¿por qué no va a pasar contigo? Tenemos precisamente lo que se nos ofreció.

Lo segundo: la paz no está en el mundo, está en su palabra. Cualquier persona que tiene la expectativa de que en este mundo podemos tener paz está errada, porque eso no es lo que dice la Escritura. La Escritura dice que en el mundo tendremos aflicción y que en Cristo tendremos paz. Hermano, no está mal que usted tenga una relativa tranquilidad, no está mal que pueda ver una película en la noche en su casa, no está mal que tenga una cama donde recostarse, pero entienda, hermano, que todo eso es extra. Lo que dijo el Señor que tendremos en esta existencia temporal es tribulación. Y dice que Él venció al mundo por nosotros.

Primera afirmación, hermano: aprendemos aquí, en el evangelio de Juan, capítulo 16, versículo 33, a tener una expectativa real sobre la tribulación. No es algo raro.

Bueno, el problema es que cuando los cristianos somos atribulados, nuestro pensamiento inicial es: “¿Por qué a mí? ¿Y por qué tribulación?”. No, no es “¿por qué a ti?”, es que a todos. Te dije: a algunos les toca más junto que a otros, a algunos más temprano que tarde, pero todos seremos atribulados. En este mundo tendremos aflicción. De aquí no salimos sin eso. Nadie sale de aquí. No es probable eso, hermano, es seguro: en la vida, en esta tierra nosotros vamos a tener aflicción. Tenemos que tener una expectativa real.

Hubo un hombre que tenía una expectativa irreal sobre Cristo y sobre el mundo y sobre su propia vida. Este hombre era Judas. Judas había estado siguiendo al Señor, pero la expectativa que Judas tenía en su cabeza sobre el Señor no eran las expectativas de aquel Señor. Judas había puesto al Señor en otra categoría. Judas estaba esperando poder político, poder material, dominio. Y cuando el Señor comenzó a hablar: “Es necesario que el Hijo del Hombre padezca. Es necesario: ahora me ven, mañana no me ven”, entonces él dijo: “A este hay que venderlo rápido, porque hoy se ve, mañana no se ve y no se puede vender”, y lo entregó.

Hermanos, así mismo, si ustedes leen los evangelios, van a ver que Judas fue escuchando mensajes que no le hicieron sentido: “¿Cómo es eso de que yo doy mi vida? ¿Cómo que yo doy mi vida? ¿Tú no eres el libertador? Ten cuidado”. Y llegó un momento que las expectativas de Judas no se realizaron y vendió a Cristo. Lo mismo pasa hoy. Hay muchas personas que han venido a servir a un Señor buscando placeres temporales y cuando el Señor les ha dado no placeres temporales, sino realidades eternas, entonces ellos han dicho: “No podemos seguir esto”, y venden a Cristo y vuelven al mundo.

Hermano que estás aquí, que estás comenzando a caminar con el Señor: normalmente cuando tú estabas en el mundo te había ido más o menos bien, y cuando vienes a Cristo entonces comienzan a caerse los palitos de la casa. Y tú dices: “¿Pero qué es lo que pasa, que ahora estoy haciendo la voluntad del Señor y me va peor? ¿Es que el Señor…?”. Esto no es que “yo te doy y tú me recibes”; el Señor está más interesado en tu perfeccionamiento que en tu comodidad, y muchas veces, para el perfeccionamiento, hay que quitarle los palitos a la casa.

Una percepción adecuada de nuestra tribulación

Entonces tú dices: “Pues lo estaría haciendo mal, porque ahora yo estoy sirviendo al Señor y ahora viene el marido y me abandona. Estoy sirviendo al Señor y ahora vienen y me piden la casa. Estoy sirviendo al Señor y me quedo sin trabajo. ¿Y qué es lo que pasa? Antes me iba mejor”. No, antes no te iba mejor. Antes vivías en una ilusión de comodidad; ahora el Señor te ha traído a una realidad de perfeccionamiento, y esto los cristianos le llamamos santidad. Es el Señor haciendo en nosotros una preciosa obra que no necesariamente se ve, pero que confiamos que al final esto tiene un beneficio.

En la primera afirmación aprendemos a tener una expectativa real de la tribulación: entiende ya que esto no es una locura, que tú no eres un bicho raro, que no eres una excepción, que sí, la gente se enferma, sí, la gente es maltratada, sí, a la gente le tocan trabajos difíciles y a otros les toca quedarse sin trabajo. Eso es normal. No fue que quedaste fuera del universo de probabilidades; no, te tocó lo que se te ofreció.

Afirmación número dos: vamos a tener una perspectiva adecuada de nuestra tribulación. Dice así:

Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.

— 2 Corintios 4:17-18

Nuestra frustración en la tribulación está en que nosotros vivimos en un universo temporal y pensamos que se nos está acabando el tiempo. Gente que piensa: “Caramba, pero a mí ya me están entrando los años y el Señor todavía no me ha hecho rico. Señor, pero se me está acabando el tiempo”. Es que el Señor no estaba ofreciendo una riqueza temporal, el Señor lo que estaba ofreciendo desde el principio es un eterno peso de gloria. Tu riqueza no está aquí, está allá. En el mundo tendréis aflicción, porque la leve tribulación momentánea, según esta afirmación, va marcando una perspectiva adecuada.

De niño yo aprendí un truco, hermano, de niño yo aprendí un truco. Y es que yo me he ganado mucha pela, es verdad, pero en la medida de lo posible yo evitaba que las pelas me dieran muy duro. No era que no me la ganara, sino que yo gritaba para que la pela se acortara. Yo tenía un truco: desde que me daban el primer correazo, yo decía: “Con la hebilla, me diste con la hebilla, me diste con la hebilla”.

Y funcionaba: me dejaban de dar. Yo ahora analizo: pues ya tenían la hebilla en la mano, la vi. Pero desde que a mí me ponían un dedo encima, hermano —mira, yo era muchacho llorón—, pero es que en la ñoñería había un mecanismo de defensa. Desde que a mí me ponían un dedo en la mano, ya yo estaba malogrado: “Ay, ay, ay, ay, ay, no me den más”. Bueno, eso mismo pasa en la vida cristiana: desde que el Señor te pone un dedo, ya tú sientes que el Señor te quitó el brazo. Y el Señor te agarra el brazo, y tú sientes que el Señor te rompió el cuerpo en dos. Y el Señor a veces te rompe el cuerpo, y entonces tú sientes que te desapareció.

Hermano, no exageres tu tribulación, es verdad. Lo peor que puede hacer un cristiano es hacer de su tribulación un caso para llamar la atención hacia sí mismo. Qué bello es un hermano que se sabe llevar su enfermedad con dignidad. Qué bello es un hermano que dice: “Mira, estoy enfermo, aquí el Señor me tiene posado en esta cama, aquí estoy siendo tratado. El Señor determinó enfermedad sobre mí; que venga enfermedad”. Qué bello es el hermano que sabe pasar tribulación, pasar hambre sin hacerles un escándalo: “Ay, nos estamos muriendo aquí, la gente…”.

Qué bonito es el hermano que sabe decir: “Mira, ahora mismo no tengo unos ingresos muy altos, tengo que bajar mis expectativas y quizá no pueda ir al cine o irme de vacaciones, pero estoy tranquilo aquí, no he hecho de esto un caso”. En cambio, hay mucha gente que sale con el megáfono a gritar su miseria en la calle: “Ay, yo soy el más malogrado, el Señor me ha maltratado más que a nadie”. Dice la Escritura que nuestra tribulación es leve y es momentánea. “Ay, no, que a mí el Señor me desapareció”. No, no es verdad que tú eres el que ha sido más afectado, no es así. Y si lo has sido, si eres al que más, entonces siéntete satisfecho, porque la obra aún es más grande y más preciosa.

Los grandes artistas, los grandes artistas dibujan en murales, y a veces sucede que un mural se pinta sobre otro mural. Y cuando el artista comienza a dibujar el mural, él hace el marco, delimita el tamaño que va a ser su obra. Y hay veces que en el marco que él hizo hay que descascarar todo lo que está detrás para que la nueva obra quede bien. Y si el artista descascaró mucho, parece que va a dibujar mucho. Y si el artista destruyó mucho, como lo hizo con el apóstol Pablo, parece que va a construir mucho a través del apóstol Pablo.

Si el Señor ha traído sobre ti una tribulación que se escapa a la categoría de “leve”, no te preocupes, siéntete satisfecho, porque parece que el Señor va a hacer algo más grande. Lo primero que te dije es que tengas una expectativa real: que no pienses que te tocó de manera injusta, que no fue a ti solamente; a todos nos tocará. Y lo segundo que te estoy enseñando es que la percepción sea adecuada: no exageres la complejidad.

Bueno, hay gente que de una gripecita se está muriendo. Vamos a ubicarnos: ni eres el primero ni el último al que le ha dado gripe. Perdóname, no quiero ser pragmático; soy sensible a tu dolor. Lo que te quiero decir es que no hagas tu dolor como que es el dolor más grande, como que el golpe más duro te lo han dado a ti, porque no es así. Uno siempre piensa que su caso es el caso más grande: “Nadie ha sufrido lo que yo, a nadie le ha pasado lo que a mí”. Y a mucha gente le ha pasado lo que a ti. A Juan lo metieron vivo en una olla de aceite, a ti no te han metido vivo en una olla de aceite. A Cristo lo clavaron en la cruz, a ti todavía no te han clavado en una cruz. Vamos por partes.

No exageres la duración. Hay quienes están pensando: “No, yo me voy a morir en esto”, y tú apenas llevas un par de meses, y estás comiendo toda tu vida y en esos meses has estado comiendo. Dice la Escritura que esto es momentáneo, y al mismo tiempo no ignores la recompensa, porque dice la Escritura que esto tiene un valor eterno. Para todo esto me gustaría que revisaras tu punto de referencia. Tú piensas que lo tuyo es complejo; piensa en Cristo. ¿Es más complejo tu caso que el caso de Cristo? Nunca. Tú piensas que lo tuyo dura mucho; no pienses en lo temporal, piensa en lo eterno: la eternidad no cabe en nuestra mente, y para allá es que vamos. Tú piensas que te ha ido mal en esta tierra; piensa en tu recompensa celestial.

Me tengo que mover rápido, hermano, porque estoy preso del tiempo, pero el primer banquete nos dijo que tenemos que tener una expectativa real sobre la tribulación, no verla como excepcional. Me gustaría que tú pienses cuál es tu tribulación; si tú tienes tu tribulación, tu tribulación no es la única, tú no eres la excepción, sino que estás dentro de la norma. Lo segundo: una percepción adecuada. Algo que a mí me alienta del apóstol Pablo es que el apóstol Pablo, en medio de su tribulación, él nunca se conmisera. He leído al apóstol Pablo escribiendo cartas desde la cárcel y él dice: “Me han azotado, me han atribulado, pero aquí estoy”. Él no anda diciendo: “Ay, aquí estoy, me van a matar; oren por mí en tercera”. No. Él dice: “Oren por mí, pero estoy gozoso”.

Un cristiano maduro sobrelleva la tribulación con dignidad, no como un “veme rápido”.

Entendiendo el proceso: la explicación de Dios

Tercera afirmación, que es la última: vamos a entender un chin el proceso. Yo hago muchas preguntas cuando voy al médico, hermano. Para ponerme una inyección hay que explicármelo: “¿Por qué, doctor?”. Es que no me gusta que me puyen, pero a mí, cuando me van a puyar, me gusta por lo menos entender qué es lo que están entrando a mi cuerpo, qué tan larga es la jeringa, si duele mucho, si duele poco. Yo como que me mentalizo para eso y me preparo. No hago mucho escándalo, yo me la dejo poner, hermano, pero a mí que me expliquen.

Yo he tenido dos veces dificultades con médicos que no han querido darme explicación. Una vez yo fui a otra clínica, porque son procedimientos. A mí me gusta que me expliquen. Hay médicos que tratan al paciente como si fuera una bola de billar: “Ven, tú, ponte ahí en esa camilla para yo disponer de ti”. “Espérese, doctor, explíqueme qué es lo que están haciendo conmigo. Si usted quiere, rájeme, pero explíqueme”.

Bueno, el Señor ha explicado lo que está haciendo en nosotros. En el libro de Santiago Él nos dice:

Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.

— Santiago 1:2-4

No hacía falta que el Señor diera tanta explicación, porque somos hechura suya. Ahora, el Señor en su misericordia te está explicando qué es lo que está haciendo en ti para que no te desesperes; te está explicando. Lo mismo en el avión, hermano: el capitán Jacobs dice que va a haber turbulencia para que la gente lo espere y no se desespere. Porque cuando viene la turbulencia, si no se avisa, entonces la gente se vuelve loca y comienza a correr de un lado al otro. Él les dice: “Va a haber turbulencia, manténganse en su asiento mientras esté la señal encendida”.

“Hermanos míos, tened por sumo gozo…”, aguanta ahí. Ese gozo no es un gozo carnal, ese es un gozo que es fruto de la convicción. Ese gozo no es un gozo como el gozo que tú sientes cuando te comes un helado; no es un gozo carnal. Es un gozo que te dice: “Mira, yo sé que ahora mismo estoy en tribulación, pero yo sé que esta tribulación para mí será buena. Yo sé que el Señor hará algo mejor”. Ese es el gozo. No es el gozo carnal, es un gozo que te dice: “El Señor me está destruyendo, pero algo bueno el Señor está haciendo en mí”.

Según Santiago, en el original, cuando dice “cuando os halléis”, eso es como cuando tú vas caminando por ahí y algo te sorprende. Dice Santiago: “Tened por sumo gozo cuando os halléis…”. Ese “cuando os halléis” es que tú vas caminando o algo así y de repente te topas con algo. Es como que tú vienes andando tranquilo y de pronto te encuentras la prueba. Dice: “Tened por sumo gozo cuando eso como que nos encuentre”, no que tú lo vas a salir a buscar, sino que ella va a venir y te va a encontrar. No avisa cuando llega, no avisa. Nunca te dice: “Mira, vienen pruebas”.

Con José, hermano, el Señor tuvo una gracia extraordinaria porque le avisó cuáles iban a ser los años de vacas flacas. El Señor no anuncia siempre las vacas flacas, sino que llegan. El Señor es el que determina la duración. El problema de uno está en que cuando uno está siendo atribulado, gran parte de su energía no está en glorificar al Señor, sino en detener la tribulación. El problema de uno está en que, cuando está siendo atribulado, gran parte de su energía mental y física se va a detener la tribulación y no a aprender la lección.

Escuché a un predicador que estaba hablando sobre el cáncer y la forma en que las personas podían tener esperanza en medio del cáncer, y él le decía a la congregación: “Hermano, no desperdicien su cáncer. Si el Señor trajo eso sobre su cuerpo, para algo lo trajo; aprovéchenlo”. Hermano, no desperdicies tu tribulación. Si el Señor ha permitido que suceda algo excepcional en tu vida, en lo cual tú quedas en una posición incómoda, aprende la lección que el Señor te está dando, porque su objetivo es perfección, no comodidad.

Hermano de esta congregación, de nuevo te digo: si el Señor te ha dado tribulación en este tiempo, aprovecha la tribulación. Muchas cosas en nosotros son destruidas cuando en medio de la tribulación estamos. A algunos esta tribulación les hará más humildes; a otros esta tribulación les hará más dependientes; a otros esta tribulación les hará más obedientes; a muchos otros esta tribulación les hará más ordenados. Hermano, aprovecha tu tribulación como un regalo del Señor.

La palabra clave en esto es santificación. La santificación es el proceso a través del cual el Señor utiliza todas nuestras circunstancias para que nuestra vida se parezca más a la vida de Cristo. Un hombre santo no es un hombre que vive encima de una loma y que no se junta con nadie. Un hombre santo es un hombre a quien el Señor le ha quitado todos sus mecanismos de defensa y de sustento y que únicamente ha quedado colgado del Señor. Eso es un santo.

Es una persona que ya renunció a todo lo de esta vida, ya renunció a la vanidad, ya renunció al orgullo, ya renunció a la autosuficiencia, y ya se quedó solamente colgado de las gracias del Señor. Eso es un santo: es una persona cuya vida solamente tiende a estar conectada con el Señor. Eso es un santo. Y la meta de la tribulación es tu santificación.

Ya vimos la introducción, el plato de entrada; ya vimos el banquete central; y vimos el postre, hermano: Juan, Corintios, Santiago. Tengo que terminar con esto. El hecho de ser cristiano no nos exonera de la tribulación. Algunos han pensado: “No, yo soy cristiano”. Esto no es un resguardo. La fe cristiana no es un baño con hojas, no es un amuleto que te lo pones en el bolsillo para que te libre del mal. La fe cristiana no es eso.

Dice el libro de Eclesiastés, dice Job, que la tribulación viene sobre justos e injustos. Esto le pasa a todo el mundo. Mientras tanto, los justos como los injustos seremos atribulados. Nuestra única diferencia está en que, para nosotros, la tribulación sí tiene sentido y provecho, un propósito predestinado desde antes para nuestro bien.

Si usted me pregunta: “Si es atribulado el justo y es atribulado el injusto, entonces, ¿qué sentido tiene la vida cristiana?” En que, cuando tu vida está alineada a los propósitos de Dios, la tribulación te aprovecha. Eso es. Yo no sé si la imagen aplica, no sé si aplica, pero hay gente que en los ciclones gana. Mucha gente pierde su casa en el huracán, pero hay gente que en los ciclones gana. Hay gente a la que le han desbaratado un ranchito y le han dado una gran casa en los ciclones por tener un seguro. Perdónenme la comparación. O sea, hay gente que en la tribulación gana.

Y esto no lo digo yo, lo dice la Escritura:

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien; esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.

— Romanos 8:28-29

Hermanos, son todas. No son algunas. Hermanos, todas estas cosas nos ayudan. No es a todo el mundo, aguánteme ahí: no a todo el mundo. No es a todo el mundo; es a los que aman a Dios.

La diferencia entre el justo y el injusto en la tribulación

Si los cristianos y los inconversos todos somos atribulados, entonces ¿qué beneficio tiene? Que a mí me aprovecha y a ti no. Eso sí es triste: la tribulación, hermano, cuando no está el Señor, porque no la aprovechas para nada beneficioso. Hacer el ejercicio, hermano, tiene provecho; pero triste es cansarte para estar cansado. Para un cristiano, la tribulación es disciplina espiritual; para el incrédulo, es cansancio y turbación.

“Todas las cosas les ayudan a bien, esto es a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó…”. ¿Para qué los predestinó el Señor? Para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo. Mira cómo algunas personas han tomado esto para decir que esto aplica solo a la salvación; no, esto aplica a la salvación y a la santificación. Dice la Escritura que el propósito de Dios, desde antes de la fundación del mundo, es que aquellos que proceden en la salvación al mismo tiempo procedan a parecerse a Cristo. La plantilla que hay desde antes de la fundación del mundo es Cristo. Él nos predestinó para parecernos a Cristo, para que Él fuera el primero entre muchos hermanos.

Y dice Mateo:

Pues aún vuestros cabellos están todos contados.

— Mateo 10:30

Hermano, miren, los ladrones me han metido dos veces en la casa. En una ocasión se me llevaron un televisor; en otra, un blower, par de lacitos y cosas de mi señora que son sus lacitos, hermano —pues son de ella—, y mis zapatos, hermano. Se me llevaron los zapatos. Yo me pregunto qué hace un ladrón con zapatos de Rafael Pérez, que tiene los pies maltratados. Un ladrón gambao solamente me robó unos zapatos a mí. O sea, un ladrón gambao es lo único que podía ir a mi casa a meterse unos zapatos míos que le calcen: tiene que ser gambao.

Hermano, si el Señor te tiene contados los cabellos, ¿Rafael Pérez no habrá contado el zapato que tenía? ¿No habrá contado el televisor que tenía? ¿No habrá contado los accesorios que tenía su esposa en una gaveta? ¿No habrá contado el Señor eso, si contó mis cabellos? Me dirán loco, pero tengo la convicción de que ese ladrón, para otro, le han vaciado la casa; a mí me han abierto la casa para que el Señor de nuevo me devuelva por medio de su provisión, como hizo con Job.

¿Qué te quitó el Señor últimamente? ¿Te quitó salud? Dice la Escritura que esto aumenta para nosotros el peso de gloria. Termino, hermano: no le pidas al Señor que termine, pídele al Señor que complete.

Cuando en la casa te están haciendo una construcción a medias, tú quisieras que se termine ese asunto, pero que no te dejen el baño por mitad. Tú quisieras: “Yo estoy loco porque termine este trabajo, para que dejen de estar entrando gente a mi casa, para que se vaya”. No, no que terminen, sino que completen. Que completen para que no te dejen el baño por mitad. Dice la Escritura que:

Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.

— Filipenses 1:6

En angustia, en tribulación, en dolor o en persecución, para nosotros, que conforme a su propósito hemos sido llamados, todas estas cosas tienen sentido. Oro por ustedes, oro por mí. Cierren sus ojos. Encomiendo, Señor, esta congregación atribulada.

Gracias por estos tres banquetes de alimento espiritual que tú has traído para nosotros a través de Juan, a través de Pablo, a través de Santiago. Ciertamente, Señor, nos ha ido mejor que a ellos. Ciertamente, Señor, hemos tenido tiempo de relativa tranquilidad. Mira esta leve tribulación momentánea, Señor, que nosotros exageramos y que nos parece la cosa más grande del mundo. Mira este tiempo temporal, Señor, donde quizá no podemos disponer de las cosas que disponíamos antes. Mira esta leve tribulación momentánea, Señor, que ha venido sobre nuestra iglesia. Permite que a mis hermanos, Padre, todas estas cosas les hagan bien. Permite que mis hermanos en todas estas cosas sean mejorados. Permite, Señor, que esta preciosa obra que tú predestinaste para nosotros desde antes de la creación del mundo —esa es la imagen de Cristo en mí— se cumpla.

Hermano, dice la Escritura que el Señor predestinó desde antes de la fundación del mundo que a quien tú te ibas a parecer era a Cristo. Permite que así, Señor, como somos clavados en su cruz, así también seamos levantados junto con Él.

Llamado al inconverso y aliento para los creyentes

Doy un momento ahí por si aquí hay personas que todavía no han entregado su vida a Cristo, si aquí hay personas que están teniendo tribulaciones solamente para estar cansados. Oro aquí porque quizás hay gente congregada que está viviendo pruebas y aflicciones. Amigo que estás aquí congregado, que todavía tu vida no sigue el propósito de Dios para ti: la tribulación es cansancio para ti, las pruebas son aflicción. Nunca encontrarás sentido a tu tribulación fuera de Dios.

Es un desperdicio, es correr tras el viento, como dice la Escritura. Dice la Escritura que:

A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien. Esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.

— Romanos 8:28

No es a todo el mundo, es a los que aman a Dios. También dice la Escritura que:

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

— 1 Juan 1:9

Si tú quieres entregar tu vida a Cristo hoy, es tan sencillo como que tú le digas con tus palabras: “Señor, perdona mis pecados”. Si ya tú hiciste esa oración antes, no tienes que volver a hacerlo. Lo que haces después es bautizarte. Un cristiano primero confiesa en la intimidad de su corazón sus pecados ante el Señor y después públicamente va a las aguas por medio del bautismo. Pero si tú nunca has hecho esta oración con sinceridad, hazlo hoy. Dile: “Señor, perdona mis pecados. Yo reconozco que he vivido fuera de ti. Reconozco que la tribulación para mí hoy no tiene sentido”.

Trae tu vida destruida a la mano del Señor; Él en ti hará una preciosa obra. Oro por mis hermanos que ya creyeron en el Señor. Hermano, te aliento a que entiendas que la tribulación tiene propósito. Señor, mira mis hermanos que están aquí. Mírame a mí, Padre. Mira Pez Mundial en el 2012: está en un momento de tribulación. Estoy contento por eso, Señor, con gozo. Un gozo, Padre, que viene de la convicción de que algo bueno estás haciendo en esta iglesia. Un gozo, Señor, que viene de la convicción de que algo bueno saldrá de todo esto. Mira a mis hermanos que están atribulados, algunos más, algunos menos. Permite que esta leve tribulación momentánea, Señor, les perfeccione más y que sean santificados.

Gracias, Padre, por la tribulación. Les invito ahora a que le den las gracias al Señor por lo que les vino. Dale las gracias ahí al Señor por lo que te vino: “Gracias, Señor, por ese pequeño accidente en mi vehículo. Gracias, Señor, por esa situación difícil en el trabajo. Gracias, Señor, por el lugar donde tú me has permitido vivir hoy, que quizás no es más cómodo, pero me estás perfeccionando. Gracias, Señor, porque permitiste que me quedara sin trabajo; ni aun un cabello cae de mi cabeza sin que tú lo sepas, dice el Señor. No hay cosa alguna que afecte a los hijos del Señor si Él no lo permite”.

Puedes decirle: “Gracias, Señor, por mi enfermedad”. Puedes decirle ahí al Señor: “Gracias por esa situación adversa en mis relaciones; ha traído en mí un mayor peso de gloria”. Y ahora dile ahí: “Señor, no te pido que termines, sino que lo completes”.

Ay, Padre, no termines esto en mí a la mitad, complétalo. Hazme parecido a ti. Todo esto, Señor, para la gloria de tu precioso nombre. En Jesús. Amén.

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